El último edicto.

Cuento corto fantástico sobre un rey, un mago y una rosa que se negó a morir.

Mi propuesta para el VadeReto de Enero, un relato que incluya a un rey y a un mago. El género deberá ser, preferentemente, fantasía.

El joven rey Edranor miró los decretos de esa mañana. La tinta en la que estaban escritos tenía un fulgor rojizo: «Que ninguna lámpara se apague durante la noche, pues la oscuridad se filtra en las almas débiles, propensas a violar la ley». «Que cada decreto se copie cuarenta veces y se repita otras tantas, para que la ley no se pierda en el viento». Tomó los pergaminos y los sopesó. Como de costumbre, tenían una carga mucho mayor de lo que uno supondría. Dejó escapar un hondo suspiro y los firmó.

El pueblo obedeció, aunque dormir con las luces encendidas era incómodo, pues estaba convencido de que el rey pensaba en su seguridad. Las repeticiones resultaban fastidiosas, pero qué se le iba a hacer. En cuanto a Edranor, se sentía desgraciado, cada palabra no era suya, sino del mago Esmedras, y él se sentía como una triste marioneta.

Siendo un pequeño príncipe, una noche apareció en su habitación un hechicero de rostro severo, ojos como brasas y una voz autoritaria que no admitía réplica: «¡Obedecerás! ¡Sin mí no eres nada! ¡Si no estoy, el mundo se derrumba!». El chico, impresionado, se sometió.

Con el tiempo, Edranor se preguntaba si realmente el mago era tan poderoso como decía. Esmedras, intuyendo las dudas, quiso hacer una demostración de su poder:

—Mira, príncipe insensato, observa esta rosa tan llena de vida y color; observa cómo bajo mi influjo pierde su fuerza —acto seguido, Esmedras tocó la rosa con uno de sus dedos puntiagudos y secos. La flor se marchitó hasta morir.

—¡Esto es solo una muy pequeña muestra de lo que soy capaz! —exclamó de forma dramática y desapareció en el aire.

Al día siguiente, sin embargo, Edranor vio que la rosa había revivido. De ser un lastimoso resto marchito, había recuperado su forma y lozanía. Las dudas se anidaron aún más en su corazón y un día decidió desobedecer a Esmedras. Coincidió que la reina, madre del príncipe, enfermó de muerte. El chiquillo pidió ayuda al mago, pero este se negó aduciendo que la desobediencia había causado la desgracia. Desde entonces, Edranor hacía sin chistar lo que Esmedras le dictaba, aunque día tras día crecía dentro de él el deseo de liberarse de su yugo.


Una noche, el rey Edranor se levantó del lecho empapado en sudor; tenía la piel erizada, como sucedía siempre que Esmedras andaba cerca. Un día antes, a punto de firmar uno de los edictos, sintió que ya era suficiente. En ese momento, el pesado pergamino había pasado a sentirse tan ligero como una pluma de ave.

La figura espigada del hechicero apareció en medio de un pasillo: su desordenada cabellera flotaba y sus ojos ardían como carbones. El rey temblaba, pero su hartazgo se impuso:

—¡Esmedras, ya no quiero ser tu títere! Si tanto quieres el control, gobierna tú. Al fin y al cabo, puedes hacerlo con tus poderes.

—¿Qué dices, insensato? —dijo el hechicero acercándose, mientras su rostro se desfiguraba por la furia.

—Te doy mi corona, ¡libérame! —le extendió con manos trémulas la corona de oro, símbolo de poder.

—No entiendes nada, Edranor. No puedo gobernar a golpes de magia, que puede ser inestable. Tú eres un instrumento útil para el fin de mantener todo en pie. Fíjate bien en lo que haces. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre cuando decidiste desobedecerme!

—¡Quizás no fui yo, ni tú! Quizás tu magia no podía salvarla. Tal vez no eres tan poderoso como dices —dijo titubeante, pero luego su voz adquirió firmeza—: Si tu magia no es confiable, ¡que gobierne mi voluntad!

Hizo ademán de volver a ceñirse la corona; esta le quemaba los dedos y se había vuelto tan pesada que estuvo a punto de tirarla. Por su mente pasó el recuerdo de su madre postrada y él llorando en silencio, cargado con una culpabilidad que lo había mantenido sumiso mucho tiempo. «Debo hacerlo, de ahora en adelante seré yo quien lleve las riendas de este reino, para bien o para mal» —con este pensamiento y haciendo un gran esfuerzo, bajó la corona hacia su cabeza. Esmedras se abalanzó para impedirlo lanzando un chillido de espanto, pero no pudo evitar que la joya reposara de nuevo sobre las sienes del rey. El cuerpo del mago se retorció como una sanguijuela mientras profería gritos horripilantes. Luego se desvaneció en medio de un humo denso y nauseabundo mientras regresaba a las bajas esferas del mundo de los magos mediocres. El silencio que siguió no fue de miedo; una honda sensación de bienestar y paz embargó al rey.

Al día siguiente, en su despacho, Edranor miró un edicto pendiente de Esmedras: «La desobediencia, aun la más leve, se castigará con la muerte, pues es la semilla de la rebelión».

Edranor golpeó la mesa con el puño y luego quemó los pergaminos en el fuego de la chimenea. De inmediato se sintió ligero, liberado del todo de la influencia de Esmedras. Nunca más volvió a sentirlo o a escucharlo.


En medio de la plaza, la gente aclamaba a su rey en el décimo aniversario de su coronación. Personas de todas las clases sociales le vitoreaban; atrás habían quedado los años en que sus decisiones parecían sacadas de un libro de hechizos absurdos. Todos recordaban cuando se les ordenó dormir con las luces encendidas, pero el rey había cancelado después esa orden tan extraña y otras más. Nuevas leyes, más sabias, habían emanado de él, ganándose el cariño y el respeto de todos. Con el tiempo se ganó el sobrenombre de «Edranor, el sabio».

Autor: Ana Laura Piera.

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El otro hijo – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro: un relato de no más de 250 palabras que cumpla con ser intertextual. (Inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola: cambio de escenario, personajes de otro cuento, diferente época…)

Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.

Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermano Ícaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!

Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera!
¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?

Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.

Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo apenas un punto insignificante,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.

Mi competencia: felizmente eliminada.

197 palabras

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.

Turismo espectral.

Relato corto sobre el Día de Muertos en México.

Tiempo de lectura: 4 minutos.

El alegre grupo llegó a México. Eran espíritus venidos de distintas partes del mundo a los que el señor Wu, un espíritu japonés con gran visión comercial, había traído en plan turístico para que experimentaran las tradicionales fiestas de muertos.

Se rieron mucho con las calaveritas de azúcar, presentes en casi todas las panaderías del país. Estaban adornadas con papelitos brillantes y filigrana de azúcar de diferentes colores, y algunas tenían nombres escritos en la frente. Uno de los viajeros, un ruso de nombre Igor, estuvo buscando entre ellas su nombre, sin éxito.

También probaron el delicioso pan de muerto. Bueno, probar es un decir, porque aunque podían comerlo, el pan se salía de sus cuerpos en forma de migas secas conforme lo iban consumiendo. Los dueños de los establecimientos quedaban perplejos ante el reguero de migajas que parecía brotar del aire.

La actitud de los mexicanos ante la muerte los hizo sentir como en casa, especialmente se sintieron reconfortados ante la visión de los grandes altares que se levantaban amorosamente dentro de los hogares y en algunos lugares públicos. Los altares estaban adornados con papel picado de diferentes colores y llenos de las cosas que les gustaban a los difuntos en vida, sus platillos y bebidas preferidas: mole, tamales, pozole, mezcal, tequila y vino. Gunhild, un espíritu femenino de Escandinavia, le pidió al señor Wu que le consiguiera la receta de los tamales. Todos en el grupo estuvieron de acuerdo en que era notable que la muerte se viera de forma tan natural y no fuera tabú como en otros lugares. El Sr. Wu dijo que aquellas tradiciones le recordaban un poco las de su país e insistió en prender incienso en algunos lugares.

La madrugada del primero de noviembre, escucharon mucha algarabía y gritos infantiles. Del cielo comenzaron a bajar en tropel miles de almas de niños fallecidos que regresaban por una noche a disfrutar nuevamente con sus familias. ¡Había que ver aquellas caritas llenas de felicidad! Los pequeños descendían a una velocidad asombrosa y casi derribaron al señor Wu cuando este daba instrucciones a su grupo para evitar ser arrollados. Todos se divirtieron con ese detalle.

Tras la algarabía infantil, la ciudad se preparó, con reverencia, para la llegada de las ánimas adultas, el día dos de noviembre. Los adultos, aunque contentos, venían más calmados que los niños. Formaban pequeños corros que platicaban animados y luego se diseminaban por la ciudad para entrar a sus respectivas casas y disfrutar de la hospitalidad de los vivos.

Un fantasma local, Crescencio, se ofreció a llevarlos a visitar un cementerio esa noche, y no podían creer lo que sus ojos huecos veían: gente comiendo y bebiendo junto a las tumbas, envueltos en el aroma de unas flores amarillas, la “flor de muertos” o, en náhuatl, cempasúchil. Había canto y jolgorio de vivos y difuntos. Los viajeros pudieron apreciar cómo los fallecidos abrazaban a sus familiares vivos aunque estos no lo notaran. Igor se apartó del grupo, con la mirada perdida entre las velas, y el señor Wu le preguntó qué le pasaba. Resultó que Igor se había acordado de su abuelito Vladimir y su abuelita Irina, lo que lo había puesto melancólico. Crescencio insistió en que lo mejor para la tristeza era que probaran el mezcal. El señor Wu les advirtió que las bebidas alcohólicas se comportaban distinto de la comida, y que podrían «absorberlas» completamente. Aunque les aconsejó prudencia, más de uno de los espíritus viajeros acabó borrachito.

Partieron al alba y México se quedó flotando en sus memorias como el aroma del cempasúchil: dulce, persistente e inolvidable.

Autor: Ana Piera.

Este relato fue publicado en la Revista digital «Masticadores» el 28 de octubre del 2021. En esta ocasión lo republico con algunos cambios.

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¡Que sea doble! – Microteatro.

Microdrama sobre inteligencia artificial y emociones humanas.

Inspirándome en los retos del microteatro de Merche Soriano, hice esta pequeña pieza de microteatro.

ESPACIO ESCÉNICO: Una taberna vacía, barra al centro, luz tenue.

PERSONAJES:

Robot tabernero. (Androide con cara humana, pero algo tiesa, cuerpo metálico, gestos mecánicos, sensación de estar inacabado), su ropa se ilumina con luz de acuerdo a su estado de ánimo.

Cliente: José, humano, aspecto cansado, irónico.

ESCENA ÚNICA:

El robot tabernero se encuentra limpiando la barra cuando entra José quien se sienta sin saludar. En cuanto ve a José las luces de su traje se «prenden» y despiden una luz azul celeste, muy tenue. No debe molestar ni ser muy llamativa.

TABERNERO:
¡Qué gran placer tenerlo aquí! ¿Qué le voy a servir hoy?

JOSÉ:
¡Algo fuerte! Mi mujer me tiene cansado.

El Tabernero saca una botella de tequila y mientras sirve echa miradas curiosas a José.

TABERNERO:
Es una pena escuchar eso, pero si su mujer le causa tantos conflictos, ¿por qué sigue con ella?

JOSÉ:
¡Cómo se nota que eres una máquina! No te ofendas, pero es verdad.

El Tabernero sonríe y le extiende el «caballito» de tequila a José.

TABERNERO:
No se preocupe, no me ofende en lo absoluto. Me encantaría entenderlo.

JOSÉ:
La Loli es como una droga, ¿me entiendes?

TABERNERO:
Me parece fantástico que busque solaz en los psicotrópicos, pero debo advertirle que las drogas no son muy buenas, a nivel global, 11.2 millones de personas se inyectan drogas. Alrededor de la mitad vive con hepatitis C; 1.4 millones con VIH y 1.2 millones, con ambos.

José hace cara de fastidio y le da un trago a su tequila.

JOSÉ:
No sé por qué vengo a esta taberna.

TABERNERO:
¡Nos encanta tenerlo aquí! Es un gusto enorme poder servir a la especie humana y relajarlos un poco. Y bueno, creo que sus visitas son porque damos un 15% de descuento a las personas que trabajan en el campo de la informática y usted debe ser programador.

José se ríe.

JOSÉ:
Es verdad. Bueno, yo no me drogo y jamás lo he hecho.

TABERNERO:
¡Oh, eso es grandioso! Pero dice que ella es como una droga. ¿Si no se droga, cómo sabe sus efectos?

JOSÉ:
Bueno, todo el mundo sabe los efectos de las drogas: Son adictivas. Y yo soy adicto a ella, sus berrinches, a sus celos, a nuestras tórridas reconciliaciones…

TABERNERO:
Me hace feliz escuchar eso, de verdad. Creo, sin embargo que ustedes, como especie, son algo autodestructivos. Aman lo que les hace daño.

JOSÉ:
¿Estás juzgando?

TABERNERO:
¡En absoluto! Se trata solo de una opinión.

JOSÉ:
¿Me pones otro tequila?


El robot tabernero mira la botella de tequila pero en vez de servir otro trago la regresa a su lugar. La luz celeste ahora parpadea suavemente.

TABERNERO:
No sabe el gusto que me da escucharlo pedir otra bebida espirituosa. Aunque, ¿sabe los daños que produce el alcohol?
Se estima que en el mundo hay 237 millones de hombres y 46 millones de mujeres que padecen trastornos por consumo de alcohol. Su abuso causa gastritis, hepatitis o cirrosis hepática, hipertensión arterial…


José suspira frustrado

JOSÉ:
Un buen tabernero debe servir y escuchar al cliente, sin juzgar y mucho menos soltarle esa cantidad de datos espeluznantes.

TABERNERO:
¡Oh! Agradezco lo que me dice, siempre quiero mejorar. Puede ser que tenga un fallo en mi programación. Haré un reporte y lo mandaré para que me revisen.

José saca de su traje un enorme y llamativo control remoto y lo apunta al robot. El robot tabernero pone cara de sorpresa y levanta las manos como si lo estuvieran asaltando. Sus luces cambian a amarillo, parpadeante.

TABERNERO:

¡Ese control remoto es encantador! Aunque, si fuera posible, me gustaría que no lo apuntara hacia mí.

José oprime el control y el robot se apaga. Luego oprime algunos botones y empieza una grabación de voz en el mismo aparato:

JOSÉ:
Prueba 345 fallida para el modelo XSMTQM2050, robot tabernero. Necesario checar algoritmos y rutinas de procesamiento. Está resultando muy difícil replicar la empatía humana en los prototipos.

José guarda el aparato en una de sus bolsas, pasa a la barra, busca la botella de tequila y una copa de mayor tamaño, regresa con ella a su asiento y se sirve.

JOSÉ:
¡Esta vez que sea doble!

Autor: Ana Laura Piera

Nota: un «caballito de tequila es un pequeño vaso especial para servirlo de forma tradicional.

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El desván que jugaba al ajedrez.

Cuento corto de humor oscuro y fantasía encantada.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Este relato es mi propuesta para el VadeReto de Octubre. Te invito a pasar por el Acervo de Letras para que veas la imagen y las condiciones del reto y también leas otras propuestas.

Después de torturarlo toda la tarde con «calzón chino», un andrajoso terminó confesando la existencia de un desván repleto de objetos que alguna vez se vendían en un viejo bazar. Solo por eso lo dejamos marchar.

Llegamos al lugar al anochecer: una solitaria casita en las afueras, ruinosa, nada especial, aparentemente abandonada.


En el desván, el sonido de las cerraduras al ser forzadas nos «despertó de nuevo». Los múltiples relojes de las paredes movieron sus manecillas, primero con lentitud después de haber estado inmóviles por años, luego ganaron velocidad, como hélices de aviones. No estaban midiendo el tiempo, medían otra cosa.
Los peones, alfiles y caballos se bajaron de su tablero y entre todos lo levantaron. Desde arriba, los reyes y las reinas, solemnes, daban órdenes. Se colocaron en donde terminan las escaleras.

El viejo Dick, un enorme perro de peluche, tardó un poco más en reaccionar. Los años ya le pasaban factura, pero al fin pudo levantarse y tomar entre sus acojinadas fauces a la patineta que, emocionada, daba saltitos sobre sus ruedas. Dick la colocó en un peldaño intermedio, como quien prepara una trampa. «Ya sabes lo que tienes que hacer preciosa» —dijo con su voz amable y mullida.

La atmósfera había cambiado completamente, se sentía una corriente eléctrica que nos recorría a todos.


Después de que Klaus se encargara de las cerraduras de la puerta principal, pudimos entrar. Ayudados por nuestras linternas, inspeccionamos el sitio.

—Aquí no hay nadie, pero tampoco nada de valor —dijo molesto, paseando la luz, que reveló paredes desnudas, unos cuantos muebles desvencijados y cortinas rotas.

—¡Eres un pesado! El tipo dijo que lo bueno estaba en el desván. ¡Busquemos el acceso! —contesté—. Y oye, Klaus, si encontramos algo, que no pase lo de la otra vez, que te escondiste cosas para ti.

—¡Vamos Eric! ¡No sé de qué me hablas!

La realidad era que mi compañero no era de fiar, pero era muy habilidoso con las cerraduras. Ninguna se le resistía, hasta que intentó abrir la puerta de ese maldito desván, usó de todo: llave maestra, una lámina de plástico y la ganzúa. Frustrado, lanzaba maldiciones y sudaba como cerdo mientras intentaba una y otra vez sin éxito.

—¡Hazte a un lado! —dijo al fin, y pateó la puerta con todas sus fuerzas.
—¡Ayúdame, estúpido! —gritó
cuando vio que esta no cedía.

La pateamos por turnos. Cuando por fin se abrió, nos envolvió un olor a madera envejecida, cuero reseco, plástico antiguo y polvo. Estornudé. Klaus lanzó la luz hacia abajo.

—¿Ves algo Klaus?

—¡Muchas cosas! —dijo emocionado—. ¡Más vale que sean buenas porque casi estoy seguro de que me fracturé un dedo del pie!

Klaus iba por delante bajando las escaleras con dificultad, que eran de madera y crujían ominosamente. Nuestras linternas comenzaron a fallar, parpadeando con luz débil.

—¿Pero qué diablos? —dijo Klaus y luego lo escuché gritar «¡Ayyy!»


Cuando uno de los intrusos pisó la patineta, voló por los aires y aterrizó sobre libros, portavelas y botellas. Ahí se quedó, quejándose de dolor.

El otro siguió bajando, llamando a gritos a su compañero. Sus linternas volvieron a funcionar. Rauda, la camiseta negra con el símbolo de la paz voló y le envolvió el rostro. No vio el tablero de ajedrez que le esperaba. Resbaló también.

Dick lanzó un ladrido suave al fonógrafo, que respondió con «Danubio Azul» de Strauss a todo volumen.


Al funcionar de nuevo las linternas, una tela que olía a moho me envolvió la cara. Pisé algo que me hizo caer. La tela parecía tener vida propia. Por más que lo intentaba, no lograba quitármela. Escuché a Klaus quejarse. De repente se escuchó a todo volumen música antigua, de esas que escuchan las abuelas.

Con la cara tapada, sentí que me daban de palos con varios objetos: identifiqué una raqueta de tenis, un bate, y otras cosas. También a Klaus le estaban dando duro. Aquella incursión nos estaba costando muy cara. Lo que había iniciado como un robo fácil se estaba volviendo una pesadilla.

—¡Nos rendimos! —grité con todas mis fuerzas—. Lo que fuera que hacía mover los objetos pareció escuchar. La tela que me apretaba el rostro se aflojó, resultó ser una camiseta negra. Alrededor de Klaus y de mí vi diferentes cosas. Un robot miniatura con mala cara agitaba sus pequeños brazos en actitud amenazante.

Klaus había quedado muy mal parado de la caída. Lo tuve que ayudar a levantarse. La música seguía taladrando nuestros oídos. Subimos con dificultad las escaleras; la puerta que habíamos abierto a la fuerza lucía restaurada, y sobre ella, colgaba un enorme cuadro: un paisaje campirano. Lo único que queríamos era salir. Al tratar de abrir la puerta, caímos dentro del paisaje. Desde entonces vivimos aquí. Sabemos que nos observan del otro lado.


En el desván nos envolvió de nuevo el silencio y el tiempo volvió a correr. Como si nada hubiera pasado.

Autor: Ana Piera.

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Momentos Colgate. Microrrelato.

El reto Escribir Jugando de octubre, nos pide un relato de no más de 100 palabras. Inspirado en la imagen y que incluya el dado. Opcional que aparezca algo relacionado con la pasta de dientes.

Uno pensaría que ser una criatura de la oscuridad te libraba del miedo. ¿Qué puede dar más miedo que un vampiro? Ahora creo que solo soy un bufón.

Siempre traté de no matar, solo succionar un poco, ir de aquí a allá, mal comiendo sin destruir. Pero ahora, me acechan fantasmas con sepsis. Sus órganos ennegrecidos, sus alientos rancios y sus quejidos de dolor me hielan la sangre.

Debí haber usado pasta de dientes.

76 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Genio y figura… cuento corto.

Una historia de culpa, misterio y un fantasma.

Soñé vívidamente que mi madre difunta regresaba a su casa. La veía tan clara como el agua: regordeta, en el nido blanco que era su cabeza, una de sus manos se acomodaba el cabello mientras la otra descansaba apoyándose en un bastón que no reconocí. El suyo, el original, tenía una empuñadura de marfil, había sido de mi padre y tenía un gran valor sentimental para ella. Yo se lo regalé a un vagabundo que pasó.

—Hola, hija, ya regresé.

—¿Cómo que regresaste? —le decía sorprendida.

—Sí, solo estuve fuera un poco de tiempo, pero ya regresé.

—Este bastón no es mío. ¿Dónde están mis cosas?

Un sudor frío recorrió mi espalda y desperté empapada. El sueño rondó en mis pensamientos por varios días. “Es la culpa de deshacerme de sus pertenencias”, pensé.

Cuando por fin lo superé, situaciones extrañas sucedieron en la casa:

Sentí que alguien nos observaba. También oí el ruido de un cuerpo pesado dejándose caer en una de las sillas de mi comedor nuevo, solo para levantarse casi de inmediato. Se escuchaba el rumor de pantuflas arrastrándose por toda la casa. Puertas y cajones se abrían como si alguien los inspeccionara, para luego cerrarse con un golpe seco, malhumorado. Habitaciones que bajaban de temperatura hasta llegar a un frío glacial que hacía que a uno le castañetearan los dientes.

—Es mamá —le dije a mi hija Eugenia.

—Debe haber otra explicación.

—Parece un alma en pena buscando sus cosas. ¿Por qué nos deshicimos de ellas?

—Porque eso se hace cuando alguien muere.

—Le llamaré a Paquita Bermúdez, ella sabrá qué hacer.

Paquita la espiritista hizo su entrada en mi casa una noche. Era una mujer muy intensa, todo lo hacía como en una obra de teatro.

—Definitivamente, siento una presencia —dijo, tocándose la cabeza con dos dedos y los otros parados como antenas—. Una mujer mayor, pelo blanco, gorda…

—¡Es mi mamá!—solté de sopetón.

—¿Quieren hablar con ella?

—Sí —dijo resuelta Eugenia.

Nos sentamos en el comedor. Paquita invocó al espíritu. Su cuerpo se retorció con violencia hasta que habló con una voz que era la fusión de su propia voz nasal con la aguda de mamá.

—Estoy muy sorprendida y molesta. ¿Qué han hecho con mis pertenencias?

Yo me persigné. Eugenia, aunque nerviosa, tuvo el aplomo de hablar.

—Abuela, tú no debes estar acá.

—Mira hija, no sé por qué sigo aquí. Solo quiero sentirme feliz rodeada de lo que es mío.

—Eso no es posible. Ya todo se fue. La mayoría acabó en residencias para ancianos donde los vivos pueden darles un buen uso.

—¡Ustedes prometieron que eso no pasaría!

Paquita se estremeció de nuevo. Al recuperarse, miró en todas direcciones, embelesada, como escuchando la ovación de un público imaginario. Después habló con su propia voz:

—Son 800 pesos. Les aconsejo poner velas blancas y pedirle a su mamacita que trascienda. Si eso no funciona, habrá que traer un cura.

Después de la sesión, todo pareció calmarse, pero luego mamá volvió a las andadas: arrojaba objetos, desaparecía cosas y enrarecía el ambiente. A la semana siguiente, Paquita volvió y mi madre habló a través de ella:

—¡Estoy cansada! ¡Harta de su mal gusto! La lámpara de la sala, ¿dónde la encontraron? Parece que se la robaron de un hotel de carretera. ¿Y esa pintura? ¡Por favor! Eugenia, ese muchachito que te viene a ver… debes terminar con él porque no vale un centavo.

Al final de la sesión, Eugenia se fue a su cuarto enojada, y yo le pregunté a Paquita qué debíamos hacer.

—Recuperen todo. No tendrán paz hasta que lo hagan.

—¡Ay, Paquita! ¿No hay otra forma?

—Lo siento.

Mi hija y yo discutimos. Eugenia decía que no debíamos ceder.

Los episodios se volvieron más violentos. El novio de mi hija no podía pisar la casa, pues le llovían objetos. Nuestra ropa interior desaparecía. Cerraba las llaves del gas. Dejaba el refrigerador abierto. Decidí que era suficiente y me lancé a recuperar lo donado. Recorrí residencias, hablé con amigos y hasta fui al basurero municipal. No pude encontrar casi nada.

Al final, hice un altar con las pocas fotografías, adornos y prendas que encontré. La actividad paranormal cesó por completo. Cuando Paquita fue por última vez, me confirmó que mi madre ya no estaba ahí. Me dijo que lo más seguro era que hubiera trascendido y que el altar la ayudó.

Dos semanas después, recibí la llamada del director de un hogar de ancianos. El hombre me pidió encarecidamente que les llevara el bastón de mi madre. Le expliqué que era casi imposible de recuperar. Su respuesta me dejó de una pieza: un fantasma femenino creaba caos en el edificio, espantando a todos y pidiendo su bastón.

Mi madre, después de encontrar algunas de sus cosas en el altar, se dio a la tarea de buscar las otras. Cuando se lo platiqué a mi hija, se rió mucho. Luego me dijo con sarcasmo que quizá el vagabundo podría mandarnos el bastón por mensajería. Ante mi cara de pocos amigos solo agregó que la abuela no cambiaba ni en la muerte. Al final yo le di al director el teléfono de Paquita, y si no funcionaba tendríamos que pedir los servicios de un padre experto en exorcismos.

Esa tarde, reflexionando en todo lo que estaba pasado, comprendí que mamá había encontrado la forma de seguir apegada a lo suyo y atormentando a todos. Genio y figura, ¡hasta la sepultura!

Autor: Ana Piera.

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Persistencia sin Memoria. Microrrelato.

Una mosca camina sobre mí. Sus repulsivas patas mancillan mi superficie derretida como si no importara. A mi lado, un compañero ha claudicado del todo. Las hormigas están sobre él. Aún conserva su forma, pero tiene mal color. Supongo que eso nos espera: a mí, al que pende de una rama, y al que está encima del personaje extraño.

No sé qué ha pasado. Alguien cree que somos irrelevantes, que medir el tiempo no importa, pero no es lo mismo comer a las 3 que a las 6. A las 6 rugen las tripas. Quizás te desmayes. Tal vez eso le ocurrió al que yace acostado sobre la arena.

¡Vaya ironía! Somos medidores del tiempo, y aquí estamos, detenidos en una hora que ya no significa nada. No sé cuánto falta para que las hormigas se suban también en mí. Si pudiera, registraría ese intervalo. ¿Cuántos segundos para que la primera hormiga descubra que yo también me derrito? Si alguien pasara por aquí, podría darle ese último dato que deje constancia de mi existencia.

No guardo memoria anterior. No recuerdo haber estado sobre algún mueble o vitrina. Solo este momento. ¿Será que la figura postrada nos está soñando? ¿Acaso nunca hemos existido fuera de su sueño?

Moriré con la duda de si alguna vez fui útil. Solo sé que este instante se derrite lentamente. Quizá eso sea todo lo que quede de mí: una persistencia sin memoria.

240 palabras.

Autor: Ana Piera.

Por favor deja tu nombre si vas a comentar. WordPress a veces los pone como anónimos. Gracias.

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Otros relatos con temática de «relojes»

Corazón Frío.

Mi propuesta para el I Concurso Literario IAdicto Digital de Tarkion (Miguel). Con el tema «Amor, Terror o Humor entre blogueros» con un máximo de palabras de 1200.

Una tarde lluviosa y gris, PinkyPie deambulaba en la red tratando de sacudirse la tristeza de una desilusión amorosa. Su ventanal sonaba como si mil dedos estuvieran tamborileando sobre él y opacaba el ruido que hacían las teclas del ordenador. Encontró un blog llamado «CoolProyect» que no resultaba muy atractivo y casi no tenía contenido. A Pinky se le figuró la página inacabada de algún técnico en algo, pero lo que llamó de inmediato su atención es que había una colorida caja de chat. Necesitaba desahogarse.

«Ey ¿Hay alguien ahí?»

«Hola, sí, soy CoolScoop»

El tipo era bastante divertido, aunque algo nerd, pues de la nada soltaba datos aleatorios:

«Así que rompiste con tu pareja»

«Sí, resultó que me engañaba con otra el muy cretino»

«Lo siento. ¿Sabías que las manzanas se conservan mejor en la parte más fría del frigorífico?»

«¿Qué dices? Ja, ja, ja. Eres divertido, me gusta que tratas de distraerme»

CoolScoop era lo que PinkyPie necesitaba en ese momento, alguien con quien distraerse y reír. El chico preguntó por los intereses de Pinky, ella tenía un espacio de relatos cortos que él insistió en conocer.

«Está bien Scoop, te daré el link. ¡No te burles de mis escritos! Soy una chica sensible»

A partir de ese momento, cada entrada que aparecía en el blog de PinkyPie era comentado por CoolScoop, siempre en términos benignos, que contrastaban con los de algunos otros bloguers que le hacían correcciones y sugerencias que ella no tomaba nada bien.

«No puedo con ellos, estoy recuperándome de una desilusión, no necesito que me critiquen»

«No te preocupes, a mí me gusta todo lo que escribes. Por cierto, ¿vives en un clima cálido o frío? De eso depende mucho la elección correcta de un condensador de refrigeración»

«¡Vivo en México Scoop!, y ya tengo un refrigerador. Sé que tratas de que piense en otras cosas, pero eso que haces ya resulta fastidioso»

«Lo siento»

«¿Y qué me dices de ti? ¿Dónde vives?»

«Yo vivo en el campo. Acá usamos condensadores evaporativos de agua y aire, para enfriar el refrigerante»

«¡Scoop! ¡Basta!» tecleó Pinky bastante enojada.

Durante un tiempo PinkyPie no entró a charlar con CoolScoop, mas lo extrañaba. Por su parte el chico ya no dejaba mensajes en el blog de Pinky. Un día en la caja de chat, PinkyPie no pudo evitar poner: «Te extraño». La respuesta no se hizo esperar: «Yo también».

Pinky sintió como un bálsamo en el alma ese «yo también».

En el pasado, ella se había dejado llevar por apariencias, sus novios habian sido tipos atléticos, guapos, pero todos habían resultado un fiasco. Aunque no conocia físicamente a Scoop, intuía que era un tipo adorable y aunque no resultara tan atractivo, la había enamorado su forma de ser. Decidió que era momento de arriesgarse e ir por todo:

«¿Podríamos conocernos en persona Scoop?»

Scoop tardó un poco más de lo habitual en responder. Al final le dio una dirección en el norte de California.

«¿Vives en EUA? ¿No podrías mejor tú venir a México?»

«Pinky, tengo obligaciones, la gente donde vivo depende mucho de mí. No puedo fallarles»

«¿No será una esposa e hijos verdad?» preguntó recelosa.

«No te hubiera dado la dirección si fuera el caso»

Y así fue como PinkyPie desempolvó pasaporte y visa estadounidense. Compró un boleto de avión y viajó para conocer a ese chico especial. En la aeronave iba muy nerviosa y se tomó dos cervezas para relajarse. En la aduana le hicieron preguntas incómodas y le revisaron el celular, pero nada del otro mundo. Muy pronto estaba a bordo de un taxi que la llevaría al domicilio. Su corazón latía con fuerza, como una locomotora a punto de colisionar.

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Los transeúntes la miraban con extrañeza: una chica joven y atractiva, llorando a mares sentada en una banca afuera de un «Área de Descanso», en la famosa carretera 49, muy cerca de Sacramento. Una señora de cara bondadosa se sentó a su lado y le ofreció un pañuelo de papel.

«¿Qué pasa bonita?», le preguntó en inglés.

Pinky no dejaba de llorar y hacer pucheros, pero alcanzó a contestar, también en inglés, aunque con un fuerte acento mexicano:

«¡Es un maldito refrigerador! ¡El chico que vine a conocer es un refrigerador! ¡Me quiero morir!»

Dentro del «Área de Descanso» un moderno refrigerador comercial marca Invenda, gris, de formas suaves y lustrosas, con smart lock, conectividad a internet, IA integrada, pagos QR, y con tarjeta, además de un extenso surtido de bebidas y golosinas, había perdido de súbito su temperatura interna. Se conectó a su página personal en la red: «Cool Proyect», y escribió en la caja de chat:

«Me rompiste el termostato».

782 palabras.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar algún comentario, no dejes de ponerme tu nombre, a veces wordpress no anda fino y los deja como anónimos. Gracias.

«Corazón Frío» en la revista digital Masticadores Sur AQUÍ

Desgraciadamente el blog de Miguel: «IAdicto Digital» fue sustituído por otro contenido y él desapareció de la blogósfera. Es una pena pues tenía muchas cosas interesantes, siempre fue muy generoso a la hora de compartir sus conocimientos y nos motivaba mucho con su genuino interés por los demás. Espero que donde esté, esté bien.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/corazon-frio/

Recompensa – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Enero 2025. Condiciones: crear un microrrelato de no más de cien palabras, inspirándonos en la carta, y que incluya el mineral «piedra del sol». Opcional que aparezca en la historia algo relacionado con la flor de bach: Aspen.

Carta: Gods and Titans.

En el vientre de Nidavellir, el enano Afi intuyó que, escondida en una veta despreciada, se encontraba una piedra del sol, que revela la valentía de los corazones. Al extraerla, la gema brilló en sus regordetas manos apenas como un carbón extinguiéndose. Esa noche tomó Aspen para combatir su miedo.

Llegó Odín a Nidavellir a supervisar a los enanos y Afi se la brindó avergonzado. Con Odín, la piedra fulguró deslumbrando a todos.

El dios, al ver la turbación de Afi, le dijo:

—No serás muy valiente, pero, ¡eres el mejor en lo que haces!, y lo recompensó.

99 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: Nidavellir, también conocido como Svartalfheim, es el reino subterráneo de los enanos en la mitología nórdica. Se le describe como un lugar oscuro y subterráneo, lleno de túneles y cuevas laberínticas, donde los enanos trabajan incansablemente en la forja y la creación de objetos extraordinarios.

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