Río

Cuento corto de lealtad y terror.

Mi propuesta para el VadeReto de noviembre: hacer un relato de terror «clásico».

Cuando salí de mi casa la noche era tibia y serena. El resplandor plateado de la luna llena iluminaba mis pasos. Rumbo al cementerio, metí mi mano en uno de los bolsos de mi saco hasta encontrarme con la cajita de madera que contenía las cenizas de Río. Mi tío le había puesto ese nombre porque decía que ese perro, con su energía inagotable, era como un torrente, siempre fluyendo, siempre en movimiento.

Habían pasado semanas desde su muerte y yo ya no quería dilatar más el cumplir la promesa hecha a su dueño de reunirlos. Conforme me iba acercando al panteón se levantó un aire frío y endemoniado que cortaba la piel como cuchillo. Los árboles crujían protestando por aquellos embates helados. Jirones de nubes negras ocultaron la luna sumiendo todo en la casi total oscuridad. «¡Qué mala suerte!» Estuve a punto de darme la vuelta y regresar a casa, pero la cajita de madera parecía quemarme la mano, obligándome a seguir.

A esa hora de la noche, el vigilante del cementerio estaría dormido, no me haría preguntas incómodas. Tampoco habría miradas indiscretas de personas que me vieran enterrando a Río, lo cual estaba prohibido. ¡Hasta podrían quitarme las cenizas y multarme! Saqué una pequeña linterna de bolsillo y me adentré en el camposanto buscando la lápida de Andoni Riera.

Seis años antes, yo había estado presente en su funeral, junto con su perro, y por ello había estado seguro de que podía encontrar la tumba, pero ahora dudaba. De repente, la luna llena se despojó de su sudario de nubes e iluminó todo con su luz blanquecina, en ese momento, un aullido rasgó la noche y me heló la sangre: ¡un lobo! No había pensado en la fama que tenía el lugar de ser guarida de lobos. Tenía que darme prisa.

Ayudado por la luna, me pareció ver más adelante lo que buscaba: un monumento de granito gris, de líneas puras, sin más ornamentos que una simple cruz. Me acerqué, ¡ahí estaba el nombre de mi tío! Saqué con dedos trémulos la cajita con las cenizas y cavé rápidamente un hueco en la tierra. Otro aullido, esta vez más cercano, hizo que me detuviera en seco. Se oía como la fusión de un grito humano y el aullido de un lobo. Temblando, coloqué la cajita en el hueco y la cubrí lo mejor que pude.

Los bramidos iracundos de la criatura se escuchaban muy cerca. Una sombra abominable se proyectaba sobre las tumbas, el aire olía a piel y excrementos de animal. Yo buscaba la salida frenético, pero parecía que estaba en un laberinto y que cada paso me adentraba más en él. La intensidad de su asqueroso olor me indicaba su cercanía. Me escondí detrás de una lápida y lo escuché pasar, olfateando el aire y deteniéndose justo donde yo me encontraba. Salí corriendo, queriendo escapar de lo que fuera que me estaba persiguiendo; una tumba recién cavada se atravesó en mi camino y caí de bruces. Sentí una respiración pesada sobre mí. Al voltearme, vi a un licántropo que me miraba ávido desde el borde de la fosa: era unas tres veces más alto que un hombre normal, su pelaje era espeso, negrísimo, y estaba erizado por la rabia. Su mandíbula, enorme y grotesca dejaba ver unos colmillos amarillos y babeantes. Levantó la cabeza y aulló una última vez a la luna antes de hacer amago de abalanzarse hacia mí. Fue entonces cuando, como una exhalación gaseosa, Río saltó por encima y se prendió del cuello de aquel ser repugnante. Río no era carne, sino más bien, una ráfaga helada que había logrado detener al monstruo. Este se revolvía furioso de un lado a otro buscando sacárselo de encima. Me incorporé y aprovechando los minutos que el perro me había regalado, corrí hasta traspasar la verja, y con el corazón en la boca, seguí corriendo. No me detuve hasta llegar frente a mi casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de mí. Fue entonces cuando me invadió una sensacion de alivio sin igual y pude musitar «gracias, Río».

En la jornada siguiente, mientras tomaba café, pensé que volvería en otra ocasión al cementerio a visitar a Andoni y a Río, pero sería de día, ¡nunca más de noche! Supe con certeza que el torrente que había sido Río en vida, en realidad nunca se había detenido, había fluído hasta el final para cuidar de mí.

Autor: Ana Piera.

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El Viaje.

Mi participación en el VadeReto de Agosto. La premisa es escribir un relato con el tema: la playa.

Esta mañana, las olas lamen lento la arena dorada, y a ratos, con un poco más de impulso, alcanzan mis pies desnudos, relajándome, y abriendo la puerta a los recuerdos…

En la ruta iba aparentemente sola, nadie más sobre el camino. Lo cierto es que arriba había una procesión de vehículos voladores cuyos ocupantes se asomaban divertidos. La visión de una mujer mayor pedaleando en una anacrónica bicicleta sobre la carretera desierta, no era para menos. Quizás esas personas se burlaban o me veían como bicho raro, pero yo los compadecía, el cielo era tan amplio y, sin embargo, ellos tenían que constreñirse a rutas ya marcadas o les quitarían su licencia de volar. El resultado eran unas filas enormes de esas naves, en ambos sentidos, como largos gusanos arrastrándose lento. No había tanta libertad en el cielo, pero ya pocos querían regresar a la tierra y utilizar las carreteras, que se conservaban para emergencias, y para algunos testarudos como yo, que nunca quise aprender a manejar otra cosa.

De tanto en tanto, Dominga, mi fiel compañera, se asomaba de su canasta para otear con interés el camino por delante, y luego me miraba a mí, quizás asegurándose de que yo aún tenía fuerzas para llevarnos a las dos a donde fuera que íbamos. Yo la acariciaba, hundiendo mis dedos en la tibieza peluda de su cabeza hasta sentir su pequeño cráneo, y ella soltaba un maullido de satisfacción antes de regresar a su refugio debajo de las frazadas mientras yo sudaba la gota gorda. Pudimos haber tomado un transporte público que nos llevara más rápido, pero la idea del viaje en bicicleta, me sedujo. Necesitaba sentirme viva y libre, no pensar en el futuro y apreciar las pequeñas cosas, como el aire en mi cara, respirar aire limpio, y dejar que la naturaleza nos cobijara durante un tiempo. De día viajábamos y de noche acampábamos donde podíamos.

Cuando iniciamos el recorrido, tres semanas habían pasado desde mi última consulta médica. En un consultorio de asépticas paredes blancas, un androide-doctor de rostro inexpresivo me explicó que, de todas las enfermedades posibles, me había tocado la única que ha sobrevivido el paso de las épocas y que a pesar de los grandes avances en medicina, muchas veces sigue siendo incurable, como era mi caso. Me despedí asegurándole que pensaría sobre las opciones ofrecidas, siendo la mayoría, cuidados paliativos. Lo que realmente hice fue comprar la bicicleta en una tienda de antigüedades, equiparla, y empezar un recorrido para ir a conocer la playa al lado de Dominga. No estaba dispuesta a dejar que un cáncer insidioso me lo impidiera.

A veces tenía la sensación de que no teníamos prisa, pues nadie nos esperaba, entonces bajaba el ritmo de mi pedaleo, otras, sentía que debía apurarme, que el tiempo se me iba a acabar y que no alcanzaría a conocer la playa. También me llenaba de angustia pensar que si yo moría en el camino, ¿qué iba a ser de mi gata? La tenía desde que era un cachorro y ya había hecho arreglos para que una de mis amigas se quedara con ella tras mi partida. Para eso, Dominga y yo debíamos hacer juntas el viaje de regreso.

Estando ya muy cerca de nuestra meta, a Dominga le entró un desgano extraño y ya no quiso comer. Dejó de asomarse y permanecía oculta en su canasta. Hubo noches en que debí darle medicina para la fiebre. Quizás un bicho la había picado. Pedaleé con más ahínco, acortando la distancia lo más rápido que podía, pero a duras penas llegó viva a la clínica donde la revisaron y, una vez más, la modernidad nos fallaría a mi gata y a mí, pues ya nada la podía salvar.

Cumplir mi sueño mientras Dominga se me moría en los brazos fue una experiencia agridulce. Nada me había preparado para el encuentro con esa vasta extensión líquida, cuya superficie parecía ser la piel de un ser descomunal. «¡Llegamos Dominga! ¡La playa! ¡El mar!» El cuerpo se me quebró al sentir a Dominga partir. El mar se hizo uno con mis lágrimas. Se me debe de haber notado a leguas la pena, pues un hombre de barba blanca y velludos brazos se acercó y me ofreció ayuda. «Aquí está mi casa» dijo, señalando una casita blanca, tradicional, como las de antes, no las moles giratorias de cristal que tenemos hoy. Entre los dos enterramos a mi gata en su terreno aledaño a la playa. «Espere un momento» —dijo, y desapareció atrás de la casa y cuando regresó traía un ramito de flores recién cortadas para la tumba. Un calorcito arropó en ese momento a mi corazón.

«Me llamo Marcos»

«Soy Lorena» y luego le solté de sopetón: «Y también estoy por morirme».

Marcos no quiso que me fuera, ni yo quise dejarlo a él. La playa ha sido testigo de muchas tardes donde me he refugiado de la muerte acechante en sus labios y en sus brazos de mono. Una sola vez me preguntó si no quería seguir las instrucciones del doctor que me vio previamente, o si quería ver uno nuevo. Le dije que no quería ver a nadie, solo a él y respetó mi sentir. Le he pedido que ponga mis cenizas junto al cuerpo de Dominga, mirando al mar, y que mi bicicleta la regale a alguien que no tenga puestos los ojos en congestionadas autopistas aéreas. Me lo ha prometido. Yo ahora no evito soñar con otros caminos que pronto conoceré, y con suerte, Dominga me estará esperando.

Autor: Ana Laura Piera

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El Asedio.

Mi participación en el VadeReto de Mayo.

Género: Terror. Protagonista: un animal. Tema: horror animal.

—Señora, ahí está otra vez ese animal del demonio.

A través de la puerta de cristal de la cocina, Estela se asomó al pequeño patio de servicio. Sobre el techo del cuarto donde dormía Jovita, su ayudante doméstica, había un bulto negro, erizado, con unos ojos amarillos relampagueantes que la miraban mientras profería un maullido prolongado, fuerte, ronco…

—Hiela la sangre patrona. Cada noche es lo mismo. Creo es una hembra, tiene los pechos abultados, como si estuviera amamantando.

—No hagas caso Jovita. Ya se cansará. No pasa nada.

—Pero…

—¡Que no pasa nada, no seas estúpida!

Jovita torció la boca en desagrado, menos mal que su patrona no se dio cuenta.

El viernes, mientras su empleada le hacía el desayuno, Estela le pidió que no se fuera a su pueblo, como lo hacía cada fin de semana.

—Mira, si te quedas te pago triple —le ofreció con un atisbo de esperanza en sus cansados ojos de vieja.

—Lo siento patrona, debo ir a ver a los míos. Además, me vendrá bien el descanso porque ese animal me tiene muy desvelada.

A las seis de la tarde, pesarosa, Estela vio partir a Jovita. Pensó que debió haberla obligado a quedarse. Quizás hubiera bastado amenazarla con despedirla. Después bajó a la cocina para prepararse un té de tila para los nervios mientras fuertes maullidos y bufidos le llegaban desde fuera.

—¡Vete! ¡Ya me tienes harta! —gritó Estela acercándose a la puerta, con la taza de agua caliente en una mano y la bolsita de té en la otra. Con un movimiento inesperado y violento, el felino saltó desde el techo del cuarto hacia el piso sin dejar de clavarle la mirada. Estela, respingó y dio un paso hacia atrás. Parte del agua caliente se derramó y le salpicó las piernas sacándole un grito. El animal maulló aún más fuerte y golpeó repetidamente el cristal, arañándolo. Asustada, Estela abandonó la cocina dejando el té a medio preparar.

Esa noche ya no cenó nada con tal de no bajar. Se despertaba a cada rato y aguzaba el oído. Fue solo hasta la madrugada que hubo paz.

El sábado por la mañana, desvelada y hambrienta, marcó a la cafetería del barrio y pidió un croissant y un latte. Mientras recibía la comida, sintió que algo pasaba, veloz, entre sus piernas. Miró hacia atrás y le pareció que una sombra oscura subía las escaleras.

—¿Vio eso? —le preguntó alarmada al repartidor, quien negó con la cabeza.

Intranquila decidió desayunar en el elegante comedor que no usaba mas que en contadas ocasiones. Del piso superior no se escuchaba ruido alguno. «Quizás lo imaginé» —pensó, y deseó con todas sus fuerzas que Jovita regresara anticipadamente.

Más tarde tuvo que subir a su habitación. Al entrar, un olor a amoniaco le confirmó sus sospechas, el animal se encontraba dentro de la casa y se había meado sobre su cama. Se le aceleró el corazón. Abrió el clóset y sacó un palo de golf de su difunto marido. Pensó en salirse, irse a un hotel, al menos hasta que llegara Jovita el lunes; sin embargo, la idea le chocaba. ¿Cómo iba a poder más esa bola de pelos que ella? No se iba a dejar correr tan fácil. Envalentonada y blandiendo el palo de golf, fue de cuarto en cuarto, moviendo, no sin dificultad, los pesados muebles, abriendo puertas y armarios, corriendo las gruesas cortinas, sin encontrar nada.

Conforme pasaban las horas del día y se instalaba la tarde, sintió que ya no podía más con la angustia. Buscó su móvil, pero estaba descargado, así que lo puso a cargar. Luego quiso marcar al número de Protección Civil por el teléfono fijo, pero el aparato que había funcionado bien en la mañana, ahora parecía muerto. Revisó la instalación y con horror encontró los cables mordisqueados. Sudó frío.

Aterrorizada, decidió encerrarse en otra habitación para estar a salvo y al menos poder echarse sobre una cama limpia. Tras revisar todo, puso llave a la puerta. Seguramente no pegaría un ojo, todo su ser estaba en alerta. Eran las nueve de la noche cuando escuchó maullidos furiosos, que por momentos parecían los gritos de un ser humano poseído por algún espíritu maligno. También oyó ruido de cosas estrellándose contra el piso. ¡Su vajilla de Limoges! ¡Sus copas de cristal de Bohemia! No podía creer que su casa estuviera bajo asedio. Desesperada, tomó el móvil a medio cargar y marcó un número.

—No sé si me recuerde, soy la señora de Farallón 24, lo llamé la semana pasada, el domingo. Le di una bolsa amarilla, y le pedí que la tirara en algún sitio lejos. ¿Se acuerda? ¿Sí? ¡Qué bien! Mire, necesito que regrese a donde la tiró y vea si me la puede traer de nuevo. ¿Qué? ¿No recuerda el lugar? ¡Haga memoria por favor! ¿Qué tenía la bolsa? Eran unos cachorros de gato, recién nacidos. Sí, estoy consciente de que no han de haber sobrevivido, pero aun así, quizás alguno este vivo. ¿Bueno? ¿Bueno?

¡El desgraciado taxista le había colgado! Fue entonces cuando una pata negra y peluda se asomó por debajo de la puerta. La memoria es extraña, en los momentos menos propicios nos recuerda cosas. Estela recordó cómo el domingo anterior, en un rincón del patio grande, había descubierto a la gata y a sus recién paridos hijos. De entre la camada, Estela había tomado a un cachorro blanco con manchitas negras. La mamá la dejó hacer, parecía bastante mansita. Mientras ella pensaba qué hacer con tantos gatos, la madre se dedicaba a lamer a sus pequeños con amorosos lengüetazos. Nada que ver con el engendro que ahora quería pasar por debajo de su puerta.

Vio con horror cómo, tras la pata, siguió parte del cuerpo. Parecía una mancha negra extendiéndose por el piso. ¡El palo de golf! Lo buscó sin encontrarlo. Se estremeció. La mancha se hacía más grande mientras la gata iba metiéndose a su cuarto en un movimiento imposible, aun para el flexible cuerpo de un felino. En poco tiempo estaba dentro, magnífica, incluso parecía más grande, como una pantera. Sus ojos amarillos estaban fijos en ella. Estela temblaba como una hoja, quiso gritar para que alguien la auxiliara, pero su garganta fue incapaz de articular sonido alguno. El animal maulló retándola, reclamándole por sus hijos. De nada sirve arrepentirse tarde por las malas decisiones. Se oyó un sonido de flecha rasgando el aire. Estela alcanzó a ver a la gata saltando sobre ella y cerró los ojos.

El lunes por la mañana Jovita se encontró una escena espeluznante, su patrona tirada sobre un charco de sangre, con cortes profundos en todo el cuerpo y la cara semi-devorada. No quiso averiguar si estaba muerta, que era lo más seguro. Se santiguó. No tenía que avisar a nadie, pues Estela no tenía familia. Jovita se fue directo a la policía.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista «Masticadores Sur»

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Gato.

Mi participación para el VadeReto del mes de Mayo. Para saber las condiciones del reto te invito a entrar en el link.

Bastet por Fiona Hsieh

«Gato» está nervioso, tiene las pupilas dilatadas, el pelaje erizado y los bigotes rígidos. Sí, su nombre no es muy original, pero desde que lo vi en la basura, en medio de sus hermanos muertos, supe que sería simplemente «Gato», pues como todos los anteriores, pasaría por mi vida de manera fugaz y no había necesidad de buscarle otro nombre. Lo recuerdo claramente: negro como el carbón, famélico y con su diminuta boca abierta, de la cual, a pesar de sus esfuerzos, ya no salía ningún ruido.

Me gusta rescatar michos, a menudo los encuentro abandonados, hambrientos… golpeados. Yo los ayudo y luego les busco una familia, aunque por alguna razón él ha sido el único con el que me he quedado.

—«Gato», ¿qué diablos te pasa?

Saco un sobre de comida húmeda, de esas finas y costosas, para ver si al menos logro que cambie su actitud, mas ni siquiera se acerca a su plato. Me tiro en el sofá, estoy preocupado y me siento impotente. «Si sigue así, mañana temprano lo llevaré al veterinario». Trato de relajarme con ese pensamiento, pero caigo en una somnolencia ligera y fatigosa. «Gato» hace sonidos angustiantes que me despiertan. De repente ya no lo escucho y noto que estoy deslizándome en un sueño profundo cuando una voz, como un trueno en la noche, rompe el silencio:

«¡Abre los ojos!»

Sobresaltado, miro para todos lados y lo que veo me deja de una pieza. Un cuerpo femenino con una cabeza felina. Yo conozco esa cabeza, es «Gato». La figura va vestida de lino blanco y fino, tiene un aire majestuoso y me observa con una mirada amarilla e intensa que me pone los pelos de punta. La imagen me es familiar, ¿en dónde he visto algo parecido?

«Es hora.»

Mi lengua no me responde. Solo puedo pensar lo que quiero decir, «¿hora de qué?» Como si leyera mis pensamientos, escucho:

«De la venganza, y tú me ayudarás»

Ahora la identifico: es la diosa egipcia Bastet. Casi no me lo puedo creer y pienso que estoy bajo los efectos de alguna alucinación o pesadilla; cierro los ojos, pero al abrirlos ahí sigue, magnífica y terrible, no sé que papel juego yo en sus planes, solo sé que seré su fiel servidor.

Autor: Ana Laura Piera

nota: Bastet o Bast es una diosa del antiguo Egipto, adorada desde la Segunda Dinastía (2890 a. C.). Representa la protección, el amor y la armonía. Protectora de los hogares y templos. Fue la diosa de la guerra en el Bajo Egipto, región del Delta del Nilo, antes de la unificación de las culturas del antiguo Egipto.​ Se representaba bajo la forma de un gato doméstico, o bien como una mujer con cabeza de gato.

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LIBERTAD

Mateo se acercaba a la jaula y abría la pequeña puerta; metía su arrugada mano y torpemente iba sacando a los canarios. A algunos los atrapaba entre los dedos y podía sentir su diminuto corazón palpitando aceleradamente; otros salían solos, buscando alejarse de aquella mano vieja como pergamino. El grito de Tita siempre lo paraba en seco:
—¡Viejo desgraciado! ¿Qué haces? ¡Deja a mis bebés!
Lo siguiente que veía era el cuerpo voluminoso de su mujer abalanzándose sobre él, rasguñándolo y mordiéndolo con la virulencia de un zombi. Él sentía el rostro húmedo de sangre y los jirones de piel colgándole de la cara.
—¡Para, para!—gritaba el pobre viejo lleno de dolor.
Y en ese momento, se despertaba.


—Otra vez estabas con pesadillas —decía ella—, ajena a la historia truculenta escondida tras los movimientos y espasmos que su marido experimentaba al dormir.
—Si carajo, pero no seas mala y despiértame—decía él enfadado.
Tita ya no le contestaba, para ese momento se había levantado y se dirigía a atender a sus aves. Había mucho que hacer: destapar y limpiar jaulas, (tenía varias). Cambiar el agua, poner platitos con alimento: normalmente fruta, semillas y a veces hojas de lechuga. Sacarlos a la terraza a que les diera el sol.
—Los atiendes más que a mí, vieja…
—¡Cállate! En la cocina te dejé algo para que desayunes.


Mientras desayunaba solo, Mateo pensaba que era agradable oírlos cantar, más resentía el tiempo que Tita les dedicaba, y además estaba mal tener aves enjauladas, ellas pertenecían al cielo. Le hubiera gustado tener otro tipo de mascota, pero nunca se había atrevido a proponérselo a su mujer. Una cosa era segura: jamás haría realidad la fantasía de deshacerse de los canarios. No quería verla enfurecida como en sus sueños.

Una tarde de cielo azul y limpio, salieron, según era su costumbre, a dar unos pasos al parque cercano. Les tocó ver una parvada enorme de loros. Planearon escandalosos sobre sus cabezas, dieron dos o tres vueltas: una mofa verde y veloz dirigida hacia los que desde abajo les miraban entre asombrados y divertidos.
—¿Viste Mateo?
—No soy ciego, mujer.
—¡Pero si se han vuelto una plaga! Se está tardando el Ayuntamiento en hacer algo, además, qué pajarracos tan feos, prefiero a mis canarios—dijo enfática.
Él no estaba de acuerdo, pero era un hombre prudente (y cobarde), y calló, como callaba siempre.

Otro día en que Tita estaba en la cocina preparando el alimento para los canarios, Mateo oyó de cerca el parloteo de los loros. Salió a la terraza justo a tiempo de ver a tres de ellos sobre las jaulas de los canarios, abriéndolas ayudándose con el pico y las garras. Los prisioneros salían volando como raudas flechas amarillas y anaranjadas. De lejos se escuchaban los lamentos de otras vecinas cuyas pajareras también habían sido abiertas por los “loros libertarios”. Al otro día los noticieros hablarían del suceso.

—¿Por qué no lo impediste viejo de mierda? —le increpó Tita, llorando a moco tendido.
—Pero vieja ¡Fue todo tan repentino! Nada pude hacer, lo siento —mintió. En realidad estaba muy contento, de seguro era el fin de sus pesadillas.

—Vieja, ahora que los canarios se fueron ¿Podemos tener un gato?

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

FRIDA

 Y llegó “Frida”, se trata de mi perrita Chihuahueña, la nombré así por los bigotes que tiene…(Una disculpa, Frida Kahlo donde sea que te encuentres).

Después de algunos años de solo tener a mi gata Nala, (una gatita siamesa adorable), hoy se incorpora a la pandilla esta preciosa perrita. Es una bebé aún, tiene mes y medio de vida y la veo muy chiquita, sobre todo si la comparo con Nala, ¡mi gata está enorme! Aún no las he presentado y espero que cuando llegue ese momento no hagan corto circuito.

Por ahora Frida, como todo cachorro, se la pasa durmiendo, jugando y haciendo pipí y popó por todos lados. Cuando trae la pila bien cargada se pone como loquita, alegre y revoltosa. Espero no le dé por masticar mi ropa interior, morder cables, hacerse pipí en las almohadas o cosas peores. Le he puesto un cascabel para escucharla cuando se acerca y evitar que muera la pobre de un pisotón.

Si alguien tiene un buen consejo para el cuidado de estos perritos se lo voy a agradecer ¡ah! Y también si alguien sabe como hacer para que aprenda a hacer del baño en el lugar adecuado también se lo voy a agradecer mucho (aunque está aún pequeñita quiero ir viendo la estrategia a seguir). La presento…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Actualización 2021: Nala murió hace mucho. A Frida tuvo que aplicársele la eutanasia por cuestiones de salud.

CUENTOS INFANTILES

Combo de mis dos únicos cuentos infantiles, completamente originales.

CALIXTO EL DRAGON

Photo by Anthony on Pexels.com

“No es fácil ser dragón”, pensaba Calixto mientras su mamá lo alistaba para la escuela.

—Mamá, ¿por qué somos dragones?, ¿no podíamos haber sido conejos o caballos?

—Pero Calixto ¿a qué viene todo eso? —dijo la señora Dragón sorprendida—. Ser dragón es lo mejor que te pudo haber pasado en la vida, ahora déjate de tonterías y ve a la escuela.

—Pero no quiero ir mama. La señora hizo como que no había escuchado nada y tomando al pequeño dragoncito suavemente de la garra, lo acompañó a la puerta de la casa.

—Que tengas un buen día, ¡ah!, se me olvidaba, ayer la señora Pato me dijo que te vio volar muy rápido, no andes haciendo locuras pues te puedes lastimar ¿está bien?

Calixto asintió con la cabeza y se preparó para volar a su escuela, no estaba muy lejos y podía ir caminando, pero él prefería volar y ver todo pequeñito desde arriba, era muy agradable sentir el viento rozar su regordete cuerpo, además, cuando tenía muchas ganas, podía hacer algo típicamente dragonil: dejar salir fuego por su boca, algo que solo tenía permitido hacer asegurándose de no lastimar a nadie pues en una ocasión casi achicharra a una familia de gansos en migración.

Cuando Calixto divisó la escuela comenzó a planear cuidadosamente con sus enormes y poderosas alas para lograr un aterrizaje perfecto, pero un viento inesperado lo sacó de balance y toda la escuela lo vio dando maromas por el aire hasta que fue a estrellarse contra la barda del colegio. “Odio ser un dragón” pensó mientras se sobaba todo el cuerpo, al mismo tiempo que pretendía no escuchar las risas y burlas de los demás alumnos.

Calixto era el único dragón en la escuela y eso sí que era algo grave pues casi todos los demás lo miraban como un bicho raro y le decían cosas desagradables, por si eso fuera poco sus papás le habían puesto ese nombre raro: “Calixto”, lo cual era causa de muchas más burlas. Pero lo peor de todo era que el dicho ese de que: “tienes aliento de dragón”, no era un simple decir y toda la escuela había sentido en carne propia el desagradable aliento de Calixto, y no me refiero al fuego que los dragones pueden sacar por sus bocas sino a un terrible olor a podrido que hacía que todos le huyeran y que nadie le dirigiera la palabra. Calixto se sentía muy desdichado y solo pensaba en lo horroroso que era ser un dragón.

El día transcurrió como todos: una rápida sucesión de maestros y materias, algunas interesantes, otras aburridas y otras difíciles. Calixto sin embargo disfrutaba el tiempo que pasaba en el laboratorio de su escuela, donde él y su maestra se habían dado a la tarea de buscar un antídoto contra su mal aliento. La Srita. Ardilla, era muy inteligente aunque algo nerviosa. Se veía muy chistosa con su bata de laboratorio que por cierto le quedaba algo grande y unos enormes lentes de aumento pues era medio miope.

—Maestra ¿cómo vamos? —preguntó muy ansioso el dragoncito

—¡Bien Calixto!, a ver, háblame desde la puerta y no te acerques mucho… Así está mejor. Veamos… He mezclado varias hierbas como menta, hierbabuena y algo de perejil, tal vez agregaré un poco de cáscara de limón y semillas de anís… En fin, tal vez pronto tengamos algo para tu problema.

—Gracias, maestra, no sabe cuánto me urge.

—No te preocupes mi niño, yo te aviso cuando esté listo.

Calixto salió del laboratorio algo más animado, pero como seguía la hora del recreo fue a encerrarse a su salón donde se comió lo que su mamá le había preparado: sándwich de caracoles de río y de postre huevos fosilizados de tortuga. Calixto siempre estaba solo y un par de lágrimas color verde rodaron por sus escamosas mejillas, a veces se asomaba por la ventana de su salón a ver a los demás niños y sentía una envidia terrible cuando observaba a los conejitos jugar con los zorritos y a los venaditos jugar con las ovejitas, ¡hasta los puerquitos tenían con quién jugar! ¡Cómo deseaba dejar de ser un dragón y ser como todos los demás! A menudo la tristeza lo vencía y se quedaba dormido.

De estar despierto se hubiera dado cuenta de que un grupo de niños se acercaba y lo observaba desde el jardín. Los oiría hablar cosas tales como: “¡Mira que cola tan padre!, me gustaría tener una”, “lo que más me gusta es que puede volar, ¡uy, me encantaría poder volar!”, “lo máximo es cuando echa fuego por la boca, ¡es grandioso!” “me gustaría ser un dragón, los dragones son lo máximo” “ojalá pudiéramos jugar con él, tal vez nos dejaría subirnos a él mientras vuela, ¿te imaginas ver todo desde arriba?”

El resto del día transcurrió tranquilo y muy pronto todos estaban a punto de irse a sus casas, entonces, por los altoparlantes se dejó oír un anuncio del director, el Sr. Oso, convocando a todos los alumnos a un concurso de cultivo de hortalizas por salón, el premio consistiría en un viaje del salón ganador a Animalandia, el mejor parque de diversiones de la región. En seguida todos los salones comenzaron a hacer planes para la competencia, y el salón de Calixto no fue la excepción.

—Me propongo como jefe de este proyecto —dijo Dientes, el conejo —todos saben que los conejos sabemos mucho de verduras, propongo que sembremos zanahorias.

Todos estuvieron de acuerdo, pero Plumas, el pato, advirtió:

—Todo esta muy bien, pero quisiera que excluyamos a Calixto, es obvio que los dragones no saben nada de hortalizas.

Calixto se sintió muy, pero muy mal y peor cuando casi todo el salón estuvo de acuerdo, Rosa, la oveja más presumida del salón dijo:

—Además, sería horrible trabajar con Calixto por su mal aliento.

De esa forma Calixto quedó fuera del proyecto, de sobra está decir que aquella tarde se la pasó llorando, encerrado en su habitación, ni siquiera quiso probar la sopa de uñas de rana moteada que su mamá había preparado.

Todos los días, después de la escuela, cada salón se iba a trabajar en sus respectivos huertos y como no dejaban que Calixto les ayudase, pues este se dedicaba a lo que más le gustaba que era volar. Una tarde voló tan alto, que alcanzó a ver una rara flor de color blanco en la cima de una montaña, le llamó la atención por el delicioso aroma que despedía, en seguida pensó que quizá la flor podría formar parte del antídoto contra su mal aliento, con delicadeza la arrancó y volando regresó a su escuela donde entregó su flor a la Srita. Ardilla.

—¡Oh, Calixto, pero qué bien huele!, mmm, creo que se trata de la Flor de Invierno, pero no puede ser, esta flor solo aparece en los inviernos que llegan antes de tiempo, tal vez este año el invierno empiece antes. Bueno, creo que podré sacar la esencia de la flor y usarla en nuestro remedio, ¡bien hecho mi niño!

El entusiasmo por el concurso estaba en su apogeo, pero tal y como la Srita. Ardilla había adivinado, el invierno se dejó sentir apenas unos cuantos días después que se habían sembrado las semillas. Todos estaban muy preocupados pues el frío excesivo podría matar a las plantitas que apenas estaban creciendo. A Calixto no le importaba nada el concurso y el invierno era una época agradable para los dragones quienes no pasaban frío gracias a que sus cuerpos podían generar muchísimo calor.

Una noche sin embargo, mientras dormía, escuchó que alguien le gritaba desde afuera: “¡Calixto, Calixto!” ¡Cuál no sería su sorpresa de ver a todos sus compañeros de clase al pie de su ventana!, se veía que casi todos estaban en piyama aunque eso sí, se habían cuidado muy bien de ponerse abrigos encima pues el frío estaba muy duro.

—Ayúdanos Calixto —dijo Dientes desesperado—, nuestro huerto se ha helado, unas horas más con este frío y nuestras zanahorias se morirán.

Lo primero que pensó Calixto fue que se fueran al cuerno, pero luego recordó lo que sus papás siempre le decían: que no debía pagar mal con mal, sino siempre tratar de perdonar y ayudar. Así que en medio de la noche y después de pedir permiso, se salió volando hacia el huerto. Arriba de él iban Dientes y otros compañeros y por tierra los seguían corriendo los demás.

Fue una noche muy movida, Calixto hizo que todos se alejaran lo suficiente para no salir lastimados y desde el aire y controlando muy bien la cantidad de calor que sacaba por su boca pudo hacer que el huerto se descongelara. Toda la noche estuvo soplando Calixto hasta que el frío menguó y todos pudieron irse a sus casas.

El otro día fue uno de los más felices para Calixto pues todos le agradecieron y le pidieron disculpas por portarse con él como unos tontos. Dientes le dijo que sin su ayuda el huerto hubiera muerto y lo invitó a unírseles. Ese mismo día la Srita. Ardilla le dio a Calixto una botella con unas capsulitas azules, ¡era el remedio para su problema!, en cuanto se tomó una, el mal olor de la boca de Calixto desapareció por el resto del día.

—Debes tomar una diario, y no te preocupes, no afectará tu capacidad para lanzar fuego. También le dijo que de no haber sido por la Flor de Invierno que Calixto había encontrado, no hubieran podido tener el remedio tan rápido.

Gracias a que el problema de mal aliento de Calixto se arregló, todos los niños que querían conocerlo se animaron a hablarle y al final del día había hecho muchísimos amigos. Se sorprendió mucho cuando se dio cuenta de que había algunos niños que lo admiraban. Aquella noche, estando en su cama, Calixto no pensó en lo horrible que era ser un dragón sino en lo fantástico que era ser uno. De sobra está decir que las zanahorias del huerto del salón de Calixto fueron las ganadoras y todos los alumnos se fueron de paseo a Animalandia, y esta vez, Calixto no se quedó atrás.

Autor: Ana Laura Pierra / Tigrilla

BUSCANDO UN NUEVO HOGAR

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Aquel día, “Sugar” una gata siamesa y “Chocolate”, un gato común y corriente, se sentían de lo más felices, ¡por fin habían nacido sus hijos! Para Sugar esta era su primera camada y aunque se sentía algo inexperta, el instinto maternal vino en su ayuda para poder cuidar de aquellos cuatro preciosos gatitos. Ambos miraban admirados a sus pequeños quienes aún no abrían los ojos.

—Estoy seguro de que serán unos gatos preciosos —dijo Chocolate mientras los gatitos se acomodaban para alimentarse con leche de su mamá.

Conforme pasaban los días los gatitos se volvían cada vez más traviesos. El barullo que armaban se escuchaba en toda la casa. Se mordían de mentiritas, se echaban maromas y maullaban de gusto cuando era la hora de la comida. Sugar y Chocolate no tuvieron problema en escoger los nombres de sus hijos: “Rayo” era el más travieso y veloz de todos. Él siempre acaparaba el mejor lugar para alimentarse y manoteaba y empujaba a los demás hasta quedar bien instalado en su lugar predilecto. “Luna” era tranquila y amable, aunque cuando se trataba de jugar rudo con sus hermanos no podía resistir la tentación y entonces dejaba salir su lado travieso; tenía unos hermosos ojos azules iguales a los de su mamá. “Botitas” era el más cariñoso y el más pequeñín. Le habían puesto así porque el pelaje de sus patitas era blanco, a diferencia del resto de su cuerpo que era negro, y por último estaba “Orange”, un gatito tan anaranjado que sus papás estaban sorprendidos pues nunca nadie había salido de ese color en la familia.

Un día, poco después de que los gatitos comenzaron a comer por ellos mismos, sucedió algo muy malo: un joven desconocido llegó y observó a los pequeños con mucho detenimiento, jugó con ellos un buen rato y aunque estos estaban de lo más contentos jugando con el extraño, sus papás presentían que algo andaba mal. Después de un rato, el desconocido tomó a Botitas y se lo llevó. Ninguno comprendía qué había pasado, primero pensaron que Botitas regresaría, pero cuando llegó la noche y no fue devuelto, se dieron cuenta de que se había ido para siempre.

¡Qué dolor sintieron Sugar y Chocolate! ¡Cómo lloraron Rayo, Luna y Orange al extrañar a su hermanito! Sugar no pudo dormir aquella noche pensando en qué había sido de su pequeño, si los gatos pudieran derramar lágrimas ella hubiera llenado una cubeta con ellas.

Pasaron un par de días y nuevamente unos extraños llegaron al hogar de los gatitos, en esta ocasión se trataba de una señora con sus dos hijos, una niña gordita y un niño flaco como un palillo. Estos estaban muy emocionados alzando y cargando a los chiquitines: los apretujaban, les jalaban la colita y las orejas, Rayo, Luna y Orange maullaban de incomodidad. Al final escogieron a Rayo y nuevamente la tristeza invadió el corazón de la familia.

Aquella noche Sugar le dijo a Chocolate que no podría soportar que se llevaran también a Orange o a Luna.

—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó Chocolate.

—Huyamos, es la única manera de salvarlos.

La gente suele pensar que todos los gatos son autosuficientes y esto es cierto de los gatos que toda su vida han vivido en la calle o en estado salvaje. Sin embargo, aquellos a quienes se les ha proporcionado alojamiento, comida y amor, al ser abandonados o perderse, sufren mucho, pues no han adquirido las destrezas necesarias para sobrevivir por su cuenta. Sugar y Chocolate estaban muy conscientes del peligro que correrían si abandonaban su hogar, pero Sugar estaba convencida y entre ambos planearon huír con sus hijos al día siguiente.

En realidad no fue difícil salir de la casa, Sugar tomó suavemente a Luna por el cuello y Chocolate hizo igual con Orange. Esta forma de cargar a sus hijos es muy común entre los felinos y no lástima para nada a los bebés. Cuando se vieron en la calle empezaron los problemas: dos niños que jugaban canicas vieron a los dos gatos y enseguida comenzaron a armar alboroto “¡Miren, unos gatos! ¡Hay que atraparlos!”, otros niños se acercaron y estuvieron a punto de derribar a Sugar con una pelota, la pobre de Luna estaba de lo más asustada por el barullo y los movimientos tan bruscos que su mamá tuvo que hacer para poder escapar. Después de correr un rato encontraron refugio en un terreno baldío, donde se escondieron entre la maleza.

Chocolate estaba preocupado.

—¿Qué pasará si nos encontramos un perro?

Sugar no quería ni imaginarse esa posibilidad, la mayoría de las veces los perros y los gatos no se llevan bien, hay algo en su misma naturaleza que los hace repelerse entre sí y a veces las peleas acaban en heridas serias o en la muerte. Chocolate hizo que Sugar y los gatitos lo esperaran un buen rato en el terreno baldío, su idea era ir y encontrar un lugar donde pudieran esconderse y que fuera más seguro. Las horas fueron pasando y Sugar ya se estaba imaginando que algo horrible le había pasado a Chocolate, pero afortunadamente no fue así y este regresó sano y salvo.

—Ya encontré algo, es una casa abandonada, vamos.

La casa resultó ser un buen escondite, no se veían humanos ni perros a la vista, lo malo era que aquí no habría nadie que les pusiera comida y agua de manera tan cómoda como en su antigua casa. Aquello significaba que Chocolate tendría que salir a cazar, algo que jamás había hecho seriamente. La primera noche, después de mucho esfuerzo, regresó con un ratoncito en la boca, era tan pequeño que apenas si alcanzó para darles de comer a Luna y a Orange, a quienes no les gustó nada la forma y el sabor de su nueva comida.

—¡Guácala!, prefiero las croquetas! —dijo Orange enfurruñado.

Llevaban ya tres días en aquella casa abandonada, mal comiendo y con toda clase de peligros acechándolos. Ese día Sugar le dijo a Chocolate que si querían sobrevivir tendrían que ir a cazar los dos juntos y dejar a los pequeños. Aquella era una dura decisión, pero no tenían alternativa, si no traían más alimento Luna y Orange morirían.

—Tendremos más éxito si cazamos los dos juntos —había dicho Sugar con un nudo en la garganta. Para ella no era fácil dejar a sus hijos solos.

Aquella noche Sugar y Chocolate salieron por comida y Luna y Orange se quedaron atrás. Primero estaban aterrados, pero después se dieron cuenta de que podrían hacer lo que quisieran y el terror cambió rápidamente a emoción. A pesar de las recomendaciones de sus papás de no hacer ruido, los pequeños gatitos se pusieron a jugar a las escondidas y cada vez que uno encontraba al otro armaban una gritería formidable. El ruido no pasó desapercibido para un viejo perro pastor alemán que pasaba en ese momento por la calle.

“Veamos qué sucede aquí” se dijo el viejo perro y cuando asomó su enorme cabeza por el espacio donde alguna vez había estado una puerta, no pudo menos que sonreír ante la vista de aquellos dos preciosos chiquitines que se divertían de lo lindo.

—¿Pero qué hacen ustedes aquí solos pequeños? —preguntó gentil.

Orange y Luna se sobresaltaron, pero las maneras del perro eran tan amables que dejaron de lado todo recelo.

—Nuestros padres salieron a cazar —dijo Luna.

—Están ustedes haciendo demasiado alboroto, niños, traten de no hacer tanto ruido o tendrán problemas. Dicho esto, el viejo perro se dio la vuelta y tomó de nuevo su camino, pero a media calle volvió a escuchar a los gatitos gritando a todo pulmón. «¡Vaya!, parece que mi consejo les entró por una oreja y les salió por la otra! Si la pandilla de los perros malos los llega a oír no vivirán para contarlo, mejor voy y los entretengo en lo que llegan sus padres». De esta manera el viejo perro, que por cierto se llamaba Timoteo, entró a la casa abandonada y se puso a contarles cuentos a los gatitos y con esto los tuvo calmados y en silencio un buen rato.

Cuando Sugar y Chocolate regresaron, casi se mueren del susto al ver a un enorme perro tumbado a la puerta de la casa donde estaban sus dos hijos. Ambos se erizaron y se miraron nerviosos.

—Debemos entrar a como dé lugar, alístate para pelear —dijo Chocolate.

Ambos dejaron en el suelo las presas que llevaban para la cena y se fueron acercando muy sigilosamente. De repente vieron que Luna se asomaba por la puerta y cuál no fue su sorpresa al ver a la pequeña treparse en el lomo del enorme perro.

—¡Arre, arre perrito! —decía Luna feliz de la vida.

Timoteo, quien había estado echándose una pestañita, abrió un ojo y luego dijo amablemente:

—Creí que ya estabas dormida, ¿a qué hora llegan tus padres?

—No sé —dijo la gatita de manera despreocupada y luego se puso a lamerle las orejas al perro. Como los gatos tienen la lengua rasposa, Timoteo sintió cosquillas y se puso a reír ruidosamente:

—¡Ja, ja, ja! ¡Ay no, ya no!

Sugar y Chocolate estaban asombrados, no podían creer que aquel enorme perrazo estuviera jugando con su pequeña. En eso vieron a Orange que también se trepaba al lomo del animal y trataba de derribar a su hermana diciendo:

—¡Es mi turno, es mi turno!

Aunque tenían sus dudas acerca de las intenciones del perro, esta vez se acercaron un poco más tranquilos. Timoteo los vio de lejos y adivinó que aquellos eran los padres de los gatitos. Continuó acostado para no sobresaltarlos.

—Ya era hora de que llegaran amigos, sus hijos me han hecho envejecer diez años en unas cuántas horas.

—¡Mamá, papá! Don Timoteo nos ha cuidado y nos ha contado cuentos —dijo Orange muy excitado.

—Es que sus hijos estaban haciendo un escándalo como para despertar a toda la ciudad. Ustedes deben ser nuevos en el vecindario y no saben que a pocas cuadras de aquí hay una pandilla de perros quienes odian a los gatos, pensé que sería más seguro para estos chicos si me quedaba un rato con ellos.

Todo quedo muy claro para Sugar y Chocolate quienes respiraron aliviados al tiempo que agradecían el favor.

—Si andan buscando un lugar seguro para que crezcan sus hijos, deberían venir conmigo —dijo Timoteo—, la Sra. Muñoz ama a todos los animales, me recogió a mí de la calle cuando apenas era un bebé y estoy seguro de que los adoptaría sin dudar. Yo estaría feliz de que vivieran conmigo.

—No queremos que nos separen de nuestros hijos —dijo Sugar.

—Entiendo, y no tienen de qué preocuparse, ella jamás haría eso.

Sugar y Chocolate se miraron como preguntándose qué debían hacer mientras que Orange y Luna decían suplicantes “¡Vamos, vamos a vivir con Don Timoteo! ¡Por favor! ¿Siiiiii?”

Aquella noche Sugar y Chocolate miraban cómo la Sra. Muñoz ponía amorosamente alimento y agua en unos platitos y al viejo Timoteo que jugaba con Luna y Orange. Los chiquitines estaban de lo más contentos con esa especie de abuelo perruno que habían encontrado, entonces los dos gatos adultos se miraron complacidos y comprendieron que por fin habían encontrado un nuevo hogar.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla