El Ídolo.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de abril: Un relato donde aparezca un libro real, también debe incluir un personaje destacado de algún otro libro, y algún detalle que dé a entender que se desarrolla en primavera.

Cuando se tapó la tubería de la casa del matrimonio conformado por Artemio y Esperanza, en la Cd. de México, se presentó un tipo que dijo llamarse Hércules Poirot. En un español con acento extraño, explicó que era bueno para casi todo: desde resolver asesinatos y acertijos, hasta trabajos más humildes como albañilería y plomería. Con la electricidad no se metía desde una vez en que casi se electrocuta tratando de resolver un misterio. No tenía pinta de plomero, vestía elegantemente y usaba un extraño bigote, muy tieso, estilo militar. Sin embargo, le hicieron pasar, pues les urgía arreglar el desperfecto. Se notaba que no le gustaba ensuciarse, se quitó su fina chaqueta y en mangas de camisa se dispuso a cavar. En poco tiempo estaba empapado en sudor por el esfuerzo y el calor primaveral. En un momento dado, lanzó un grito de entusiasmo. ¡Había encontrado algo!

—¡Esto es la causa del problema! —les mostró triunfante una estatuilla de barro cocido, ennegrecida quizá por un incendio antiguo probablemente es una pieza arqueológica, pues esta ciudad fue fundada sobre las ruinas de la capital del imperio mexica —dijo con aire conocedor.

Era una figura humana en posición sentada y con las piernas cruzadas, le faltaba la cabeza. En lo que quedaba del cuello pendía un collar de cuentas en forma de lágrima. Tenía los brazos sobre las piernas y en medio de ellas se veía un gran hueco, probablemente dejado por un enorme órgano sexual que seguramente corrió con la misma suerte que la cabeza: roto y perdido.

—Eso está muy raro Artemio— dijo la mujer en tono medroso, al mismo tiempo que se santiguaba, como le habían enseñado las monjas del Sagrado Corazón desde pequeña. En la cara de su marido se instaló una mueca burlona y luego dijo:

—Si damos aviso al gobierno, vienen y empiezan a hacer hoyos por todo el patio buscando más cosas y luego, dirigiéndose a Hércules—: ¡Termine de arreglar y tape todo! ¡Y nada de andar de hablador!

—¿Y qué vas a hacer con esa cosa horrenda? —preguntó Esperanza, sacando su biblia de bolsillo, sosteniéndola entre sus manos y pegada al pecho.

—Lo pondré de adorno. ¡Me gusta!

Hércules escuchaba con atención. Quería pedirle a Artemio que le diera el hallazgo como pago, pero eso ya no sería posible. Se notaba que lo dicho por el hombre era solo por darle en la cabeza a su mujer, y que la estatuilla le importaba un pito. Ese matrimonio andaba muy mal. Era una pena no poder quedarse con aquella figura. Su atracción por todos los vestigios y enigmas que había debajo de la ciudad era lo que lo había llevado ahí. Terminó de solucionar el problema y se retiró.

Y así fue que la efigie rota pasó a formar parte de la decoración de la casa de la pareja. Artemio la puso sobre la mesa del recibidor, entre la foto del único hijo, que posaba sonriendo en medio de la nieve de Canadá, donde vivía, y una imagen del Papa Francisco. Esperanza no se atrevió a protestar, pero no le agradaba nada tener aquello en casa.

Esa misma noche, ella, a sus 61 años recién cumplidos, tuvo, por primera vez en su vida, sueños eróticos y orgasmos intensos. Soñó que un indio musculoso, al que no le podía ver el rostro, le hacía el amor de una forma fogosa y ardiente, algo desconocido para ella.

—Anoche no me dejaste dormir, mujer. Te revolvías en la cama como babosa con sal y gemías adolorida.

—¡Perdóname viejo! Tuve pesadillas, para otra me despiertas.

Artemio no la despertaba. «Seguro es por la figurilla esa» —pensaba feliz. Le encantaba la idea de que Esperanza anduviera angustiada transitando por los sueños. Desde que tuvo que casarse a fuerzas por dejarla embarazada, sentía una hostilidad soterrada que solo había aumentado con el tiempo.

Ella amanecía sintiéndose culpable y hacía un esfuerzo extra por no caer en las provocaciones de su marido. En la iglesia se moría por confesarse, pero el pudor nunca la dejó contarle al sacerdote, ni a nadie. Rogaba a Dios que aquello parara y luego se arrepentía. Trataba de sentirse mejor pensando que solo eran sueños y no algo real.

En medio de un tórrido encuentro onírico, Esperanza se dio cuenta de que todo inició cuando encontraron el ídolo. Vio claramente que el collar de cuentas del indio que la hacía gozar, era exactamente igual al de la figurilla. Esto la puso muy pensativa.

Con los días Artemio se sintió desilusionado, al parecer su mujer estaba más en paz y ya no tenía malos sueños. Solo a veces un suspiro muy profundo y una sonrisa de total relajación se instalaba en su rostro mientras dormía. Tendría que buscar otra cosa con la cual perturbarla.

Una mañana, Esperanza no vio el ídolo en el recibidor y sintió como si le patearan el estómago. En medio de un ataque de pánico lo buscó por todos lados y se dio cuenta de que Artemio lo había puesto en la basura. Merodeando por ahí se encontró a Hércules, quien estaba a punto de llevarse el objeto.

Pero, ¿qué hace usted? —le increpó Esperanza.

¡Es que he descubierto el misterio de la identidad de esta figura! Efectivamente, es de origen prehispánico y representa a Xochipilli, el «Príncipe de las Flores». Una figura muy sensual dentro del imaginario mexica: dios de las flores, del placer y del amor. Si ustedes ya no lo quieren, me lo llevo para hacer más investigaciones sobre él.

¡Sí lo queremos! Mi esposo se equivocó. Por favor, olvídese de Xochi… ¿Cómo dijo que era el nombre?

—Xochipilli.

Hércules notó que el nombre pareció invocar en Esperanza un estado de felicidad: su rostro se relajó y sus ojos y boca parecieron sonreír al mismo tiempo. Ella tomó la figura amorosamente y entró rápidamente a la casa. No lo dejó ya decir ni pío. Resignado, terminó por irse. Estaba seguro que acababa de presenciar otro misterio, desgraciadamente su tiempo en la ciudad se acababa y no tenía tiempo de seguir averiguando.

Por su parte, Esperanza escondió muy bien a Xochipilli entre su ropa, cuidándose de que Artemio no la viera. Guardó su biblia de bolsillo en el fondo de un cajón. Mientras lo hacía musitaba: «perdóname Diosito».

FIN

Autor: Ana Piera.

Libro real: la Biblia, varios autores.

Personaje de otro libro: Hércules Poirot, detective que aparece en muchos relatos de Agatha Christie.

NOTA: Sé que no le hago justicia al personaje de Poirot en esta historia y que merece más. Espero que Agatha no venga y me jale los pies en la noche jejeje.

Se pronuncia: «Sochipili»

Mi relato en la revista digital «Masticadores» https://masticadores.com/2025/04/14/el-idolo-by-ana-laura-piera/

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Conquistar un Sueño – Microrrelato.

Mi propuesta para Escribir Jugando del mes de Abril. Hay que escribir un microrrelato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el dado (ogro) y opcional que haga referencia al invento: microscopio.

Al sumergirse, los gritos de odio se desvanecen. Bucea feliz entre criaturas amables hasta llegar con la luna submarina y juega a conquistar su cumbre. Ella se lo permite, en los sueños todo es posible, y el ogro-buzo merece un respiro.

Él no quisiera abandonar su sueño acuático. Despierto no le espera nada lindo. Esta luna, al igual que su hermana celeste, es buena para conceder deseos y permite que el ogro sueñe por siempre, buceando entre peces, gambas, estrellas de mar y seres que solo verías a través de un microscopio.

Autor: Ana Piera

95 palabras incluyendo título.

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El Cuadro.

Perdón, lo estoy republicando pues por error lo había envíado a la papelera y por alguna razón ya no lo pude restaurar en su fecha original.

En este mes de febrero 2025, el Tintero de Oro convoca a un nuevo concurso. Ya que se homenajea a R.L. Stevenson y su magnífica novela «La Isla del Tesoro» (que leí de adolescente y me encantó), se ha de escribir un cuento de piratas que no exceda las 900 palabras. Este relato es una adaptación de otro ya publicado en mi blog hace tiempo. Le hice una «poda» necesaria, (increíble todo lo que a veces «sobra» en un relato sin límite de extensión). Actualización: Relato ganador de El Tintero de Bronce en el concurso.

«Esto se ha vuelto un vicio» —pensó Manuel mientras se dirigía a su trabajo como guardia de seguridad en una galería de arte. Siempre había trabajado de noche, salvaguardando los bienes de otros, mientras a él le robaban todo, hasta a su mujer.

Esa vez, durante el rondín, entró a una de las salas y sintió un frío tremendo que lo hizo respingar. Pensó que era un tema del climatizado hasta que algo helado le golpeó en la cara. «¿Nieve? ¡Qué locura!». Partículas heladas golpeaban su rostro como si estuviera en medio de una ventisca. Se dio cuenta de que el frío provenía de una pintura, alumbró con la linterna y leyó: «Paisaje Alpino». Max Besnard. Con una mezcla de miedo y curiosidad se acercó aún más. Tuvo la sensación que el cuadro se agrandaba, aunque en realidad era él quien se encogía. Sintió que caía al vacío, reaccionó y alcanzó a asirse a duras penas del marco de la pintura. Logró sentarse a horcajadas sobre él, con una pierna en el «Paisaje Alpino» y la otra colgando hacia la galería. Si se estiraba, podía tocar la nieve, o incluso, entrar de lleno en la obra, perderse en ella, caminar en medio de aquella helada blancura y asomarse a la casita típica que Besnard pintó a lo lejos. Aunque estaba maravillado, le preocupaba regresar. Intentar saltar al piso era un suicidio, cerró los ojos tratando de pensar y de repente ya no estaba en el cuadro, sino de pie, con su estatura normal, empuñando su linterna a la pintura. Ni rastros de frío o nieve, parecía que nada hubiera sucedido. «¿Qué rayos había sido eso? ¿Una alucinación?». Mientras terminaba su turno, se repetía a sí mismo que todo debió ser una mala jugada de la mente. En su casa, sin embargo, comprobó que tenía el rostro irritado por el frío y sintió los primeros síntomas de un resfriado.

En su siguiente jornada se detuvo más de lo normal en la sala donde se exhibía el «Paisaje Alpino». Tenía la esperanza de repetir lo vivido días atrás, sin éxito. Tuvo más suerte otra noche, justo cuando ya se daba por vencido. Se trataba de la pintura de un galeón pirata en medio de un mar tempestuoso. Logró sentarse en el marco y disfrutó mirando las olas pasar tan cerca de él que lo salpicaron de agua salada. Observó también las sombras de enormes animales marinos que nadaban en las proximidades del gran barco. De la nave le llegó, atenuada por el rumor del mar, una fiera melodía que los piratas cantaban al calor del vino.

Con el tiempo, con solo desearlo, pudo entrar o salir de las obras. Estas vivencias resultaron ser lo más gratificante que había sentido en mucho tiempo: el sexo le era indiferente, no tenía familia ni amigos, ni ninguna otra afición, por eso el día que supo que lo iban a despedir creyó enloquecer.

—Usted no es el mismo de antes, Manuel —le dijo el dueño, Mr. Carter—. El personal de la mañana ha encontrado puertas abiertas, alarmas desactivadas, ropa y artículos extraños tirados en las salas. ¿Qué diablos hacía un remo a mitad de la sala de «Cubismo»? El viernes será su último día, lo siento.

Aquella noche, en la abrumadora soledad de su departamento, abrió una caja con cosas de su exmujer, mismas que nunca le mandó, primero por rencor y luego por desidia. Entre otras cosas encontró una pequeña acuarela de una naturaleza muerta. No se imaginaba entrando en ella. Recordó con nostalgia su cuadro favorito, el de los piratas, y la canción que cantaban y que él ya hasta se había aprendido. Lloró como un bebé y luego, tomó una decisión.

En su último día de trabajo, desactivó temporalmente las alarmas y fue directo al cuadro del galeón. Con mucho cuidado, desprendió el lienzo de la moldura, lo enrolló amorosamente y lo guardó entre su ropa. Abandonó la galería y desde la seguridad de un callejón le llegó lejano el sonido de la alarma y de las sirenas de la policía. Después de eso no regresó a su casa y nunca pudo ser localizado.

El cuadro cuelga hoy en la sala de una familia cualquiera, el padre lo compró en un bazar de cosas usadas. Si alguien fuera lo suficientemente observador, vería algunas veces algo de movimiento en él. Y si esa persona pudiera hacerse pequeña, tal vez podría nadar hacia el galeón y subir a la nave. Observaría entonces a aquellos hombres rudos, ebrios de vino cantando sus aventuras. Tal vez le llamaría la atención un pirata nuevo, sin mucha pinta de pirata pero con todo el entusiasmo, alzando su copa jubiloso y cantando junto a todos los demás.

788 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Lo que sigue es un experimento: un podcast sobre este relato, realizado con IA. Gracias a Tarkion por compartir sus conocimientos en su blog. Si quieres visitarlo da clic AQUI. Pienso que la IA puede ser una herramienta valiosa, en lo personal yo solo la uso para ilustrar mis cuentos y ahora experimenté haciendo este podcast (que no pretende sustituir un podcast profesional).

Colonización.

Desde el blog Alianzara, Cristina Rubio nos lanza un reto: escribir un relato en el que un momento se convierta en una eternidad.

imagen generada con IA. Gracias a Tarkion por sus consejos para generarla. Seguro puede mejorar pero el prompt no me dejó «explayarme».

«Eso» que dejé dentro del «cubo-trampa» tiene mi cerebro completamente frito.
Ayer, después de horadar y bajar el cubo a las entrañas de la Luna, yo esperaba, como es usual, sacar hielo, agua, o rocas que la contienen, pero ayer fue distinto.

De regreso en mi estación lunar, sujeté el cubo lo mejor que pude, y aun así se movía furioso para todos lados. Lo que fuera que estaba dentro, pugnaba por salir. Me fui directo al ordenador y mandé un mensaje avisando a las demás estaciones de prospección hídrica en la Luna sobre mi experiencia.
No espero ayuda, cientos de kilómetros nos separan a unos de otros, y cada quien debe resolver sus propios problemas.

Mis horas de descanso transcurrieron lentas tratando en vano de ignorar el estruendo que hacía el «cubo-trampa», preguntándome si aguantaría tanto golpe y movimiento.

Ya es otro día y la rutina no debe alterarse, luego habrá tiempo para analizar el contenido del cubo. En la Luna hay que aprovechar al máximo los aproximadamente catorce días de luz solar continua, que hacen posible las labores de prospección. Mañana inicia el periódo de oscuridad y bajas temperaturas, alrededor de catorce noches donde el trabajo se hace en el laboratorio, analizando muestras y generando informes para MoonSeek, nuestro empleador en la Tierra.

Dentro del vehículo de prospección, me quito el molesto casco protector. Ingreso unas coordenadas en un teclado de luces anaranjadas y el equipo, una mezcla de retroexcavadora y taladro sobre ruedas gigantescas, arranca. Surca a velocidad media, la polvosa superficie lunar, evitando rocas o bancos de arena profunda que pudieran atrasarnos. De un termo bebo un café espantoso hecho con agua reciclada de mi orina y sudor, (el agua de la luna aún no tiene certificación alimenticia). Me golpea el recuerdo de mi mujer Alex, y de Nico, nuestro hijo de cuatro años. Pasan delante de mí imágenes de nuestra vida antes de la última gran guerra en el 2038, donde ambos me fueron arrebatados de la manera más cruel posible.

Luego de eso, MoonSeek me reclutó. Yo quería huir del dolor, de los recuerdos, y de un mundo devastado. Irónicamente, los dos primeros acabaron viajando conmigo al espacio. Siempre me repito que estoy haciendo algo importante: pavimentar el camino para la ya urgente colonización de nuestro satélite. Lo repito como un mantra y dejo de pensar un poco en las cosas que me duelen.

El vehículo llega al sitio, digito algunas cosas más en el teclado y la unidad perforadora empieza su labor, después lanzaré otro «cubo-trampa». Siento temor. ¿Y si la historia se repite?

Pasaron las horas y todo ha sido muy normal. Ahora debo regresar y enfrentarme con «eso» que dejé encerrado. Tengo la esperanza de que solo haya sido un hecho aislado, o mejor, que haya sido fruto de un estado alterado de mi conciencia, quizás provocado por la soledad. ¡Ojalá el cubo esté quieto!, ¡Ojalá no haya nada en su interior!

No es así.

Está abierto, destrozado. Esperaba ver una bestia, mas en su lugar flotan, gracias a la atmósfera artificial de la estación, pequeñísimas esporas translúcidas. Capturo una muestra para tratar de desentrañar el misterio. La ingreso en el espectroscopio. Escucho el sonido de mensajes llegando, otros prospectadores reportan haber tenido la misma experiencia que yo.

Debí haber leído el análisis de la muestra, pero no lo recuerdo. No sé por qué estoy saliendo a horadar de noche, está prohibido. Me falta el café. Las caras de Alex y de Nico se desdibujan. Solo puedo pensar en perforar y recolectar. No regreso a la estación, ahí mismo, en medio de una extensión lunar llamada «Bahía del Honor», libero el contenido: esas esporas pequeñísimas que acaban cayendo sobre la superficie, quizás contaminándola. Ya no distingo día o noche, el tiempo no existe. Perforo, recolecto y libero en un ciclo que parece no tener fin. Cada vez me muevo más lento, siento mi cabeza a punto de estallar.

No sé cómo ni cuando llegué, pareciera que estoy en la estación. Ya no reconozco nada, el dolor es insoportable, escucho crujir mi cráneo, «algo» se está abriendo paso a través de él…

Fin

Autor: Ana Laura Piera

Nota: Relato que se inspira en el comportamiento del hongo cordyceps cuando toma control de un huésped. Si quieres saber mas da clic AQUÍ.

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La Elegía de los Elfos – Microrrelato.

Relato publicado en mi blog el 21 de dic 2023, en ese momento lo intuía, pero, viendo como va el mundo, ahora tengo la certeza de que los elfos también éramos nosotros.

Al alba, la suave y triste elegía de los elfos se eleva desde el suelo del bosque, hasta el verde dosel, anunciando la muerte inminente de su hogar.

El mutismo de la pandereta es un aviso doloroso de que se aproxima el cierre de la vida tal como ellos la conocen: el hombre, ese ángel destructor, encontró al fin la puerta secreta que conecta su mundo de caos con el bosque encantado.

¿Qué harás para impedirlo?

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Mal inglés… microrrelato.

Cuando vió la nota le llamó la atención la palabra «Amazon». Leyó un poco, sin pasar de la segunda línea. Rara vez leía los artículos completos.

Tradujo en su mal inglés: «Amazon está en una buena racha… 14 veces más «hot» que el año anterior, los expertos predicen…»

Traducción correcta: «El Amazonas se quemó 14 veces más el año pasado, los expertos advierten que los incendios podrían ser peores este año. Con los bosques desapareciendo, los animales no tienen a dónde ir. Especies enteras están en riesgo. Si el Amazonas cae, perdemos uno de los lugares mas críticos para la biodiversidad.»

Checó su móvil, abrió Amazon, buscó papel de baño y ordenó su dotación mensual. Luego exclamó:

—¡Ahhhh! ¡Qué buena app! Con razón está tan «hot».

Autor: Ana Piera.

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Mi relato en la revista digital Masticadores

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Revolutio.

Mi participación para el VadeReto del mes de abril 2025. El tema es «los ríos».

—Me parece que todo lo que cuentan sobre el «Thuban» es pura exageración —dijo Mik mientras se frotaba los ojos, tratando de ver el camino, pues era corto de vista. Lo que quería era que todos abandonaran esa loca idea de ir en busca del mítico río. Pensaba que era un viaje inútil y él tenía cosas mejores que hacer: los campos no se cosechaban solos y temía a la ira del dueño de las tierras.

—Se dice que ese río se formó con las lágrimas de un mago enamorado, y que quien beba de sus aguas, tendrá amor y descendencia en abundancia. Hace demasiado tiempo que no nace un solo niño en nuestra aldea. ¡Debemos intentarlo! —quien había hablado era Mire, que tenía fama de curandera y de saber sobre ese tipo de cosas.

Y así, todas las parejas que aún no habían tenido hijos, iniciaron una procesión en busca del «Thuban». Iban temerosos de no pedir permiso a su amo y señor, pero no sabían que este estaba al tanto de aquel viaje y secretamente deseaba que encontraran el tal «riacho», (por alguna razón lo imaginaba pequeño). Pensaba que si sus siervos pudieran tener tantos hijos como los tienen los conejos, no faltarían manos, ni grandes ni pequeñas, para labrar sus tierras y seguir enriqueciendo sus dominios. Por ello no mandó a sus soldados a detenerlos ni les estorbó de ninguna manera.

En el camino, Mire contó en detalle la leyenda del mago Thuban, enamorado de una estrella: Alhena. Ella había bajado a la tierra en forma humana y se habían enamorado cuando el mago era joven, luego, Alhena debió regresar a su lugar en el firmamento y dejó a Thuban con la promesa de que volverían a verse en persona. Él podría ver siempre su deslumbrante luz desde la tierra, y así quizás no la extrañaría tanto. Cuando el mago era ya muy anciano, un día se asomó buscándola y no la encontró. Fue tal su aflicción que lloró desconsolado y las lágrimas formaron un río que inició debajo de su lecho y siguió un curso hasta el sótano, ahí muebles y libros flotaron en aquella tristeza acuática. Surgieron peces, nenúfares y cangrejos. Al final tanta agua no pudo ser contenida, y se hizo un boquete por el que empezó a manar con fuerza, debilitando el castillo, que terminó desplomado. Así, bajo sus escombros nació el río «Thuban».

—¿Y qué pasó con el mago y la estrella? —preguntó uno de los aldeanos.

—Thuban se dio cuenta de que no había encontrado a Alhena en el cielo, pues ella había bajado para verse con él. Ambos se fundieron en uno solo y se elevaron hasta el cielo para ocupar un lugar en la noche del mundo. De esa unión surgieron muchas estrellas nuevas. La destrucción de la morada del mago ocurrió inmediatamente después.

—Todo eso son tonterías —dijo Mik en tono burlón—, cuentos de viejas. No sé por qué los estoy acompañando. Cuando nuestro amo se entere, nos castigará con furia y nos quedaremos sin nada. Yo iré y le pediré perdón, quizás tenga misericordia de mí y de los míos. Hizo ademán de dar la vuelta para regresar, mas su mujer se negó a seguirlo, y como él no podía ver bien y temía perderse, muy a su pesar, se quedó. Eso sí, renegando y mascullando en contra de aquella empresa insensata.

Todos los demás estaban muy ilusionados con la posibilidad de por fin ser padres y querían continuar. No les importó atravesar intrincados bosques y agrestes cañadas. En su camino encontraron arroyos y afluentes, pero ninguno era el que buscaban. Se decía que las aguas del «Thuban» eran de color zafiro.

Una mañana, escucharon el familiar rumor de aguas corriendo y cuando se acercaron y vieron correr un hermoso torrente azul purpúreo, se emocionaron. Caminaron a lo largo de sus márgenes unos kilómetros hasta que encontraron los vestigios de las cuales surgía. Ya no había duda, ¡lo habían encontrado!

—¡Beban todos! —dijo Mire con una sonrisa en el rostro.

Así lo hicieron y en poco tiempo comenzaron a sentir que el corazón se les desbordaba en el pecho y cada uno tomó a su pareja y alejados unos de otros, hicieron el amor con una pasión y una felicidad hasta entonces desconocida. Estuvieron unidos mucho tiempo y cuando todos se reencontraron, se veían distintos.

—He tenido una revelación —dijo una aldeana—, y es que no hemos podido ser fértiles porque no hemos sido plenamente felices.

—¿Cómo serlo? —dijo su pareja—. Trabajamos de sol a sol, no tenemos tiempo para nosotros y nuestra paga es ínfima.

—Nuestro señor no ha sido justo con nosotros —dijo otro—. Él se queda con el fruto de nuestro trabajo y deja que vivamos casi en la miseria.

—Necesitamos vivir y trabajar en condiciones mejores —dijo Mik. Su rostro estaba tan cambiado que parecía otra persona.

En unos odres de cuero, que llevaban para tal efecto, recolectaron un poco de agua del río para compartir con aquellos que se habían quedado en el poblado.

Al marchar de regreso, las mujeres intuían llevar ya la semilla de una nueva vida en sus vientres. Lo comentaron con sus parejas y todos estuvieron de acuerdo: lucharían por su felicidad o morirían en el intento. Al frente de todos iban Mire y Mik, quien, por cierto, ahora parecía tener mejor vista que nunca.

La magia de las aguas del río Thuban los habían cambiado para siempre.

Autor: Ana Piera.

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Nota: revolutio en latín es revolución.

Parte de este relato está inspirado en otro relato mío «De Magos y Estrellas».

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Desamor. Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro de marzo 2025: Escribir un relato de desamor en no más de 250 palabras.

Con los ojos empañados, las manos temblorosas y sintiéndose una estúpida, digitó la intrincada contraseña que en un tiempo significó la puerta a la felicidad.

El blog privado había sido idea de él. ¡Tantos mensajes! Aunque ninguno reciente, y los últimos eran entradas propias, preñadas de preguntas, lamentos y tristeza que no encontraban eco en ninguna parte.

Esta vez supo resistirse al impulso de leer los del tiempo de la dicha, donde una frase hacía la diferencia entre un día de mierda y uno glorioso. Suspiró. Lo que fue bello, ahora la dañaba. Después de cinco años, reconoció que todo había sido una mentira, un juego cruel. Con el corazón roto eliminó aquel blog, y con su desaparición, supo dar por fin el primer paso para sanar: amarse primero a sí misma.

Autor: Ana Laura Piera.

133 palabras.

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Insomnes – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» de Marzo 2025. Crear un relato de no más de cien palabras, Inspirarse en la carta, incluir el mineral amatista y opcional que aparezca la flor de bach Cherry Plum.

Con la amatista bajo la almohada, sus sueños resultaban demasiado vívidos, incluso, angustiantes. Prefería eso a seguir insomne.

La que andaba desvelada era su abuela, buscando su amatista «perdida».

Cuando la abuela recurrió a un método de emergencia para dormir, encontró a su nieta en un sueño: la chica era una fiera sacerdotisa celta y ella, la abuela, la víctima que sería sacrificada a los dioses. Despertaron ambas muy impresionadas.

—Dividamos la piedra y compartamos este mundo onírico —propuso la abuela.

Antes de dormir, ambas tomaban té de Cherry Plum para que los sueños no se salieran de control.

100 palabras.

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Rebeldía – Microrrelato

Mi propuesta para el reto de Lidia Castro Navás: Escribir Jugando del mes de Febrero 2025. Hay que inspirarse en la carta, incluír el elemento del dado (baúl) y opcional agregar algo referente al invento: periódico.

Los dolores de cabeza se habían vuelto insoportables, ni siquiera la dejaban ya leer el periódico. ¡Era hora de solucionar eso! Intuía que el malestar no desaparecería hasta que evitara que el monstruo de la historia se convirtiera en caballero.

La autora tomó su pluma y tachó la parte donde la criatura encontraba un cofre mágico, que al abrirlo la había transformado en un correcto caballero de armadura. Casi de inmediato, los dolores cesaron.

Tendría que reescribir el cuento. Le quedaba claro que el monstruo no deseaba ser otra cosa. Hay personajes que no dan su brazo a torcer.

100 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

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