Regalo de Navidad.

Cuento corto sobre el poder de los deseos y la fuerza de la familia.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer, casi sin ruido. Un gesto tan natural, querer cortar el agua del mar con los dedos, había causado la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya se había alejado del lugar donde mi hermano había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha y desapareció de nuestra vista. Pasaron unos minutos eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, impenetrable; esperaba, nervioso, el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, mostraba la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios: respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo nos acercaba a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, pero al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad, pues los rastros de la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido; el tiempo al fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo, lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot con apariencia infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de un insecto, y apenas sobresalían la pelvis y el pecho. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se encendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido, pero no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos antes de caminar hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio, su cuerpo emitió un resplandor rojizo.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo —otra vez aparecieron las luces azules—, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza fría al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo intentó dominar su emoción y nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Autor: Ana Laura Piera.

Este cuento fue publicado originalmente bajo el título «El Regreso», el 17 de diciembre de 2021. Hoy lo comparto nuevamente.

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El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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Planes de Navidad.

Mi participación en el VadeReto del mes de Diciembre 2024. La única condición es que el relato contagie amor, empatía y solidaridad.

Esa mañana de diciembre, Lucía juntó todas sus fuerzas para salir de su departamento y comprar las pastillas para dormir que le hacían falta. Hacía frío y el viento estaba tan fuerte que hacía aullar los árboles. Alzó la vista buscando al sol, pero el cielo era un lienzo borroneado con grises. Los días por venir se sentían como una losa y estaba muy cansada. «Un último esfuerzo» —pensó, e instaló en su rostro una fachada de alegría y despreocupación para poder entrar y saludar a la dependienta de la farmacia, como si nada estuviera ocurriendo.

—¿Pastillas para dormir? ¿Quién quiere dormir en estas fechas? ¿Ya fue al centro por la noche? ¡Han adornado todo precioso! ¡Con muchas luces! ¡Y hay muchas ofertas también!

Al entregarle el medicamento añadió con voz de comercial: «¡Feliz Navidad!»

—¡Feliz Navidad! —respondió Lucía con una amplia sonrisa en la cara, que se desdibujó de inmediato al voltearse en dirección a la salida. Caminó un poco por la calle y en una esquina vio un puesto de adornos navideños, al mirarlos de reojo, hubo uno que captó su atención.

A Lucía la Navidad no le agradaba. Es más, ni siquiera pensaba «estar» para esa fecha. ¿Qué hacía entonces ella admirando un adorno navideño? Aquella casita de cerámica azul, que cabía en una mano y que tenía una luz interior le pareció extrañamente irresistible. «Al menos no es roja» —pensó y la compró por impulso, aunque todo el camino estuvo a punto de regresarse y devolverla.

Aquella misma noche apagó todas las luces de su departamento y prendió la casita. La oscuridad se desordenó con luces alargadas en forma de cuadrado, proyectadas desde las ventanitas, y desde el minúsculo tejado, salieron estrellas.

Lucía se quedó dormida en el sillón mientras miraba aquel curioso objeto.

La casita por dentro era de madera. Una discreta, pero eficiente chimenea reinaba en la sala de estar. Recostada cuán larga era en uno de los cómodos sillones y con una suave frazada encima, Lucía se sentía extrañamente feliz. Frente a ella un hombrecito bonachón aventó al fuego unos buenos leños y una oleada cálida lo envolvió todo.

—Así está mejor —dijo, y se mesó su larga barba blanca que contrastaba con su tez rubicunda—. ¿Te ofrezco un café? ¿Un té? ¡Quizás un chocolate caliente! Por cierto, me llamo Rafael.

—Estoy bien así, gracias. Yo soy Lucía. Tu casita me parece muy acogedora y confortable.

—¡Gracias! —dijo Rafael sobándose el abultado vientre.

—No sé muy bien cómo es que estoy aquí. No recuerdo cómo entré. Yo soy enorme y este lugar es muy pequeño y tú… tú eres…

—Soy un duende —dijo Rafael muy orgulloso—. Supongo que estás aquí por la magia que abunda en estas fechas.

—Nunca me han parecido especiales estas fechas —dijo Lucía y sus ojos verdes se ensombrecieron.

—Tonterías. Hubo un tiempo en el que hasta «olías» la Navidad. Espera…

Rafael aplaudió dos veces y el ambiente se llenó de un olor especial: una mezcla de notas de pino, especias, dulces típicos, y galletas recién horneadas.

—¡Sí! Ahora lo recuerdo, pero ¿tú como lo sabes? —preguntó Lucía aspirando aquel aroma mientras los recuerdos de su niñez se agolpaban en su cabeza.

—Bueno, soy un duende especial —dijo guiñándole el ojo—. Sé que antes disfrutabas la Navidad y ahora te causa desazón.

—La disfrutaba de muy niña. Al crecer dejó de ser una festividad divertida: el alcoholismo de mi padre siempre nos amargaba el momento, murieron mis abuelos, la familia se fracturó. Para mí son días muy tristes, siento que no tengo fuerzas para afrontarlos y no puedo hablar con nadie de esto porque pareciera que es un sacrilegio no estar feliz. Además, no tengo a nadie con quien compartir, no me casé, no tuve hijos, estoy muy sola.

Rafael se sentó junto a ella y la miró con bondad.

—Tú y yo éramos hasta hace unos minutos unos perfectos desconocidos y ahora estamos aquí, compartiendo, y eso se siente bien, ¿no?

—La verdad es que sí. A ver, cuéntame más de ti —dijo Lucía. Rafael sonrió.

—Bueno, cada Navidad hay objetos y seres mágicos que se distribuyen por el mundo, como esta casita, como yo mismo. Nuestra misión es ayudar.

—¿En serio? ¿De dónde vienen o quién los envía?

—Eso es un secreto y no puedo revelarlo. Ahora mira, me gustaría que intentaras hacer algo diferente en estas fechas. Compartir un poco de tu tiempo con alguien que lo necesite. ¿Lo harías?

—No estoy segura, además ya tengo «planes» para la noche de Navidad, pero lo pensaré.

—¡Que lo pienses ya es algo! —dijo Rafael entusiasmado y le dio unas palmaditas afectuosas en la pierna que resultaron ser un poquitín fuertes.

Lucía abrió los ojos y se sobó la pierna. Seguía sentada en su sillón y enfrente tenía la casita iluminada. Aquel «sueño» se había sentido muy real, también había sido extraño, aunque agradable. Hacía mucho que no soñaba lindo. Se levantó para observar la casita de cerca, el interior estaba vacío excepto por la pequeña bombilla. Intrigada, esa noche dejó migas de galletas y unas gotas de leche en unas tapitas de refresco, junto a la casita. Al otro día sonrió al ver que no quedaba nada de lo que había dejado y a partir de aquel día, siempre dejó algo de comer o beber.

Decidió cambiar sus planes para la Nochebuena: la bolsa con las pastillas las donó a una clínica. Ahí mismo vio un cartel solicitando voluntarios para preparar y servir la cena de Navidad a personas sin hogar, no lo pensó mucho y se apuntó. Aquel año y los subsecuentes, no la pasó sola, la pasó sirviendo a otras personas y departiendo con otros voluntarios como ella. De ese modo, Lucía volvió a sentir el espíritu Navideño.

Autor: Ana Piera.

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El Gran Viaje. Microrrelato.

Desde su blog, Lidia Castro Navás nos invita a crear un microrrelato a partir de la siguiente imagen, donde deberá estar incluído el elemento del dado (bastón) y opcional que aparezca en la historia algo relacionado con el cheque: el año de su invención, su inventor o el propio cheque. Todo en cien palabras o menos. Dado que inicia un mes de lo más amable, dejamos atrás los temas sombríos.

Para ir al reto de Lidia, da clic AQUÍ

Había llegado diciembre, pero el cheque de su exmarido, no. «Sinvergüenza»—pensó. Entonces se montó en el vehículo y decidió irle a reclamar la pensión. Fue por aire y por tierra hasta llegar al Polo Norte, donde se encontró al Sr. Claus muy ocupado preparando su Gran Viaje. Se bajó y alistó el bastón para darle unos buenos bastonazos al viejo gordo. —¡Sabía que vendrías! —dijo él y, esquivando los golpes, le plantó un sonoro beso. —Ven, ¡Ayúdame como antes! ¡Te extraño!

Esa Navidad todo estuvo más organizado y nadie en el mundo se quedó sin regalo.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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EL VIAJERO DEL TIEMPO

Haz clic en la imagen para visitar el Tintero de Oro, también puedes participar.

Le bastaba con pensar en una fecha y lugar y la esfera programaba las coordenadas de destino. Así, Sindri viajó por el universo utilizando atajos en el espacio-tiempo, sistema perfeccionado en el año 3050.

Destino: Roma, noche del 24 de diciembre, año 50 a.C.
Era la celebración de las Saturnales, las fiestas paganas en honor a Saturno, el dios de la agricultura. Antes de salir de la esfera, imprimió la vestimenta propia de la época: túnica y toga, para no desentonar.

La ciudad estaba engalanada con adornos y luminarias. Sus habitantes, jubilosos por no tener que regresar más a los campos, se entregaban a los placeres; corría el vino y la comida en abundancia. Se unió a una de las fiestas callejeras, patrocinada por un hombre rico llamado Gayo Pompeyo. Tras el banquete, Gayo lo llevó a su lujosa villa donde fue testigo del intercambio de regalos entre familiares. Le propusieron quedarse esa noche y celebrar el día 25 el «Natalis Solis Invicti», fiesta asociada al nacimiento del dios Apolo. Amablemente, declinó y se despidió de los anfitriones. En un lugar solitario llamó con el pensamiento a la esfera. Dentro de ella dictó algunas observaciones:

«Con esta visita confirmo que esta tonta tradición que ha perdurado hasta nuestros días tiene orígenes paganos».

Belén, noche del 24 de diciembre, año 6 a.C. *
Salió vestido de pastor, pero no encontró a ninguno pues hacía demasiado frío para sacar al rebaño a pastar. Regresó feliz al vehículo, donde calentó su aterido cuerpo y dictó: «El nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre es una falacia y lo hicieron coincidir con una fiesta pagana. Debió nacer en primavera o verano».

Ahora la esfera buscaría gente emparentada con él, en diferentes épocas. Les visitaría y trataría de disuadirlos de celebrar algo que no resistía un mínimo de análisis histórico.

Londres, 24 de diciembre, 1860:
Con abrigo y sombrero de copa Sindri parecía un londinense más. Buscó la dirección de su parentela, sin éxito. Contrariado fue a sentarse en un banco. No había mucha gente, la mayoría ya estaban en casa para la tradicional cena. Una mujer iba muy apurada y al verle solo, le ofreció pasar la noche con su familia. Aceptó. Dentro de la casa cuatro niños revoloteaban alrededor de un árbol ricamente adornado. El marido, un hombre agradable, le convidó una bebida con vino, frutas y canela, para el frío. La cena fue abundante y deliciosa, antes del postre todos abrieron un paquetito personal, jalando de unos cordones en los extremos; al hacerlo saltaban regalitos en medio de una pequeña explosión que lo sorprendió e hizo que todos se desternillaran de risa. Su obsequio fue una nota que le deseaba buena fortuna. Acabada la cena se despidió, desconcertado por lo agradable de la velada. Hubo alusiones cristianas, pero más que nada se trató de una fiesta familiar. Era hora de regresar a la esfera.

Londres, 24 de diciembre, 1941:
Esta vez sí encontró la dirección. Le abrió una mujer de rostro triste, quien explicó que el hombre que buscaba, su esposo, estaba en el frente de batalla. Sindri fue invitado a cenar. No había árbol ni decoraciones ostentosas. La comida era escasa, aun así la compartieron con él, cosa que lo conmovió. Hubo una oración de agradecimiento y pidieron por la seguridad del padre ausente. Observó que los hijos, dos traviesos pelirrojos, no recibieron regalos. Regresó al otro día con algunas cosas impresas en su esfera: ropa para toda la familia y juguetes. Jamás olvidaría aquellos rostros de gratitud.

Decidió que haría una última parada, su celo por acabar con la tradición navideña en la familia se desvanecía. No había tenido corazón para aguar los festejos de nadie con sus diatribas. La fiesta despertaba sentimientos y actitudes nobles en todos, ¡incluso en él mismo!

México, 24 de diciembre, 2033. Sus parientes vivían en un precioso rancho de la Sierra. Gente hospitalaria, lo acogieron también.

Esta vez sí se animó a soltar los datos recopilados en sus viajes por el tiempo, sin revelar que él venía del futuro, y cuestionó la validez de la celebración. El patriarca de la familia, Don Artemio, lo miró con interés y le dijo que no importaba si no había rigor histórico. «El asunto es que nació y esta fiesta conmemora ese día». «¿Y qué me dice de los orígenes paganos de las fechas?» El hombre se encogió de hombros con esa sencillez de la gente que no se complica mucho. Luego lo invitó a bajar al pueblo para ir a repartir regalos y comida a la gente más desfavorecida. Hicieron una escala en la iglesia donde su anfitrión insistió en entrar unos minutos. Esto último incomodó a Sindri pero se resignó. Más tarde, el rancho se llenó de parientes y nuevamente una grata atmósfera familiar lo envolvió todo con abrazos, risas, brindis y mucho tequila.

Dictó sus últimos apuntes: «He decidido no perseguir ya mi idea de desterrar la Navidad. Entiendo ahora que más allá de lo que se celebra, estas fiestas sirven para unir a las personas, sacar lo mejor que hay en ellas y eso por sí solo bien vale la pena el festejo». Con una sonrisa el viajero del tiempo pensó en la noche de Navidad del año 3050 y regresó a casa, a tiempo para unirse a la celebración.

891 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

*Nota:

«Ateniéndonos al registro de Flavio Josefo y a las repetidas menciones al rey Herodes, es más seguro tomar como referencia válida la que señala el nacimiento en vida de este rey y, por lo tanto, situarlo alrededor del año 6 a.C. La fecha incorrectamente considerada como año 1 fue establecida -ya fuera por accidente o intencionadamente- en el siglo VI por un monje bizantino llamado Dionisio el Exiguo, quien diseñó un nuevo sistema de datación de los años para separar la era pagana de la cristiana: el Anno Domini -“año del Señor”, es decir, del nacimiento de Jesús-, en sustitución de la datación romana ad Urbe condita -“desde la fundación de la ciudad”, es decir, de Roma.» fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-ano-nacio-jesus-segun-historia_15207

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HISTORIA SECRETA DEL VIEJO DE ROJO

Lo que no sabíamos del buen «Santa»

(Historia no apta para menores de edad, esto no es un cuento infantil. Es una sátira Navideña)

Una fría mañana en el Polo, en vísperas del «Gran Viaje», Santa Claus se dio cuenta de que uno de sus preciados renos había desertado. El asunto le dolió en el alma, no tanto por el aprecio al animal sino porque el reno fugado era uno de los pocos que conocían su “historia secreta”. Ahora que los medios pagaban buen dinero por chismes de la farándula, temió que sus intimidades le dieran la vuelta al mundo. No estaba tan equivocado.

Conocí a Rodolfo en un bar de mala muerte en la ciudad rusa de Kirovsk, al norte del círculo Polar Ártico. Aceptó hablar conmigo a condición de no tomar fotos, pagar unas cuantas rondas de vodka y darle el dinero suficiente para viajar más al sur. «Un lugar calentito, donde pueda andar en pantalones cortos» —me dijo.

Desde su fuga había cambiado bastante; el hechizo con que Santa mantenía a todos los renos «apentontados» había desaparecido y frente a mí tenía a un enano negro. Se caracterizan por una barba de color negro azabache y una piel del color de la nieve más pura. De su antiguo estado como “Rodolfo el Reno” solo conservaba la nariz roja, aunque por el tufo a alcohol que despedía, pensé que más que por el frío, su «peculiar nariz» se debía a la infinidad de tragos que traía encima.
Olfateando una gran exclusiva, inicié la entrevista preguntándole si los renos de Santa eran todos enanos hechizados como lo había sido él.

—Mira, el grupo de renos del «Viejo de Rojo» —así le decimos todos los que lo conocemos en persona— fuimos una banda de enanos mal portados: fumadores, adictos al sexo y a las fiestas. Fuimos desterrados de nuestro reino y condenados a ser sus servidores, ese fue nuestro castigo.

Otra de las cuestiones que abordé era si Santa era un hechicero o tenía conocimientos sobre el tema; pregunta lógica dadas las circunstancias de sus ayudantes. En ese momento el camarero se hizo presente con las bebidas y traía también un típico pan aromático que Rodolfo rechazó con un gesto.

—No es hechicero, pero un ancestro de él sí lo fue y conserva un libro de artes oscuras que en su familia han venido conservando de generación en generación. Cuando vio que éramos demasiado rebeldes para ayudarlo, decidió lanzar un encantamiento que nos convirtió a todos en renos. Por cierto que el viejo vendió ese hechizo por muy buen dinero y próximamente va a salir en una serie épica de Netflix que va a opacar todo lo visto hasta ahora. ¡Imagínate, no serán efectos especiales sino algo real!

Hice una anotación mental para averiguar más sobre la dichosa serie. Ante la pregunta inevitable de cómo había logrado escapar y se encontraba ahora en Kirovsk contestó:

—Aproveché un descuido del viejo. En vísperas del «Gran Viaje», (la gira mundial anual repartiendo regalos), al pobre hombre le entraron unas ganas inmensas de platicar. Desde que su mujer lo dejó por “voyeur” —últimamente le gustaba mirar dentro de los iglús a horas inapropiadas de la noche; los esquimales casi lo linchan— al viejo le entró una nostalgia enfermiza y como siempre he sido yo su paño de lágrimas…

—¿Su paño de lágrimas? —interrumpí —¿Cómo podías platicar con él siendo tú un reno?

—El viejo me daba un bebedizo, mezclado con un poco de vodka y en cuestión de minutos el embrujo que hacía que yo fuera un animal, comenzaba a desaparecer hasta que dejaba de serlo. Entonces nos poníamos a platicar y a beber como cosacos, y él me confiaba sus cosas. La última vez que esto sucedió, decidí escaparme, y así en cuanto sentí que podía discernir entre derecha e izquierda, aproveché que el viejo había ido a hacer pis y me fugué.

Al ver que Rodolfo ya había terminado la ronda de vodkas, le hice una seña al camarero para que trajera otra. Decidí lanzarle una pregunta inofensiva y le pregunté cuál había sido el último gran disgusto de Santa.

—No estuve presente, pero seguro que cuando descubrió mi fuga debió ponerse como energúmeno. Pero bueno, si he de recordar algún otro momento, creo que jamás lo vi tan enojado como cuando Luis Miguel sacó su disco “Navidades”. Cuando escuchó “Santa Claus está en la Ciudad” se puso como loco, gritó que solo faltaba que el fulano sacara un sencillo titulado “Pimpón es un Muñeco” y que prefería mil veces a Raphael con “El Niño del Tambor”.

Sonreí. Venía ahora una pregunta que, dado el nivel de alcohol que Rodolfo ya traía en la sangre estaba seguro me respondería sin empacho.

—¿Cómo es Santa en la intimidad?

—Muy tierno y cariñoso… ¡Eh!¡No! ¡No pongas eso!

Decidí entonces pedirle que para entender mejor la personalidad de Santa me detallara lo que había en su mesita de noche y debajo de su cama. Medio atolondrado ya por los vodkas contestó:

— A ver, mesita de noche: viagra, una revista Play Boy del año del caldo, una tanga que usó un verano en la playa, cuando tenía 20 años. Un retrato de sus papás y hermanos jugando en la nieve; una foto de la Tierra tomada desde la Estación Espacial Internacional. Debajo de su cama: unos calzones olvidados tamaño “casa de campaña” de la Sra. Claus. Una noche de copas se quedaron ahí atorados y no han vuelto a ver la luz del sol. También hay unas trusas de hombre —seguro, segurísimo son de él—, unos patines de hielo, pues adora patinar, también una caja llena de fotos de niños de todo el mundo. ¡Ah! y su AB Shaper para bajar panza, que por cierto jamás ha vuelto a usar después de una breve sesión de 5 minutos.

—¿Y tú cómo sabes tanto?

Con voz pastosa de borracho y con la lengua ya estorbándole en la boca contestó:

—Ah, este… Bueno es que yo era personal de confianza, no sindicalizado. Mejor ya no sigas preguntando…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Esta historia la publiqué originalmente el 21 de Diciembre del 2006. Le he dado una «manita de gato» para actualizarla un poco.