La casa apagada. Cuento corto.

Género: fantástico.

Regresamos del viaje agotados. Manuel se quejó de que su dolor de rodilla crónico estaba molestándolo mucho.

—Debiste dejar que te ayudara a manejar, pero eres bastante terco.

La casa se hallaba como la dejamos, pero la luz se percibía extraña, apagada. Las flores del jardín se veían mustias, un manto de tristeza las cubría.

—¡Tan solo fueron cinco días! —me quejé mientras las regaba.

—Estamos cansados, mujer, deja eso. Yo también quisiera ponerme a terminar la casita del árbol que le prometí a Lucy. Mañana será otro día.

Más tarde, mientras deshacíamos maletas, yo pensaba en nuestra hija Valeria. «Debo encontrar el momento adecuado para hablar con ella. Ya lo he pospuesto mucho».

A la mañana siguiente, pasé a ver mis plantas. No habían revivido como yo esperaba. Entré en la cocina y preparé café. Me serví una taza y me acerqué a la ventana. Recordé otras tazas de café junto a ese ventanal y extrañé la luz diáfana y cálida que lo hacía a uno sentirse vivo. Acerqué la taza a mis labios y le di un sorbo. Lo primero que pensé es que el café debía estar viejo. Luego, de la nada, mi nariz percibió, ya no el apagado aroma del café, sino un olor punzante a gasolina y a plástico quemado.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi esposo, que acababa de entrar, al ver que yo dejaba la taza a un lado, con repulsión.

—No es nada —dije, tratando de sonreír— ¿Qué tal tu rodilla?

—Es curioso, hoy amanecí sin dolor.

—¡Suertudo! —le dije, y él rio, travieso.

Escuchamos el ruido de un auto que se estacionaba frente a la casa.

—¡Es Valeria! —exclamó Manuel emocionado—. ¡Iré a abrirle!
—¿Viene sola? —pregunté esperando que así fuera. Lo que quería tratar con ella era algo delicado.
—No. Viene con su amiga, Julieta.
Me sentí contrariada.

Cuando él llegó al portón, ella ya había entrado. Tenía los ojos llorosos y una mueca de dolor le cruzaba la cara. Julieta también tenía mal semblante. No parecían vernos, iban de un lado a otro sin reparar en nosotros. Manuel se cansó de gritar—¡Valeria!
Yo me desesperé y me interpuse en su camino, y fue cuando la realidad nos golpeó a fondo: el cuerpo de mi hija pasó a través de mí, como si yo fuera un gas y no ofreciera resistencia. Manuel y yo nos miramos sin comprender.

—De repente me ha parecido atravesar un frío glacial —le dijo mi hija a su amiga.
—Tranquila, Valeria, todo está tan reciente. ¿Quieres que volvamos?
—Aún no ¡Hay que encontrar a Nico!

El día anterior no nos preocupamos mucho de no ver a nuestro gato, le habíamos dejado comida y agua suficiente. Nico solía desaparecer, pero siempre volvía.

Valeria rebuscó por todos lados y luego salió al jardín trasero. Mientras ella inspeccionaba, notamos una tonalidad azulada al fondo del terreno.

—¿Qué es eso? —pregunté a Manuel extrañada.
—No sé. ¿Quizá una distorsión de la luz?

Valeria caminó hacia Julieta con una tiesa bola de pelos en los brazos. Sollozaba y le costaba hablar.

—Está… muerto. Igual que…

Julieta se acercó y la abrazó, luego las dos se fundieron en un breve beso en los labios, tierno, pero no de amigas. Manuel me miró, tenía los ojos como platos.

Se marcharon llevándose el cuerpo de Nico, y antes de irse, fuimos testigos de otro beso, ahora no tan tierno.

Más tarde salimos los dos a ver las estrellas, pero la noche era un lienzo oscuro donde las tinieblas reinaban, a excepción del jardín, donde el extraño resplandor azul no se iba.

—No recuerdo las noches así de sombrías. ¿Qué le pasaría a nuestro Nico? —dijo Manuel con la voz quebrada—. Y ese beso entre Valeria y Julieta…
—Siempre parecía querer contarme algo, para al final no atreverse. Pensaba hablar con ella y… ahora es muy tarde.
—Es triste pensar que no sintió confianza para contarnos. ¡La hubiéramos apoyado! —dijo con vehemencia.
Yo asentí. Nos abrazamos llorando por todo lo que dejamos de hacer en vida.
—¿Y nosotros? —me preguntó. Su mirada reflejó la desolación que compartíamos. No supe qué decirle.

Manuel trabajaba todos los días buscando terminar la casita para nuestra nieta, Lucy, pero todo avance desaparecía al día siguiente. Daba pena verlo, su cuerpo doblado por la frustración, para luego respirar hondo e iniciar de nuevo.

Otro día vinieron nuestras dos hijas con un agente de bienes raíces. El hombre recorrió nuestra casa haciendo fríos cálculos. Donde había recuerdos él solo veía dinero.

Valeria y su hermana Lucía salieron al jardín, las seguía la pequeña Lucy, de tres años. Para nuestra sorpresa, nuestra nieta nos reconoció y su carita se iluminó de felicidad.

¡Abi! ¡Abu! —gritó y caminó hacia nosotros. La primera reacción de Manuel fue abrirle los brazos, pero yo le hice señas de que se alejara. Su cara se ensombreció, pero entendió que no debíamos perturbarla haciéndola pasar por la misma experiencia que había tenido Valeria. Nos partió el corazón la mirada de extrañeza de nuestra nieta.

—Es una pena que papá no la terminara —dijo Valeria señalando la casita del árbol.
—Bueno, ella igual la disfruta —dijo Lucía mirando a su niña que se asomaba sonriente por un hueco que debía ser una pequeña ventana.
—¿Crees que ellos estarían de acuerdo en que vendamos su casa? —preguntó Valeria.

Nosotros gritamos al unísono «¡¡¡No!!!» Un grito que no movió ni una hoja del jardín, tampoco hizo que nuestras hijas voltearan, y Lucy, ahora concentrada jugando en la casita, ni se dio por enterada.

—¿Sabes Manuel? La vida sigue sin nosotros. Esta… ya no es nuestra casa.

En ese momento el odioso agente se asomó señalando la casita inacabada.

—¡Tendremos que tumbar eso! —gritó.

Vi que Manuel estaba a punto de estallar. Lucía lanzó un resoplido de disgusto, tomó a Lucy y entró en la casa seguida de Valeria.

Manuel gritó con todas sus fuerzas, de pura frustración. Un grito que solo pudimos escuchar él y yo, sin ninguna repercusión en el mundo. Lo abracé fuerte hasta que se calmó.

Un ronroneo familiar hizo que volteáramos para todos lados hasta que lo vimos. Ahí, con su apariencia distinguida, estaba Nico: esbelto cuerpo negro, pecho y patitas blancas, como si portara un esmoquin. Un aura azulada lo envolvía. Caminó hacia el fondo del jardín y nos volteó a ver, quería que lo siguiéramos. La tonalidad azul en el terreno, conforme nos acercamos, tomó la forma de una enigmática puerta. Nico se paró frente a ella.

—Creo que debemos abrirla —le dije a Manuel.
—No estoy seguro. Me gustaría ver a las chicas de nuevo. Y a Lucy. ¿Viste qué simpática estaba? ¡Quisiera verla crecer!
—Yo también, pero…

Nico maulló fuerte y claro, como dando su opinión en el asunto. Manuel y yo nos miramos mientras las lágrimas se asomaban en nuestros ojos.

Me acerqué a la puerta y la abrí tímidamente, del otro lado se filtró una luz intensa que nos recordó cómo era la luz «normal» y no ese remedo gris en el que habíamos estado viviendo los últimos días. Volteamos para despedirnos de todo y, desde una ventana del segundo piso, vimos a Lucy que movía su manita diciendo adiós. Agitamos nuestras manos y le tiramos besos.

Nico avanzó primero, como si siempre hubiera sabido el camino. Nosotros le seguimos tomados de la mano.

Autor: Ana Laura Piera.

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Renacer – Microrrelato.

Mi propuesta para el VadeReto de Enero 2025. Este mes el tema es el «renacimiento». Un cambio interior, más que de aspecto. Un Renacimiento de nuestra personalidad.

La noche anterior mi alma no pudo más y de mi boca salió la verdad a borbotones. Tu padre y tú me miraron como un bicho raro, al que hay que fumigar y sacar con la escoba cuanto antes.

Al otro día, mientras servía el desayuno en un vano intento de aparentar normalidad, llegaste y me miraste intensamente. La miel de tus ojos parecía hervir como azotada por un violento huracán. Dijiste con voz casi inaudible: «No te conozco. Me voy con mi padre», y dejaste la taza de café sobre la mesa, te diste vuelta y desapareciste de mi vida. Pensé en lo irónico de tu dicho, pues tú y yo nos habíamos conocido desde siempre: desde antes que te llevara en mi vientre, células tuyas habitaban mi cuerpo. (*)

Me senté a ver cómo se enfriaba aquella taza, cómo agonizaba el aromático vapor, hasta que no lo vi más. Sentí que algo había muerto aquella mañana. Me quedé mirando al vacío, con la mente llena de pensamientos y palabras a las que no diste tiempo de salir: «Esta soy yo y ya no lo negaré, espero me ames a pesar de ello, pues mi amor por ti no está condicionado a nada. Te esperaré toda la vida».
Mis ojos soltaron su lluvia y mi vida toda se humedeció con esa lluvia salada y amarga.

Mas la esperanza sobrevivió al mal tiempo, sabía que te volvería a ver como ahora: sorbiendo nuevamente tu café frente a mí, con tus ojitos llenos de ternura, pidiendo un perdón innecesario. Esta vez no habría pausa en el fluir del amor, pues tu corazón ya no juzgaba. Renacíamos ambos, sin secretos. El amor todo lo puede.

284 palabras.

(*)Al nacer, LAS bebés cuentan ya con alrededor de un millón de ovocitos (óvulos) y ya no se producirán nuevos. Cada ovocito tiene el potencial de, al fundirse con un espermatozoide, de convertirse en un nuevo ser humano. Técnicamente cada bebé femenino, ya «trae» consigo la mitad que necesita para tener un hijo. En cambio, los testículos son capaces de producir varios millones de espermatozoides diariamente a pesar de que éstos tardan aproximadamente 3 meses en generarse y madurar adecuadamente.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Secreto.

Desde muy pequeña intuí la verdad, luego al crecer, la confirmé, pero es hasta ahora que me atrevo a decirla en voz alta, que me permito escribirla y contarla mientras miro una envejecida fotografía. En ella aparecen un hombre alto y guapo, mi padre, una mujer bajita de facciones distinguidas, mi madre, y una niña de aspecto extraño, yo.

Siempre fui muy delgada, pálida y poco agraciada, «defectos» compensados por una aguda inteligencia. Un día, siendo aún una niña y poniéndole crema a mi madre después de su baño, reparé en unas cicatrices que tenía en el vientre y le pregunté sobre ellas. Su respuesta me dejó helada:

—Cuando era joven me sometí a una operación donde extirparon algunas partes de mi cuerpo. Ya no pude tener hijos, por eso te mandamos traer—. Luego clavó su fría mirada en mí. Nunca, nunca repitas a nadie esto que te acabo de decir. Ni la gente de fuera, ni tus tíos o primos deben saberlo. Su tono y actitud me disuadieron de seguir de preguntona, pero mil dudas se alojaron en mi cabeza a partir de ese momento. ¿Acaso era adoptada? ¿De dónde venía yo?

Mis sueños empezaron a ser angustiantes y extraños: me veía saliendo de una máquina después de pasar por una línea de ensamblado. Mi nacimiento en medio de aquel estruendo metálico me despertaba en la madrugada y ya no podía volver a dormir. Cuando mamá vio que descuidaba los quehaceres de casa, me preguntó qué sucedía. Le conté sobre mis sueños. Me miró con fastidio y resignación, como si siempre hubiera sabido que llegaría ese momento desagradable.

—Escucha Lía, alguna vez te dije que te mandamos traer, pues bien, tu madre biológica te abandonó a las puertas de un hospital al otro lado del mundo. Nosotros ya no podíamos tener hijos y una agencia nos envió tu información. Eso fue todo. Es vergonzoso no saber quiénes fueron tus verdaderos padres, tu madre pudo haber sido una prostituta y tu padre un drogadicto, mejor no saber. Ahora, ve y termina de aspirar, y recuerda que hoy toca también regar las plantas, luego me subes un té.

Los sueños no cesaron, sin embargo, procuré no bajar mi rendimiento, ni en casa, ni en la escuela. Si lo hacía, mi madre me reñía y me preguntaba entre lágrimas si ya no la quería. Alguna vez pensé en preguntar a mi padre su versión de los hechos, pero era un hombre tan distante que solo parecía vivir para su trabajo, llegar a casa, tomarse unos tragos y ver televisión hasta quedarse dormido. No hacía ningún esfuerzo por conectar con su mujer o conmigo.

Así crecí, avergonzada de mi origen. Incrustada en una familia que no me quería, pero que me necesitaba para verse «completa». De alguna forma extraña, ellos se sentían inadecuados por no haber podido tener descendencia propia, tanto, que incluso ocultaron este hecho hasta a sus familiares más cercanos.

Ahora escribo todo esto, para ustedes, queridos lectores, y les gustará saber que a mis casi sesenta años, no espero ya encontrar a mi familia biológica, pero he aprendido a estar en paz con el hecho de haber sido adoptada. Triunfé en mi carrera profesional y soy una respetada periodista, me casé y tuve hijos, y aunque en algún momento pensé en ocultar a mi propia familia mi origen, recapacité. No hay que perpetuar patrones dañinos. Estoy en contacto con otras personas que sufrieron la misma experiencia y entre todos nos apoyamos. Y sobre mi madre biológica, estoy segura de que me amó lo suficiente para dejarme a las puertas de un hospital donde se aseguró que yo fuera encontrada.

Elijo creer que soy hija del amor.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: no es historia autobiográfica, sino pura ficción.

Mi relato en la revista Masticadores Sur.

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LA CASA DEL POZO

Mi participación en el reto conjunto VadeReto y Alianzara de Noviembre 2024. En éste último nos proponen que se dé protagonismo al «espacio» donde sucede la historia. Este cuento también participó en el concurso de relatos de El Tintero de Oro.

Imagen de Enrique en Pixabay

LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana —más joven que ellos— Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. «Ven…» Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla