Desde la Oscuridad.

Mi propuesta para el VadeReto del mes de Mayo: un relato donde la oscuridad sea el elemento importante.

La india vestía pobremente, pero estaba limpia, llevaba una falda y blusa sencillas. Señaló un lugar en medio del piso de la plaza y dijo con vehemencia: «Ahí está ella, ¡sáquenla!»

Un capataz furioso se acercó y le gritó: «¡A quien vamos a sacar es a ti, y no regreses, o llamaré a la guardia!»

La joven, con la mansedumbre propia de los suyos, salió por su propio pie, mas a partir de aquel día se convirtió en un rostro familiar entre quienes, desde lejos, curioseaban las obras de mejora de la Plaza de Armas de Ciudad de México, convertida por muchos años, en un caótico y maloliente mercado. Había de todo: desde gente «respetable», hasta indios y personas de castas mixtas, estos últimos iban sucios, casi desnudos, cubiertos tan solo con una cobija o jerga. Corría el año de 1790.

«¡Ay Martina! ¿Se te hace justo? ¡Llevo más de 200 años inmersa en esta negrura!»

Venía soñando desde hacía tiempo con una voz femenina, curtida por el tiempo, que le hablaba.

«¿Y no tiene por ahí una vela que la alumbre? ¿Por qué está a oscuras?»

Se oyó un suspiro largo y hondo, cargado de recuerdos:

«Un día me bajaron de mi altar en lo alto y me escondieron aquí, en las entrañas de la tierra»

«¿Cómo se llama usted madrecita?»

«Haces bien en decirme madre, pues eso soy, tanto de dioses como de hombres por igual. Tengo muchos nombres, pero puedes decirme Coatlicue. Alguna vez fui venerada por los tuyos, hoy, pocos se acuerdan»

«En casa no se hablaba del pasado. Papá prohibió a mi abuelo contarnos nada, decía que lo anterior fue pecaminoso y que debíamos olvidarlo»

Martina era muy sensible, y le daba mucha pena imaginar a esa anciana envuelta en tinieblas. Antes de la remodelación, iba a la plaza, a un lugar específico que la diosa le había mostrado, ponía flores y empezaba un padrenuestro, aunque por alguna extraña razón, no lo sentía apropiado y se interrumpía. Quería expresarse de otra manera, pero no sabía cómo. Invariablemente, la corrían, ya fuera algún español o un criollo empoderado. «¡Ustedes afean esta ciudad! ¡Lárgate a tu casa india de mierda y no salgas! ¡Llévate tu basura! ¡Maldita plebe!»

«Martina, ya me van a sacar»
«Sí, el capataz ha movido a las cuadrillas muy cerca de usted madrecita, creo que quedó intrigado»
«¿Estarás ahí para verme?»
«No me lo perdería por nada»

El día que la luz volvió a tocar el cuerpo de Coatlicue, el asombro fue general. Con muchos trabajos la pusieron de pie y el gentío que la miró, quedó perplejo. Martina no pudo evitar arrodillarse, su corazón se conmovió y derramó lágrimas de felicidad al verla liberada.

Era una mole de más de 24 toneladas, tallada en dura piedra de andesita semejando una figura femenina. Para la mayoría resultó una monstruosidad: No tenía cabeza, dos serpientes emergían de su cuello cercenado, simbolizando chorros de sangre. Tenía los pechos caídos, como los de una mujer que ha conocido la maternidad. De su cuello pendía un collar de corazones y manos humanas y un cráneo en medio. Un cinturón formado por una serpiente bicéfala sostenía una falda hecha de estos reptiles.

Entre los presentes, muchos no dejaban de persignarse aterrados, otros gritaron que aquello era un ídolo pagano y que debía destruirse. El corazón de Martina desfalleció al escucharlos, no podía imaginar ver a Coatlicue en pedazos. Las autoridades llevaron el monolito a un rincón de la Real Universidad Pontificia por órdenes del virrey, el segundo Conde de Revillagigedo, quien pidió que los sabios de la época la investigaran.

«Me tienen miedo, niña. Ellos no saben descifrarme. Solo entienden lo que conocen: la guerra, la muerte, pero también soy renacimiento, fertilidad y amor. Dime, ¿te causo temor?»
«¿Temor? No. Respeto, sí»
«Haces bien, hija».

Unos meses después se descubrió la llamada «Piedra del Sol» o «Calendario Azteca». Era un círculo perfecto, con fechas grabadas, una especie de almanaque indígena. Los españoles, por aquel entonces, deseaban demostrar que no conquistaron un pueblo bárbaro e ignorante, como decían sus enemigos. Y ese monolito era una prueba de que sus victorias sobre los indios tenían mérito. La «Piedra del Sol» fue empotrada en la torre poniente de la Catedral Metropolitana para que todos la vieran. Coatlicue mientras tanto, seguía arrinconada en la Universidad, pero hasta ahí se colaban algunos para verla y venerarla.

«Martina, la gente viene y me deja ofrendas, se arrodillan frente a mí»
«Sí, madre, yo misma he llevado cirios, veladoras y flores. Queremos recordar»
«Te mostraré todo en sueños hija. Hubo un tiempo en que éramos más de lo que somos ahora. Y también llegará el día en que retomaremos nuestro propio camino. ¿Sabes? Sé que volveré a la oscuridad»
«¡No! ¿Por qué?»
«Ya te lo he dicho, no pueden descifrarme y no les gusta que la gente quiera asomarse a su pasado»

Pocos días después, Martina ya no encontró a Coatlicue en la Universidad. Se había dado la orden de volverla a sepultar. Los monjes dominicos que tenían a cargo el Instituto, la consideraban una obra del demonio y una mala influencia para los estudiantes, sobre todo, les asustó ver a los indios adorándola después de casi 300 años de evangelización.

«Otra vez estará envuelta en un sudario de tinieblas» pensó con angustia.

Los sueños siguieron y Coatlicue le habló del pasado, pero también del futuro. Ella a su vez transmitió a otros lo que la diosa le enseñaba. Veinte años después, cuando comenzó el movimiento independentista, Martina se encontraba entre las filas de quienes buscaban la libertad. Entre ellos también había criollos, como Agustín de Iturbide, en cuya bandera insurgente había un águila y una serpiente, emblemas del pueblo derrotado por los españoles y que ahora buscaba su propio camino, como había dicho Coatlicue.

«¿Sabes hija? Nunca fui más feliz que cuando estuve sobre mi altar en lo alto, pero ver despertar al pueblo, se asemeja mucho»

FIN.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar comentario, no olvides poner tu nombre. WordPress a veces pone los comentarios como anónimos. Gracias.

Nota: Coatlicue fue una de las principales diosas mexicas. Se encontraba en lo alto del Templo Mayor. Había cuatro de estas temibles figuras, todas con diferentes variaciones entre sí. La que nos ha llegado más completa es Coatlicue. Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Cortes obligó a Moctezuma a que la bajaran, hay recuentos hechos por los conquistadores (Andrés de Tapia) sobre lo que vieron en lo alto del Templo Mayor y que permiten reconocer el monolito de Coatlicue; también se narra la proeza de cómo la bajaron, para ser sustituida por imágenes cristianas. En cuanto a Coatlicue, ella fue «escondida» para que nadie la viera.

Fue descubierta, como dice el relato, durante los trabajos que se hicieron para remodelar la Plaza de Armas. Hubo muchas opiniones sobre lo que significaba la escultura, pero en realidad nadie la entendía. Como los indios empezaron a llevarle ofrendas, las autoridades de la Universidad decidieron volverla a enterrar. La deidad fue desenterrada en dos ocasiones: en 1803, a petición de estudioso Alejandro de Humboldt; y, en 1823, cuando el inventor William Bullock solicitó hacerle una copia en papel maché y se la llevó a Londres para exhibirla. En 1825, el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, la desenterró y la puso como obra de arte en el nuevo Museo Nacional.
En 1964, con la fundación del Museo Nacional de Antropología, la Coatlicue al parecer encontró su lugar definitivo. En el año 2000 la Sala Mexica fue reacondicionada y la diosa instalada en el lugar en donde hoy la podemos contemplar.

Coatlicue en el Museo de Antropología de Ciudad de México AQUÍ

Todo sobre Coatlicue AQUÍ

Coatlicue y la Piedra del Sol AQUÍ

Lo prehispánico como signo de identidad nacional AQUÍ

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Recompensa – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Enero 2025. Condiciones: crear un microrrelato de no más de cien palabras, inspirándonos en la carta, y que incluya el mineral «piedra del sol». Opcional que aparezca en la historia algo relacionado con la flor de bach: Aspen.

Carta: Gods and Titans.

En el vientre de Nidavellir, el enano Afi intuyó que, escondida en una veta despreciada, se encontraba una piedra del sol, que revela la valentía de los corazones. Al extraerla, la gema brilló en sus regordetas manos apenas como un carbón extinguiéndose. Esa noche tomó Aspen para combatir su miedo.

Llegó Odín a Nidavellir a supervisar a los enanos y Afi se la brindó avergonzado. Con Odín, la piedra fulguró deslumbrando a todos.

El dios, al ver la turbación de Afi, le dijo:

—No serás muy valiente, pero, ¡eres el mejor en lo que haces!, y lo recompensó.

99 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: Nidavellir, también conocido como Svartalfheim, es el reino subterráneo de los enanos en la mitología nórdica. Se le describe como un lugar oscuro y subterráneo, lleno de túneles y cuevas laberínticas, donde los enanos trabajan incansablemente en la forja y la creación de objetos extraordinarios.

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Planes de Navidad.

Mi participación en el VadeReto del mes de Diciembre 2024. La única condición es que el relato contagie amor, empatía y solidaridad.

Esa mañana de diciembre, Lucía juntó todas sus fuerzas para salir de su departamento y comprar las pastillas para dormir que le hacían falta. Hacía frío y el viento estaba tan fuerte que hacía aullar los árboles. Alzó la vista buscando al sol, pero el cielo era un lienzo borroneado con grises. Los días por venir se sentían como una losa y estaba muy cansada. «Un último esfuerzo» —pensó, e instaló en su rostro una fachada de alegría y despreocupación para poder entrar y saludar a la dependienta de la farmacia, como si nada estuviera ocurriendo.

—¿Pastillas para dormir? ¿Quién quiere dormir en estas fechas? ¿Ya fue al centro por la noche? ¡Han adornado todo precioso! ¡Con muchas luces! ¡Y hay muchas ofertas también!

Al entregarle el medicamento añadió con voz de comercial: «¡Feliz Navidad!»

—¡Feliz Navidad! —respondió Lucía con una amplia sonrisa en la cara, que se desdibujó de inmediato al voltearse en dirección a la salida. Caminó un poco por la calle y en una esquina vio un puesto de adornos navideños, al mirarlos de reojo, hubo uno que captó su atención.

A Lucía la Navidad no le agradaba. Es más, ni siquiera pensaba «estar» para esa fecha. ¿Qué hacía entonces ella admirando un adorno navideño? Aquella casita de cerámica azul, que cabía en una mano y que tenía una luz interior le pareció extrañamente irresistible. «Al menos no es roja» —pensó y la compró por impulso, aunque todo el camino estuvo a punto de regresarse y devolverla.

Aquella misma noche apagó todas las luces de su departamento y prendió la casita. La oscuridad se desordenó con luces alargadas en forma de cuadrado, proyectadas desde las ventanitas, y desde el minúsculo tejado, salieron estrellas.

Lucía se quedó dormida en el sillón mientras miraba aquel curioso objeto.

La casita por dentro era de madera. Una discreta, pero eficiente chimenea reinaba en la sala de estar. Recostada cuán larga era en uno de los cómodos sillones y con una suave frazada encima, Lucía se sentía extrañamente feliz. Frente a ella un hombrecito bonachón aventó al fuego unos buenos leños y una oleada cálida lo envolvió todo.

—Así está mejor —dijo, y se mesó su larga barba blanca que contrastaba con su tez rubicunda—. ¿Te ofrezco un café? ¿Un té? ¡Quizás un chocolate caliente! Por cierto, me llamo Rafael.

—Estoy bien así, gracias. Yo soy Lucía. Tu casita me parece muy acogedora y confortable.

—¡Gracias! —dijo Rafael sobándose el abultado vientre.

—No sé muy bien cómo es que estoy aquí. No recuerdo cómo entré. Yo soy enorme y este lugar es muy pequeño y tú… tú eres…

—Soy un duende —dijo Rafael muy orgulloso—. Supongo que estás aquí por la magia que abunda en estas fechas.

—Nunca me han parecido especiales estas fechas —dijo Lucía y sus ojos verdes se ensombrecieron.

—Tonterías. Hubo un tiempo en el que hasta «olías» la Navidad. Espera…

Rafael aplaudió dos veces y el ambiente se llenó de un olor especial: una mezcla de notas de pino, especias, dulces típicos, y galletas recién horneadas.

—¡Sí! Ahora lo recuerdo, pero ¿tú como lo sabes? —preguntó Lucía aspirando aquel aroma mientras los recuerdos de su niñez se agolpaban en su cabeza.

—Bueno, soy un duende especial —dijo guiñándole el ojo—. Sé que antes disfrutabas la Navidad y ahora te causa desazón.

—La disfrutaba de muy niña. Al crecer dejó de ser una festividad divertida: el alcoholismo de mi padre siempre nos amargaba el momento, murieron mis abuelos, la familia se fracturó. Para mí son días muy tristes, siento que no tengo fuerzas para afrontarlos y no puedo hablar con nadie de esto porque pareciera que es un sacrilegio no estar feliz. Además, no tengo a nadie con quien compartir, no me casé, no tuve hijos, estoy muy sola.

Rafael se sentó junto a ella y la miró con bondad.

—Tú y yo éramos hasta hace unos minutos unos perfectos desconocidos y ahora estamos aquí, compartiendo, y eso se siente bien, ¿no?

—La verdad es que sí. A ver, cuéntame más de ti —dijo Lucía. Rafael sonrió.

—Bueno, cada Navidad hay objetos y seres mágicos que se distribuyen por el mundo, como esta casita, como yo mismo. Nuestra misión es ayudar.

—¿En serio? ¿De dónde vienen o quién los envía?

—Eso es un secreto y no puedo revelarlo. Ahora mira, me gustaría que intentaras hacer algo diferente en estas fechas. Compartir un poco de tu tiempo con alguien que lo necesite. ¿Lo harías?

—No estoy segura, además ya tengo «planes» para la noche de Navidad, pero lo pensaré.

—¡Que lo pienses ya es algo! —dijo Rafael entusiasmado y le dio unas palmaditas afectuosas en la pierna que resultaron ser un poquitín fuertes.

Lucía abrió los ojos y se sobó la pierna. Seguía sentada en su sillón y enfrente tenía la casita iluminada. Aquel «sueño» se había sentido muy real, también había sido extraño, aunque agradable. Hacía mucho que no soñaba lindo. Se levantó para observar la casita de cerca, el interior estaba vacío excepto por la pequeña bombilla. Intrigada, esa noche dejó migas de galletas y unas gotas de leche en unas tapitas de refresco, junto a la casita. Al otro día sonrió al ver que no quedaba nada de lo que había dejado y a partir de aquel día, siempre dejó algo de comer o beber.

Decidió cambiar sus planes para la Nochebuena: la bolsa con las pastillas las donó a una clínica. Ahí mismo vio un cartel solicitando voluntarios para preparar y servir la cena de Navidad a personas sin hogar, no lo pensó mucho y se apuntó. Aquel año y los subsecuentes, no la pasó sola, la pasó sirviendo a otras personas y departiendo con otros voluntarios como ella. De ese modo, Lucía volvió a sentir el espíritu Navideño.

Autor: Ana Piera.

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Mejores que Nosotros – Cuento Corto.

Mi participación en el reto del blog Alianzara, de la compañera Cristina Rubio, quien nos propone escribir una historia a partir de un título (de canción, de libro, película), y que no debe superar las 900 palabras. Yo he escogido «Mejores que Nosotros» que es una serie futurista de Netflix que recomiendo muchísimo. Mi relato nada tiene que ver con la serie, solo me inspiré en el título.

En la casa de Palma, había una abundancia de luz natural gracias a enormes ventanales que la dejaban entrar a todos los rincones. En medio de esa exuberancia lumínica, desde tiestos que estaban regados por todo el lugar, unas curiosas criaturas emitían suspiros y vocalizaciones placenteras mientras se bañaban en esa luz tibia. Monstera, la invitada de Palma, las miraba fascinada. Las había de diferentes tonalidades, desde casi blanquecinas, pasando por el amarillo y diversos tonos de naranja, hasta colores más oscuros, como el café o el negro.

—¡Qué extrañas! ¡No son verdes! ¿Hasta dónde crecen? ¿Cómo se llaman?

Desde la cocina, Palma respondió:

—No crecen mucho, apenas unos 15 o 20 centímetros. Cuando corona la cabeza, lo demás sale rápido y termina el crecimiento en cuanto los pies se afirman en la tierra. Se llaman «gente». Es una especie muy poco común y todavía estoy aprendiendo sobre ellas.

—¿Gente? ¡Qué nombre tan aburrido!

—El nombre quizás es aburrido, pero ellas no contestó acercándose a su amiga. Cuando están felices, cantan, si tienen tristeza, lloran, a veces pelean y hacen rabietas unas con otras. Por eso «las tengo juntas, pero no revueltas», como dice el dicho.

Monstera fue hacia una maceta de piedra donde crecía una figura delgada y pálida. Solo la cabeza, coronada por una larga cabellera rubia, y parte del cuerpo, hasta el pubis, se encontraban fuera de la tierra.

—Es una hembra. Aún falta que le crezcan las piernas. ¿Te gusta? —preguntó Palma—, si quieres puedes tocarla, verás cómo abre sus ojos, son azules como los zafiros. Es muy dulce.

—Me llama la atención, mas no me atrevo a tocarla, ya ves que tengo manos enormes y torpes, no quisiera lastimarla.

Palma iba y venía de la cocina al comedor con un ritmo cadencioso y grácil, que agitaba su verde melena como un abanico, mientras disponía todo para el almuerzo.

—¿Se te ha muerto alguna?

—Hasta ahora no. Siempre procuro darles todo lo que necesitan, agua, alimento y atención, incluso platico con ellas. Alguna vez tuve una problemática, me increpaba desde su maceta, era un macho, parecía muy desgraciado aquí y lo regresé al vivero, ahí le buscaron una nueva casa.

—Hiciste bien, son seres vivos y merecen respeto.

—Así es, nunca abandonaría a ninguna. Si se enferman, las llevo al médico y las cuido, si salgo de vacaciones, me preocupo de que alguien venga a atenderlas.

—Suena a mucho trabajo —dijo Monstera mientras se sentaba frente a un plato de suculento sustrato enriquecido con humus y minerales—. ¿Tú crees que si el mundo fuera al revés y ellas fueran quienes nos tuvieran que cuidar lo harían con tanto esmero?

—La verdad, no lo sé, me gustaría creer que sí, aunque no tiene caso pensarlo. El mundo es como es dijo Palma mientras se llevaba una cuchara copeteada de sustrato a la boca.

—Perdona que insista con el tema, Palma, ¿con todos los cuidados posibles, cuánto llegan a durar?

—Son longevas, aunque ignoro qué tanto. Me han dicho que al final de su vida, empiezan a ponerse arrugadas y blandas, sus cuerpos se vencen, los cabellos se vuelven blancos por completo, o se caen. Dejan de responder a los estímulos, luego se quedan dormidas sobre la tierra y ya no despiertan. Nunca me ha pasado afortunadamente. El más viejo que tengo es el que está cerca de la ventana, ¿lo ves? —dijo señalando una figura de color canela, erguida y con las dos piernas firmemente puestas sobre la tierra, tenía cabellos grises y a pesar de notarse la edad en su rostro, aún se veía fuerte. Percibió que le miraban y volteó hacia ellas, levantó una mano y saludó sonriendo.

—¿Y cómo se reproducen? —preguntó Monstera y Palma ya estaba un poco fastidiada de tanta pregunta.

—Eso no lo sé. Nunca se me ha reproducido una en casa. Siempre las traigo del vivero. ¿No probarás la comida?

—¡Oh, sí! Esto se ve de primera. ¡Comamos!

661 palabras.

Autor: Ana Piera.

Serie futurista de netflix, me basé en el
título.

Nota: Yo sé que muchas personas aman a sus plantas, y las cuidan y las miman, pero sospecho que es un porcentaje muy pequeño de población. Tengo la impresión (puedo estar equivocada), que las plantas normalmente son dejadas atrás en cuanto a cuidados, comparadas con otras cosas.

Publicada en Masticadores.

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El Mediador. Cuento Corto.

Mi participación en la convocatoria de El Tintero de Oro que este mes de octubre homenajea al escritor Miguel Delibes y su obra «El Camino». Condiciones: escribir un relato que no exceda las 900 palabras, ambientado en un medio rural o donde la naturaleza desempeñe un papel fundamental.

Ya eran mediados de junio y no llovía. Lorenzo Temich acercó un humeante pocillo de barro a sus labios y tras un sorbo paladeó con gusto su café negro. «Un pequeño placer ante las adversidades de la vida» —pensó. Su mirada traspasó la ventana, hacia el campo, donde cobijadas en la tierra seca, las semillas esperaban que del cielo les llegara la vida. Para empeorar las cosas, Facundo Cacahua, el «tiempero», quien se había encargado de mediar entre la divinidad del volcán, guardiana del agua, y los hombres, había muerto hacía tres meses y no se sabía quién sería su sucesor.

Lorenzo miró con disgusto los trastes sucios dejados por su hijo Fabián desde la noche anterior. Ya hablaría con él cuando regresara del campo.

En la plaza abarrotada del poblado, la viuda Soledad, que tenía fama de adivina, aseguraba haber visto el día anterior al mismísimo «Gregorio Chino Popocatépetl», y que este le había revelado quién sería el nuevo «tiempero».

—Se presentó como un anciano vestido de blanco, descalzo, con un sombrero de paja todo deshilachado. Ya ven que le gusta pasar desapercibido.

—¿Segura que era Él?

—¡Sí! Era el volcán en su forma humana, paseándose entre nosotros, como lo hace a veces. Me dijo que no llovería hasta que Fabián Temich lo visitara.

En ese momento se fueron a ver a Fabián, que andaba pastoreando vacas. Era apenas un joven de 17 años, juguetón, de rostro agradable y mirada melancólica. Le llamaron y él se acercó.

—¡Debe ser un error! —dijo sorprendido.

—El mismísimo volcán se lo dijo a Soledad.

—¡No puedo! ¡No quiero!

—¿Cómo que no quieres? ¡Necesitamos el agua! Tienes un deber, como lo tuvo antes Facundo Cacahua.

—¡Ni siquiera sé leer las nubes! Yo solo quiero cuidar a mis animales, busquen a otro.

Los de la comitiva dejaron escapar un bufido de disgusto casi al unísono. Mas ignorando la negativa de Fabián empezaron a pedirle cosas: «En mi parcela tengo semilla de haba, dile que no me olvide» «Yo tengo maíz, frijol y calabaza, si no llueve mis hijos se morirán de hambre»…

Cuando Fabián regresó a su hogar, lo esperaba Lorenzo, quien lo abrazó con fuerza.

—No te puedes negar mijo. Tienes un deber. ¡Ah! Y por muy «tiempero» que te vuelvas, no me andes dejando tus platos sin lavar.

Esa noche el joven no podía dormir por miedo a escuchar de verdad la voz de la montaña. Cuando al fin el cansancio lo venció, «Gregorio Chino Popocatépetl» se hizo presente en sus sueños, como una voz vieja, que conjuraba autoridad y ternura a la vez.

—Te necesito para que me visites y me lleves lo que necesito, como hacía Facundo.

—Debe haber alguien más digno.

—¡No me hagas enojar! A ver, necesito fruta, mezcal, mole, y tortillas. ¿Estás poniendo atención?

—Es que…

—No se te olviden las veladoras. También quiero tamales, pan dulce, flores y música.

—Pero…

—La ofrenda me la dejarás en la cueva. Solo tú entrarás y ahí hablaremos.

Fabián tenía miedo. El peso de la responsabilidad por las lluvias era demasiado. Si fracasaba, todos lo culparían. Dudaba entre aceptar ese destino o buscarse la vida en otro sitio. Hizo un hatillo con algo de ropa y pensó en escapar al amanecer. A las cinco de la mañana, todavía oscuro, escuchó ruido de personas afuera de su casa. Soledad y otras mujeres coordinaban la recepción de las ofrendas que llevaban los pobladores. Su padre, Lorenzo, servía café para todos. La esperanza era mucha. En ese momento sintió que al menos debía intentarlo.

Entre vítores y aplausos, salió el nuevo «tiempero» acompañado de un grupo de hombres, mujeres y tres mulas que cargaban lo más pesado. Su objetivo era subir al volcán, que majestuoso, presidía sobre el valle. Conforme ascendían, los pies se hundían en la ceniza suelta y los aires de la montaña la aventaban a los ojos, dificultando el avance.

Fabián iba recordando sus sueños de niño, mismos que nunca contó a nadie, cuando se veía asimismo arriba del volcán. ¿Sería que desde entonces Gregorio lo había escogido? ¿El volcán sería de fiar?

A seiscientos metros del cráter, divisaron la cueva. Cruces blancas y restos de ofrendas pasadas marcaban el sitio. La entrada era una rajadura angosta en la piedra. Fabián entró, y le fueron pasando todo.

Adentro de la cueva hacía calor y se oían ruidos extraños. Torpemente, encendió velas, acomodó la ofrenda y esperó. Una ráfaga de aire apagó las luces y en completa oscuridad sintió que una mano helada se posaba en su hombro y un escalofrío lo recorrió de arriba a abajo.

—Gracias por venir. A partir de ahora te visitaré más seguido. Te enseñaré a leer las nubes, a estorbar el granizo y a sanar dolencias. Afuera harás una oración a Dios nuestro Señor y a la Virgen, y luego me pedirás lluvia. Confía en mí.

Fabián hizo como Gregorio le pidió y al terminar la oración se escuchó un fuerte tronido. Alzaron la vista al cielo, que estaba azul y sin nubes. Inexplicablemente, empezó a llover con fuerza. Todos cayeron de rodillas, dando gracias.

El regreso se dificultó por la lluvia, pero a la gente no le importó. En cuanto a Fabián, ya no sentía miedo, estaba listo para abrazar sus nuevas responsabilidades aunque tendría que negociar con su padre, porque aquello de lavar trastes no se le daba muy bien.

899 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

En este relato aparece el nombre de Facundo Cacahua, si quieres leer una historia donde él fue el protagonista te dejo el enlace AQUÍ.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-mediador-cuento-corto/

Notas:

«Tiemperos», «graniceros» o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen es un sincretismo entre creencias pre-hispánicas y cristianismo. Esta tradición expresada en el relato, sigue viva hasta el día de hoy.

¿Qué conexión tiene la montaña con el clima? En gran parte de Mesoamérica se creía que las montañas «guardaban» todo lo necesario para la subsistencia: lluvias, semillas, vientos, aguas, manantiales, nubes, rayos, granizo etc.

«Gregorio Chino Popocatépetl, o cariñosamente: Don Goyo» es el nombre que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, (en lengua náhuatl: «el cerro que humea»), un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de México. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto

Si dejas tu comentario te pido que me pongas tu nombre o el de tu blog para ubicarte. A veces WordPress pone los comentarios como «anónimos». Gracias.

La Despedida – Microteatro

Mi participación en el reto del microteatro de Junio, de Merche Soriano, desde su blog «Literature & Fantasy». Consiste en hacer una obra con el tema «despedida alegre y feliz»

PERSONAJES:

Rosario, oficinista de mediana edad.

Voz masculina (nunca se ve el personaje, solo se oye su voz).

Escenario: El pasillo de un edificio de departamentos.

Llega Rosario, saca su llave y la introduce en la cerradura, se escucha una voz que dice:

Voz: —¡Ay! ¡Que me han picado el trasero!

Rosario: (Sorprendida y enojada): ¿Pero quién diablos eres? ¿Qué haces adentro de mi departamento? (Hace esfuerzos por abrir la puerta, pero no puede, empuja, patea, toca con los puños, nada). ¡Llamaré a la policía!

Voz: Por mi llama a quien quieras, la cosa es que no me puedo mover.

Rosario: ¡Sal, cabrón!

Voz: Rosario mira, no hay necesidad de tanta violencia verbal. ¿Cuál ha sido tu más grande preocupación últimamente?

Rosario: ¡Hijo de puta! ¿Cómo sabes mi nombre?

Voz: Sería fácil de averiguar, pero no tuve necesidad. Yo sé que te has preocupado mucho por esos granos que te salieron en el culo. ¿A que sí? (Rosario abre la boca y los ojos se le quieren salir de la sorpresa).

Rosario: ¡Shhhhhhh! Baja la voz que no quiero se enteren los vecinos. ¿Cómo es que sabes eso?

Voz: Bueno, lo sé porque yo soy esa preocupación. ¡Mucho gusto! La que sucede es que soy tan grande que mi masa ocupa cada rincón de tu departamento. ¡Si me vieras! ¡No queda un espacio libre aquí! Ya sé que te estarás preguntando cómo es posible. Ni yo mismo lo sé. El caso es que cuando desperté, en vez de encontrarme dentro de tu cabeza, estaba acá. ¿A que hoy te has sentido un poco menos preocupada?

Rosario se queda pensando y hace un gesto afirmativo.

—¿Y ahora cómo hago para recuperar mi departamento? ¿Llamo a una grúa?

Voz: No estoy seguro. ¡Es que dejaste que yo creciera desmesuradamente! Quizás si haces algo para que yo me vuelva pequeñito…

Rosario: Esto es una locura. (Se jala los pelos).

Voz: ¡Concéntrate! Necesito que pienses en cómo podrías hacerme empequeñecer. ¿Quizás sacar esa cita médica tanto tiempo postergada? Decídete pronto, necesito orinar y si lo hago en este estado ya te imaginarás como quedará tu departamento.

Rosario: (Apurada) ¡Veré si el doctor me puede recibir en este momento! (Saca su móvil y se cierra el telón).

Escena II

Regresa Rosario a su departamento, en la mano lleva una bolsa de medicinas. Mete la llave con mucho cuidado esperando escuchar algo, nada. Puede abrir normalmente. Se oye una voz muy aguda, como las que salen cuando aspiras helio, que le habla desde el piso.

Voz: ¡Bien hecho! Ahora ya puedo irme. ¡Qué alivio! Espero que ya no nos veamos. ¡Ah! Y no tengas sexo con vagos… ¡Adiós! ¡Adiós!

Rosario mira al suelo y sigue aquello que le ha hablado con la mirada y que ahora se va alejando. Suspira aliviada (un suspiro hondo, exagerado), y con una sonrisa amplia en el rostro mueve la mano en señal de «adiós». Entra de lleno en el departamento. (Ella ya no se ve, solo se escucha su voz).

—¡Hijo de puta! ¡Qué puto asco! ¡Mal parido!

SE CIERRA EL TELÓN, FIN DE LA OBRA.

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Autor: Ana Laura Piera.

La Cita.

Mi participación para el VadeReto del mes de Marzo. Este mes se parte de una invitación a cenar bastante misteriosa y donde se deben cumplir ciertas condiciones. Te invito a que visites el blog Acervo de Letras.

Me pareció extraño que en el restaurante Al Rashid la única persona presente fuera el concierge. A esas horas el lugar siempre estaba lleno de gente rica cenando o tomando alguna copa. El concierge me saludó por mi nombre y me dijo que me esperaban. Llena de nervios lo seguí hasta una de las zonas más exclusivas del lugar y señaló una mesa para dos personas, donde ya aguardaba quién me había enviado la invitación. Hasta antes de ese momento no sabía nada de esa persona, si era hombre o mujer, joven o viejo…

—¡Bienvenida! Siéntate. ¿Todo bien? Su voz tenía un acento extraño, pero era amable y cálida. Se había levantado para recibirme.

—Sí, sí —contesté aliviada al comprobar que se trataba de un hombre agradable. Tenía tez aceitunada y un cuerpo fuerte y proporcionado. Llevaba una barba de candado muy cuidada e iba vestido con una túnica larga del color del desierto que lo hacía ver muy elegante. Complementando su atuendo, tenía un pañuelo cuadrado en la cabeza, sujetado por una cuerda negra. «Debe ser un ejecutivo de negocios del medio oriente» —pensé, y supuse que la invitación sería para hacerme alguna propuesta laboral. Las expectativas que yo tenía eran más de índole romántica pero ahora lo veía improbable y me sentí algo desilusionada. Lo que siguió no me lo esperaba: frente a mí, y de la nada, aparecieron varios platos con comida exótica, primorosamente presentada. También varias copas llenas de diferentes vinos y licores. Abrí mucho los ojos y él me miró complacido.

—¿Te agrada?

Solo acerté a mover mi cabeza afirmativamente mientras trataba de asimilar lo que acababa de ver. ¿Un acto de magia? Por mi mente pasó la idea de salir corriendo pero mi intuición me decía que me quedara.

—Te preguntarás por qué te mandé esa invitación. ¿Qué tal la caligrafía? ¡Una belleza! Las personas han perdido muchas cosas y una de esas es la caligrafía, que revela mucho de quien la escribe. Asentí torpemente.

—Bueno, te escribí y te invité acá porque te has olvidado de mí.

—¿Cómo? —tenía en mi mano una copa de vino que ya acercaba mis labios, pero la bajé inmediatamente a la mesa.

—¿Te conozco?

Por toda respuesta señaló el libro elegido por mí para esa cita: en la portada de color rojo un genio imponente salía de la lámpara de Aladino. Su cuerpo era negro y sus rasgos y contorno estaban en dorado. Había sido un regalo de mi abuela cuando cumplí diez años y que por mucho tiempo fue mi libro de cabecera y en el que me refugiaba cuando los gritos de mis padres al pelear alcanzaban niveles insoportables.

—¿Acaso eres…? —No terminé la frase y me llevé las manos a la cabeza, pues no podía creer lo que estaba pensando.

El hombre sonrió ampliamente, dejando ver una hilera de dientes demasiado blancos.

—¡Bravo! Te acordaste, aunque tuve que ayudarte un poco. ¿Y la flor? En mi invitación te pedía que trajeras un libro y una flor que fueran especiales para ti.

Abrí el libro y le mostré un jazmín seco al que el tiempo que llevaba entre las páginas le había robado su belleza original, dejándolo amarillento y quebradizo, pero bello igualmente a pesar de esos cambios. De pequeña leí que era una flor procedente de Arabia y me había parecido apropiado que reposara en aquel compendio de historias orientales.

—¡Sabía que los traerías! ¿Puedo ver la dedicatoria? Sé que hay una.

¡La dedicatoria! Mi abuela escribió una dedicatoria que estaba al revés y solo se podía leer si la leías reflejada en un espejo. Le mostré la página. Yo sabía de memoria lo que decía: «Para mi querida nieta. Que nunca le falten buenas historias»

—¡Hermoso! Últimamente, no ha habido buenas historias en tu vida, ¿verdad? —sus ojos me miraron con bondad y su voz se hizo suave y tersa, como una caricia—. Sí, tu corazón está triste. Creo que sufres de un «exceso de realidad».

Era verdad. La vida adulta con sus desazones y su ritmo frenético me había apartado de la fantasía y me había robado tiempo para perderme en mis libros. La invitación que había llegado a mi casa decía que sería «la oportunidad de mi vida» y que «no me arrepentiría al acudir». ¿Acaso el propósito de la cita era tan solo una amable invitación a retomar la lectura? Como si leyera mis pensamientos me dijo:

—No se trata solo de leer. Tienes que recordar cómo era emocionarte con lo que lees. Te lo mostraré.

En menos de lo que toma un parpadeo, ya no nos encontrábamos en el restaurante, el hombre ya no parecía un jeque árabe, sino un verdadero genio de Las Mil y Una Noches, con vestimenta más sencilla y con la parte inferior de su cuerpo desvanecida en un humo blanco y denso. El viento pegaba en mi cara y alborotaba mi cabello. Me di cuenta de que me encontraba encima de una alfombra voladora. Lancé un grito de placer.

—Esa cara que traes ahora es la que me gustaría verte siempre —dijo.

—¿A dónde vamos?

—Visitaremos cada una de las historias del libro y luego te llevaré a casa.

—Son muchas historias…

—Es mucho lo que hay que sanar —dijo, y nos perdimos los dos durante «mil y una noches».

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista digital Masticadores Sur.

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https://bloguers.net/literatura/la-cita-cuento-corto

Xiuhcóatl

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, donde la condición es que uno de los personajes tiene que ser un dragón. Jasc escribió que le gustaría ver cómo eran los dragones de mi tierra así que aquí va:

Llevaba días con una apatía tremenda, ni mis amigos, ni mis actividades y ni siquiera Tizoc, mi perrito faldero, lograban sacarme de ese estado. Ansiaba que «algo» sucediera que me hiciera reaccionar. Buscando un poco de dicha y también para no caer en depresión, comencé a hacer largos paseos al bosque cercano a mi hogar. Esperaba que el contacto con la naturaleza me distrajera un poco, pero ni eso parecía aliviarme.

Un día mientras estaba en el bosque sucedió algo sorprendente: De un paso a otro me vi fuera del idílico, fresco y siempre verde bosque nuboso, a una llanura de sequedad amarillenta. Desconcertada, miré hacia atrás y por un segundo vi la imagen del bosque diluyéndose hasta desaparecer en el aire. Eché de menos la sombra de los frondosos árboles cuando el sol cayó inclemente sobre mí y comencé a sentir calor. Mientras me despojaba de mi chaqueta me di cuenta que no estaba sola, en medio de charcos de sangre, yacían personas muertas. Mi corazón empezó a palpitar muy rápido y cuando de lejos me llegó el ruido de gritos y cosas chocando con violencia me sentí paralizada y sin saber qué hacer. Fue entonces cuando alguien me tómo con violencia por el cabello y me arrastró sin miramientos.

De nada sirvió retorcerme tratando de zafarme, ya que el brazo de mi asaltante, a quien no podía ver, desplegaba una fuerza de grúa. Sentí las piedras del suelo desgarrando mi espalda, y durante el arrastre pasé a un lado de aquellos cuerpos inmóviles, que miraban con ojos vacíos y desolados, como miran los muertos que ya no pueden contar su historia. Supe que no eran contemporáneos míos por la vestimenta: algunos apenas tenían un taparrabos sencillo, otros un mono de cuerpo entero de algodón. Tirados en el campo, había yelmos con formas de animales, lanzas, escudos redondos adornados con plumas de ave, también mazos de madera bordeados con puntas de filosa obsidiana; algunos de estos filos ya no estaban, se habían caído igual que se caen los dientes de la boca de un viejo. Identifiqué el creciente ruido como el de una batalla campal.

De repente mi captor soltó mi cabeza, que cayó fuerte contra el suelo, luego él se desplomó delante de mí, herido de muerte por una flecha. Me incorporé con dificultad y vi la vida escapándose de un cuerpo magnífico. Su boca se torció en un espasmo doloroso y la mueca quedó congelada para siempre.

Una flecha pasó rozándome la mejilla. A mi alrededor fuertes y feroces guerreros blandían aquellos mazos, destripando abdómenes y cortando cabezas con facilidad. El aire tenía un regusto a sangre. Yo estaba aterrorizada.

Una figura imponente se me acercó, el sol estaba detrás y a contraluz pude ver que del tocado de su cabeza salían plumas que ondeaban al capricho del viento, y de uno de sus brazos surgía algo que se movía de forma sinuosa, pero independiente del viento, parecido a una serpiente. Con voz apremiante y varonil me preguntó:

—¿¡Kampa tihuala!? ¿¡Tlen motokaz!? *

La lengua en la que había hablado me era desconocida, él repitió la pregunta y ahora parecía muy molesto. Hubiera querido entenderle. Una nube pasó y ocultó el sol y vi que era un guerrero de extraña tez azulada y ojos fieros. Una especie de reptil robusto color esmeralda aparecía enroscado en una de sus manos. No era una serpiente, pues a pesar de tener enormes colmillos curvados el hocico era demasiado alargado. Aquel reptil se estiró para mirarme, y yo retrocedí impresionada por sus ojos flamígeros.

Por detrás del guerrero, alguien se acercó amenazador, pero el se volvió y blandió al animal como si se tratase de un arma. De la boca del reptil salió fuego que vaporizó al enemigo al instante. Después ambos se volvieron hacia mí. Yo temblaba. El guerrero azul recitó otra frase ininteligible en voz alta y el dragón abrió su hocico de nuevo. Bajé la cabeza esperando la muerte. Solo que esta vez la criatura no lanzó fuego, sino niebla fría. El fragor de la batalla se fue atenuando hasta desaparecer y cuando la niebla se disipó me encontraba nuevamente en el bosque.

Si no hubiera sido por la herida de flecha en mi mejilla, hubiera pensado que todo había sido un sueño. Hasta el día de hoy no tengo explicación para lo que me pasó, pero cuando me siento aburrida, cuido mucho mis pensamientos y trato de no desear que suceda «algo» fuera de lo común, no me gustaría encontrarme nuevamente frente a frente con Xiuhcóatl, el dragón de fuego y su amo, el gran dios Huitzilopochtli.

Autor: Ana Laura Piera

Huitzilopochtli es uno de los dioses creadores en la cultura mexica y fue su guía para llegar al lugar donde fundaron la gran ciudad de Tenochtitlán.

El Macahuitl era una de las armas en el mundo prehispánico. Fue el arma principal de lucha cuerpo a cuerpo.

*¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu nombre? en náhuatl, (aproximado), si alguien puede hacer una traducción más exacta lo agradeceré.

Si me dejas algún comentario (que me encantaría) ponme tu nombre junto a él pues WordPress a veces los deja como anónimos. Gracias.

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La Llorona.

Mi participación en el reto del blog El Tintero de Oro, hay que escribir un micro de hasta 250 palabras inspirado en algún mito. Yo me he basado en el mito prehispánico de La Llorona.

Foto de Mukul Kumar en Unsplash

La Llorona vio acabarse noviembre, su mes favorito, y tembló ante la perspectiva del festivo diciembre.

Ella no estaba para villancicos. Recordó con nostalgia cómo había inspirado terror en las noches previas a la conquista de la gran capital de los mexicas: Tenochtitlán. Conociendo lo que se avecinaba, no había podido más que llorar por la suerte de «sus hijos»: la gente de la ciudad. Sus aullidos de dolor se habían reflejado en las pirámides, circulado por las calzadas, y se habían colado en las casas y los palacios provocando temor. Después de la derrota, había llorado todavía con más ganas, hasta el presente.

Ana Paula, de seis años, la encontró en un rincón del patio.

—¿Qué haces?—preguntó la niña y la avejentada mujer alzó la mirada llena de lágrimas:

—Lloro por mis hijos.

Ante esa respuesta, la pequeña salió corriendo.

—¡Vaya! ¡La he asustado! —pensó satisfecha La Llorona, pero la niña regresó con un pañuelo para que se limpiara los mocos.

—Ten. Entonces, ¿perdiste a tus hijitos?

—Sí.

—Te puedes quedar aquí conmigo, no llores.

—Niña, yo no puedo dejar de llorar. Es mi naturaleza.

—Bueno, entonces lloremos juntas. La próxima vez que me regañen o que mis padres peleen, podemos ponernos a llorar muy fuerte.

La Llorona aceptó, aunque pidió que no contara con ella en noviembre, pues era el único mes donde podía explayarse a gusto, y tampoco quería participar de las fiestas decembrinas. Ana Paula sonrió y le guiñó un ojo. Se pusieron a practicar su plañir juntas.

250 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Los amigos de «Masticadores Sur», me han hecho el honor de publicar este relato, puedes verlo AQUÍ. De paso aprovechas y ves la gran oferta de lectura que tienen.

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El Gran Viaje. Microrrelato.

Desde su blog, Lidia Castro Navás nos invita a crear un microrrelato a partir de la siguiente imagen, donde deberá estar incluído el elemento del dado (bastón) y opcional que aparezca en la historia algo relacionado con el cheque: el año de su invención, su inventor o el propio cheque. Todo en cien palabras o menos. Dado que inicia un mes de lo más amable, dejamos atrás los temas sombríos.

Para ir al reto de Lidia, da clic AQUÍ

Había llegado diciembre, pero el cheque de su exmarido, no. «Sinvergüenza»—pensó. Entonces se montó en el vehículo y decidió irle a reclamar la pensión. Fue por aire y por tierra hasta llegar al Polo Norte, donde se encontró al Sr. Claus muy ocupado preparando su Gran Viaje. Se bajó y alistó el bastón para darle unos buenos bastonazos al viejo gordo. —¡Sabía que vendrías! —dijo él y, esquivando los golpes, le plantó un sonoro beso. —Ven, ¡Ayúdame como antes! ¡Te extraño!

Esa Navidad todo estuvo más organizado y nadie en el mundo se quedó sin regalo.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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