OLVIDO / Microcuento.

Entre las ruinas de la antigua ciudad, encontramos a un monje, tenía la cabeza afeitada y vestía una túnica naranja. Nos sonrió dulcemente y se ofreció a llevarnos para que conociéramos el lugar, incluso mencionó una cascada cercana que podríamos visitar después del recorrido.

El monje resultó ser un buen guía y nos contó todo sobre la historia de aquel sitio olvidado. Entrábamos en los ruinosos edificios ahora conquistados por las raíces de los árboles y el tiempo, y sin saber bien porqué, nos invadía una tristeza y una sensación de déjà vu inexplicables.

Llegó el momento de dirigirnos todos a la cascada. Acalorados y sudorosos, nos animábamos pensando en zambullirnos en el agua fresca. Ya percibíamos el estruendo causado por la caída de agua cuando de repente, como volutas de humo, todos, incluido el monje, nos fuimos desvaneciendo en el aire. Nos tomó de sorpresa. Siempre se nos olvidaba que éramos fantasmas...

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA JOSEFINA

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Es muy de mañana en el puerto, el sol aún no asoma su despeinada cabeza en el cielo. Comienza la actividad en el bulevar. Las motos que vienen de lejos se oyen como mosquitos desafinados. Los autos rompen en un estruendo molesto al pasar junto a mí. Yo camino rápido, el doctor me ha dicho que es el mejor ejercicio. Me lleno los pulmones del aire tibio y salobre de la costa, es el mismo olor de siempre, pero al pasar “Duncan” el perro negro criollo de Josefina, me llega un efluvio a flores marchitas mezcladas con perfume “Madame Rochas”. El olorcito me desconcierta, mas lo olvido pronto, siento pena por el pobre animal, su dueña murió recientemente, Supongo que está tan acostumbrado a los paseos mañaneros con ella, que no puede todavía “entender” que ella ya no existe. Veo el oscuro trasero alejarse a buen paso, mejor que el que llevaba cuando Josefina aún andaba en este mundo.

La escena se ha repetido diariamente: “Duncan” pasando a mi lado, dejando el mismo olor extraño. Pensamientos con aguijón comienzan a prenderse a mi mente y al pensarlos me da un estremecimiento: pienso que Josefina podría seguir aquí, en el mundo de los vivos, y que la estela olorosa que deja su perro es en realidad el aroma de su fantasma. Le he dicho a Genaro, mi esposo, que sirva de algo y use sus horas de jubilado montando guardia para ver si alguien entra o sale de casa de la difunta. La pobre no tenía familia, vivía sola y tenía por única compañía a “Duncan”; aunque quizás algún pariente se está haciendo cargo de él ahora que ella ya no está.

Mi viejo se lo toma muy en serio, y en el techo de nuestra vivienda monta un telescopio dirigido a la casa de Josefina, ubicada al otro lado de la calle. Al cabo de una semana tengo un informe detallado: El único ser vivo que entra y sale ha sido el perro, quien no sufre de hambre pues todas las mañanas amanecen sus platos de alimento a tope con croquetas y agua. El reporte de Genaro incluye la observación de que el jardín exterior se está muriendo, pero el interior esta como siempre: verde y hermoso, las flores de Josefina mejor que nunca. Nota al pie: no hay señal de los desperdicios del perro. O él mismo ha aprendido a recogerlos, servirse alimento y regar las plantas o … Josefina sigue entre nosotros.

Hoy me he armado de valor: Ahí viene “Duncan” y… Josefina. Me apuro para que el perro no me deje atrás y comienzo a balbucear como loca: “Jóse… Jóse… Espera… Cuéntame… ¿Qué se siente estar difunta? ¿Duele morir? Noto que ahora estás más ligera, vas más rápido, ahora vas a paso de liebre y no de tortuga. ¡Cuéntame! ¡Dime qué hiciste! El Genaro y yo quisiéramos seguir por acá después de muertos ¿Es posible? ¿Hay otros como tú? Dime, anda no seas mala…”

Casi me desmayo al ver a “Duncan” acortar su zancada hasta pararse por completo, me lanza una mirada inteligente con sus ojitos cafés y entonces percibo que “algo” me envuelve, el olor a flores marchitas y a perfume antiguo me rodean. Creo que estoy inmersa en el fantasma de Josefina: Siento frío, nostalgia, siento ausencia de carne y sangre. Dura muy poco, de pronto «Duncan» a reanudado su paseo. Josefina me ha susurrado el misterio de la vida y de la muerte, pero yo no entendí. No hablo el lenguaje de los fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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E L L A

Mi participación en Concurso de Relatos XXIV edición: REBECA, de DAPHNE DU MAURIER

ELLA

Desde la cocina me llegaba el olor del café que preparaba mi hermano Antonio. Me levanté y el piso de madera crujió ante mi peso pues soy un hombre bastante corpulento. A ese ruido estaba más que acostumbrado, pero me hizo pensar en lo que estaba debajo de mí. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y apresuradamente me puse mis pantuflas y me dirigí a la cocina. Antonio estaba sentado en el pequeño desayunador y con una taza de café. Me serví yo también y me senté frente a él. Los dos nos miramos por un segundo, esperando que el otro hablara, para después esconder nuestra vista en el humo que despedían las bebidas.


—Habrá que quitar esa silla —dijo al fin.


La miré. Era una silla de desayunador común y corriente, muy usada, tanto, que en el asiento tenía la huella dejada por los cientos de veces que un enorme trasero se había sentado ahí. Me quedé pensando en cómo solemos deformar las cosas con el uso cotidiano: mis pantuflas por ejemplo, deformadas por mi pisada fuerte, los escalones que iban hacia el sótano, que de tanto subir y bajar lucían desgastados, esa silla…


Antonio se levantó con su taza y se fue. Yo me preparé unas tostadas con mermelada de higo casera. Ya solo quedaba un frasco y no habría más. Las manos que solían prepararla ya no existían. El sabor del higo, aunque dulce, en mi boca se hizo amargo. Dejé las tostadas a la mitad y me fui a vestir para iniciar mis labores en la vieja granja donde vivíamos.


Recuerdo que Antonio estaba alimentando a los animales y yo me subí al tractor. El ruido de la máquina me envolvió y lo agradecí, pues atenuaba un poco el estruendo de mis pensamientos.
Terminé de arar y decidí fumar un cigarrillo en la pequeña caballeriza donde teníamos a Falco, nuestro único caballo. Era un animal poco agraciado, pero muy noble. Se acercó confiado hacia mí y pegó su hocico en mi chaqueta, buscando los premios habituales: trozos de manzana o zanahoria que en ocasiones le llevaba.


—Lo siento Falco, hoy no hay nada—le dije.


Desde la caballeriza, vi a mi hermano salir de la casa con la silla del desayunador. La fue a poner en el lugar donde últimamente poníamos las cosas que nos hacían daño. De los dos, Antonio era el más calculador, el más pensante, en cuanto a mí, era el impulsivo. Fui yo quien había golpeado hasta matar y él quien había divisado un plan para ocultar el cuerpo en el congelador del sótano, ahora convertido en cripta. Como si pudiera asomarse a mis pensamientos Falco se alejó de mí, nervioso.
Afortunadamente poca gente nos visitaba. No teníamos familia. Ni Antonio ni yo nos habíamos querido casar nunca y menos tener hijos. No habría nadie que hiciera preguntas incómodas. Y si algo surgía siempre podíamos decir que estaba indispuesta.
Antonio se acercó a donde estaba yo.


—¿Tu ropa?
—La quemé como me dijiste.
—Bien.


Mi ropa había quedado empapada en su sangre. Cada golpe propinado le había machacado el rostro hasta dejarlo casi irreconocible. La ira venía desde muy dentro, una ira antigua, nacida de la impotencia. Se remontaba a las noches en que siendo niños, ella entraba a nuestro cuarto y se acostaba entre nosotros. Las caricias que nos hacía nos dejaban asqueados, pero no teníamos permitido llorar ni decir nada. Aquellas visitas nocturnas habían durado muchos años hasta que un día Antonio se le enfrentó y no la dejó entrar. Ese día sin embargo, el sufrimiento no terminó, pues como las cosas que se deforman con el uso, nuestros espíritus estaban quebrantados ya. Marcados de por vida.
Uno piensa que muerto el perro se acaba la rabia; pero su presencia estaba en todo. A veces me parecía verla pasar. De repente se escuchaban ruidos inexplicables en el sótano. En ocasiones, estando Antonio y yo en la cocina olíamos su perfume viejo. Por las noches nos daba miedo caer dormidos pues muchas veces la soñábamos.


Al final decidimos quemar la granja con todo dentro. Antonio volvió a poner lo colocado en el sótano en sus lugares habituales. Nos aseguramos que todo ardiera, incluso nuestros animales y… Falco. Perderlo ha sido lo más doloroso que he tenido que experimentar en mi vida adulta.
La granja ardía y Antonio y yo íbamos ya en el auto con rumbo desconocido. De repente un olor horrible a carne chamuscada impregnó todo. Antonio que iba manejando frenó violentamente. Nuestras miradas desoladas se cruzaron entre sí

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

ANIS O CAFE

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Cipriano sorbía su anís lentamente, le gustaba mojar sus labios con el dulce licor y luego pasar su lengua por ellos. Todas las tardes sacaba su botella de Chinchón y se sentaba en su sillón favorito en la terraza de su cabaña. Mientras paladeaba el licor, miraba el volcán. Le fascinaban los cambios que “Don Goyo”, que era como llamaban los lugareños a la noble montaña, presentaba: en ocasiones aparecía envuelto en un manto níveo y otras aparecía sin nieve y exhalando humo como si estuviera fumando.

La esposa de Cipriano a veces se sentaba con él, ella prefería un licor de tequila que le mandaban desde Guadalajara. Ambos disfrutaban sus respectivas bebidas y de cuando en cuando, el silencio era interrumpido por un diálogo entre ellos, que casi siempre era precedido por un aroma que parecía surgir de la nada.

—Cipriano, ahí esta otra vez tu mamá. Cipriano hacía una respiración profunda llenando sus pulmones con el aroma a nardos que se percibía en el ambiente.

— Sí, es mi mamá —decía convencido—, cuando huele a vainilla es la tuya.

—Hace mucho que no viene mi mamá —decía Refugio compungida.

—Estos muertos caprichosos, mira que venir a manifestarse con olores. Yo siempre había pensado que los espíritus no tenían olor.

—Son los misterios de la muerte, viejo.

Se quedaban en silencio los dos, reflexionando en su propia mortalidad.

—Cipriano dile a tu madre que su olor ya me está mareando.

—Seguro ya te escuchó, a ver si no se enoja.

—El que peor huele es tu hermano Facundo, ese olor a flores mustias es muy desagradable. Me pregunto si a ellos les gusta nuestro olor… Bueno, supongo que sí porque si no, no estarían viniendo donde los vivos ¿verdad?

Cipriano asintió —¿Sabes mujer? Cuando me muera me gustaría oler a anís o a café recién hecho ¿Y tú?

—Tal vez a canela, me encanta.

A veces, si la plática se ponía buena se servían otra copa.

—Si todos los espíritus tienen un olor particular, ¿a qué olerá Dios?

—Mujer pues no sé… tal vez en él se concentren todos los olores del mundo y no huela a nada en particular.

—Ustedes los hombres no tienen mucha imaginación, yo pienso que tal vez huela a algo que no existe en este mundo, un olor celestial, algo que solo puedes conocer si eres un espíritu.

El olor a nardos se intensificó como si la madre de Cipriano quisiera dar su versada opinión sobre el tema.

—Una cosa es segura, a veces los muertos huelen mejor que los vivos —dijo Refugio convencida—, ahí está Román el que nos trae los víveres semanales, ese huele a pescado podrido.

Cipriano rio de buena gana.

—Tú me encantas como hueles mujer.

—No empieces…

—Anda, vamos a la cama, todavía falta mucho para que estemos muertos.

—No, no, a nuestra edad no deberíamos, y luego con todos nuestros muertos alrededor…

—Estás loca, no me vengas con eso.

Luego los dos viejos entraban lentamente a su cabaña y en su alcoba, juntos, inventaban olores exquisitos que los muertos envidiaban. Después, satisfechos, continuaban con su plática.

—Mujer, ¿en verdad quieres oler a canela?

—No sé… Fíjate que últimamente me gusta el olor de mi prima, la Magda, ¿te acuerdas de ella? La que murió de parto. A veces viene y trae un olor a jazmín que me agrada mucho.

—Sí, recuerdo a Magda. Bueno pues yo sigo prefiriendo el anís, o si no, el olor a café recién hecho.

—Olerás muy rico.

—Se me está antojando olerte otra vez.

—¡Ay Cipriano! No empieces de nuevo…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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