
Tras un despegue algo accidentado —nos perseguían los esbirros del rey— mi padre, mi hermano y yo logramos alzar el vuelo.
Si me hubieran preguntado antes mi parecer, jamás habría dado datos estratégicos a esa pareja de tontos enamorados. Fue mi hermano Ícaro, quien le sugirió a Ariadna que su novio Teseo podía usar un hilo para salir del laberinto. ¡Con razón el rey Minos estaba fúrico!
Dédalo, que siempre fue un nostálgico, permitió todo. Por eso mismo tampoco quiso dotar a mi hermano de la tecnología con que me había concebido a mí. En vez de darle motores, giroscopio y acelerómetro, le había dado ¡alas de cera!
¿Acaso quería que Ícaro conservara su humanidad? Esa pregunta me trastorna. ¿Qué hay de malo en ser como yo?
Vi la oportunidad: Con mi estrategia de asedio, lo obligué a elevarse hacia el sol. Los gritos de Dédalo urgiendo cautela a su hijo amado se deshilacharon en el viento sin alcanzarlo.
Cuando las ineficaces alas de cera de Ícaro se derritieron, perdió altitud y ganó velocidad. Su ahora minúsculo cuerpo —apenas un punto insignificante—,se perdió entre las nubes. La caída sería letal.
Mi competencia: felizmente eliminada.
197 palabras
Autor: Ana Laura Piera.
Nota: este texto cumple con la condición de ser intertextual porque no nace de la nada sino que se comunica y toma prestados elementos del mito, reinterpretándolos y agregando elementos actuales.
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