EL CIRCO

Cuento corto sobre amores imposibles.

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De todos los infames lugares donde ha estado nuestro circo, Santa Rosa ha sido el peor. Ahí el aire es puro polvo que se mete en la boca y cuando menos te das cuenta lo estás masticando. El calor es atroz y el trabajo que exige nuestro oficio hace que sudes todo el tiempo. Ha sido en Santa Rosa que me he descubierto en el cuerpo olores desconocidos y tan nauseabundos que poco ha faltado para desmayarme. Los animales sufren también y exigen agua todo el tiempo. Ricardo la ha pasado mal acarreándola de quién sabe dónde para mantenerlos frescos. Recuerdo que cuando Ricardo llegó al circo con sueños de ser payaso, mi padre, un matador de sueños nato, le dio empleo como cuidador de animales; ya que en su opinión, no tenía la gracia necesaria para ser un buen payaso y le recomendó que en sus tiempos libres practicara con los trapecistas, cosa que el pobre hombre jamás intentó. Por cierto, le pusimos de apodo «el chino», precisamente por tener el pelo demasiado lacio. Lo sé, son bromas que solo a los mexicanos nos hacen reír. En una ocasión me declaró su amor y yo lo mandé a la «chingada» como decimos acá. El «chino» nunca me agradó.

A pesar de ser un pueblo de mierda (o tal vez por eso), nuestro circo ha causado furor. Hacía mucho no teníamos tal aforo. Para alegría de mi padre y pesar de todos los demás, nos quedaremos una buena temporada. «Santa Rosa es una mina de oro», dice el viejo mientras se frota las manos pensando en las ganancias, y brinda con una cerveza tibia, aunque al acabársela disimule no sentir entre los dientes el inevitable polvo de este pueblo ingrato.

En una de nuestras funciones noté a un joven que me miraba con insistencia. Al principio pensé que mi número como domadora le había impresionado. Pero cuando lo volví a ver en la segunda y tercera función y luego al otro día en las dos primeras, ya no podía negar que aquello era bastante inusual y que definitivamente no eran los tigres y los leones lo que lo atraían. Antes de empezar la tercera función lo busqué entre el público que hacía fila y cuando nuestras miradas se encontraron, le hice señas que me siguiera. Caminé con prisa mal disimulada hasta detrás de uno de nuestros maltrechos tráileres y cuando me alcanzó nos fundimos en un beso que me dejó las piernas temblorosas y la mente tan distraída que aquella noche casi olvido sacar la cabeza de las apestosas fauces de un tigre de bengala.

Era tan perfecto como un ángel y en el colmo de la perfección su nombre era Gabriel. A veces, en vez de practicar con mis felinos, me iba con él a hacer exquisitos malabares boca a boca y locas acrobacias corporales. Fue «el chino» el que se dio cuenta de lo que pasaba un día que nos sorprendió haciendo un «triple mortal» en mi tráiler. A pesar de que la gente del circo es bastante unida, este hijo de puta le fue con el chisme a mi padre. Se armó un alboroto tremendo ya que, no es bien visto que la gente de circo tenga amoríos con los de «afuera». La idea es que ellos no entienden la vida del cirquero y es difícil que se adapten a las duras condiciones de vida e incomodidades que conlleva. Uno de «afuera» puede desestabilizar la vida del circo, cosa que mi padre no estaba dispuesto a arriesgar. Me exigió que no le viera más y no contento con eso, él mismo habló con Gabriel y le prohibió pararse en el circo a buscarme.

Nunca había sentido necesidad por nada o nadie excepto el circo mismo, pero cuando dejé de ver a Gabriel fue como si mi sangre no tuviera ya la fuerza para seguir corriendo por mis venas. Me tumbé en mi cama y no quise salir. No había nadie que me supliera y mi número era uno de los «fuertes». La gente se quejaba por no ver a la «Güerita de los Leones».

Pasaron los días y me repuse a medias, la vida en el circo te enseña a ser duro y uno aprende de todo: de los animales que viven lejos de su hábitat, de los extranjeros que viven lejos de sus familias, de los payasos que, envueltos en una gran pena aún saben salir a hacer reír. Volví a meter mi cabeza en las fauces de mis tigres y a pasar a mis leones por aros ardientes. Disimuladamente buscaba a mi ángel entre el público, aunque sin éxito, y supuse con tristeza que él me había empezado a olvidar. Afortunadamente los nutridos aplausos que recibía, me hacían sentir un poquito menos miserable.

Llegó el día en que nuestro circo por fin se despedía de Santa Rosa, yo tenía el corazón dividido, la parte que aún pensaba en Gabriel deseaba quedarse y la otra parte deseaba irse lo más lejos posible.
Los cirqueros recogieron todo: animales, carpas, escenografía, alistaron los tráileres. Pronto estábamos en movimiento alejándonos del pueblo. «El chino» me miraba con sonrisa de satisfacción. De repente, alguien gritó. Señalaban el camino recién recorrido, algo pasaba. Todos volteamos desde nuestros carros para ver una figura diminuta seguida por una nubecilla de polvo; eso fue al principio, luego se fue haciendo más visible. Aminoramos el paso, los elefantes barritaron, los monos aplaudieron. ¡Gabriel venía haciendo malabares sobre un monociclo!, vestía de blanco y traía dos alas pegadas a la espalda que se movían disparejas con el viento. Sonreí toda, ¿saben lo que es eso?, sentir TODO tu ser sonreír, desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie. Mi padre me miró aprobatoriamente y al «chino» no lo vimos más
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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

La Mujer Pájaro – Cuento Corto.

Photo by Ava Sol on Unsplash

Amanecí gorjeando, y no se trata de prosa poética. Amanecí gorjeando como un ave. No me di cuenta al principio; como siempre, yo comencé a repartir órdenes e instrucciones a diestra y siniestra: «¡Vístanse! ¡Ya es hora!»¡No dejen la ropa tirada!» «¿Se lavaron los dientes?» «¿Alfredo, vas a querer huevos tibios o fritos?» Pero la cara de absoluto asombro de mis hijas y esposo, así como la falta de respuesta a mis arengas me indicaron que algo andaba mal. Fue entonces cuando me escuché. De mi boca no salían palabras, sino gorjeos como los de los pájaros. Cerré los ojos pensando que en realidad aún no me había despertado y estaba inmersa en alguna especie de sueño extraño, causado quizá por la mala digestión de la lasaña de la cena anterior. Los abrí de nuevo, pero el sueño seguía. Miré a mi esposo y pronuncié su nombre, en mi mente dije «Alfredo», mas lo que se escuchó fue una voz de pájaro que hizo que me desmayara.

Traté de buscarle sentido a lo que me ocurría, en mi mente repasaba yo todas las posibilidades: desde alguna mala reacción a las pastillas para la dieta, hasta haber pescado algún extraño virus —ahora tan en boga— en la tienda de mascotas donde había ido con mis hijas por unas tortugas japonesas. Busqué una respuesta médica, pero los doctores que me examinaron, entre asombrados y divertidos, no encontraron ninguna explicación, y para mi desgracia, tampoco ninguna cura a mi problema. Me sentí devastada.

De alguna forma, junto con mi voz, también perdí mi autoridad. En casa, mis gorjeos solo lograban risitas y burlas. Comencé a usar un pequeño pizarrón donde escribía lo que quería decir y evitaba hablar. Mis labios se cerraron excepto para comer el alpiste que día con día se me iba antojando más por sobre cualquier otro alimento. Mi familia comenzó a avergonzarse de mí. Dejé de frecuentar a mis amistades y parientes y mi condición la mantuvimos en secreto por el bien de todos. Si alguien preguntaba, se le decía que sufría una afectación en la voz y que había enmudecido temporalmente. Yo aceptaba todo con resignación, de nada servía rebelarse, pero comencé a sentir cómo mi alma se iba saturando de tristeza.

Un día, cuando Alfredo vio que había traído del supermercado unos huesos de jibia, semillas de linaza y un libro sobre canarios, además del alpiste habitual, me increpó. Me amenazó con mandarme a un manicomio, luego su tono cambió y se hizo suplicante, deseaba con todas sus fuerzas que yo volviera a la normalidad. Me pidió hiciera un esfuerzo, él pensaba que el problema estaba en mi mente, traté de concentrarme y hablar como una persona, pero de mi boca solo salió un débil y triste gorjeo. Alfredo salió aventando la puerta y yo me derrumbé en la mesa llorando lágrimas mudas.

Las noté mientras me duchaba, dos protuberancias extrañas en mi espalda, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo. Entré en pánico, salí desnuda y chorreando agua hacia el espejo, me vi… Las vi. «Algo» me estaba creciendo. A partir de ese momento evité hacer el amor con Alfredo, no podía permitir que me viera sin ropa. También evité cualquier contacto físico con mis hijas por temor a que las descubrieran. Las protuberancias crecían día con día, no podía ignorar que se trataba de dos alas incipientes, me aislé de todos y de todo y me encerré en el cuarto de huéspedes.

Hoy una urgencia irracional me ha obligado a salir sin avisar en medio de la noche. El corazón se me quiere salir del pecho mientras me dirijo a toda prisa al Cerro de la Cruz. Subo con rapidez, como si mis pies conocieran la urgencia de mi alma y cooperaran gustosos. Por fin estoy en la cima, ¡qué bueno que no hay nadie!. Me desnudo al tiempo que veo el sol anunciarse en el horizonte, de mi garganta surge un canto de bienvenida para él, las notas son hermosas, dulces y tristes a la vez. Me acerco a la orilla del cerro, la que da al océano. Abajo, las filosas rocas son ahogadas sin misericordia en espuma de mar. Unas gaviotas revolotean sin prisa, prefiero mirarlas a ellas, las miro largamente, casi con envidia. En mi espalda siento un movimiento involuntario de mis jóvenes alas. Primero un aleteo tímido, luego un batir furioso, por momentos me levanto unos centímetros del suelo para volver a bajar. Ignoro si ya están listas, quizás les falte crecer. Delante de mí se extiende el cielo, sin límites ni fronteras. Las nubes no piden explicaciones, el viento no distingue entre aves o aviones. Me retiro de la orilla y retrocedo, tomo impulso…

790 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Relato participante en el concurso del blog El Tintero de Oro correspondiente a Junio 2024. Se homenajea al escritor Franz Kafka y su conocida obra La Metamorfosis. Se trata de escribir un relato cuyo protagonista despierte a un mundo o realidad que no acabe de entender.

Actualización: La Mujer Pájaro salió ganadora en el concurso, me siento muy honrada y muy feliz.

El audio anterior es un experimento con IA, donde ésta «analiza» mi texto, identifica puntos débiles y fuertes y en general habla sobre él en un ejercicio tipo podcast. En general me resulta interesante el resultado. Está hecho con la herramienta NotebookLM de Google. Hago la aclaración que mi relato es cien por ciento hecho por mí y que no fue generado por IA. Este «análisis» sí es hecho por IA y de ninguna manera sustituye un podcast hecho por profesionales ni pretende ser un análisis literario en toda regla. Repito que es un experimento.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/la-mujer-pajaro-cuento-corto/

FLORIFAGIA II

Cuento corto, original.

Photo by Maylee on Unsplash

Ella tenía ya algo de tiempo dedicándose a sus cultivos de flores. Era este un pasatiempo que había llegado a su vida sin querer. En una ocasión una hermosa malva había irrumpido la aridez de su jardín trasero con su espectacular belleza y deliciosas variaciones de violeta; tal vez alguna semilla perdida había ido a parar en medio de aquel páramo. En vez de cortarla decidió conservarla y cuidarla. Descubrió que mirar la flor le traía paz y sentía que algo de la belleza de la flor pasaba a su ser maltrecho. A la malva siguieron crisantemos, rosas, lilas… aprendió a cultivarlas y luego se sorprendió comiéndolas con la esperanza de que aquella belleza la saturara y la transformara por completo.

En toda su vida no había sido más que un ser feo por dentro y por fuera, una criatura maldita. Sabía de sobra que toda belleza es efímera y la del mundo vegetal lo es aún más que la humana. Con todo, algo había de cierto en su teoría, y la belleza le duraba unos cuantos días: su piel marchita rejuvenecía y se ponía suave y tersa como pétalos de flores. Despedía también un aroma peculiar según el tipo de flor que hubiera comido; por ejemplo, el olor a rosas la metía en problemas. El viejo Augusto, el jardinero del rumbo, se sentía atraído por los efluvios de rosa que percibía en el aire e intentaba saltar la enorme verja de la casona inflamado por el deseo de encontrarse con la fuente de aquel olor embriagador. Invariablemente, unos gritos horripilantes lo despertaban del embrujo:

—¡Largo, largo! ¿No sabe que esto es propiedad privada? ¡Fuera! —El pobre hombre se alejaba corriendo, no sin antes hacer la señal de la cruz.

Como siempre, el efecto de las flores no duraba mucho y toda ella se empezaba a marchitar. Era hora de alimentarse otra vez…

Trabajó mucho intentando cultivar flores cuya belleza perdurara y fuera más profunda en el sentido de no solo transformar la carne, sino también el espíritu, pero sus esfuerzos fueron en vano. Un día, en medio de la frustración decidió dejar a un lado las tiernas flores para comer espinas, también comió malas hierbas: lirios, adelfas, belladonas. Mientras se alimentaba escuchó una risa diabólica que flotaba en el ambiente. Intentó parar, pero aquello se volvió compulsión y mientras más comía, una rigidez espantosa empezó a invadirla, filosas espinas la recubrieron de pies a cabeza y sintió sus adentros fibrosos y secos. Quiso gritar, mas de su boca no salió ya ni un sonido. Esta vez el efecto no duró tan solo unas horas, esta vez duró semanas y fue lo más parecido a una muerte lenta y cruel.

Cuando los efectos del envenenamiento pasaron, y volvió a su fealdad de costumbre, aquella que la había acompañado desde su nacimiento y que se había exacerbado con la edad; destruyó los cultivos de flores y malas hierbas y ya nunca intentó ninguna receta floral para transformarse en otra cosa. Simplemente se quedó con ella misma.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Tengo otro relato con el mismo tema, lo puedes encontrar aquí https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/11/29/florifagia/

LUIS, MI ABUELO.

«Hay que recordar el vacío entre dos vidas cantando. Con el menor equipaje posible de recuerdos.» Benjamín Jarnés.

Amanece tímidamente sobre el mar y sobre la cubierta del buque de vapor “Sinaia”, Luis otea el horizonte con la esperanza de alcanzar a ver el puerto de Veracrúz. Hay muchas personas en cubierta que como él esperan ansiosos. Tras casi dieciocho días de viaje está emocionado y a la vez nervioso. A sus veinticuatro años siente que ha vivido ya demasiadas vidas y ahora tendrá que empezar otra. Los recuerdos se agolpan en su cabeza y por última vez los deja correr libres, cual caballos salvajes. No intentará suprimirlos, pues tiene la firme intención de que al bajarse del buque los deje en él, o mínimo, se queden archivados y olvidados en un rincón de su mente, de lo contrario teme que quizás no tenga la fuerza necesaria para continuar.

Buque de vapor Sinaia 1924-1946

Recuerda su infancia en el risueño pueblo de Guadix, un pueblo granadino a los pies de Sierra Nevada, con veranos cortos y cálidos e inviernos largos y demasiado fríos. En su familia, los hombres se habían dedicado siempre a reparar trenes y él mismo era un excelente mecánico ferroviario. De la mano del recuerdo le llega el olor a fierros engrasados: el olor de su taller.

Pueblo de Guadix, Granada, Andalucía, España. Photo by Jorge Segovia on Unsplash

En algún momento decidió dejar sus trenes y seguir los pasos de su hermano mayor Ginés en cuanto a política e ideas, y al estallar la Guerra Civil Española la vida los sorprende del lado perdedor. Ginés es apresado y condenado a muerte, pero la pena es conmutada por treinta años de prisión. Las lágrimas se agolpan en sus ojos y una gota salada resbala por su mejilla al recordar a su madre que perdió dos hijos de golpe.

Sus compañeros y amigos caídos en batalla, son los fantasmas que con más ahínco quisiera dejar sobre la cubierta del Sinaia; pero sospecha que siempre que mire su brazo izquierdo, chueco a consecuencia de una herida mal soldada, les recordará siempre.

mi abuelo (flecha) y algunos de sus compañeros

Perdido todo ya, logra pasarse a Francia y es recluido junto con muchos compatriotas: hombres, mujeres y niños en el campo de concentración de Argeles Sur Mer en la región del Rosellón en Francia. El infierno en la playa, pues las condiciones habían sido horribles: sin servicios, sin comida, sin un techo y a merced de los elementos. De esa etapa, nunca olvidará el viento, cortante como navaja afilada, la terrible humedad y los numerosos muertos en los primeros días de ese campamento infame. Una cosa era morir peleando y otra morir en esas circunstancias indignas.

refugiados españoles llegando al playón que se convertiría en campo de concentración en Argeles Sur Mer Francia.

El Sinaia, repleto de refugiados, zarpó del puerto francés de Sette el 25 de mayo de 1939 y al poderse contar entre sus pasajeros había logrado rehuir un destino incierto: unirse al ejército francés contra los nazis o regresar a España donde lo esperaba la muerte. ¡Había sobrevivido a tanto!, incluso a la travesía por mar que no estaba resultando fácil. Era un barco pensado para seiscientas cincuenta personas y estaba transportando mil quinientas noventa y nueve. Las condiciones eran de hacinamiento, la comida no abundaba y el estado anímico no era el mejor para nadie. Para distraerse había sabido hacerse útil en la cocina donde ofreció su ayuda. Ahí aprendió algunas cosas del oficio que estaba seguro le servirían de una u otra forma.

El Sinaia pasando por el estrecho de Gibraltar, para muchos, no volverian a estar tan cerca de España.

«¡Tierra! ¡Tierra! ¡México!», el grito cortó de tajo sus pensamientos y forzando un poco la vista tuvo el primer atisbo de su destino: las luces del puerto de Veracruz que recién despertaba a la vida cotidiana aunque ese día resultaría ser extraordinario.

Durante la travesía algunos pasajeros, intelectuales distinguidos, habían organizado un pequeño periódico donde gracias a un mimeógrafo se plasmaban las últimas noticias del mundo recibidas por radio y se organizaban conferencias para divulgar información básica sobre el país que les acogería. Luis no había sido indiferente a estos llamados para tratar de comprender a la nación que les recibía y a su gente. Pero nada lo había preparado para la bienvenida que el gobierno de México y los veracruzanos les tenían preparada: gritos de júbilo, aplausos, porras, mantas de bienvenida. El ambiente era festivo.

Llegada del Sinaia al puerto mexicano de Veracruz
Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

Tras ese cálido recibimiento, Luis se sintió sereno y confiado. Pasadas las once de la mañana, fue su turno de bajar del Sinaia a quien en silencio le dio las gracias, mientras ponía pie por primera vez en tierras mexicanas.

Nunca más regresaría a España.

Fin.

Esta entrada me resultó muy emotiva por contar la historia de mi abuelo a quien yo conocí de pequeña. Sus motivos, ideas políticas y elecciones tuvieron consecuencias para él y para mucha gente que se cruzó en su vida en esas circunstancias terribles. Soy consciente que en ambos bandos hubo pérdida de vidas humanas e historias desgarradoras.

En su futuro estaba casarse con una mexicana y tener cinco hijos, uno de los cuales murió en su infancia. Hizo su vida en México y siempre tuvo un reconocimiento especial para Lázaro Cárdenas el presidente Mexicano que les abrió las puertas del país. Nunca se acostumbró a las cosas picosas de su nueva tierra. En la familia aún preparamos los Pulpos en su Tinta que aprendió a hacer a bordo del Sinaia. Yo recuerdo vívidamente su brazo chueco. Como buen mecánico, una vez nos hizo un buggy.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

FLORIFAGIA

Devorando flores

Photo by Sabina Tone on Unsplash

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era como si cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?, anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa, pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un colibrí descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nos fuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó este cuento puedes compartirlo o rebloguearlo. Sólo te pido darme crédito como su autora y si es posible mencionar este blog. ¡Gracias por leer!

Tengo otro cuento con la misma temática por si gustas pasar: https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/12/04/florifagia-ii/

https://bloguers.net/literatura/florifagia-devorando-flores/

ALIMENTANDO A LAS CARPAS

El discurso hueco de su padre le resultaba de lo más irritante y sin embargo, arrancaba lágrimas a los asistentes. Más de uno tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse los ojos y sonarse la nariz haciendo ruidos infames. El orador cautivaba a su audiencia y los sumía a todos en un estado de mortificación difícil de superar. A todos menos a él, que lo conocía y sabía de su propensión crónica al abandono. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había visto antes de esto? Tristemente no podía recordarlo.

Decidió dejar la ceremonia para caminar un poco y encontró un estanque. Le llamó la atención un pedazo de pan en el piso y lo recogió; alguien había estado antes alimentando a las carpas japonesas que vivían en él. Comenzó a aventarles migas de pan.

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Observó fascinado cómo los peces, cual flechazos de fuego, se abalanzaban para ganar la recompensa. De repente oyó música de mariachi, escogida por su padre. Él hubiera preferido música clásica alegre, quizás Vivaldi. Echó un último vistazo al estanque, ahora tranquilo después del frenesí. Extrañamente sintió que debía regresar al ataúd y ser uno con su cuerpo una vez más. Una especie de despedida en medio del frío cobijo de la tierra. Sería por poco tiempo pues tenía pensado regresar a terminar de darle de comer a las carpas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EL ÁNGEL

Un ser celestial encuentra un motivo para no regresar al cielo.

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El ángel se deshizo rápidamente de toda la parafernalia angelical: alas, túnica, aureola, todo fue a dar a la basura. Y aunque no quería ser más un ángel decidió conservar la cuerda dorada con que anudaba su túnica. Se maldijo por ser tan débil y fue a sentarse a la orilla de la carretera.

Llamó la atención de Perla de inmediato y ¡cómo no!: un hombre hermoso, desnudo, salvo por un resplandor dorado en la cintura. La chica detuvo su auto compacto y bajó el vidrio para hablar con él. Pacientemente le explicó que si la policía lo veía, se lo llevaría preso por faltas a la moral. Le preguntó qué le había pasado y si lo podía llevar a algún lado, pero aquel ser parecía tan desorientado que tomó la decisión de llevarlo a su casa. Hizo todo lo que su madre siempre le había dicho que nunca hiciera, pero algo había en él que le transmitía tranquilidad.

Lo alojó en el cuarto extra que tenía su departamento y le dio algo de ropa de hombre que su ex pareja había olvidado recoger. Aunque no era la talla exacta, le sirvió. Aquella noche Perla no pudo evitarlo, se sentía atraída hacia aquel hombre misterioso. Entró a la habitación donde el ángel se encontraba adormilado y se deslizó en la cama. Él parecía completamente desconcertado ante los embates de besos y caricias de la muchacha, pero poco a poco comenzó a responder, primero torpemente y después con una pasión que él mismo no sabía que tenía; pero que encontró maravillosa.

Al otro día le despertó el delicioso olor a café que Perla preparaba en la cocina y de repente recordó la cuerda celestial que había conservado. Ahora sabía que nunca más la necesitaría pues había encontrado OTRO CIELO.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

RECUERDOS – Microcuento

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Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa. Deambuló de aquí para allá, pero le atrajo especialmente la calidez que emanaba de la cocina y que abrió la llave a los recuerdos:

Le vino a la mente el postre de higos en almíbar que le preparaba Isabel y que tanto le gustaba; la deliciosa sensación que dejaban en su cuerpo de hombre las caricias, como aleteos de paloma, que le prodigaba aquella maravillosa mujer. Recordó también cómo le gustaba perderse en esa mirada de un azul deslavado que a ratos se asemejaba más al gris. «Es que llegué tarde a la repartición de color», solía decir ella a manera de explicación y ambos reían.

Un fuerte ruido interrumpió su remembranza. De repente de todos lados le llovían golpes. Era Isabel, sus ojos azul-grisáceos relampagueando de furia y queriéndolo sacar a escobazos. Tuvo que hacer gala de toda su pericia y agilidad para poder huir.

«Esto de reencarnar en gato tiene sus ventajas» pensó, mientras se alejaba a toda prisa.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

DESEO – Microcuento

Cuando el deseo se hace insoportable sólo quieres llenarte de placer.

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Él todavía se encontraba sentado frente a su monitor de trabajo cuando la idea comenzó a gestarse en su cabeza. Sintió mariposas volando en su vientre solo de imaginar lo que haría al llegar. Una rápida mirada al reloj de la oficina le confirmó que la hora de salida se acercaba.

Durante el trayecto a casa no pudo evitar mojarse los labios en anticipación. Sus dedos temblaban de imaginar el primer contacto. En un cruce estuvo a punto de saltarse el semáforo por lo que tuvo que frenar de improviso y casi causa un accidente. Su ensoñación se vio interrumpida por los bocinazos de protesta y los insultos hacia su persona. Trató de concentrarse hasta llegar a su destino pero era difícil. El deseo lo dominaba.

Cuando por fin pudo bajarse del auto y abrir con manos temblorosas la puerta de su morada, la vio a lo lejos: Hermosa, erguida e imponente, esperándolo. Dejó caer sus cosas ahí mismo: portafolio, llaves y saco acabaron en el piso de madera. La urgencia ya era incontrolable. Buscó torpemente lo que necesitaba y con movimientos lentos y suaves la descorchó.

«Abrir una botella de vino es lo más parecido a tener sexo… sin sexo» pensó, mientras servía el rojo líquido en una copa y después mojaba su boca explotando de placer.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Historia de Amor – Microcuento.

Amores aparentemente imposibles que sobrepasan el tiempo.

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«Pueblo chico, infierno grande», dice el dicho popular. A las pocas horas de haberlas encontrado a punto de morir en la vieja mina, todo el mundo sabía que aquel par de muchachas adolescentes casi pierde la vida buscando quién sabe qué. Las habladurías decían que eran pareja y habían ido a la mina a cosas innombrables. Después de decir tal cosa, las personas se persignaban y pedían perdón a Dios, no fuera que del cielo les mandara una lluvia de fuego y destruyera todo, emulando el episodio bíblico de Sodoma y Gomorra.

Un mes después, ya recuperadas físicamente y además, curadas del susto, (ya nunca volverían a la mina), disfrutaban de un helado en el parque. Sin decir nada, dejaban que sus ojos hablaran por ellas y se juraban amor eterno. Algún día emigrarían a otro lugar menos hostil que su pueblo natal.

Ya adultas, bien entradas en la tercera edad, recordaban aquel incidente entre risas y banderas, mientras marchaban, tomadas de la mano, en el día del orgullo gay 2045.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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