El Espejo de Tezcatlipoca

Relato fantástico.

Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro, que este mes homenajea al escritor Terry Pratchett. Se trata de hacer un relato donde haya un elemento mágico o fantástico que cree mas caos que ventajas.

Tiempo de lectura: 3 minutos.

Un mes antes de la Navidad del 2025, los hermanos Estela y Antonio Aguilera encontraron un objeto prehispánico en el Cerro Alto: era una pieza circular de obsidiana negra, se veía opaca y en algunos lugares la cubría una pátina blanquecina. Su abuelo Braulio les dijo emocionado que se trataba del «espejo de Tezcatlipoca».

—Tezcatli… ¿Qué? —preguntó Estela, de ocho años abriendo mucho los ojos.

—Fue uno de los dioses más poderosos de la antigüedad. Era caprichoso y voluble, también se le conocía como «Espejo Humeante»

—¿Y estás seguro de que éste es su espejo? —preguntó Antonio, que a sus diez años era un chiquillo muy avispado.

—¡Sí! —dijo Braulio con tal vehemencia que los niños ya no se atrevieron a cuestionarlo. El viejo les hizo prometer que guardarían el secreto.

En los días que siguieron, Braulio y sus nietos se dedicaron a pulirlo, mezclaron ceniza volcánica con agua y lo frotaron hasta que surgió un reflejo negro brillante, casi metálico. Les contó que el espejo era mágico: mostraba el futuro, revelaba cosas ocultas y conectaba con lo invisible. Era un objeto peligroso en manos equivocadas y por ello les pidió que no le contaran a nadie sobre el hallazgo.

Cuando el espejo alcanzó el brillo final, Braulio lo envolvió en una franela.

—¡Pero abuelo! —se quejó el niño— ¿No es el momento de usarlo?

—¡Yo quiero saber si seré doctora! —dijo Estela torciendo los labios con desagrado.

Braulio fue inflexible, el espejo se guardaría en un lugar «seguro».

Una noche, los niños no se aguantaron, pues querían saber si Panchito, su guajolote preferido sería el destinado a la cena de Navidad.

Sacaron el espejo del ropero del abuelo y lo sustituyeron por un plato de cerámica con las mismas dimensiones. Se fueron al corral donde tras unas pacas de paja lo destaparon. Antonio lo sostuvo y preguntó. Su hermanita cruzaba los dedos, ambos esperaban que no fuera Panchito. Del objeto se desprendió una neblina juguetona que los tomó de sorpresa. Luego, la negrura de la obsidiana dio paso a una imagen nítida, pero no era Panchito, era una gran olla de la cocina, de la cual salían despedidos para todos lados los tamales que se cocinaban en ella. Antonio envolvió el espejo de nuevo.

—¿Qué fue eso? —dijo Estela.

—Creo que cenaremos tamales en Navidad, lo cual es extraño, pero, ¡Panchito se salvará!

Al otro día, su mamá estaba preparando tamales para comer y la imagen mostrada por el espejo se hizo realidad: tamales dulces, de cerdo y de mole con pollo saltaban por los aires. Algunos se escapaban de sus envoltorios de hoja de maíz y se estrellaban contra las paredes y el piso. El abuelo se contorsionaba cómicamente al intentar atraparlos en el aire. Los gritos de ambos atrajeron a los niños, quienes al ver la escena intercambiaron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Braulio.

Más tarde, le preguntaron al espejo si Estela sería doctora, pero de nuevo el espejo mostró otra cosa: el pueblo, arreglado para Navidad. Había un gran árbol en la plaza y las casas estaban adornadas. La gente comía su cena navideña y se intercambiaban regalos.

—¡Este espejo no sirve! —dijo Estela enfadada.

Al otro día el pueblo apareció engalanado para Nochebuena. Su madre cocinaba la tradicional cena y afortunadamente no era Panchito la víctima elegida.

—¡Pero no puede ser! ¡Aún falta como un mes! —dijo Antonio.

Esa noche el pueblo celebró la Navidad adelantada. Después del intercambio de regalos, los niños corrieron al corral.

—Antonio, ¿qué hemos hecho? —preguntó Estela.

—Lo sé, esto da miedo. Creo que ya no debemos hacerle preguntas al espejo, puede ser peligroso. ¡Debemos contarle al abuelo!

Braulio llevó el espejo al Cerro Alto y lo volvió a enterrar. En manos infantiles causaba caos, y no quería averiguar lo que sucedería en manos de personas malintencionadas. Ese año, el pueblo celebró Navidad dos veces, muchas familias que ya habían gastado en la primera celebración, no pudieron celebrar como acostumbraban. Panchito no se libró de su suerte.

—Y yo me quedé sin saber si seré doctora —dijo Estela.

—Es mejor así, el futuro se va forjando en el presente, no podemos manipular al destino para que nos revele lo que pasará —dijo Braulio.

—Sin contar con que el espejo es impredecible, como su dueño original. Nada de lo que nos dijera sería confiable —agregó Antonio.

—¡Yo creo que sí seré doctora, y de las buenas! —dijo la niña.

Y al mismo tiempo, en las entrañas del Cerro Alto, el espejo de Tezcatlipoca esperaba, paciente y sombrío, a que alguien lo encontrara de nuevo.

Autor: Ana Laura Piera.

770 palabras.

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Con filo propio: El proyecto de Ameyalli.

Historia de una creadora mexica.

7 minutos de lectura.

El mercado de Tlatelolco bullía de actividad como una gran colmena: gente enzarzada en regateos, «tamemes» o cargadores surtiendo mercancía de todos los rincones del imperio. Cacareo de gallinas, gorjeos de otras aves, ladridos de perros, movimiento de liebres, iguanas y otras criaturas. Puestos con mantas, pieles, arte plumario, cerámica… Los colores vibrantes de las frutas y las verduras colmaban la vista. Ameyalli pasó como una exhalación por la avenida de los chiles secos y el picor le llenó las fosas nasales trayéndole de regreso recuerdos desagradables que la alteraron aún más. Llegó a su puesto hecha una furia. Sin decir palabra, acomodó sus navajas de obsidiana sobre una manta en el piso. Su amiga de la infancia, Yaretzi rodeada de vasijas de cerámica le preguntó qué le pasaba.

—Tuve un pleito con Ichtaca. Mira que haberle puesto un nombre que significa «el que escucha» cuando en realidad no escucha a nadie.
—Cálmate y dime exactamente qué pasó.
—Le conté a mi marido sobre un diseño nuevo de daga y se rio de mí el muy cretino.
—¿Un diseño nuevo? — Yaretzi se veía sorprendida.
—¿Has visto cómo las navajas fatigan y además nos cortan fácilmente la piel? Yo creo que hasta al mismísimo Tlatoani se le cansa la mano y se hiere de tanto estar sacando corazones de los sacrificados. Bueno, me puse a pensar en eso y creo que cambiando algunos detalles quedaría mejor.

Yaretzi la miró con una mezcla de admiración y temor.

—Suena… fascinante, pero ¿no es algo que está más allá de nuestro rol femenino?
—¡Te pareces a Ichtaca! —dijo Ameyalli con un bufido.
—No lo tomes a mal. ¿Recuerdas cuando de niñas jugamos a que éramos guerreros y tu padre nos castigó?
—Sí. Ordenó a mamá que quemara chiles para que nos ardieran los ojos y la garganta. ¿Eso qué tiene que ver?
—Siempre fuiste rebelde, yo te seguía en tus locuras, pero nada bueno salía de todo eso. ¿No crees que puedes meterte en problemas ahora por hacerte la inventora?
—¡No entiendes nada! —exclamó Ameyalli y ya no le dirigió la palabra a Yaretzi el resto de la jornada
.

En casa, dibujó sobre unos trozos de tela sus ideas. Pensaba en una empuñadura de madera con una curva para adaptarse a la palma de la mano, también un labrado de grecas, con forma de relámpago, que condujeran fuera la sangre y el sudor y evitaran que la navaja se resbalara. El ángulo del filo debía estar un poco inclinado para facilitar el corte. Lo más importante era un pequeño y mejorado reborde en la base para evitar accidentes al empuñar. Mientras trabajaba en ello, recordó a su madre que la conminaba a obedecer y a respetar las tradiciones, pero eso era difícil para ella, que siempre andaba poniendo a prueba los límites de su mundo.

Se pasó la tarde trabajando la obsidiana. Era muy hábil golpeándola hasta desbastarla y lograr el diseño que tenía en mente. Se sentía como aquella piedra negra: dura y frágil a la vez, dándose de golpes contra un mundo que no le ponía las cosas fáciles. Ichtaca llegó de trabajar y la miró molesto, pero se acercó para ver los prototipos que ella tenía listos. «No están mal»—pensó, pero se guardó de decir nada.

—Anda hombre, tú ayúdame a hacer las empuñaduras. Ahí hay varios trozos de madera de pino y encino, fíjate en los diseños que tengo pintados acá.

Él se negó rotundamente. Le dijo que nadie se iba a interesar en un cambio, hasta era posible que lo interpretaran como una falta de respeto. En el fondo él reconocía que la idea era buena, pero una mujer no debía meterse en cuestiones masculinas. Ameyalli sintió sus labios temblar de coraje y cuando él pidió la cena lo ignoró y siguió trabajando. Él se quedó frustrado y preocupado, pues conocía la obstinación de su mujer.

Dos días después, ella se encontraba en la casa comunal donde se reunía el consejo de ancianos, que consituía la autoridad interna del calpulli, o barrio. El grupo de hombres, vestidos con coloridas prendas de algodón a diferencia de las personas comunes que usaban telas más ásperas y adornados con joyas y plumas, apenas se dignó escuchar a Ameyalli, que ponía a su consideración el poder vender el nuevo modelo de cuchillo.

—¿Dónde está tu marido?—preguntó el «hermano mayor», Mázatl.
—¿Qué tiene que ver él en esto? —dijo ella desafiante
. Es mi idea.
—Hay necedad en tus palabras mujer. Pide sabiduría a los dioses y no vuelvas.

Las palabras de Mázatl hicieron que se le atorara una enorme pelota en la garganta. ¿Cómo podían ser tan ciegos? ¿Desestimar una idea solo porque no venía de un hombre? Regresó por donde vino, rumiando sus pensamientos.

Ichtaca fue duramente amonestado por no controlar a su esposa. Para los ancianos, no era el lugar de una mujer querer cambiar algo que había funcionado desde los albores de la civilización mexica. Algo tan sagrado y masculino, que era capaz de humillar enemigos arrancando su corazón para ofrecérselos a los dioses. Ella solo debía elaborarlos, no repensarlos. Avergonzado y dominado por la ira, Ichtaca la golpeó, exigiéndole que parara aquella locura. No era la primera vez que le ponía una mano encima, pero sí la primera que le dejó un ojo morado. Ameyalli no sabía qué le dolía más, si el maltrato o la continua falta de apoyo. A pesar de todo, no se amilanó y decidió continuar con su proyecto.

Un día vio a uno de los sacerdotes del templo curioseando entre los puestos. Era fácil reconocerlo: Llevaba una tilma o capa de algodón negra, adornada con símbolos religiosos. Traía el cabello largo y enredado, anudado por la espalda. Su cuerpo olía al humo de copal y ocote usados en los rituales; los brazos y piernas estaban cubiertos totalmente de las cicatrices dejadas por púas de maguey o navajas utilizadas en la ceremonia de autosacrificio. Le acompañaba un séquito de importancia. «Es ahora o nunca»—pensó la artesana. Sustituyó los cuchillos tradicionales por los suyos, y cuando el sacerdote pasó, le llamaron de inmediato la atención. Sin verlo a los ojos, y en actitud sumisa, ella le ofreció de regalo dos de estas piezas innovadoras. El hombre hizo señas a uno de sus acompañantes para que las tomaran y se alejó sin decir palabra. Ameyalli se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y exhaló, aliviada. Notó el silencio y el espanto de la gente en los puestos aledaños. Yaretzi la miraba con preocupación. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y notó su corazón acelerado. «¿Qué había hecho?» Al final todo el mercado se enteró. El suceso llegó a oídos de los ancianos, quienes decidieron castigar al matrimonio. La pena sería demoler su casa y condenarlos a la esclavitud.

Cuando Ichtaca conoció la suerte que les deparaba, daba de gritos insultando a Ameyalli:

—¿Qué lograste con tu desobediencia mujer? ¡Solo traernos dolor y desolación!

Le pegó de nuevo, cuidando no dañarla demasiado. Ahora ambos tenían un valor como esclavos y si ese valor se viera afectado, él sería castigado con la muerte.

La noche previa al castigo, ella no pudo dormir por el dolor físico, pero también por reflexionar en lo injusta que era la sociedad mexica con las mujeres. Miró a su esposo, que sollozaba en su petate, como un niño. Tal vez debió hacerle caso. Se le escapó un suspiro hondo, denso. Observó sus propias manos marcadas por el filo de la piedra volcánica: no eran manos de esclava, sino de creadora. Sintió una punzada en el estómago, temía la dura vida que le esperaba. ¿Estaba arrepentida? Buscó en su corazón y la respuesta era que no. Ella no había hecho nada malo. Agradeció a los dioses no haber tenido hijos y decidió encarar el futuro con toda la entereza posible. A pesar de ello, no pudo evitar romper en llanto, como Ichtaca.

Al otro día, ambos, con las manos atadas por detrás y bajo la severa mirada de dos guardias, miraron con tristeza a los ancianos y al grupo de hombres que tiraría su hogar. En eso se oyó una voz autoritaria que gritaba «¡Alto!». Era un emisario del sacerdote, pidiendo la presencia de Ameyalli en el palacio.

Nada la habría preparado para lo que siguió después: la llevaron a los jardines reales. Era un lugar bellísimo, lleno de huertas y árboles frutales. Un aroma dulce flotaba en el ambiente. De lejos le llegó un fuerte y espeluznante sonido que no supo identificar.

—Eso fue el rugido de uno de los jaguares del zoológico. No temas. —la voz detrás de ella era suave y modulada.

Un guardia le hizo señas para que se volteara con la vista en el suelo y se arrodillara. No podía ver al dueño de la voz, pero intuyó que podía ser el sacerdote o el mismísimo Tlatoani. Le sobrevino un temblor de cuerpo que a duras penas controló.

—Fuiste impulsiva y desafiante— la persona que hablaba hizo una pausa que a la mujer se le antojó eterna y ominosa—, sin embargo, tu diseño nos agradó. Creemos que los dioses te inspiraron y… no serás castigada.

Ameyalli permaneció mirando al suelo, aliviada y esperando escuchar algo de nuevo. Cuando tímidamente alzó la cabeza y miró, no vio a nadie. Luego la llevaron fuera de los jardines.

Días después un juez falló a su favor en la petición de divorcio de Ichtaca por maltrato físico, acorde a las leyes mexicas.

Al enterarse Yaretzi que su compañera de juegos infantiles había sido designada la proveedora oficial de cuchillos del palacio, se arrepintió de dudar de ella y su admiración creció. Reconoció que ella misma no habría tenido la fuerza y valentía que tuvo Ameyalli.

En poco tiempo todos, en las ciudades gemelas de Tenochtitlán y Tlatelolco, usaban el nuevo modelo. Unos pochtecas, comerciantes que pasaron por ahí, lo llevaron a otras partes del imperio. Al final, aquella hábil artesana había logrado cortar su destino con filo propio.

Ana Piera.

Extensión del imperio mexica con sus provincias tributarias en el tiempo de la conquista española, 1519.

Reflexión en «Reflexópolis» Ciudad de Pensamientos.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/con-filo-propio-el-proyecto-de-ameyalli/