Crecer.

Cuento corto.

Photo by Athena on Pexels.com

Al primer tijeretazo siento un escalofrío. El trozo de cabello rueda lentamente por el plástico protector hasta el piso esparciéndose como una flor deshojada en el viento. Diego me mira divertido mientras empuña la tijera y va asesinando lentamente los rizos que me han acompañado desde pequeña. Cierro los ojos con pesar mientras mi niñez y juventud se acumulan inertes a mis pies.

—No es para tanto —me dice Diego, siempre sonriendo.

Yo no le presto atención pues un recuerdo acapara mi mente: estoy acostada boca arriba sobre un prado magnífico, mi cabellera rojiza extendida como un manto de fuego sobre el verde intenso, mi piel de cera y mis pecas están bañadas por el sol matinal. Tengo chocolates en una mano y los voy echando de a poco en mi boca que se inunda con mareas dulcísimas de placer. La voz monótona del Director, como un intruso, interrumpe mi ensoñación:

«Si quiere dar clases en esta escuela tendrá que mejorar su aspecto. Usted se ve muy joven, los alumnos no la respetarán. Cambie de imagen, un buen corte de pelo y otro tipo de ropa le vendría bien. La veré de nuevo mañana y espero ver esos cambios o la plaza será de otra persona».

Mi cabeza se siente desnuda. Abro lentamente los ojos y veo a Diego sonriendo estúpidamente. —¿Y bien? ¿Qué opinas? Mi peluquero ha hecho un buen trabajo, pero no puedo evitar compararme con esos árboles podados de forma ridícula al capricho de la gente, en mí no hay ya ramas grandes donde poner un columpio y mecerme alocadamente con la brisa, ahora todo será echar raíces. La niña finalmente, se ha ausentado de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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«MURCIEGALOS», QUESO Y ORTOGRAFIA….

Relato ficticio, original.

La señora que vende quesos es muy platicadora, se trata de una de esas gorditas simpáticas difíciles de ignorar. Ayer que pasó con su canasta llena de deliciosuras lácteas no pude resistirme a comprarle una panela, aunque sabía que junto con el queso, me iba a vender todo un discurso y así fue:

—¿Trae panela?

—Si, aunque fíjese que por poquito y no traigo.

—¿Ah si?

—¡Síii! Es que en el cuarto donde las preparamos que cree? De repente veo entrar algo por la ventana, una cosa negra que aleteaba muy feo. Primero pensé que sería una de esas mariposas de la mala suerte. Ya sabe, de las negrotas, esas que dicen que si se meten a la casa anuncian que habrá difunto.

—Si, ya sé cuáles dice, y bueno, ¿pues que fue lo que se metió?

—Uy señora, ¡un MURCIEGALO! lo bueno que mi hijo el mayor, que venía de ACEPILLAR al caballo, le aventó el cepillo con tanto tino ¡que le dio! y pues ya atarantado se cayó al piso y ahí lo rematamos. ¡Ay! Viera que cosas tan espantosas son esos bichos, tienen cara de demonio. Por si las dudas y para alejar las malas vibras, yo recé un Padrenuestro.

Me sentí triste por el pobre animal y la ignorancia que lo había matado. La señora siguió con su relato:

El susto me dio mucha hambre, sentí un hueco en el estómago, creo se me bajó, la glocosa esa… O ¿cómo se dice?

—¿Glucosa?

—Si, esa mera, me fui para la cocina y me eché unas ALMÓNDIGAS que tenía para que cenáramos todos. Me las acabé toditas, pero es que con esos sustos pues no anda uno con pequeñeces, yo necesitaba recuperar fuerzas. La cosa que cuando llegó el Rufino —mi marido—, se armó un pleitazo, me dijo que soy una tragona y que conmigo no hay MANTENCIÓN que alcance.

Ya estaba yo con los ojos salidos de desesperación, primero por el relato que se alargaba y yo con unas ganas locas de hincarle el diente a un pedacito de queso, y en segundo lugar porque lo de murciélago, acepillar, almóndigas y mantención no me sonaba nada bien. Me abstuve de corregir a la señora (aunque ganas no me faltaban), y qué bueno que no lo hice, pues una vez que se fue, (y después de hacerme un sandwich), me metí a la computadora, al sitio del diccionario de la RAE y me di cuenta que todas y cada una de esas palabras son correctas tal y como las había escuchado, son palabras que se oyen mal pero que están bien escritas. ¡Así que ya saben!

Palabras vistas en Revista Muy Interesante año XXII No. 11 pag. 20
sitio del diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

EN «EL RAINBOW»

Relato original, Crónica de una noche loca en Guadalajara.

Photo by Mary Y. on Unsplash

No se escucha otra cosa que la música que no para y un murmullo como de panal de abejas compuesto por suspiros, risitas ahogadas, carcajadas, voces y besos de labios impacientes. La gastada alfombra del piso amortigua cualquier ruido hecho por los dos pares de tacones baratos comprados en el mercado, tampoco se oye el siseo producido por el roce de sus vestidos sacados en abonos con Doña Chayito, la abonera de la colonia. Daniela y Carolina han hecho su entrada triunfal en «El Rainbow».

Como cada noche, la bandera gay multicolor de la entrada les da la bienvenida. El lugar esta a punto de reventar. Se abren paso entre un mar de cuerpos y a duras penas pueden ubicarse en una esquina del local. Un mesero pasa apurado y les ofrece algo de tomar, piden dos piñas coladas que a pesar de lo mal preparadas, sorberán con deleite, aunque lentamente, pues no tienen dinero para más. Platican animadamente entre ellas; un hombre de aspecto rudo se acerca y se ubica muy cerca.

Daniela nacida Efraín, y Carolina nacida Guillermo, son como dos aves fénix que esta noche han renacido. Les brillan los ojos, a ratos se arreglan con sus manos de hombre las pelucas que traen puestas y se alisan los vestidos. Sus cuerpos son femeninos, pero la tosquedad hombruna de sus facciones las delata.

«El Rainbow» es un lugar mágico que cada noche se puebla de seres fantásticos que parecen cobrar más fuerza y vida inmersos en aquel ambiente donde el aire parece haber sido reemplazado con nicotina pura. Cuesta trabajo respirar, pero no importa, la falta de oxígeno se compensa con la abundancia de libertad.

En una mesa solitaria se encuentra una esfinge imperturbable, resulta difícil decidir si es hombre o mujer. Con la mirada fija en algún punto del local y una cubeta llena de cervezas, encara la noche que se desenvuelve frente a ella. La pista esta llena de sirenas con los cuerpos entrelazados, de grifos que efectúan el ritual del amor acariciándose con sus alas y robándose besos con sus picos de ave mientras ronronean como gatos llenos de placer.

Daniela y Carolina no pierden detalle de lo que sucede en aquella cueva increíble. El hombre junto a ellas, cual basilisco hambriento, se ha acercado aún más y en poco tiempo estará rozando con su brazo los hombros desnudos de Daniela. Alguien pide que se despeje la pista, el show de la noche esta por comenzar: una mujer pisa el escenario, sus facciones de hombre, chocan con la femineidad de sus vestidos. Como si fuera un Pegaso, vuela alrededor de la pista saludando y sonriendo. No falta quien le ponga un billete entre los pechos de silicona. Comienza a hacer «playback» imitando a una artista pasada de moda, todos corean sus canciones emocionados, de la mesa de la esfinge toma sin permiso una cerveza y juguetea atrevidamente con ella entre la boca, la lame despacio, lo que arranca aplausos de los grifos presentes.

Daniela y Carolina la miran extasiadas, comentan lo vaporoso de sus vestidos, lo bien que está maquillada, lo mucho que les gustaría un autógrafo. Cantan a pleno pulmón todas y cada una de las canciones del repertorio. Por un momento las aves fénix baten sus alas y vuelan libres, se elevan un poco, solo unas cuantas horas, para caer muertas en la madrugada, pero siempre con la esperanza de renacer nuevamente para otra noche en «El Rainbow».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

VIAJE FRUSTRADO

Cuento corto, original.

Photo by cottonbro on Pexels.com

Cuando Ángela abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz, «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool!, se escuchaban a cada roto. Buscó el control del aparato y activó el «mute».

Entró al baño y se encontró con el desastre habitual: calzones tirados, sandalias de baño desperdigadas, el bote de basura hasta el copete. Aquello era demasiado. Miró la imagen maltratada y seca que le devolvía el espejo, se concentró en las arrugas y en los ojos cansados y sin brillo, «¿quién es esta?», pensó con amargura «¿dónde quedé yo?».

De regreso en la recámara intentó mover el cuerpo inerte de Rogelio para poder acostarse, pero no pudo. «Desgraciado, tendré que dormir otra vez en el sofá». Tras de sí dejó el uniforme de enfermera y en pantaleta y sin brasier, se dirigió al cuarto de la computadora. Primero había pensado en acostarse, se sentía cansadísima después de una dura jornada en el hospital donde trabajaba, pero decidió que al menos checaría su buzón de correo electrónico. Tenía ocho mensajes, casi todos intrascendentes, el único que le llamó la atención era uno que decía: «Reunión Familiar», lo leyó con avidez y sonrió.

La luz del día la despertó sin misericordia. En el cuarto de la computadora no había cortina así que el sol no pedía permiso para entrar. Ángela recordó el e-mail y se levantó rápidamente, tenía que hablar con Rogelio. Este aún estaba durmiendo, pero el portazo que dio Ángela a propósito, lo despertó.

—No la amueles, estoy durmiendo —dijo él con la voz pastosa de quien amanece todo crudo.

— El próximo sábado salgo para Monterrey —dijo ella en tono resuelto.

— ¿De qué hablas?

—Recibí un correo de mi primo Gustavo, toda mi familia se reunirá en Monterrey, todos, hasta la tía Doris que vive en Mérida, no puedo faltar. Gustavo guardó silencio unos segundos y luego volviéndole la espalda a Ángela dijo:

—No puedes, no tenemos dinero.

—No me importa, daré el tarjetazo, ya hice la reservación anoche. Gustavo ya no dijo nada y minutos después Ángela lo escuchó roncar de nuevo.

La perspectiva del viaje era emocionante, salir de la rutina, dejar de aguantar aunque fuera por unos días a su esposo. También se sorprendió varias veces fantaseando con no regresar. El lunes pidió permiso en su trabajo para ausentarse el fin de semana y se lo concedieron. El martes comenzó a planear lo que iba a empacar y ese mismo día por la noche un cambio extraño se operó en Rogelio, cuando Ángela llegó de trabajar lo encontró sentado en la sala en vez de tirado en la cama.

—¿Ya cenaste?, mira que preparé un espagueti, no quedó muy bueno, pero si tienes hambre…

Aquello era algo inédito, el espagueti sí estaba horrible, pero el simple hecho de que el fardo de Rogelio hiciera algo ya era mucho decir. El miércoles le habló al hospital:

—Te invito unos tacos.

Hacía ya tanto que no salían, aunque fuera a echarse unos mugres tacos, que Ángela estaba sorprendida.

El jueves fueron a bailar, entre cumbias y merengues Ángela se sentía en las nubes. El viernes Rogelio la esperó bien despierto, bañado, y perfumado y después de un largo beso hicieron el amor. Por cierto hacía ya tanto que no hacían nada, que Ángela no conocía la sensación de besar al ahora bigotón Rogelio, y por lo espeso del bigote se le figuraba que estaba besando un mapache o algo parecido. Después de hacer el amor Rogelio se portó muy tierno y caballeroso y Ángela empezó a sentirse tan amada y querida como al principio de su relación. De repente la perspectiva del viaje ya no resultaba tan atractiva. ¿Para qué irse a Monterrey y desperdiciar esta buena racha con él?, decidió que no iría a la reunión familiar.

El sábado por la mañana canceló todo y avisó a sus familiares de su ausencia, en vez del viaje organizaría una cena romántica para los dos. Rogelio estaba muy complacido del cambio de planes, Ángela se fue a hacer las compras de la cena y Rogelio dijo que iba a la farmacia a comprar unos condones.

El paquete con las fotos de la reunión llegó pocos días después, Ángela las abrió con tristeza y lloró al ver a toda su familia reunida y feliz, solo había faltado ella. Guardó las fotos en un cajón y se dirigió a la habitación que compartía con su esposo. Tuvo la sensación de estar viviendo un déjà vu:

Cuando ella abrió la puerta del cuarto, el olor a borracho le golpeó la nariz «otra vez regresó tomado» pensó. Enojadísima, aventó su bolsa a la cama, la cual aterrizó justo en la cara de Rogelio, quien anestesiado como estaba por tanto tequila, ni sintió el golpazo. La televisión estaba encendida y se veía un partido de futbol donde uno de los equipos estaba dando una paliza al rival y los gritos de ¡Goool! Se escuchaban a cada roto, buscó el control del aparato y activó el «mute».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Este relato, en la revista Masticadores Sur.