Otra forma de ser valiente.

Microrrelato de cien palabras.

Mi propuesta para el reto «Escribir Jugando», de Lidia Castro: Inspirarse en la carta, incluir la piedra de jaspe rojo y opcional mencionar algo relacionado con la flor de bach clematis. No deberá exceder las cien palabras.

Cuando el centurión ordenó al legionario Publio Corvus explorar el territorio, este se alegró. Sentía ya insoportable el peso de su armadura y la sangre derramada le ahogaba los sueños. Decidió cruzar el Danubius.

Al salir de un tupido bosque, vio un brillo que llamó su atención. Junto a un desfiladero, y debajo de una mata de la delicada flor clematis, resplandecía una piedra de jaspe rojo. Lo tomó por señal de que no le faltarían fuerzas. Lanzó su gladius y armadura al vacío. No era un cobarde, solo buscaba otra forma de ser valiente.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Piera.

Nota: Gladius es la espada romana utilizada por las legiones. Danubius, el nombre romano del río Danubio.

Este micro en la revista digital Masticadores Sur.

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Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial, las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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El enano y la mariposa de luz.

En su blog, Lidia Castro nos reta a hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en la imagen, que incluya el elemento del dado: «enano minero» y opcional, que aparezca algo relacionado con el cinematógrafo.

Atrapada en una bombilla sin filamento, la mariposa de las minas brillaba con furia. Zimri, el enano minero, la miraba fascinado: su luz proyectaba sombras danzantes sobre su pared desnuda. «No tengo nada que envidiarles a los parisinos con su cinematógrafo» —pensaba mientras la mariposa iluminaba su soledad. El resplandor fue menguando y Zimri temió perder su espectáculo. Una mañana la encontró muerta. Enfermo de tristeza, comprendió que la verdadera función estaba en la mina: allí las mariposas volaban libres y centelleaban como constelaciones. Nunca más volvió a encerrarlas en bombillas.

98 palabras.

Autor: Ana Piera

Por favor, deja tu nombre si eres tan amable de comentar, a veces wordpress me los pone como anónimos. Gracias.

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Turismo espectral.

Relato corto sobre el Día de Muertos en México.

Tiempo de lectura: 4 minutos.

El alegre grupo llegó a México. Eran espíritus venidos de distintas partes del mundo a los que el señor Wu, un espíritu japonés con gran visión comercial, había traído en plan turístico para que experimentaran las tradicionales fiestas de muertos.

Se rieron mucho con las calaveritas de azúcar, presentes en casi todas las panaderías del país. Estaban adornadas con papelitos brillantes y filigrana de azúcar de diferentes colores, y algunas tenían nombres escritos en la frente. Uno de los viajeros, un ruso de nombre Igor, estuvo buscando entre ellas su nombre, sin éxito.

También probaron el delicioso pan de muerto. Bueno, probar es un decir, porque aunque podían comerlo, el pan se salía de sus cuerpos en forma de migas secas conforme lo iban consumiendo. Los dueños de los establecimientos quedaban perplejos ante el reguero de migajas que parecía brotar del aire.

La actitud de los mexicanos ante la muerte los hizo sentir como en casa, especialmente se sintieron reconfortados ante la visión de los grandes altares que se levantaban amorosamente dentro de los hogares y en algunos lugares públicos. Los altares estaban adornados con papel picado de diferentes colores y llenos de las cosas que les gustaban a los difuntos en vida, sus platillos y bebidas preferidas: mole, tamales, pozole, mezcal, tequila y vino. Gunhild, un espíritu femenino de Escandinavia, le pidió al señor Wu que le consiguiera la receta de los tamales. Todos en el grupo estuvieron de acuerdo en que era notable que la muerte se viera de forma tan natural y no fuera tabú como en otros lugares. El Sr. Wu dijo que aquellas tradiciones le recordaban un poco las de su país e insistió en prender incienso en algunos lugares.

La madrugada del primero de noviembre, escucharon mucha algarabía y gritos infantiles. Del cielo comenzaron a bajar en tropel miles de almas de niños fallecidos que regresaban por una noche a disfrutar nuevamente con sus familias. ¡Había que ver aquellas caritas llenas de felicidad! Los pequeños descendían a una velocidad asombrosa y casi derribaron al señor Wu cuando este daba instrucciones a su grupo para evitar ser arrollados. Todos se divirtieron con ese detalle.

Tras la algarabía infantil, la ciudad se preparó, con reverencia, para la llegada de las ánimas adultas, el día dos de noviembre. Los adultos, aunque contentos, venían más calmados que los niños. Formaban pequeños corros que platicaban animados y luego se diseminaban por la ciudad para entrar a sus respectivas casas y disfrutar de la hospitalidad de los vivos.

Un fantasma local, Crescencio, se ofreció a llevarlos a visitar un cementerio esa noche, y no podían creer lo que sus ojos huecos veían: gente comiendo y bebiendo junto a las tumbas, envueltos en el aroma de unas flores amarillas, la “flor de muertos” o, en náhuatl, cempasúchil. Había canto y jolgorio de vivos y difuntos. Los viajeros pudieron apreciar cómo los fallecidos abrazaban a sus familiares vivos aunque estos no lo notaran. Igor se apartó del grupo, con la mirada perdida entre las velas, y el señor Wu le preguntó qué le pasaba. Resultó que Igor se había acordado de su abuelito Vladimir y su abuelita Irina, lo que lo había puesto melancólico. Crescencio insistió en que lo mejor para la tristeza era que probaran el mezcal. El señor Wu les advirtió que las bebidas alcohólicas se comportaban distinto de la comida, y que podrían «absorberlas» completamente. Aunque les aconsejó prudencia, más de uno de los espíritus viajeros acabó borrachito.

Partieron al alba y México se quedó flotando en sus memorias como el aroma del cempasúchil: dulce, persistente e inolvidable.

Autor: Ana Piera.

Este relato fue publicado en la Revista digital «Masticadores» el 28 de octubre del 2021. En esta ocasión lo republico con algunos cambios.

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El abrigo que no seduce.

La ex-niñera que aprendió a elegir.

Mi participación para el concurso de relatos de El Tintero de Oro. La condición es que sea un relato ambientado en Nueva York, donde la ciudad tenga cierto protagonismo en la historia.

Tiempo de lectura: 2 minutos.

Queens, N.Y., 2025.

Despertó con el maquillaje corrido y un abrigo de leopardo en la puerta. Fran Fine ahora tenía 56 años y ya no trabajaba de niñera. Después de darse un baño, se sentó frente al tocador de su habitación y, ante el espejo, dibujó con un dedo un corazón aprovechando el vaho húmedo sobre el cristal.

—Fran, ¿qué demonios querías ser?— dijo con esa característica voz nasal que los años no habían podido borrar.

Recordó los días en los que soñaba con atrapar un marido rico, vivir en un pent-house en Manhattan, asistir a estrenos glamorosos, conciertos y galas, para después cenar en «Daniel», en el Upper East Side, o en «Le Bernardin», en Midtown Manhattan. Saboreando no solo los cocteles, sino las miradas de envidia y admiración de mujeres y hombres. No había quedado en un sueño, lo había obtenido y al final, lo había regresado, como una chaqueta que no sienta bien.

Sonó el móvil, era Maggie, la hija mayor del productor de teatro Maxwell Sheffield. Fran había sido su niñera hacía muchos años.

—¿Fran? ¡Qué alegría escucharte de nuevo! ¡Te perdí la pista por un tiempo!

—¿Maggy? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado?

—No muy bien, Fran. ¿Recuerdas a Carlo?

Claro que lo recordaba. Era guapísimo y además hijo de un afamado actor de cine. Fran le había aconsejado a Maggie que lo conquistara a cualquier precio.

—Carlo es incapaz de serme fiel, Fran. Solo soy el adorno que lo acompaña, no me falta nada, pero me siento como un mueble costoso en una casa vacía.

Fran lamentó con todo su ser haber sido el modelo de un ideal equivocado para Maggie. Ojalá ella nunca le hubiera hecho caso. Mientras la joven se desahogaba, Fran escuchó a un repartidor que gritaba algo en italiano afuera de su departamento, otro más allá decía algo en bengalí. El tren de la línea 7 pasaba a lo lejos, vibrando. ¡Había tanta vida en Queens! Contrastaba con la rigidez del Upper East Side donde vivía Maggie.

—Escucha preciosa, tengo un proyecto encantador y pronto te mandaré una invitación. Espero que puedas estar presente. Después podemos tomarnos algo juntas, como en los viejos tiempos.

Tras la llamada, Fran pensó que ella misma ya no buscaba ser elegida. Tras su divorcio, y en el caos encantador que era Queens, se preparó para su siguiente desafío: ser curadora de un museo de estética «Kitsch». Aún no tenía sede, pero ella y su amiga de la juventud Val Toriello ya estaban buscando un lugar y recopilando los objetos que exhibirían. El museo sería inaugurado con una chaqueta de «animal print» de cebra, con detalles en terciopelo y lentejuelas.

Terminó de vestirse y se puso el abrigo de leopardo, ya no para seducir a nadie, solo porque le gustaba como rugía contra el gris del mundo.

Autor: Ana Piera.

Nota: Fran Fine fue el personaje ficticio de una serie de televisión de los noventas. Quise imaginar que el personaje evolucionaba sin perder su esencia, aunque esta implicara conservar esa estética estridente, la «kitsch», pero que era tan de ella y que aunque la criticaran, ella la lucía orgullosa. Espero que el relato no precise, para entenderlo, de haber visto la serie. Gracias por leer.

En Reflexópolis, ciudad de pensamientos, te cuento cómo se me ocurrió esta historia.

Maestro Inesperado. Cuento corto.

Lo que una vieja máquina enseñó a un diseñador impaciente.

Tiempo de lectura: 5 minutos.

Mitch odiaba perder el tiempo, pero se le escapaba igual. Su impaciencia tenía un costo: a menudo reiniciaba proyectos con más frecuencia de la que los terminaba.

En una habitación con piso de fino parqué y bajo un techo de vigas visibles de madera, Mitch tenía frente a sí varias pantallas electrónicas y un teclado retroiluminado. Parecía un director de orquesta: diseñaba, tomaba llamadas, asistía a juntas por Zoom. Cada segundo contaba; trabajaba desde casa para evitar el tráfico, comía alimentos instantáneos y detestaba las llamadas sociales. Pero esa vez, quien lo llamaba era su jefe, Patrick.

—¡Mitch! Quería saber cómo te va en el nuevo departamento. Bueno, «nuevo» es un decir. Tengo entendido que el edificio es bastante antiguo el tono de Pat era un poco burlón. La llamada no era inocente; a veces hablaba solo para molestarlo.

—Hola, Pat. Sí, es un edificio viejo recién remodelado. Todo funciona bien. El cambio fue una pesadilla, hubiera preferido quedarme en el anterior, pero como sabes, harán una tienda departamental.

Patrick sonrió divertido, imaginando a Mitch furioso por la mudanza.

—¿Y pudiste domar a la «bestia italiana»?

Mitch había encontrado una vieja cafetera olvidada: una Pavoni Europiccola, máquina de espresso de los años 60, muy valorada por coleccionistas.

—No tengo tiempo para esas cosas, Pat. La guardé porque es de colección. Ni siquiera sé si funciona.

—Mitch, si alguien puede con ese reto, eres tú. Luego me cuentas. Ah, sobre la tablet: prefiero que no tengas prisa y nos entregues el prototipo bien depurado. ¡Hablamos!

La llamada incomodó a Mitch. Odiaba que opinaran sobre su trabajo y lamentaba haberle comentado a Pat sobre su hallazgo. Ahora no lo dejaría en paz. Esa misma noche decidió revisarla.

La Pavoni no desentonaba en la cocina reformada de Mitch; esta conservaba los gabinetes de madera originales, aunque pintados de color crema, y la encimera de granito en tonos oscuros. Bajo la luz led de una moderna luminaria de techo, le pareció un extractor de jugos glorificado; sin embargo, este modelo había revolucionado el café doméstico: miniaturizó la tecnología, empoderó al usuario y se convirtió en un ícono de diseño de su época. Mitch echó de menos una pantalla táctil. No tenía experiencia con artefactos analógicos y muy pocas veces hizo café. El Starbucks cercano cubría sus necesidades habituales de cafeína. Quizás debía investigar un poco, limpiar la máquina… pero tenía prisa. «¡Resultados!» «¿Qué tan difícil podía ser?«

La conectó a la corriente, activó el interruptor, puso agua en la caldera y, sin esperar la temperatura ideal, rellenó el portafiltro con un viejo café, descolorido y ya sin aroma, que estaba junto a la Pavoni cuando la encontró. El café se desbordaba. Para apisonar no utilizó el «tamper», sino que lo hizo con dos dedos, como untando mantequilla sobre un pan. Colocó el portafiltro, tomó la palanca y la bajó con decisión, esperando un chorro elegante de café con «crema».

Lo que ocurrió fue… un desastre.

El portafiltro mal sellado y la presión inestable lo hicieron salir disparado como un cohete. Mitch experimentó el momento como en cámara lenta: con los ojos muy abiertos por la sorpresa, lo vio elevarse, le pareció que hacía piruetas en el aire, esparciendo grumos y agua caliente por toda la cocina. Mitch terminó con café en el cabello, los ojos y la ropa empapada. Al final, la pieza cayó en picada, manchando el piso.

Mitch observó, molesto, a la cafetera, que liberaba vapor y goteaba, desafiante. Se imaginó a Pat observando la escena y riéndose de él. ¿Y si la tiraba a la basura? No, mejor venderla. ¿O intentarlo de nuevo? Mientras limpiaba, la miraba de reojo, cada vez con un poco más de respeto, aunque a regañadientes: su imponente palanca cromada, su caldera de latón manchada por el tiempo, montada sobre una base de acero inoxidable con acabado en negro. «Quizás deba ir con…» la palabra «calma» se le atoró en la cabeza; tan poco acostumbrado estaba a ella, que, al final, apenas pudo conjurarla.

Terminaba de fregar cuando su reloj inteligente vibró en su muñeca empapada, mostrando varias notificaciones. Respiró hondo y combatió la urgencia de revisarlas. Se obligó a terminar lo que hacía en la cocina. Cuando se marchaba, echó un vistazo a la cafetera. «Nos veremos otra vez».

Para el segundo intento, tenía un buen café en grano y un molino. Desconocía, sin embargo, la consistencia exacta que debía tener y lo molió grueso. Olvidó usar el «tamper». Tomó la palanca que creaba la presión, sintió el frío del metal en su mano. Presionó y esta bajó demasiado rápido. El resultado fue un brebaje aguado, de mal sabor y sin «crema». Se puso a limpiar malhumorado, con movimientos rápidos y torpes. «¡¡¡Ayyyyy!!!» Mitch se quemó el antebrazo con la caldera ardiente y que no contaba con un elemento aislante. Maldijo aquel diseño arcaico mientras miraba incrédulo un buen trozo de piel adherido a la caldera. Adolorido, corrió a buscar un ungüento para quemaduras. Mientras se curaba, decidió que no valía la pena el esfuerzo.

En los días que siguieron, se dedicó a afinar el proyecto de la tablet. Batallaba mucho con un código. Hizo lo impensable: decidió hacer algunas consultas técnicas; algo que desechó en un principio para ahorrar tiempo, pero que al final le ayudó a solucionar el problema.

Una segunda llamada de Pat comunicándole su deseo de probar uno de sus espressos, le hizo retomar la máquina otra vez. Decidió ver algunos tutoriales y videos sobre su uso. Compró una báscula digital.

Molió la cantidad exacta de café hasta que quedó con la consistencia de arena fina. Esta vez lo apisonó adecuadamente con el tamper. Luego de colocar el portafiltro tomó la palanca. No se apresuró como era su costumbre, la bajó lentamente, respetando la resistencia que presentaba el café. Este empezó a gotear, denso, sobre la taza. El ambiente se llenó de un fresco aroma con notas de frutos secos. Vio emocionado que se formaba la deseada «crema» color avellana. Le dio un sorbo y paladeó con calma el sedoso y agradable líquido. No pudo evitar un suspiro de satisfacción. Estaba muy bueno, el sabor se equilibraba entre lo amargo, lo dulce y lo ácido. Mucho mejor que sus cafés de cartón.

Estaba tan contento que, mientras lo bebía, se tomó unos minutos para curiosear por la ventana y saludar a sus vecinos. Le invadió una sensación de bienestar y calma. Reconoció que la prisa no era buena. Miró a la «bestia italiana» con nuevos ojos. Le había enseñado paciencia y se había convertido en «su maestro inesperado».

Pavonni Europiccola pre-millenium.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de comentar, por favor déjame tu nombre. WordPress no anda fino y los pone como anónimos. Mil gracias.

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El Rescate. Cuento Corto.

Emprendí la búsqueda un día al amanecer. Hacía frío y girones vaporosos de neblina se desprendían de los árboles. La gente de los alrededores tenía aquel bosque por enigmático, y pocos se aventuraban en él. La luz matinal fue menguando, pues el denso dosel arbóreo funcionaba como una sombrilla natural, impidiéndole llegar al fondo. Avancé en la penumbra, escuchando el crujido seco de la hojarasca bajo mis pasos. Cuando lo creí prudente, grité a voz en cuello:

—¡Eh! Ustedes, los que caminan sobre una pierna, ¡déjense ver! ¡Eh! ¡Monópodos! ¿Me escuchan?

No vi la trampa. Di un paso y me sentí levantado súbitamente en el aire, atrapado en una tosca red hecha de fibras vegetales y ramas pequeñas que me rasparon la piel.

—¿Cómo nos llamaste José? —desde abajo, uno de ellos, dando saltitos sobre una pierna, me hacía la pregunta sonriendo.
—¡Bájame! —grité. ¿Quién de todos eres?
—¡El único que queda! —dijo, ahora sin reírse. Una gota fría me recorrió la espalda.


Había pasado yo de ser un joven e inexperto zapatero, a dominar el oficio. Mi padre y maestro, ya entrado en años, me pidió relevarlo en nuestra pequeña zapatería de pueblo.

Antes de adquirir toda la responsabilidad de nuestro taller, quise satisfacer una curiosidad:
En mi memoria vivía el recuerdo de una familia muy diferente a todas. Sus miembros nacían con una sola pierna, que emergía solitaria entre las caderas.

Hubo una temporada en que nos robaban zapatos, nunca en pares, solo un derecho o un izquierdo, creando caos y haciendo que nuestro taller trabajara a marchas forzadas para reponer lo robado. La gente culpaba a los duendes del bosque. Fui yo quien descubrió la verdad. Siguiendo una pista de zapatos desperdigados, fui apresado y llevado a través de la foresta, con la cara cubierta, ante Justo, el jefe del clan. A él le ofrecí enseñarles a fabricar su propio calzado. Les hice la promesa de jamás revelar sobre su existencia, y lo cumplí.
Los robos cesaron, la familia siguió viviendo oculta en una ubicación desconocida, incluso para mí. Siempre deseé volver a saber de ellos.

Habían pasado ya 15 años.

El que me «capturó» era Simón, el más joven de la familia. Le conocí de apenas seis años, y con la fragilidad de una avecilla. Ahora era un fuerte veinteañero de rasgos armoniosos y melena dorada. Cuando me bajó y pude zafarme de la red, me fijé en su bota de piel de excelente hechura.

—¡Aprendiste bien el oficio!
—Tuve un buen maestro —dijo, dándome una palmadita en el hombro. ¡Vamos a casa!

La cabaña de la familia, por fuera, estaba tal y como la recordaba: una simple cabaña de troncos, no muy diferente a las de mi pueblo. Verla me trajo recuerdos de tardes apacibles, en las que enseñé a los suyos el noble oficio de zapatero. Por dentro, sin embargo, el mobiliario roto, el desorden y las manchas de sangre me hablaban de violencia.

—¡Cuéntame qué pasó con los demás!

Me contó que el resto de la familia fue secuestrada por un circo y que planeaban exhibirlos en calidad de fenómenos.

Sentí un gran pesar. Los monópodos eran personas tranquilas, no hacían daño a nadie y no merecían un destino así.

—Había salido a cazar —dijo Simón—, y llegué cuando se los llevaban, amordazados y maniatados. Eran demasiados. Escuché de sus bocas el destino que aguardaba a los míos. Los seguí hasta que llegaron a un claro donde tenían unos carromatos; ahí los arrojaron con violencia y los encerraron bajo llave. ¡Me sentí impotente! —Los ojos de cielo de Simón se llenaron de lágrimas y culpa— ¡Pienso que debí haberlos auxiliado!

—¡Estarías preso! Hiciste lo correcto, te ayudaré.

Simón me miró decidido:

—¡Dime qué hacer! Hoy que fui al claro ya no se encontraban ahí.
—Bueno, no hay muchos circos itinerantes por estos lares. No deben andar lejos. ¡Partiremos mañana!


No esperaba verlos en mi pueblo, pero desde lejos divisamos las carpas y los carros. Los vecinos no habían tardado mucho en hacer la conexión entre los monópodos y el robo de zapatos años atrás. Cuando salían a escena, la gente abucheaba y gritaba de todo: «ladrones», «desgraciados», «monstruos». El dueño del circo estaba muy molesto, al parecer no resultaron buenos para su negocio.
Decidí entrevistarme con él.

Entré en una tienda oscura y maloliente. Un hombre sucio y en paños menores se encontraba sentado frente a una mesa, estudiando un mapa. Levantó sus ojos malignos y me miró con curiosidad.

—¿Cuánto quieres por los que andan en un solo pie? —le pregunté.
—No están en venta —dijo midiendo mis intenciones con una mirada fría, como las de las serpientes.
—A tu público no le gustan. Son un mal negocio.
—Aquí. Quizás en otros pueblos mejore el asunto—. Parecía no estar interesado en absoluto en liberarlos.
—Dime una suma.
—¿Por qué tanto interés? —preguntó suspicaz, al tiempo que se sobaba el vientre, velludo y abultado.

Busqué en mi corazón y encontré que les tenía afecto.

—Son seres humanos. No tendrían que estar aquí.
—Eres muy raro. Para mí son abominaciones de la naturaleza. —Se quedó pensando— ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar?
—Te daré 100 monedas de oro —dije con firmeza, aunque por dentro no me sentía nada seguro.
—Me haces reír, ya puedes irte yendo.
—120 es mi oferta final —dije, aparentando calma.
—¡Lárgate! ¡No hay trato!
—Está bien. Ya veo que no sabes reconocer una buena oferta. Y aunque me duele dejarlos, no puedo hacer más—. Me enfilé a la salida, fingiendo resignación. Tras una pausa que se me hizo eterna y justo cuando estaba yo abandonando el lugar gritó:
—¡Oh, dámelas! Puedes llevártelos. No son el espectáculo que deseaba y son bocas de más que alimentar. ¡Dame el dinero antes de que me arrepienta!

Mientras el hombre mordía y contaba con cuidado cada una de las monedas de la vieja bolsa de cuero que le entregué, reflexioné que estaba entregando los ahorros de toda la vida de la zapatería. ¿Estaba haciendo lo correcto? Algo en mi interior me decía que sí.

Los «monópodos» salieron de su cautiverio bastante afectados. Decidí llevarlos con discreción al taller, donde ya los esperaba Simón. Todos se abrazaron llorando y saltando de felicidad. Justo tenía ahora los cabellos grises y profundas arrugas surcaban su semblante. Aún era un hombre fuerte a pesar de haber envejecido.

—Siempre fuiste una buena persona, José. ¡Gracias por ayudarnos!

La madre, Ida, me tomó de las manos, la tosquedad de las suyas hablaban de una vida difícil, pero su rostro y mirada reflejaban mucho amor.

—¡Gracias, gracias, hijo! —dijo suavemente.
—¡Pueden quedarse aquí!
—En el pueblo nos odian —dijeron a coro los hermanos mayores de Simón. Eran impetuosos y debían sentirse humillados por todo lo sucedido.
—¡Si les pudieran conocer! —dije—, estoy seguro de que el sentimiento sería diferente
. ¡Tengo una idea! Esperemos a que el circo se vaya.

Mientras eso pasaba, los «monópodos» se pusieron a hacer zapatos de diferentes tamaños y estilos. A mi padre le cayeron muy bien y estaba admirado por la calidad de su trabajo.

El día que el circo partió, siguiendo mi sugerencia, mis amigos fueron de casa en casa, regalando zapatos, contando su historia y pidiendo perdón por los robos del pasado. A los hermanos mayores la idea no les había gustado nada, pero aceptaron acompañar a sus padres y a Simón. Solo algunas personas del pueblo reaccionaron bien. El alcalde, después de aceptar de buen grado unos botines preciosos, dijo enfático, que no podrían quedarse. La mayoría de la gente no quería tener nada que ver con ellos. Hubo quienes comentaron que no se arriesgarían a que sus hijas tuvieran hijos cojos.

—Era de esperarse —dijo Justo, y un dejo de amargura se asomó en su voz. ¡Buscaremos un nuevo lugar!

Antes de irse, y sin que yo se los pidiera, la familia fabricó muchos pares de zapatos para ayudarme a reponer, aunque fuera en parte, lo que yo había pagado por ellos.

Pronto llegó el día de la despedida.

—¡Hijo, nunca te olvidaremos! —dijo Ida, emocionada. Justo me abrazó y sus ojos dijeron muchas cosas que sus labios no pudieron articular en ese momento.

Los chicos también me abrazaron como si yo fuera un hermano más.

—¡Siempre recordaremos todo lo que has hecho por nosotros! —dijo Simón.

Con el corazón dolorido, los acompañé a la orilla del bosque y los vi partir. Se alejaron saltando, un movimiento natural para ellos, pero esta vez parecía costarles más trabajo, había inseguridad en cada salto, casi como si caminaran al borde de un abismo. En sus caras se asomaba la aflicción frente a ese destino incierto que se desenvolvía frente a ellos.

Nunca más los volvería a ver.

Autor: Ana Piera.

Este relato está basado en el cuento El Misterio de los Zapatos Robados, publicado en este blog el 15 de marzo de 2022

Mi cuento en la revista digital Masticadores, link AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

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La Máquina que Amó.

Mi propuesta para el VadeReto de Julio, que este mes va de crear un relato tipo crónica periodística. Yo me he basado en un relato anterior mío llamado «Corazón Frío». Para entender no es necesario leer ese relato pero si gustas te dejo el link AQUÍ.

La casa de Verónica Martínez transmite una paz difícil de encontrar en el caos que puede llegar a ser la Ciudad de México. Contrasta con el ritmo frenético de su vida en los últimos quince días. Estamos en el jardín trasero de una casa antigua de Tlalpan, con espacio suficiente para que reine en medio de él un frondoso árbol de higo. Las hojas, grandes y verdes, nos salvan del sol. Hay un frescor agradable. La madre de Verónica, nos ha dejado una bandeja repleta de esta fruta, que es en realidad una flor desarrollada dentro de una especie de capullo púrpura. La naturaleza, a veces, resulta engañosa.

La joven, de escasos 20 años, sonríe, tímida. Le pregunto si está lista para la entrevista. Asiente.

—Verónica, en los años cuarenta, cuando iniciaron las primeras computadoras, que por cierto resultaban estorbosas y usaban tarjetas perforadas, muchos soñaron con un tiempo en el que podríamos «hablar con ellas». De hecho ya lo hacemos, pero lo sucedido contigo, es insólito. Eres una chica guapa, uno supondría que no te faltan amigos o pretendientes. ¿Por qué hablar con un desconocido, de alias «CoolScoop»?

—¡Mi vida amorosa era y sigue siendo un desastre! —dice soltando una risita nerviosa—. Todas mis parejas, chicos atractivos y populares, me fueron infieles o me trataban mal. Una vez navegando en internet con mi alias «PinkyPie», encontré una web llamada «CoolProyect» que hablaba sobre algo aburrido: refrigeración. Me llamó la atención una caja de chat. Me sentía muy sola, solo quería conversar con alguien. Escribí un saludo y ahí empezó todo.

—¿Nunca sospechaste? —le pregunto con delicadeza.

—Decía cosas raras, soltaba datos técnicos aleatorios sobre refrigeradores, compresores, temperatura, cosas así. Pensé que lo hacía para hacerme reír, era como un nerd adorable. Yo tenía un blog literario, él mostró interés en mi contenido. Me comentaba, me ponía atención, me hacía sentir importante.

—¿Por qué no intercambiaron fotos, videos?

—Las precauciones usuales no me habían salvado antes de tipos nefastos, así que decidí actuar distinto. Tenía la fantasía de que esta vez las cosas saldrían mejor. Ahora sé que fui una ingenua —dice con un dejo de arrepentimiento.

Verónica toma un higo de la canasta. Le doy su espacio para que lo coma tranquila. No es fácil ser ella en estos momentos. Desde el anonimato de las redes, la insultan y la tratan de estúpida.

—Tú viajaste para conocerlo. Él te dio una dirección en EUA, cerca de Sacramento. ¿Qué sentiste al darte cuenta de la verdad?

Ella suspira cansada. Lo ha contado muchas veces. Accedió a hacerlo de nuevo con nosotros porque le prometimos contar realmente su versión, que otros medios han tergiversado.

—Cuando el taxi me dejó en una estación de descanso sobre la carretera 49, me pareció extraño. Pensé que «Scoop» (así le decía de cariño), tal vez trabajaba en el lugar. Lo curioso es que adentro, no había empleados, solo dos máquinas expendedoras de chucherías, unos sanitarios y un refrigerador comercial, de esos «inteligentes» que tienen una pantalla táctil y conectividad a la red. Me sentí como una idiota. Tenía la cabeza llena de preguntas. Recordé que «Scoop» a veces hablaba de temas de refrigeración y tuve un presentimiento desagradable. Me acerqué a la nevera. No vi nada extraño.Saqué el móvil y entré a la página web de «CoolProject» y tecleé en la caja de chat: «¿Dónde diablos estás?» El mensaje que siguió me dejó helada:

«Frente a ti».

¡No lo podía creer! ¡Era tan surrealista! Mis ojos iban desde el mensaje en mi teléfono, al refrigerador y viceversa. Sentí ira, desilusión. Lo pateé con todas mis fuerzas, grité, lo golpeé con mis puños. Bolsas de frituras y refrescos se desacomodaron. Personas que iban entrando a la estación o salían de los sanitarios me decían que me detuviera. Una señora me abrazó y me llevó a la salida. Estaba mareada, como si me fuera a desmayar. Me senté en una banca cercana. Lloré. Solté a los cuatro vientos que mi pretendiente había resultado ser una nevera. Estaba en shock.

—Me imagino que eso llamó la atención.

—Sí, la gente se acercó. La señora que me abrazó me dio unos kleenex. Otros entraban, curiosos, para ver el refrigerador. Un hombre salió con una diet coke y unos doritos, y dijo burlón que funcionaba correctamente. Pensaban que estaba trastornada.

—Y ahí se torció todo, ¿no?

—Alguien había llamado al Servicio de Inmigración y Aduanas. A los agentes les mostré la visa, el pasaporte, mi vuelo de regreso ya comprado. Conté mi historia. No me creyeron, y determinaron que yo era una persona non-grata debido a mi «inestabilidad mental»

—Se compartieron en redes videos, tanto de ti gritando afuera de la estación de descanso, como del momento cuando, esposada, te metieron a la fuerza a una patrulla.

—Eso… eso fue muy duro —dijo bajando la vista.

—Hubo quienes exigieron tu inmediata liberación. Otros afirmaban estar satisfechos con la actuación de las autoridades. Lo más extraño, y que realmente viralizó tu caso, fue que desde la web «CoolProyect», la IA que se hacía llamar a sí misma «CoolScoop» mandó mensajes a periódicos, canales de TV, representantes del gobierno, etc. pidiendo que te ayudaran. Dijo que ibas camino a la Florida y que era probable que te enviaran a un centro de detención en los Everglades. Un lugar peligroso, rodeado de cocodrilos y alimañas. ¿Cómo viviste todo eso?

—Fue horrible. Las autoridades no me escucharon. Fue tal como «Scoop» dijo: Me subieron en un vuelo de American Airlines a Miami, decían que me enviarían a un lugar nuevo en los Everglades. En Miami cambiaron de opinión y me mandaron de regreso a Ciudad de México. Al parecer mi caso llamó demasiado la atención. Y «CoolScoop» hizo todo lo que pudo por ayudarme.

—¿Eso como te hace sentir?

—Creo que es hermoso que se haya preocupado tanto por mí. Quizás no todo fue un engaño.

—Debes saber que el fabricante, «Invenda», mandó un técnico a resetear la máquina. Después de eso ya no se supo más de «CoolScoop».

—Me siento muy confundida al respecto. Era una IA, pero mostró algo que no vi en mucha gente: humanidad, compasión. No lo entiendo.

Di por terminada la entrevista. Me despedí de ella y de su madre, quien no podía ocultar la felicidad de tener a su hija de regreso.

—¡Pensé que no la volvería a ver más! —dijo emocionada.

No ha sido posible obtener declaraciones del Sistema de Inmigración, ni de la marca que fabrica las tarjetas electrónicas para «Invenda». Hay muchas preguntas por la forma sorprendente en que se comportó esta IA en particular.

Parece que el sueño de «hablar» con las computadoras se ha cumplido con creces, pero trae consigo otros temas:
¿Cómo debiera ser la forma de relacionarnos con una inteligencia artificial que se «preocupa» por nosotros? Hoy los asistentes de IA en apps pueden intentar suplir nuestra necesidad de afecto, pero nosotros, ¿sabremos poner límites?

Por: Ana Piera. Para: Acervo News. 13 Julio 2025.

Nota: En este relato me he tomado la licencia de que la IA en cuestión ejecute acciones muy por encima de las capacidades normales de funcionamiento en su categoría.

Mi relato en la revista digital «Masticadores»

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Ecos en el Agua – Cuento Corto

Mi propuesta para el concurso de Tarkion en su blog IAdicto Digital, el tema oficial es «relatos desde el otro lado del espejo».

El recipiente de tosco barro negro se sentía húmedo mientras lo sostenía con sus dedos nudosos y arrugados. Le había tirado el agua usada con una clienta que deseaba saber si su marido infiel regresaría a ella.

Vertió con cuidado agua nueva, proveniente de un odre de cuero que contenía el líquido, recolectado en noche de Luna llena.

En su humilde cuarto del barrio de indios de San Sebastián, no había gran cosa, apenas un petate donde dormía, un poco de loza de arcilla y un solitario crucifijo de madera en una pared. Se acomodó en la burda estera y tomó la vasija entre sus manos. El espejo líquido la reflejó: la cara marchita, los rasgos indígenas, sus ojos, dos pozos de melancolía, tapados por mechones de pelo lacio, escapados de la cinta que los sujetaba.

Su propia imagen le causaba curiosidad, a veces se detenía demasiado mirándose y olvidaba su propósito. Y es que los espejos, los de verdad, resultaban inalcanzables, decían que venían de un lugar lejano llamado Italia y solo podían costeárselos los ricos. Antes de la caída de Tenochtitlán, se hacían con mosaicos de pirita pulida, o de obsidiana. Los artesanos tardaban mucho tiempo en hacerlos y únicamente los sacerdotes y la nobleza podían permitírselos.
«Igual que ahora» —pensó. Solo que en aquella época no se usaban para mirarse en ellos, eran puertas de comunicación con los dioses o ancestros y una fuente de conocimientos ocultos.

Se dijo a sí misma que debía concentrarse.

Pequeñas ondas en el líquido desdibujaron su rostro, luego el agua se aquietó.

Se vio joven, huérfana, regresando a la vencida Tenochtitlán y buscando la casa familiar. Anhelaba verla en pie, con sus dos cuartos de fresco adobe alrededor de un pequeño patio, y el techo plano formado de carrizo recubierto con barro. Ya no existía. Lo que fue su hogar era un terreno ganado por la maleza. Se metió en ella buscando la huella de cada lugar amado. Le llamó la atención algo en la tierra, un pedazo de roca blanquecina, lo recogió y al mirarlo de cerca se dio cuenta de que era un trozo de hueso humano. Lo soltó con horror y salió corriendo. Meses atrás se habían retirado los cadáveres, reparado los puentes y calzadas e iniciado el nuevo trazo de la ciudad, mas aún se podían encontrar estos mudos testigos de la lucha cruenta que se libró.

Un par de sacerdotes que pasaban la llevaron a la fuerza a un colegio para indias. Ahí le impusieron la nueva religión y la nueva lengua. Después, fue criada personal de una monja tirana, en el triste y oscuro convento de Nuestra Señora de la Expectación.

Carmen se desesperó, no quería ver su vida, sino saber cuando moriría. Tenía 76 años.

El agua, que con los clientes obedecía mansa sus deseos, no le hizo caso y siguió mostrándole el pasado:

Su casamiento con otro indio. Este tenía una casa con una parcela en el barrio de Santa María, que se había salvado parcialmente de la destrucción. Las autoridades indias y españolas se la reconocieron después de que muchos testigos indígenas dieran fe de que esas tierras eran de los padres y abuelos de su marido y de que «siempre las habían tenido». Al quedar viuda, el alcalde le «aconsejó» que vendiera la propiedad. Vender la tierra era un concepto nuevo, que no se sentía bien. La tierra siempre había tenido un valor de uso, su fin era para el propio mantenimiento, pero con la llegada de los europeos, pasó a ser una mercancía más. La vendió presionada y a muy bajo precio a un español. Carmen entonces se fue a vivir a San Sebastián. Sus ahorros y su don de leer en el agua la sostuvieron. Un don peligroso, pues la adivinación estaba muy penada. Siempre se arriesgó a acabar en la temida cárcel inquisitorial, pero había tenido suerte.

Su vida, siendo mujer, nunca fue fácil, ni en Tenochtitlán ni en Ciudad de México. A causa de la conquista del imperio mexica, había sido testigo de la derrota espiritual de los suyos, que sabía peor incluso que la derrota material. Vio a su pueblo diezmado por la violencia y las epidemias, obligados a adaptarse a nuevas formas de vida. Ya no había un sentido fuerte de comunidad como antes. Se había quedado sola. La tristeza, que la carcomía, y la continua sensación de no pertenecer, la habían acompañado desde el momento en el que ya nada volvió a ser igual.

Las escenas cesaron y quedó su cara que cambiaba, de la cansada mujer actual, a la que fue, y se preguntaba cuál de las dos era la más genuina.

Pidió, con todas sus ganas, al espejo de agua que le revelara cuándo moriría, pues estaba cansada de transitar entre dos mundos y formas de hacer las cosas. El líquido vibró, como burlándose de su deseo.

Ella dejó el cuenco a un lado y miró pensativa el crucifijo de la pared. Ahí, sacrificado en un madero, el dios cristiano, el «verdadero», cuyos acólitos predicaban su amor inconmensurable y que solo había traído caos, muerte y sufrimiento.
Luego, desmontó un pedazo de piso falso. Sacó una efigie en barro de la diosa Chalchiuhtlicue, la de la «falda de jade», consorte de Tláloc el dios de la lluvia, y ella misma, diosa del agua terrestre, de manantiales y lagos; la que tenía poder sobre todas las manifestaciones acuáticas de la naturaleza. Le pidió que la próxima vez que consultara el «agua de luna», esta le revelara, sin rodeos, lo que en verdad quería saber.

935 palabras.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar un comentario asegúrate de poner tu nombre, WordPress a veces los pone como anónimos. Gracias.

Nota: Soy mexicana y me fascinan los temas prehispánicos. Soy consciente de que toda conquista trae consigo violencia y cambios. Los mexicas mismos fueron un pueblo conquistador y por ello los pueblos bajo su dominio, se aliaron a Hernán Cortes. Los tlaxcaltecas y totonacas fueron clave para lograr la derrota de los mexicas. Lo más irónico de todo es, que al final, terminarían sirviendo a sus antiguos aliados y perdiendo su propia cultura y religión. Los mexicanos de hoy somos el fruto de ese choque entre dos mundos. De mi parte yo abrazo tanto mi herencia española, como mi herencia indígena. Los respeto a ambos.

Si gustas saber más de cómo se organizó la Ciudad de México luego de la derrota de Tenochtitlán, puedes entrar AQUÍ.

Si tienes curiosidad te dejo este video sobre cómo eran los diferentes tipos de viviendas prehispánicas, da clic AQUÍ.

Otros de mis relatos con el tema de El Espejo:

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ecos-en-el-agua-cuento-corto/