Maestro Inesperado. Cuento corto.

Lo que una vieja máquina enseñó a un diseñador impaciente.

Tiempo de lectura: 5 minutos.

Mitch odiaba perder el tiempo, pero se le escapaba igual. Su impaciencia tenía un costo: a menudo reiniciaba proyectos con más frecuencia de la que los terminaba.

En una habitación con piso de fino parqué y bajo un techo de vigas visibles de madera, Mitch tenía frente a sí varias pantallas electrónicas y un teclado retroiluminado. Parecía un director de orquesta: diseñaba, tomaba llamadas, asistía a juntas por Zoom. Cada segundo contaba; trabajaba desde casa para evitar el tráfico, comía alimentos instantáneos y detestaba las llamadas sociales. Pero esa vez, quien lo llamaba era su jefe, Patrick.

—¡Mitch! Quería saber cómo te va en el nuevo departamento. Bueno, «nuevo» es un decir. Tengo entendido que el edificio es bastante antiguo— el tono de Pat era un poco burlón. La llamada no era inocente; a veces hablaba solo para molestarlo.

—Hola, Pat. Sí, es un edificio viejo recién remodelado. Todo funciona bien. El cambio fue una pesadilla, hubiera preferido quedarme en el anterior, pero como sabes, harán una tienda departamental.

Patrick sonrió divertido, imaginando a Mitch furioso por la mudanza.

—¿Y pudiste domar a la «bestia italiana»?

Mitch había encontrado una vieja cafetera olvidada: una Pavoni Europiccola, máquina de espresso de los años 60, muy valorada por coleccionistas.

—No tengo tiempo para esas cosas, Pat. La guardé porque es de colección. Ni siquiera sé si funciona.

—Mitch, si alguien puede con ese reto, eres tú. Luego me cuentas. Ah, sobre la tablet: prefiero que no tengas prisa y nos entregues el prototipo bien depurado. ¡Hablamos!

La llamada incomodó a Mitch. Odiaba que opinaran sobre su trabajo y lamentaba haberle comentado a Pat sobre su hallazgo. Ahora no lo dejaría en paz. Esa misma noche decidió revisarla.

La Pavoni no desentonaba en la cocina reformada de Mitch; esta conservaba los gabinetes de madera originales, aunque pintados de color crema, y la encimera de granito en tonos oscuros. Bajo la luz led de una moderna luminaria de techo, le pareció un extractor de jugos glorificado; sin embargo, este modelo había revolucionado el café doméstico: miniaturizó la tecnología, empoderó al usuario y se convirtió en un ícono de diseño de su época. Mitch echó de menos una pantalla táctil. No tenía experiencia con artefactos analógicos y muy pocas veces hizo café. El Starbucks cercano cubría sus necesidades habituales de cafeína. Quizás debía investigar un poco, limpiar la máquina… pero tenía prisa. «¡Resultados!» «¿Qué tan difícil podía ser?«

La conectó a la corriente, activó el interruptor, puso agua en la caldera y, sin esperar la temperatura ideal, rellenó el portafiltro con un viejo café, descolorido y ya sin aroma, que estaba junto a la Pavoni cuando la encontró. El café se desbordaba. Para apisonar no utilizó el «tamper», sino que lo hizo con dos dedos, como untando mantequilla sobre un pan. Colocó el portafiltro, tomó la palanca y la bajó con decisión, esperando un chorro elegante de café con «crema».

Lo que ocurrió fue… un desastre.

El portafiltro mal sellado y la presión inestable lo hicieron salir disparado como un cohete. Mitch experimentó el momento como en cámara lenta: con los ojos muy abiertos por la sorpresa, lo vio elevarse, le pareció que hacía piruetas en el aire, esparciendo grumos y agua caliente por toda la cocina. Mitch terminó con café en el cabello, los ojos y la ropa empapada. Al final, la pieza cayó en picada, manchando el piso.

Mitch observó, molesto, a la cafetera, que liberaba vapor y goteaba, desafiante. Se imaginó a Pat observando la escena y riéndose de él. ¿Y si la tiraba a la basura? No, mejor venderla. ¿O intentarlo de nuevo? Mientras limpiaba, la miraba de reojo, cada vez con un poco más de respeto, aunque a regañadientes: su imponente palanca cromada, su caldera de latón manchada por el tiempo, montada sobre una base de acero inoxidable con acabado en negro. «Quizás deba ir con…» la palabra «calma» se le atoró en la cabeza; tan poco acostumbrado estaba a ella, que, al final, apenas pudo conjurarla.

Terminaba de fregar cuando su reloj inteligente vibró en su muñeca empapada, mostrando varias notificaciones. Respiró hondo y combatió la urgencia de revisarlas. Se obligó a terminar lo que hacía en la cocina. Cuando se marchaba, echó un vistazo a la cafetera. «Nos veremos otra vez».

Para el segundo intento, tenía un buen café en grano y un molino. Desconocía, sin embargo, la consistencia exacta que debía tener y lo molió grueso. Olvidó usar el «tamper». Tomó la palanca que creaba la presión, sintió el frío del metal en su mano. Presionó y esta bajó demasiado rápido. El resultado fue un brebaje aguado, de mal sabor y sin «crema». Se puso a limpiar malhumorado, con movimientos rápidos y torpes. «¡¡¡Ayyyyy!!!» Mitch se quemó el antebrazo con la caldera ardiente y que no contaba con un elemento aislante. Maldijo aquel diseño arcaico mientras miraba incrédulo un buen trozo de piel adherido a la caldera. Adolorido, corrió a buscar un ungüento para quemaduras. Mientras se curaba, decidió que no valía la pena el esfuerzo.

En los días que siguieron, se dedicó a afinar el proyecto de la tablet. Batallaba mucho con un código. Hizo lo impensable: decidió hacer algunas consultas técnicas; algo que desechó en un principio para ahorrar tiempo, pero que al final le ayudó a solucionar el problema.

Una segunda llamada de Pat comunicándole su deseo de probar uno de sus espressos, le hizo retomar la máquina otra vez. Decidió ver algunos tutoriales y videos sobre su uso. Compró una báscula digital.

Molió la cantidad exacta de café hasta que quedó con la consistencia de arena fina. Esta vez lo apisonó adecuadamente con el tamper. Luego de colocar el portafiltro tomó la palanca. No se apresuró como era su costumbre, la bajó lentamente, respetando la resistencia que presentaba el café. Este empezó a gotear, denso, sobre la taza. El ambiente se llenó de un fresco aroma con notas de frutos secos. Vio emocionado que se formaba la deseada «crema» color avellana. Le dio un sorbo y paladeó con calma el sedoso y agradable líquido. No pudo evitar un suspiro de satisfacción. Estaba muy bueno, el sabor se equilibraba entre lo amargo, lo dulce y lo ácido. Mucho mejor que sus cafés de cartón.

Estaba tan contento que, mientras lo bebía, se tomó unos minutos para curiosear por la ventana y saludar a sus vecinos. Le invadió una sensación de bienestar y calma. Reconoció que la prisa no era buena. Miró a la «bestia italiana» con nuevos ojos. Le había enseñado paciencia y se había convertido en «su maestro inesperado».

Pavonni Europiccola pre-millenium.

Autor: Ana Piera.

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El Rescate. Cuento Corto.

Emprendí la búsqueda un día al amanecer. Hacía frío y girones vaporosos de neblina se desprendían de los árboles. La gente de los alrededores tenía aquel bosque por enigmático, y pocos se aventuraban en él. La luz matinal fue menguando, pues el denso dosel arbóreo funcionaba como una sombrilla natural, impidiéndole llegar al fondo. Avancé en la penumbra, escuchando el crujido seco de la hojarasca bajo mis pasos. Cuando lo creí prudente, grité a voz en cuello:

—¡Eh! Ustedes, los que caminan sobre una pierna, ¡déjense ver! ¡Eh! ¡Monópodos! ¿Me escuchan?

No vi la trampa. Di un paso y me sentí levantado súbitamente en el aire, atrapado en una tosca red hecha de fibras vegetales y ramas pequeñas que me rasparon la piel.

—¿Cómo nos llamaste José? —desde abajo, uno de ellos, dando saltitos sobre una pierna, me hacía la pregunta sonriendo.
—¡Bájame! —grité. ¿Quién de todos eres?
—¡El único que queda! —dijo, ahora sin reírse. Una gota fría me recorrió la espalda.


Había pasado yo de ser un joven e inexperto zapatero, a dominar el oficio. Mi padre y maestro, ya entrado en años, me pidió relevarlo en nuestra pequeña zapatería de pueblo.

Antes de adquirir toda la responsabilidad de nuestro taller, quise satisfacer una curiosidad:
En mi memoria vivía el recuerdo de una familia muy diferente a todas. Sus miembros nacían con una sola pierna, que emergía solitaria entre las caderas.

Hubo una temporada en que nos robaban zapatos, nunca en pares, solo un derecho o un izquierdo, creando caos y haciendo que nuestro taller trabajara a marchas forzadas para reponer lo robado. La gente culpaba a los duendes del bosque. Fui yo quien descubrió la verdad. Siguiendo una pista de zapatos desperdigados, fui apresado y llevado a través de la foresta, con la cara cubierta, ante Justo, el jefe del clan. A él le ofrecí enseñarles a fabricar su propio calzado. Les hice la promesa de jamás revelar sobre su existencia, y lo cumplí.
Los robos cesaron, la familia siguió viviendo oculta en una ubicación desconocida, incluso para mí. Siempre deseé volver a saber de ellos.

Habían pasado ya 15 años.

El que me «capturó» era Simón, el más joven de la familia. Le conocí de apenas seis años, y con la fragilidad de una avecilla. Ahora era un fuerte veinteañero de rasgos armoniosos y melena dorada. Cuando me bajó y pude zafarme de la red, me fijé en su bota de piel de excelente hechura.

—¡Aprendiste bien el oficio!
—Tuve un buen maestro —dijo, dándome una palmadita en el hombro. ¡Vamos a casa!

La cabaña de la familia, por fuera, estaba tal y como la recordaba: una simple cabaña de troncos, no muy diferente a las de mi pueblo. Verla me trajo recuerdos de tardes apacibles, en las que enseñé a los suyos el noble oficio de zapatero. Por dentro, sin embargo, el mobiliario roto, el desorden y las manchas de sangre me hablaban de violencia.

—¡Cuéntame qué pasó con los demás!

Me contó que el resto de la familia fue secuestrada por un circo y que planeaban exhibirlos en calidad de fenómenos.

Sentí un gran pesar. Los monópodos eran personas tranquilas, no hacían daño a nadie y no merecían un destino así.

—Había salido a cazar —dijo Simón—, y llegué cuando se los llevaban, amordazados y maniatados. Eran demasiados. Escuché de sus bocas el destino que aguardaba a los míos. Los seguí hasta que llegaron a un claro donde tenían unos carromatos; ahí los arrojaron con violencia y los encerraron bajo llave. ¡Me sentí impotente! —Los ojos de cielo de Simón se llenaron de lágrimas y culpa— ¡Pienso que debí haberlos auxiliado!

—¡Estarías preso! Hiciste lo correcto, te ayudaré.

Simón me miró decidido:

—¡Dime qué hacer! Hoy que fui al claro ya no se encontraban ahí.
—Bueno, no hay muchos circos itinerantes por estos lares. No deben andar lejos. ¡Partiremos mañana!


No esperaba verlos en mi pueblo, pero desde lejos divisamos las carpas y los carros. Los vecinos no habían tardado mucho en hacer la conexión entre los monópodos y el robo de zapatos años atrás. Cuando salían a escena, la gente abucheaba y gritaba de todo: «ladrones», «desgraciados», «monstruos». El dueño del circo estaba muy molesto, al parecer no resultaron buenos para su negocio.
Decidí entrevistarme con él.

Entré en una tienda oscura y maloliente. Un hombre sucio y en paños menores se encontraba sentado frente a una mesa, estudiando un mapa. Levantó sus ojos malignos y me miró con curiosidad.

—¿Cuánto quieres por los que andan en un solo pie? —le pregunté.
—No están en venta —dijo midiendo mis intenciones con una mirada fría, como las de las serpientes.
—A tu público no le gustan. Son un mal negocio.
—Aquí. Quizás en otros pueblos mejore el asunto—. Parecía no estar interesado en absoluto en liberarlos.
—Dime una suma.
—¿Por qué tanto interés? —preguntó suspicaz, al tiempo que se sobaba el vientre, velludo y abultado.

Busqué en mi corazón y encontré que les tenía afecto.

—Son seres humanos. No tendrían que estar aquí.
—Eres muy raro. Para mí son abominaciones de la naturaleza. —Se quedó pensando— ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar?
—Te daré 100 monedas de oro —dije con firmeza, aunque por dentro no me sentía nada seguro.
—Me haces reír, ya puedes irte yendo.
—120 es mi oferta final —dije, aparentando calma.
—¡Lárgate! ¡No hay trato!
—Está bien. Ya veo que no sabes reconocer una buena oferta. Y aunque me duele dejarlos, no puedo hacer más—. Me enfilé a la salida, fingiendo resignación. Tras una pausa que se me hizo eterna y justo cuando estaba yo abandonando el lugar gritó:
—¡Oh, dámelas! Puedes llevártelos. No son el espectáculo que deseaba y son bocas de más que alimentar. ¡Dame el dinero antes de que me arrepienta!

Mientras el hombre mordía y contaba con cuidado cada una de las monedas de la vieja bolsa de cuero que le entregué, reflexioné que estaba entregando los ahorros de toda la vida de la zapatería. ¿Estaba haciendo lo correcto? Algo en mi interior me decía que sí.

Los «monópodos» salieron de su cautiverio bastante afectados. Decidí llevarlos con discreción al taller, donde ya los esperaba Simón. Todos se abrazaron llorando y saltando de felicidad. Justo tenía ahora los cabellos grises y profundas arrugas surcaban su semblante. Aún era un hombre fuerte a pesar de haber envejecido.

—Siempre fuiste una buena persona, José. ¡Gracias por ayudarnos!

La madre, Ida, me tomó de las manos, la tosquedad de las suyas hablaban de una vida difícil, pero su rostro y mirada reflejaban mucho amor.

—¡Gracias, gracias, hijo! —dijo suavemente.
—¡Pueden quedarse aquí!
—En el pueblo nos odian —dijeron a coro los hermanos mayores de Simón. Eran impetuosos y debían sentirse humillados por todo lo sucedido.
—¡Si les pudieran conocer! —dije—, estoy seguro de que el sentimiento sería diferente
. ¡Tengo una idea! Esperemos a que el circo se vaya.

Mientras eso pasaba, los «monópodos» se pusieron a hacer zapatos de diferentes tamaños y estilos. A mi padre le cayeron muy bien y estaba admirado por la calidad de su trabajo.

El día que el circo partió, siguiendo mi sugerencia, mis amigos fueron de casa en casa, regalando zapatos, contando su historia y pidiendo perdón por los robos del pasado. A los hermanos mayores la idea no les había gustado nada, pero aceptaron acompañar a sus padres y a Simón. Solo algunas personas del pueblo reaccionaron bien. El alcalde, después de aceptar de buen grado unos botines preciosos, dijo enfático, que no podrían quedarse. La mayoría de la gente no quería tener nada que ver con ellos. Hubo quienes comentaron que no se arriesgarían a que sus hijas tuvieran hijos cojos.

—Era de esperarse —dijo Justo, y un dejo de amargura se asomó en su voz. ¡Buscaremos un nuevo lugar!

Antes de irse, y sin que yo se los pidiera, la familia fabricó muchos pares de zapatos para ayudarme a reponer, aunque fuera en parte, lo que yo había pagado por ellos.

Pronto llegó el día de la despedida.

—¡Hijo, nunca te olvidaremos! —dijo Ida, emocionada. Justo me abrazó y sus ojos dijeron muchas cosas que sus labios no pudieron articular en ese momento.

Los chicos también me abrazaron como si yo fuera un hermano más.

—¡Siempre recordaremos todo lo que has hecho por nosotros! —dijo Simón.

Con el corazón dolorido, los acompañé a la orilla del bosque y los vi partir. Se alejaron saltando, un movimiento natural para ellos, pero esta vez parecía costarles más trabajo, había inseguridad en cada salto, casi como si caminaran al borde de un abismo. En sus caras se asomaba la aflicción frente a ese destino incierto que se desenvolvía frente a ellos.

Nunca más los volvería a ver.

Autor: Ana Piera.

Este relato está basado en el cuento El Misterio de los Zapatos Robados, publicado en este blog el 15 de marzo de 2022

Mi cuento en la revista digital Masticadores, link AQUÍ.

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La Máquina que Amó.

Mi propuesta para el VadeReto de Julio, que este mes va de crear un relato tipo crónica periodística. Yo me he basado en un relato anterior mío llamado «Corazón Frío». Para entender no es necesario leer ese relato pero si gustas te dejo el link AQUÍ.

La casa de Verónica Martínez transmite una paz difícil de encontrar en el caos que puede llegar a ser la Ciudad de México. Contrasta con el ritmo frenético de su vida en los últimos quince días. Estamos en el jardín trasero de una casa antigua de Tlalpan, con espacio suficiente para que reine en medio de él un frondoso árbol de higo. Las hojas, grandes y verdes, nos salvan del sol. Hay un frescor agradable. La madre de Verónica, nos ha dejado una bandeja repleta de esta fruta, que es en realidad una flor desarrollada dentro de una especie de capullo púrpura. La naturaleza, a veces, resulta engañosa.

La joven, de escasos 20 años, sonríe, tímida. Le pregunto si está lista para la entrevista. Asiente.

—Verónica, en los años cuarenta, cuando iniciaron las primeras computadoras, que por cierto resultaban estorbosas y usaban tarjetas perforadas, muchos soñaron con un tiempo en el que podríamos «hablar con ellas». De hecho ya lo hacemos, pero lo sucedido contigo, es insólito. Eres una chica guapa, uno supondría que no te faltan amigos o pretendientes. ¿Por qué hablar con un desconocido, de alias «CoolScoop»?

—¡Mi vida amorosa era y sigue siendo un desastre! —dice soltando una risita nerviosa—. Todas mis parejas, chicos atractivos y populares, me fueron infieles o me trataban mal. Una vez navegando en internet con mi alias «PinkyPie», encontré una web llamada «CoolProyect» que hablaba sobre algo aburrido: refrigeración. Me llamó la atención una caja de chat. Me sentía muy sola, solo quería conversar con alguien. Escribí un saludo y ahí empezó todo.

—¿Nunca sospechaste? —le pregunto con delicadeza.

—Decía cosas raras, soltaba datos técnicos aleatorios sobre refrigeradores, compresores, temperatura, cosas así. Pensé que lo hacía para hacerme reír, era como un nerd adorable. Yo tenía un blog literario, él mostró interés en mi contenido. Me comentaba, me ponía atención, me hacía sentir importante.

—¿Por qué no intercambiaron fotos, videos?

—Las precauciones usuales no me habían salvado antes de tipos nefastos, así que decidí actuar distinto. Tenía la fantasía de que esta vez las cosas saldrían mejor. Ahora sé que fui una ingenua —dice con un dejo de arrepentimiento.

Verónica toma un higo de la canasta. Le doy su espacio para que lo coma tranquila. No es fácil ser ella en estos momentos. Desde el anonimato de las redes, la insultan y la tratan de estúpida.

—Tú viajaste para conocerlo. Él te dio una dirección en EUA, cerca de Sacramento. ¿Qué sentiste al darte cuenta de la verdad?

Ella suspira cansada. Lo ha contado muchas veces. Accedió a hacerlo de nuevo con nosotros porque le prometimos contar realmente su versión, que otros medios han tergiversado.

—Cuando el taxi me dejó en una estación de descanso sobre la carretera 49, me pareció extraño. Pensé que «Scoop» (así le decía de cariño), tal vez trabajaba en el lugar. Lo curioso es que adentro, no había empleados, solo dos máquinas expendedoras de chucherías, unos sanitarios y un refrigerador comercial, de esos «inteligentes» que tienen una pantalla táctil y conectividad a la red. Me sentí como una idiota. Tenía la cabeza llena de preguntas. Recordé que «Scoop» a veces hablaba de temas de refrigeración y tuve un presentimiento desagradable. Me acerqué a la nevera. No vi nada extraño.Saqué el móvil y entré a la página web de «CoolProject» y tecleé en la caja de chat: «¿Dónde diablos estás?» El mensaje que siguió me dejó helada:

«Frente a ti».

¡No lo podía creer! ¡Era tan surrealista! Mis ojos iban desde el mensaje en mi teléfono, al refrigerador y viceversa. Sentí ira, desilusión. Lo pateé con todas mis fuerzas, grité, lo golpeé con mis puños. Bolsas de frituras y refrescos se desacomodaron. Personas que iban entrando a la estación o salían de los sanitarios me decían que me detuviera. Una señora me abrazó y me llevó a la salida. Estaba mareada, como si me fuera a desmayar. Me senté en una banca cercana. Lloré. Solté a los cuatro vientos que mi pretendiente había resultado ser una nevera. Estaba en shock.

—Me imagino que eso llamó la atención.

—Sí, la gente se acercó. La señora que me abrazó me dio unos kleenex. Otros entraban, curiosos, para ver el refrigerador. Un hombre salió con una diet coke y unos doritos, y dijo burlón que funcionaba correctamente. Pensaban que estaba trastornada.

—Y ahí se torció todo, ¿no?

—Alguien había llamado al Servicio de Inmigración y Aduanas. A los agentes les mostré la visa, el pasaporte, mi vuelo de regreso ya comprado. Conté mi historia. No me creyeron, y determinaron que yo era una persona non-grata debido a mi «inestabilidad mental»

—Se compartieron en redes videos, tanto de ti gritando afuera de la estación de descanso, como del momento cuando, esposada, te metieron a la fuerza a una patrulla.

—Eso… eso fue muy duro —dijo bajando la vista.

—Hubo quienes exigieron tu inmediata liberación. Otros afirmaban estar satisfechos con la actuación de las autoridades. Lo más extraño, y que realmente viralizó tu caso, fue que desde la web «CoolProyect», la IA que se hacía llamar a sí misma «CoolScoop» mandó mensajes a periódicos, canales de TV, representantes del gobierno, etc. pidiendo que te ayudaran. Dijo que ibas camino a la Florida y que era probable que te enviaran a un centro de detención en los Everglades. Un lugar peligroso, rodeado de cocodrilos y alimañas. ¿Cómo viviste todo eso?

—Fue horrible. Las autoridades no me escucharon. Fue tal como «Scoop» dijo: Me subieron en un vuelo de American Airlines a Miami, decían que me enviarían a un lugar nuevo en los Everglades. En Miami cambiaron de opinión y me mandaron de regreso a Ciudad de México. Al parecer mi caso llamó demasiado la atención. Y «CoolScoop» hizo todo lo que pudo por ayudarme.

—¿Eso como te hace sentir?

—Creo que es hermoso que se haya preocupado tanto por mí. Quizás no todo fue un engaño.

—Debes saber que el fabricante, «Invenda», mandó un técnico a resetear la máquina. Después de eso ya no se supo más de «CoolScoop».

—Me siento muy confundida al respecto. Era una IA, pero mostró algo que no vi en mucha gente: humanidad, compasión. No lo entiendo.

Di por terminada la entrevista. Me despedí de ella y de su madre, quien no podía ocultar la felicidad de tener a su hija de regreso.

—¡Pensé que no la volvería a ver más! —dijo emocionada.

No ha sido posible obtener declaraciones del Sistema de Inmigración, ni de la marca que fabrica las tarjetas electrónicas para «Invenda». Hay muchas preguntas por la forma sorprendente en que se comportó esta IA en particular.

Parece que el sueño de «hablar» con las computadoras se ha cumplido con creces, pero trae consigo otros temas:
¿Cómo debiera ser la forma de relacionarnos con una inteligencia artificial que se «preocupa» por nosotros? Hoy los asistentes de IA en apps pueden intentar suplir nuestra necesidad de afecto, pero nosotros, ¿sabremos poner límites?

Por: Ana Piera. Para: Acervo News. 13 Julio 2025.

Nota: En este relato me he tomado la licencia de que la IA en cuestión ejecute acciones muy por encima de las capacidades normales de funcionamiento en su categoría.

Puedes leer el antecedente de este relato da clic en: Corazón Frío.

Mi relato en la revista digital «Masticadores»

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Ecos en el Agua – Cuento Corto

Mi propuesta para el concurso de Tarkion en su blog IAdicto Digital, el tema oficial es «relatos desde el otro lado del espejo».

El recipiente de tosco barro negro se sentía húmedo mientras lo sostenía con sus dedos nudosos y arrugados. Le había tirado el agua usada con una clienta que deseaba saber si su marido infiel regresaría a ella.

Vertió con cuidado agua nueva, proveniente de un odre de cuero que contenía el líquido, recolectado en noche de Luna llena.

En su humilde cuarto del barrio de indios de San Sebastián, no había gran cosa, apenas un petate donde dormía, un poco de loza de arcilla y un solitario crucifijo de madera en una pared. Se acomodó en la burda estera y tomó la vasija entre sus manos. El espejo líquido la reflejó: la cara marchita, los rasgos indígenas, sus ojos, dos pozos de melancolía, tapados por mechones de pelo lacio, escapados de la cinta que los sujetaba.

Su propia imagen le causaba curiosidad, a veces se detenía demasiado mirándose y olvidaba su propósito. Y es que los espejos, los de verdad, resultaban inalcanzables, decían que venían de un lugar lejano llamado Italia y solo podían costeárselos los ricos. Antes de la caída de Tenochtitlán, se hacían con mosaicos de pirita pulida, o de obsidiana. Los artesanos tardaban mucho tiempo en hacerlos y únicamente los sacerdotes y la nobleza podían permitírselos.
«Igual que ahora» —pensó. Solo que en aquella época no se usaban para mirarse en ellos, eran puertas de comunicación con los dioses o ancestros y una fuente de conocimientos ocultos.

Se dijo a sí misma que debía concentrarse.

Pequeñas ondas en el líquido desdibujaron su rostro, luego el agua se aquietó.

Se vio joven, huérfana, regresando a la vencida Tenochtitlán y buscando la casa familiar. Anhelaba verla en pie, con sus dos cuartos de fresco adobe alrededor de un pequeño patio, y el techo plano formado de carrizo recubierto con barro. Ya no existía. Lo que fue su hogar era un terreno ganado por la maleza. Se metió en ella buscando la huella de cada lugar amado. Le llamó la atención algo en la tierra, un pedazo de roca blanquecina, lo recogió y al mirarlo de cerca se dio cuenta de que era un trozo de hueso humano. Lo soltó con horror y salió corriendo. Meses atrás se habían retirado los cadáveres, reparado los puentes y calzadas e iniciado el nuevo trazo de la ciudad, mas aún se podían encontrar estos mudos testigos de la lucha cruenta que se libró.

Un par de sacerdotes que pasaban la llevaron a la fuerza a un colegio para indias. Ahí le impusieron la nueva religión y la nueva lengua. Después, fue criada personal de una monja tirana, en el triste y oscuro convento de Nuestra Señora de la Expectación.

Carmen se desesperó, no quería ver su vida, sino saber cuando moriría. Tenía 76 años.

El agua, que con los clientes obedecía mansa sus deseos, no le hizo caso y siguió mostrándole el pasado:

Su casamiento con otro indio. Este tenía una casa con una parcela en el barrio de Santa María, que se había salvado parcialmente de la destrucción. Las autoridades indias y españolas se la reconocieron después de que muchos testigos indígenas dieran fe de que esas tierras eran de los padres y abuelos de su marido y de que «siempre las habían tenido». Al quedar viuda, el alcalde le «aconsejó» que vendiera la propiedad. Vender la tierra era un concepto nuevo, que no se sentía bien. La tierra siempre había tenido un valor de uso, su fin era para el propio mantenimiento, pero con la llegada de los europeos, pasó a ser una mercancía más. La vendió presionada y a muy bajo precio a un español. Carmen entonces se fue a vivir a San Sebastián. Sus ahorros y su don de leer en el agua la sostuvieron. Un don peligroso, pues la adivinación estaba muy penada. Siempre se arriesgó a acabar en la temida cárcel inquisitorial, pero había tenido suerte.

Su vida, siendo mujer, nunca fue fácil, ni en Tenochtitlán ni en Ciudad de México. A causa de la conquista del imperio mexica, había sido testigo de la derrota espiritual de los suyos, que sabía peor incluso que la derrota material. Vio a su pueblo diezmado por la violencia y las epidemias, obligados a adaptarse a nuevas formas de vida. Ya no había un sentido fuerte de comunidad como antes. Se había quedado sola. La tristeza, que la carcomía, y la continua sensación de no pertenecer, la habían acompañado desde el momento en el que ya nada volvió a ser igual.

Las escenas cesaron y quedó su cara que cambiaba, de la cansada mujer actual, a la que fue, y se preguntaba cuál de las dos era la más genuina.

Pidió, con todas sus ganas, al espejo de agua que le revelara cuándo moriría, pues estaba cansada de transitar entre dos mundos y formas de hacer las cosas. El líquido vibró, como burlándose de su deseo.

Ella dejó el cuenco a un lado y miró pensativa el crucifijo de la pared. Ahí, sacrificado en un madero, el dios cristiano, el «verdadero», cuyos acólitos predicaban su amor inconmensurable y que solo había traído caos, muerte y sufrimiento.
Luego, desmontó un pedazo de piso falso. Sacó una efigie en barro de la diosa Chalchiuhtlicue, la de la «falda de jade», consorte de Tláloc el dios de la lluvia, y ella misma, diosa del agua terrestre, de manantiales y lagos; la que tenía poder sobre todas las manifestaciones acuáticas de la naturaleza. Le pidió que la próxima vez que consultara el «agua de luna», esta le revelara, sin rodeos, lo que en verdad quería saber.

935 palabras.

Autor: Ana Piera.

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Nota: Soy mexicana y me fascinan los temas prehispánicos. Soy consciente de que toda conquista trae consigo violencia y cambios. Los mexicas mismos fueron un pueblo conquistador y por ello los pueblos bajo su dominio, se aliaron a Hernán Cortes. Los tlaxcaltecas y totonacas fueron clave para lograr la derrota de los mexicas. Lo más irónico de todo es, que al final, terminarían sirviendo a sus antiguos aliados y perdiendo su propia cultura y religión. Los mexicanos de hoy somos el fruto de ese choque entre dos mundos. De mi parte yo abrazo tanto mi herencia española, como mi herencia indígena. Los respeto a ambos.

Si gustas saber más de cómo se organizó la Ciudad de México luego de la derrota de Tenochtitlán, puedes entrar AQUÍ.

Si tienes curiosidad te dejo este video sobre cómo eran los diferentes tipos de viviendas prehispánicas, da clic AQUÍ.

Otros de mis relatos con el tema de El Espejo:

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ecos-en-el-agua-cuento-corto/

Fue en el mar – Cuento Corto.

Mi participación para el reto de El Tintero de Oro, que en esta ocasión fue en modalidad anónima. No podíamos publicar los relatos hasta que terminara el concurso. Mi relato entró dentro de las «menciones honoríficas» lo cual agradezco infinitamente. Si quieres ver los resultados y la gala de premios da clic ACÁ

El «Sarsia» zozobró en medio de la noche y al apagarse sus luces, las tinieblas intensificaron el terror. En medio del caos, identifiqué a otros dos marineros, que como yo, se encontraron en el camino de tablas y aparejos que flotaban. Los gritos de quienes se ahogaban, ya nada tenían de humanos, confundiéndose con los ruidos que hacía la nave al hundirse: estertores de un animal herido de muerte. Nada podíamos hacer. Aferrados a nuestros salvavidas improvisados y sin visibilidad, nuestra propia situación era precaria. Pronto solo quedó el ruido del oleaje chocando contra nuestros cuerpos.

—¡Resistan! —gritó uno de los tres castañeteándole los dientes. ¡Soy Ju…Julio Gia…nni!

Supongo que su nombre debía darnos valor. Sería quizás el capellán. Sobre lo de resistir, más fácil era decirlo, que hacerlo. Empapados, ateridos de frío, con sed y miedo, debíamos tratar de distraer nuestra mente para no caer en la desesperación. Repasé lo sucedido poco antes de embarcarme: tras cinco años encarcelado, por fin pude sobornar al guarda. Paladeé, como un buen vino, esa primera noche de libertad. De algún lado robé ropa y me fui al embarcadero, donde subí al Sarsia como polizón…

Al amanecer, los restos del naufragio eran escasos y el océano había reclamado a Gianni.

El hombre que quedaba, con su barba y cabello empapados, y el rostro acartonado por la sal, se me figuró un extraño animal marino. Señaló con el dedo algo que flotaba a lo lejos.

—¿Ves eso?

—Una tortuga quizás —contesté cansado.

—No. Es uno de los botes salvavidas, está boca abajo.

Agucé la vista. Sí, podía ser.

—¿Puedes nadar hasta él?

—¿Por qué no nadas tú hacia él?

—Soy mayor, debo ahorrar fuerzas. Yo te cuido el madero.

Dudé. Aquel objeto era mi salvavidas y no debía perderlo.

—¡Vamos! ¡Debemos intentarlo!

Braceé en dirección al supuesto bote. En algún momento paré y miré hacia atrás. ¡Mi madero flotaba alejándose! «¡Hijo de puta!». Con el corazón desbocado nadé con más ahínco hasta tocar lo que parecía ser, en efecto, uno de los botes salvavidas. Era demasiado pesado para voltearlo yo solo. Le hice señas al marinero, quien nadó lento hasta donde me encontraba. Entre ambos, y con muchos trabajos, maniobramos hasta que pudimos subirnos a él.

—Te lo dije muchacho —dijo sonriendo—. Soy Ross.

Su cara avejentada me era familiar, quizá le había visto entrar en la bodega donde me oculté. Y luego, ¡la coincidencia de nombres!, pues yo también me llamaba Ross, aunque no se lo dije. Nadie debía saber mi identidad.

—¡Soltaste el madero! —le reproché.

—¡Se me zafó! No tiene importancia. ¡Tenemos esto! —dijo golpeando el bote dos veces con los nudillos mientras me mostraba sus dientes en una extraña mueca —No eres parte de la tripulación, ¿verdad?

No contesté. Ross, el viejo, me lanzó una mirada inquietante. Me pareció que se asomaba a mis secretos, que conocía mi identidad.

Cuando el hambre, la sed y el sol parecían insoportables, se quitó la camisa, usándola cual red para atrapar peces. Le miraba incrédulo, pero al final sacó un pez, al que embistió a dentelladas hasta que este dejó de moverse en su boca. Me miró mientras su barba espesa chorreaba sangre. Traté de imitarlo fracasando muchas veces, cuando por fin pude sacar un pez diminuto y me lo eché en la boca, este se escapó y cayó en el piso del bote mientras yo tuve amagos de arcadas. Lo recogió sonriendo, burlon. Pensé que me lo daría, pero lo engulló sin miramientos.

Pasábamos la mayor parte del día guareciéndonos como podíamos del sol y por las noches el frío nos calaba los huesos. Me sentía débil y un día la desesperación me hizo tomar agua de mar.

—¡Eso es chico! ¡Acábatela toda! ¡Hay que acelerar lo inevitable!

Después de dar unos cuantos tragos, no pude más y me eché a llorar sin lágrimas.

—La juventud no sabe enfrentarse a las adversidades. ¡Mírate! ¡Estás hecho un guiñapo!

—Por… favor… ayúdame.

—Los asesinos no merecen vivir —dijo.

Quise gritarle que el hombre que maté había tundido a golpes a mi madre y que uno de mis hermanos había nacido muerto por las palizas, pero ya no tenía voz.

____________________________________________________________________

No lo ayudé. Al otro día aquel debilucho estaba muerto. Lo desnudé y lo tiré por la borda. Su cuerpo blanquecino, como un fantasma, se alejó del bote a merced de las corrientes. «Ya era hora, pedazo de estúpido».

Quiso la suerte que esa noche lloviera. Saqué la lengua para beber con fruición aquel regalo y por primera vez en días tuve la certeza de que sobreviviría. Días después, al ser rescatado, me preguntaron si había habido otros sobrevivientes, conté sobre un infortunado Ross, un polizón que no había durado ni doce horas. Me identifiqué como Julio Gianni y pedí que me dejaran en el siguiente puerto.

Nadie sabría sobre la lucha que se libró en ese bote, donde tuve que dejar morir la parte joven e inocente de mí mismo, para dar paso a este adulto triste que ahí enfrentó a sus propios fantasmas y a la misma muerte. La gente que hoy me mira a los ojos intuye esa pérdida, muchos la reconocen en ellos mismos, pero no saben precisar cuando sucedió. Yo sí, fue en el mar, tras el hundimiento del «Sarsia».

884 palabras.

Autor: Ana Piera

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Piel de Sal – Relato Corto.

Transito el mundo como si estuviera fuera de mi elemento: mis mucosas sufren, mi piel se agrieta y descama, me diluyo a cada paso. Mis pensamientos errantes me impiden concentrarme. Cruzo la ciudad distraída, a veces no hago caso a los semáforos hasta que un chirrido de frenos frente a mí, como una cubetada de helada realidad, me hace ser consciente del momento.
Al despertar por las mañanas, recuerdo jirones de historias sin pies ni cabeza, y un rastro fragmentado de sensaciones: ecos de música, humedad, y un olor salobre suspendido en mi habitación.

Cuando mi amigo Esteban me propuso un viaje a la playa, mi dermatóloga me advirtió que si entraba al mar debía ser con moderación y me entregó una lista interminable de cuidados y remedios. Aquella sería mi primera vez en el mar.

La vasta extensión azul, acuosa y ondulante me hipnotizó. No hubo mejor lugar para mí que estar a su vera. Esteban se la pasó transportando sombrilla, toallas y mis cremas protectoras desde la casa que alquilamos hasta el lugar elegido para disfrutar de la playa. Ese día tomé mi primer baño de mar y fue una revelación. El agua me arropó como a una hija pródiga y me sentí por primera vez, en mi elemento. Desde la orilla Esteban me gritaba recordándome que solo debía estar unos cuantos minutos, la realidad es que pasaron horas.

Mientras yo me cubría el cuerpo con una gruesa capa de crema, me preguntó molesto que cuándo había aprendido a nadar tan bien. Le di un susto cuando me vio tan lejos de la orilla. Le mentí al decirle que de niña tomé clases. La realidad es que nunca había nadado, hasta ese día y yo estaba tan sorprendida como él.

Esa noche, Esteban preparó una cena marina con ceviche de pescado, pulpo a las brasas, arroz y ensalada. Únicamente pude comer estos últimos. Esteban no podía ocultar su decepción. Él ignoraba que yo no comía esas cosas, pero tampoco me había preguntado lo que yo quería.
Cinco meses atrás una amiga nos presentó y congeniamos bastante bien. Ambos deseábamos tan solo una amistad. Era atento y se preocupaba por mí, pero había cosas que ignorábamos el uno del otro.

Sin proponérmelo, me encontré en la madrugada el umbral de su puerta. Él dormía. Yo tarareaba algo en un lenguaje desconocido. Fui incrementando el tono. Él se levantó de la cama con la mirada perdida, los ojos vidriosos y ausentes. Caminó hacia mí. Enmudecí y salí apresurada de la habitación cerrando la puerta.

Por la mañana él parecía no recordar el incidente. Para desayunar preparó huevos fritos con tocino y bromeó diciendo que si no comía, se enojaría de verdad. Teníamos un trato: él cocinaba y yo limpiaba el desastre. Por mis problemas de piel siempre lo hacía con guantes, pero cuando fue a darse un chapuzón, desnudé mis manos del látex, esa agua salina ejercía una agradable sensación en mí. Deseé volver a estar en el mar.

Esteban se volvió un impedimento para mi goce. Se preocupaba demasiado, impidiéndome hacer lo que yo quería. Decía querer evitar que algo malo me sucediera, o que empeorara mi problema de la piel. Parecía mi padre, queriendo controlarme. Me desquitaba por las noches, cuando bajo el influjo de mi canto él hacía lo que yo quisiera. Me iba al mar y él me seguía cual perrito faldero. Lo dejaba parado en la playa, viendo sin ver, mientras me sumergía, dejándome abrazar por el agua.

Mi visión subacuática resultó ser excepcional. ¡Qué alucinante resultaba ver los tímidos rayos de una luna menguante atravesando el agua! Algunos peces dormían, otros andaban de caza. Pulpos, cangrejos y otras criaturas, cada uno en lo suyo, me ignoraban mientras buceaba cerca de ellos. La paz que sentí fue indescriptible.

Era hilarante ver a Esteban por la mañana, quejándose de la arena en sus sábanas. Él, siempre tan limpio y ordenado no se explicaba tal cosa. Yo reía por dentro, como una niña malcriada.

La cosa cambió cuando días antes de que terminaran las vacaciones me declaró su amor. Lo odié por violar nuestro acuerdo. Con todo el tacto posible le rechacé, y le recordé que desde el principio había sido clara en que lo único que me interesaba con él era una amistad. Ahí cambió por completo, se volvió cruel e hiriente. Me echó en cara lo mucho que él se preocupaba por mí y que yo no valoraba eso. Me tildó de malagradecida. Que nadie me iba a querer por mi problema médico. «En tus peores momentos pareces leprosa», dijo. Se me figuró una araña que desde el inicio había preparado una red para que cayera su presa. Solo que ésta se le había escapado, y él no lo había tomado nada bien.

La convivencia se tornó muy difícil, salvo por las noches. La última resultó ser de luna nueva. Desnuda, y cantando, lo atraje a la orilla de la playa. La oscuridad era total y el mar rompía con tal estruendo en la orilla que no se escuchaba nada más. Esta vez no lo dejé esperándome, entró conmigo empapando su aburrida piyama de rayas. Me sumergí y él me siguió.

Esteban se ahogó sin aspavientos, sin luchar. Cuando la última burbuja de aire salió de su nariz, sentí cómo la agrietada piel de mi cuerpo se desprendía revelando una nueva y sana dermis. Mis glúteos y piernas se fundieron hasta convertirse en una enorme e iridiscente cola de pez.

Me alejé impulsándome con mi nueva cola, y a ratos, dejándome llevar por la fuerza de las mareas.

Nunca fui más feliz.

Autor: Ana Piera

Nota: El mito de las sirenas relata la existencia de seres dotados del don de la música, cuya voz es tan bellamente cautivadora que logra quebrantar la voluntad de los hombres. No obstante, su encantador canto trae consigo un fatídico destino: la muerte. Es por esta razón que en la actualidad se denomina «cantos de sirenas» a las engañosas trampas que conducen a un resultado fatal.

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Más relatos de sirenas:

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Desde la Oscuridad.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de Mayo: un relato donde la oscuridad sea el elemento importante.

La india vestía pobremente, pero estaba limpia, llevaba una falda y blusa sencillas. Señaló un lugar en medio del piso de la plaza y dijo con vehemencia: «Ahí está ella, ¡sáquenla!»

Un capataz furioso se acercó y le gritó: «¡A quien vamos a sacar es a ti, y no regreses, o llamaré a la guardia!»

La joven, con la mansedumbre propia de los suyos, salió por su propio pie, mas a partir de aquel día se convirtió en un rostro familiar entre quienes, desde lejos, curioseaban las obras de mejora de la Plaza de Armas de Ciudad de México, convertida por muchos años, en un caótico y maloliente mercado. Había de todo: desde gente «respetable», hasta indios y personas de castas mixtas, estos últimos iban sucios, casi desnudos, cubiertos tan solo con una cobija o jerga. Corría el año de 1790.

«¡Ay Martina! ¿Se te hace justo? ¡Llevo más de 200 años inmersa en esta negrura!»

Venía soñando desde hacía tiempo con una voz femenina, curtida por el tiempo, que le hablaba.

«¿Y no tiene por ahí una vela que la alumbre? ¿Por qué está a oscuras?»

Se oyó un suspiro largo y hondo, cargado de recuerdos:

«Un día me bajaron de mi altar en lo alto y me escondieron aquí, en las entrañas de la tierra»

«¿Cómo se llama usted madrecita?»

«Haces bien en decirme madre, pues eso soy, tanto de dioses como de hombres por igual. Tengo muchos nombres, pero puedes decirme Coatlicue. Alguna vez fui venerada por los tuyos, hoy, pocos se acuerdan»

«En casa no se hablaba del pasado. Papá prohibió a mi abuelo contarnos nada, decía que lo anterior fue pecaminoso y que debíamos olvidarlo»

Martina era muy sensible, y le daba mucha pena imaginar a esa anciana envuelta en tinieblas. Antes de la remodelación, iba a la plaza, a un lugar específico que la diosa le había mostrado, ponía flores y empezaba un padrenuestro, aunque por alguna extraña razón, no lo sentía apropiado y se interrumpía. Quería expresarse de otra manera, pero no sabía cómo. Invariablemente, la corrían, ya fuera algún español o un criollo empoderado. «¡Ustedes afean esta ciudad! ¡Lárgate a tu casa india de mierda y no salgas! ¡Llévate tu basura! ¡Maldita plebe!»

«Martina, ya me van a sacar»
«Sí, el capataz ha movido a las cuadrillas muy cerca de usted madrecita, creo que quedó intrigado»
«¿Estarás ahí para verme?»
«No me lo perdería por nada»

El día que la luz volvió a tocar el cuerpo de Coatlicue, el asombro fue general. Con muchos trabajos la pusieron de pie y el gentío que la miró, quedó perplejo. Martina no pudo evitar arrodillarse, su corazón se conmovió y derramó lágrimas de felicidad al verla liberada.

Era una mole de más de 24 toneladas, tallada en dura piedra de andesita semejando una figura femenina. Para la mayoría resultó una monstruosidad: No tenía cabeza, dos serpientes emergían de su cuello cercenado, simbolizando chorros de sangre. Tenía los pechos caídos, como los de una mujer que ha conocido la maternidad. De su cuello pendía un collar de corazones y manos humanas y un cráneo en medio. Un cinturón formado por una serpiente bicéfala sostenía una falda hecha de estos reptiles.

Entre los presentes, muchos no dejaban de persignarse aterrados, otros gritaron que aquello era un ídolo pagano y que debía destruirse. El corazón de Martina desfalleció al escucharlos, no podía imaginar ver a Coatlicue en pedazos. Las autoridades llevaron el monolito a un rincón de la Real Universidad Pontificia por órdenes del virrey, el segundo Conde de Revillagigedo, quien pidió que los sabios de la época la investigaran.

«Me tienen miedo, niña. Ellos no saben descifrarme. Solo entienden lo que conocen: la guerra, la muerte, pero también soy renacimiento, fertilidad y amor. Dime, ¿te causo temor?»
«¿Temor? No. Respeto, sí»
«Haces bien, hija».

Unos meses después se descubrió la llamada «Piedra del Sol» o «Calendario Azteca». Era un círculo perfecto, con fechas grabadas, una especie de almanaque indígena. Los españoles, por aquel entonces, deseaban demostrar que no conquistaron un pueblo bárbaro e ignorante, como decían sus enemigos. Y ese monolito era una prueba de que sus victorias sobre los indios tenían mérito. La «Piedra del Sol» fue empotrada en la torre poniente de la Catedral Metropolitana para que todos la vieran. Coatlicue mientras tanto, seguía arrinconada en la Universidad, pero hasta ahí se colaban algunos para verla y venerarla.

«Martina, la gente viene y me deja ofrendas, se arrodillan frente a mí»
«Sí, madre, yo misma he llevado cirios, veladoras y flores. Queremos recordar»
«Te mostraré todo en sueños hija. Hubo un tiempo en que éramos más de lo que somos ahora. Y también llegará el día en que retomaremos nuestro propio camino. ¿Sabes? Sé que volveré a la oscuridad»
«¡No! ¿Por qué?»
«Ya te lo he dicho, no pueden descifrarme y no les gusta que la gente quiera asomarse a su pasado»

Pocos días después, Martina ya no encontró a Coatlicue en la Universidad. Se había dado la orden de volverla a sepultar. Los monjes dominicos que tenían a cargo el Instituto, la consideraban una obra del demonio y una mala influencia para los estudiantes, sobre todo, les asustó ver a los indios adorándola después de casi 300 años de evangelización.

«Otra vez estará envuelta en un sudario de tinieblas» pensó con angustia.

Los sueños siguieron y Coatlicue le habló del pasado, pero también del futuro. Ella a su vez transmitió a otros lo que la diosa le enseñaba. Veinte años después, cuando comenzó el movimiento independentista, Martina se encontraba entre las filas de quienes buscaban la libertad. Entre ellos también había criollos, como Agustín de Iturbide, en cuya bandera insurgente había un águila y una serpiente, emblemas del pueblo derrotado por los españoles y que ahora buscaba su propio camino, como había dicho Coatlicue.

«¿Sabes hija? Nunca fui más feliz que cuando estuve sobre mi altar en lo alto, pero ver despertar al pueblo, se asemeja mucho»

FIN.

Autor: Ana Piera.

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Nota: Coatlicue fue una de las principales diosas mexicas. Se encontraba en lo alto del Templo Mayor. Había cuatro de estas temibles figuras, todas con diferentes variaciones entre sí. La que nos ha llegado más completa es Coatlicue. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Cortes obligó a Moctezuma a que la bajaran, hay recuentos hechos por los conquistadores (Andrés de Tapia) sobre lo que vieron en lo alto del Templo Mayor y que permiten reconocer el monolito de Coatlicue; también se narra la proeza de cómo la bajaron, para ser sustituida por imágenes cristianas. En cuanto a Coatlicue, ella fue «escondida» para que nadie la viera.

Fue descubierta, como dice el relato, durante los trabajos que se hicieron para remodelar la Plaza de Armas. Hubo muchas opiniones sobre lo que significaba la escultura, pero en realidad nadie la entendía. Como los indios empezaron a llevarle ofrendas, las autoridades de la Universidad decidieron volverla a enterrar. La deidad fue desenterrada en dos ocasiones: en 1803, a petición de estudioso Alejandro de Humboldt; y, en 1823, cuando el inventor William Bullock solicitó hacerle una copia en papel maché y se la llevó a Londres para exhibirla. En 1825, el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, la desenterró y la puso como obra de arte en el nuevo Museo Nacional.
En 1964, con la fundación del Museo Nacional de Antropología, la Coatlicue al parecer encontró su lugar definitivo. En el año 2000 la Sala Mexica fue reacondicionada y la diosa instalada en el lugar en donde hoy la podemos contemplar.

Coatlicue en el Museo de Antropología de Ciudad de México AQUÍ

Todo sobre Coatlicue AQUÍ

Coatlicue y la Piedra del Sol AQUÍ

Lo prehispánico como signo de identidad nacional AQUÍ

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La Elegía de los Elfos – Microrrelato.

Relato publicado en mi blog el 21 de dic 2023, en ese momento lo intuía, pero, viendo como va el mundo, ahora tengo la certeza de que los elfos también éramos nosotros.

Al alba, la suave y triste elegía de los elfos se eleva desde el suelo del bosque, hasta el verde dosel, anunciando la muerte inminente de su hogar.

El mutismo de la pandereta es un aviso doloroso de que se aproxima el cierre de la vida tal como ellos la conocen: el hombre, ese ángel destructor, encontró al fin la puerta secreta que conecta su mundo de caos con el bosque encantado.

¿Qué harás para impedirlo?

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Mal inglés… microrrelato.

Cuando vió la nota le llamó la atención la palabra «Amazon». Leyó un poco, sin pasar de la segunda línea. Rara vez leía los artículos completos.

Tradujo en su mal inglés: «Amazon está en una buena racha… 14 veces más «hot» que el año anterior, los expertos predicen…»

Traducción correcta: «El Amazonas se quemó 14 veces más el año pasado, los expertos advierten que los incendios podrían ser peores este año. Con los bosques desapareciendo, los animales no tienen a dónde ir. Especies enteras están en riesgo. Si el Amazonas cae, perdemos uno de los lugares mas críticos para la biodiversidad.»

Checó su móvil, abrió Amazon, buscó papel de baño y ordenó su dotación mensual. Luego exclamó:

—¡Ahhhh! ¡Qué buena app! Con razón está tan «hot».

Autor: Ana Piera.

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Mi relato en la revista digital Masticadores

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Venganza – Cuento Corto.

Todo empezaba así: mi madre hablando en voz baja con mi padre, lanzando miradas duras hacia mí. Papá miraba al cielo, pidiendo paciencia, y luego, también me miraba, pero con amor y una sonrisa en los labios.

El sábado, cuando el olor del café recién hecho se colaba en los dormitorios anunciando el inicio del día, papá subía a mi habitación y se sentaba en el borde de la cama esperando paciente a que yo me despertara. Al abrir los ojos y verlo, la pieza final del misterio se completaba:

—¡Papá, no!

—¡Que sí! Por cierto, buenos días.

—Buenos días.

—Anda vístete. Tú decides: tu madre o yo.

—Que no quiero ir.

—Es necesario —decía hundiendo, cariñoso, su mano huesuda en los rizos salvajes de mi cabeza—. ¿Has visto el león melenudo que ruge al principio de algunas películas? Ya te pareces a él.

Mi madre, que había estado escuchando todo desde el pasillo y no confiaba mucho en la labor de convencimiento de su marido, entraba entonces para reforzar el argumento:

—Diana, ya es hora de que te veas más cuidada, más arreglada. Ve el ejemplo de tus primas. ¡Tan correctas ellas! Ya es hora de que te lleve yo al salón de belleza y dejes de ir a la barbería de tu padre. ¡No eres un chico, por Dios!

Yo cerraba los ojos y movía la selva que era mi cabeza de un lado a otro mientras apretaba los labios muy fuerte e imaginaba que ambos se rendían y se iba cada uno a hacer lo que sea que tuvieran que hacer un sábado por la mañana, dejándome en paz. Entonces papá soltaba algo como esto:

—Saliendo de tu corte te llevo a comer y luego vemos si encontramos la guitarra que quieres —decía mientras mi madre le lanzaba miradas de reproche que él pretendía no ver hasta que ella acababa por irse.

El ofrecimiento de papá hacía que yo me vistiera, aunque sin muchas ganas, y me dejara conducir hasta la barbería, donde Genaro ya me estaría esperando, con su mirada de viejo travieso y las tijeras en la mano. Me gustaban las pláticas que tenían papá y él sobre futbol o noticias. Los dos eran muy ocurrentes y se la pasaban riendo, y sobre todo, agradecía que Genaro no me hiciera preguntas estúpidas. Con todo, los chasquidos que hacían las tijeras mientras asesinaban mis rizos me resultaban casi insoportables. Todo el tiempo yo permanecía con los ojos cerrados, incapaz de mirar en lo que me estaba convirtiendo. No los abría siquiera cuando él tomaba un espejo y lo colocaba detrás de mí para que yo pudiera echar un vistazo. Yo me bajaba de la silla a ciegas y luego, de espaldas a cualquier espejo, buscaba a papá.

—Estás muy guapa Diana, de verdad te ves muy bien.

—Ajá

—Tu madre nos dejará de molestar por un rato. Anda, vamos a desayunar.

En el carro, mis manos explorarían a ciegas mi nuevo corte. Donde antes había rizos ahora no había mas que aire y ante ese desastre ineludible, me soltaría a llorar a moco tendido ante la mirada de pena de papá, que dejaba que yo soltara mi tristeza. Luego en el restaurante, seguiría con la lloradera, ahora sobre un sabroso plato de chilaquiles o de enchiladas. Y así, comiendo y a la vez llorando, aunque cada vez con menos intensidad, comprobaría como siempre, que «las penas con pan son menos».

—¡Espera abuela, que voy al baño! —Me interrumpió Daniel—. No vayas a seguir sin mí.

—¡Apúrale! —dijeron al unísono Cristina y Felipe.

Una vez que Daniel regresó, quise retomar el hilo de los recuerdos:

—¿A ver, dónde me quedé?

—En que el bisabuelo te llevaba a desayunar —contestó Cristina, la mayor de mis nietos, y con sus once años la más avispada de los tres.

—Es verdad. Pues luego de desayunar, papá me llevaría a buscar la guitarra que tanto deseaba, pero al ver el precio, me decía que mejor esperáramos a que la pusieran en oferta. Luego íbamos a uno de los almacenes más grandes y yo saldría de ahí con una o dos bolsas de ropa nueva. Y así era cada vez que mi madre quería que me cortara el cabello.

—¡Y ahora has vuelto a ser como el león ese que dijiste! —dijo riendo Felipe, el de en medio.

—¡Sí! ¡Como ese león o como Medusa y sus mil cabezas indomables! —contesté.

—¿Medusa? —preguntó Daniel el más pequeño.

—Medusa era un monstruo que tenía el pelo como la abuela, solo que en Medusa, en vez de rizos, eran serpientes. Ella volvía piedra a todo el que la mirara —dijo Cristina con un aire conocedor, dejando a Daniel bastante impresionado.

Cuando esa tarde despedí a los chicos, pasé por el espejo del recibidor y me detuve a ver mi alocada testa, mis ahora blancos rizos, seguían igual de desafiantes que los de la niña descuidada y desarreglada que tanto molestaba a mi madre y a la que papá chantajeaba dulcemente para que se dejara cortarlos. Quizás alguna vez regrese de nuevo al pelo corto, cortísimo, un día que mis rizos me harten, pero mientras, vuelvo a los quince en venganza por las guitarras que no tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

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