El CUCO hambriento QUISO tomar el QUESO del CESTO, pero un error de cálculo en su vuelo hizo que fuera a incrustarse en la frente de Marco. María, horrorizada y con un pedacito de pan aún en la boca dejó escapar un grito al ver cómo se desplomaba su novio sobre el césped; terrible final para un inocente día de campo. Según el inspector Manducci, encargado del CASO, no había delito que perseguir pues la mala suerte no tiene leyes y las de los hombres no se aplican a la naturaleza, por lo cual el cuco fue dejado en libertad sin mayores daños que su pico chueco.
Si te quieres desafiar haz un relato con las palabras propuestas y veremos qué pasa. Estoyatenta...
Pilar regresó a casa muy abatida… ¡había sido un día negro! La presentación en la que había estado trabajando tan arduamente las últimas semanas había sido un fracaso, como consecuencia, su trabajo peligraba. Había rumores de que su novio, le estaba siendo infiel con un instructor de karate. Su hermana le había telefoneado, e histérica le soltó que necesitaba urgentemente un préstamo. Para colmo, su departamento era ahora la boca de un lobo pues se había olvidado de pagar la factura de la luz. Mientras encendía velas por todos lados, decidió hacer un juicio sumario. Alguien debía pagar por todo lo que estaba pasando.
La televisión fue encadenada y enviada al cuarto de los trebejos. Su libro preferido fue vetado por un mes y aislado en un cajón de su clóset. Su gato también fue encontrado culpable, se le condenó a un mes sin sus juguetes preferidos. Al microondas se le hizo saber que tenía prohibido ser útil durante al menos treinta días so pena de irse donadoal asilo de ancianos.
Después de repartir los castigos correspondientes, Pilar se sintió mucho mejor. Mañana sería otro día.
Desafío: Hacer un cuento corto con las palabras: vitaminas, guayabera, ranas, mar, herramienta.
Vestido con su cotidiana guayabera blanca, y animado por sus vitaminas mañaneras, Don Fausto se estaciona en el lugar más solitario del malecón. Al apagar las luces de su auto solo alcanza a escuchar el bramido del mar sin poder verlo. Hoy no hay luna. Ya lo espera ahí Lourdes, la chica que ayuda en casa y que apenas pasa de los quince años. Mientras se la quita con impaciencia, el viejo piensa en lo absurda que resulta esa camiseta de ranas rosas que trae puesta la chica; después saca su herramienta y comienza a trabajar en su propio placer.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
(Eso de la herramienta reconozco que no suena muy bien, pero tenía que usar la dichosa palabrita, jajaja). Quizás tú puedas escribir algo mejor con ellas, ¿te animas?
Me miró con sueño, luego de participar en el juego del amor. Era la primera vez y había sido genial. Lo que seguía eran los rituales que no siempre uno tiene ánimo de defender o explicar.
—¿No apagas el televisor?— pregunté casual, pero en realidad era una súplica. Demoró su respuesta mientras fingía acomodar las almohadas.
—La tele… ¡Ah!, me arrulla… ¿Te molesta?, la dejo un rato más.
No volví a escuchar su voz, solo sus suaves ronquidos, más parecidos al ronroneo de un gato, emparejados con el movimiento de sus magníficos pechos. «Maldita»—pensé mientras tomaba el control y buscaba desesperadamente entre el ruido y el resplandor… algo de paz.
Desafío: hacer un cuento corto con las siguientes palabras: comedia, camelia, comida, culposa, candidez
En la calle Camelia No. 233 —explicaba el taxista a su pasajero— vive una mujer mayor, Donatella, que todas las tardes se pasea desnuda en el techo de su edificio. Como en una comedia, enseña sus carnes marchitas, se mueve con candidez, ajena a su conducta culposa.
Los que la ven desde la calle, se ponen a tirarle restos de comida, piedras y a gritarle obscenidades para obligarla a entrar en su departamento. Entonces ella despierta como de un mal sueño y apresuradamente desaparece.
Cipriano sorbía su anís lentamente, le gustaba mojar sus labios con el dulce licor y luego pasar su lengua por ellos. Todas las tardes sacaba su botella de Chinchón y se sentaba en su sillón favorito en la terraza de su cabaña. Mientras paladeaba el licor, miraba el volcán. Le fascinaban los cambios que “Don Goyo”, que era como llamaban los lugareños a la noble montaña, presentaba: en ocasiones aparecía envuelto en un manto níveo y otras aparecía sin nieve y exhalando humo como si estuviera fumando.
La esposa de Cipriano a veces se sentaba con él, ella prefería un licor de tequila que le mandaban desde Guadalajara. Ambos disfrutaban sus respectivas bebidas y de cuando en cuando, el silencio era interrumpido por un diálogo entre ellos, que casi siempre era precedido por un aroma que parecía surgir de la nada.
—Cipriano, ahí esta otra vez tu mamá. Cipriano hacía una respiración profunda llenando sus pulmones con el aroma a nardos que se percibía en el ambiente.
— Sí, es mi mamá —decía convencido—, cuando huele a vainilla es la tuya.
—Hace mucho que no viene mi mamá —decía Refugio compungida.
—Estos muertos caprichosos, mira que venir a manifestarse con olores. Yo siempre había pensado que los espíritus no tenían olor.
—Son los misterios de la muerte, viejo.
Se quedaban en silencio los dos, reflexionando en su propia mortalidad.
—Cipriano dile a tu madre que su olor ya me está mareando.
—Seguro ya te escuchó, a ver si no se enoja.
—El que peor huele es tu hermano Facundo, ese olor a flores mustias es muy desagradable. Me pregunto si a ellos les gusta nuestro olor… Bueno, supongo que sí porque si no, no estarían viniendo donde los vivos ¿verdad?
Cipriano asintió —¿Sabes mujer? Cuando me muera me gustaría oler a anís o a café recién hecho ¿Y tú?
—Tal vez a canela, me encanta.
A veces, si la plática se ponía buena se servían otra copa.
—Si todos los espíritus tienen un olor particular, ¿a qué olerá Dios?
—Mujer pues no sé… tal vez en él se concentren todos los olores del mundo y no huela a nada en particular.
—Ustedes los hombres no tienen mucha imaginación, yo pienso que tal vez huela a algo que no existe en este mundo, un olor celestial, algo que solo puedes conocer si eres un espíritu.
El olor a nardos se intensificó como si la madre de Cipriano quisiera dar su versada opinión sobre el tema.
—Una cosa es segura, a veces los muertos huelen mejor que los vivos —dijo Refugio convencida—, ahí está Román el que nos trae los víveres semanales, ese huele a pescado podrido.
Cipriano rio de buena gana.
—Tú me encantas como hueles mujer.
—No empieces…
—Anda, vamos a la cama, todavía falta mucho para que estemos muertos.
—No, no, a nuestra edad no deberíamos, y luego con todos nuestros muertos alrededor…
—Estás loca, no me vengas con eso.
Luego los dos viejos entraban lentamente a su cabaña y en su alcoba, juntos, inventaban olores exquisitos que los muertos envidiaban. Después, satisfechos, continuaban con su plática.
—Mujer, ¿en verdad quieres oler a canela?
—No sé… Fíjate que últimamente me gusta el olor de mi prima, la Magda, ¿te acuerdas de ella? La que murió de parto. A veces viene y trae un olor a jazmín que me agrada mucho.
—Sí, recuerdo a Magda. Bueno pues yo sigo prefiriendo el anís, o si no, el olor a café recién hecho.
—Mi señor, ¿ha visto lo que sucede en la tierra? Kukulkán el noble dios de los mayas, deja de observar la enorme y bella esfera azul que cuelga en la noche sin fin del universo.
—Lo he visto mi querido Ah Kin Xoc, tú sabes que siempre estoy al pendiente de los míos, aunque pocos me recuerden.
—Señor, la gente moderna tiene en alta estima a los Mayas y a la noble Ciudad de Chichén Itzá, han declarado el templo de mi señor como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.
Kukulkán, la Serpiente Emplumada, suelta una carcajada sonora y mira fijamente a su servidor:
—Ah Kin Xoc, eso es ridículo. Mi pirámide no necesita que la nombren maravilla, siempre lo ha sido. Lo mismo que quienes fundaron, construyeron y habitaron las grandes ciudades del Mundo Maya. Ese nombramiento no nos hace más maravilla de lo que ya éramos.
El fiel sirviente asiente y no puede dejar de observar una nube de tristeza que empaña la mirada del dios.
—Ak Kin Xoc, ¡extraño nuestro antiguo mundo!
—Fueron buenos tiempos sin duda, mi señor.
—Ya me hace falta visitar mi tierra personalmente. ¿Cuánto falta para el próximo equinoccio?
—Muy poco mi señor, ya podrá usted descender por su templo y fecundar la tierra, como siempre.
Kukulkán suspira y luego masculla entre dientes: “Tantas otras maravillas creadas por gente excepcional en otras partes de la Tierra, que siéndolo no son reconocidas ni recordadas. ¿Con qué autoridad se ponen a decidir estas cosas? Estos hombres modernos y sus ocurrencias…”
Para Paula, de ocho años, el día estaba resultando extremadamente aburrido, se encontraba enferma con paperas, obligada a quedarse en cama y faltar a la escuela, (lo cual no era muy desagradable, por lo menos podía dejar de ver al grupo de niñas insoportables de su salón, quienes se burlaban de ella y le decían “rara” por no jugar a las “Barbies” y por preferir hablar de lo que había visto la noche anterior en el “Discovery channel” a hablar de moda, accesorios o novios). Extrañaba sin embargo a sus maestras; sobre todo a Miss Alice, la “teacher” de Inglés, (que dicho sea de paso, era su materia favorita), pero como se suponía que no debía pararse de la cama más que para ir a hacer pipí, Paula se encontraba ya francamente desesperada.
Llegó la abuela Margarita para ayudar un poco a la mamá de Paula con la pequeña enfermita. Cuando la abuela vio y sintió con los dedos las dos enormes bolas en el cuello de Paula se espantó:
—¡Por Dios, niña!, no te levantes para nada, no te muevas, no pestañees, no respires… ¡Ay diosito, que esta niña no quede estéril o nos quedamos sin bisnietos!
Paula se rio ante las ocurrencias de su abuela, pero luego se quejó:
—Abuela, estoy muy aburrida.
—Ay niña, ustedes los jóvenes teniendo tantas cosas que antes no teníamos, se aburren con una facilidad tremenda. Pero mira, ahora remediamos eso, ¡te contaré un cuento!, así hacía mi abuela conmigo en el tiempo en que no había celulares, tabletas, juegos de computadora y demás cosas modernas. ¿Qué tal Blanca Nieves o la Bella Durmiente?
Paula puso cara de susto
—No abuela, ya conozco esas historias, por cierto… tengo una duda.
La abuela Margarita pidió paciencia al Señor, ya que sabía que las “dudas” de su nieta podían llegar a dar dolor de cabeza.
—¿Qué duda tienes? —preguntó esperando en parte que la niña cerrara el pico.
—Abuela, siempre me he preguntado… ¿Qué pasa después?
La buena señora puso cara de extrañeza
—¿Cómo?, ¿después de qué?
—Después de que se casan y viven felices para siempre. ¿Cómo sigue el cuento?
La pregunta tomó por sorpresa a la abuela:
— Pues supongo que siguen viviendo felices. ¿Qué otra cosa podría pasar? ¡Ay niña! ¡Pero qué preguntas haces!, mira mejor te traeré un jugo.
Y así Doña Margarita salió a toda prisa del cuarto de su nieta pensando que debía localizar la caja de aspirinas por si acaso. Paula se quedó esperando el jugo y se quedó dormida, tuvo un sueño de lo más loco que según contaría después, fue más o menos así:
Se vio asimisma haciendo la tarea en su habitación cuando de repente entraba Blancanieves, si, la misma del cuento, pero… algo andaba mal, sus ropas estaban viejas, su peinado se veía descuidado, se veía bastante acabada y no había nada que denotara que uno se encontraba ante una verdadera princesa. Con voz cansada se dirigió a la niña:
—Paula querida, tú querías saber que pasaba después de que el cuento termina con la frase “y vivieron felices para siempre” ¿no? Pues yo te lo diré: mi apuesto príncipe se volvió gordo y calvo, perdió todo su reino en juegos de cartas y tuve que recurrir a mis buenos amigos los siete enanos para sobrevivir. Mira mis manos, están hechas un asco de tanto lavar ropa y fregar pisos, porque no nos alcanza para pagar alguien que nos ayude con la limpieza. Mi ex príncipe se la pasa viendo televisión, no ayuda en nada, él que mató dragones y monstruos ahora le da flojera matar cucarachas. Mira, ahora vendrá una buena amiga a contarte su experiencia.
Blancanieves salió de la habitación con aire cansado y tomó su lugar La Bella Durmiente, que de bella ya no le quedaba nada y de “durmiente” menos pues se le veían unas ojeras y unas patas de gallo tremendas.
—Mi querida Paula, vete en mi espejo, en vez de estudiar matemáticas o química, me especialicé en fregar pisos y quitar polvo en casa de mi madrastra. No estudié idiomas, pero ¡ah! ¡qué bien bailé aquella noche que conocí a mi príncipe azul! A las cumbias y merengues nadie me ganaba. ¿Recuerdas que perdí mi zapatilla y él fue y la recogió y me anduvo buscando por todo su reino hasta que me encontró? Pues creo que andaba drogado o no sé, porque nunca jamás volvió a recoger ni un calzón tirado, se dedicó a sus negocios y yo pasé a ser un mueble más de su castillo. Yo pensé tontamente que teniendo hijitos las cosas mejorarían, pero no fue así, con el tiempo le dio por coquetear con otras princesas de otros reinos mientras yo cuidaba de los hijos que tuvimos, que fueron bastantitos, ya que él nunca creyó en la planificación familiar. Finalmente me desterró de sus tierras y ahora me gano la vida en una granja limpiando excremento de vaca pues por estar a su lado nunca me preparé para tener un trabajo y ganarme la vida. No dejes de estudiar niña, o te las verás negras aunque las tengas blancas. Se despidió la Bella Durmiente y entró volando Campanita.
Su tamaño era diminuto, además era insoportablemente hiperactiva, Paula tuvo que apresarla entre sus manos para que dejara de revolotear por todo el cuarto.
—¿Y tú, qué me vas a contar Campanita?
La pequeña hada contestó con voz chillona:
—Soy muy desgraciada. ¡Descubrí que Peter Pan es gay!, no le gustan las mujeres, lo cual no tiene nada de malo excepto por el hecho de que yo me ilusioné mucho con él, pero ahora resulta que sus gustos van por otro lado.
—¡Ay Campanita, ánimo!
Campanita lanzó un suspiro lastimero y luego dijo:
—Dejé de concentrarme en la escuela por pensar en él, me olvidé de mis gustos y aficiones por él, lo seguí para todos lados y ahora mira lo que resulta. ¡Anda con uno de los piratas del capitán Garfio! Por otro lado quizás fue lo mejor que me pudo pasar, ya que por el tamaño nunca hubiéramos podido funcionar como pareja. Y… bueno… también yo me encuentro confundida, hay una hada por ahí que me cierra el ojo y no sé en qué parará todo esto. Paula la vio alejarse moviendo las alas con tristeza.
Una voz la sacó de sus sueños, era su abuela:
—Ten mi niña, tu jugo. Me tardé porque me quedé platicando con tu mamá.
Paula sonrió de oreja a oreja mientras bebía el jugo con deleite.
—Abuelita, ya sé que pasó después del “y vivieron felices para siempre”
—¡Ay niña! ¿Sigues con lo mismo?
—No te apures abuelita, no tiene importancia. ¿Me haces un favor, pásame mi mochila, me pondré a repasar para no atrasarme, ¡ah! Y dame mi diario, no seas mala, quiero escribir mil veces que yo valgo por mí misma y no por estar con alguien más. Y también que debo estudiar y ser autosuficiente así ningún príncipe azul tendrá oportunidad de arruinarme la vida, también que debo vivir, tener experiencias y que no debo depender de nadie. ¿Abuela… Abuela? ¿Sigues ahí o ya fuiste por tus aspirinas? ¡Ay dios mío! ¡Mamáaa! ¡La abuela se nos acaba de desmayarrr!
La quise desde siempre, desde que nuestras madres, compañeras en todo, se embarazaron por la misma época y andaban paseando por el pueblo sus vientres preñados de ella y de mí. De niños y luego de adolescentes fuimos inseparables; ella era una rebelde y yo la seguía en sus locuras, más que nada para cuidarla. Luego salí de Todos Santos para estudiar medicina y ya desde mi partida me ilusionaba el regreso y el momento de volver a verla pues siempre pensé que ella y yo estábamos predestinados a estar juntos.
Regresé convertido en una pequeña celebridad: “el hijo de Martina ya es doctor”, “pásele doctor”, “doctorcito, que gusto verlo”, Pero al notar su ausencia se me quemó el alma. Me contaron que después de mi partida, dejó de escuchar buenas razones y le hizo caso a ese diablo insaciable que se rebeló entre sus piernas. Después de dejarse devorar por los hombres de Todos Santos se mudó a otro lugar.
Llegué de noche a San Quintín, lugar miserable. Seguí las instrucciones que me dieron y me encontré tocando a su puerta. Se sorprendió de verme, pero no dijo nada. Seguía hermosa, pero sus ojos, que siempre se habían perdido en los míos, esta vez los evitaron. Me llevó al lecho mientras yo le hablaba en silencio, pues mi voz me había abandonado:
Ven, abrázame, hoy serás mía por primera vez. No me importa que tu cuerpo cobije otros cuerpos, esta noche te quiero como el primer día, como cuando en la oscuridad flotaba en mi tibio lecho de agua y soñaba con nosotros. Te daré lo que todos te dan y aún más, pues mi alma te pertenece. Leeré tus ojos, buscaré una señal, algo que me diga que me quieres, que esto es diferente que vendrás conmigo.
Pero al terminar me señaló un lugar donde dejar el dinero y no dijo nada. Leyó mi rostro que estoy seguro reflejaba decepción y dolor. Ella esbozó una sonrisa extraña. Entonces el sabor de su piel se hizo amargo y mis ojos se volvieron un mar, unmar salado…
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Después de hacer este cuento tan crudo sentí la necesidad de hacer algo diferente con el tema del amor: