EL ROBO

A Mario lo arrinconaron dos tipos y le exigieron todo lo que trajera encima. Era hora pico en esa estación subterránea del metro de la Ciudad de México y estaba atestada. Algunos usuarios se dieron cuenta de lo que pasaba, pero prefirieron no intervenir, nadie quería meterse en problemas. Mario tenía escasos dos años de vivir en la monstruosa ciudad, y ya sabía que estos robos eran comunes, así que solo traía el dinero necesario para el billete de camión que lo acercaría a casa y dos taquitos de los que vendían afuera de la estación y que le gustaban mucho pues le recordaban los que hacía su abuela en el pueblo.
—¿Nada más veinte pesos pendejo?—dijo uno de los asaltantes, un gordo corpulento de pelo chino, con la frente perlada de sudor, mientras le ponía el arrugado billete frente a los ojos. —Sí, lo siento. Es todo lo que traigo —¡Chale! ¡Que pinche robo más jodido, ni siquiera trae teléfono! ¡Pinche muerto de hambre! —dijo el otro maleante tras cachearlo. Este tenía una horrible cicatriz que le atravesaba la cara horizontalmente a la altura de la boca. Chasqueando la lengua y escupiéndole a los pies con desprecio comenzaron a alejarse. Pero la voz de su víctima los hizo voltear:
—¿No me podrán dejar siquiera cinco pesos para el camión?
Los dos hombres se pararon en seco, voltearon, cruzaron miradas y sonrieron malévolamente. Mario supo en ese instante que había cometido un grave error. Sintió la mordida del miedo y el corazón le empezó a martillear el pecho. En un segundo estaban sobre él. —¡Enséñale a este imbécil «Guasón!» —dijo el gordo, al tiempo que su compañero sacaba una pistola. —¡No! ¡Perdón! Per… —la voz desesperada de Mario se fue apagando a la par que el «Guasón» le daba de golpes en la cabeza con la empuñadura. Brotó la sangre y el cuerpo se fue resbalando lánguido hacia el frío piso. Detrás de ellos se abrió la puerta de uno de los vagones y los bandidos se hicieron camino violentamente para poder abordarlo; iba a reventar y las nalgas del gordo impedían el cierre de puertas; el «Guasón» tuvo que jalarlo con fuerza para que entrara por completo. Se oyó la señal y el metro se alejó con su carga humana envuelta en una bruma espesa de sudores y olores nauseabundos.
Un alma caritativa pasó, y viendo que no sería mucho esfuerzo pues se trataba de un hombre delgado; empujó de un tirón el cuerpo de Mario contra la pared, para evitar que le aplastaran. Tardó unos quince minutos en recobrar el conocimiento. Se tocó la cabeza y sintió su pelo lacio nadando en charquitos húmedos. Veía todo borroso. «Debe ser por los golpes. ¡Pero qué hijos de puta…!» —pensó— Y ahí se quedó todavía un rato más hasta que sintió que ya podía levantarse. Enfocaba mejor, sin embargo, había algo raro, no podía ver los rostros de las personas. Veía los cuerpos, la ropa, pero no distinguía las facciones.
De repente la gente que se encontraba en los andenes y otras áreas comenzaron a mirar las pantallas de publicidad. El tren llegaba y vomitaba usuarios, mas se iba casi vacío: todos miraban la película pornográfica que unos «hackers» acababan de poner en el sistema. Algunas personas grababan divertidas con sus móviles. Mario también la vio, era una escena donde el hombre tomaba a la mujer por detrás a un ritmo frenético mientras le acariciaba los pechos bamboleantes, él gemía ruidosamente y su amante le contestaba con gemidos aún más escandalosos. Adolorido, Mario observaba la escena sorprendido, veía los cuerpos, el movimiento, mas ningún rostro.
Él no lo sabía, pero los golpes propinados le habían causado agnosia facial. En ese momento no pudo reconocer que la protagonista del video era su esposa, que durante algún tiempo, tras su llegada a la gran ciudad, se había dedicado en secreto a la industria pornográfica para completar el ingreso familiar. El video fue detenido abruptamente y se escuchó una voz aséptica por el sistema de sonido: «Sentimos mucho las molestias causadas. Lo que acaba de pasar es producto de un acto vandálico, acabamos de detener a los responsables que serán remitidos a la policía» El anuncio de un perfume irrumpió en las pantallas y se escuchó un suspiro nostálgico por parte de todos los usuarios; luego cada quien regresó a lo que estaba haciendo. A Mario una mujer le regaló unas toallitas húmedas para limpiarse la sangre y cinco pesos para poder regresar a casa. Nunca pudo recobrar la habilidad de ver rostros y tampoco supo nunca que aquel robo había salvado su matrimonio.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Esta historia está inspirada en un hecho real Proyectan video porno en pantalla del Metro CDMX; acusan acto de vandalismo (eluniversal.com.mx)
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SER PARTE DE UN CUENTO
«Meta-cuento»

Llegando a casa vio con desmayo una fila inquieta de seres fantásticos que querían entrar y hablar con ella. En cuanto la vieron se armó un barullo, y la ya de por sí desordenada fila comenzó a perder aún más la compostura: hubo codazos, mordiscos, arañazos y gritos. Todos querían entrar y ser atendidos. Ella los calmó con palabras suaves y prometió que hablaría con todos. Entró y cerró la puerta. Corrió a servirse un tequila que se tomó de un jalón y luego se dirigió al despacho, donde se dejó caer pesadamente en su sillón. Pidió a su ayudante que fuera dejando entrar, uno por uno, a los que esperaban afuera.
Un enorme perro de ojos rojos fue el primero. Era enorme y más que perro parecía un lobo. Se quedó un rato en el dintel de la puerta, con el negrísimo pelo erizado y enseñando sus temibles colmillos. Tenía una mirada aguda que revelaba una inteligencia superior. Se acercó cauteloso a una de las sillas y entonces sufrió una dramática transformación: en un parpadeo el perrazo se había convertido en un hombre de rasgos indígenas, tez del color del cobre y la misma mirada aguda y penetrante.
—Estoy muy molesto —dijo en voz baja, pero firme mientras tomaba asiento.
La aprendiz de escritora pensó en lo bien que le vendría otro tequila, pero mejor comenzó a prestar atención a lo que decía el hombre.
—Estoy frustrado con mi vida y tú eres la causante, me siento enfermo de no poder cumplir mi deseo y hacer mía a esa mujer.
Ana recordaba el relato surgido de su pluma: el «nahual»(*) se transformaba todas las noches en un perro y escabulléndose entre las sombras, entraba en la habitación de la joven que él deseaba.
—Sí, recuerdo tu cuento.
—Podías haber omitido el detalle del romero y las tijeras que la madre de esa chica deja todas las noches bajo su lecho; de esa forma yo ya la hubiera hecho mía. Ahora estoy condenado por siempre a llegar tan cerca sin poder hacer nada. Te viste muy cruel.
Ella recordaba aquel detalle: el romero y las tijeras en cruz impedían al «nahual» acercarse al objeto de su deseo.
—Te prometo pensar en eso. Si lo reescribo, te dejaré el camino libre.
—Espero que no me estés dando falsas esperanzas —dijo el «nahual», levantándose de la silla y regresando en un parpadeo a su forma perruna. Antes de irse le dirigió un gruñido amenazador.
Suspiró aliviada. ¿Quién seguiría ahora?
Entró un hombre bien parecido, pero con mirada de loco —¿Los has visto? —Preguntó. Ella le miró con extrañeza —Si, mis dedos… No los encuentro… Estaban conmigo allá afuera y de repente se soltaron de mí. Los vi entrar a tu casa.
Ana recordó al hombre: era el protagonista de un relato extraño, en donde el pobre se desarmaba a diario como un rompecabezas, y tenía que estar buscando sus partes perdidas. Sintió pena por él, en verdad lo había condenado a un destino demasiado triste.
El hombre le enseñó las manos. En cada una había cinco huecos rosados en el lugar donde debían estar los dedos.
—Mi asistente te ayudará a encontrarlos.
—Es terrible ¿Por qué me obligaste a vivir en un relato donde a diario amanezco roto? Me siento muy desdichado.
—Te entiendo, de verdad… —Ana sentía mucha pena por él y no sabía ni qué decir para consolarlo.
—No lo creo —continuó el hombre—, no sabes lo que es amanecer sin oídos, o sin piernas, tener que andar buscando en la basura tus dedos o correr por toda la casa tratando de alcanzar un brazo o un ojo. Para colmo, escribiste que mi novia me dejaba.
—Escucha, no prometo nada, pero veré que puedo hacer por ti —dijo su creadora.
—Iré ahora a buscar mis dedos —dijo él, enfadado, y frente a la puerta usó uno de sus codos para abrirla, y para cerrarla usó sus pies cerrándola con violencia y haciendo un ruido tan fuerte que Ana saltó en su silla.
El asistente ya estaba haciendo pasar al siguiente de la fila, pero Ana le hizo ademán de que esperara un poco. Se sentía abrumada, era como una madre oyendo los reclamos de sus hijos ¿No habría nadie afuera que estuviera un poquito agradecido con ella? Después de todo, les había dado la vida. Los había parido uno por uno y en cada parto había dejado un trozo de ella misma. Se asomó por la ventana y dio instrucciones a su asistente, este hizo pasar a una mujer de aspecto frágil aunque aún no era su turno. El descontento en la fila se hizo sentir y el pobre ayudante tuvo que salir a calmarlos como pudo.
Esta vez la aprendiz de escritora tomó la iniciativa: —¿Eres la Mujer Pájaro verdad? Ella asintió y al mismo tiempo se volteó para mostrarle la espalda, de donde se asomaban, por unas aberturas de su blusa, un par de alas blancas, pequeñas, pero muy hermosas.
—¡Qué lindas! —dijo Ana—, cualquiera desearía tener unas alas así y volar por los cielos; debes de haber visto cosas increíbles.
La Mujer Pájaro esbozó una media sonrisa y luego preguntó —¿Recuerdas el final del relato?
Ana recordaba no solo el final, sino todo el relato, pues era uno de sus favoritos: La mujer era un ama de casa común y corriente y un día perdía su voz humana y empezaba a piar como los pájaros. Le daban ganas de comer comida de aves y le crecían alas. Su familia no la pudo comprender y la hizo a un lado. Una noche, la mujer salió de casa y se fue a un cerro muy alto que miraba hacia el océano. Sus alas parecían estar ansiosas por volar y tras desnudarse se colocó a la orilla del precipicio. Al recordar el final, Ana se estremeció —¿Saltaste? La Mujer Pájaro la miró molesta —No escribiste si salté o no, simplemente me dejaste ahí a la orilla del abismo. Y ahí sigo, me quedé como en suspenso.
—Yo siempre imaginé que habías saltado y volado.
—Pero no lo escribiste, y si no está escrito, no pasó —dijo la mujer alada mirando a Ana con intensidad.
—Lo haré, escribiré que tuviste el vuelo más glorioso de todos.
—Una cosa más ¿Podrías escribir acerca de un hombre pájaro bien parecido? Me hace falta compañía.
—Claro, lo que tú digas.
La mujer se fue bastante satisfecha, pero Ana se sentía desgraciada. De repente sintió deseos de no ver a nadie más: Aún faltaban varios fantasmas, un mago, una puta y su asesino, unos hermanos incestuosos etc. No, en verdad que no tenía ánimo para más reclamos. “Soy una aprendiz de escritora muy mediocre”, pensó. De repente escuchó una voz omnipresente que dijo: —Lo siento, estoy trabajando en otro final para tu historia, no te desanimes. Ahí supo que ella era también, el personaje de algún cuento.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Puedes leer los relatos mencionados en este cuento, te dejo los links:
NAHUAL ENAMORADO
https://anapieraescritora.wordpress.com/2021/01/07/rompecabezas/
LA MUJER PÁJARO
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(*) Nahual, (en náhuatl: nahualli, ‘oculto, escondido, disfraz’dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.
LIBERTAD
Mateo se acercaba a la jaula y abría la pequeña puerta; metía su arrugada mano y torpemente iba sacando a los canarios. A algunos los atrapaba entre los dedos y podía sentir su diminuto corazón palpitando aceleradamente; otros salían solos, buscando alejarse de aquella mano vieja como pergamino. El grito de Tita siempre lo paraba en seco:
—¡Viejo desgraciado! ¿Qué haces? ¡Deja a mis bebés!
Lo siguiente que veía era el cuerpo voluminoso de su mujer abalanzándose sobre él, rasguñándolo y mordiéndolo con la virulencia de un zombi. Él sentía el rostro húmedo de sangre y los jirones de piel colgándole de la cara.
—¡Para, para!—gritaba el pobre viejo lleno de dolor.
Y en ese momento, se despertaba.
—Otra vez estabas con pesadillas —decía ella—, ajena a la historia truculenta escondida tras los movimientos y espasmos que su marido experimentaba al dormir.
—Si carajo, pero no seas mala y despiértame—decía él enfadado. Tita ya no le contestaba, para ese momento se había levantado y se dirigía a atender a sus aves. Había mucho que hacer: destapar y limpiar jaulas, (tenía varias). Cambiar el agua, poner platitos con alimento: normalmente fruta, semillas y a veces hojas de lechuga. Sacarlos a la terraza a que les diera el sol.
—Los atiendes más que a mí, vieja…
—¡Cállate! En la cocina te dejé algo para que desayunes.
Mientras desayunaba solo, Mateo pensaba que era agradable oírlos cantar, más resentía el tiempo que Tita les dedicaba, y además estaba mal tener aves enjauladas, ellas pertenecían al cielo. Le hubiera gustado tener otro tipo de mascota, pero nunca se había atrevido a proponérselo a su mujer. Una cosa era segura: jamás haría realidad la fantasía de deshacerse de los canarios. No quería verla enfurecida como en sus sueños.
Una tarde de cielo azul y limpio, salieron, según era su costumbre, a dar unos pasos al parque cercano. Les tocó ver una parvada enorme de loros. Planearon escandalosos sobre sus cabezas, dieron dos o tres vueltas: una mofa verde y veloz dirigida hacia los que desde abajo les miraban entre asombrados y divertidos.
—¿Viste Mateo?
—No soy ciego, mujer.
—¡Pero si se han vuelto una plaga! Se está tardando el Ayuntamiento en hacer algo, además, qué pajarracos tan feos, prefiero a mis canarios—dijo enfática.
Él no estaba de acuerdo, pero era un hombre prudente (y cobarde), y calló, como callaba siempre.
Otro día en que Tita estaba en la cocina preparando el alimento para los canarios, Mateo oyó de cerca el parloteo de los loros. Salió a la terraza justo a tiempo de ver a tres de ellos sobre las jaulas de los canarios, abriéndolas ayudándose con el pico y las garras. Los prisioneros salían volando como raudas flechas amarillas y anaranjadas. De lejos se escuchaban los lamentos de otras vecinas cuyas pajareras también habían sido abiertas por los “loros libertarios”. Al otro día los noticieros hablarían del suceso.
—¿Por qué no lo impediste viejo de mierda? —le increpó Tita, llorando a moco tendido.
—Pero vieja ¡Fue todo tan repentino! Nada pude hacer, lo siento —mintió. En realidad estaba muy contento, de seguro era el fin de sus pesadillas.
—Vieja, ahora que los canarios se fueron ¿Podemos tener un gato?
https://bloguers.net/literatura/vuelo-de-libertad/
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
DESCONEXIÓN
Llegó muy cansada del trabajo. Ser mesera en tiempos pandémicos resultaba doblemente duro. Tenía que traer cubrebocas, careta y estar pasando cada cierto tiempo por la estación desinfectante donde la envolvían en una neblina aséptica. La paga no era mucha y las propinas escaseaban. Su estado anímico pasaba por un momento bajo: sus padres vivían lejos y no podía visitarles, el novio la había dejado por una amiga y para colmo, un compañero del trabajo la acosaba.
El pequeño y humilde departamento que rentaba arriba de una farmacia le parecía el paraíso después de la jornada habitual. Hurgó en su pecho y lentamente fue sacando tres metros de cable que terminaban en un conector USB que enchufó en un tomacorriente especial. Se dejó caer en el sillón de siempre.
La corriente entró en su cuerpo y el leve hormigueo la hizo relajarse y adormecerse. Extendió el brazo derecho y con su mano izquierda oprimió la piel a la altura de la muñeca. Se evidenció una pequeña sección rectangular que se replegó sobre sí misma y reveló un pequeño interruptor de encendido / apagado. Presionó para apagarse, un temporizador incorporado la volvería a activar en tres horas.
Era el momento de ahogar sentimientos, preocupaciones, flotar en la negrura mientras el hormigueo le masajeaba el cuerpo y el alma. Morir por un rato, para luego prenderse recargada, más entera. Mejor.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
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LA PESTE
Cuentos cortos a partir de una foto
Cuando salí de la escuela el abuelo me esperaba. “Julián, el pueblo se echó a perder, se pudrió”.
Pensé que la locura senil se había apoderado al fin de él, pero mientras caminábamos lo pude percibir, un olor a podrido saliendo de las casas, edificios, de todas partes. La gente se cubría boca y nariz para que sus almas no respirasen el hedor, pero era tarde porque la podredumbre emanaba de ellos también.
El abuelo me dijo: “Te mostraré algo” y subimos al Cerro de la Cruz. Desde la cima vi una fila de vehículos de todo tipo, una víbora ponzoñosa alejándose del pueblo.
—¿A dónde van abuelo?
—A llevarse la peste a otro lado, quizás haya aún una esperanza para nosotros.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Cuento publicado originalmente en 2005
Participante de un concurso de BBC Mundo, Cuentos Cortos a partir de una foto / Escogido entre los 10 mejores. (link abajo)
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/forums/espacio_del_lector/newsid_4339000/4339767.stm
Definitivamente es una antigüedad y sin embargo en el contexto que vivimos lo encuentro actual. Muchas personas acaban con el alma podrida antes que el cuerpo, esa sería una primera lectura y una segunda sería en el contexto pandémico que vivimos y que esperamos pase. (Ojalá fuera tan sencillo como en el cuento).
¡Gracias por pasar y leer!
EL ENCANTADOR DE AUTOS

Aquel era mi primer día de trabajo en el estacionamiento del centro comercial. Llegué cuando el sol caía a plomo, pero el viento insistente, cual caricias, me refrescaba el cuerpo. Me sentía perdido, pero uno que apodaban “el borrego” se acercó a mí y me dijo amablemente lo que tenía que hacer, cómo hacerlo y además me presentó a los compañeros.
Ser lavador de autos es un asunto ingrato. Laborar bajo el sol ardiente no es fácil y luego los clientes nos tratan mal, o nos quieren pagar menos si ven alguna falla. Vamos todos vestidos con horribles camisas naranja chillón y tenis a juego. El pantalón invariablemente es un jean propio que todos destinamos para ello: el más desgastado de nuestro pobre guardarropa.
El borrego sin embargo, parecía disfrutar mucho la faena. Era un hombre algo mayor, bajito y simpático. El apodo se lo habían puesto después de que platicara muy emocionado que un tío le heredaría una “lana”, o sea, un dinero, pero el hombre al morir, heredó a otra persona. Las burlas y chistes dieron origen al apodo: “el borrego”. Se le veía lavar vehículos con interés, los trataba, no como seres inanimados, sino como si tuvieran personalidad y eso me llamó la atención.
—Los carros dicen mucho de sus dueños—, me dijo mientras lavaba uno compacto color cereza con vidrios polarizados de baja calidad—, este me dice que el dueño es un Don Juan con pocos recursos. Los asientos están manchados de pasión, el piso tapizado de latas de cerveza y uno que otro condón tieso.
Me dio mucha risa y desde entonces, cuando coincidíamos me acercaba a él para trabajar juntos. Un día estábamos lavando una camioneta de lujo. El borrego parecía acariciarla como si se tratase de una mujer.
—Esta pobre me dice que tiene una vida cómoda pero aburrida. Deja a los niños en la escuela, va por ellos, hace súper, deja a su dueña en el café con las amigas. Muy monótono. La única vez que tuvo emoción fue un día que de reversa, dobló un poste municipal—. Me señaló un golpe que tenía la camioneta detrás.
—Este es de un cura —, me dijo con ojos traviesos mientras lavábamos un auto deportivo color rojo. El hombre es todo un gigoló. Predica con fuerza, regaña y no tolera llantos de bebés o ruidos fuera de lugar. Saca a la gente de la iglesia en medio del sermón si algún detalle no le parece. Pero en su tiempo libre vive pasiones que se contradicen a su condición. Supongo que su jefe —señaló al cielo—, es más tolerante con él, de lo que es él mismo con sus feligreses. Me pareció muy aventurada su opinión, pero al fijarme en los detalles observé dentro una sotana, un gazné de esos que usan los señores muy elegantes y un estuche de lentes caros.
Un día llegué y no me lo encontré. Alguien me dio una nota de su parte: “Querido Luis, he llegado a apreciarte, eres un muchacho muy noble. Quiero que sepas que una modesta camionetita me dijo que deseaba huir. La trataban con desprecio pues era el recuerdo de alguien no muy grato para su dueño. Las llaves estaban puestas, así que me fui en ella. Sé que está mal pues estoy tomando algo que no es mío, pero créeme, no podía dejar a la pobre en manos de un maltratador. Espero arreglarla y tratarla como se merece. Cuídate mucho”.
Nunca alcancé el nivel que tenía mi amigo para entender a los autos. Pero los trato con respeto como él me enseñó. Ahora mismo le doy su lavadita a un Volkswagen, de esos que ya no se ven, con placas de colección, una verdadera reliquia. Me dice que tenga cuidado con su pintura, sus molduras y sus gomas o me las veré con su dueño que es un mamón insufrible.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
COSAS DE ENAMORADOS

Lo que comenzó como una gran aventura acabó aburriéndola. La vida dentro de la lámpara maravillosa se había convertido en algo demasiado monótono.
—Estoy cansada de ver siempre lo mismo —se quejó—, extraño sentir el sol, la brisa…
Junto a la muchacha se puso el genio, pretendiendo ser un esclavo y con una gran sonrisa en el rostro se puso a mover un enorme abanico de plumas hacia Blancanieves.
—No me refería a ese aire, tonto. ¡Quiero ver otras cosas!
Una lágrima rodó por su blanca mejilla y él capturó la diminuta gota en la punta de uno de sus dedos.
La chica sintió que se encogía y de repente se encontró dentro de la secreción. El genio sonrió mientras la veía a través de la fina película de agua, entonces la hizo aún más pequeña y ella pudo observar todo lo que oculta un lamento: agua, aceites, cristales y pequeñas partículas que tenían vida propia. Era lo más parecido a un bello jardín. Pero ni eso la consoló, comenzó a dar de gritos pidiendo que la volviera a tamaño normal.
Él obedeció. Ahora la muchacha lloraba a moco tendido y él pensó que si tomaba un poquito del líquido que salía de su nariz y la volvía a hacer pequeña, quizás ahora sí disfrutaría la experiencia. (El tipo era bastante porfiado).
— ¡No vuelvas a hacerme eso nunca más! —dijo adivinando sus intenciones—. ¡Por favor! ¡Demos un paseo! ¡Veamos la luna! ¡Besémonos junto a un lago!
—Lo que pides es muy riesgoso mi amor. Alguien podría vernos salir de la lamparilla, podrían desenterrarla y descubrir que frotándola pueden tener sus deseos y yo volvería a ser un esclavo. Mi último amo, Aladino, era bueno y me concedió mi libertad, pero el siguiente puede ser una mala persona. ¿Quieres que yo caiga en manos de alguien con dudosas intenciones? ¿No, verdad?
La muchacha recordaba a Aladino, un buen día la alfombra mágica que lo transportaba se perdió y acabó en el bosque. Un tipo aventurero. ¡Suertudo! Ella ya estaba hasta el copete de la vida dentro del cacharro, así que pensó que si no la liberaban por las buenas sería por las malas.
Una noche, aprovechando que su novio tenía el sueño pesado, le cortó la preciada coleta que le surgía solitaria de la coronilla y de la cual estaba muy orgulloso, pues era un distintivo de su gremio. Ella sabía que tratándose de eso, el genio no podía usar su magia.
Al otro día fuertes sollozos la despertaron.
—¿Qué has hecho? ¿Estás loca? Sabes muy bien que no puedo hacerla crecer de nuevo ¡Ahora debo esperar cien años a que se regenere! Si algún otro genio me ve se reirá de mí.
—¿Pero quién te va a ver si nunca salimos de aquí? —dijo la muchacha en tono burlón.
A pesar del gran disgusto, el genio no cedió a la petición de su chica, así que esta decidió hacer una huelga de hambre.
—¿Estás segura de que no quieres comer querida? —preguntó cuando ya iban dos días de ayuno. Delante de ellos había una mesa bien dispuesta, sin duda él se había lucido con las viandas y Blancanieves estuvo a punto de sucumbir a la tentación de morder un pernil de cerdo que se veía de lo más apetitoso. Pero al final se mantuvo firme.
—¡Oh! Está bien, saldremos —accedió de mala gana—, solo una salida rápida.
Envueltos en un humo azul, ambos salieron de la lámpara que estaba escondida en el bosque. ¡Blancanieves estaba tan contenta! Se quitó los zapatos para sentir el suelo bajo sus pies desnudos, respiró profundo saboreando el aire y dio gracias por poder ver el sol y sentir los tibios rayos en su piel.
—Debemos regresar—dijo el genio nervioso y mirando para todos lados.
—No, otro ratito más, por favor.
Fueron llegando diferentes clases de aves que se posaron en la cabeza de Blancanieves, sus hombros y en la palma abierta de sus manos. ¡Hacía tanto que no vivía eso! Le dieron ganas de entonar una canción, como en los viejos tiempos.
—No te pongas a cantar por favor o llamarás la atención, ya vámonos —dijo el genio que conocía bien sus antiguos hábitos.
«¡Suficiente!» —pensó—amaba a su novio, pero ya no podía estar encerrada.
—No, no me iré. Vete tú.
—¿Qué? ¿Ya no me quieres? —en su voz había incredulidad.
—Te amo. Mas ya no puedo estar recluida. Anda, regresa, esa vida ya no es para mí.
Él se puso muy triste y llorando se volvió nuevamente neblina azulada que desapareció bajo la tierra. Al mismo tiempo, ella escuchó el grito de un niño que pasaba: «¡Un fantasma!» La chica temió por el genio y como pudo hizo que el crío se alejara: «No es nada… Un reflejo… No, no es bueno escarbar ahí, te puede picar algo». Una vez sola, decidió desenterrar la lámpara pues aquel ya no era un lugar seguro.
El genio sintió con pesar que alguien frotaba la lámpara y se encontró nuevamente con Blancanieves que había pedido un deseo al que no se pudo, ni quiso negar. Después él volvió a su morada. Era un buen arreglo, pero a veces, harto de vivir solo, se ponía de mal humor; entonces ella, para vengarse, calentaba la lámpara en la estufa, mientras el genio se moría de calor. Cosas de enamorados.
896 palabras.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
EL DOMO
Fran y Gabriel perdieron la inocencia el día que llegaron al límite prohibido de la ciudad. Delante de ellos se alzaba la estructura transparente de «El Domo». Sabían que la misma cantidad de kilómetros que se elevaba al cielo, eran los que se incrustaban bajo tierra, haciendo imposible que nada entrase o saliese de la urbe.
El paisaje fuera del Domo era desolador: ni árboles, arbustos o animales, solo la tierra consumiéndose al calor abrasador del sol y cientos de cuerpos humanos secos, recargados en las paredes de la estructura, uno sobre otro, en posiciones extrañas, como insectos que se hubieran querido colar en una lámpara y hubieran perecido en el intento.
Se acercaron fascinados, nunca habían visto algo parecido: cabellos blancos, arrugas, ojos cerrados para siempre. Fran dijo en voz alta lo que Gabriel se preguntaba en silencio. «¿Por qué estaban esas personas ahí? ¿Qué les había pasado?»
De regreso a la ciudad no pudieron borrar de sus mentes la visión de aquellos infortunados. Contrastaban con ellos mismos y sus conciudadanos. No había nadie que tuviera los rasgos deteriorados que vieron. La población dentro del domo tenía la piel lisa, sin arrugas, las carnes turgentes, las miradas llenas de vida. No había cabellos blancos o cabezas desprovistas de pelo. Aquello era muy extraño.
Todo esto les causaba una gran curiosidad, pero no se atrevieron a preguntar nada. Se suponía que nadie debía ir al límite prohibido, los infractores recibían un terrible castigo. No se sabía cuál era la pena, pues en cientos de años nadie había cometido tal crimen. Los dos amigos guardaron silencio sobre aquella visita, pero Fran era el más afectado, se le notaba abstraído y callado. Una tarde Gabriel, fue a buscarlo.
—Creo saber qué pasa — Fran fijó la mirada en su amigo— En esta ciudad nadie muere, por eso quieren entrar aquí, quieren vivir para siempre.
Conocían el concepto de muerte, pues los insectos morían, el ganado que les alimentaba también mas nunca se les había ocurrido pensar por qué ellos no. Había pocos nacimientos, muy controlados. Las personas llegaban a una edad donde el desarrollo se detenía, pero no había decadencia.
—¿Qué será morir? —la pregunta de Fran no iba dirigida a Gabriel sino a él mismo, en voz alta. Algo en su tono de voz, en la forma que lo dijo, hizo que Gabriel se asustara.
No existe la perfección, la infalibilidad es un mito. Si se siembra la duda y el desafío, puede suceder lo impensable.
El día que el Domo se abrió, Gabriel imaginó a Fran violando la seguridad, hackeando los códigos, accediendo a lo prohibido; dando paso al ángel vengativo y exterminador que era la muerte: ojos que dejaban de ver, miembros que perdían la capacidad de sentir y moverse; entrañas desgarradas, cuerpos que se encogían, se arrugaban y se caían a pedazos mientras la vida los abandonaba.
Fran encaró el destino elegido para los habitantes de la ciudad con una sonrisa en su rostro, pero la muerte mordió esa sonrisa dejando una mueca extraña en sus labios antes de hacerlo polvo.
Así terminó sus días el Domo, la ciudad eterna y sus habitantes.
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«ELEVACIÓN» mi participación en el desafío:

Escribir Jugando es un desafío literario de Lidia Castro Navás, puedes consultar sus bases en el siguiente enlace: Escribir Jugando (febrero) ‹ El Blog de Lídia ‹ Reader — WordPress.com
Reglas: Crear un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer el objeto del dado: imán. Opcional: Que aparezca en la historia la palabra aerostato.
ELEVACIÓN
Los jóvenes habían construido un enorme aerostato que debía ser lo suficientemente grande para contrarrestar la fuerza del imán que mantenía a su querida ciudad, atada a la tierra. «Debemos elevarnos, surcar el cielo y tener otra perspectiva» decían a todo el que quisiera escucharlos. Encontraron que los pensamientos colectivos influían en la manera en que se comportaba el gas del artilugio. Al principio nada pasó, pero conforme la gente se entusiasmaba, la urbe se fue elevando. Desde arriba todo era distinto, se sentían más ligeros y felices. Ese fue el inicio de las ciudades flotantes.
(98 palabras con todo y el título)
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla





