LA VOZ EN EL VIENTO

Cuento corto, original.

—¿Escuchas?

Helen negó con la cabeza, Francisco insistió:

—Ahí está, ¿no la oyes?

La chica se alejó de él. Estaba muerta de sueño, se metió a la tienda de campaña y se olvidó de todo.

Francisco se esforzaba en entender esa voz que impregnaba el viento, era una voz antigua, llena de sabiduría, serena, pero a la vez terrible, una voz profética, pero solo él podía oírla aunque no la entendiera. Lágrimas de frustración rodaron por sus mejillas aquella noche cálida en medio del bosque tropical de Costa Rica.

—¿Qué encontraste? —le preguntó Francisco al otro día.

Helen no contestó. Se encontraba a la mitad de la disección de una rana común y su mente bullía con preguntas para las cuales no había respuesta. Algo estaba sucediendo: la población de ranas, sapos y salamandras disminuía dramáticamente. Habían estado en diferentes lugares y la historia siempre era la misma y cada vez con más frecuencia se encontraban ejemplares con malformaciones y enfermedades.

Francisco advirtió que la voz en el viento no cesaba, ahora parecía más un lamento.

Helen dio un trago a la cerveza tibia que compartía con Francisco, ambos se veían preocupados.

—Es tonto —dijo ella rompiendo el silencio y fundiendo el verde de su mirada con el verdor de las copas de los árboles—. Estamos suicidándonos lentamente como especie y no nos damos cuenta, las ranas son solo un aviso. Francisco la miró con tristeza. Helen continuó:

—Como humanidad pensamos que somos huéspedes, cuando en realidad somos parte de la tierra misma, de los ecosistemas. Nos hemos desconectado de la naturaleza y al destruirla nos aniquilamos a nosotros mismos.

Aquella noche Helen pudo escuchar la voz junto con Francisco. Era el llanto de una madre asesinada lentamente por sus hijos, era la voz de la Tierra advirtiendo que si la madre moría, no habría sustento en sus pechos para la camada homicida. Helen y Francisco se abrazaron como dos niños asustados y lloraron con Ella.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla.

Si te ha gustado este cuento, puedes compartirlo. ¡Gracias por leer!

666 O EL FIN DEL MUNDO

Cuento corto, original.

Hoy se iba a terminar el mundo, o algo parecido. Bueno, eso le dijeron a Paula Chávez en el mercado. La “Güera”del puesto de pollo le contó que hoy era el sexto día del sexto mes del año 2006 y que el 666 era el número de la Bestia y que en la Biblia estaba anunciado el fin de todas las cosas. Paula oía todo muy asombrada mientras pedía que a las pechugas del pollo les quitaran el huacal y se los pusieran aparte para hacer un caldo.

—Son las 11 apenas —dijo la “Güera” en tono fatalista—. Aún falta mucho para que el día termine y podría pasar cualquier cosa. ¿Me dijiste cuatro pechugas verdad? Paula se quedó pensando y al fin contestó muy seria:

—Mejor solo dame dos, no tiene caso cocinar para dos días, no vaya a ser la de malas.

Con un hábil golpe de su cuchillo, la “Güera” rompió en dos el cadáver de un pollo amarillento y Paula se estremeció cuando unas gotitas de sangre de pollo le salpicaron la ropa. La “Güera” se disculpó:

—Ya te dije “mija”: hazte más atrás, a veces salpica mucho cuando estoy cortándolo.

Paula fantaseó con las gotitas sanguinolentas, quizás a la noche su delantal estaría empapado con su propia sangre, su pequeño cuerpo empezó a temblar aunque nadie lo notó.

Rosy Hernández llegó sobándose el voluminoso vientre y pidiendo le vendieran huevo.

—Güera, güerita, dame una docena de blanquillos.

—Si Rosy, ya te la doy. ¿Ya sabes que dicen que hoy se acaba el mundo? Rosy abrió mucho los ojos:

—¿En serio? Güera, mejor dame tres docenas, haré una despensa por si mi Rubén y yo sobrevivimos al desastre mínimo no pasar hambre. Rosy también pensó que aquella noche compraría un cartón de la mejor cerveza y le haría el amor a su marido con locura y pasión desmedidas para aprovechar sus últimas horas sobre la tierra.

Don Facundo Castro, quien tenía un local de semillas frente a la pollería había escuchado todo y dijo con desdén:

—No es que se acabe el mundo, hoy va a nacer el anticristo. Lo explicó el Padre Artemio el otro domingo, no sean ignorantes.

A Rosy, que era una oveja descarriada de la iglesia por haberle quitado el marido a su hermana y que no se había parado en una desde hacía ya mucho tiempo, lo de “anticristo” le sonó a medicina y se quedó en las mismas. La “Güera” muy molesta le dijo a Don Facundo:

—Mire, mejor olvídese de las rabadillas de pollo que siempre le regalo para su perro, venir a insultarnos así…

El hijo de la “Güera”, Memito, un chiquillo de cuatro años, moquiento y canijo, captó enseguida el tono de la plática, pues era el mismo que usaban con él cuando no avisaba del baño, así que se arrancó del abrazo perenne a las piernas de su mamá y agarrando un montón de tripas de pollo del bote de desperdicios fue a aventárselas a Don Facundo, en señal solidaria con la autora de sus días.

—¡Escuincle cabrón! —gritó Don Facundo mientras se sacudía con torpeza las vísceras pegadas a los zapatos y hacía ademán de pegarle a Memito.

—¿A quién le dice cabrón imbécil? Había aparecido Memo grande, con su voz de tenor y cuerpo de boxeador. Era el marido de la “Güera” y hasta hacía unos minutos se encontraba en otro local enamorando a Carmela, la chica de la cremería, pero alguien le había ido con el chisme de que con su mujer se estaba armando una bronca. Había dejado a Carmela a mitad de camino de un beso, pero la familia era la familia y había que defenderla.

Al poco rato todos los clientes y clientas habían tomado partido y se armó una batalla campal con jitomates podridos, pedazos de pollo, semillas y con lo que estuviera a mano. Jesusa, la más anciana de las clientas que frecuentaban el mercado pasó por ahí después de haber parado en el puesto de tacos y tras liberar un eructo sonoro con olor a barbacoa, se santiguó:

—¡Ay maldito Satanás!, ¡esto es obra tuya!, ya me habían dicho que hoy habría desgracias, ¡Diosito ampáranos! ¡Ya empezaron los cocolazos!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

huacal- parte del pollo donde van las costillas
rabadillas- la cola del pollo
bronca: problema, pelea
barbacoa: guiso de carne de borrego o chivo
cocolazos: problemas

Si te ha gustado, puedes compartirlo. ¡Gracias por leer!

Crecer.

Cuento corto.

Photo by Athena on Pexels.com

Al primer tijeretazo siento un escalofrío. El trozo de cabello rueda lentamente por el plástico protector hasta el piso esparciéndose como una flor deshojada en el viento. Diego me mira divertido mientras empuña la tijera y va asesinando lentamente los rizos que me han acompañado desde pequeña. Cierro los ojos con pesar mientras mi niñez y juventud se acumulan inertes a mis pies.

—No es para tanto —me dice Diego, siempre sonriendo.

Yo no le presto atención pues un recuerdo acapara mi mente: estoy acostada boca arriba sobre un prado magnífico, mi cabellera rojiza extendida como un manto de fuego sobre el verde intenso, mi piel de cera y mis pecas están bañadas por el sol matinal. Tengo chocolates en una mano y los voy echando de a poco en mi boca que se inunda con mareas dulcísimas de placer. La voz monótona del Director, como un intruso, interrumpe mi ensoñación:

«Si quiere dar clases en esta escuela tendrá que mejorar su aspecto. Usted se ve muy joven, los alumnos no la respetarán. Cambie de imagen, un buen corte de pelo y otro tipo de ropa le vendría bien. La veré de nuevo mañana y espero ver esos cambios o la plaza será de otra persona».

Mi cabeza se siente desnuda. Abro lentamente los ojos y veo a Diego sonriendo estúpidamente. —¿Y bien? ¿Qué opinas? Mi peluquero ha hecho un buen trabajo, pero no puedo evitar compararme con esos árboles podados de forma ridícula al capricho de la gente, en mí no hay ya ramas grandes donde poner un columpio y mecerme alocadamente con la brisa, ahora todo será echar raíces. La niña finalmente, se ha ausentado de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

Si te ha gustado, compártelo. ¡Gracias por leer!

EN «EL RAINBOW»

Relato original, Crónica de una noche loca en Guadalajara.

Photo by Mary Y. on Unsplash

No se escucha otra cosa que la música que no para y un murmullo como de panal de abejas compuesto por suspiros, risitas ahogadas, carcajadas, voces y besos de labios impacientes. La gastada alfombra del piso amortigua cualquier ruido hecho por los dos pares de tacones baratos comprados en el mercado, tampoco se oye el siseo producido por el roce de sus vestidos sacados en abonos con Doña Chayito, la abonera de la colonia. Daniela y Carolina han hecho su entrada triunfal en «El Rainbow».

Como cada noche, la bandera gay multicolor de la entrada les da la bienvenida. El lugar esta a punto de reventar. Se abren paso entre un mar de cuerpos y a duras penas pueden ubicarse en una esquina del local. Un mesero pasa apurado y les ofrece algo de tomar, piden dos piñas coladas que a pesar de lo mal preparadas, sorberán con deleite, aunque lentamente, pues no tienen dinero para más. Platican animadamente entre ellas; un hombre de aspecto rudo se acerca y se ubica muy cerca.

Daniela nacida Efraín, y Carolina nacida Guillermo, son como dos aves fénix que esta noche han renacido. Les brillan los ojos, a ratos se arreglan con sus manos de hombre las pelucas que traen puestas y se alisan los vestidos. Sus cuerpos son femeninos, pero la tosquedad hombruna de sus facciones las delata.

«El Rainbow» es un lugar mágico que cada noche se puebla de seres fantásticos que parecen cobrar más fuerza y vida inmersos en aquel ambiente donde el aire parece haber sido reemplazado con nicotina pura. Cuesta trabajo respirar, pero no importa, la falta de oxígeno se compensa con la abundancia de libertad.

En una mesa solitaria se encuentra una esfinge imperturbable, resulta difícil decidir si es hombre o mujer. Con la mirada fija en algún punto del local y una cubeta llena de cervezas, encara la noche que se desenvuelve frente a ella. La pista esta llena de sirenas con los cuerpos entrelazados, de grifos que efectúan el ritual del amor acariciándose con sus alas y robándose besos con sus picos de ave mientras ronronean como gatos llenos de placer.

Daniela y Carolina no pierden detalle de lo que sucede en aquella cueva increíble. El hombre junto a ellas, cual basilisco hambriento, se ha acercado aún más y en poco tiempo estará rozando con su brazo los hombros desnudos de Daniela. Alguien pide que se despeje la pista, el show de la noche esta por comenzar: una mujer pisa el escenario, sus facciones de hombre, chocan con la femineidad de sus vestidos. Como si fuera un Pegaso, vuela alrededor de la pista saludando y sonriendo. No falta quien le ponga un billete entre los pechos de silicona. Comienza a hacer «playback» imitando a una artista pasada de moda, todos corean sus canciones emocionados, de la mesa de la esfinge toma sin permiso una cerveza y juguetea atrevidamente con ella entre la boca, la lame despacio, lo que arranca aplausos de los grifos presentes.

Daniela y Carolina la miran extasiadas, comentan lo vaporoso de sus vestidos, lo bien que está maquillada, lo mucho que les gustaría un autógrafo. Cantan a pleno pulmón todas y cada una de las canciones del repertorio. Por un momento las aves fénix baten sus alas y vuelan libres, se elevan un poco, solo unas cuantas horas, para caer muertas en la madrugada, pero siempre con la esperanza de renacer nuevamente para otra noche en «El Rainbow».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

VIAJE FRUSTRADO

Cuento corto, original.

Photo by cottonbro on Pexels.com

Cuando Ángela abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz, «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool!, se escuchaban a cada roto. Buscó el control del aparato y activó el «mute».

Entró al baño y se encontró con el desastre habitual: calzones tirados, sandalias de baño desperdigadas, el bote de basura hasta el copete. Aquello era demasiado. Miró la imagen maltratada y seca que le devolvía el espejo, se concentró en las arrugas y en los ojos cansados y sin brillo, «¿quién es esta?», pensó con amargura «¿dónde quedé yo?».

De regreso en la recámara intentó mover el cuerpo inerte de Rogelio para poder acostarse, pero no pudo. «Desgraciado, tendré que dormir otra vez en el sofá». Tras de sí dejó el uniforme de enfermera y en pantaleta y sin brasier, se dirigió al cuarto de la computadora. Primero había pensado en acostarse, se sentía cansadísima después de una dura jornada en el hospital donde trabajaba, pero decidió que al menos checaría su buzón de correo electrónico. Tenía ocho mensajes, casi todos intrascendentes, el único que le llamó la atención era uno que decía: «Reunión Familiar», lo leyó con avidez y sonrió.

La luz del día la despertó sin misericordia. En el cuarto de la computadora no había cortina así que el sol no pedía permiso para entrar. Ángela recordó el e-mail y se levantó rápidamente, tenía que hablar con Rogelio. Este aún estaba durmiendo, pero el portazo que dio Ángela a propósito, lo despertó.

—No la amueles, estoy durmiendo —dijo él con la voz pastosa de quien amanece todo crudo.

— El próximo sábado salgo para Monterrey —dijo ella en tono resuelto.

— ¿De qué hablas?

—Recibí un correo de mi primo Gustavo, toda mi familia se reunirá en Monterrey, todos, hasta la tía Doris que vive en Mérida, no puedo faltar. Gustavo guardó silencio unos segundos y luego volviéndole la espalda a Ángela dijo:

—No puedes, no tenemos dinero.

—No me importa, daré el tarjetazo, ya hice la reservación anoche. Gustavo ya no dijo nada y minutos después Ángela lo escuchó roncar de nuevo.

La perspectiva del viaje era emocionante, salir de la rutina, dejar de aguantar aunque fuera por unos días a su esposo. También se sorprendió varias veces fantaseando con no regresar. El lunes pidió permiso en su trabajo para ausentarse el fin de semana y se lo concedieron. El martes comenzó a planear lo que iba a empacar y ese mismo día por la noche un cambio extraño se operó en Rogelio, cuando Ángela llegó de trabajar lo encontró sentado en la sala en vez de tirado en la cama.

—¿Ya cenaste?, mira que preparé un espagueti, no quedó muy bueno, pero si tienes hambre…

Aquello era algo inédito, el espagueti sí estaba horrible, pero el simple hecho de que el fardo de Rogelio hiciera algo ya era mucho decir. El miércoles le habló al hospital:

—Te invito unos tacos.

Hacía ya tanto que no salían, aunque fuera a echarse unos mugres tacos, que Ángela estaba sorprendida.

El jueves fueron a bailar, entre cumbias y merengues Ángela se sentía en las nubes. El viernes Rogelio la esperó bien despierto, bañado, y perfumado y después de un largo beso hicieron el amor. Por cierto hacía ya tanto que no hacían nada, que Ángela no conocía la sensación de besar al ahora bigotón Rogelio, y por lo espeso del bigote se le figuraba que estaba besando un mapache o algo parecido. Después de hacer el amor Rogelio se portó muy tierno y caballeroso y Ángela empezó a sentirse tan amada y querida como al principio de su relación. De repente la perspectiva del viaje ya no resultaba tan atractiva. ¿Para qué irse a Monterrey y desperdiciar esta buena racha con él?, decidió que no iría a la reunión familiar.

El sábado por la mañana canceló todo y avisó a sus familiares de su ausencia, en vez del viaje organizaría una cena romántica para los dos. Rogelio estaba muy complacido del cambio de planes, Ángela se fue a hacer las compras de la cena y Rogelio dijo que iba a la farmacia a comprar unos condones.

El paquete con las fotos de la reunión llegó pocos días después, Ángela las abrió con tristeza y lloró al ver a toda su familia reunida y feliz, solo había faltado ella. Guardó las fotos en un cajón y se dirigió a la habitación que compartía con su esposo. Tuvo la sensación de estar viviendo un déjà vu:

Cuando ella abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool! Se escuchaban a cada roto, buscó el control del aparato y activó el «mute».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado, puedes compartirlo. ¡Gracias por leer!

Este relato, en la revista Masticadores Sur.