La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Imagen tomada de Unsplash     En algún lugar lo había leído, o acaso fue el tema de una película, o tal vez un videojuego que jugó en casa de algún amigo; como haya sido, el caso es que la idea le retumbaba en el cerebro desde entonces. Era una idea loca, sucia, imposible, pero […]

La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

LA CASA DEL POZO

Mi participación en el reto conjunto VadeReto y Alianzara de Noviembre 2024. En éste último nos proponen que se dé protagonismo al «espacio» donde sucede la historia. Este cuento también participó en el concurso de relatos de El Tintero de Oro.

Imagen de Enrique en Pixabay

LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana —más joven que ellos— Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. «Ven…» Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

AMOR SIN PRETENSIONES

Photo by J Shim on Unsplash

—Mira Mariano, hay luna llena. Su luz no pide permiso para entrar, me gusta su fría insolencia ¿ves?

—Prefiero mil veces mirarte a ti.

Tita sonríe, pasa sus manos por la oscura cabeza que descansa en su vientre. Sus dedos huesudos y de uñas largas pintadas de rojo se enredan en el pelo negro y lacio. Mariano levanta la cara, de ella cuelga una sonrisa traviesa, parece un niño fraguando alguna fechoría. Poco ha cambiado él en los últimos quince años, sigue siendo el mismo hombre de aspecto anodino, de ojos pequeños y cuerpo de perro parado, sin atractivo aparente, eso si, bien conservado, indultado por el tiempo y sus estragos.

Hace quince años Tita Pacheco era la mejor con su físico de diosa y su dominio absoluto de las artes amatorias. Entre sus clientes solo se contaba gente de las más altas esferas del poder político y empresarial de México. ¿No se había suicidado el General Torres, enloquecido de amor por ella? Muchos hombres le habían ofrecido apoyo a cambio de exclusividad, pero Tita Pacheco nunca sucumbió antes tales propuestas. Amaba la libertad por sobre todas las cosas y también disfrutaba el tiempo que le dedicaba a Mariano, al cual no estaba dispuesta a renunciar por nada.

Mariano, el insignificante, el oscuro «empleaducho» —como solía decir la madre de Tita—, que no tenía nada que ofrecerle excepto su compañía en las horas más negras, su lealtad, su apoyo, su amor incondicional aún a sabiendas de la naturaleza de su trabajo.

Tita ha cerrado los ojos, la lengua de Mariano se ha vuelto una mariposa que revolotea entre sus piernas y se posa en su sexo, penetrándola dulcemente. Al menos el cáncer no le ha quitado eso, aún puede sentir. Su boca deja escapar los gemidos que nacen en su vientre y suben en tropel por su garganta. Sonríe. Pensándolo bien nunca ha sido libre, su cuerpo podía ser de todos y de nadie, pero su corazón solo de uno, y nunca conoció una cárcel más hermosa que ese amor sin pretensiones de su Mariano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/amor-sin-pretensiones-relato-corto/

Otro cuento con el tema del amor, pero ahora tratado de forma muy diferente:

LA VERDAD OCULTA

Cuando desperté, él estaba sentado en mi cama. Sus enormes ojos negros, sin expresión y sin fondo, parecían engullirme entero. Sentí sus dedos fríos y delgados como lápices acariciándome la cabeza. De los ojos y de los extraños orificios nasales, apenas dos agujeros negros sobre la piel cetrina, comenzó a salir un fluido amarillento. Parecía estar llorando.

No me dio miedo; en alguna parte de mi ADN palpitaba una verdad inquietante. Una luz enceguecedora se asomó por la ventana y parpadeó tres veces. Ante esta señal se levantó lentamente, como si le pesara alejarse. Se situó de tal modo que la luz lo envolvió y desapareció en ella. Brinqué de la cama y me asomé a tiempo de ver una nave extraña en forma de cigarro alejándose, primero lentamente y luego a una velocidad tan demencial que desapareció en un instante.

Me incorporé. Miré mis manos, examiné mis brazos, sentí mi rostro. No me parecía en nada a él sin embargo del fondo de mi ser fue subiendo incontrolable una palabra que pronuncié sin permiso de mis labios y que dejó una herida abierta a su paso: «¡Padre! ¡Padre!«

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Llevo ya algún tiempo colaborando con el proyecto Masticadores a quienes agradezco la confianza: (Edgardo Villareal, editor en México y a J.Re Crivello, fundador). Hoy se publicó este cuento mío al que le tengo mucho cariño. Está inspirado en la migración de la mariposa Monarca y primero se publicó en mi blog pildoras para soñar – blog de cuentos y otras cosas (wordpress.com)

Fotografía por Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!  Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:  —Son las mariposas Monarca, Juanito: Papalotl. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto […]

Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

LA JOSEFINA

Photo by Mikayla Meeker on Pexels.com

Es muy de mañana en el puerto, el sol aún no asoma su despeinada cabeza en el cielo. Comienza la actividad en el bulevar. Las motos que vienen de lejos se oyen como mosquitos desafinados. Los autos rompen en un estruendo molesto al pasar junto a mí. Yo camino rápido, el doctor me ha dicho que es el mejor ejercicio. Me lleno los pulmones del aire tibio y salobre de la costa, es el mismo olor de siempre, pero al pasar “Duncan” el perro negro criollo de Josefina, me llega un efluvio a flores marchitas mezcladas con perfume “Madame Rochas”. El olorcito me desconcierta, mas lo olvido pronto, siento pena por el pobre animal, su dueña murió recientemente, Supongo que está tan acostumbrado a los paseos mañaneros con ella, que no puede todavía “entender” que ella ya no existe. Veo el oscuro trasero alejarse a buen paso, mejor que el que llevaba cuando Josefina aún andaba en este mundo.

La escena se ha repetido diariamente: “Duncan” pasando a mi lado, dejando el mismo olor extraño. Pensamientos con aguijón comienzan a prenderse a mi mente y al pensarlos me da un estremecimiento: pienso que Josefina podría seguir aquí, en el mundo de los vivos, y que la estela olorosa que deja su perro es en realidad el aroma de su fantasma. Le he dicho a Genaro, mi esposo, que sirva de algo y use sus horas de jubilado montando guardia para ver si alguien entra o sale de casa de la difunta. La pobre no tenía familia, vivía sola y tenía por única compañía a “Duncan”; aunque quizás algún pariente se está haciendo cargo de él ahora que ella ya no está.

Mi viejo se lo toma muy en serio, y en el techo de nuestra vivienda monta un telescopio dirigido a la casa de Josefina, ubicada al otro lado de la calle. Al cabo de una semana tengo un informe detallado: El único ser vivo que entra y sale ha sido el perro, quien no sufre de hambre pues todas las mañanas amanecen sus platos de alimento a tope con croquetas y agua. El reporte de Genaro incluye la observación de que el jardín exterior se está muriendo, pero el interior esta como siempre: verde y hermoso, las flores de Josefina mejor que nunca. Nota al pie: no hay señal de los desperdicios del perro. O él mismo ha aprendido a recogerlos, servirse alimento y regar las plantas o … Josefina sigue entre nosotros.

Hoy me he armado de valor: Ahí viene “Duncan” y… Josefina. Me apuro para que el perro no me deje atrás y comienzo a balbucear como loca: “Jóse… Jóse… Espera… Cuéntame… ¿Qué se siente estar difunta? ¿Duele morir? Noto que ahora estás más ligera, vas más rápido, ahora vas a paso de liebre y no de tortuga. ¡Cuéntame! ¡Dime qué hiciste! El Genaro y yo quisiéramos seguir por acá después de muertos ¿Es posible? ¿Hay otros como tú? Dime, anda no seas mala…”

Casi me desmayo al ver a “Duncan” acortar su zancada hasta pararse por completo, me lanza una mirada inteligente con sus ojitos cafés y entonces percibo que “algo” me envuelve, el olor a flores marchitas y a perfume antiguo me rodean. Creo que estoy inmersa en el fantasma de Josefina: Siento frío, nostalgia, siento ausencia de carne y sangre. Dura muy poco, de pronto «Duncan» a reanudado su paseo. Josefina me ha susurrado el misterio de la vida y de la muerte, pero yo no entendí. No hablo el lenguaje de los fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LO QUE NO FUE

Ucronía. ¿Y si Hernán Cortes? no hubiera hundido sus naves?

Con la espalda apoyada en la piedra sacrificial que le proyectaba el pecho hacia adelante, Hernán Cortés intentaba abrir los ojos para ver el cielo azul del mediodía, pero el intenso sol le cegaba. La posición era incómoda e insostenible. «¿Por qué no se apuraban?».

«Es un hermoso día para morir»—había pensado, mientras subía sereno las escalinatas de la pirámide y la belleza de Tenochtitlán se reveló: una ciudad construida sobre un lago: con canales, calzadas, templos monumentales, casas y jardines. La cima estaba coronada por dos adoratorios y su destino yacía del lado derecho, coto del dios de la guerra. Pensó que era apropiado, raro hubiera sido que su vida terminara en el lado izquierdo, donde se adoraba a la deidad de la lluvia.

No tenía duda sobre lo que iba a suceder, la piedra de sacrificios escurría sangre que llegaba hasta las escalinatas. Ya antes había escuchado los gritos desgarradores de algunos de sus incondicionales que corrieron esa misma suerte y cuyas cabezas estarían ahora empaladas en ese lugar horrible que habían visto cuando entraron a la ciudad como prisioneros.

De cara a la muerte se lamentaba de no haber llevado a cabo la idea de hundir las naves en las que llegaron desde Cuba y así impedir el éxodo de los que no estaban de acuerdo con sus planes. Con los barcos inutilizados no habrían tenido más remedio que continuar la empresa. No por nada los españoles eran famosos por su resistencia y valentía en el campo de batalla. La victoria y el reconocimiento hubieran estado esperándolos al final. El contraste de esa idea con su futuro inmediato le llenó la boca de amargura. Tras la deserción de los inconformes, el Cacique Gordo y sus súbditos totonacas apresaron a los que quedaban para mandarlos como un regalo a Moctezuma olvidándose de su alianza previa. ¡Traidores!

Se había encomendado ya a la Virgen de los Remedios y esperaba la muerte sin aspavientos. De repente una figura oscura se cernió en su horizonte ocultando la luz del sol que tanto le lastimaba. Con dificultad pudo reconocer la figura del mismísimo Tlatoani Moctezuma. Él sería quien le sacrificaría, por eso la tardanza. Como en un sueño, escuchó el griterío de la gente de la ciudad, enardecida, congregados treinta metros abajo del lugar donde se encontraba. El cuchillo de obsidiana bajó como un relámpago y se hundió en su pecho. Increíblemente no sintió dolor, pero la luz empezó a menguar. Alcanzó a ver su corazón sangrante en la mano levantada de Moctezuma. Luego sobrevino la negrura final.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Como nota personal, me queda claro que si no hubiera sido Cortés, hubiera sido otro conquistador. Las civilizaciones de América en esa época: (Mexicas, Incas, Mayas) y otras sociedades intermedias, tenían una desventaja en cuanto a tecnología de guerra. Sus armas no podían compararse a las que ya había en Europa así que no se hubieran escapado de su destino. Otro punto es que esto que escribí, es solo una de muchas posibilidades, tal vez aun sin hundir sus barcos, Hernán Cortes hubiera podido lograr todo lo que consigna la historia; ayudado por sus soldados y en alianza con algunas sociedades locales que odiaban a los mexicas y su imperio, que les imponía pesados tributos.

Si quieres saber de qué se trata la ucronía te recomiendo visitar el siguiente enlace: MICRORRETOS: ¿Y SI…? (concursoeltinterodeoro.blogspot.com)

El anterior relato no participa en el reto pero me quedó muy buen sabor de boca el participar con: LILIBETH, que se encuentra en este enlace: RETO DE ESCRITURA (HACER UNA UCRONÍA) – pildoras para soñar (wordpress.com) así que decidí intentarlo nuevamente.

Si gustas saber más sobre Tenochtitlán y la sociedad mexica:

Siéntete libre de compartir o comentar. Gracias por leer.

https://bloguers.net/literatura/lo-que-no-fue-ucronia/

EL RELOJ

Desde que salió al mercado no he tenido paz. Yo, que siempre he sido muy novedoso, en cuanto lo vi en la tienda de Amazon, me lo compré. Mi amigo Paco me hizo burla: «Pudiste haber comprado el Kindle «Oasis», de última generación, y leer como jeque árabe; pero preferiste comprar esta pendejada. Ay compadre, me late que esto no va a terminar bien».

En mi defensa solo puedo decir que la publicidad era impecable: «El reloj de pulsera que además de pasos, calorías y frecuencia cardiaca, mide también su actividad sexual. ¡Lleve la cuenta del mes! ¡Bata su propio récord!». Por supuesto que tenía que ser mío.

Ha pasado algún tiempo y noté que el desgraciado aparato no sabe contar. Según mi propio registro, (hombre precavido vale por dos), llevo mínimo dieciocho encuentros del «tercer tipo» en el mes y el pinche reloj no me ha contado ninguno.

Marqué al 01-800-AYUDA y la chica me pidió que por favor leyera las letras chiquitas antes de devolverlo:

«El reloj sabe distinguir entre los latidos del corazón cuyo bombeo es provocado por el amor verdadero, de los que son producto del mero deseo animal. Si usted desea desactivar esta función puede hacerlo en la sección de ajustes».

¿Pero qué tonterías eran esas? ¿Amor verdadero? Por supuesto que cambié los ajustes.

Aunque después de cambiar la configuración el aparato ha funcionado bien, he decidido devolverlo. Me prometieron un reembolso completo. Lo necesitaré, porque ahora debo pagar a un psicólogo que me ayude a resolver este hueco horrible que me ha ido creciendo dentro. Un malestar que antes no tenía y que definitivamente no es físico. ¡Qué poca madre!, ¡tan a gusto que estaba yo!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA PISTOLA

Photo by Sandra Grünewald on Unsplash

Le apuntó por la espalda y tiró del gatillo. La desgraciada pistola no hizo nada, él solo sintió un latido en su palma. Lo intentó de nuevo… tampoco. La empuñadura palpitaba ahora, con fuerza… caliente al tacto… tanto, que estuvo a punto de soltarla. Su víctima ya se volvía después de retirar un par de cervezas del refrigerador. En un rápido movimiento, digno de un carterista, guardó la pistola en su mochila. Aceptó la cerveza que el hombre le ofrecía, conciliador. Sabía que el joven le visitaba por parte del temible Rojo. La cerveza era de esas de medio cuartito, que por alguna razón saben más ricas que las de tamaño estándar. En otras circunstancias la hubiera disfrutado, pero en tres tragos se la tomó. Estaba muy confundido. Torpe, buscó una excusa y salió de la tienda de segunda mano de Ramiro.

Recordaba las palabras del Rojo, el jefe de la banda criminal a la que aspiraba a entrar. «Tienes que demostrar que eres capaz de matar». Con sus manos regordetas y pecosas, le había extendido el arma. Martín la había sostenido firme, no era ajeno a ellas. Alcanzó a ver unas cuantas balas que se asomaban del tambor. En ese momento sintió rara la culata, latiendo y caliente, pero lo atribuyó a su propia emoción.

—Ramiro Valverde nos debe dinero, a ese te lo puedes cargar. Es tu pase de entrada a la banda Martín.

Tras el asesinato frustrado de Ramiro su mente rumiaba: «Pinche Rojo, me dio un arma que no sirve ¿Por qué haría algo así? Se quieren burlar de mí todos».

Se dirigió a casa de su abuelo, a quien le gustaban las armas y tenía herramientas especiales. Le pidió prestadas algunas y se dispuso a desarmar la pistola.

Su sorpresa fue mayúscula cuando la desmontó: en el cañón, apretujados, encontró intestinos, una parte de ellos era gorda y roja… inflamada, y la otra blancuzca y delgada. En la parte donde se alojaba el martillo había algo parecido a un hígado, de un color marrón rojizo. En la empuñadura, estaban otros órganos que no supo qué eran. No había rastro de las balas. Lo que sí reconoció al fondo fue un corazón rojo oscuro… palpitante. Pasó uno de sus dedos sobre los tejidos y los sintió calientes y húmedos. Una baba desagradable se le quedó pegada y casi saltó de la impresión. Asqueado se limpió la humedad en el pantalón. Armó de nuevo el arma, le costó trabajo pues no podía evitar la tembladera. Fue a entregársela al Rojo.

—No pude hacerlo—dijo tratando de disimular la repugnancia que se había adherido a su alma.
—Bueno, ni modo— había decepción en la voz del Rojo. La banda siempre necesitaba miembros jóvenes, para ir sustituyendo a los que morían—. No te quiero volver a ver por aquí. Desaparécete y no me causes problemas o ya sabes…

El joven de trece años se alejó pensando en regresar a la escuela y conseguir un trabajo los fines de semana. Nunca pudo quitarse de la mente la pistola.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

también en: https://bloguers.net/literatura/martin-la-pistola/

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RETO DE ESCRITURA (HACER UNA UCRONÍA)

Mi participación en el reto de escritura convocado por El Tintero de Oro. Una ucronía es una reconstrucción de la historia basada en datos hipotéticos.

lo explica muy bien David Rubio en el siguiente enlace: MICRORRETOS: ¿Y SI…? (concursoeltinterodeoro.blogspot.com)

Punto «jonbar» o hecho histórico que ha sido modificado: ¿Y si Eduardo VIII de Inglaterra no hubiera abdicado? ¿Y si hubiera sido posible un matrimonio morganático con Wallis Simpson? ¿Y si hubieran tenido descendencia con derecho al trono?

LILIBETH

Esa fría mañana de enero había una ligera, pero pertinaz lluvia que no desanimó a Isabel y a sus perros a dar una enérgica caminata por los alrededores de Craigdowan Lodge en Balmoral. Era como una niña junto a ellos. Al regresar del paseo, se sorprendió de encontrar a su marido, que le hacía una visita relámpago.

Se veía apuesto en su uniforme militar de la Kriegsmarine alemana: Resaltaba la chaqueta cruzada azul oscuro, el águila dorada en el pecho y rango en la bocamanga, indicando que era Capitán de Navío.

—¡Querida!—dijo él afectuosamente cuando la vio y ella se disculpó porque los perros habían pasado por un lodazal y la habían salpicado de barro. Desayunaron juntos y él le habló con entusiasmo del inminente fin de la guerra. El rey estaba feliz de poder ayudar al Führer a obtener el control total de Europa Occidental.

—Estoy contento Lilibeth —dijo mirándola a los ojos— solo lamento estar lejos la mayor parte del tiempo.

Isabel fingió interés y su mente divagó a las caballerizas, donde uno de sus apreciados caballos estaba enfermo.

—Tu tío manda saludos y Wallis está embarazada.

Isabel sonrió aliviada, como si la hubieran liberado de una pesada losa.

—¿Será posible que te pueda convencer de regresar a Londres? —preguntó esperanzado, aunque en el fondo sabía la respuesta.

—Querido no insistas, soy muy feliz aquí en Balmoral. No me puedo imaginar en otro lugar o haciendo otras cosas

FIN

243 palabras incluyendo título

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este relato está incluído en el número 16 de la revista: El Tintero de Oro Magazine. «¿Y, si?»