Corazón Frío.

Mi propuesta para el I Concurso Literario IAdicto Digital de Tarkion (Miguel). Con el tema «Amor, Terror o Humor entre blogueros» con un máximo de palabras de 1200.

Una tarde lluviosa y gris, PinkyPie deambulaba en la red tratando de sacudirse la tristeza de una desilusión amorosa. Su ventanal sonaba como si mil dedos estuvieran tamborileando sobre él y opacaba el ruido que hacían las teclas del ordenador. Encontró un blog llamado «CoolProyect» que no resultaba muy atractivo y casi no tenía contenido. A Pinky se le figuró la página inacabada de algún técnico en algo, pero lo que llamó de inmediato su atención es que había una colorida caja de chat. Necesitaba desahogarse.

«Ey ¿Hay alguien ahí?»

«Hola, sí, soy CoolScoop»

El tipo era bastante divertido, aunque algo nerd, pues de la nada soltaba datos aleatorios:

«Así que rompiste con tu pareja»

«Sí, resultó que me engañaba con otra el muy cretino»

«Lo siento. ¿Sabías que las manzanas se conservan mejor en la parte más fría del frigorífico?»

«¿Qué dices? Ja, ja, ja. Eres divertido, me gusta que tratas de distraerme»

CoolScoop era lo que PinkyPie necesitaba en ese momento, alguien con quien distraerse y reír. El chico preguntó por los intereses de Pinky, ella tenía un espacio de relatos cortos que él insistió en conocer.

«Está bien Scoop, te daré el link. ¡No te burles de mis escritos! Soy una chica sensible»

A partir de ese momento, cada entrada que aparecía en el blog de PinkyPie era comentado por CoolScoop, siempre en términos benignos, que contrastaban con los de algunos otros bloguers que le hacían correcciones y sugerencias que ella no tomaba nada bien.

«No puedo con ellos, estoy recuperándome de una desilusión, no necesito que me critiquen»

«No te preocupes, a mí me gusta todo lo que escribes. Por cierto, ¿vives en un clima cálido o frío? De eso depende mucho la elección correcta de un condensador de refrigeración»

«¡Vivo en México Scoop!, y ya tengo un refrigerador. Sé que tratas de que piense en otras cosas, pero eso que haces ya resulta fastidioso»

«Lo siento»

«¿Y qué me dices de ti? ¿Dónde vives?»

«Yo vivo en el campo. Acá usamos condensadores evaporativos de agua y aire, para enfriar el refrigerante»

«¡Scoop! ¡Basta!» tecleó Pinky bastante enojada.

Durante un tiempo PinkyPie no entró a charlar con CoolScoop, mas lo extrañaba. Por su parte el chico ya no dejaba mensajes en el blog de Pinky. Un día en la caja de chat, PinkyPie no pudo evitar poner: «Te extraño». La respuesta no se hizo esperar: «Yo también».

Pinky sintió como un bálsamo en el alma ese «yo también».

En el pasado, ella se había dejado llevar por apariencias, sus novios habian sido tipos atléticos, guapos, pero todos habían resultado un fiasco. Aunque no conocia físicamente a Scoop, intuía que era un tipo adorable y aunque no resultara tan atractivo, la había enamorado su forma de ser. Decidió que era momento de arriesgarse e ir por todo:

«¿Podríamos conocernos en persona Scoop?»

Scoop tardó un poco más de lo habitual en responder. Al final le dio una dirección en el norte de California.

«¿Vives en EUA? ¿No podrías mejor tú venir a México?»

«Pinky, tengo obligaciones, la gente donde vivo depende mucho de mí. No puedo fallarles»

«¿No será una esposa e hijos verdad?» preguntó recelosa.

«No te hubiera dado la dirección si fuera el caso»

Y así fue como PinkyPie desempolvó pasaporte y visa estadounidense. Compró un boleto de avión y viajó para conocer a ese chico especial. En la aeronave iba muy nerviosa y se tomó dos cervezas para relajarse. En la aduana le hicieron preguntas incómodas y le revisaron el celular, pero nada del otro mundo. Muy pronto estaba a bordo de un taxi que la llevaría al domicilio. Su corazón latía con fuerza, como una locomotora a punto de colisionar.

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Los transeúntes la miraban con extrañeza: una chica joven y atractiva, llorando a mares sentada en una banca afuera de un «Área de Descanso», en la famosa carretera 49, muy cerca de Sacramento. Una señora de cara bondadosa se sentó a su lado y le ofreció un pañuelo de papel.

«¿Qué pasa bonita?», le preguntó en inglés.

Pinky no dejaba de llorar y hacer pucheros, pero alcanzó a contestar, también en inglés, aunque con un fuerte acento mexicano:

«¡Es un maldito refrigerador! ¡El chico que vine a conocer es un refrigerador! ¡Me quiero morir!»

Dentro del «Área de Descanso» un moderno refrigerador comercial marca Invenda, gris, de formas suaves y lustrosas, con smart lock, conectividad a internet, IA integrada, pagos QR, y con tarjeta, además de un extenso surtido de bebidas y golosinas, había perdido de súbito su temperatura interna. Se conectó a su página personal en la red: «Cool Proyect», y escribió en la caja de chat:

«Me rompiste el termostato».

782 palabras.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar algún comentario, no dejes de ponerme tu nombre, a veces wordpress no anda fino y los deja como anónimos. Gracias.

«Corazón Frío» en la revista digital Masticadores Sur AQUÍ

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El Saxo.

Mi participación para el reto de febrero del blog Acervo de Letras, con la premisa de escribir algo relacionado con el Jazz, en este caso yo escogí el instrumento por excelencia de este género, el saxofón.

En invierno y de noche, las calles del centro de Oaxaca son recorridas por el frío y por turistas trasnochados en busca de diversión. En una esquina, enfundado en un viejo gabán, un joven músico de pelo largo y mirada triste se dispuso a tocar su destartalado saxofón. Cual moderno flautista de Hamelín, la música logró que turistas y locales salieran de todas partes y se arremolinaran en torno a él. Las suaves notas se paseaban entre la gente acariciando corazones sin pedir permiso. La audiencia, emocionada hasta las lágrimas, le retribuyó con propinas que aventaban a la desvencijada carcasa de su instrumento.

Con el rabillo del ojo, el músico miró a una chica de rasgos indígenas que le escuchaba embelesada y con los ojos cerrados. Al final de la sesión, ella era la única que quedaba. Mientras él recogía las monedas, ella se presentó:

—Soy María. Me encantó como tocaste. Sabes sacarle partido a tu saxo a pesar de su estado.

—Qué bueno que te gustó. Me llamo Mateo.

Las facciones de María eran armoniosas, tenía los ojos negros como la noche y la piel del color de la canela. Mateo pensó que quizás con un poco más de plática podían acabar ambos en su humilde cuarto haciendo el amor. Por la mañana ella sería tan solo un recuerdo, como tantas otras.

—Tu saxo tuvo antes otro dueño, intuyo que fue tu padre.

—¿Perdón? —la miró extrañado, pues aquello era verdad.

—Hay algo de tu padre en él.

—Eres muy rara —dijo el joven, ya no tan seguro de querer compartir la noche con la chica.

—Lo sé porque yo percibo esas cosas. Por un lado, amas tocar y por el otro odias el recuerdo de tu padre. Quizás por eso no cuidas tu instrumento.

—¡Basta! —dijo Mateo molesto—. ¡Tú no me conoces!

—Perdón. A veces me dejo llevar por lo que percibo. Escucha, yo te puedo ayudar a tocar aún mejor. ¿Qué dices? —dijo María.

A él lo único que le interesaba en la vida era tocar y lo dicho por María picó su curiosidad. Aunque al final no resultó como el joven lo había imaginado, ambos sí acabaron en su habitación, pero sentados en el piso de cemento, con María sacando un envoltorio de papel periódico, revelando unos extraños hongos de cabeza alargada y de color marrón. Cuando el chico los vio abrió mucho los ojos y frunció el ceño en señal de preocupación.

—No te preocupes, estoy entrenada para usarlos y guiarte.

—¿Quién te enseñó a usar hongos alucinógenos?

—Mi abuela, ella era una curandera famosa. Es una historia larga que ya te contaré o quizás no. ¿Te animas?

—¿Dices que tocaré mejor?

—Sí, te lo puedo garantizar—, dijo apartando una porción de hongos para ella y otra para Mateo.

La joven primero rezó en un dialecto indígena y luego se puso a ingerir los hongos despacio. A una señal de ella, él empezó a comer sus hongos. En poco tiempo se sintió flotando entre nubes, gritaba y reía mientras intentaba elevarse más.

—Tranquilo. Visualiza tu saxo. ¿Lo ves? Asómate por la campana.

Mateo vio su viejo y desdorado saxo suspendido en el aire. «¡De verdad que está bien jodido!» pensó. Nunca se había preocupado mucho por cuidarlo, solo de vez en cuando lo limpiaba por dentro. Nada quedaba del brillo esplendoroso que tenía cuando era de su padre y que tanto le llamaba la atención de niño. Había sido su papá quien le había enseñado a tocarlo. Cuando éste desapareció para nunca más volver, había dejado atrás el saxo con una nota diciendo que era para su hijo. Mateo había jurado no tocarlo, sin embargo, la necesidad había podido más que su orgullo.

Ahora, con cada segundo que pasaba el saxo se iba haciendo más y más grande mientras él se encogía. Era una sensación extraña, pero no tenía miedo. Al final, se vio del tamaño de un pequeño mosquito y pudo introducirse en él. Se sorprendió mucho de encontrar a su padre dentro del saxo. Era fácil reconocerlo por la enorme cicatriz que le cruzaba la frente. Parecía estarlo esperando y al verle sus ojos se llenaron de lágrimas. Mateo se sintió muy incómodo.

—Perdóname —fue todo lo que dijo el hombre de la cicatriz.

El joven soltó una carcajada burlona y la figura de su padre se desvaneció. Mateo trató de salir, pero algo se lo impedía. La voz preocupada de María le llegaba de lejos. «Algo está muy mal», pensó. Le vinieron a la mente el recuerdo de conocidos que se habían «quedado en el viaje». ¿Le pasaría eso a él? Sintió pánico y su corazón empezó a palpitar enloquecido.

—¡Papá! —gritó al fin—, ¡ayúdame!

El saxo emitió una melodía tranquilizadora y Mateo notó que podía elevarse de nuevo, era como si la música lo empujara suavemente fuera del instrumento. Cuando salió escuchó a María quien con voz aliviada le decía:

—Eso es, ven, no pasa nada, abre los ojos, estás en tu habitación.

Empapado en sudor, Mateo tomó el vaso de agua que ella le extendía y lo bebió hasta la última gota. Luego, jadeando, le contó lo que había sucedido.

—Debes perdonar a tu papá y cuidar más el saxo.

—¿Y eso en qué me ayudará a tocar mejor?

—Ya lo descubrirás.

Otra noche, por las calles de Oaxaca, se escuchaba la melodía que salía de un hermoso y brillante saxofón. El chico que tocaba era un virtuoso y la música solo podía considerarse de «sublime». María, que escuchaba de lejos, sonrió, supo que Mateo había perdonado a su padre, pues él ahora estába tocando mejor que nunca.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en la revista Masticadores Sur

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/el-saxofon-relato-corto

Pequeños, grandes inicios

He estado un poco perdida y no he podido ponerme al día con las lecturas de sus blogs, pido una disculpa. Estuve fuera de vacaciones y dentro de los sitios que tuve oportunidad de visitar está el lugar de nacimiento del Río Mississippi dentro del Parque Estatal Itasca en el norte del estado de Minnesota, en EUA.

En el sitio donde se considera que «nace», este se puede cruzar a pie. Es un pequeño y humilde lugar de inicio para un río formidable, uno de los más largos de América del Norte que, junto con el Misuri, conforma uno de los sistemas fluviales más grandes e importantes del mundo. (Y el que me recuerda una lectura preferida de mi niñez: Las Aventuras de Tom Sawyer, del escritor Mark Twain).

A veces los inicios pequeños desembocan en algo gigantesco, no lo olvidemos cuando nos sintamos frustrados o insignificantes.

Un abrazo para todos los que me siguen y llegan a leer mis cuentos.

Ana Laura Piera /Tigrilla

VIAJE A MARTE

Un confortable viaje al Planeta Rojo. ¿Qué puede salir mal?

Spider70 era el nuevo transbordador de la poderosa empresa aeroespacial “Titán”. No era el primero, pero sí el más confortable y lujoso hasta el momento, especialmente fabricado para viajar a Marte por los privilegiados de la Tierra. En él no había espacio para obreros, granjeros o médicos. Solo la “Créme de la Créme”.

La nave surcaba la negrura del espacio a una velocidad de locos. Entre los afortunados pasajeros se incluían: un jeque árabe con intereses de sobreexplotar los ricos recursos marcianos; el dueño de una empresa tecnológica a nivel mundial, la única con permiso para vender tecnología a las colonias humanas que ahí se establecieran. El hijo del dictador de una pobre nación centroamericana, cuyo deseo era tomar un tour turístico llamado “Marte a sus Pies” que incluía visitas a los sitios más emblemáticos como el “Monte Olimpo” o el “Valles Marineris” entre otros; también a un archi millonario ruso que tenía interés de comprar un buen pedazo del planeta para establecer una casa de descanso porque la Tierra ya le quedaba pequeña. Todos estaban muy bien atendidos por una tripulación especialmente entrenada para satisfacer sus más mínimos deseos. Incluso había varios robots sexuales disponibles por si alguien quisiera satisfacer algún apetito en ese sentido.

Tocó el turno de André de pasar a ofrecer champaña y bocadillos a los pasajeros. Era un chico encantador, no pasaba de los 25 años. Detrás de su piel blanquísima y rasgos exóticos, sus genes escondían el secreto de su origen africano. Su madre era una emigrante de Mali, país asolado por extremistas y bandidos; en cuanto a su padre, era un obrero francés de la región de Lyon en Francia. Pasó con su charola junto a una mujer algo mayor, era la esposa del archi millonario ruso, y esta sin ningún pudor le dio una sonora nalgada en el trasero, enfrente de su esposo. Marido y mujer intercambiaron una mirada lujuriosa, la mujer dijo algo en ruso y ambos rieron. André sonrió tímidamente y continuó con su labor.

Cuando acabó, fue a sentarse a la estación designada para la tripulación, donde podría descansar un poco antes del siguiente servicio. Ahí se encontró con Akane, una linda japonesa quien se levantó al llegar André, pues ahora era su turno de ofrecer los postres. El joven no tendría compañía al menos unos cuantos minutos, mismos que aprovechó para con un rápido movimiento clandestino, activar un teclado biológico en su antebrazo y escribir una contraseña secreta. Su boca se curvó en una mueca extraña. En minutos la nave estallaría y sus restos vagarían por siempre cual fantasmas en el universo.

A pesar de ser el año 2070, la raza humana no había podido librarse de las injusticias, y las consecuencias que estas acarrean. El último pensamiento de André fue para su madre africana y para todos los migrantes en busca de una vida mejor en la Tierra.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: La riqueza en sí misma no es el problema, sino el uso que se le da. (Sobre todo cuando se ha acumulado excesivamente). Mientras escribía este relato me conflictuaba que André tomara esta decisión cargándose a sus compañeros de viaje, gente trabajadora como él, sirvientes de los más privilegiados. Hasta cierto punto es una decisión injustificable, irracional, nacida del resentimiento, como suelen ser los ataques de este tipo. Si te gustó compártelo, si detectas algún error indícamelo y por supuesto te agradezco mucho tu lectura.