La Mansión y sus Testigos.

Relato fantástico, gótico, contemporáneo.

Esta historia es mi propuesta para el VadeReto del mes de diciembre. Forzosamente se ha de incluir la introducción, (en cursiva), proporcionada por JascNet y ligeramente modificada por mí. La continuación (en negritas), es mi propuesta.


En la gran mansión suena la campana que avisa de la llegada de un nuevo huésped.

El anciano y todavía servicial mayordomo acude a abrir la pesada puerta que da acceso al caserón.

Al abrirla, y ver al personaje que ha llegado, sonríe.

—Buenas noches —dice el recién llegado con un estremecimiento y ligero castañear de dientes—. El tiempo está terrible y estoy helado de frío. ¿Podría cobijarme durante la noche en vuestra amable y cálida residencia?

—¡Por supuesto! —Dice el anciano, mostrando un gesto de satisfacción. Pasad y consideraos, desde este mismo momento, nuestro huésped. Os están esperando en el Salón.

—¿Cómo? ¿A mí?

—¡Efectivamente! —Responde el mayordomo y, sin más preámbulos, lo acompaña hasta la inmensa sala.

Nada más entrar, se nota la calidez de una enorme chimenea. Delante de ella hay un grupo de personajes, sentados en el suelo, que lo saludan y le dan la bienvenida. Unas extensas mesas muestran una gran variedad de viandas y suculentos néctares, fríos y calientes.

—Como puede usted ver —añade el hombre—, puede quitarse el frío, el hambre y la sed. Si necesita algo más, solo tiene que pedirlo. Pero…

—¡Vaya! Ya llegamos al pero de siempre… Seguro que tengo que pagar algo. ¿Verdad?

—¡Así es! —responde el anciano.

—¿Y me va a salir muy caro? No llevo gran cosa en los bolsillos.

—Será sencillo y barato. Acomódese junto a sus compañeros y cuéntenos un cuento.


Tragué saliva. Había llegado a la mansión esperando un recibimiento sencillo, pero lo que hallé fueron varios rostros conocidos que me miraban expectantes mientras disfrutaban del calor de la chimenea.

El mayordomo se me acercó, su mirada bondadosa chocó con la mía y dijo:

—No esté nervioso, joven, usted puede con esto y más —me extendió una copa de vino, que me calentó el alma, los huesos y me dio algo de valor.

—Les contaré una historia que nació bajo las luces de un circo —inicié inseguro—. Era famoso por sus payasos, sus animales exóticos, pero lo que realmente lo diferenciaba de otros eran sus trapecistas.

Busqué con la mirada al mayordomo, él me miró y asintió con la cabeza.

—Los números que efectuaba aquella familia de trapecistas eran legendarios. Gente de lugares lejanos venía solo por verlos actuar. El más pequeño de la familia, Dick, estaba muy consciente del orgullo que implicaba ser un Grayson y día a día se esforzaba por ser un miembro digno de su clan. Pero un día, las cuerdas, saboteadas por criminales, se quebraron y su familia se precipitó al vacío. Mientras escuchaba los gritos, que reverberarían por siempre en su alma, Dick tuvo el impulso de correr hacia los suyos, pero alguien lo detuvo y le abrazó.

Entre mis oyentes, algunos me miraban con pena, otros con sorpresa. No todos conocían la historia.

—La noche de la fatalidad, se encontraba entre el público un hombre maravilloso, el mismo que le había abrazado para que no viera el horror. Terminó adoptando al pequeño Dick. Le proporcionó techo, comida y sustento, pero también algo más importante que todo lo anterior: amor y atención. Con el tiempo, Dick creció lo suficiente para darse cuenta de que aquel hombre que le había salvado de la orfandad era más de lo que aparentaba, y quiso ser como él.

La mujer de la tiara dorada bajó la cabeza visiblemente emocionada, y por un momento aquel objeto dejó de reflejar el fuego de la chimenea.

—La juventud trae belleza, sí, pero también inmadurez y rebeldía. Aquel joven se cuestionó si había llegado a ser tan solo un pobre reflejo de su mentor. A menudo cuestionaba la forma en la que se hacían las cosas y los desacuerdos los distanciaron. Un día dejó la casa familiar decidido a buscar su propio camino y conocer su propia identidad. Y aunque encontró solaz y satisfacción en su nueva vida, siempre añoró la calidez del hogar, el amor de su padre y del fiel mayordomo.

Alfred, sollozaba quedamente.

El hombre de la capa roja, con ternura fraternal, la usó para enjugarle una lágrima a la rubia de la chaqueta negra de cuero y medias de red. Ella, fuerte y vulnerable, dejó escapar un suspiro.

Se abrió una puerta y ahí estaba el héroe murciélago. La mansión entera pareció contener la respiración. Se acercó con paso solemne, ajeno a los murmullos de sorpresa que había causado su entrada. Su mirada indescifrable estaba fija en mí, su hijo adoptivo. Le miré también. Todo mi ser temblaba de emoción.

El abrazo fue inevitable. En él se fundieron el huérfano Dick, el Robin de antes y el Nightwing del presente.

Los oyentes lloraban junto con Alfred, el fiel guardián. Mas tarde me confesaría su emoción al sentir que la familia estaba completa de nuevo.

No hubo necesidad de terminar el relato, la historia se contó sola.

Autor: Ana Piera

Nota:

Este relato es una obra de ficción. Los nombres mencionados pertenecen a sus respectivos propietarios y se utilizan aquí únicamente como referencia cultural. No se reclama propiedad ni se pretende reproducir sus historias oficiales, sino reinterpretarlas en clave literaria y simbólica. (fanfiction)

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

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Descontentos. Microteatro.

Imagen creada con inteligencia artificial.

Mi participación en el reto del microteatro del mes de Junio, convocado por Merche en su blog Literatury & Fantasy. Condición: Escribir una obra donde nosotros mismos aparezcamos como un actor más, en mi caso, soy «Ana» que es mi nombre real.

Escenario: Una oficina, donde hay un escritorio, silla y ordenador. También hay una ventana, pero el público no puede ver lo que hay detrás.

Personajes:

Ana, escritora.

Paco, el asistente de Ana.

Dax, Toñito y Karya

Ana llega nerviosa e inquieta. Se asoma por una ventana y hace ademán de sorprenderse. La sigue Paco, también nervioso y compungido.

ANA:

—¿Y esa fila que hay afuera Paco?

PACO:

—Quieren verte y hablar contigo. Ya traté de echarlos y no hay modo.

ANA:

—¡Qué lata! Hoy me iba a poner a trabajar para el reto del microteatro de Merche. ¡En fin! Veré a unos cuantos, hazlos pasar de uno en uno y me traes un café, por favor.

Paco sale. Entra un extraterrestre, es de baja estatura, ojos negros y enormes como los de las moscas, tez verdosa, cabeza más grande que una humana y nariz muy pequeñita.

ANA: (Sorprendida)

—¡Ya sé quién eres! Eres Dax, de mi último cuento «Malditas Pasiones».

DAX:

—Sí. Quería decirte que no estoy de acuerdo con el destino que escribiste para mí: regresar a mi planeta y ser juzgado ya es bastante malo, pero haberme dejado probar el sexo humano y privarme luego de él, eso fue demasiado cruel.

ANA (sorprendida)

—Lo siento.

DAX:

—¿Podrías escribir que en mi planeta podemos tener sexo como los humanos? ¿Y que tenemos genitales como los de ustedes? Eso de que desaparezca mi miembro al cambiar de humano a extraterrestre no fue divertido.

ANA: (inquieta, como queriendo acabar ya la entrevista)

—Bueno, bueno, no te prometo nada, pero lo pensaré. Ahora sal por favor y deja que pase el siguiente.

Dax sale muy abatido. Entra un jorobado.

ANA:

—¡Toñito! El de mi cuento… «Toñito» (dice, como reconociendo la falta de originalidad del título)

TOÑITO: (Enojado)

—Empecemos por ahí: ¿Cómo que «Toñito» así en diminutivo? ¡Soy Antonio! Cambia eso, los diminutivos deberían de estar prohibidos, minimizan a la persona.

ANA: (haciendo ademanes de desesperación).

—¿Algo más?

TOÑITO:

—¿Por qué escribiste que me tiraron de bebé y me hice jorobado? ¿Por qué no escribiste una historia donde yo no sufra tanto?

ANA:

—Es que hay historias así Antonio, no todo puede ser color de rosa. (Se queda callada y luego dice enfática): Y finalmente ustedes no tendrían que andarse quejando. Yo soy la que decido cómo va la historia.

TOÑITO: (desafiante)

—¿Ah, si? ¡Pues exijo una compensación!. ¿Qué te parece que todos los de afuera nos juntamos y formamos un sindicato? ¿Eh?

ANA: (sorprendida y luego, en tono conciliador)

—Bueno, bueno, podría escribir otra historia sobre ti, una donde una operación novedosa te quita la joroba, y te permite crecer un poco.

TOÑITO:

—No suena mal. Acepto.

ANA:

—Bien, ahora por favor, déjame seguir atendiendo gente.

Toñito sale de escena y entra Paco.

PACO:

—¿Qué prefieres? ¿Un robot confundido, un hada quemada o una familia difunta? Están peleándose por pasar, les dije que tú eligirás quién sigue.

ANA: (frustrada y desesperada)

—¿Sabes qué? Ya no me traigas café, mejor tráeme un tequila doble.

Entra Paco con el tequila, Ana se lo toma de un sorbo y hace como que recupera fuerzas.

ANA:

—Ahora si, haz pasar al hada y avisa que por hoy ya no atenderé a nadie más.

Sale Paco y se escucha ruido de discusión afuera, Ana se jala los pelos. Luego entra una mujer de muy bellas facciones pero con el pelo chamuscado y la ropa quemada. En una de sus manos lleva una varita como de hada.

ANA:

—Tú eres… (duda)

KARYA:

—Soy Karya de tu cuento «Las Dos Hadas». ¿Cómo pudiste hacerme eso?

ANA:

—¿Hacerte qué?

KARYA:

—¿Se te hace poco hacerme la mala del cuento y luego que mi final sea chamuscarme en el incendio del bosque encantado? La mejor parte de la historia la reservaste para mi hermana Ptelea.

ANA:

—Reconozco que me pasé un poco contigo.

KARYA (Enojadísima):

—¿Un poco?

ANA:

—No lo prometo, pero modificaré el cuento y trataré de que no seas tan mala-mala y también que te pasen cosas buenas. ¿Contenta?

KARYA:

—Pues espero sí lo hagas. También, ¿podrías escribir sobre un mago guapo que me invite a salir?

ANA:

—Está bien. Ahora por favor, retírate.

Karya sale y entra Paco.

PACO:

—Quedaban muchos más, pero les dije que los atenderás mañana.

ANA: (alarmada)

—¿Muchos?

PACO:

—Casi tantos como los cuentos que has escrito en tu vida.

ANA: (muy desesperada)

—¡¡Tráeme otro tequila!!

Autor: Ana Laura Piera.

https://bloguers.net/literatura/descontentos-microteatro/

«MURCIEGALOS», QUESO Y ORTOGRAFIA….

Relato ficticio, original.

La señora que vende quesos es muy platicadora, se trata de una de esas gorditas simpáticas difíciles de ignorar. Ayer que pasó con su canasta llena de deliciosuras lácteas no pude resistirme a comprarle una panela, aunque sabía que junto con el queso, me iba a vender todo un discurso y así fue:

—¿Trae panela?

—Si, aunque fíjese que por poquito y no traigo.

—¿Ah si?

—¡Síii! Es que en el cuarto donde las preparamos que cree? De repente veo entrar algo por la ventana, una cosa negra que aleteaba muy feo. Primero pensé que sería una de esas mariposas de la mala suerte. Ya sabe, de las negrotas, esas que dicen que si se meten a la casa anuncian que habrá difunto.

—Si, ya sé cuáles dice, y bueno, ¿pues que fue lo que se metió?

—Uy señora, ¡un MURCIEGALO! lo bueno que mi hijo el mayor, que venía de ACEPILLAR al caballo, le aventó el cepillo con tanto tino ¡que le dio! y pues ya atarantado se cayó al piso y ahí lo rematamos. ¡Ay! Viera que cosas tan espantosas son esos bichos, tienen cara de demonio. Por si las dudas y para alejar las malas vibras, yo recé un Padrenuestro.

Me sentí triste por el pobre animal y la ignorancia que lo había matado. La señora siguió con su relato:

El susto me dio mucha hambre, sentí un hueco en el estómago, creo se me bajó, la glocosa esa… O ¿cómo se dice?

—¿Glucosa?

—Si, esa mera, me fui para la cocina y me eché unas ALMÓNDIGAS que tenía para que cenáramos todos. Me las acabé toditas, pero es que con esos sustos pues no anda uno con pequeñeces, yo necesitaba recuperar fuerzas. La cosa que cuando llegó el Rufino —mi marido—, se armó un pleitazo, me dijo que soy una tragona y que conmigo no hay MANTENCIÓN que alcance.

Ya estaba yo con los ojos salidos de desesperación, primero por el relato que se alargaba y yo con unas ganas locas de hincarle el diente a un pedacito de queso, y en segundo lugar porque lo de murciélago, acepillar, almóndigas y mantención no me sonaba nada bien. Me abstuve de corregir a la señora (aunque ganas no me faltaban), y qué bueno que no lo hice, pues una vez que se fue, (y después de hacerme un sandwich), me metí a la computadora, al sitio del diccionario de la RAE y me di cuenta que todas y cada una de esas palabras son correctas tal y como las había escuchado, son palabras que se oyen mal pero que están bien escritas. ¡Así que ya saben!

Palabras vistas en Revista Muy Interesante año XXII No. 11 pag. 20
sitio del diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.