Otra colaboración para Masticadores México. El relato se acaba de leer ahí. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Gracias!
Por nueve días y nueve noches ardió el fuego. Tuvieron que ser muy cuidadosos de que no se apagara y también de que el guardia del sitio no los viera. Por eso fue que caminaron tanto, para alejarse de los lugares frecuentados por turistas y lugareños, adentrándose en […]
Relato para elVadeRetode Noviembre, convocatoria del blogAcervo de Letras. El tema de este mes es la sonrisa, y debe estar protagonizada por niños. Da clic en las palabras en itálica para que visites el blog.
Era el tiempo en que los árboles se abandonan a los brazos del viento, moviendo ramas y hojas al compás de su invisible pareja. Desde la terraza de la enorme habitación, Celia observaba hipnotizada la danza; a veces los pasos eran deliciosamente largos, otras, inesperadamente cortos. El aire era un bailarín irresistible y Celia soñaba con poder bailar también con él.
Había sido idea de sus padres tenerla encerrada en la habitación azul, donde “no le faltaría nada”. Silenciosos sirvientes, cual sombras, la proveían de alimento según rígidos horarios. De vez en vez, el doctor de la familia, un viejo gordo y calvo, subía para revisar su estado de salud, encontrándola siempre “perfecta, dadas las circunstancias”. La niña de trece años ignoraba por qué casi nunca veía a su familia, pero tenía al menos el consuelo y la compañía de los gigantes bailarines.
Un día, el bosque contiguo a la casa de Celia se llenó de voces que armaban un gran alboroto. Ese barullo le era desconocido, y curiosa, se asomó encontrándose con un alegre grupo de chicos y chicas un poco mayores que ella. Habían burlado la vigilancia de la casa, introduciéndose sin permiso en la propiedad. Uno de los muchachos la descubrió y se quedó mirando aquellos ojos rasgados, la corta estatura, el cuello y la cabeza algo gruesos, y también, la torpeza de movimientos de la niña de la terraza. Él hizo bromas estúpidas sobre su aspecto. Indignadas, dos chicas lo callaron inmediatamente y le hicieron señas a la niña para que bajara y se les uniera. En ese momento irrumpieron los guardias de la casa y los ahuyentaron a todos. Celia los miró alejarse y sintió una gran pena, la algarabía juvenil en vez de asustarla la había llenado de dicha.
Otro día fueron las dos muchachas que habían callado al bromista las que entraron nuevamente. Esta vez sin hacer ruido, treparon los troncos con agilidad de monos hasta quedar a la misma altura de la terraza. Cuando Celia se percató de su presencia sonrió como un sol: ahí estaban esas adorables desconocidas, abrazadas a sus amados árboles y extendiéndole las manos para que ella se les uniera, mas no se animaba. Así estuvieron visitándola por varios días y con cada visita Celia se iba armando de valor.
Cuando su madre fue alertada por la servidumbre, salió apresuradamente para encontrarse a su hija bien arriba, en la copa de un árbol. Celia estaba agarrada fuertemente de las ramas que se balanceaban peligrosamente de un lado a otro por su peso y por el fuerte viento que imperaba. Reía a carcajadas. ¡Por fin estaba bailando con el viento! En otro árbol, el par de muchachas reían histéricas al ver la cara de susto de la mujer, que estaba a punto del desmayo. Celia no miraba a nadie, solo sentía su pecho diferente, su corazón latiendo por fin al ritmo de aquel baile glorioso.
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El meme se hizo viral. Trataba sobre el joven actor de veintidós años que falleció trágicamente. Aparecía en su etapa de niño, cuando actuaba en el programa que lo hizo famoso, diciendo con cara de cansancio: «¡Tuve una semana tan pesada! ¡Estoy muerto!».
Detrás del ordenador que había parido esa y otras publicaciones, estaba Gustavo. No se levantaba más que para recibir sus pedidos por internet e ir al baño. Dormía muy poco y sufría de obesidad mórbida. Él siempre estaba a la caza de las noticias más recientes y de los chismes más jugosos para elaborar sarcásticos contenidos. Su marca personal era el humor negro.
Un día le encontraron muerto en su departamento. Un infarto. En la pantalla del ordenador había una imagen: se mostraba el cuerpo de Gustavo, hinchado de tres días, la boca embadurnada de comida y con una magdalena firmemente sostenida en una de sus manos, ya rígida. Una leyenda mencionaba: «No actúes con mala leche, porque así puedes acabar». La policía se sorprendió pues aparecía enviada. Revisaron las cámaras de seguridad del departamento, vieron el momento del infarto, pero después nadie ingresó al inmueble hasta que ellos llegaron.
Como todos los memes de Gustavo, este ya se había viralizado.
Amigos que siguen este blog, este relato termina de leerse en la página de Masticadores. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Un abrazo.
Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento quizás. Dejé el oscuro cuartucho […]
Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando»: Crear un microrelato de no más de 100 palabras, inspirándose en la carta, en el relato debe aparecer el objeto del dado: lira. Opcional: que aparezca algo relacionado con la flor de madreselva. Si gustas saber más de su reto o participar, te dejo el enlace a su blog al final.
La tristeza flotaba en el aire junto con el olor a quemado de cuerpos y casas. La dulce Myra y el valiente Kilian se guarecieron bajo mis hojas. De mi tronco bajó una rama joven que unió sus manos y ellos pronunciaron un solemne juramento. Mis raíces avisaron a otros árboles y pronto nos rodeaban más seres de la floresta. Un fauno tocaba la lira y un gorrión traía en el pico la flor de madreselva para que la nueva pareja pudiera dejar atrás los malos recuerdos del ataque a su aldea. El bosque los bendijo en su nuevo comienzo.
Entró el viejo Jacinto a la estancia y se encontró con su nieto Santiago, de ocho años, inmóvil en medio de la habitación. Tenía la mirada fija y envuelta en nubes grises, como en trance. Temiendo una desgracia, salió en busca de «Cachito». Se lo encontró con el morro ensangrentado metido dentro de una gallina. Al sentir la presencia del hombre, el perro mestizo levantó la mirada como brasas de fuego, y enseñando los colmillos le gruñó amenazadoramente. Un collar de perlas rojas se deslizó del hocico hasta el suelo polvoriento haciendo un charco. Con paciencia, Jacinto comenzó a llamarle por su nombre en tono tranquilizador y esperó a que el animal se calmara un poco.
Siempre sucedía: su voz de viejo le amansaba lo suficiente hasta que el perro se dejaba amarrar una cuerda al cuello para llevarlo de regreso a casa. Esa vez el hombre lo ató a un árbol cercano y siguió el rastro de destrucción que había dejado el animal y que llevaba hasta la finca del vecino: entre sangre y tripas aparecían varias gallinas mutiladas: a algunas les había arrancado la cabeza, a otras les abrió el vientre y comió el corazón. De lejos vio acercarse a Ramiro, su vecino, con un fusil entre las manos.
—Te pido una disculpa Ramiro. Te las pagaré —se adelantó el viejo.
—Claro que lo harás Jacinto, y de una vez te advierto: o matas tú a ese animal del demonio o lo mato yo —dijo Ramiro tratando de controlar su exaltación.
—Yo me encargo, Ramiro.
Al regresar Jacinto a su rancho, se encontró a Santiago despierto. El niño, al ver a «Cachito» corrió a abrazarlo y ambos rodaron por el suelo jugando. No se distinguía dónde empezaba uno y dónde acababa el otro, mezclándose piel morena y negro pelaje como en una pelota viviente. Jacinto se sirvió un mezcal y fue a sentarse pesadamente en un sillón. Recordó que ambos, niño y perro habían nacido la misma noche, el mismo día, y que la luna caprichosa los había envuelto en el mismo manto blanquecino. Las madres de ambos desgraciadamente habían perecido en el parto y él tuvo que hacerse cargo de los recién nacidos. Parecían destinados a ser compañeros en la vida, pero tras el último desastre con las gallinas (ya antes había habido otros), Jacinto decidió regalar el perro al hombre que venía mensualmente de la ciudad vendiendo fertilizantes para la milpa.
—¿Y por qué lo regalaDon?
—Ya tenemos muchos animales acá. ¿Lo vas a querer o no?
Y así, «Cachito» salió del pueblo y de la vida de Santiago y del abuelo Jacinto y se fue a vivir con Adrián quien lo puso a malvivir en un diminuto patio trasero. Invariablemente, en mitad de la noche, «Cachito» exhibía un comportamiento extraño: aullaba y daba vueltas en círculo como si fuera un rehilete. Adrián salía a darle de patadas hasta que el animal se calmaba. Con el tiempo el perro dejaba de aullar en cuanto veía venir a su nuevo dueño; eso a veces lo eximía del castigo, pero no siempre.
Una tarde, Adrián llegó con una muchacha y encadenó al perro para que no diera lata. Esa noche, al intentar dar vuelta sobre sí mismo el perro se enredó con la cadena y estuvo a punto de asfixiarse. Ya tenía los ojos rojos, inyectados de sangre y a punto de salírsele de las órbitas, cuando con una fuerza impropia para un perro de su tamaño terminó por romperla. Al mismo tiempo, en su rancho, Jacinto no podía dormir. Se levantó para servirse un poco de agua y se encontró a Santiago de pie, otra vez inmóvil y ausente, con la mirada perdida. El viejo comenzó a temblar.
«Cachito» se las había arreglado para entrar en casa de Adrián y sorprendiéndolo en la cama se había ido directo a la yugular de la que ya manaba un río de tibia sangre. Junto a él aparecía su compañera en turno, a ella le había comido la cara y arrancado el corazón.
Otra colaboración mía para Masticadores México, en esta ocasión un relato ligero con motivo de las celebraciones del Día de Muertos. Muchas gracias por sus comentarios y apoyo ya sea aquí o en la página de Masticadores (el link aparece abajo), ya que ahí es donde se puede leer completo.
El alegre grupo llegó a México, estaban muy entusiasmados, ya que lo hacían justo a tiempo para las fiestas de muertos. Se trataba de varios espíritus de diferentes partes del mundo. Alguien con gran visión comercial había estado organizando tours para ellos y ahora les tocaba visitar un país con una gran tradición en el […]
Una vez dentro del cenote, estuve a punto de gritarle al guía que me arrepentía, que por favor no me dejara sola, pero el orgullo me lo impidió. Llegué a ese lugar buscando experiencias nuevas, no era hora de echarse para atrás.
Había entrado a la concavidad en cuatro patas por la estrecha y baja abertura que daba paso a la caverna. «Tómelo como una reverencia a nuestra madre tierra» me dijo el guía, un joven maya, moreno y esbelto, vestido con un blanquísimo taparrabo, del cuello le colgaba un collar de cuentas verdes tapado parcialmente por el pelo negro y lacio que le llegaba hasta los hombros.El agua helada me lamió las extremidades y no pude evitarsoltar un resoplido de sorpresa.
Una vez dentro, fue posible ponerme de pie, pisando aún sobre una plataforma rocosa y con el agua hasta las rodillas. Una débil iluminación azulada me reveló un lugar maravilloso: el techo estaba ubicado unos cinco o seis metros arriba. De lo alto pendían estalactitas, como espadas de Damocles, sobre mi cabeza, y del fondo acuático emergían estalagmitas. En algunos casos, unas y otras se habían encontrado a medio camino y ahora formaban sólidas columnas. Me adentré más, donde ya no sentí el piso. Flotaba ahora sobre un abismo, traté de no pensar en eso y observé las paredes de aquel sitio, que tenían formas peculiares y sugerentes. Me pareció ver un rostro sobre una de ellas, pero en ese momentose apagaron las luces.
«Cuatro minutos» había dicho el guía. «Cuatro minutos en total oscuridad durante los cuales usted solo debe dedicarse a flotar y a dejar que la magia de este recinto sagrado la envuelva».
Oscuridad y un silencio casi total: tan solo se escuchaba el ruido que hacían ocasionalmente las gotas de agua mezcladas con carbonato cálcico que lentamente resbalaban por las estalactitas hasta que alguna de ellas pesaba lo suficiente para precipitarse y chocar contra la superficie líquida. Eso y mi débil chapoteo. Recordé el rostro en la piedra y me llené de inquietud.
Los antiguos mayas apreciaban estos lugares acuáticos debido a que eran su principal fuente de agua y también los consideraban una entrada al inframundo. En muchos casos, algunos eran usados para el desarrollo de rituales. Me pregunté si allí habría tenido lugar en el pasado alguna ceremonia o incluso un sacrificio. Nuevamente alejé aquellos pensamientos y decidí relajarme. Mientras flotaba en esa negrura, acudieron a mi mente imágenes del accidente donde perdí a mi marido e hijo. Pensé tontamente que si hubiera juntado todas las lágrimas derramadas, quizás equivaldrían a buena parte del agua contenida ahí. Habían pasado ya dos años y el dolor seguía siendo inmenso, omnipresente y desgarrador. El dique interior que construí para contener mi tristeza y poder funcionar en el mundo aún guardaba mucha agua.
Me sentí observada y con todo el autocontrol de que era capaz me concentré en las sensaciones que despertaban en mí la humedad y la oscuridad. Me imaginé dentro de un vientre grávido cuyo líquido amniótico me acunaba, amoroso.
Ya no podía ignorar aquella presencia pues ahora me envolvía, abrazándome. Un abrazo líquido, apretado, extrañamente cariñoso. Sentí que el dique se rompía y la tristeza contenida se derramaba en ese lugar. Me sentí conectada con todo: el agua, las piedras, la caverna, la Tierra. Mi mente se limpió de todo pensamiento perturbador y experimenté una sensación de paz, ¡hacía tanto que no la sentía!
Pasados los cuatro minutos las luces se encendieron nuevamente y me quedé un buen rato ahí. Busqué el rostro que creí ver sobre la roca, mas no lo encontré. Tras un tiempodecidí salir.
Esperaba ver al guía y contarle sobre aquella maravillosa experiencia, pero no había rastro de él, ni de las rústicas instalaciones que había visto al llegar al sitio: unos baños, unas regaderas, el anuncio del cenote. No encontré nada. ¡Aquello era imposible! ¡Era como si se hubieran desvanecido en el aire! Confundida y tratando de buscar respuestas intenté entrar de nuevo a la cavidad, pero esta estaba ahora completamente a oscuras. Me alejé y seguí un sendero que se notaba poco transitado en medio de la selva y que me llevó hasta la carretera. Aturdida pero feliz, caminé hasta el pueblo más cercano.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Nota: Los cenotes son cuerpos de agua de gran profundidad que se alimentan por la filtración de la lluvia y por corrientes de los ríos subterráneos. Hay distintos tipos de cenotes: los de caverna, completamente cerrados, los semiabiertos, con una parte de ellos a la intemperie, y los abiertos, que son los más antiguos, ya que con el paso del tiempo el techo que los cubría terminó cayendo y los deja al descubierto.
Este relato está inspirado parcialmente en mi experiencia dentro de un cenote en Yucatán, donde sí me apagaron la luz por cuatro minutos. No fue algo inesperado, era parte de la experiencia que te ofrecen en el lugar y que realmente me encantó. Lo demás es pura ficción.
No se recomienda nadar en un cenote que no haya sido certificado como «seguro» por las autoridades y en ningún caso meterse sin chaleco salvavidas.
Los aburridos cubículos del enorme piso de oficinas se le antojaban cual angostas trincheras, los ordenadores eran caballos sudados por mil batallas y los diversos accesorios, filosas espadas capaces de partir a un hombre por la mitad. Su jefe encarnaba a un maligno magistrado quien, desde un lugar seguro, alejado de la matanza, firmaba sentencias de muerte. Mas cuando María, la Asistente de Recursos Humanos se acercaba, aquel encarnizado campo de combate mudaba a la más hermosa catedral. Desde el mismo cielo, bajaba una deidad resplandeciente y benévola que lo hacía descansar de tanta fatiga pues con tan solo verla, su pobre cuerpo retomaba fuerzas para continuar.
Una mañana cuando vio que la diosa venía directamente hacia él, en su cabeza sonaron melodías heroicas y triunfales que casi le impidieron escucharla, implacable y burlona:
—Martínez, ¡qué imbécil eres! Ya te despidieron por andar siempre distraído.
Primero les mostró los secretos del terribe Necronomicón, luego les hizo leer la Biblia Satánica. Conforme caían los velos, más deseaban profundizar en aquel conocimiento. Con el Malleus Maleficarum y el Manual de Múnich aprendieron las artes oscuras de sabias brujas y legendarios magos.
El tribunal determinó que aquel monje de oscuros orígenes corrompió a los novicios. Todos, incluído él, fueron condenados a morir en la hoguera.Sus cuerpos, al ser abrasados, liberaron el conocimiento prohibido en forma de espeso humo negro que acabaron entrando en los acusadores y el pueblo que observaba.
Se multiplicaron los maestros, la doctrina viajó a lugares lejanos y aquello ya no lo pudo parar nadie.