La Pesadilla – Relato Corto

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Me desperté sintiendo que me observaban. Un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos: ¡la pantalla del teléfono! “¡Mierda!”. Extendí la mano y lo puse en suspensión. Pensé que podía volver a dormirme, apenas eran las 6.00 a.m. Las cobijas calientes me tentaban, pero decidí levantarme a hacer café. Dejé el móvil cargando.

Apenas el día anterior me había llegado por Amazon una máquina de espresso semi profesional, con bomba italiana, y junto con ella, una bolsa de café colombiano selecto. Me hacía ilusión probarlos. Mientras me trasladaba de la habitación a la cocina, me pareció ver una sombra escurridiza. “Debo seguir amodorrado”.

Me concentré en accionar mi nueva adquisición. Antes había tenido ese tipo de máquinas, así que no fue difícil. Caté el café recién hecho, aunque me decepcionó un poco. «Nota mental: para mi próxima compra pedir otra mezcla». Añoraba cuando podía salir sin preocupaciones y comprar lo que se me antojara. Ahora Amazon era mi salvación. Saqué un paquete de galletas italianas de almendra para acompañar. De nuevo me invadió la sensación de ser observado, giré la cabeza rápidamente y esta vez la pillé: se trataba de una niña de unos siete años, de raza negra y enormes ojos; el vientre repleto de parásitos sobresalía como un balón de futbol. Vestía un pantalón azul desgastado, camisa a rayas y sus pies descalzos se perdían en mi mullida alfombra. Sus ojos se colgaron de las galletas. Sin pensarlo, le extendí una, que tomó con manos sucias y ansiosas. Corrió a esconderse detrás de uno de los muebles de la sala. Decidí seguirla, temiendo que ensuciara algo, mas ya no estaba. En su lugar encontré un anciano de barba cana hecho un ovillo en el piso, por su indumentaria deduje era alguien de oriente medio. Al verme comenzó a hacer ademán de que me resguardara junto a él y hacía señas de que “algo” estaba a punto de caer sobre nosotros en cualquier momento. Sus gemidos y su rictus de miedo me hicieron retroceder.

El desconcierto me invadió. «Esta pandemia y este encierro auto impuesto me están alterando» —pensé—. Café en mano fui al cuarto que uso como estudio, el lugar está lleno de libros y ahí tengo el ordenador. Navegué un poco en internet: Me explotó en la cara un pleito entre artistas, rumores de guerra, posible hambruna en regiones de África y Centroamérica y el desgraciado virus por todos lados.

Frente a mí apareció de la nada una chica joven, quizás unos quince años, también de raza negra. Llevaba una pañoleta verde, de sus ojos, orejas y naríz corrían hilillos de sangre que iban manchando su ropa de mezclilla. La observé con repulsión. Ella parecía no mirarme, estaba como ausente. Yo sabía que no era real, ¿por qué me estaba sucediendo esto? ¿Hacía cuanto que no tenía una sesión de meditación? Claramente necesitaba una con urgencia. Me levanté para no verla y fui a mi habitación a recoger mi teléfono. Éste seguía en la mesita de noche y conectado al tomacorriente, aún le faltaba bastante para que la batería estuviera al cien por ciento, pero nuevamente aparecía prendido. Miré por la habitación e incluso abajo de la cama, mas no vi nada.

Salí y me dirigí de nuevo a la cocina donde me dispuse a preparar algo para desayunar. Vi un niño de unos doce años, llevaba pantalones rotos a la altura de las rodillas y chanclas plásticas. Él no parecía africano, su piel era de un tono canela y tenía el pelo lacio y rebelde. La puerta del refrigerador estaba abierta y él miraba hacia el interior como perdido en una visión. Adentro había carne, huevos, queso y otras cosas que seguramente él ni siquiera sabía que existían. Me acerqué y me puse a su lado, me señaló un litro de leche, mismo que saqué y puse entre sus manos, él no sabía como abrirlo así que hice ademán de que me lo regresara, se opuso mirándome con desconfianza pero finalmente cedió. Moví la tapa hasta oír el “clic” y se lo di. Se alejó bebiendo como un becerro. En algún punto dejé de verlo. Mi incomodidad crecía.

Regresé a mi recámara para recoger mi móvil y pude sorprender a la culpable de tanta “prendedera”: era la niña de la galleta. Miraba curiosa el aparato, le picaba, se lo ponía en la oreja. Al mirarme corrió. Esto me estaba cansando, yo vivía sólo y nunca fuí niñero. Tomé el aparato, lo desinfecté con una de esas toallitas de cloro tan de moda y me fui a acostar olvidándome del desayuno, con la esperanza de dejar de alucinar.

De repente lo supe, soñaba, bueno en realidad estaba inmerso en una pesadilla: veía mucha gente necesitada y yo tenía de todo. Sentí vergüenza, culpabilidad, recordé mis compras caprichosas y mis quejas por cosas nimias. «Debo despertarme ya»—pensé.

Abrí los ojos y un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos aún dormidos, era la pantalla de mi celular. “¡Mierda!”…

Autor: Ana Laura Piera

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La Dama.

David Taffet en Unsplash

La Muerte… ¡Ay la Muerte! Es ella una dama cuya boca oscura se alumbra un poco con el reflejo amarillento de unos cuantos dientes. Tiene ojos negros, pequeños y sagaces, y un rostro arrugado como el de una pasa. Lo que pocos saben, es que es una señora de lo más bromista. Y si lo piensas bien, tiene sentido que así sea, o no podría sobrellevar la pesada carga que le ha sido impuesta.

Descubrí su sentido del humor una noche de diciembre. Mientras la mayoría de las personas festejaban las tradicionales fiestas navideñas, mi familia y yo, sumidos en el dolor, velábamos a la tía Eugenia, hermana de mi madre y muerta aparentemente por una indigestión. Una sábana blanca cubría el pequeño cuerpo. Se percibía en el ambiente el olor de los cirios consumiéndose mezclado con el de las flores que comenzaban a marchitarse; era el olor que avisaba a la tierra para que se fuera preparando, para que se abriera y acogiera en su seno a algún difunto.

Eugenia había sido una persona agradable en vida, siempre tenía una sonrisa en el rostro y las palabras de aliento no se le acababan nunca. Llegabas a su casa y enseguida se ofrecía para preparar algo rico de comer o de beber: un atole caliente, unos tamales, tal vez unas tostadas. No tanto porque tú quisieras, sino porque a ella se le antojaba, pero le sabía mejor si lo compartía contigo. Mientras los grandes se preguntaban a quién le había dejado el rancho, los chicos llorábamos al pensar que ya no podría prepararnos su delicioso pastel de natas.

La noche pasaba y los dolientes se retiraban en la misma proporción en que sentían el deceso de la tía. Los que habían ido solo por compromiso hacía rato ya no estaban. De los que quedaban algunos se encontraban a un lado de la difunta, haciendo guardia, y otros dormitaban en las incómodas sillas del velatorio para lo cual habían adoptado posturas imposibles. Pero todos, absolutamente todos, se llenaron de miedo al escuchar la inconfundible y rasposa voz de Eugenia diciendo: “ATOLE”. La diminuta figura, cubierta por la sábana blanca se había incorporado y ahora pedía la típica bebida de maíz cocido con agua, como queriendo recobrar fuerzas después de su paso por el inframundo. La mayoría salió corriendo despavorida mientras el “fantasma” pedía el atolito.

Yo alcancé a ver a la dama en un rincón del velatorio, se estremecía con las carcajadas que en oleadas la visitaban y la dejaban exhausta al ver el revuelo armado por aquella resurrección inesperada. La tía Eugenia vivió después de eso como veinte largos y saludables años. Los niños que la vimos revivir ahora somos hombres, y uno que otro se murió antes de que ella lo hiciera de verdad. Yo por siempre guardaré la imagen de la parca riéndose de su travesura, porque la muerte en realidad no es más que una broma.

Autor: Ana Laura Piera

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La Niebla

Relato participante en el VadeReto de Enero 2022 del blog Acervo de Letras. Como única condición es que el escenario en el que se desarrolle la historia tiene que estar inmerso en la niebla.

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Nací y crecí entre la niebla. A veces son jirones blanquecinos, otras veces nubes densas que nos ocultan de los demás. Nos intuimos por los ruidos que hacemos, como cuando mi abuelo come y su respiración suena muy fuerte, parece un tren que quisiera llegar a destino antes de lo previsto. O por los olores, papá huele a tabaco y mamá a vainilla. La bruma siempre se interpone tapándonos los rostros y los cuerpos. Si salimos al campo, se disipa y podemos ver las casas, el camino, los árboles y de lejos, a la gente. Al acercarnos a otras personas, vuelve a aparecer, insidiosa; primero alrededor de las caras y luego va envolviendo el resto de la anatomía en un movimiento descendente hasta los pies. En ese intervalo de tiempo, previo a que la niebla lo cubra todo, es posible atisbar las formas. La figura de mi abuelo es robusta y la de mi madre, delgada, como una ramita.

A pesar de la persistencia de la niebla, podemos hacer nuestra vida, trabajamos, comemos, amamos. Nos permite hacer la mayoría de las cosas necesarias, excepto ver nuestras caras. Más de alguno ha querido huir traspasando los límites del pueblo, pero ahí la neblina es un muro y no lo permite. Ella nos acompaña desde que nacemos hasta que nos ponen en el regazo de la tierra.

A los quince años me enamoré del cuerpo de Mercedes. Se me figuró que tenía guisa de reloj de arena, igual al que tiene el viejo José para las partidas de ajedrez. Un día le pedí que nos besáramos y aceptó. Mientras acercábamos nuestras cabezas, la neblina se hizo más densa y yo con mis manos, trataba de disiparla en un vano intento de asomarme y mirar sus facciones. Quería enamorarme también de ellas, como me había enamorado de su cuerpo. El beso fue sublime, a pesar de que fue solo un roce de labios. Soñé con él durante varias noches seguidas y me propuse volverla a besar, pero ella amaneció muerta antes de que yo pudiera siquiera proponérselo. No se supo nunca el por qué de su deceso.

Se llevaron a cabo los funerales y todos estuvimos ahí. Se escuchaban las oraciones como siseos y luego, al echar la tierra sobre su cadáver sentí que me enterraban con ella.

Esa noche regresé al camposanto, quería intentar ver la faz de Mercedes, quizás darle un último beso. Los enterradores habían dejado una pala que usé para sacar la tierra. Miré el cuerpo, que estaba envuelto en una sábana, y me tendí junto a él en esa tumba fría. Desenvolví con cuidado la tela alrededor de la cabeza. La niebla me dejó hacer. Al ver el rostro de Mercedes frente a mí, lloré. Donde debieron estar sus rasgos solo había piel, una piel blanquecina y resquebrajada cual cascarón de huevo. No había boca, ni ojos, ni nariz, solamente piel. Escuché una risa burlona flotando en el aire, y en ese momento, la niebla la ocultó de mí.

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Autor: Ana Laura Piera

Anatomía de Grey Z (fanfic)

Mi participación en:

Da clic en la imagen para que te lleve al blog El Tintero de Oro

Los fanfics son historias escritas por fans de una obra de ficción y sus personajes. Son relatos que varían la historia original o la complementan. Si quieres saber más asómate al Tintero de Oro.

El auditorio estaba abarrotado de gente esperando escuchar a la eminente doctora e investigadora Meredith Grey. La misma que desarrolló una cura definitiva contra el virus Zombie, mejor conocido como Virus Z.

Al aparecer, los asistentes se pusieron de pie y le aplaudieron a rabiar. La bata médica que la Dra. Grey portaba, cubría parte de los estragos que el virus Z había infligido en ella, mas su cara, cuello y manos los delataban: piel verdosa, faltante en algunas partes, ojos apagados y sin brillo, como los de un pescado muerto, parcial ausencia de pelo en un cráneo demasiado visible, pero estaba libre del virus. El remedio no había llegado a tiempo para muchos, donde el avanzado estado de la enfermedad impidió la recuperación, en otros, logró detenerla, y en los menos afectados incluso revirtió los daños.

—Quiero agradecer a mi equipo del Hospital Seattle-Grace —dijo con una voz rasposa y extraña al tiempo que aparecían sus entrañables amigos, George O´Malley y Cristina Yang, también algo afectados: A George le faltaba un brazo, que había sido devorado, y Cristina no tenía ojos, y renqueaba, pero aún se adivinaba en ella su espíritu desafiante.

—No puedo dejar de mencionar a los ausentes: Miranda Bailey, Richard Webber, Izzie Stevens y Alex Karev que dieron su vida para que la humanidad nunca más vuelva a sufrir el ataque del terrible y cruel virus zombie.

La ovación fue unánime.

239 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Como muchos ya habrán adivinado, me basé en los personajes de la serie Anatomía de Grey y en la serie The Walking Dead. En verdad me divertí mucho imaginando este relato.

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El Futuro – Microrrelato

Mi participación para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» Consiste en elaborar un relato de 100 palabras inspirado en la imagen, debe aparecer el objeto del dado: «frasco» ,e incluir algo sobre la invención del ladrillo. Al final te dejo el enlace a su blog por si quieres participar.

Nieva copiosamente y todos visten gruesas pieles. El fuego proyecta sombras alargadas en las paredes de la cueva.

Increíble, pero Myra va engalanada con flores frescas. Las mujeres la miran envidiosas, mas nadie osa decir nada. La han visto desaparecer a plena vista tras beber de aquel extraño objeto que encontró en la nieve.

¡Lo ha hecho de nuevo!

Ahora Myra observa hombres cociendo ladrillos bajo un sol inclemente, con ellos fabrican viviendas. Llora de emoción, intuye que se ha asomado al futuro, también llora de tristeza, ¡tanto por ver!, pero la poción del frasco se acaba.

97 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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RECUERDOS DE SENEGAL – Microcuento

Photo by Annie Spratt on Unsplash

Sus ojos son profundos y oscuros, como su piel, pero además, insondables. Alguna vez le pregunté y me dijo en un español chapurreado y con acento francés que se llama Aminata, que quiere decir «Fiel». Es una inmigrante del Senegal. Vende baratijas a los transeúntes. No lejos de ella, sentado en una banca y fingiendo leer el diario se encuentra su pareja, Moussa. Entre los dos tienen armado un plan de escape en caso de que llegue la policía. Su objetivo es levantar la mercancía lo más rápido posible y perderse en la ciudad evitando el desastre. Ya dos veces los he visto en esta operación y han logrado burlar a la ley gracias a su velocidad, y eso a pesar de que Aminata lleva a su bebé en la espalda.

Mis oficinas se encuentran frente al parque donde ellos están casi siempre. Yo los miro y me imagino cuánto extrañarán su tierra tropical. Me pregunto si no están arrepentidos de haber dejado su hogar para ser fugitivos en un lugar tan diferente. Los ojos de Aminata no los puedo leer, pero a veces un suspiro «fiel» sale de su pecho , yo sé que con ello el recuerdo no se diluye, si acaso, pierde algo de peso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

Este microcuento lo tenía como borrador ya desde hace algún tiempo, lo que determinó que lo publicara es mi reciente lectura del libro «Tierra Americana» de Jeanine Cummins que trata el tema de la migración. Es un libro muy fuerte por el tema, pero profundamente humano y desde la perspectiva de los que padecen las causas que los obligan a emigrar. Es de esos libros que en verdad te hacen pensar mucho. Los migrantes no son sólo pedazos de carne, son personas, y todas las personas somos susceptibles de convertirnos en migrantes. Por ejemplo, mi abuelo tuvo que emigrar a México por la guerra civil española y sé que siempre añoró su tierra natal. En fin, el libro es muy recomendable, les dejo el link.

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El Año Enmascarado.

Viendo hacia atrás en el tiempo, he decidido republicar este relato, con algunos cambios.

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Las ciudades pensaron que algo andaba muy mal cuando sobre sus lomos dejaron de pasar los usuales contingentes de personas, tanto en vehículos como caminando. Los pequeños pueblos turísticos languidecieron al ver que ya pocas personas acudían a admirarlos. Los animales también se habían confundido, perros y gatos sobre todo, vieron con extrañeza cómo sus amos se ponían lentes protectores y «bozal» para salir, actividad que cada vez hacían con menos frecuencia.

Las aves del cielo, atónitas, vieron disminuir los objetivos para depositar sus excreciones. Los muebles de las casas, al sentir el peso de sus dueños a todas horas tuvieron ganas de desaparecer. Las viviendas se cansaron de la constante presencia de sus habitantes: “¿cuándo volveremos a estar solas?” se habían preguntado mientras lanzaban suspiros pesarosos que salían por las ventanas.


Las madres, tratando de volver normal lo anormal, inventaron relatos para sus hijos pequeños: «este año todos nos volvimos bandoleros, por eso nos tapamos los rostros»


En suma 2020, fue un año extraño, un año anómalo donde todo estuvo al revés. Sin embargo, para algunas personas aquello fue un sueño hecho realidad: a los que les costaba trabajo dar un beso o un abrazo estaban fascinados pues ya no tendrían que fingir. ¡Por fin se respetarían los espacios vitales! La distancia y el enmascaramiento ocultaban convenientemente las muecas de disgusto, aunque también, las sonrisas. Para los que añoraban el contacto piel a piel y la cercanía con sus semejantes se trató de una verdadera pesadilla.


La humanidad había tenido que aprender a hacer las cosas cotidianas de otra manera. Ciudades, pueblos, casas, mascotas también tendrían que resignarse a una nueva vida. En los anales de la historia de los animales domésticos, aquel año 2020 se conoció como “El Año Enmascarado”.


Y, sin embargo, al final de ese año desastroso, de la mano de la resiliencia humana llegó un atisbo de esperanza… Las mascotas compartieron, junto a sus dueños, ese sentimiento tímido de que todo iría mejor en los años por venir.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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4ta. Antología de El Tintero de Oro, titulada «Anoche soñé que…»

Queridos amigos, desde hace algún tiempo participo en el excelente blog El Tintero de Oro, de David Rubio, que en esta recta final del año ha sacado su 4ta. Antología donde se incluye un relato mío. Todas las creaciones que se pueden leer en la Antología son de una gran calidad, el contenido es variado y para todos los gustos. La Antología se publicó en Amazon a precio de costo. Si alguien está interesado en adquirirla pueden cliquear AQUI Si desean conocer El Tintero de Oro denle clic al enlace abajo de la imagen. Aprovecho para desearles a todos felicidades en estas fechas y que el 2022 nos traiga a todo alegrías y bendiciones.

El Regreso

Relato que participa en el reto del blog «Acervo de Letras» con el tema «deseo». Si quieres participar o asomarte al blog solo debes dar clic en la imagen.

Todo sucedió muy rápido. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a José caer sin hacer casi ruido. Un gesto tan natural como querer cortar el agua del mar con los dedos había sido el causante de la desgracia. Aquel gigante húmedo y espumoso no había perdonado el atrevimiento de querer sentir su fuerza.

Grité lo más fuerte que pude. Dentro de mí ese grito pareció ajeno, como si fuera el grito de otra persona. Mi padre pidió que pararan el yate, que ya había avanzado alejándose del lugar donde mi hermano, el de en medio, había caído. La embarcación dio marcha atrás con mucho cuidado y volvió a parar. Papá se lanzó al mar como una flecha, desapareciendo de nuestra vista. Pasaron unos minutos que parecieron eternos. Mi mamá y mi hermano menor, Carlos, lloraban. Yo fijaba la mirada en aquel mar de un azul oscuro, casi impenetrable, esperando nervioso el momento en que salieran. Por fin percibí las ondulaciones rosadas causadas por el absurdo traje de baño de mi padre, quien emergió con José, pero su pequeño cuerpo, empapado y desmadejado, tenía ya la palidez de los muertos.

Una vez en el bote, papá constató la falta de pulso e inició los primeros auxilios, dándole respiración boca a boca y masaje cardiaco. Cada segundo que pasaba nos acercaba a todos a un abismo desconocido. Más tarde una ambulancia aérea recogió a mis padres y a mi hermano ahogado. Recuerdo haberlos visto alejarse mientras Carlos y yo estábamos demasiado aturdidos para llorar. El barco siguió su curso al siguiente puerto, donde tomamos un avión para reunirnos todos en casa, mas al llegar, papá y mamá no estaban.

Fueron días oscuros. Los empleados de la casa, por muy buenas intenciones que tuvieran, no podían sustituir la calidez de nuestros padres. No servía de nada pretender la normalidad pues los residuos dejados por la existencia de José eran constantes recordatorios de su violenta pérdida: su habitación, su ropa, sus juguetes, su bicicleta, hasta su querida salamandra, a la que él había bautizado como «Manchas» nos lo recordaba. Al final la pobre murió por falta de cuidados pues evitábamos entrar a su cuarto.

El abuelo llegó después para hacernos compañía, cosa en la que falló por completo a causa de su propia pena. Su jovialidad había desaparecido y parecía que el tiempo por fin lo había alcanzado. Por esos días, Carlos y yo decidimos dormir juntos pues las pesadillas nos atormentaban. Una noche sin saber a quién o a qué, pedimos con todas nuestras fuerzas que José regresara.

—Si se lo llevaron es que lo podían salvar, ¿no? —Preguntaba Carlos con la inocencia de sus siete años y yo callaba. Mi seguridad de hermano mayor, me había abandonado.

Pasaron tres meses en los cuales llegamos a pensar que nuestros padres ya no regresarían. Que José de algún modo extraño se los había llevado también. Solo algunas llamadas esporádicas entre mi padre y el abuelo nos recordaban que aun existían. Llegó Diciembre y por primera vez nos molestaron los adornos navideños, los villancicos que se colaban insidiosos por las ventanas de nuestra casa y la algarabía de los vecinos.

Una mañana, el abuelo nos llevó a pescar al lago, que aún no estaba congelado. No fue la mejor elección: la visión del agua nos hizo recordar el mar y aquel fatídico día. Nuestros dedos nerviosos acabaron punzados por los anzuelos mal colocados y Carlos lloriqueaba todo el tiempo lo que hizo que los peces se asustaran. El abuelo no decía nada, su mente no estaba con nosotros. Su teléfono vibró anunciando un mensaje.

—Guarden todo, hay que regresar. —Había inquietud y sorpresa en su voz.

Nada más llegar a casa, vimos a nuestros padres esperándonos en la entrada. Emocionados corrimos a abrazarlos y lloramos a moco tendido.

—Tengo una sorpresa para ustedes, —dijo papá con una mueca que trataba de ser sonrisa en ese rostro que ahora lucía más avejentado y grave.

En la puerta de la casa un resplandor metálico llamó nuestra atención de inmediato. El «resplandor» resultó ser un robot infantil que se movió inseguro hacia nosotros. Retrocedimos, pero papá nos detuvo.

—Es José.

Nos miramos asustados mientras aquella máquina se acercaba vacilante. Sus movimientos eran bastante naturales, aunque no lo suficiente. Su tórax era tan delgado como el de los insectos, y solo sobresalían un poco la parte de la pelvis y el torso. Tenía la altura de José, que siempre había sido el más alto de los tres, y su cabeza tenía facciones humanas.

—¡Hola! —Levantó un brazo para acompañar el saludo y unas luces azuladas en su pecho y cabeza se prendieron al ritmo de aquella voz metálica.

Papá explicó que José había sido candidato a un novedoso proceso mediante el cual unos ingenieros chinos lograron trasladar su conciencia a una unidad de memoria que estaba ahora en aquel cuerpo robótico. El cuerpo de José se había perdido mas no su esencia, que estaba ahí, contenida en ese envase artificial de última generación.

Carlos y yo nos miramos y caminamos hacia «José».

—¿En verdad eres José? —Preguntó Carlos.

—Claro que sí, «conejo».

Carlos sonrió al escuchar aquel apelativo tan familiar.

—¿Cómo se llama tu mascota? —pregunté con hosquedad.

—Manchas.

—Pues ha muerto. Debiste estar aquí para alimentarla. ¿Sabes?—. No quería ser cruel pero en ese momento me sentía muy confundido y frustrado.

«José» se quedó en silencio.

—¿Puedes andar en bicicleta? —pregunté.

—Creo que puedo hacer de todo, pero habrá que poner a prueba este «hermoso» cuerpo que me han dado.

No fue muy evidente por aquella voz tan rara, pero ahí seguía la ironía que siempre había caracterizado a nuestro hermano. Nos abrazamos. Fue extraño sentir la dureza y frialdad al tacto de aquella máquina. Con el tiempo nos acostumbraríamos. También a las miradas de extrañeza de los vecinos. Papá y mamá lloraban, y el abuelo, tratando de dominar su emoción, nos tomó una foto. Nuestro deseo se había cumplido, acabábamos de recibir el mejor regalo de Navidad.

Nota: A veces me preguntan que fue primero: el relato o la imagen. En este caso, la imagen fue la que inspiró este cuento.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL EMPRESARIO – Microrrelato.

Dorian estaba muy orgulloso de sí mismo y agradecía a la vida ser alguien tan ordenado y sistemático, sin duda eso le había ayudado a la hora de montar la fábrica. Un estruendo se escuchó y la monstruosa maquinaria inició operaciones. Se puso sus anteojos para observar mejor a sus robots operarios alimentar con cuerpos humanos sin vida, a aquella bestia metálica.

El producto final eran unas adorables galletitas del tamaño de una moneda espolvoreadas con fina azúcar.

Un pensamiento feliz lo invadió: sin duda merecía una recalificación por parte de la institución mental de donde se había fugado: de psicópata a empresario ecologista, (por aquello del reciclaje). Tomó una de las galletas y se alejó comiéndola alegremente.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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