El discurso hueco de su padre le resultaba de lo más irritante y sin embargo, arrancaba lágrimas a los asistentes. Más de uno tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse los ojos y sonarse la nariz haciendo ruidos infames. El orador cautivaba a su audiencia y los sumía a todos en un estado de mortificación difícil de superar. A todos menos a él, que lo conocía y sabía de su propensión crónica al abandono. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había visto antes de esto? Tristemente no podía recordarlo.
Decidió dejar la ceremonia para caminar un poco y encontró un estanque. Le llamó la atención un pedazo de pan en el piso y lo recogió; alguien había estado antes alimentando a las carpas japonesas que vivían en él. Comenzó a aventarles migas de pan.
Observó fascinado cómo los peces, cual flechazos de fuego, se abalanzaban para ganar la recompensa. De repente oyó música de mariachi, escogida por su padre. Él hubiera preferido música clásica alegre, quizás Vivaldi. Echó un último vistazo al estanque, ahora tranquilo después del frenesí. Extrañamente sintió que debía regresar al ataúd y ser uno con su cuerpo una vez más. Una especie de despedida en medio del frío cobijo de la tierra. Sería por poco tiempo pues tenía pensado regresar a terminar de darle de comer a las carpas.
El azul de sus ojos se volvía uno con el del mar y todos los líquidos con los que estaba constituido su cuerpo clamaban por volverse agua salada. La luna llena se reflejaba titilante en las olas y el canto ronco y fuerte que estas producían con su eterno ir y venir acabó por hechizarla.
Levantándose de su lugar en la playa caminó lenta, pero inexorablemente a la inmensidad acuática. A esa hora de la madrugada la playa estaba desierta y no hubo nadie que fuera testigo de aquel hecho: primero el mar lamió sus blanquísimos pies, pero al probar el sabor de su carne ya no la soltó, jalándola por las piernas con fuerza, la devoró completamente sin que ella opusiera resistencia, pues todo su ser ansiaba fundirse con el océano. “Cuando mueres en el mar, lo salado se vuelve dulce”, alcanzó a pensar al tiempo que mutaba a ninfa marina.
Se alejó impulsándose con su enorme cola hacia las profundidades, mientras en su larga cabellera, extendida cual bandera, se enredaban pequeños peces, caracolas y estrellas de mar. Y ya nunca más volvió a pensar en su vida terrenal, y tampoco nadie jamás la extrañó.
Un gran árbol dañado por una tormenta en Gales es transformado por el artista Simon O`Rourke. La base de la escultura es un árbol como cualquier otro pero al mirar hacia arriba se va transformando, mudando su corteza y eventualmente volviéndose como la piel de un brazo y termina con las arrugas propias de la palma de una mano y sus dedos.
El artista hizo una investigación y encontró que el área donde se encontraba el árbol era conocida como «Los Gigantes de Vyrnwy» de ahí decidió hacer una mano gigante, simbolizando estos seres y el último intento del árbol de alcanzar el cielo. Como que esta imagen podría inspirar una historia, ¿no crees?
El ángel se deshizo rápidamente de toda la parafernalia angelical: alas, túnica, aureola, todo fue a dar a la basura. Y aunque no quería ser más un ángel decidió conservar la cuerda dorada con que anudaba su túnica. Se maldijo por ser tan débil y fue a sentarse a la orilla de la carretera.
Llamó la atención de Perla de inmediato y ¡cómo no!: un hombre hermoso, desnudo, salvo por un resplandor dorado en la cintura. La chica detuvo su auto compacto y bajó el vidrio para hablar con él. Pacientemente le explicó que si la policía lo veía, se lo llevaría preso por faltas a la moral. Le preguntó qué le había pasado y si lo podía llevar a algún lado, pero aquel ser parecía tan desorientado que tomó la decisión de llevarlo a su casa. Hizo todo lo que su madre siempre le había dicho que nunca hiciera, pero algo había en él que le transmitía tranquilidad.
Lo alojó en el cuarto extra que tenía su departamento y le dio algo de ropa de hombre que su ex pareja había olvidado recoger. Aunque no era la talla exacta, le sirvió. Aquella noche Perla no pudo evitarlo, se sentía atraída hacia aquel hombre misterioso. Entró a la habitación donde el ángel se encontraba adormilado y se deslizó en la cama. Él parecía completamente desconcertado ante los embates de besos y caricias de la muchacha, pero poco a poco comenzó a responder, primero torpemente y después con una pasión que él mismo no sabía que tenía; pero que encontró maravillosa.
Al otro día le despertó el delicioso olor a café que Perla preparaba en la cocina y de repente recordó la cuerda celestial que había conservado. Ahora sabía que nunca más la necesitaría pues había encontrado OTRO CIELO.
Caminando por la calle me encontré este disco de vinilo, viejo y roto. Me llamó la atención e imaginé mejores tiempos para él: quizás alguien solía ponerlo porque le gustaba, quizás el disco animó una que otra fiesta. Tal vez fue un regalo. Le tomé una foto pensando que podía ser buen material para inspirarme un cuento. Ya en casa me puse a investigar.
Resultó ser un disco de un “corrido” mexicano, “Juan Charrasqueado”. El corrido es un género musical mexicano, una narrativa popular que se puede cantar. El término “charrasqueado” se aplica a una persona que tiene una herida visible de arma blanca. Me dio curiosidad y encontré la canción en youtube, donde hay varias versiones. Una de las personas que cantó este corrido fue el cantante Jorge Negrete allá por los 40`s. Negrete fue la personificación del “charro” mexicano por excelencia. La palabra “charro” en México, significa lo mismo que “jinete”, aunque su origen es español y con otro significado completamente. Me encontré la versión de su nieto que “no canta mal las rancheras” (como decimos en México cuando alguien es bueno en lo que hace), por cierto su voz es muy parecida a la de su famoso abuelo.
Por ahora les dejo con la música y el cuento ya será después. Y pues si, ese disco roto y maltrecho ya inspiró esta entrada muy mexicana.
Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa. Deambuló de aquí para allá, pero le atrajo especialmente la calidez que emanaba de la cocina y que abrió la llave a los recuerdos:
Le vino a la mente el postre de higos en almíbar que le preparaba Isabel y que tanto le gustaba; la deliciosa sensación que dejaban en su cuerpo de hombre las caricias, como aleteos de paloma, que le prodigaba aquella maravillosa mujer. Recordó también cómo le gustaba perderse en esa mirada de un azul deslavado que a ratos se asemejaba más al gris. «Es que llegué tarde a la repartición de color», solía decir ella a manera de explicación y ambos reían.
Un fuerte ruido interrumpió su remembranza. De repente de todos lados le llovían golpes. Era Isabel, sus ojos azul-grisáceos relampagueando de furia y queriéndolo sacar a escobazos. Tuvo que hacer gala de toda su pericia y agilidad para poder huir.
«Esto de reencarnar en gato tiene sus ventajas» pensó, mientras se alejaba a toda prisa.
Él todavía se encontraba sentado frente a su monitor de trabajo cuando la idea comenzó a gestarse en su cabeza. Sintió mariposas volando en su vientre solo de imaginar lo que haría al llegar. Una rápida mirada al reloj de la oficina le confirmó que la hora de salida se acercaba.
Durante el trayecto a casa no pudo evitar mojarse los labios en anticipación. Sus dedos temblaban de imaginar el primer contacto. En un cruce estuvo a punto de saltarse el semáforo por lo que tuvo que frenar de improviso y casi causa un accidente. Su ensoñación se vio interrumpida por los bocinazos de protesta y los insultos hacia su persona. Trató de concentrarse hasta llegar a su destino pero era difícil. El deseo lo dominaba.
Cuando por fin pudo bajarse del auto y abrir con manos temblorosas la puerta de su morada, la vio a lo lejos: Hermosa, erguida e imponente, esperándolo. Dejó caer sus cosas ahí mismo: portafolio, llaves y saco acabaron en el piso de madera. La urgencia ya era incontrolable. Buscó torpemente lo que necesitaba y con movimientos lentos y suaves la descorchó.
«Abrir una botella de vino es lo más parecido a tener sexo… sin sexo» pensó, mientras servía el rojo líquido en una copa y después mojaba su boca explotando de placer.
Un perro entabla un diálogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de México. ¿De qué hablarán?
talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX
La vida en la Ciudad de México es muy ajetreada: todos los días por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehículos y perros callejeros. Un día por la esquina de las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condición que no se advertía a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endémica de México, muy apreciada y con una estrecha relación con la antigua cultura mexica.
El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y después se convirtió en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispánica con la imagen de una cabeza de serpiente. Esta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo están ocultos.
La serpiente de piedra olió al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en México a esta raza en particular), y se estremeció, pero no dijo nada. El animal empezó a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Así pasó un rato.
—¿No te molesta no poder ver? —preguntó al fin el “xolo”.
—No —dijo la serpiente—, me dejaron libre lo más importante, mi nariz. A través de ella puedo oler y así percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso —dijo refiriéndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlán, capital de los Mexicas.
—¿Hueles la ciudad? —preguntó el “xolo”.
—Sí. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte.
El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear también aquellos recuerdos.
—Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. Se refería a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que había estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra exactamente iguales a su interlocutora.
La serpiente suspiró. Fue un suspiro largo y nostálgico. Llevaba casi quinientos años «incrustada» de forma humillante en aquel edificio colonial.
—Si quieres —dijo el “xolo”—, te puedo liberar. Lo sabes bien.
—No, déjame un rato más aquí. Tengo la esperanza que un día caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, saborear con mi lengua su destrucción.
—No apostaría a eso —respondió el “xolo”—, pero bueno, es tu elección. Me voy. Regresaré después a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo seré quien te guíe. Ese día descansarás.
La serpiente suspiró nuevamente y luego calló. La gente que pasaba no advirtió que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacía se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza, llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufrió otra transformación: su cuerpo de perro cambió a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xólotl, el dios prehispánico del ocaso y de los espíritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, el inframundo.
«Pueblo chico, infierno grande», dice el dicho popular. A las pocas horas de haberlas encontrado a punto de morir en la vieja mina, todo el mundo sabía que aquel par de muchachas adolescentes casi pierde la vida buscando quién sabe qué. Las habladurías decían que eran pareja y habían ido a la mina a cosas innombrables. Después de decir tal cosa, las personas se persignaban y pedían perdón a Dios, no fuera que del cielo les mandara una lluvia de fuego y destruyera todo, emulando el episodio bíblico de Sodoma y Gomorra.
Un mes después, ya recuperadas físicamente y además, curadas del susto, (ya nunca volverían a la mina), disfrutaban de un helado en el parque. Sin decir nada, dejaban que sus ojos hablaran por ellas y se juraban amor eterno. Algún día emigrarían a otro lugar menos hostil que su pueblo natal.
Ya adultas, bien entradas en la tercera edad, recordaban aquel incidente entre risas y banderas, mientras marchaban, tomadas de la mano, en el día del orgullo gay 2045.
Después de aplicarle el anestésico, el ser le observó con detenimiento. El rubio, gracias a la acción del fármaco, debía estar soñando algo agradable pues tenía una gran sonrisa en el rostro. Ese cuerpo, ahora desmadejado, se le antojaba como una caricatura, con aquella cabeza demasiado pequeña y cuatro extremidades totalmente antiestéticas. Se preguntó qué serían aquellos hoyuelos en esas mejillas tan blancas, como los gases que salían de los cráteres en su planeta natal. Estaba en esas divagaciones cuando entraron sus compañeros.
Fue reconfortante para él mirar de nuevo sus enormes cabezas, con caras color pantano y ojos parecidos a los de las moscas. Entre todos sacaron al sujeto durmiente de la casa. Necesitaban uno con pelo de color del sol para unos experimentos. «Estos terrícolas tan feos», pensó, mientras al pasar por un espejo, este le devolvió su hermosa imagen alienígena.
Autor: Ana Laura Piera
Si te gustó puedes dejar un comentario, y si no te gustó, también.