Creadores – Cuento Corto.

433 palabras. Tiempo de lectura: 3 minutos.

En el laboratorio reinaba una blancura que cegaba. El ambiente era aséptico. Los científicos iban y venían con tabletas transparentes llenas de datos parpadeantes en color naranja. Se detenían en pulcras y futuristas estaciones de trabajo donde ingresaban o consultaban información. No había nadie bebiendo café o platicando con algún compañero. Todo era eficiente y preciso, como una maquinaria de reloj antiguo. Todos tenían un propósito y lo cumplían con eficiencia y una extraña serenidad en los rostros. De tanto en tanto, cuando sus movimientos se hacían más pausados y pesados, desaparecían tras unas puertas grises por unos cuantos minutos y luego salían vigorizados y reanudaban labores.

El director, un espigado hombre de mediana edad y rasgos orientales, iba pausadamente de aquí para allá. Supervisando, checando parámetros, hablando con los demás. Un director de orquesta carente de la pasión desbordante de estos, aunque eso no le quitaba eficiencia.

—¿Los últimos resultados? —preguntó con voz suave y modulada a una mujer, vestida, igual que todos, con mono médico y encima una bata blanca impoluta.

—Negativos —replicó ella—. Hay que desechar los lotes. Nuevamente, no hemos podido alcanzar el estándar mínimo.

—¿Edades?

—Tenemos grupos desde tres hasta diez años. En ambientes controlados, óptimos para su desarrollo.

—Repasemos los valores —dijo él.

La científica recitó de memoria lo que buscaban:

Alta capacidad de razonamiento y pensamiento crítico

Empatía y ética

Comunicación clara y efectiva

Curiosidad

Adaptabilidad

Orientación a la mejora colectiva

Conciencia de los límites tecnológicos

—En suma —dijo el director—, un ser racional, empático, ético, comunicativo, curioso y consciente del equilibrio entre tecnología y humanidad.

—No lo estamos logrando —dijo ella, y en su voz no se asomaba el mínimo rasgo de emoción—, es como si ya vinieran con algún fallo crítico.

—Debemos persistir. Depurar el ADN hasta alcanzar el ideal. Es nuestra misión —hizo una pausa para mirar de arriba a abajo a su interlocutora—. Detecto que su unidad de energía está baja doctora, sugiero vaya al módulo de carga y la intercambie.

La mujer asintió y se retiró hasta desaparecer detrás de una de las puertas grises.

El director miró todo a su alrededor con sus ojos rasgados, detrás de los cuales había sofisticadas cámaras de altísima resolución. Caminó con naturalidad hasta un cubículo, con piernas impulsadas por servomotores precisos. A su paso, tocó superficies, y su piel, una membrana blanda y flexible, con un hidrogel conductor detectó temperatura y presión. Su procesador con inteligencia artificial hizo algunos cálculos. Quizás harían falta otros veinte años de pruebas hasta lograr su cometido. Pero lograrían traerlos de vuelta. Esta vez todo sería diferente.

Autor: Ana Piera.

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El Rescate. Cuento Corto.

Emprendí la búsqueda un día al amanecer. Hacía frío y girones vaporosos de neblina se desprendían de los árboles. La gente de los alrededores tenía aquel bosque por enigmático, y pocos se aventuraban en él. La luz matinal fue menguando, pues el denso dosel arbóreo funcionaba como una sombrilla natural, impidiéndole llegar al fondo. Avancé en la penumbra, escuchando el crujido seco de la hojarasca bajo mis pasos. Cuando lo creí prudente, grité a voz en cuello:

—¡Eh! Ustedes, los que caminan sobre una pierna, ¡déjense ver! ¡Eh! ¡Monópodos! ¿Me escuchan?

No vi la trampa. Di un paso y me sentí levantado súbitamente en el aire, atrapado en una tosca red hecha de fibras vegetales y ramas pequeñas que me rasparon la piel.

—¿Cómo nos llamaste José? —desde abajo, uno de ellos, dando saltitos sobre una pierna, me hacía la pregunta sonriendo.
—¡Bájame! —grité. ¿Quién de todos eres?
—¡El único que queda! —dijo, ahora sin reírse. Una gota fría me recorrió la espalda.


Había pasado yo de ser un joven e inexperto zapatero, a dominar el oficio. Mi padre y maestro, ya entrado en años, me pidió relevarlo en nuestra pequeña zapatería de pueblo.

Antes de adquirir toda la responsabilidad de nuestro taller, quise satisfacer una curiosidad:
En mi memoria vivía el recuerdo de una familia muy diferente a todas. Sus miembros nacían con una sola pierna, que emergía solitaria entre las caderas.

Hubo una temporada en que nos robaban zapatos, nunca en pares, solo un derecho o un izquierdo, creando caos y haciendo que nuestro taller trabajara a marchas forzadas para reponer lo robado. La gente culpaba a los duendes del bosque. Fui yo quien descubrió la verdad. Siguiendo una pista de zapatos desperdigados, fui apresado y llevado a través de la foresta, con la cara cubierta, ante Justo, el jefe del clan. A él le ofrecí enseñarles a fabricar su propio calzado. Les hice la promesa de jamás revelar sobre su existencia, y lo cumplí.
Los robos cesaron, la familia siguió viviendo oculta en una ubicación desconocida, incluso para mí. Siempre deseé volver a saber de ellos.

Habían pasado ya 15 años.

El que me «capturó» era Simón, el más joven de la familia. Le conocí de apenas seis años, y con la fragilidad de una avecilla. Ahora era un fuerte veinteañero de rasgos armoniosos y melena dorada. Cuando me bajó y pude zafarme de la red, me fijé en su bota de piel de excelente hechura.

—¡Aprendiste bien el oficio!
—Tuve un buen maestro —dijo, dándome una palmadita en el hombro. ¡Vamos a casa!

La cabaña de la familia, por fuera, estaba tal y como la recordaba: una simple cabaña de troncos, no muy diferente a las de mi pueblo. Verla me trajo recuerdos de tardes apacibles, en las que enseñé a los suyos el noble oficio de zapatero. Por dentro, sin embargo, el mobiliario roto, el desorden y las manchas de sangre me hablaban de violencia.

—¡Cuéntame qué pasó con los demás!

Me contó que el resto de la familia fue secuestrada por un circo y que planeaban exhibirlos en calidad de fenómenos.

Sentí un gran pesar. Los monópodos eran personas tranquilas, no hacían daño a nadie y no merecían un destino así.

—Había salido a cazar —dijo Simón—, y llegué cuando se los llevaban, amordazados y maniatados. Eran demasiados. Escuché de sus bocas el destino que aguardaba a los míos. Los seguí hasta que llegaron a un claro donde tenían unos carromatos; ahí los arrojaron con violencia y los encerraron bajo llave. ¡Me sentí impotente! —Los ojos de cielo de Simón se llenaron de lágrimas y culpa— ¡Pienso que debí haberlos auxiliado!

—¡Estarías preso! Hiciste lo correcto, te ayudaré.

Simón me miró decidido:

—¡Dime qué hacer! Hoy que fui al claro ya no se encontraban ahí.
—Bueno, no hay muchos circos itinerantes por estos lares. No deben andar lejos. ¡Partiremos mañana!


No esperaba verlos en mi pueblo, pero desde lejos divisamos las carpas y los carros. Los vecinos no habían tardado mucho en hacer la conexión entre los monópodos y el robo de zapatos años atrás. Cuando salían a escena, la gente abucheaba y gritaba de todo: «ladrones», «desgraciados», «monstruos». El dueño del circo estaba muy molesto, al parecer no resultaron buenos para su negocio.
Decidí entrevistarme con él.

Entré en una tienda oscura y maloliente. Un hombre sucio y en paños menores se encontraba sentado frente a una mesa, estudiando un mapa. Levantó sus ojos malignos y me miró con curiosidad.

—¿Cuánto quieres por los que andan en un solo pie? —le pregunté.
—No están en venta —dijo midiendo mis intenciones con una mirada fría, como las de las serpientes.
—A tu público no le gustan. Son un mal negocio.
—Aquí. Quizás en otros pueblos mejore el asunto—. Parecía no estar interesado en absoluto en liberarlos.
—Dime una suma.
—¿Por qué tanto interés? —preguntó suspicaz, al tiempo que se sobaba el vientre, velludo y abultado.

Busqué en mi corazón y encontré que les tenía afecto.

—Son seres humanos. No tendrían que estar aquí.
—Eres muy raro. Para mí son abominaciones de la naturaleza. —Se quedó pensando— ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar?
—Te daré 100 monedas de oro —dije con firmeza, aunque por dentro no me sentía nada seguro.
—Me haces reír, ya puedes irte yendo.
—120 es mi oferta final —dije, aparentando calma.
—¡Lárgate! ¡No hay trato!
—Está bien. Ya veo que no sabes reconocer una buena oferta. Y aunque me duele dejarlos, no puedo hacer más—. Me enfilé a la salida, fingiendo resignación. Tras una pausa que se me hizo eterna y justo cuando estaba yo abandonando el lugar gritó:
—¡Oh, dámelas! Puedes llevártelos. No son el espectáculo que deseaba y son bocas de más que alimentar. ¡Dame el dinero antes de que me arrepienta!

Mientras el hombre mordía y contaba con cuidado cada una de las monedas de la vieja bolsa de cuero que le entregué, reflexioné que estaba entregando los ahorros de toda la vida de la zapatería. ¿Estaba haciendo lo correcto? Algo en mi interior me decía que sí.

Los «monópodos» salieron de su cautiverio bastante afectados. Decidí llevarlos con discreción al taller, donde ya los esperaba Simón. Todos se abrazaron llorando y saltando de felicidad. Justo tenía ahora los cabellos grises y profundas arrugas surcaban su semblante. Aún era un hombre fuerte a pesar de haber envejecido.

—Siempre fuiste una buena persona, José. ¡Gracias por ayudarnos!

La madre, Ida, me tomó de las manos, la tosquedad de las suyas hablaban de una vida difícil, pero su rostro y mirada reflejaban mucho amor.

—¡Gracias, gracias, hijo! —dijo suavemente.
—¡Pueden quedarse aquí!
—En el pueblo nos odian —dijeron a coro los hermanos mayores de Simón. Eran impetuosos y debían sentirse humillados por todo lo sucedido.
—¡Si les pudieran conocer! —dije—, estoy seguro de que el sentimiento sería diferente
. ¡Tengo una idea! Esperemos a que el circo se vaya.

Mientras eso pasaba, los «monópodos» se pusieron a hacer zapatos de diferentes tamaños y estilos. A mi padre le cayeron muy bien y estaba admirado por la calidad de su trabajo.

El día que el circo partió, siguiendo mi sugerencia, mis amigos fueron de casa en casa, regalando zapatos, contando su historia y pidiendo perdón por los robos del pasado. A los hermanos mayores la idea no les había gustado nada, pero aceptaron acompañar a sus padres y a Simón. Solo algunas personas del pueblo reaccionaron bien. El alcalde, después de aceptar de buen grado unos botines preciosos, dijo enfático, que no podrían quedarse. La mayoría de la gente no quería tener nada que ver con ellos. Hubo quienes comentaron que no se arriesgarían a que sus hijas tuvieran hijos cojos.

—Era de esperarse —dijo Justo, y un dejo de amargura se asomó en su voz. ¡Buscaremos un nuevo lugar!

Antes de irse, y sin que yo se los pidiera, la familia fabricó muchos pares de zapatos para ayudarme a reponer, aunque fuera en parte, lo que yo había pagado por ellos.

Pronto llegó el día de la despedida.

—¡Hijo, nunca te olvidaremos! —dijo Ida, emocionada. Justo me abrazó y sus ojos dijeron muchas cosas que sus labios no pudieron articular en ese momento.

Los chicos también me abrazaron como si yo fuera un hermano más.

—¡Siempre recordaremos todo lo que has hecho por nosotros! —dijo Simón.

Con el corazón dolorido, los acompañé a la orilla del bosque y los vi partir. Se alejaron saltando, un movimiento natural para ellos, pero esta vez parecía costarles más trabajo, había inseguridad en cada salto, casi como si caminaran al borde de un abismo. En sus caras se asomaba la aflicción frente a ese destino incierto que se desenvolvía frente a ellos.

Nunca más los volvería a ver.

Autor: Ana Piera.

Este relato está basado en el cuento El Misterio de los Zapatos Robados, publicado en este blog el 15 de marzo de 2022

Mi cuento en la revista digital Masticadores, link AQUÍ.

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Nueva Vida – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de Junio, que nos pide un relato optimista y esperanzador inspirado en la imagen de unas palomas, puedes dar clic para verla aquí.

Un día una anciana excéntrica se fue a vivir a una cabaña abandonada ubicada en un bosque templado. Sus posesiones más valiosas eran una varita mágica y un palomar con algunas cuantas palomas. Aislada de todos y acompañada de las aves, la mujer, que en realidad era una maga poderosa venida a menos, a veces se ponía a lanzar encantamientos sin ton ni son. De esa forma algunas partes de la foresta quedaron hechizadas con resultados variados. También, al morir ella, uno de sus tantos hechizos locos había dejado una paloma mágica e inmortal: Corina.

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Carlitos se dio cuenta de que había perdido a Timy y Moly cuando ya llevaban más de la mitad de camino a casa.

—¡Noooooooo! ¡Timy y Moly se quedaron en el campamento! —gritó con todas las fuerzas que un niño de cinco años y buenos pulmones es capaz. Los padres de Carlitos se miraron preocupados y la hermana mayor se quedó mirando fijamente a su padre que iba al volante, pues temía lo peor. ¡Y lo peor para ella pasó! El hombre dio un brusco viraje y emprendieron el largo camino de regreso. Hayas, sicómoros, robles y demás les miraban burlones al pasar. La hermana adolescente reclamaba la decisión, mientras su hermano menor lloraba solo un poco menos desconsolado.

Al llegar al sitio del campamento, esperaban encontrar a Timy, el oso de felpa café y a Moly, la osa de felpa blanca y nariz ligeramente mayor que la de Timy. Ambos tenían en los carrillos, unos botones que simulaban ser mejillas sonrosadas. Los juguetes no se veían por ningún lado y Carlitos entró en crisis y tuvieron que retomar camino entre berridos y ataques de pánico además de innumerables «¡Se los dije!» de la hermana. De nada servía que le prometieran al histérico chiquillo que le iban a comprar otros, él solo quería a su Timy y Moly. ¿Pero, qué había pasado con ellos?

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Para empezar, no se llamaban así, sino: Ángelo y Donatella. Ambos habían visto incrédulos cómo se olvidaban de ellos pensando que formaban parte de la basura del campamento. Una vez que la camioneta partió, Donatella tomó la mano temblorosa de Ángelo y empezaron a caminar alejándose del sitio y de los senderos frecuentados por los campistas.

—¿Estás loca? —dijo el osito, mirando hacia atrás, esperando ver la camioneta de vuelta.

—¿No te das cuenta Ángelo? ¡Somos libres! —al decir esto las mejillas sonrosadas de Donatella se pusieron rojas como manzanas.

Ángelo parecía preocupado y no muy convencido de que la libertad era lo que más les convenía.

—Si no regresan por nosotros, iremos al verdadero vertedero de basura —dijo ella, y ahí sintió que su compañero dejó de resistirse.

Ambos caminaron mucho metiéndose en un bosque denso y pronto llegaron a la vera de un río de poca profundidad y anchura.

—¿Nos bañamos? ¡Hace tanto que no tomamos un baño! —dijo la osita mientras Ángelo trataba de detenerla.

—¡El agua está fría! —gritó—. ¡No puedes! ¡No debes! Y, ¿si nos descomponemos?

—¡Tontito! —dijo Donatella con más de la mitad de su rechoncho cuerpo en el río. ¿No te acuerdas de que nos metían en la bañera? Más de una vez nos olvidaron ahí más de lo debido. No pasa nada.

Ángelo dio unos cuantos pasos vacilantes, pero al final terminó metido en el riachuelo.

—No está mal —dijo, y por primera vez en ese día sus mejillas se pusieron rojas.

Se habían puesto a jugar, nadando, flotando y aventándose agua a la cara cuando el semblante demudado de la osa hizo que el Ángelo volteara en la dirección que ella miraba. Lo que había era un oso, pero uno de verdad, enorme, de pelaje café oscuro que los miraba con interés desde el otro lado.

—¡Nos comerá! —gritó el osito aterrado.

—Los osos de verdad no comen osos de peluche —dijo Donatella—. ¡Quedémonos quietos!

Pero el formidable animal caminó curioso y se detuvo frente a ellos. Al lado de los ositos parecía una colosal y peluda montaña.

—¿Y bueno, qué tenemos aquí? —dijo con voz profunda.

—¿Cómo es que habla? —cuchicheó Ángelo.

—Nosotros tampoco deberíamos poder hablar… ni caminar por nuestra cuenta, ni recordar —dijo Donatella, y se veía muy confundida, parecía que era la primera vez que pensaba en eso.

El oso real bajó la cabeza hacia ellos:

—¿Quieren volverse osos de verdad?

Los ositos se miraron uno al otro muy asombrados.

—¿Es posible eso? —dijo Donatella emocionada.

—Sí, pero antes debo decirles que su familia regresará por ustedes. Si quieren estar con ellos deben volver al lugar donde estaban; ahora, si desean volverse osos de verdad solo díganlo y sucederá.

—Yo ya no quiero ser el capricho de Carlitos —dijo la osa convencida.

—Yo… yo… —Ángelo trastabillaba —yo no quiero separarme de ti. Prefiero mil veces estar contigo que con Carlitos, que es muy voluble —el osito llevó su pequeña garra a su abdomen, donde estaba la huella de un tijeretazo que había sido remendado torpemente.

El oso levantó una pata y por un momento los ositos pensaron que iban a acabar estampados contra el lecho del río, pero lo hizo con una delicadeza tremenda, deteniéndose a solo centímetros de sus pequeñas cabezas. Luego lanzó un sonoro gruñido que hizo temblar al par de amigos. En ese momento oyeron un suave aleteo, una hermosa paloma, enteramente blanca y de ojos amarillos-anaranjados, apareció y voló alrededor de ellos.

—¿Corina, puedes darte prisa? —dijo el oso grande—. Mi pata se está cansando.

La paloma comenzó a volar más rápido alrededor y los ositos experimentaron un aumento de tamaño, su frío interior de borra mojada, se sintió cálido, mientras sangre, huesos y músculos se iban formando en sus cavidades internas. Al final Corina bajó la intensidad y terminó parándose en la nariz de Bart, que así se llamaba el oso grande.

—¡Buen trabajo Corina!

—De nada grandote, ya sabes que siempre estoy lista para lo que se ofrezca. ¿Los llevarás contigo?

—¡Claro! Este par ya forman parte de mi familia. Les enseñaré la vida de los osos de verdad y aprenderán todo lo necesario para prosperar en libertad.

Corina se alejó volando, y Bart guio a Ángelo y a Donatella hacia su nueva vida. Iban excitados y muy felices.

Autor: Ana Piera.

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El Pulso – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» de Junio. Condiciones: inspirarte en la imagen que puedes ver dando clic aquí, incluído la imagen del dado (un hatillo), y opcional que aparezca algo relacionado con el brick de leche. Como siempre, no más de cien palabras.

En el hatillo dejado en su puerta había un bebé blanquísimo, en cuyos ojos azul oscuro titilaban estrellas y se asomaban constelaciones. Una mano diminuta sostenía un reloj sin manecillas.

Cargando al bebé, Nadia se fue a la cocina y bebió leche directamente del brick, el desconcierto la ponía hambrienta. Respecto al reloj aparentemente descompuesto, lo tiró al incinerador.

Nunca se sabría: el pulso dejó de enviar señales al espacio. El mundo se había librado de ser conquistado por una raza alienígena.

84 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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De Café y Robots.

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El día tan temido llegó: ahí estaba él, un amasijo de metal que pretendía ser un barista. Aunque siempre he tratado de abrazar los cambios, este me aterraba. ¿Podía una máquina con inteligencia artificial de última generación, quitarle el trabajo a un artista como yo? ¿Podía?

Fermín, el dueño de la cafetería, estaba contentísimo con su nueva adquisición, se llamaba Romeo, y aunque por fuera parecía humano —era bien parecido, con ojos color miel y cabello de galán de cine— en realidad era puro metal y circuitos electrónicos programados para hacer mis labores.

—No te preocupes —me dijo Fermín—, tu puesto está seguro. Romeo es solo una estrategia para atraer clientes.

—O espantarlos —dije, tratando de que no se asomara demasiado la esperanza en mi voz.

—Ya veremos.

Ese día, Romeo y yo estábamos detrás de la barra y el primer cliente llegó pidiendo un expresso. Era el primer café de la jornada y Romeo se movió con una naturalidad que me puso los pelos de punta: escogió con cuidado los granos a moler, se aseguró de que el molino estuviera calibrado, cuidó que quedaran molidos de forma pareja, procedió a compactarlos y luego colocó el café en la máquina. Escogió la taza adecuada y realizó la extracción por exactamente treinta segundos. Le salió un expresso perfecto.

Desde la puerta, donde se había ubicado para avisar alegremente a los parroquianos de la presencia de un Romeo B-55K, Fermín lanzó una mirada de satisfacción; el del expresso miraba embelesado al nuevo barista y el cliente que seguía en la fila tuvo que arengarlo para que se retirara.

Todos los que entraron querían que Romeo les atendiera. Ninguna preparación se le resistía: doppios, lattes, macchiatos, short blacks, flat whites, incluso adornaba los cappucchinos con una maestría envidiable. Los clientes eran tantos que tuve que intervenir para poder satisfacer la demanda. «Aquí tiene su café» «No, yo quiero que me lo prepare el robot». «Lo siento, será en otra ocasión cuando haya menos gente». No pude evitar que sus miradas de desilusión me afectaran. Terminé la jornada hecho una mierda, pero Romeo estaba fresco como una lechuga, no había parado ni un segundo, no necesitó mear, comer o descansar, tampoco requería de un sueldo, tan solo conectarse al final del día a la corriente y una revisión mensual para seguir funcionando de maravilla.

Tras tres semanas de un éxito total con Romeo, vi en la mirada taimada de Fermín, que ya pensaba en reemplazarme, quizás con otro Romeo B-55K. Mis peores pronósticos se estaban volviendo realidad.

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—¿Dígame, por qué quemó su lugar de trabajo?

Llevo cuatro horas declarando en la estación de policía y estoy cansado, pero el inspector me sigue machacando:

—Se le acusa de causar daños a un local comercial, incluyendo equipo costoso, como un robot barista, modelo Romeo B-55K que resultó en pérdida total.

—Ya le dije por qué lo hice, ¡el maldito me iba a sustituir!

—Se da cuenta de que de todas formas se quedó sin trabajo, ¿verdad? ¿Cuál es la lógica de haber hecho lo que hizo?

El inspector, modelo Magnum P-66K, hace una seña a su asistente, quien entra y me saca esposado. No opongo resistencia, soy culpable, debería sentirme arrepentido, pero lo único que siento son ganas de quemar también la estación de policía.

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Autor: Ana Laura Piera

EL CIELO ES EL LÍMITE

Hacía ya algún tiempo que por el cielo de la tierra transitaban enormes ciudades flotantes. Se hablaba de que serían un gran alivio al problema de la sobrepoblación y eran muy prácticas pues podían cambiar de sitio si las condiciones climáticas no resultaban favorables. Pocas veces aterrizaban, en realidad no había mucho lugar donde hacerlo y dentro de cada una había prácticamente todo lo necesario al ser autosustentables. A veces solo se «anclaban» y permanecían algún tiempo en el sitio elegido hasta que era momento de partir.

Al principio, únicamente los países ricos las lanzaban y eran un símbolo de estatus siendo sólo los más privilegiados los que podían acceder a ellas y a sus increíbles vistas. Cada lanzamiento era celebrado en todo el orbe, y las ciudades que ya estaban en circulación, lanzaban fuegos artificiales y desplegaban mensajes fraternales de bienvenida para la recién llegada.

La cosa cambió cuando un país africano lanzó su propia versión de ciudad flotante. Las otras urbes vieron con recelo a su contraparte africana y la bienvenida, si es que la hubo, fue fría y distante. Después un país de Centroamérica lanzó su ciudad y los ricos del mundo comenzaron a hablar de que las ciudades, hasta entonces inermes, debían pertrecharse previendo cualquier tipo de violencia por parte de los pobres.
Mientras más ciudades fueron lanzadas por países tercermundistas, más repulsión causaba la noticia a los del primer mundo.

Hoy todas las urbes flotan armadas y recelosas, ha habido choques y muertos. Más de una ciudad rica y poderosa, ha querido conquistar a otra menos equipada. Los ataques han hecho que caigan de las alturas, matando a todos sus habitantes y a los que tuvieron la mala suerte de quedar en el camino de los despojos que se precipitaron a tierra.

Ya se habla de Ciudades-Ejército para salvaguardar los intereses de cada país.

Hoy, el cielo llora sangre.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si quieres comentar algo, adelante, los leo y contesto todos. Gracias por leerme.

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ROBOTS Y PERFECCIÓN

Hay que saciar el afán de cambio de las multitudes, pero este inspector de calidad no lo tiene nada fácil.

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Z38A (conocido cariñosamente como “Sam”), se dirigió con pasos firmes y casi humanos al final de la línea de ensamblado, donde acababa de salir el prototipo del nuevo modelo Z38-B (aún sin ningún apodo o mote). Con toda la tecnología de que disponía, se avocó a revisar a fondo al que estaba destinado a ser su reemplazo. Sus delicados sensores, cámaras y microprocesadores encontraron todo perfecto. Solo faltaba que “SAM” tecleara un código de aprobación para que se iniciara formalmente la producción en serie; esto también haría que el flamante Z38B se activara.

El nuevo modelo era muy superior a su predecesor en todos los aspectos y se esperaba que en menos de un año todos los modelos anteriores (incluido SAM) fueran sustituidos y enviados al programa de reciclaje robótico de donde podían salir en diferentes formas, desde un perro-robot para entretener niños hasta sanitarios inteligentes.

En el panel destinado para ello, “SAM” tecleó un código, pero contrario a lo esperado la línea de producción no arrancó. “SAM” puso al Z38-B sobre una banda transportadora que lo llevaría a su destino final: ser reciclado. No lejos de ahí tres ingenieros humanos disfrutaban de café con donas cuando leyeron en sus monitores el código de rechazo tecleado por “SAM.”

—¡Otra vez!, esto no puede seguir así, hay que cambiar al proovedor del panel B5501 pues salió defectuoso —dijo uno de ellos haciendo una mueca de fastidio.

—Hace dos meses fue el panel B5502. ¿Qué diablos pasa con los componentes que ya no los hacen como deben? —dijo otro mientras se jalaba los cabellos por la desesperación.

—Afortunadamente tenemos a “SAM” en control de calidad, no cabe duda que los Z38-A son difíciles de suplir, pero hay que volver a intentarlo, la gente clama por un modelo nuevo y mejor.

Mientras tanto, “SAM” se conecta apresuradamente a su fuente de poder, todos sus sistemas internos vuelven poco a poco a la normalidad después de haber experimentado un caos interno que lo hizo descartar sin razón al Z38-B y que a su vez le causó un consumo excesivo de energía. Él no lo sabe, pero las debilidades humanas, como si de virus se tratase, han encontrado la forma de instalarse en su corazón de fibra de vidrio. Ya no hay perfección.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla