El desván que jugaba al ajedrez.

Cuento corto de humor oscuro y fantasía encantada.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Este relato es mi propuesta para el VadeReto de Octubre. Te invito a pasar por el Acervo de Letras para que veas la imagen y las condiciones del reto y también leas otras propuestas.

Después de torturarlo toda la tarde con «calzón chino», un andrajoso terminó confesando la existencia de un desván repleto de objetos que alguna vez se vendían en un viejo bazar. Solo por eso lo dejamos marchar.

Llegamos al lugar al anochecer: una solitaria casita en las afueras, ruinosa, nada especial, aparentemente abandonada.


En el desván, el sonido de las cerraduras al ser forzadas nos «despertó de nuevo». Los múltiples relojes de las paredes movieron sus manecillas, primero con lentitud después de haber estado inmóviles por años, luego ganaron velocidad, como hélices de aviones. No estaban midiendo el tiempo, medían otra cosa.
Los peones, alfiles y caballos se bajaron de su tablero y entre todos lo levantaron. Desde arriba, los reyes y las reinas, solemnes, daban órdenes. Se colocaron en donde terminan las escaleras.

El viejo Dick, un enorme perro de peluche, tardó un poco más en reaccionar. Los años ya le pasaban factura, pero al fin pudo levantarse y tomar entre sus acojinadas fauces a la patineta que, emocionada, daba saltitos sobre sus ruedas. Dick la colocó en un peldaño intermedio, como quien prepara una trampa. «Ya sabes lo que tienes que hacer preciosa» —dijo con su voz amable y mullida.

La atmósfera había cambiado completamente, se sentía una corriente eléctrica que nos recorría a todos.


Después de que Klaus se encargara de las cerraduras de la puerta principal, pudimos entrar. Ayudados por nuestras linternas, inspeccionamos el sitio.

—Aquí no hay nadie, pero tampoco nada de valor —dijo molesto, paseando la luz, que reveló paredes desnudas, unos cuantos muebles desvencijados y cortinas rotas.

—¡Eres un pesado! El tipo dijo que lo bueno estaba en el desván. ¡Busquemos el acceso! —contesté—. Y oye, Klaus, si encontramos algo, que no pase lo de la otra vez, que te escondiste cosas para ti.

—¡Vamos Eric! ¡No sé de qué me hablas!

La realidad era que mi compañero no era de fiar, pero era muy habilidoso con las cerraduras. Ninguna se le resistía, hasta que intentó abrir la puerta de ese maldito desván, usó de todo: llave maestra, una lámina de plástico y la ganzúa. Frustrado, lanzaba maldiciones y sudaba como cerdo mientras intentaba una y otra vez sin éxito.

—¡Hazte a un lado! —dijo al fin, y pateó la puerta con todas sus fuerzas.
—¡Ayúdame, estúpido! —gritó
cuando vio que esta no cedía.

La pateamos por turnos. Cuando por fin se abrió, nos envolvió un olor a madera envejecida, cuero reseco, plástico antiguo y polvo. Estornudé. Klaus lanzó la luz hacia abajo.

—¿Ves algo Klaus?

—¡Muchas cosas! —dijo emocionado—. ¡Más vale que sean buenas porque casi estoy seguro de que me fracturé un dedo del pie!

Klaus iba por delante bajando las escaleras con dificultad, que eran de madera y crujían ominosamente. Nuestras linternas comenzaron a fallar, parpadeando con luz débil.

—¿Pero qué diablos? —dijo Klaus y luego lo escuché gritar «¡Ayyy!»


Cuando uno de los intrusos pisó la patineta, voló por los aires y aterrizó sobre libros, portavelas y botellas. Ahí se quedó, quejándose de dolor.

El otro siguió bajando, llamando a gritos a su compañero. Sus linternas volvieron a funcionar. Rauda, la camiseta negra con el símbolo de la paz voló y le envolvió el rostro. No vio el tablero de ajedrez que le esperaba. Resbaló también.

Dick lanzó un ladrido suave al fonógrafo, que respondió con «Danubio Azul» de Strauss a todo volumen.


Al funcionar de nuevo las linternas, una tela que olía a moho me envolvió la cara. Pisé algo que me hizo caer. La tela parecía tener vida propia. Por más que lo intentaba, no lograba quitármela. Escuché a Klaus quejarse. De repente se escuchó a todo volumen música antigua, de esas que escuchan las abuelas.

Con la cara tapada, sentí que me daban de palos con varios objetos: identifiqué una raqueta de tenis, un bate, y otras cosas. También a Klaus le estaban dando duro. Aquella incursión nos estaba costando muy cara. Lo que había iniciado como un robo fácil se estaba volviendo una pesadilla.

—¡Nos rendimos! —grité con todas mis fuerzas—. Lo que fuera que hacía mover los objetos pareció escuchar. La tela que me apretaba el rostro se aflojó, resultó ser una camiseta negra. Alrededor de Klaus y de mí vi diferentes cosas. Un robot miniatura con mala cara agitaba sus pequeños brazos en actitud amenazante.

Klaus había quedado muy mal parado de la caída. Lo tuve que ayudar a levantarse. La música seguía taladrando nuestros oídos. Subimos con dificultad las escaleras; la puerta que habíamos abierto a la fuerza lucía restaurada, y sobre ella, colgaba un enorme cuadro: un paisaje campirano. Lo único que queríamos era salir. Al tratar de abrir la puerta, caímos dentro del paisaje. Desde entonces vivimos aquí. Sabemos que nos observan del otro lado.


En el desván nos envolvió de nuevo el silencio y el tiempo volvió a correr. Como si nada hubiera pasado.

Autor: Ana Piera.

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La Mujer del Humedal: Microrrelato de metamorfosis y deseo.

Esta es una segunda versión. La primera tenía solo 100 palabras. A veces, lo breve no basta para decir todo lo que uno quiere. Esta vez me permití quedarme un poco más.


Con cada inundación, desde hacía dos años, la mujer sentía un latido fuerte que ascendía por su cuerpo y se instalaba, insoportable, en sus oídos. Solo menguaba al encontrarse cerca del humedal y desaparecía cuando se metía en él, siempre de noche.

Ayudándose con la luz de la luna, su mirada inquieta iba de los juncos, a los nenúfares, a las isletas. Tocaba y revolvía todo con desesperación, buscando alguna pista que pudiera llevarle a él. Su sentido del oído estaba siempre presto a reconocerle entre el croar de cientos de sapos y ranas que en medio de la oscuridad buscaban pareja.

Cada temporada de lluvias era lo mismo, hasta que una tarde, un sonido fuerte, grave y anhelante, resultó inequívoco. Ella buscó el origen de aquel canto y le vio encima de una isleta. El pequeño y repulsivo ser inflaba su saco bucal, produciendo aquel sonido que tenía un efecto hipnotizante.

Instintivamente, se llevó la mano al collar de calcedonia que pendía del cuello, el instrumento mágico que impedía su transformación. Hizo ademán de quitárselo.

Alguna vez, cuando ella aún era una criatura anfibia, había saltado sin querer sobre aquella joya que yacía en la charca, envuelta en cieno, e inmediatamente su cuerpo de batracio mutó, de pequeño, rugoso y regordete, a una grácil figura de mujer humana. Conmocionada, se había alejado hasta encontrarse un caserío cercano, donde unas mujeres la encontraron, chorreando agua y desnuda, a excepción de aquel collar misterioso. Con ayuda de ellas, había podido hacer una nueva vida ahí.

La noche que lo encontró, jugueteó la piedra entre sus dedos y estuvo a punto de despojarse del collar bajo el influjo de aquella melodía encantadora, mas algo la detenía, algo que se abría paso en su interior con desesperación. No sabía bien de qué se trataba, hasta que su mente se iluminó al recordar a un bebé acostado en una cunita hecha de juncos. Lloraba a todo pulmón y ese llanto opacó el bullicio de la charca.

Como saliendo de un ensueño, se dirigió a la orilla, resistiendo el impulso de mirar atrás. Una vez fuera, corrió presurosa hacia el caserío.

360 palabras.

Autor: Ana Piera

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La Cita.

Mi participación para el VadeReto del mes de Marzo. Este mes se parte de una invitación a cenar bastante misteriosa y donde se deben cumplir ciertas condiciones. Te invito a que visites el blog Acervo de Letras.

Me pareció extraño que en el restaurante Al Rashid la única persona presente fuera el concierge. A esas horas el lugar siempre estaba lleno de gente rica cenando o tomando alguna copa. El concierge me saludó por mi nombre y me dijo que me esperaban. Llena de nervios lo seguí hasta una de las zonas más exclusivas del lugar y señaló una mesa para dos personas, donde ya aguardaba quién me había enviado la invitación. Hasta antes de ese momento no sabía nada de esa persona, si era hombre o mujer, joven o viejo…

—¡Bienvenida! Siéntate. ¿Todo bien? Su voz tenía un acento extraño, pero era amable y cálida. Se había levantado para recibirme.

—Sí, sí —contesté aliviada al comprobar que se trataba de un hombre agradable. Tenía tez aceitunada y un cuerpo fuerte y proporcionado. Llevaba una barba de candado muy cuidada e iba vestido con una túnica larga del color del desierto que lo hacía ver muy elegante. Complementando su atuendo, tenía un pañuelo cuadrado en la cabeza, sujetado por una cuerda negra. «Debe ser un ejecutivo de negocios del medio oriente» —pensé, y supuse que la invitación sería para hacerme alguna propuesta laboral. Las expectativas que yo tenía eran más de índole romántica pero ahora lo veía improbable y me sentí algo desilusionada. Lo que siguió no me lo esperaba: frente a mí, y de la nada, aparecieron varios platos con comida exótica, primorosamente presentada. También varias copas llenas de diferentes vinos y licores. Abrí mucho los ojos y él me miró complacido.

—¿Te agrada?

Solo acerté a mover mi cabeza afirmativamente mientras trataba de asimilar lo que acababa de ver. ¿Un acto de magia? Por mi mente pasó la idea de salir corriendo pero mi intuición me decía que me quedara.

—Te preguntarás por qué te mandé esa invitación. ¿Qué tal la caligrafía? ¡Una belleza! Las personas han perdido muchas cosas y una de esas es la caligrafía, que revela mucho de quien la escribe. Asentí torpemente.

—Bueno, te escribí y te invité acá porque te has olvidado de mí.

—¿Cómo? —tenía en mi mano una copa de vino que ya acercaba mis labios, pero la bajé inmediatamente a la mesa.

—¿Te conozco?

Por toda respuesta señaló el libro elegido por mí para esa cita: en la portada de color rojo un genio imponente salía de la lámpara de Aladino. Su cuerpo era negro y sus rasgos y contorno estaban en dorado. Había sido un regalo de mi abuela cuando cumplí diez años y que por mucho tiempo fue mi libro de cabecera y en el que me refugiaba cuando los gritos de mis padres al pelear alcanzaban niveles insoportables.

—¿Acaso eres…? —No terminé la frase y me llevé las manos a la cabeza, pues no podía creer lo que estaba pensando.

El hombre sonrió ampliamente, dejando ver una hilera de dientes demasiado blancos.

—¡Bravo! Te acordaste, aunque tuve que ayudarte un poco. ¿Y la flor? En mi invitación te pedía que trajeras un libro y una flor que fueran especiales para ti.

Abrí el libro y le mostré un jazmín seco al que el tiempo que llevaba entre las páginas le había robado su belleza original, dejándolo amarillento y quebradizo, pero bello igualmente a pesar de esos cambios. De pequeña leí que era una flor procedente de Arabia y me había parecido apropiado que reposara en aquel compendio de historias orientales.

—¡Sabía que los traerías! ¿Puedo ver la dedicatoria? Sé que hay una.

¡La dedicatoria! Mi abuela escribió una dedicatoria que estaba al revés y solo se podía leer si la leías reflejada en un espejo. Le mostré la página. Yo sabía de memoria lo que decía: «Para mi querida nieta. Que nunca le falten buenas historias»

—¡Hermoso! Últimamente, no ha habido buenas historias en tu vida, ¿verdad? —sus ojos me miraron con bondad y su voz se hizo suave y tersa, como una caricia—. Sí, tu corazón está triste. Creo que sufres de un «exceso de realidad».

Era verdad. La vida adulta con sus desazones y su ritmo frenético me había apartado de la fantasía y me había robado tiempo para perderme en mis libros. La invitación que había llegado a mi casa decía que sería «la oportunidad de mi vida» y que «no me arrepentiría al acudir». ¿Acaso el propósito de la cita era tan solo una amable invitación a retomar la lectura? Como si leyera mis pensamientos me dijo:

—No se trata solo de leer. Tienes que recordar cómo era emocionarte con lo que lees. Te lo mostraré.

En menos de lo que toma un parpadeo, ya no nos encontrábamos en el restaurante, el hombre ya no parecía un jeque árabe, sino un verdadero genio de Las Mil y Una Noches, con vestimenta más sencilla y con la parte inferior de su cuerpo desvanecida en un humo blanco y denso. El viento pegaba en mi cara y alborotaba mi cabello. Me di cuenta de que me encontraba encima de una alfombra voladora. Lancé un grito de placer.

—Esa cara que traes ahora es la que me gustaría verte siempre —dijo.

—¿A dónde vamos?

—Visitaremos cada una de las historias del libro y luego te llevaré a casa.

—Son muchas historias…

—Es mucho lo que hay que sanar —dijo, y nos perdimos los dos durante «mil y una noches».

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

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Una Nueva Esperanza – Microrrelato.

Mi participación para el reto Escribir Jugando convocado por Lidia Castro Navás en su blog. Instrucciones: crear un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta.

Alada intuyó que el momento se acercaba. Su vientre endurecido subía y bajaba violentamente mientras ella gritaba de dolor. De su boca salieron millones de diminutas plumas buscando el cielo, y luego, el viento que las ayudaría a cumplir su destino.

Alada pasó así muchos días y noches hasta que por fin terminó de parir. Sonrió satisfecha pues su progenie, introducida en el seno de cada hombre y mujer, los había preñado, dejándolos a su vez estériles de su propia semilla.

Una nueva generación nacería, una cuyo único objetivo será sanar la Tierra.

96 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

EL VICIO

«Esto se ha vuelto un vicio, un maldito vicio” —pensó Manuel mientras se dirigía al trabajo. Trabajaba como guardia en una galería de arte. Siempre había trabajado en el ramo de la Seguridad, salvaguardando los bienes de otros, mientras a él le robaban todo, hasta a su mujer. “Malditos turnos nocturnos, pinche vieja calenturienta”.

Ya no pensaba en sexo, hacía tiempo que su miembro era tan solo un apéndice fofo y casi sin vida, sin más oficio que el de soltar el chorro tibio de orina diaria, y aunque sabía que ahora existían medicinas que podían ayudarle, desconfiaba. Afortunadamente había algo que lo traía loco, su nuevo “vicio”, como él lo llamaba.

Sucedió una noche mientras él daba un rondín. Al entrar en una sala sintió un frío tremendo que lo hizo respingar. Maldijo a José, el chico encargado del climatizado, pensando que había dejado muy baja la temperatura de esa sala en particular. Cambió de opinión cuando algo helado le golpeó en la cara, “¿Nieve? ¡Qué locura!”. Partículas heladas golpeaban su rostro como si estuviera en medio de una ventisca. Se dio cuenta de que el frío provenía de una pintura, alumbró con la linterna y leyó “Paisaje Alpino”, autor: Max Besnard. Sintió una mezcla de miedo y curiosidad que lo hizo acercarse. De repente tuvo la sensación que el cuadro cambiaba de tamaño, se agrandaba, aunque en realidad era él quien se encogía. Se sintió caer al vacío, reaccionó y alcanzó a duras penas a asirse del marco de la pintura.

Logró sentarse a horcajadas sobre él, con una pierna en el “Paisaje Alpino” y la otra colgando sobre el marco, hacia la galería. Si se estiraba podía tocar la nieve, incluso hubiera podido entrar de lleno al cuadro, perderse en él, caminar en medio de aquella helada blancura y entrar en aquella casita típica que Besnard había pintado a lo lejos “¿Quién viviría ahí?”, tal vez tendrían café calentito ¡vaya que lo necesitaba! El frío le calaba los huesos. Aunque estaba maravillado, ahora se preocupaba por regresar. Intentar saltar desde el marco al piso era un suicidio, cerró los ojos tratando de pensar y de repente ya no estaba en el cuadro, sino de pie, con su estatura normal, empuñando su linterna a la pintura; ni rastros de frío o nieve, parecía que nada hubiera sucedido. Completamente desconcertado, se cuestionó: “¿Qué rayos había sido eso? ¿Una alucinación?». Mientras terminaba su turno se repetía a sí mismo que todo debió ser una mala jugada de la mente; pero cuando llegó a casa, vio su reflejo en el espejo: tenía la cara bastante lastimada por el frío, especialmente la nariz, tanto que al tocarla le dolía. Empezó a sentir los primeros síntomas de una gripe.

“Lo peor de vivir solo es cuando te enfermas y no hay quien se preocupe de que estés cobijado, o de que tengas suficiente medicina” —pensaba Manuel mientras guardaba cama. La dichosa gripe resultó ser bastante fuerte y lo obligó a faltar al trabajo. “Ni una llamada de nadie, ni siquiera un perro que me ladre, ni un caldo de pollo… Nada”. Tal vez si hubiera tenido hijos ahora no estaría tan solo, pero nunca fue niñero y en su juventud la idea de tener hijos le daba escalofríos.

A los dos días ya estaba de vuelta en el trabajo y recorrió el local una y otra vez deteniéndose más de lo normal en la sala donde se exhibía el “Paisaje Alpino”. Tenía la esperanza de repetir lo vivido días atrás, sin éxito. Tuvo más suerte otra noche, justo cuando ya se daba por vencido. Esta vez escuchó sonidos extraños: choques metálicos mezclados con gritos de hombres y bestias, aguzó el oído pues la fuente del ruido al parecer quedaba lejos de donde él se encontraba. Una mezcla explosiva de temor y curiosidad lo impulsó a caminar hasta una sala temática de “Grandes Batallas” y descubrió un lienzo titulado “Conquista de Jerusalén” de un tal Max Adler. Se quedó petrificado viendo cómo la imagen pintada en el cuadro cobraba vida, era una batalla entre fieros Caballeros Cruzados e indómitos Musulmanes. Tuvo miedo, pues la escena era terrible y brutal, corría sangre por doquier, tanta, que pudo oler el típico olor dulzón y sintió en la boca el sabor a hierro de aquella sangre derramada. A pesar de que la obra irradiaba un calor sofocante, tuvo frío tan solo de imaginarse en medio de aquel campo de muerte. Experimentó nuevamente aquella sensación de que el cuadro se agrandaba, tal y como había pasado con el anterior, más en esta ocasión, al no desear meterse, logró evitarlo. El ruido cesó y el cuadro volvió a la normalidad. Suspiró aliviado.

Los días pasaron, y tuvo oportunidad de vivir cosas parecidas con otras obras. Logró controlar a voluntad el entrar o no en ellas. Eran mundos alternos que se abrían y se le ofrecían. Él decidía si quería ser parte de ellos. En una ocasión se asomó a un viñedo francés en época de vendimia y comió el dulce fruto hasta hartarse. En otra caminó entre Molinos de Viento en tierras Manchegas siguiendo el rastro de Don Quijote y Sancho Panza. También vio un naufragio desde una playa solitaria, el pintor no los había incluido, pero él divisó muchos cadáveres flotando en el agua cual pálidos fantasmas. Su favorito sin embargo, era la pintura de un galeón pirata en medio de un mar tempestuoso. Disfrutaba mucho sentarse en el marco y mirar las olas pasar tan cerca de él que lo salpicaban de agua salada. A menudo podía observar las sombras de enormes animales marinos que nadaban cerca del gran barco. De la nave le llegaba, atenuada por el rumor del mar, una fiera melodía que los piratas cantaban al calor del vino. Llegó a aprendérsela y a tararearla, desde la seguridad del marco.

Estas vivencias resultaron ser lo más gratificante que había sentido en mucho tiempo, y dependía de ellas tanto, que las consideraba tan necesarias como el aire. Así que el día que le dijeron que lo iban a despedir creyó enloquecer.
—Usted no es el mismo de antes, —dijo Mr. Carter, el dueño: un gringo adinerado, medio loco que poco sabía de arte. Mire Manuel, el personal de la mañana ha encontrado algunas puertas abiertas, alarmas desactivadas, ropa y artículos extraños tirados en las salas. ¿Qué diablos hacía un remo a mitad de la sala de “Cubismo”? Usted ha descuidado su trabajo así que el viernes será su último día, mi asistente le entregará el cheque con la liquidación
que le corresponda.

Aquella noche, en la soledad de su departamento, abrió una caja con cosas de su exmujer. Artículos que él debió haberle enviado hacía tiempo y nunca lo hizo, primero por rencor, luego por desidia. La caja contenía fotografías, ropa, libros y cuadros, desempacó con desesperación estos últimos. Encontró una acuarela de una naturaleza muerta, un óleo de la crucifixión de Cristo y una Última Cena. No se imaginaba entrando a ninguno de ellos. Recordó con nostalgia la canción de los piratas y lloró. Se sintió mejor después del llanto y pudo pensar con claridad, él tenía que conservar su trabajo, debía demostrarle a Mr. Carter que él era indispensable. Aún le quedaban algunos días y no todo estaba perdido.

El miércoles por la noche daba el rondín acostumbrado. “Concéntrate Manuel, no te distraigas… No dejes que ningún cuadro te llame la atención, al menos no durante un tiempo… ¡Concéntrate! ¿Pero… Qué diablos fue eso?” Había visto una sombra escabulléndose. ¡Alguien estaba dentro de la galería! Sintió el corazón acelerarse ¡Era su oportunidad! Si era un robo sería perfecto, él atraparía al ladrón y conservaría el trabajo. Apagó la linterna y con sigilo fue recorriendo pasillos. El denso silencio lo rompió el aullido de una alarma. Escuchó ruidos y se dirigió a la sala donde se exhibía su amado cuadro de piratas, al alumbrar con su lámpara se dio cuenta de que el cuadro ya no estaba. Su corazón se desbocó y como un poseído salió gritando: —¡Ladrón! ¡Devuélveme mi cuadro! ¡Desgraciado!

El frío de la noche lo sorprendió, se encontraba afuera de la galería, a lo lejos se escuchaban sirenas. Se sintió muy confundido, como despertando de un sueño. Entró en un callejón y alumbró el duro bulto que sentía bajo el brazo. ¡Era el cuadro de los piratas! Con una navaja suiza que siempre llevaba consigo retiró con cuidado el marco de madera y enrolló el lienzo que escondió entre su ropa. Ya no regresó al trabajo ni a su casa y nadie nunca supo de él.

El cuadro cuelga hoy en la sala de una familia cualquiera, el padre lo compró en un bazar de cosas usadas. Si alguien fuera lo suficientemente observador, vería algunas veces algo de movimiento en él. Y si esa persona pudiera hacerse pequeña tal vez podría nadar hacia el galeón y subir a la nave. Observaría entonces a aquellos hombres rudos, ebrios de vino cantando sus aventuras. Tal vez le llamaría la atención un pirata nuevo, sin mucha pinta de pirata pero con todo el entusiasmo, alzando su copa y cantando junto a todos los demás.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LIBERTAD

Mateo se acercaba a la jaula y abría la pequeña puerta; metía su arrugada mano y torpemente iba sacando a los canarios. A algunos los atrapaba entre los dedos y podía sentir su diminuto corazón palpitando aceleradamente; otros salían solos, buscando alejarse de aquella mano vieja como pergamino. El grito de Tita siempre lo paraba en seco:
—¡Viejo desgraciado! ¿Qué haces? ¡Deja a mis bebés!
Lo siguiente que veía era el cuerpo voluminoso de su mujer abalanzándose sobre él, rasguñándolo y mordiéndolo con la virulencia de un zombi. Él sentía el rostro húmedo de sangre y los jirones de piel colgándole de la cara.
—¡Para, para!—gritaba el pobre viejo lleno de dolor.
Y en ese momento, se despertaba.


—Otra vez estabas con pesadillas —decía ella—, ajena a la historia truculenta escondida tras los movimientos y espasmos que su marido experimentaba al dormir.
—Si carajo, pero no seas mala y despiértame—decía él enfadado.
Tita ya no le contestaba, para ese momento se había levantado y se dirigía a atender a sus aves. Había mucho que hacer: destapar y limpiar jaulas, (tenía varias). Cambiar el agua, poner platitos con alimento: normalmente fruta, semillas y a veces hojas de lechuga. Sacarlos a la terraza a que les diera el sol.
—Los atiendes más que a mí, vieja…
—¡Cállate! En la cocina te dejé algo para que desayunes.


Mientras desayunaba solo, Mateo pensaba que era agradable oírlos cantar, más resentía el tiempo que Tita les dedicaba, y además estaba mal tener aves enjauladas, ellas pertenecían al cielo. Le hubiera gustado tener otro tipo de mascota, pero nunca se había atrevido a proponérselo a su mujer. Una cosa era segura: jamás haría realidad la fantasía de deshacerse de los canarios. No quería verla enfurecida como en sus sueños.

Una tarde de cielo azul y limpio, salieron, según era su costumbre, a dar unos pasos al parque cercano. Les tocó ver una parvada enorme de loros. Planearon escandalosos sobre sus cabezas, dieron dos o tres vueltas: una mofa verde y veloz dirigida hacia los que desde abajo les miraban entre asombrados y divertidos.
—¿Viste Mateo?
—No soy ciego, mujer.
—¡Pero si se han vuelto una plaga! Se está tardando el Ayuntamiento en hacer algo, además, qué pajarracos tan feos, prefiero a mis canarios—dijo enfática.
Él no estaba de acuerdo, pero era un hombre prudente (y cobarde), y calló, como callaba siempre.

Otro día en que Tita estaba en la cocina preparando el alimento para los canarios, Mateo oyó de cerca el parloteo de los loros. Salió a la terraza justo a tiempo de ver a tres de ellos sobre las jaulas de los canarios, abriéndolas ayudándose con el pico y las garras. Los prisioneros salían volando como raudas flechas amarillas y anaranjadas. De lejos se escuchaban los lamentos de otras vecinas cuyas pajareras también habían sido abiertas por los “loros libertarios”. Al otro día los noticieros hablarían del suceso.

—¿Por qué no lo impediste viejo de mierda? —le increpó Tita, llorando a moco tendido.
—Pero vieja ¡Fue todo tan repentino! Nada pude hacer, lo siento —mintió. En realidad estaba muy contento, de seguro era el fin de sus pesadillas.

—Vieja, ahora que los canarios se fueron ¿Podemos tener un gato?

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EL ESPEJO

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Lola observa su reflejo en el espejo. Se trata de uno de esos, muy antiguos y de cuerpo entero, que han logrado dar servicio a múltiples generaciones y llega al presente deslustrado, pero entero. La imagen reflejada no es la mujer avejentada y triste de siempre, sino otra versión de ella misma, más atractiva y revitalizada. Se acerca lo más que puede y escudriña los detalles: el elegante peinado en lugar del chongo mal hecho y descuidado que siempre le critica Celerino. “¿Ya te pusiste esa bola de mierda en la cabeza?” No hay arrugas ni bolsas bajo los ojos. No hay rastros del mandil manchado de salsa ni de sus chanclas obscurecidas y deformadas. En lugar de eso: vestido recto azul marino y zapatos beige. Lola 1 mira a Lola 2: la reflejada, como a un milagro, como si el mismísimo Ángel Gabriel se le hubiera aparecido. Solo la voz estentórea de Celerino la saca de la adoración de su propio retablo.

—¡Carajo Dolores! ¡Ya es hora de comer! ¡Pinche vieja! ¿Pues qué tanto haces?

Lola se despide con pesar de la imagen y corre a atender al hombre que maneja su destino desde hace mucho.

—¿Por qué traes esa cara de estúpida? ¡Déjate de chingaderas y dame de comer! Ella obedece, pero Celerino repara en que Lola no pone nada en su propio plato.

—¿No piensas comer pendeja?

—No tengo hambre Cele.

—¡Carajo! ¡Sírvete que no voy a comer solo como perro! —dice mientras sus cachetes de bulldog tiemblan indignados.

A Lola no le interesa la comida, lo único que quiere hacer es volver con el espejo. Come con prisa, con ansia.

—¡Carajo! ¿Hoy que traes? ¡Come despacio que me das asco! —los ojos saltones, como de sapo parecen querer saltar de sus cuencas.

Ahora Lola mastica todo a paso de tortuga, tan lento que cuando su marido anda en el postre de arroz con leche, ella sigue chupando los huesos del caldo de res.

—¿Mañana que vas a hacer de comer?

—Te haré los tamales de carne de puerco en salsa verde que tanto te gustan. Un eructo sonoro es la respuesta de Celerino al levantarse de la mesa.

—Iré con los muchachos —dice sobándose el voluminoso vientre.

En realidad iba a una casa de putas que abría temprano. Lola sonríe por dentro. Liberada por fin de la presencia de su marido, regresa a la habitación. En el umbral de la puerta se detiene, toma aire y valor, pero se lleva una desilusión: no hay rastro de la imagen que vio antes. Se acerca y examina, toca y recorre con ojos cansados y manos torpes esperando encontrar algo nuevo, algo que explique lo que vio, pero nada. ¿No se estará volviendo loca como su tía abuela?. Baja a la cocina y le roba una cerveza a su marido mientras trata de calmarse. La bebida logra relajarla y decide hacer otro intento, total, nada pierde. Quizás deba efectuar algún rito que ayude a la otra Lola a hacerse visible.

Pronto está de nuevo frente al espejo. Cierra los ojos con fuerza para volverlos a abrir rápidamente. Repite tres veces. Nada. Recordando alguna imagen vista en la televisión, intenta hacer la pose de flor de loto; vuelve a cerrar los ojos, los abre, nada… Se levanta sintiéndose una imbécil y se da vuelta para salir cuando siente que alguien clava su mirada en ella. Voltea y casi se cae del susto: ¡ahí estaba! La otra Lola la observa fijamente, extiende lentamente una mano fuera del marco y le hace señas de que se acerque. Lola da unos pasos en dirección a esa mano, la toma, y entra en el espejo. Ahora solo se refleja una Lola, de espaldas, alejándose. Haciéndose pequeñita hasta desaparecer. ¡Lástima! Celerino se quedaría eternamente sin sus tamales de carne de puerco en salsa verde.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

ESCRIBIR JUGANDO (DICIEMBRE)

Este es el microrrelato para el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» del mes de Diciembre: https://lidiacastronavas.wordpress.com/2020/12/01/escribir-jugando-diciembre-3/

Hay que hacer un cuento de no más de cien palabras inspirado en la carta y que incluya el objeto del dado (bosque/selva) y de forma opcional que esté también el Palacio de las Mareas (imagen más pequeña).

En su reflejo apenas se reconoció. De privilegiado príncipe nacido en el Castillo de las Mareas a rudo pirata con mala dentadura. La bruja abrió un portal y le indicó el camino. Se encontró en otra realidad de fértil suelo metálico donde crecía una selva exuberante. Una cruz señalaba dónde buscar lo perdido. La fuerza bruta sería inútil y tiró lejos su pala. Inspeccionando el lugar encontró un panel extraño. Presionó un botón y el piso metálico se abrió. Ahí estaban su juventud perdida, el amor de su madre y la ilusión. Se hizo con su tesoro y regresó.

99 palabras

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla