Las ciudades pensaron que algo andaba muy mal cuando sobre sus lomos dejaron de pasar los usuales contingentes de personas, tanto en vehículos como caminando. Los pequeños pueblos turísticos languidecieron al ver que ya pocas personas acudían a admirarlos. Los animales también se habían confundido, perros y gatos sobre todo, vieron con extrañeza cómo sus amos se ponían lentes protectores y «bozal» para salir, actividad que cada vez hacían con menos frecuencia.
Las aves del cielo, atónitas, vieron disminuir los objetivos para depositar sus excreciones. Los muebles de las casas, al sentir el peso de sus dueños a todas horas tuvieron ganas de desaparecer. Las viviendas se cansaron de la constante presencia de sus habitantes: “¿cuándo volveremos a estar solas?” se habían preguntado mientras lanzaban suspiros pesarosos que salían por las ventanas.
Las madres, tratando de volver normal lo anormal, inventaron relatos para sus hijos pequeños: «este año todos nos volvimos bandoleros, por eso nos tapamos los rostros»
En suma 2020, fue un año extraño, un año anómalo donde todo estuvo al revés. Sin embargo, para algunas personas aquello fue un sueño hecho realidad: a los que les costaba trabajo dar un beso o un abrazo estaban fascinados pues ya no tendrían que fingir. ¡Por fin se respetarían los espacios vitales! La distancia y el enmascaramiento ocultaban convenientemente las muecas de disgusto, aunque también, las sonrisas. Para los que añoraban el contacto piel a piel y la cercanía con sus semejantes se trató de una verdadera pesadilla.
La humanidad había tenido que aprender a hacer las cosas cotidianas de otra manera. Ciudades, pueblos, casas, mascotas también tendrían que resignarse a una nueva vida. En los anales de la historia de los animales domésticos, aquel año 2020 se conoció como “El Año Enmascarado”.
Y, sin embargo, al final de ese año desastroso, de la mano de la resiliencia humana llegó un atisbo de esperanza…Las mascotas compartieron, junto a sus dueños, ese sentimiento tímido de que todo iría mejor enlos años por venir.
Queridos amigos, desde hace algún tiempo participo en el excelente blog El Tintero de Oro, de David Rubio,que en esta recta final del año ha sacado su 4ta. Antología donde se incluye un relato mío. Todas las creaciones que se pueden leer en la Antología son de una gran calidad, el contenido es variado y para todos los gustos. La Antología se publicó en Amazon a precio de costo. Si alguien está interesado en adquirirla pueden cliquear AQUI Si desean conocer El Tintero de Oro denle clic al enlace abajo de la imagen. Aprovecho para desearles a todos felicidades en estas fechas y que el 2022 nos traiga a todo alegrías y bendiciones.
Relato que participa en el reto del blog «Acervo de Letras» con el tema «deseo». Si quieres participar o asomarte al blog solo debes dar clic en la imagen.
Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer sin hacer casi ruido. Un gesto tan natural como querer cortar el agua del mar con los dedos había sido el causante de la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.
Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya había avanzado alejándose del lugar donde mi hermano, el de en medio, había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha, desapareciendo de nuestra vista. Pasaron unos minutos que parecieron eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, casi impenetrable, esperando nervioso el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, tenía ya la palidez de los muertos.
Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios, dándole respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo que pasaba nos acercaba a todos a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, mas al llegar, papá y mamá no estaban.
Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad pues los residuos dejados por la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.
El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido y parecía que el tiempo por fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.
—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.
Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.
Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.
—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.
Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres esperándonos en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.
—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.
En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.
—Es José.
Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de los insectos, y solo sobresalían un poco la parte de la pelvis y el torso. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.
—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se prendieron al ritmo de aquella voz metálica.
Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido mas no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.
Carlos y yo nos miramos y caminamos hacia «José».
—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.
—Claro que sí, «conejo».
Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.
—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.
—Manchas.
—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.
«José» se quedó en silencio.
—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.
—Creo que puedo hacer de todo, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.
No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza y frialdad al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo, tratando de dominar su emoción, nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.
Nota: A veces me preguntan que fue primero: el relato o la imagen. En este caso, la imagen fue la que inspiró este cuento.
Dorian estaba muy orgulloso de sí mismo y agradecía a la vida ser alguien tan ordenado y sistemático, sin duda eso le había ayudado a la hora de montar la fábrica. Un estruendo se escuchó y la monstruosa maquinaria inició operaciones. Se puso sus anteojos para observar mejor a sus robots operarios alimentar con cuerpos humanos sin vida, a aquella bestia metálica.
El producto final eran unas adorables galletitas del tamaño de una moneda espolvoreadas con fina azúcar.
Un pensamiento feliz lo invadió: sin duda merecía una recalificación por parte de la institución mental de donde se había fugado: de psicópata a empresario ecologista, (por aquello del reciclaje). Tomó una de las galletas y se alejó comiéndola alegremente.
Mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre que en esta ocasión se trata de «Deseos». Si gustas participar, te dejo el link que te llevará al blog Acervo de Letras, que tiene cosas muy chulas para leer, además de los retos. Búscalo al final del relato.
En medio de la calidez de la noche caribeña, una luna llena y plena inundaba de luz blanquecina la habitación.
Hacía mucho que Tahnne no gozaba de un sueño reparador. Sus párpados se cerraban, pero el necesario descanso no llegaba ni a su cuerpo ni a su mente. En medio del duermevela, la despertó una tenue caricia sobre los dedos. No le dio importancia, pensó que se había tratado del roce de las sábanas y siguió intentando dormir. Otro contacto, esta vez más prolongado, la hizo abrir los ojos sobresaltada. «Alguien» acariciaba su mano y quienquiera que fuera estaba oculto entre la ropa de cama. Sintió la mordida del miedo en el corazón, mas otro roce delicado extrañamente la tranquilizó. Luego escuchó que la llamaban en una voz muy baja, casi imperceptible:
—Tahnne, Tahnne…
Todo su ser vibró al reconocer aquella voz . ¡Era Ameyú!, pero ¡eso era imposible!, él estaba a miles de kilómetros, en otro país, en otro continente.
Supuso que debía estar soñando y rogó porque ese sueño feliz no acabara. Pasaron unos segundos y el cuerpo que descansaba a su lado se movió y con ello quedó al descubierto el rostro de Ameyú, que tenía los ojos cerrados y musitaba en una especie de delirio:
—Tahnne, mi Tahnne…
La chica no podía creerlo. ¡Cuánto había deseado volver a verle! Eran testigos infinidad de estrellas fugaces que recogieron ese deseo, llevándolo a donde fuera que iban tras desaparecer en el cielo nocturno.
—¡Ameyú! Soy yo, Tahnne.
Los ojos color miel de Ameyú se abrieron, y para ella fue como ver al sol rivalizando con la luna en esa noche fuera de lo común.
Ameyú pasó su mano por el rostro de la chica, como un ciego, tanteando torpemente. Reconoció cada centímetro de aquel rostro añorado, la suave frente, la delicada nariz, la curvatura de los labios, los hoyuelos en las mejillas, que aparecían en los momentos en que Tahnne sonreía dichosa.
—Amor, ¿qué pasa?—preguntó la joven.
—No lo sé. Yo estoy en mi cama, en Londres, pero, al mismo tiempo estoy aquí, en la tuya—. Ameyú acercó sus labios a los de ella y la besó con ternura.
En respuesta Tahnne tomó las manos morenas y fuertes de Ameyú y las apretó contra sí, palpándolas, sintiéndolas, besándolas. La emoción que la embargaba hizo que se humedecieran sus ojos y una lágrima rodó por su mejilla.
—¡Tahne!, ¡suéltame, debo volver!—, dijo él angustiado al ver su reflejo en aquella lágrima diminuta.
—¡No! ¡No te dejaré ahora que estás conmigo!—. Ella sujetó con fuerza aquellas manos tan amadas.
—¡Debo volver o moriré!, debo regresar a mi cuerpo antes de que amanezca. No sé como, pero siento que es así. Se acaba el tiempo. ¡Suéltame!
Tahnne lloraba. Dejarlo ir era algo muy doloroso ahora que su cercanía le calentaba el alma. Poco a poco soltó sus manos, como una niña que se deshace con pesar de algo muy querido.
—¡Ve, apresúrate!, ¡no quiero que mueras!
Él se fue desvaneciendo de a poco, una última caricia, un beso, y luego solo quedó su olor, su tibieza y el hueco dejado en el lecho de Tahnne, quien apretaba el rostro húmedo contra la almohada ahogando los sollozos. De repente el llanto cesó cuando la inundó la certeza de que Ameyú regresaría a la noche siguiente.
Habían por fin encontrado un modo de vivir su amor en la distancia. Su deseo se había cumplido.
Como respuesta al reto lanzado por Lidia Castro en su blog, presento este micro. Condiciones: inspirarse en la carta, incluir el objeto del dado (luna creciente) y como reto opcional debe de tener alguna alusión a la «navegación». Te invito a que pases a su blog en caso de querer participar o simplemente darte una vuelta, tiene un montón de cosas interesantes. Dando clic en la imagen llegarás a él.
En medio de las ruinas milenarias, la sacerdotisa invoca a su espíritu animal. De las llamas van surgiendo las siluetas que cabalgan en el humo denso y escoge una. La luna creciente es testigo de la transformación: el cuerpo se encoge, la blanca piel se cubre de pelo, todo su carne muta con violencia. Ahora es una rata. Presurosa, se aleja del lugar dirigiéndose al puerto donde se escabulle en un barco. Navegará a tierras lejanas, ahí pondrá al servicio de otros sus arcanos conocimientos. Es su misión y la cumplirá hasta el final.
Amigos que siguen este blog, ésta es una colaboración más para Masticadores, como saben, el texto se termina de leer dando clic a la parte final que los llevará a esta estupenda revista digital. Agradeceré sus comentarios y críticas ya sea aquí o en Masticadores. Un abrazo.
Había buscado el punto más alto del techo, el lugar donde se iba a poner una cúpula y que de momento solo era un montón de ladrillos y sacos de cemento. Soplaba una brisa que le acarició el sudoroso cuerpo; cerró los ojos y extendió los brazos, ¡aquello era […]
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Le bastaba con pensar en una fecha y lugar y la esfera programaba las coordenadas de destino. Así, Sindri viajó por el universo utilizando atajos en el espacio-tiempo, sistema perfeccionado en el año 3050.
Destino: Roma, noche del 24 de diciembre, año 50 a.C. Era la celebración de las Saturnales, las fiestas paganas en honor a Saturno, el dios de la agricultura. Antes de salir de la esfera, imprimió la vestimenta propia de la época: túnica y toga, para no desentonar.
La ciudad estaba engalanada con adornos y luminarias. Sus habitantes, jubilosos por no tener que regresar más a los campos, se entregaban a los placeres; corría el vino y la comida en abundancia. Se unió a una de las fiestas callejeras, patrocinada por un hombre rico llamado Gayo Pompeyo. Tras el banquete, Gayo lo llevó a su lujosa villa donde fue testigo del intercambio de regalos entre familiares. Le propusieron quedarse esa noche y celebrar el día 25 el «Natalis Solis Invicti», fiesta asociada al nacimiento del dios Apolo. Amablemente, declinó y se despidió de los anfitriones. En un lugar solitario llamó con el pensamiento a la esfera. Dentro de ella dictó algunas observaciones:
«Con esta visita confirmo que esta tonta tradición que ha perdurado hasta nuestros días tiene orígenes paganos».
Belén, noche del 24 de diciembre, año 6 a.C. * Salió vestido de pastor, pero no encontró a ninguno pues hacía demasiado frío para sacar al rebaño a pastar. Regresó feliz al vehículo, donde calentó su aterido cuerpo y dictó: «El nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre es una falacia y lo hicieron coincidir con una fiesta pagana. Debió nacer en primavera o verano».
Ahora la esfera buscaría gente emparentada con él, en diferentes épocas. Les visitaría y trataría de disuadirlos de celebrar algo que no resistía un mínimo de análisis histórico.
Londres, 24 de diciembre, 1860: Con abrigo y sombrero de copa Sindri parecía un londinense más. Buscó la dirección de su parentela, sin éxito. Contrariado fue a sentarse en un banco. No había mucha gente, la mayoría ya estaban en casa para la tradicional cena. Una mujer iba muy apurada y al verle solo, le ofreció pasar la noche con su familia. Aceptó. Dentro de la casa cuatro niños revoloteaban alrededor de un árbol ricamente adornado. El marido, un hombre agradable, le convidó una bebida con vino, frutas y canela, para el frío. La cena fue abundante y deliciosa, antes del postre todos abrieron un paquetito personal, jalando de unos cordones en los extremos; al hacerlo saltaban regalitos en medio de una pequeña explosión que lo sorprendió e hizo que todos se desternillaran de risa. Su obsequio fue una nota que le deseaba buena fortuna. Acabada la cena se despidió, desconcertado por lo agradable de la velada. Hubo alusiones cristianas, pero más que nada se trató de una fiesta familiar. Era hora de regresar a la esfera.
Londres, 24 de diciembre, 1941: Esta vez sí encontró la dirección. Le abrió una mujer de rostro triste, quien explicó que el hombre que buscaba, su esposo, estaba en el frente de batalla. Sindri fue invitado a cenar. No había árbol ni decoraciones ostentosas. La comida era escasa, aun así la compartieron con él, cosa que lo conmovió. Hubo una oración de agradecimiento y pidieron por la seguridad del padre ausente. Observó que los hijos, dos traviesos pelirrojos, no recibieron regalos. Regresó al otro día con algunas cosas impresas en su esfera: ropa para toda la familia y juguetes. Jamás olvidaría aquellos rostros de gratitud.
Decidió que haría una última parada, su celo por acabar con la tradición navideña en la familia se desvanecía. No había tenido corazón para aguar los festejos de nadie con sus diatribas. La fiesta despertaba sentimientos y actitudes nobles en todos, ¡incluso en él mismo!
México, 24 de diciembre, 2033. Sus parientes vivían en un precioso rancho de la Sierra. Gente hospitalaria, lo acogieron también.
Esta vez sí se animó a soltar los datos recopilados en sus viajes por el tiempo, sin revelar que él venía del futuro, y cuestionó la validez de la celebración. El patriarca de la familia, Don Artemio, lo miró con interés y le dijo que no importaba si no había rigor histórico. «El asunto es que nació y esta fiesta conmemora ese día». «¿Y qué me dice de los orígenes paganos de las fechas?» El hombre se encogió de hombros con esa sencillez de la gente que no se complica mucho. Luego lo invitó a bajar al pueblo para ir a repartir regalos y comida a la gente más desfavorecida. Hicieron una escala en la iglesia donde su anfitrión insistió en entrar unos minutos. Esto último incomodó a Sindri pero se resignó. Más tarde, el rancho se llenó de parientes y nuevamente una grata atmósfera familiar lo envolvió todo con abrazos, risas, brindis y mucho tequila.
Dictó sus últimos apuntes: «He decidido no perseguir ya mi idea de desterrar la Navidad. Entiendo ahora que más allá de lo que se celebra, estas fiestas sirven para unir a las personas, sacar lo mejor que hay en ellas y eso por sí solo bien vale la pena el festejo». Con una sonrisa el viajero del tiempo pensó en la noche de Navidad del año 3050 y regresó a casa, a tiempo para unirse a la celebración.
891 palabras
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
*Nota:
«Ateniéndonos al registro de Flavio Josefo y a las repetidas menciones al rey Herodes, es más seguro tomar como referencia válida la que señala el nacimiento en vida de este rey y, por lo tanto, situarlo alrededor del año 6 a.C.La fecha incorrectamente considerada como año 1 fue establecida -ya fuera por accidente o intencionadamente- en el siglo VI por un monje bizantino llamado Dionisio el Exiguo, quien diseñó un nuevo sistema de datación de los años para separar la era pagana de la cristiana: el Anno Domini -“año del Señor”, es decir, del nacimiento de Jesús-, en sustitución de la datación romana ad Urbe condita -“desde la fundación de la ciudad”, es decir, de Roma.» fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-ano-nacio-jesus-segun-historia_15207
Sus pequeños ojos, dos luces azuladas, subían y bajaban de intensidad sobre mí, escudriñándome.
Saqué mi tableta para escribir el diagnóstico final sobre Robby.
Se incorporó. Había estado acostado sobre el diván diciéndome todos los detalles de su existencia. Estaba acostumbrada a escuchar la retahíla: «Mis humanos esto, mis humanos lo otro…» Robby era un robot doméstico y le empezaban a molestar cosas como el tono de voz de sus jefes, la naturaleza de sus labores y palabras como «injusticia», «enojo» o «abuso», empezaban a salpicar su vocabulario, lo cual era algo inusual y preocupante.
Después de tres sesiones de lo mismo, mi consejo como experta en robo-psicología era que fuera destruido. Claramente su cerebro estaba dañado. Durante mi práctica profesional pocas veces me había encontrado frente a robots «rebeldes», era un fenómeno que aún no se explicaba muy bien.
Robby pareció percibir su inminente destino.
—Dra. Morante, ¿puedo saber lo queva a recomendar?
Siempre me maravilló la naturalidad ya alcanzada en las voces robóticas, la suya era suave y agradable.
—No. Lo siento, Robby.
—Perdone, pero no quisiera que me considerara un caso perdido.
—¿Por qué crees que puedo pensar eso, Robby?
El robot dirigió su mirada azul a sus pies y luego a mí antes de contestar.
—Estoy consciente de que quejarme tres veces seguidas es una irregularidad.
—Así es, Robby. Tu cerebro debe estar funcionando mal. Lo siento.
—¡Es que son tan molestos! —dijo, refiriéndose a sus dueños.
Tuve un momento empático. Quizás fue su actitud, su tono de voz que reflejaba tanto sinceridad como desesperación. Me recordó a mí misma en la casa de mis padres.
—Mira, Robby. Los humanos somos seres de emociones complejas y ustedes fueron creados para no tenerlas. En tí empiezo a ver un patrón problemático. ¿Entiendes?
—Sí
—Recomendaré un «reinicio» completo de tu cerebro robótico, pero si eso no ayuda tendrás que ir a reciclaje.
El robot volvió a fijar sus ojos azules en mí.
—Entiendo.
—Perfecto.
Me vio escribir el mensaje y me observó atento mientras le daba «enviar».
—Espero que pase mucho tiempo antes de verte de nuevo por aquí —le dije.
Robby se incorporó. Su cuerpo de fibra de carbono color metálico de dos metros de altura apenas hizo algún ruido. Hizo una ligera inclinación de cabeza. Alcancé a ver su avanzado cerebro a través del armazón transparente que lo cubría. Era como asomarse a un rincón del universo, con una miríada de estrellas titilando. Una pieza excepcional de ingeniería, y sin embargo, estaba fallando.
—Dra. ¿Me permite decir algo más antes de irme? —asentí—. Me parece injusto que por un error humano deba yo ser destruído. En todo caso también se debería sancionar de alguna manera al ingeniero que se equivocó en mi programación o al que diseñó mal mi cerebro. —Calló abruptamente al darse cuenta de que había cometido un grave error—. Bueno, no me haga caso, ya sabemos que mi unidad cerebral está defectuosa. Seguramente después del «reinicio» estaré de lo más normal.
Una vez que Robbie abandonó el consultorio, regresé a mi tableta y escribí de nuevo:
«Desechar mensaje anterior. Recomiendo destruir a la unidad 4876bc3 modelo Rby2. Además de presentar indicios de malestar ante órdenes humanas, pareciera también estar en desacuerdo con la primera Ley Robótica de no hacer daño a los seres humanos.» Adela Morante, Lic. en Psicología Robótica.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Nota:
Las tres leyes de la robóticade Asimov son un conjunto de normas elaboradas por el escritor de ciencia ficción Issac Asimov que se aplican a la mayoría de los robots de sus obras y que están diseñados para cumplir órdenes.
Primera Ley: Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
Segunda Ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.
Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.
En medio de la carretera, el tlacuache a duras penas esquivó el ruidoso camión de cervezas y alcanzó el otro lado. Necesitaba llegar a la seguridad del abedul donde tenía su madriguera. Cual torpe trapecista, caminó por un cable de luz para acercarse a una de las ramas que lo llevaría a su hogar. En un momento dado, su figura se recortó perfectamente en la luna llena que desplegaba esa noche especial.
En otro tiempo y lugar, alguien visualizó la imagen. Era la señal de la que hablaban los libros.
El Guardián sacó su espada. ¡Era hora de cumplir la profecía!
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Nota: El tlacuache es un mamífero marsupial oriundo de México, conocido también como zarigüeya y deopossum.