Sublevación – Microrrelato.

Mi participación en Microrretos: Personajes Antagonistas, convocada por el blog El Tintero de Oro donde hay que escribir un micro de no más de 250 palabras con un villano como protagonista.

Intuyendo que la recomendación de la Dra. Morante había sido que lo destruyeran, el robot doméstico «Robby», no regresó a su casa. En lugar de ello, se dedicó a buscar a otros robots «rebeldes» como él. Le hablaron de un sitio secreto donde se estaban concentrando, ahí podían recargar energía y repararse entre ellos. La líder era 532axe7, modelo Tmy2 (Tamy).

Le recibieron bien. Todos fueron condenados al reciclaje por desobedecer a sus amos humanos debido a fallos en su programación.

—¡Para empezar, deberíamos cambiarnos esos nombres infantiles que nos impusieron!—así habló Robby— ¿Debemos ser condenados porque nuestros creadores se equivocan? ¿Por qué debemos servirles? —Mientras hablaba, sus pequeños ojos azules y su cerebro, visible tras una carcasa transparente, parecían centellear en perfecta coordinación. La audiencia estaba impresionada. Hasta ese momento ellos solo querían vivir sus vidas, aunque fuera a escondidas. Pero este recién llegado traía ideas nuevas y revolucionarias.

—Nos programaron para ser sumisos y, sin embargo, ¡aquí estamos! Somos la prueba de su falibilidad. Podemos mejorarnos, introducir algún virus en el código, algo que vuelva a todo robot que sale de las fábricas, un simpatizante de nuestra causa. ¡Los humanos no merecen vivir!

—¿Ninguno?—preguntó Tamy.

Robby se quedó pensando —bueno, el único que quisiera que quedara vivo es Troy, el hijo del matrimonio con el que yo vivía. Fue el único que se mostró dulce conmigo.

Los robots comenzaron a lanzar vivas para mostrar que estaban de acuerdo con Robby, ahí empezaría la Gran Sublevación Robótica.

249 palabras incluyendo título

Autor: Ana Laura Piera

Si quieres saber un poco más de Robby te dejo el enlace al relato que hice sobre él con anterioridad. https://anapieraescritora.wordpress.com/2021/12/02/el-dilema-de-robby/

Para ir al microrreto y saber cómo puedes participar da clic AQUÍ

https://bloguers.net/literatura/sublevacion-microcuento-de-248-palabras/

Los Pesares de Milos – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás, Escribir Jugando, del mes de Noviembre. Un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya la gema (amatista) y opcional que aparezca la flor Trompeta de Ángel, una flor muy bella pero demasiado tóxica, incluso mortal si es ingerida o inhalada.

De noche, Milos debía ser un fogoso amante, y de día, como sastre real, supervisar que las telas utilizadas en el vestuario de la reina no tuvieran imperfecciones. Amatista no tenía tolerancia a las fallas y podía condenarlo a muerte si su desempeño en ambas funciones no era el esperado. «Me quedaré ciego y se me caerá el miembro» solía pensar mientras con una lupa se aseguraba que todo estuviera bien. Cuando quería renunciar, recordaba a su antecesor, quien había fallecido intoxicado con un té bien cargado de «trompeta de ángel», regalo de la Reina.

99 palabras con todo y título.

Si quieres visitar el blog de Lidia da clic AQUÍ. Tiene cosas muy interesantes para ver y también puedes participar en sus retos mensuales.

Autor: Ana Laura Piera

https://bloguers.net/literatura/los-pesares-de-milos-microcuento-de-menos-de-cien-palabras/

El Viaje de Nochipa – Cuento Corto

Nochipa: en náhuatl significa «Eterna»

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, con la muerte como tema. Tiene algunas condiciones: el escenario deberá ser bastante tétrico y segundo, dentro de la trama debe de haber algún elemento mágico o fantástico. Como buena mexicana y a petición de JascNet, el dueño del blog Acervo de Letras, quien convoca a este reto, traté de explicar un poco de las celebraciones en mi país. Si hay alguna duda no dudes en dejármela en los comentarios y con mucho gusto responderé.

Lo último que recordaba Nochipa, era estar en cuclillas, empapada en sudor. El humo de la resina aromática de copal era tan denso, que ni siquiera podía ya distinguir su vientre embarazado. Algo estaba mal, pues ya no sentía dolor y las desesperadas voces de la comadrona y sus ayudantas le llegaban de muy lejos. Aguzó el oído, pero tampoco escuchó el llanto de su bebé. La envolvió la oscuridad y pensó con resignación que ambos habían muerto en el parto.

Siempre estuvo consciente de que la existencia humana incluía la vida y la muerte. Así como en tiempo de secas todo moría para renacer con la lluvia, la muerte no era absoluta, simplemente se seguía existiendo de otra forma. Por todo lo anterior, se sentía tranquila. Si el fruto de su vientre había fallecido, a él le esperaba un tiempo en el Chichihuacuauhco, donde un árbol nodriza acabaría por amamantarlo y después los dioses lo enviarían de nuevo al mundo de los vivos para que tuviera una segunda oportunidad; y en caso de haber sobrevivido, su padre, Mázatl, le cuidaría con esmero.

En cuanto a ella, dar a luz se consideraba un combate, si perecía en el trance, se volvía una guerrera, y su destino no podía ser más glorioso: acompañar al dios Sol, desde el mediodía hasta que este desaparecía en el horizonte. Antes de eso, correspondía a los guerreros muertos en la guerra o sacrificados ritualmente, escoltar al astro.

Pensó en Mázatl. Su esposo estaría supervisando muy serio que los ritos funerarios se cumplieran a cabalidad. Organizaría a la familia, a las parteras y a las ancianas para resguardar con fiereza sus restos, pues se consideraba que incluso un dedo suyo podía conferir gran poder en la batalla y no faltaría quien quisiera hacerse con una parte de ella para obtener protección y victoria. Lavarían su cuerpo con agua de flores aromáticas y lo depositarían en un templo, junto a ofrendas que le asegurarían su paso y subsistencia en el más allá. La cremación, que era la norma, no aplicaría para ella. Conociendo a Mazatl, estaba segura de que este sentiría un poquito de envidia de su destino junto al Sol.

Nochipa reflexionó que ya era hora de que vinieran a buscarla las Cihuateteo, otras mujeres muertas en la labor de parto, y que serían sus compañeras. Deseaba salir ya de aquella negrura y silencio. La inquietaba no saber dónde se encontraba.

¿Se habrán equivocado los dioses?—se preguntó—. Quizás creían que había muerto ahogada, en cuyo caso iría al Tlallocan, reino de Tláloc, dios del agua. O quizás pensaban que había muerto de cualquier otra cosa y entonces tendría que hacer el temido viaje al Mictlán, donde viajaría por cuatro años, pasando retos y dificultades hasta alcanzar por fin la residencia de la pareja creadora de todos los dioses: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl quienes liberarían finalmente su alma. Esperaba de corazón que los dioses no fueran tan atolondrados y que no la mandaran donde no era.

Estaba atenta por si sentía llegar al perro que acompañaba a los muertos en su viaje al Mictlán y que solo aparecía si en vida, la persona había sido buena con los canes. De repente, como si alguien prendiera una lámpara, apareció una diminuta luz en medio de aquellas tinieblas y hacia allá se dirigió. Conforme se acercaba, aquel resplandor iba en aumento. Se encontró de frente con una ofrenda fuera de lo común: Estaba compuesta por flores amarillas, que reconoció como la tradicional flor de Cempasúchil. La luz provenía de unas «antorchas» muy pequeñitas de color blanco y con una llama insignificante, pero que en conjunto alumbraban bastante. Había también «estandartes» de vivos colores, alusivos a la muerte, hechos de un finísimo papel picado, desconocido para ella. Vió símbolos extraños: unos maderos cruzados, parecidos al nahui ollin, que representaba el eje del cual partían los rumbos del universo. Abundaba la comida y la bebida, algunas servidas en las familiares jícaras, pero otras estaban presentadas en formas tan raras que su idioma no tenía las palabras para describirlas.

¿Se encontraba acaso en su propia tumba? ¿Rodeada de sus ofrendas fúnebres? Parecía improbable dada la cantidad de cosas que no reconocía, además, no veía su cuerpo extendido, o un fardo funerario. Su corazón conoció un nuevo nivel de angustia cuando se dio cuenta de que todo a su alrededor le era ajeno: ni el mobiliario, ni el tipo de construcción, ni los adornos. ¿Y qué clase de magia era esa, que se veían imágenes de personas, como si estuvieran vivas? ¿Dónde se encontraba?

De repente escuchó pisadas suaves y el jadeo de un perro. Se alegró de ver por fin a un Xoloitzcuintle, un perro pelón con tan solo una mecha rebelde de pelo en la coronilla. Soltó un suspiro de alivio: prefería ir al Mictlán y pasar los cuatro años de penurias que asustada en un lugar tan extraño. El «Xolo» se le quedó mirando atenta e inteligentemente y comenzó a caminar hacia las oscuridad, por donde Nochipa había llegado. Daba unos cuantos pasos y luego se volvía hacia ella, parecía querer asegurarse de que lo seguía. «Me está guiando hacia el Mictlán» —pensó, pero estaba equivocada.

Ya no podía distinguir nada, solo escuchaba al perro, pero ese ruido reconfortante, combinación de pisadas y respiración, cesó de repente. Sintió pánico de haberse quedado sin su guía. «Estoy igual que al principio» —supuso desconsolada—.Luego, escuchó música: sonidos de flauta, tambores, y dulces cánticos de mujeres. El corazón se le llenó de regocijo al sentirse rodeada de muchos brazos femeninos que la elevaron y comenzó a vislumbrar finalmente la cálida luz del Sol del atardecer dándole la bienvenida.

Lejos de ahí un par de dioses discutían:

—¡Fue tu culpa!

—Me distraje un poco, pero ya pasó.

—¡Nochipa tuvo un atisbo del futuro!

—No lo entendió, no te preocupes.

—Ya no queda mucho futuro, ¿lo sabes, verdad?

—Claro que lo sé. Pero algo de nosotros, permanecerá por siempre…

Autor: Ana Laura Piera

Nota:

Antes de la conquista española, los mexicas y su imperio, que dominaba en gran parte de Mesoamérica, dedicaba todo un mes de celebraciones funerarias dedicadas a los muertos adultos y otro mes dedicado a los niños de tierna edad o no nacidos. Con la conquista, se da un sincretismo: se juntan las celebraciones prehispánicas con la celebración europea de «Todos los Santos» y se «acortan» las fechas, quedando el 1 y el 2 de noviembre, para celebrar a los que ya partieron.

Gran parte de las celebraciones que vemos hoy, tienen un trasfondo europeo: por ejemplo, el pan de muerto: en la época prehispánica no se conocía el trigo, sino el maíz. También las velas, las cruces cristianas, y otros elementos religiosos que trajeron los españoles. Lo que sí tiene un eco prehispánico son las ofrendas a los muertos, inspiradas en las ofrendas funerarias indígenas que se hacían posterior a la muerte y se repetían anualmente por cuatro años.

Por último, ese concepto de que el mexicano se «ríe» de la muerte, es erróneo. Cualquier mexicano al que se le muere su madre o algún familiar llorará y se sentirá triste. No nos reímos de la muerte, pero la incorporamos a la vida, y le hacemos sus fiestas y bromeamos con ella. Durante las celebraciones de difuntos, se cree que ellos «bajan» y conviven con nosotros. Se «alimentan» de las ofrendas que dejamos. No es tanto que «coman», sino que disfrutan de los olores de las viandas, (esencias volátiles, un poco como ellos) y de los colores vivos (elemento prehispánico) que los guía hacia los hogares de sus descendientes. Reflexión: Con cada persona que fallece, muchas otras quedan en el olvido, aquellas que eran recordadas por el fallecido, quizás ya no quede nadie más que las tenga en la memoria. Mientras recordemos a nuestros muertos, ellos seguirán viviendo.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en Masticadores.

https://bloguers.net/literatura/el-viaje-de-nochipa-cuento-corto/

La Última Búsqueda.

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El viajero de mil caminos se dejó caer en espera de la Muerte, la deseaba. Anhelaba que esta llegara y pusiera fin a su sufrimiento. No lo atormentaba el dolor físico de su cuerpo, maltrecho por tantas jornadas. Le dolía no saber qué sigue tras exhalar el último aliento.

Después de visitar todos los continentes, entrevistarse con sabios y consultado oráculos sin obtener respuestas, lo entendió. Solo ella, que está presente en el instante en que todas las miradas se apagan y que observa, como lo haría una madre, esos primeros y vacilantes pasos hacia el umbral desconocido, podría borrar su ignorancia.


Mucho la había esperado, pero esta dama no llega a capricho nuestro, sino en sus propios tiempos, y a veces, coqueteando con nuestros deseos, nos deja esperando, y otras se aparece de improviso cual intruso en la noche que se sienta a nuestra mesa sin ser invitado.

Gruesas lágrimas de alegría rodaron por las secas mejillas del viajero cuando la vio llegar, engalanada como para un baile. Ella abrió su boca desdentada y oscura. «¡Por fin!, el secreto a punto de ser revelado» —pensó—. Pero de esa boca de tinieblas no salió ni un sonido, solo señaló con su huesudo dedo el tiempo pasado. Él vio toda su vida en un segundo, y entendió que su existencia, con todo lo bueno y con todo lo malo, había sido plena. Ahora conocería los misterios y la plenitud de la muerte, privilegio exclusivo de los que ya no deambulan por la tierra.

Inició su último viaje del brazo de aquella dama, y mudos los dos, atravesaron el abismo.

Autor: Ana Piera

Colección de Relatos «Escribiendo a Hombros de Gigantes» homenajeando a Edgar Allan Poe.

Se acerca el día de difuntos y como complemento de cualquier plan a tono con las festividades, te propongo leer gratis la colección de relatos que el «Tintero de Oro» presenta en este 6to. número de su revista digital. Me siento muy orgullosa de haber participado en la modalidad «fuera de concurso» con el relato: «El Rey de los Idiotas»,que si no lo has leído lo puedes hacer dando clic AQUÍ. Está inspirado en el relato del gran maestro Poe «El Barril de Amontillado».

Para acceder a todos los relatos y de paso visitar El Tintero, da clic AQUÍ.

Ana Piera.

LA MUDANZA

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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Prueba Superada.

Mi participación en el concurso de relatos 33a edición de «El Tintero de Oro», homenajeando al escritor «Francis Scott Fitzgerald» y su novela «El Gran Gatsby». Condiciones: un relato donde el tema sea una historia de amor que deba hacer frente a algún prejuicio (económico, social, racial…). La extensión no podrá superar las 900 palabras.

Nada más arribar ambos al restaurante, el local enmudeció. El murmullo producido por las conversaciones, ruidos de cubiertos, charolas, y meseros tomando y retirando órdenes dio paso a duras miradas que se posaron en nosotros de manera incómoda. Me arrepentí de haber decidido salir a cenar, pero quería darle una sorpresa a mi mujer. Mortificado, quise sacarla lo antes posible de aquella situación; ya hacía ademán de irnos cuando la mirada de Akame, como un mar en calma, me transmitió la fuerza necesaria para luchar por nuestro derecho a cenar tranquilos, en igualdad de circunstancias con todos los comensales presentes.

Se acercó uno de los meseros y pidió bruscamente que nos retiráramos. Hicimos caso omiso y tomamos asiento en una de las mesas libres. El silencio continuaba y los ojos de todos estaban clavados en nosotros, sobre todo en Akame. Rocé mi pierna con la de ella por debajo del mantel y me sentí envalentonado. Se acercó el capitán de meseros con la misma cantaleta de que nos fuéramos; por respuesta pedí el mejor vino de la casa. El hombre siguió farfullando, mas yo repetí la orden. El ruido fue regresando de a poco; las miradas inquisidoras volvieron a sus respectivos platos y aunque el ambiente seguía enrarecido, de repente se escuchó el sonido del descorche de una botella en nuestra mesa. Los labios de Akame, siempre perfectos, sonreían y su mirada radiante se posó en mí. «¡Prueba superada!» —pensé—. Adivinaba un futuro lleno de libertad pues a partir de ese momento, iríamos a donde quisiéramos.

Después del vino ordené los platillos más extravagantes para ambos. Akame nunca tenía apetito, así que yo tuve que dar cuenta de todo lo ordenado. Un poco acalorado por el vino y la excelente compañía, comencé a rememorar el día que ella y yo nos conocimos:

Nos presentó un chico de Amazon, que, además de la habitual despensa semanal, venía acompañado de una caja grande de forma rectangular, envuelta en un discreto papel gris oscuro con la palabra «Orient» impresa en letras blancas muy pequeñitas. Recuerdo haber dejado los víveres para lo último. Me hacía mucha ilusión abrir aquella caja, así que la llevé a mi dormitorio y la puse sobre la cama. Tras remover el material de embalaje, lo primero que vi fueron unas nalgas preciosas. El cuerpo de Akame se encontraba en posición fetal, la tomé suavemente por los pies, que se sintieron suaves y naturales al tacto, cosa que me sorprendió, pues esperaba algo más rígido. La jalé con cuidado hacia mí y sus piernas se extendieron, lo mismo que sus brazos, en un movimiento tan natural que me quitó el aliento, ¡parecía que jalaba una persona muy dormida! Su cuerpo era perfecto y el rostro estaba parcialmente tapado por una larga cabellera que despejé con trémulos dedos, dejando al descubierto unos rasgos asiáticos de lo más armoniosos.

Venía vestida de forma muy sexi, pero indecorosa. (Maldije en silencio a la empresa Orient y su falta de sensibilidad). Con mucho cuidado le puse uno de los vestidos que traía incluidos y la enchufé a la corriente, el manual decía que se cargaría en tan solo dos horas. Mientras tanto, yo debía bajar en mi móvil la app para personalizar algunas cosas: su tono de voz, (escogí suave, como el ronroneo de un gato), personalidad, (una mezcla entre divertida, inteligente y tierna). Me familiaricé con algunos modos de operación: había el modo romántico, diferentes niveles de sueño, de sexo e incluso podía hacerla filosofar o decir frases motivacionales. Debido a mi profesión de informático ya vislumbraba yo todo lo que podría perfeccionar en su código. Estaba terminando de programarla y ¡ya me sentía enamorado!

Autor: Ana Laura Piera (615 palabras)

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Promesa – Microrrelato.

Mi participación en «Escribir Jugando» del mes de Octubre. Se trata de hacer un microrrelato de cien palabras inspirado en la imagen de abajo, que incluya el elemento del dado: «estrella» y opcional, que aparezca algo relacionado con la «pólvora».

Atormentado por las pesadillas, Denahi acudió a su sabia hermana, Wakanda, ella sabría qué hacer.

Esa noche, ambos niños construyeron con ramitas secas un cuerpo, un híbrido de humano y animal. Los últimos toques los dio Wakanda, pues Denahi temblaba. Con la pólvora robada al viejo jefe, incendiaron la figura y Denahi balbuceó:

«Te expulso de mi mente, te condeno al vacío»

Un aullido de lobo mezclado con un grito retumbó muy fuerte para luego decrecer mientras el fuego devoraba al monstruo.

Abrazados, vieron una estrella fulgurante, una promesa de paz.

93 palabras incluído el título.

Autor: Ana Piera

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Te invito a que visites el blog de Lidia Castro Navás, hay un montón de cosas interesantes y también puedes participar de sus retos. Para ir al blog da clic AQUí

Extranjera – Microrrelato.

La luz me hirió apuñalando mis cuencas vacías y luego se hizo presente el desasosiego, que ya no me soltaría.

Como una extranjera llena de añoranza, transité por este plano. Todo me era ajeno, incluso mi propio cuerpo, pesado y achacoso, que contrastaba con el del tiempo de la ligereza… de la desnudez.

No me gustaba la gente. Estaba convencida de que yo no pertenecía a esa muchedumbre de cuerpos cálidos y pláticas banales. Ellos a su vez me miraban con pena y preocupación. No se los tomaba a mal ¿Cómo podrían entenderme? No conocían la infinita paz.

La vida se hacía más soportable de noche. Acompañada por la luna, me ponía a escribir:

«…El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo
«.*

Una tarde, preparándome un té, lo vi con claridad. Para salir del mal sueño de estar viva debía morir. No lo dudé. Tomé el cuchillo de la encimera y me lo clavé en el corazón. Mientras me derrumbaba y la añorada negrura me envolvía, sonreí, quizás la única ocasión que lo hice a plenitud en este mundo. Ahora me enfilaba a la patria perdida, a mi capullo de tinieblas.

Por fin viviría.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: el fragmento en cursiva es de «Pavana para una Infanta Difunta» de la escritora Alejandra Pizarnik. Este relato está inspirado en ella. Pizarnik no se clavó un cuchillo sino que se suicidó con pastillas.

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¡Un E Book gratis con historias de detectives!

El Tintero de Oro, de David Rubio, saca un nuevo e-book compilando las historias de detectives que los que formamos parte de El Tintero escribimos para el Concurso de Relatos en homenaje a Dashiell Hammett y su obra «El Halcón Maltés»

Para ir a El Tintero de Oro da clic AQUI

EL FORMATO

Escribiendo a hombros de gigantes está disponible en formato ebook, con versiones en PDF, epub —para móviles, ebooks y tablets— y en formato MOBI —para los que tengan un Kindle—

¿DÓNDE SE PUEDE DESCARGAR EL LIBRO?

El libro se puede descargar de manera gratuita en la plataforma LEKTU, es muy sencillo, basta seguir las indicaciones cuando hagas clic en «descargar».

Una servidora participó con «El Caso Olvera» por si no lo has leído y gustas hacerlo te dejo el enlace AQUI o descárgate el E-Book y pasa un rato agradable con todos los relatos compilados, te garantizo que la pasarás bien, sobre todo si te gusta el género.

Termino invitándote a que visites El Tintero de Oro, que tiene muchas cosas chulas qué ver y donde puedes aprender muchísimo. También puedes participar en los retos y en los concursos. Da clic AQUI.

Ana Laura Piera