LA MUDANZA

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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Réplicas.

Mi participación en el VadeReto del mes de Septiembre, cuyo tema es un «puente» y según las instrucciones, en la historia debe aparecer este elemento arquitectónico, bien en su forma física o bien en su aspecto simbólico, y al menos una vez la palabra PUENTE.

Foto de Charlie Green en Unsplash

Llegué a El Triunfo por accidente. Mi coche se descompuso en la carretera y tenía urgencia por llegar a destino y entregar la carga. De la guantera saqué una linterna y la Glock 25. La noche era fresca, así que extendí mi brazo a la parte trasera del automóvil y jalé mi chamarra de cuero, luego tomé la linterna, pero olvidé la pistola.

Tras una hora de caminata, me topé con un letrero en el camino indicando que me aproximaba a un poblado: «El Triunfo». Me adentré en un camino de terracería. Tras unos veinte minutos alcancé a ver las luces de un caserío, suspiré aliviado, pero al tocar las puertas de las humildes viviendas, las luces se apagaban y nadie abría. De nada me sirvió gritar hasta desgañitarme, el pueblo eran dos calles, y tras recorrerlas y no encontrar respuesta me fui a sentar frustrado bajo un zaguán. Si hubiera tenido conmigo mi pistola, los hubiera obligado a salir. Saqué un cigarro y me dispuse a esperar el alba. Trataba de tranquilizarme pensando en que la vía donde había dejado el carro era poco transitada y nadie se pondría a husmear, al menos por unas horas.

Con el amanecer vi salir de una casa al que resultó ser el panadero del pueblo. Se me quedó viendo con pena y me ofreció un pan de su bandeja. En otras circunstancias me hubiera hecho gracia ver a un hombre delgado como un palillo, usando una redecilla para el cabello, portando un delantal harinoso y un bigote a lo Charles Chaplin.

—¿Usted andaba tocando y gritando en la noche?

—Asentí mientras le daba una ansiosa mordida a un pan recién hecho.

—Perdone, no acostumbramos recibir visitas a esas horas.

Supuse que dada la insignificancia de aquel lugar, lo más acertado sería decir que nunca recibían visitas.

—Entiendo. ¿Hay alguien que me pueda ayudar? Mi carro se averió, lo dejé en la carretera, a una hora y media caminando. Me urge.

—Ahora es muy temprano. Alrededor de las 11:00 se levanta Raymundo, ese le sabe a la mecánica, seguro le ayuda.

—Necesito a Raymundo ahora mismo. ¿Me puede indicar dónde vive?

El hombre me miró extrañado, pero me dio indicaciones. Fui a tocar a la puerta del «mecánico», mas no obtuve respuesta. El panadero pasó nuevamente por donde estaba yo.

—Le dije que se levanta a las 11.00 — murmuró recalcando cada palabra, y siguió su camino, sin prisas.

En contraste con la excesiva calma de aquel pueblo de mierda, sentí desesperación. El sol levantándose en el horizonte era un signo ominoso. Tenía que orinar en algún lado, así que caminé alejándome de las casas. Escuché un rumor de agua y me dejé guiar por el sonido. Iba pensando que El Triunfo era un nombre demasiado rimbombante para aquel pueblucho. Oriné bajo un árbol, muy cerca de la orilla de un río de caudal importante. Llamaron mi atención las ruinas de un puente bastante antiguo que se elevaba sobre el río, pero a medio camino se había desplomado. Al otro lado se veían los despojos del mismo puente, y luego, más allá, otro caserío. Me emocioné, quizás ahí podría encontrar alguien más dispuesto a auxiliarme.

Regresé y tras intentar sin éxito despertar a Raymundo, me encaminé a la casa del «principal» del pueblo, un hombre llamado Avelino Cruz. De nuevo, el panadero, quien parecía estar en todo, fue quien me informó sobre él:

—Es un hombre de baja estatura, pero este año fue elegido como la máxima autoridad, o «principal» de nuestro pueblo —detecté en su voz un dejo de envidia—. Le atiende en su casa, esa azul que se ve ahí, ya sabe, somos un pueblo pequeñito y nuestras mismas moradas fungen como edificios públicos o negocios.

Avelino me recibió muy serio en su comedor. En verdad resultó un hombre muy bajito, la expresión dura de su rostro hablaba de alguien con el que no se juega, curtido quizá por las burlas hacia su persona. Le expuse mi caso y le pedí que me dijera cómo llegar al otro poblado.

—No se puede llegar ahí. No hay forma, además, es un lugar maldito —dijo tajante. Sin querer, esbocé una sonrisa burlona.

Avelino me lanzó una mirada fulminante y continuó:

—Ese sitio se llama «La Falla» y nosotros mismos tiramos el puente que nos unía con él.

—¿Pero, por qué?

—Cuando se fundó «El Triunfo», el puente que vio ya existía, pero no «La Falla». Ese pueblo fue surgiendo conforme se iba construyendo el nuestro. ¿Me entiende?

—La verdad es que no…

—Mire, se construía una casa acá, pues al otro lado aparecía otra igual. No inmediatamente, tampoco veíamos a nadie allá trabajando, pero de repente aparecía la réplica exacta. Algunos de nosotros fuimos varias veces a investigar, pero aquello estaba desierto, sin rastro de nadie. Dejamos de ir, nos dio miedo. Luego, cuando «El Triunfo» ya estaba acabado, yo mismo me di una vuelta y efectivamente, allá aparecía todo lo que teníamos. Con el tiempo empezó a aparecer gente. Las mismas personas que habitábamos «El Triunfo», estaban ahí: había una maestra igualita a la nuestra, un doctor, los niños, yo mismo…

Suprimí la risa y traté de controlar mi cara, sin mucho éxito, pues Avelino se levantó súbitamente, como dando por terminada la conversación.

—¡Por favor! —supliqué—. Debo entregar algo muy importante y ya me detuve demasiado. Quizás en «La Falla» alguien me ayude.

Ahora fue él quien se rio en mis narices. Se sentó de nuevo y me miró como se mira a un niño al que hay que tenerle mucha paciencia.

—A pesar del temor, algunos de nosotros regresamos, y esas personas parecían no vernos a nosotros. Era como si fuéramos invisibles. Ellos tampoco intentaban pasar a nuestro pueblo, o quizás lo hacían y tampoco los veíamos.

El muy desgraciado ignoraba mi urgencia y seguía con el cuento, pero yo lo escuchaba porque al final también estaba un poco intrigado y no perdía la esperanza de obtener información útil.

—Observar a nuestros dobles resultó inquietante. Hubo gente que, tras pasar unas cuantas horas en «La Falla», regresaba a «El Triunfo», empacaba sus cosas y se iba para no volver jamás. Otros acabaron con alguna enfermedad mental. Así que todos decidimos tumbar el puente para no tener nada que ver con ese lugar. Ahora, respecto a su problema, Raymundo es el único que sabe algo de mecánica, es un alcohólico empedernido y empieza a reaccionar después de las 11.00 Usted tendrá que tener paciencia. Váyase a la casa de doña Consuelo, que está frente a la Plaza, a esta hora ella vende desayunos, tómese un café. ¡Ah! Y ya no haga barullo, por favor.

Salí muy consternado, pero no me iba a dar por vencido. Regresé al río y observé cada detalle para ver si había alguna forma de librarlo y alcanzar la otra orilla que distaba unos cuarenta metros. No había cómo, yo no nadaba muy bien y la corriente era fuerte. Frustrado fui a sentarme en el borde del puente colapsado y me quedé mirando hacia «La Falla» esperando ver a alguien y poder pedir ayuda.

Pasaron unos quince minutos cuando vi movimiento del otro lado: una persona se había sentado también en su respectivo borde de la malograda estructura. Emocionado, comencé a manotear tratando de llamar su atención y él hizo lo mismo, me paré y él me imitó, caí en cuenta que copiaba mis movimientos. Intrigado, fijé mi vista en él y algo extraordinario pasó, pues mis ojos se comportaron como el zoom de una cámara fotográfica y pude verlo hasta en el más mínimo detalle: llevaba ropa igual a la mía y en sus facciones distorsionadas me reconocí. Tenía incluso una cicatriz en la frente de la que yo alardeaba. Sus ojos tenían una mirada diabólica y sus labios esbozaban una mueca maligna que me dio escalofrío. Sus manos manchadas de sangre me recordaron el cuerpo sin vida que guardaba en el maletero de mi auto y que debía entregar a quien me pagaría una fortuna tras asegurarse de que ese pobre infeliz ya no le estorbaría. Se me hizo un nudo en el estómago. Sentí repugnancia de mí mismo, lloré y gemí sin control, una gran pena se había apoderado de mi ser. Nunca volví a ser el mismo.

Autor: Ana Laura Piera

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El Rey de los Idiotas.

Esta es mi participación en modalidad «fuera de concurso» para la convocatoria:

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El Barril de Amontillado fue uno de los cuentos que cuando lo leí de adolescente más me impresionó. Sirva esto como un pequeño y muy humilde homenaje a este autor. Quise contar la historia desde la perspectiva de la víctima, Fortunato. El lugar donde se desarrolla la historia y los personajes son los mismos que en el magnífico cuento de Poe. (Espero que no me venga a jalar los pies enojado).

La borrachera se me bajó de golpe. ¡Ese traidor de Montresor me había llevado a una trampa!

Me estremecí y sacudí las cadenas con toda la fuerza que mi instinto de supervivencia logró convocar en un vano intento por zafarme. La antorcha que llevaba en mi mano había caído al piso y Montresor la había tomado. Me hablaba, pero toda mi atención estaba puesta en sus manos, que, industriosas y ágiles, trabajaban en conjunto, poniendo hilada tras hilada de piedra frente a mí. Cada línea levantada me iba robando de a poco la claridad.

La ofensa vino a mi mente como un relámpago. Recordé que días atrás, pasados de copas, había yo hecho algunos comentarios burlescos sobre su poca pericia para comprar vinos, aunque él se preciaba de ser un conocedor. Yo sabía de buena fuente que muy a menudo los charlatanes le daban gato por liebre. Recordé la nube de mal tiempo que, por unos segundos, ensombreció su rostro. Después seguimos bebiendo y nos olvidamos del asunto, o eso creí.

Con engaños y con el pretexto de que tenía un barril de vino amontillado me abordó durante el carnaval y me trajo a las catacumbas de su familia. Ahí guardaban, entre despojos de varias generaciones de Montresors, algunos de sus mejores vinos, a los que les hacía bien el frío y la humedad del lugar. Tenía yo mucha curiosidad por ver si en efecto se trataba de amontillado, ya que era casi imposible encontrarlo en esa época del año. Lo más seguro era que lo hubieran engañado y ya tendría yo otra ocasión de burlarme de su nula pericia como catador. Era mi amigo, pero detestaba cuando se ponía pretencioso.

Noté que mi mente daba bandazos entre la resignación y la angustia. De repente, sin pedir permiso, de mi pecho salieron los más horripilantes gritos al darme cuenta de que el desgraciado me había condenado a una muerte lenta y cruel. Me tomó por sorpresa que, emulándome, él empezó a gritar con una enjundia sobrenatural que me hizo dudar de mi condición de vivo. Quizás, me encontraba ya frente al mismo demonio, recibiéndome en las puertas del averno. Callé.

Uno nunca sabe cuando será la última vez que hacemos algo. Despertamos, pero seguimos dormidos, mecidos por la rutina sin pensar que ese puede ser nuestro postrer día. Yo debí haberle dado un beso en la boca a mi mujer, en vez del casto beso en la frente que siempre intercambiábamos por las mañanas. Y a Luca, ¡Por Dios, Luca! A él le hubieran venido bien algunos consejos y un abrazo especialmente fuerte. Miré con tristeza el creciente muro de piedras que me robaría la oportunidad de conocer a mis nietos. Sin mucha esperanza, dejé escapar una risa ahogada y le pedí, le supliqué que terminara con la broma. Él me siguió la corriente sin dejar su labor.

Hay que ver los absurdos pensamientos que lo asaltan a uno ante la inminente muerte, me di cuenta de que mi disfraz de payaso, escogido a las prisas para el carnaval, se convertiría en la grotesca mortaja para mis pobres huesos. Mi mausoleo, cuidadosamente preparado, quedaría vacío. ¿Qué pensaría mi familia de mi desaparición? Me derrumbé sobre mí mismo y sentí cómo se clavaba, lacerante, la cadena alrededor de mi cintura. Quedé colgado a medias sin tocar el suelo.

De repente, se hizo la luz en el pequeño nicho donde estaba yo prisionero. Montresor había metido una de las antorchas por el último hueco y me llamó por mi nombre:

—¡Fortunato!, ¡Fortunato!

Moví los labios, pero mi voz me había abandonado. Vi cuando colocó la piedra que faltaba, sellando mi destino. La antorcha agonizante proyectó las últimas sombras en aquella tumba improvisada hasta que reinó la oscuridad. ¡Qué bien me hubiera sentado que el dichoso amontillado hubiera sido real y no solo el pretexto para llevarme a la muerte! Un pensamiento: «Fortunato, eres el rey de los idiotas», retumbó en mi mente. Comencé a sentir la falta de aire…

Pasó un tiempo hasta que me sentí ligero y pude al fin traspasar la pared de piedras y la muralla de huesos que ahora sellaban el lugar donde se descomponía mi cuerpo. Mi primer impulso fue buscar la salida de las catacumbas, de alguna extraña forma, pude orientarme en la oscuridad de aquel laberinto. Confiado, intenté traspasar la puerta, como lo había hecho antes, pero no pude, algo me detenía. Las innumerables voces, como fríos suspiros, susurraron en mi oído que aquello era imposible. «Ahora eres uno de nosotros».

«¿Alguno de ustedes sabe si hay por aquí un barril de amontillado?»

Autor: Ana Laura Piera

Sueños de otro Mundo.

Photo by Elia Pellegrini on Unsplash

De pequeñas mi hermana y yo fingíamos estar dormidas, apagábamos la luz y no hacíamos ni un ruido. Mamá pasaba suavemente frente a nuestro cuarto, se detenía un poco para asegurarse que no estuviéramos despiertas, y luego cerraba la puerta de su propia habitación. Era el momento de escabullirnos en medio de la oscuridad hacia el jardín.

A las dos nos gustaba tendernos en el césped y mirar el cielo, pero era Elisa la experta en estrellas, planetas, constelaciones y agujeros negros. Siempre quiso un buen telescopio y fue hasta que creció y estudió astronomía que pudo tener uno. Por mi parte yo la escuchaba sin añadir mucho. Luego de vuelta en la cama, tenía sueños extraños que al despertar me venían como escenas inconexas unas de otras. Me veía vívidamente en la superficie de un mundo lejano, donde del cielo colgaba una luna rojiza de un lado y un planeta con anillos del otro. Había un mar de tintes violáceos que lamía una playa de arena muy blanca. A menudo me veía jugando con la arena hasta que una voz cascada me llamaba de lejos. Entonces yo salía corriendo.

Yo atribuía estos sueños a las pláticas con mi hermana. En ocasiones no la acompañaba al jardín y me quedaba sola en el dormitorio tratando de soñar cosas normales, aunque casi nunca sucedía. Varias veces me vi en compañía del dueño de la voz, « supe» que era mi abuelo y que su nombre era Rak. Tenía ojos grises y mirada bondadosa, sus cabellos eran largos y blancos. Me explicaba las cosas de ese lugar, como el porqué del color del mar, (microorganismos), y como influían la luna y el planeta anillado en la frecuencia de las mareas. Su saber era vasto y le gustaba compartirlo conmigo.

Una noche en que no quise salir a ver las estrellas, Elisa se puso terca preguntándome el porqué y tuve que platicarle mis visiones. Su mente, práctica y ágil dio con una posible explicación:

—Seguramente reencarnaste en la Tierra, pero viviste antes en otro lugar. Tal vez estés recordando tu vida anterior. —En su voz había un ligero toque de envidia.

Sus palabras me cimbraron. Era verdad que esos sueños se sentían muy reales y que yo sentía una conexión emocional con ese sitio que aparecía en mi mente. Entusiasmada, me pidió que lo intentara dibujar, y también a las personas que veía. Le hice caso y llené un cuaderno entero de dibujos equivalentes a un montón de recuerdos.

—¿Por qué habrás reencarnado en la Tierra?

Por supuesto, yo no tenía idea, y no estaba segura de que fuese verdad, a veces sospechaba que todo era producto de nuestra imaginación.

Entonces sucedió el accidente.

Un choque en el auto familiar nos puso a todos en mala situación, llevándome yo la peor parte. Según supe después, estuve internada más de tres meses debatiéndome entre la vida y la muerte. Nadie podía sospechar que aunque mi cuerpo estaba en el hospital, mi conciencia estaba en aquel mundo. De repente todo se tornó más claro y lógico.

El planeta tenía un nombre impronunciable y los habitantes nos comunicábamos unos a otros con el pensamiento. En cuanto a complexión no había mucha diferencia con los humanos. Como mi «abuelo», teníamos todos los ojos grises y los cabellos blancos. Las ciudades eran de cristal y éramos capaces de trasladarnos sin vehículos, usando solo nuestras conciencias. Pasé mucho tiempo con Rak, fue cuando supe con certeza que era un «sanador», había nacido con un don increíble que me había heredado. Fue mi maestro en técnicas médicas y protocolos para tratar diversas enfermedades. Yo absorbía todo como una esponja y día con día iba adquiriendo más sabiduría y destreza.

Un día, ya no me encontraba en el planeta del mar violáceo, sino en una cama de hospital. saliendo de un coma. Nunca más pude volver a soñar con ese lugar.

Mi hermana es ahora una conocida astrónoma y yo una celebridad médica. Ya desde la secundaria fui reconocida como una niña prodigio y entré a la facultad de medicina muy joven. Ahora mismo me encuentro realizando un trasplante muy especial. La cabeza de un cuadripléjico en el cuerpo de una persona con muerte cerebral. Las vengo haciendo desde hace ya varios años y con una tasa de efectividad del cien por ciento. Aunque soy conocida mundialmente por ese procedimiento tengo otros muy novedosos y efectivos. De noche, continúo con la costumbre de observar el cielo nocturno. Evoco en mi mente los recuerdos de ese planeta de nombre extraño, con su mar violeta, su luna rojiza y su vecino con anillos, y el tiempo compartido con Rak. Sonrío. Todo lo atesoro en mi corazón.

Autor: Ana Laura Piera

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Voracidad

La nave de refugiados Obelisk II había identificado aquel pequeño planeta azul como un posible hogar. Sus sondas detectaron que existían numerosos cuerpos de agua salada, donde podrían sobrevivir. El mundo estaba habitado, pero ellos no interferirían con la vida que ya había ahí, solo buscaban un refugio, un lugar donde recomenzar después del cataclismo sufrido en su propio hogar.

La tripulación, tres parejas en edad reproductiva, se preparó para el ingreso a la atmósfera. Inmersos en un ambiente líquido, los seis ocupantes flotaban sobre las estaciones de trabajo o se impulsaban de un sitio a otro con sus enormes colas, mientras las largas y rojizas cabelleras ondulaban a merced del agua dentro de su hábitat.

La Obelisk II aguantó bien el ingreso y terminó hundiéndose en algún punto del Océano Pacífico. Ahí iniciarían una nueva vida.

Pasaron muchas centurias, y una mañana de enero, al dirigirse a sus embarcaciones para salir a pescar, los hombres del pueblo de Todos Santos divisaron algo extraño en la playa. Primero pensaron que se trataba de un delfín varado en la arena mas al acercarse se encontraron con un espécimen extraño: de la cabeza hasta la cintura parecía humano, excepto por el color de la piel, que era verdoso como las algas. Un pelo largo y rojizo le cubría la cara y alguien, con mucho miedo, pero también curiosidad, acabó destapándosela ayudándose con un palo largo. Se reveló un rostro humanoide con enormes ojos y una extraña boca con dientes en forma de sierra. Abajo del ombligo, su anatomía era parecida a la de los peces, cubierto de escamas y terminando en una enorme y musculosa cola. Uno de los hombres notó que el ser aún trataba débilmente de respirar, pues abría y cerraba su boca en espasmos cada vez más espaciados hasta que cesaron por completo. Los hombres se olvidaron de la pesca y llevaron el cadáver al pueblo, donde inspiró espanto en algunos y en otros asombro.

A alguien se le ocurrió cortar un pedazo de la carne de la cola y ponerla a asar. Resultó deliciosa, explotaba la boca de placer al saborearla y muy pronto de ese cuerpo no quedó más que el torso, que al tratar de comerlo resultó algo desagradable. Los pescadores salieron entusiastas en la búsqueda de otros ejemplares iguales a ese.

En el transcurso de ese año, la gente de Todos Santos tuvo la fortuna de atrapar tres ejemplares más, cuyas colas comieron ávidamente. Aprendieron a buscarlos y desarrollaron una técnica especial para capturarlos. Alguien se llevó una muestra de la carne a la ciudad más cercana y el interés se fue acentuando por aquel manjar. Llegó al pueblo una moderna flota de pesca, que contrató a todos los pescadores y además instauró una planta de procesamiento. En poco tiempo la demanda era mayor a la oferta. Los precios mundiales se fueron por las nubes. Los ricos del orbe eran los únicos que podían probar aquella carne exquisita.

Junto con el interés comercial se despertó también un interés científico por saber qué eran aquellos seres parecidos a las sirenas de las leyendas. Una expedición logró capturar una pareja, que mantuvieron en un tanque lleno de agua salada, haciéndoles todo tipo de pruebas hasta que languidecieron y acabaron muriendo. Una organización ecologista robó toda la información obtenida y la dieron a conocer. ¡Aquellos eran seres que venían del espacio! Seres conscientes e inteligentes que estaban siendo cazados sin piedad para satisfacer los caprichos gastronómicos de unos cuantos. Las sociedades dedicadas a la preservación pusieron el grito en el cielo cuando, ante la dificultad de pescarlos en cantidades suficientes, se propuso cultivarlos.

Aquellos primeros refugiados de la Obelisk II nunca hubieran imaginado el triste destino de sus descendientes.

***

Desde los confines de la galaxia y como respuesta a una señal de socorro que les resultó familiar, la escuadra de naves conquistadoras Serpent, se dirigen al planeta azul. Cada transporte está lleno de fieros guerreros, cuyos antepasados fueron refugiados, como los de la Obelisk II, pero que en tiempo récord evolucionaron en otro lugar y ya no requieren de un medio líquido para sobrevivir. El llamado para proteger a los suyos es imperioso. No tendrán clemencia.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La Niebla

Relato participante en el VadeReto de Enero 2022 del blog Acervo de Letras. Como única condición es que el escenario en el que se desarrolle la historia tiene que estar inmerso en la niebla.

Photo by Jakub Kriz on Unsplash

Nací y crecí entre la niebla. A veces son jirones blanquecinos, otras veces nubes densas que nos ocultan de los demás. Nos intuimos por los ruidos que hacemos, como cuando mi abuelo come y su respiración suena muy fuerte, parece un tren que quisiera llegar a destino antes de lo previsto. O por los olores, papá huele a tabaco y mamá a vainilla. La bruma siempre se interpone tapándonos los rostros y los cuerpos. Si salimos al campo, se disipa y podemos ver las casas, el camino, los árboles y de lejos, a la gente. Al acercarnos a otras personas, vuelve a aparecer, insidiosa; primero alrededor de las caras y luego va envolviendo el resto de la anatomía en un movimiento descendente hasta los pies. En ese intervalo de tiempo, previo a que la niebla lo cubra todo, es posible atisbar las formas. La figura de mi abuelo es robusta y la de mi madre, delgada, como una ramita.

A pesar de la persistencia de la niebla, podemos hacer nuestra vida, trabajamos, comemos, amamos. Nos permite hacer la mayoría de las cosas necesarias, excepto ver nuestras caras. Más de alguno ha querido huir traspasando los límites del pueblo, pero ahí la neblina es un muro y no lo permite. Ella nos acompaña desde que nacemos hasta que nos ponen en el regazo de la tierra.

A los quince años me enamoré del cuerpo de Mercedes. Se me figuró que tenía guisa de reloj de arena, igual al que tiene el viejo José para las partidas de ajedrez. Un día le pedí que nos besáramos y aceptó. Mientras acercábamos nuestras cabezas, la neblina se hizo más densa y yo con mis manos, trataba de disiparla en un vano intento de asomarme y mirar sus facciones. Quería enamorarme también de ellas, como me había enamorado de su cuerpo. El beso fue sublime, a pesar de que fue solo un roce de labios. Soñé con él durante varias noches seguidas y me propuse volverla a besar, pero ella amaneció muerta antes de que yo pudiera siquiera proponérselo. No se supo nunca el por qué de su deceso.

Se llevaron a cabo los funerales y todos estuvimos ahí. Se escuchaban las oraciones como siseos y luego, al echar la tierra sobre su cadáver sentí que me enterraban con ella.

Esa noche regresé al camposanto, quería intentar ver la faz de Mercedes, quizás darle un último beso. Los enterradores habían dejado una pala que usé para sacar la tierra. Miré el cuerpo, que estaba envuelto en una sábana, y me tendí junto a él en esa tumba fría. Desenvolví con cuidado la tela alrededor de la cabeza. La niebla me dejó hacer. Al ver el rostro de Mercedes frente a mí, lloré. Donde debieron estar sus rasgos solo había piel, una piel blanquecina y resquebrajada cual cascarón de huevo. No había boca, ni ojos, ni nariz, solamente piel. Escuché una risa burlona flotando en el aire, y en ese momento, la niebla la ocultó de mí.

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Autor: Ana Laura Piera

«CACHITO»

Photo by Nick Bolton on Unsplash

Entró el viejo Jacinto a la estancia y se encontró con su nieto Santiago, de ocho años, inmóvil en medio de la habitación. Tenía la mirada fija y envuelta en nubes grises, como en trance. Temiendo una desgracia, salió en busca de «Cachito». Se lo encontró con el morro ensangrentado metido dentro de una gallina. Al sentir la presencia del hombre, el perro mestizo levantó la mirada como brasas de fuego, y enseñando los colmillos le gruñó amenazadoramente. Un collar de perlas rojas se deslizó del hocico hasta el suelo polvoriento haciendo un charco. Con paciencia, Jacinto comenzó a llamarle por su nombre en tono tranquilizador y esperó a que el animal se calmara un poco.

Siempre sucedía: su voz de viejo le amansaba lo suficiente hasta que el perro se dejaba amarrar una cuerda al cuello para llevarlo de regreso a casa. Esa vez el hombre lo ató a un árbol cercano y siguió el rastro de destrucción que había dejado el animal y que llevaba hasta la finca del vecino: entre sangre y tripas aparecían varias gallinas mutiladas: a algunas les había arrancado la cabeza, a otras les abrió el vientre y comió el corazón. De lejos vio acercarse a Ramiro, su vecino, con un fusil entre las manos.

—Te pido una disculpa Ramiro. Te las pagaré —se adelantó el viejo.

—Claro que lo harás Jacinto, y de una vez te advierto: o matas tú a ese animal del demonio o lo mato yo —dijo Ramiro tratando de controlar su exaltación.

—Yo me encargo, Ramiro.

Al regresar Jacinto a su rancho, se encontró a Santiago despierto. El niño, al ver a «Cachito» corrió a abrazarlo y ambos rodaron por el suelo jugando. No se distinguía dónde empezaba uno y dónde acababa el otro, mezclándose piel morena y negro pelaje como en una pelota viviente. Jacinto se sirvió un mezcal y fue a sentarse pesadamente en un sillón. Recordó que ambos, niño y perro habían nacido la misma noche, el mismo día, y que la luna caprichosa los había envuelto en el mismo manto blanquecino. Las madres de ambos desgraciadamente habían perecido en el parto y él tuvo que hacerse cargo de los recién nacidos. Parecían destinados a ser compañeros en la vida, pero tras el último desastre con las gallinas (ya antes había habido otros), Jacinto decidió regalar el perro al hombre que venía mensualmente de la ciudad vendiendo fertilizantes para la milpa.

—¿Y por qué lo regala Don?

—Ya tenemos muchos animales acá. ¿Lo vas a querer o no?

Y así, «Cachito» salió del pueblo y de la vida de Santiago y del abuelo Jacinto y se fue a vivir con Adrián quien lo puso a malvivir en un diminuto patio trasero. Invariablemente, en mitad de la noche, «Cachito» exhibía un comportamiento extraño: aullaba y daba vueltas en círculo como si fuera un rehilete. Adrián salía a darle de patadas hasta que el animal se calmaba. Con el tiempo el perro dejaba de aullar en cuanto veía venir a su nuevo dueño; eso a veces lo eximía del castigo, pero no siempre.

Una tarde, Adrián llegó con una muchacha y encadenó al perro para que no diera lata. Esa noche, al intentar dar vuelta sobre sí mismo el perro se enredó con la cadena y estuvo a punto de asfixiarse. Ya tenía los ojos rojos, inyectados de sangre y a punto de salírsele de las órbitas, cuando con una fuerza impropia para un perro de su tamaño terminó por romperla. Al mismo tiempo, en su rancho, Jacinto no podía dormir. Se levantó para servirse un poco de agua y se encontró a Santiago de pie, otra vez inmóvil y ausente, con la mirada perdida. El viejo comenzó a temblar.

«Cachito» se las había arreglado para entrar en casa de Adrián y sorprendiéndolo en la cama se había ido directo a la yugular de la que ya manaba un río de tibia sangre. Junto a él aparecía su compañera en turno, a ella le había comido la cara y arrancado el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LIBERTAD

Mateo se acercaba a la jaula y abría la pequeña puerta; metía su arrugada mano y torpemente iba sacando a los canarios. A algunos los atrapaba entre los dedos y podía sentir su diminuto corazón palpitando aceleradamente; otros salían solos, buscando alejarse de aquella mano vieja como pergamino. El grito de Tita siempre lo paraba en seco:
—¡Viejo desgraciado! ¿Qué haces? ¡Deja a mis bebés!
Lo siguiente que veía era el cuerpo voluminoso de su mujer abalanzándose sobre él, rasguñándolo y mordiéndolo con la virulencia de un zombi. Él sentía el rostro húmedo de sangre y los jirones de piel colgándole de la cara.
—¡Para, para!—gritaba el pobre viejo lleno de dolor.
Y en ese momento, se despertaba.


—Otra vez estabas con pesadillas —decía ella—, ajena a la historia truculenta escondida tras los movimientos y espasmos que su marido experimentaba al dormir.
—Si carajo, pero no seas mala y despiértame—decía él enfadado.
Tita ya no le contestaba, para ese momento se había levantado y se dirigía a atender a sus aves. Había mucho que hacer: destapar y limpiar jaulas, (tenía varias). Cambiar el agua, poner platitos con alimento: normalmente fruta, semillas y a veces hojas de lechuga. Sacarlos a la terraza a que les diera el sol.
—Los atiendes más que a mí, vieja…
—¡Cállate! En la cocina te dejé algo para que desayunes.


Mientras desayunaba solo, Mateo pensaba que era agradable oírlos cantar, más resentía el tiempo que Tita les dedicaba, y además estaba mal tener aves enjauladas, ellas pertenecían al cielo. Le hubiera gustado tener otro tipo de mascota, pero nunca se había atrevido a proponérselo a su mujer. Una cosa era segura: jamás haría realidad la fantasía de deshacerse de los canarios. No quería verla enfurecida como en sus sueños.

Una tarde de cielo azul y limpio, salieron, según era su costumbre, a dar unos pasos al parque cercano. Les tocó ver una parvada enorme de loros. Planearon escandalosos sobre sus cabezas, dieron dos o tres vueltas: una mofa verde y veloz dirigida hacia los que desde abajo les miraban entre asombrados y divertidos.
—¿Viste Mateo?
—No soy ciego, mujer.
—¡Pero si se han vuelto una plaga! Se está tardando el Ayuntamiento en hacer algo, además, qué pajarracos tan feos, prefiero a mis canarios—dijo enfática.
Él no estaba de acuerdo, pero era un hombre prudente (y cobarde), y calló, como callaba siempre.

Otro día en que Tita estaba en la cocina preparando el alimento para los canarios, Mateo oyó de cerca el parloteo de los loros. Salió a la terraza justo a tiempo de ver a tres de ellos sobre las jaulas de los canarios, abriéndolas ayudándose con el pico y las garras. Los prisioneros salían volando como raudas flechas amarillas y anaranjadas. De lejos se escuchaban los lamentos de otras vecinas cuyas pajareras también habían sido abiertas por los “loros libertarios”. Al otro día los noticieros hablarían del suceso.

—¿Por qué no lo impediste viejo de mierda? —le increpó Tita, llorando a moco tendido.
—Pero vieja ¡Fue todo tan repentino! Nada pude hacer, lo siento —mintió. En realidad estaba muy contento, de seguro era el fin de sus pesadillas.

—Vieja, ahora que los canarios se fueron ¿Podemos tener un gato?

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

CIBORG

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Juan Pablo movía fascinado su brazo robótico en un intento de conocerlo mejor, saber sus alcances, fuerza y sutilezas. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro y hacía que se tocaran entre sí. Por un momento sintió como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran, quería mostrarle algo. Se trataba de un gran almacén de partes de repuesto para humanos: piernas, cabezas, dedos, ojos… Juan Pablo estaba asombrado, sabía además que, a diferencia de sus contrapartes humanas, aquellas maravillas eran eternas, perfectas, probadas al límite y sobre todo: bellas.

Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de luchar porque sus creaciones se parecieran a las originales, ya no se usaba darles un acabado «natural»: nada de piel, vellos o consistencia de carne. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos, pues se consideraba de mal gusto ocultar la perfección de los mismos y nadie debía negarse el placer que provocaba la contemplación de tanta belleza.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y a la vez tranquilo y confiado, podía perder cualquier otro miembro, no importaba, todo era reemplazable.

Estando en casa, comenzó a molestarle su brazo natural pues al compararlo con el robótico, aquel le parecía una pieza extremadamente debilucha. Procuraba hacer todo con su brazo nuevo y relegaba su propia extremidad. Empezó a sentirse infeliz de tener ese miembro «imperfecto» y cuando salía a la calle sentía envidia de aquellos afortunados que contaban con dos brazos artificiales. Cayó en una aguda depresión.

Una mañana se encontró nuevamente en el consultorio del Dr. Valencia: «Ya no aguanto más doctor, no soporto estar unido a una cosa tan defectuosa y fea, le ruego acceda a mi petición y me lo cambie». Valencia se negó, los implantes eran solo para personas cuyas extremidades no funcionaran o hubieran sufrido una amputación.

Juan Pablo salió más triste que nunca, pero en el camino a su casa una idea comenzó a bailarle en los sesos. No lo pensó mucho: saco su brazo por la ventana del auto y lo dejó colgando; entonces aceleró a fondo y antes de colisionar con un edificio hizo un viraje brusco de manera que el golpe llegara del lado donde estaba su extremidad. Fue trasladado de urgencia a un hospital.

Despertó con múltiples contusiones en el cuerpo mas eso no importaba. ¡No podía creer su suerte!. ¡Había conseguido otro brazo, pero también un oído nuevo!. Ahora escuchaba mejor que nunca con aquella pieza excepcional de ingeniería, y ahí mismo, en su cama de hospital, empezó a molestarle la idea de que su otro oído fuera tan imperfecto…

Aquella mañana, cuando la enfermera entró en la habitación dio un grito de horror; en el baño se encontraba Juan Pablo, quien blandía una navaja filosa y con ella se mutilaba la oreja derecha. No solo cortaba la parte externa, sino que metía la navaja dentro y se aseguraba de dejar inservible su oído interno. Sus brazos y manos metálicos aparecían rojos y chorreando sangre, que ya hacía un charco en el piso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL HECHIZO

«RECREACIÓN» del cuadro «Ofelia» de John Everett Millais

El río que corría tranquilo cambió de ritmo repentinamente. Se observó una pequeña perturbación en el fluir del agua, un burbujeo que se fue haciendo cada vez más notorio. Después el agua se aquietó y la perturbación había tomado la forma de Marie, que aparecía transparente, líquida y en la misma posición en que la habían encontrado sin vida: semi-sumergida boca arriba, sus ojos mirando al cielo, sus ropas flotando como algas en el agua cristalina.

La hoguera que ardía frente a Isabeau, liberaba un humo negro y nauseabundo, como las cosas que se consumían en ella, pero faltaba el componente que haría toda la diferencia: unas gotas de su propia sangre.

«Marie, hermana eras un ser excepcional, en ti no solo había belleza física sino una hermosura interior que hacía que todos te amaran. Bernard te amó como nadie. ¿Sabes Marie?, a mí también me gustaba él. Envidiaba esos besos tan largos que se daban detrás de la casa. Pero ni él ni nadie reparó jamás en mí».

«¡Espíritus del agua, devuelvan a Marie!»

«Regresarás a casa. Mamá enjugará sus lágrimas en tu pelo y papá no se cansará de mirarte. Tendrás a Bernard y todo lo tuyo regresará a ti.
Se quedó callada unos instantes y luego añadió en tono más bajo: «También seguiré siendo una niña estúpida creciendo a la sombra del ser más perfecto»

Con una espina pinchó uno de sus dedos. Una perla rojísima brotó de él. Solo faltaba agregar al fuego un par de gotas rojas y Marie regresaría a la vida, pero la joven aprendiz de hechicera titubeó…

«No quiero volver a ser infeliz» — pensó.

Entonces tomó su dedo herido y lo metió a su boca, negando a la hoguera hambrienta la sangre vivificante. Las llamas se fueron apagando y la forma aparecida en el río se disipó lentamente. Isabeau miraba todo muy seria y muy triste, también se escuchó un llanto, el llanto de Marie al morir por segunda vez.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este cuento fue inspirado en el cuadro «Ofelia» de John Everett Millais. Si gustan ver el cuadro original: https://es.wikipedia.org/wiki/Ofelia_(Millais)

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