Ecos en el Agua – Cuento Corto

Mi propuesta para el concurso de Tarkion en su blog IAdicto Digital, el tema oficial es «relatos desde el otro lado del espejo».

El recipiente de tosco barro negro se sentía húmedo mientras lo sostenía con sus dedos nudosos y arrugados. Le había tirado el agua usada con una clienta que deseaba saber si su marido infiel regresaría a ella.

Vertió con cuidado agua nueva, proveniente de un odre de cuero que contenía el líquido, recolectado en noche de Luna llena.

En su humilde cuarto del barrio de indios de San Sebastián, no había gran cosa, apenas un petate donde dormía, un poco de loza de arcilla y un solitario crucifijo de madera en una pared. Se acomodó en la burda estera y tomó la vasija entre sus manos. El espejo líquido la reflejó: la cara marchita, los rasgos indígenas, sus ojos, dos pozos de melancolía, tapados por mechones de pelo lacio, escapados de la cinta que los sujetaba.

Su propia imagen le causaba curiosidad, a veces se detenía demasiado mirándose y olvidaba su propósito. Y es que los espejos, los de verdad, resultaban inalcanzables, decían que venían de un lugar lejano llamado Italia y solo podían costeárselos los ricos. Antes de la caída de Tenochtitlán, se hacían con mosaicos de pirita pulida, o de obsidiana. Los artesanos tardaban mucho tiempo en hacerlos y únicamente los sacerdotes y la nobleza podían permitírselos.
«Igual que ahora» —pensó. Solo que en aquella época no se usaban para mirarse en ellos, eran puertas de comunicación con los dioses o ancestros y una fuente de conocimientos ocultos.

Se dijo a sí misma que debía concentrarse.

Pequeñas ondas en el líquido desdibujaron su rostro, luego el agua se aquietó.

Se vio joven, huérfana, regresando a la vencida Tenochtitlán y buscando la casa familiar. Anhelaba verla en pie, con sus dos cuartos de fresco adobe alrededor de un pequeño patio, y el techo plano formado de carrizo recubierto con barro. Ya no existía. Lo que fue su hogar era un terreno ganado por la maleza. Se metió en ella buscando la huella de cada lugar amado. Le llamó la atención algo en la tierra, un pedazo de roca blanquecina, lo recogió y al mirarlo de cerca se dio cuenta de que era un trozo de hueso humano. Lo soltó con horror y salió corriendo. Meses atrás se habían retirado los cadáveres, reparado los puentes y calzadas e iniciado el nuevo trazo de la ciudad, mas aún se podían encontrar estos mudos testigos de la lucha cruenta que se libró.

Un par de sacerdotes que pasaban la llevaron a la fuerza a un colegio para indias. Ahí le impusieron la nueva religión y la nueva lengua. Después, fue criada personal de una monja tirana, en el triste y oscuro convento de Nuestra Señora de la Expectación.

Carmen se desesperó, no quería ver su vida, sino saber cuando moriría. Tenía 76 años.

El agua, que con los clientes obedecía mansa sus deseos, no le hizo caso y siguió mostrándole el pasado:

Su casamiento con otro indio. Este tenía una casa con una parcela en el barrio de Santa María, que se había salvado parcialmente de la destrucción. Las autoridades indias y españolas se la reconocieron después de que muchos testigos indígenas dieran fe de que esas tierras eran de los padres y abuelos de su marido y de que «siempre las habían tenido». Al quedar viuda, el alcalde le «aconsejó» que vendiera la propiedad. Vender la tierra era un concepto nuevo, que no se sentía bien. La tierra siempre había tenido un valor de uso, su fin era para el propio mantenimiento, pero con la llegada de los europeos, pasó a ser una mercancía más. La vendió presionada y a muy bajo precio a un español. Carmen entonces se fue a vivir a San Sebastián. Sus ahorros y su don de leer en el agua la sostuvieron. Un don peligroso, pues la adivinación estaba muy penada. Siempre se arriesgó a acabar en la temida cárcel inquisitorial, pero había tenido suerte.

Su vida, siendo mujer, nunca fue fácil, ni en Tenochtitlán ni en Ciudad de México. A causa de la conquista del imperio mexica, había sido testigo de la derrota espiritual de los suyos, que sabía peor incluso que la derrota material. Vio a su pueblo diezmado por la violencia y las epidemias, obligados a adaptarse a nuevas formas de vida. Ya no había un sentido fuerte de comunidad como antes. Se había quedado sola. La tristeza, que la carcomía, y la continua sensación de no pertenecer, la habían acompañado desde el momento en el que ya nada volvió a ser igual.

Las escenas cesaron y quedó su cara que cambiaba, de la cansada mujer actual, a la que fue, y se preguntaba cuál de las dos era la más genuina.

Pidió, con todas sus ganas, al espejo de agua que le revelara cuándo moriría, pues estaba cansada de transitar entre dos mundos y formas de hacer las cosas. El líquido vibró, como burlándose de su deseo.

Ella dejó el cuenco a un lado y miró pensativa el crucifijo de la pared. Ahí, sacrificado en un madero, el dios cristiano, el «verdadero», cuyos acólitos predicaban su amor inconmensurable y que solo había traído caos, muerte y sufrimiento.
Luego, desmontó un pedazo de piso falso. Sacó una efigie en barro de la diosa Chalchiuhtlicue, la de la «falda de jade», consorte de Tláloc el dios de la lluvia, y ella misma, diosa del agua terrestre, de manantiales y lagos; la que tenía poder sobre todas las manifestaciones acuáticas de la naturaleza. Le pidió que la próxima vez que consultara el «agua de luna», esta le revelara, sin rodeos, lo que en verdad quería saber.

935 palabras.

Autor: Ana Piera.

Si eres tan amable de dejar un comentario asegúrate de poner tu nombre, WordPress a veces los pone como anónimos. Gracias.

Nota: Soy mexicana y me fascinan los temas prehispánicos. Soy consciente de que toda conquista trae consigo violencia y cambios. Los mexicas mismos fueron un pueblo conquistador y por ello los pueblos bajo su dominio, se aliaron a Hernán Cortes. Los tlaxcaltecas y totonacas fueron clave para lograr la derrota de los mexicas. Lo más irónico de todo es, que al final, terminarían sirviendo a sus antiguos aliados y perdiendo su propia cultura y religión. Los mexicanos de hoy somos el fruto de ese choque entre dos mundos. De mi parte yo abrazo tanto mi herencia española, como mi herencia indígena. Los respeto a ambos.

Si gustas saber más de cómo se organizó la Ciudad de México luego de la derrota de Tenochtitlán, puedes entrar AQUÍ.

Si tienes curiosidad te dejo este video sobre cómo eran los diferentes tipos de viviendas prehispánicas, da clic AQUÍ.

Otros de mis relatos con el tema de El Espejo:

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

https://bloguers.net/literatura/ecos-en-el-agua-cuento-corto/

La Soledad de los Vencidos. – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de septiembre, donde se nos propone explorar las distintas formas de soledad, escoger la que más nos inspire y construir un relato. La palabra «soledad» deberá estar incluída en el texto.

Toma de Tenochtitlan, autor desconocido.

Camaxtli sintió frío y se pegó por detrás al cuerpo de su hermana menor, Ameyalli, quien temblaba como un pajarillo asustado. El huipil de Ameyalli olía al humo de la ciudad prendida fuego y la cual habían tenido que atravesar para ponerse a salvo. El muchacho pasó su mano libre a ciegas por el rostro de ella, acarició con ternura su frente y al pasar por sus ojos, sus dedos se humedecieron con lágrimas. Más allá, en cuclillas, y asomado al barranco, estaba su abuelo Maxtla. Ahora parecía más viejo de lo que realmente era. Él hubiera preferido quedarse a morir en Tenochtitlán, pero algo le había impelido a intentar salvar a sus dos jóvenes nietos.

Horas antes, estremecidos luego de ver a sus padres morir flechados cuando tiraban piedras desde la azotea de su casa a los invasores, los chicos siguieron las instrucciones de Maxtla para intentar salir de la ciudad. Se habían escurrido como sombras entre las casas ahora desiertas de vida, las calles ensangrentadas y llenas de cadáveres, y los templos derruídos. La venganza se paseaba por las calles de Tenochtitlán y no respetaba a nada ni a nadie. Del cuello de Camaxtli pendía un dije con la imagen de la diosa protectora Cihuacóatl y cuando sentía que sus fuerzas estaban al límite lo envolvía con sus manos, aunque ya sin mucha fe, pues los dioses habían sido sacados de sus templos, arrojados desde lo alto y hechos añicos.

A duras penas lograron salir a una de las riberas del lago y abordaron una canoa cuyos ocupantes, guerreros mexicas, ya llevaban al menos un día muertos. Camuflados entre los cuerpos inertes, que ya hedían, y con la canoa a la deriva sobre el lago de Texcoco, lograron evadir la vigilancia que los hombres barbados ejercían desde los bergantines y también la de los feroces adversarios tlaxcaltecas y de otras etnias enemigas, que patrullaban en otras embarcaciones. En un momento dado, escucharon el silbido característico de una lluvia de flechas, que se clavaron en las carnes macilentas de los que ya no vivían. Los fugitivos encallaron en una orilla poco vigilada del lago. Salió primero Maxtla, y después de asegurarse que nadie los viera, ayudó a los muchachos a desembarcar. Haciendo un gran esfuerzo, pues no se habían alimentado bien los últimos días, caminaron muchas horas rumbo a la sierra y no pararon hasta llegar, al atardecer, a un lugar alto desde donde se podía ver agonizar a la capital del otrora poderoso imperio mexica.

Camaxtli reunió coraje para hacer la pregunta que venía bullendo en su corazón desde que se dieron cuenta que la ciudad, sitiada hacía más de ochenta días, ya estaba condenada.

—Abuelo, ¿por qué los dioses permitieron nuestra ruina? ¿Acaso no somos nada?—dijo con voz trémula mientras seguía abrazando a su hermana, que no decía nada, solo lloraba y tenía los ojos muy abiertos mirando al vacío.

Maxtla se levantó y se acercó al lugar donde sus nietos se encontraban, abrió la boca, parecía que iba a decir algo, pero no pudo, entonces bajó la cabeza y cayó al suelo, lamentándose como un animal herido. Mientras miraba a su abuelo llorar desconsoladamente en posición fetal, Camaxtli comprendió la magnitud de la soledad en la que se encontraban, el desamparo que sintió fue como un golpe en el pecho que por breves momentos le impidió respirar. Ya nada sería igual. Tomó su dije arrancándolo del cuello y se levantó hacia el despeñadero, ahí lo lanzó al vacío con todas sus fuerzas. Todo en lo que había creído se disipaba, como el humo de los incendios de su amada Tenochtitlán elevándose hacia el cielo.

Autor: Ana Piera.

El asedio de Tenochtitlán desde el lago de Texcoco es la batalla naval librada a más altitud de la historia antigua (2250 mts, snm.) y la primera en tierras continentales de América. El sentir de los vencidos quedó manifestado en poemas tristes sobre la conquista de la ciudad escritos en náhuatl, los puedes leer traducidos al español AQUÍ.

Entrada muy completa sobre la caída de Tenochtitlán

Trece bergantines y dieciséis mil canoas en el asedio a Tenochtitlán

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El Sabor del Poder.

Mi segunda participación para el VadeReto de Junio, con el tema: «La receta».

Es de madrugada y todas se están levantando. Yo estoy hecha trizas, no creo haber dormido más de tres horas. Recuerdo haber llegado ya muy avanzada la noche, después de un viaje de días caminando desde mi pueblo hasta Tenochtitlan. Me hicieron entrar en un recinto amplio, bien encalado y de techo alto, iluminado débilmente por unas antorchas. Ahí dormían muchas mujeres sobre petates. Yaotl, el hombre que me trajo, me explicó que eran las cocineras reales. Una vez que me indicó un lugar, me derrumbé ahí. Mi cansancio me hizo ignorar el dolor de mis pies ampollados y doloridos y caí en un sueño profundo.

Esta mañana, todo me es extraño: la prisa, la sofisticación de los aposentos, amplios y bien equipados, las personas tan solemnes.

—¿Así que tú eres la nueva?—. Aquella mujer mayor, de vientre abultado, que sonríe burlona y con un aire malintencionado mientras me pregunta, es Citlalli, la jefa de las cocineras y la amabilidad no parece ser su fuerte. —Yaotl me dijo que sabes cocinar. Debe ser verdad, si no, no te hubieran traído de tu pueblo apestoso para cocinar en la casa del gran Tlatoani Moctezuma. Veremos qué tan buena eres.

El envoltorio frente a mí se siente ominoso. Es un paño blanco de algodón con manchas de sangre fresca proveniente de lo que sea que se encuentra en el interior. Lo desenvuelvo con cuidado, consciente de que las miradas del personal de cocina están puestas en mis movimientos. Al deshacer el último nudo no puedo evitar dar un salto hacia atrás, lo que tengo frente a mí es un muslo humano ensangrentado, todavía con piel y vellos.

Escucho las risas y cuchicheos de los que apostaban por mi reacción. Citlalli se acerca y me dice de mal modo:

—¡Prepara un tlacatlaolli para el Tlatoani! ¡Ni se te ocurra probar nada o lo pagarás con tu vida!

Asiento atolondrada. A decir verdad, nunca he preparado el tlacatlaolli, pero sí sé lo que lleva: agua, maíz y carne. Tampoco he cocinado, ni he visto cocinar nunca carne humana, ¿qué tan difícil puede ser? Desde niña aprendí de mi madre el arte de la cocina y con el tiempo demostré que tenía una habilidad especial para ello. Cada vez que los militares mexicas pasaban por mi pueblo, mi madre y yo fuimos las encargadas de alimentarlos. Así me conoció Yaotl, un jefe militar quien sugirió que yo los acompañara para servir como cocinera del rey en la capital. Mi madre sabía que aquella «sugerencia» era en realidad una orden, y con los ojos arrasados de lágrimas me pidió que no me negara.

Con asco levanto el muslo para llevarlo a lavar y me sorprendo observando unos tatuajes que llaman mi atención. Mi mente retrocede a un día aciago, cuando trajeron los cuerpos de mi padre y de mi hermano mayor, asesinados mientras trabajaban la milpa.

—¿Quién los mató?—. Preguntaba mi madre entre lamentos.

—El «guerrero de los mil tatuajes» —dijo mi tío—. A ellos y a otros más. Ya se dio aviso a la guarnición mexica para que vengan a poner orden.

Mi madre y yo quedamos devastadas. Yo no podía imaginar la vida sin mi querido padre y sin mi hermano. El dolor de la orfandad mordió mi corazón y ya nunca lo soltó. Respecto al asesino, se sabía que era un guerrero de la etnia tarasca, fiero y hábil con las armas y que todo su cuerpo estaba decorado con tatuajes geométricos, los mismos que estaba yo viendo ahora en aquel pesado muslo, al que debía quitarle la piel y luego ponerlo a cocer en agua.

Una vez desollado, aviento la pieza a la olla, con ganas, todo resquemor me abandona, siento placer de ver la carne del asesino de mi familia cocerse furiosamente en la olla de barro. Mientras se cuece, en otro cazo pongo maíz cacahuacintle a cocerse por dos horas con agua y cal viva para que se ablande, poder retirarle la piel y las «cabecitas» de cada grano, lo cual es un proceso laborioso. Luego, se seguirá cociendo y cuando esté listo, el maíz «reventará», ese es el momento en el que ya se puede agregar a la carne, que para entonces debe estar muy blanda y desprendiéndose del hueso.

Uno de los mayordomos, de cara bondadosa, se me acerca. Sabe que soy nueva y quiere hacer plática:

—¿Sabes por qué han traído esta carne para que la prepares? —sin esperar respuesta continúa—. Este muslo es del guerrero Zuanga, capitán de un regimiento enemigo, responsable de muchas incursiones en territorio conquistado por nosotros. Lo capturaron vivo y anoche lo sacrificaron en el templo de Huitzilopochtli, su energía vital alimentará al Sol. El resto del cuerpo será cocinado y comido en casa del guerrero que lo capturó. Han mandado este muslo a nuestro gran Tlatoani como muestra de respeto, y ya que el sacrificado, una vez muerto, pertenece a la divinidad, a la fuente de toda vida, su ingestión es una fuente de la energía originaria, aquella que mantiene con vida al universo. Siéntete muy honrada de estar cocinando esta ofrenda para nuestro rey.

Lo veo alejarse mientras agrego sal y especias. No puedo dejar de pensar en la muerte de Zuanga y lo que eso significa para mí. Una idea se clava en mi mente: comer su carne. Sus acciones trastornaron mi vida y, sería justo que yo, al igual que Moctezuma, pudiera beneficiarme de su energía. Hay un problema, no se puede siquiera probar la comida que viene como ofrenda ritual para el soberano. Miro la carne que baila al ritmo del agua en la olla, hay partes que se han separado ya del hueso, ¿quién echará en falta un pedacito? Observo a mi alrededor, las otras cocineras se encuentran cada una trabajando en sus repectivos guisos, pero los ojos de Citlalli están fijos en mí y en mis movimientos. No será fácil.

El mayordomo que anteriormente me explicó sobre la muerte de Zuanga ha regresado. Le gusta conversar y parece que le agrado. Noto que mientras él platica conmigo, la jefa de cocineras se relaja y atiende otras cosas. El mayordomo se llama Tepiltzin y me platica que al gran Tlatoani se le ofrecen a diario unos trescientos platillos que se acomodarán en braseros para que estén calientes y listos para comer. Gallinas, faisanes, palomas, liebres, conejos, patos, venado, codornices, guajolote, perdices y otras aves, guisadas de diferentes maneras, componen el menú. Lo escucho con interes y le hago preguntas, lo distraigo, y de forma muy casual muevo con una cuchara la olla y sin que nadie se dé cuenta, aparto un buen trozo de carne que oculto tras unas jícaras. Noto mi corazón acelerado, casi no puedo creer lo que acabo de hacer.

Ha llegado el momento de integrar todo. Tepiltzin sonríe al constatar el grato olor que se desprende de la preparación. Tengo que confiar en mi habilidad para sazonar, pues ni siquiera el caldo pude probar.

A estas alturas la cocina se ha vuelto un hormiguero. Tepiltzin se pone a dar órdenes a diestra y siniestra, todo ha de salir perfecto. Un grupo de jóvenes muy agraciadas, sale para disponer los petates y esteras donde se ha de sentar el Tlatoani y sus invitados. Citlalli se asegura que a las mujeres que se pondrán a hacer tortillas en una esquina del comedor real, no les falte nada. Hay un problema con la cantidad de masa de maíz y sale a arreglarlo. Tepiltzin se disculpa conmigo, debe llevar las servilletas de manta nuevas y sin usar para la ceremonia del lavado de manos y también para que el rey se limpie los labios. Una vez usadas se desecharán y nadie las podrá volver a usar. Otras personas llevan la vajilla, de dos diferentes tipos de barro, así como copas de oro. Es el momento que aprovecho para tomar entre mis dedos a Zuanga y metérmelo en la boca. «¡Te capturé!», pienso. Lo mastico disimuladamente, pero con deleite. En verdad quedó muy bien. Sé de primera mano que no acabaré en desgracia por haber guisado mal el Tlacatlaolli.

Imagino que la fuerza de Zuanga ahora corre por mi cuerpo, me siento capaz de enfrentar todo y también me parece que he vengado a los míos. No puedo dejar de pensar que hoy probé lo mismo que comerá el gran Tlatoani Moctezuma, y eso no es poca cosa. Citlalli ha regresado a la cocina y me reprende por sonreír como una boba.

Autor: Ana Laura Piera.

Glosario:

Tenochtitlán: la capital del imperio mexica (mal llamado azteca).

Moctezuma: Moctezuma Xocoyotzin fue «huey tlatoani», (que significa: gran gobernante, gran orador) de México-Tenochtitlán y emperador del imperio mexica. Durante su reinado se dio el primer contacto entre una nación europea, la Corona de Castilla y naciones mesoamericanas. Su imperio fue conquistado por los españoles y tlaxcaltecas bajo el mando del capitán Hernán Cortes.

Petate: estera tejida de hojas de la palma llamada «palma de petate»

Tlacatlaolli: es el precursor del actual «pozole» que se come sobre todo en las fiestas de la Independencia de México. Se sigue haciendo con maíz cacahuacintle y carne de cerdo. Hay diferentes formas de prepararlo: rojo, verde, blanco.

Milpa: Sistema agrícola tradicional conformado por policultivo. La especie principal es el maíz, se acompaña de distintas especies de frijol, calabazas, chiles, tomates,

Huitzilopochtli: Deidad mexica de la guerra.

Jícaras: Cuencos de arcilla o elaborados a partir del fruto del jícaro

Notas:

¿Quiénes fueron los mexicas?

El imperio mexica floreció entre el 1345 y 1521 d.c. y su máxima extensión cubría la mayor parte del norte de Mesoamérica. El estado mexica estaba centrado alrededor de la expansión militar y del predominio político sobre otros pueblos.

Hacer juicios basados solo en el tema de la antropofagia RITUAL, y desde nuestro concepto moderno de moral y ética no es justo. Hay que considerar también otras cosas en las cuales los mexicas destacaron, algunos ejemplos:

Sistema de escritura que les permitió la administración de un Estado complejo.
Educación obligatoria.
Poesía, pintura, arte plumario, música.
Medición del tiempo mediante un calendario.
Sistema legal complejo con tribunales y jueces.
Arquitectura monumental.
Obras de ingeniería hidráulica, como acueductos.
Herbolaria y medicina.
El chocolate.
Joyería de alto nivel en oro y plata, filigranas.
Técnicas agrícolas novedosas como las «chinampas»
Fútbol al estilo mexica con el «juego de pelota»
Obtención de tinte rojo proveniente de insectos como la cochinilla.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

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El mito de la luna

Mi participación para el VadeReto de Agosto, donde la luna debe ser un personaje importante en el relato. Te invito a que entres al enlace para que visites el blog Acervo de Letras.

El Monolito de la diosa de la luna Coyolxauhqui. Su descubrimiento, durante la construcción del metro de la Ciudad de México, fue el preámbulo para la excavación masiva de lo que fue el Templo Mayor de los mexicas

La tarde era gris y soplaba un viento encanijado que revolvía el cabello de María, metiéndoselo en la boca y en los ojos, impidiéndole ver a sus muñecas. Su hermano Alonso pateaba piedras y conforme pasaba el tiempo lo hacía cada vez con más *muina, tanta que una de ellas voló con tal fuerza que acabó rompiendo la maceta de la monstera que reinaba en el patio.

—¡Alonso! —gritó María—. Mamá, te va a…

—¡No me importa! —interrumpió el niño—, y como para que no hubiera duda, se acercó a la malograda maceta y la pateó con furia, terminándola de quebrar y derramando parte de la tierra en las baldosas de piedra. En ese momento salió su madre acompañada de Fermín, el hombre que no era su marido y que a veces la acompañaba. Los niños odiaban esas visitas, pues era cuando tenían prohibido entrar a la casa hasta que Fermín se fuera.

—¡Por fin! —exclamó Alonso airado y se dirigió a su habitación.

María se quedó todavía un rato en el patio, mirando con pena la maceta y a la pobre Monstera, partida en pedazos y con las raíces a la intemperie. Le recordó la foto de Coyolxauhqui que venía en el libro que les había regalado el tío Sergio, que era arqueólogo, acerca de mitos mexicas.

—«Coatlicue, la madre de todos los dioses, se embarazó con una bola de plumas coloridas que cayó del cielo y se la guardó en el pecho. De ahí nacería Huitzilopochtli». Leyó María esa noche.

Alonso le lanzó una mirada de pocos amigos y estuvo a punto de decirle que lo más seguro era que Coatlicue se hubiera embarazado de otra forma, pero se calló. La niña siguió leyendo:

—«Los hijos de Coatlicue, encabezados por la diosa Coyolxauhqui se sintieron ofendidos por lo que consideraraban una deshonra y decidieron matarla». No entiendo, ¿qué hizo de malo Coatlicue?

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! —gritó Alonso y volvió la cara a la pared para ocultar sus mejillas húmedas de coraje.

Al otro día se encontraron con que su madre había salido temprano y los había dejado al cuidado de Valentina. La joven niñera les había calentado tamales y atole de vainilla y los niños se sentaron a la mesa gustosos.

—Leí que en el preciso momento en que sus hijos la iban a matar, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli. Él venía ya vestido como guerrero, equipado con sus armas y con ellas dio muerte a todos sus hermanos —dijo María con la boca llena de tamal.

—¿De qué hablas niña? —dijo Valentina, alarmada, sentándose también a la mesa con un café negro como sus ojos.

—Es del libro que el tito Sergio nos regaló —dijo María.

—Lo he visto, no lo lean, habla de cosas raras y tiene unos dibujos muy feos —advirtió Valentina. ¿Sabe su mamá que lo están leyendo? Ese libro no es apto para niños de su edad.

Por la noche María no encontró el libro y comenzó a llorar desconsolada.

—Te diré lo que sigue, pero calla esos berridos de una buena vez —le dijo Alonso—. Huitzilopochtli le cortó la cabeza a su hermana y arrojó su cuerpo desde lo alto, que al caer, quedó en pedazos. También mató a sus otros hermanos. Coyolxauhqui, entonces, se convirtió en la luna y sus hermanos en las estrellas del cielo. Así, la luna libra siempre una batalla contra el sol durante la noche y la pierde al amanecer.

—¿Y Huitzilopochtli? —preguntó María con los ojos muy abiertos.

—Él se convirtió en el dios del sol y de la guerra.

María fue hasta la ventana de la habitación y desplazó las cortinas para poder ver la luna, que estaba en su fase llena.

—Su madre Coatlicue se salvó, pero Coyolxauhqui no —dijo con pena. Pero es una suerte que la podamos ver ahí, colgada del cielo, como una gran perla. ¿Tú crees que papá la mira también desde el cielo? ¡Quizás él está ahí, viviendo sobre ella!

—¡Ya duérmete! —le dijo Alonso con brusquedad.

Cuando Alonso escuchó la respiración fuerte y rítmica de su hermana que le indicaba que esta dormía, se levantó de la cama y como había hecho antes María, descorrió las cortinas para observar a la luna. Ahí se quedó mucho… mucho rato.

Autor: Ana Laura Piera

*Muina: enojo (México)

Para saber más del mito de Coyolxauhqui y Huitzilopochtli clic AQUI

Nota: Pese a que suelen usarse como sinónimos, los aztecas y los mexicas no eran el mismo pueblo: los primeros eran los habitantes de la mítica Aztlán; los segundos, un grupo que se separó de ellos y que finalmente fundaron y ampliaron el imperio Mexica. Lo más correcto es llamarles mexicas.

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El Viaje de Nochipa – Cuento Corto

Nochipa: en náhuatl significa «Eterna»

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, con la muerte como tema. Tiene algunas condiciones: el escenario deberá ser bastante tétrico y segundo, dentro de la trama debe de haber algún elemento mágico o fantástico. Como buena mexicana y a petición de JascNet, el dueño del blog Acervo de Letras, quien convoca a este reto, traté de explicar un poco de las celebraciones en mi país. Si hay alguna duda no dudes en dejármela en los comentarios y con mucho gusto responderé.

Lo último que recordaba Nochipa, era estar en cuclillas, empapada en sudor. El humo de la resina aromática de copal era tan denso, que ni siquiera podía ya distinguir su vientre embarazado. Algo estaba mal, pues ya no sentía dolor y las desesperadas voces de la comadrona y sus ayudantas le llegaban de muy lejos. Aguzó el oído, pero tampoco escuchó el llanto de su bebé. La envolvió la oscuridad y pensó con resignación que ambos habían muerto en el parto.

Siempre estuvo consciente de que la existencia humana incluía la vida y la muerte. Así como en tiempo de secas todo moría para renacer con la lluvia, la muerte no era absoluta, simplemente se seguía existiendo de otra forma. Por todo lo anterior, se sentía tranquila. Si el fruto de su vientre había fallecido, a él le esperaba un tiempo en el Chichihuacuauhco, donde un árbol nodriza acabaría por amamantarlo y después los dioses lo enviarían de nuevo al mundo de los vivos para que tuviera una segunda oportunidad; y en caso de haber sobrevivido, su padre, Mázatl, le cuidaría con esmero.

En cuanto a ella, dar a luz se consideraba un combate, si perecía en el trance, se volvía una guerrera, y su destino no podía ser más glorioso: acompañar al dios Sol, desde el mediodía hasta que este desaparecía en el horizonte. Antes de eso, correspondía a los guerreros muertos en la guerra o sacrificados ritualmente, escoltar al astro.

Pensó en Mázatl. Su esposo estaría supervisando muy serio que los ritos funerarios se cumplieran a cabalidad. Organizaría a la familia, a las parteras y a las ancianas para resguardar con fiereza sus restos, pues se consideraba que incluso un dedo suyo podía conferir gran poder en la batalla y no faltaría quien quisiera hacerse con una parte de ella para obtener protección y victoria. Lavarían su cuerpo con agua de flores aromáticas y lo depositarían en un templo, junto a ofrendas que le asegurarían su paso y subsistencia en el más allá. La cremación, que era la norma, no aplicaría para ella. Conociendo a Mazatl, estaba segura de que este sentiría un poquito de envidia de su destino junto al Sol.

Nochipa reflexionó que ya era hora de que vinieran a buscarla las Cihuateteo, otras mujeres muertas en la labor de parto, y que serían sus compañeras. Deseaba salir ya de aquella negrura y silencio. La inquietaba no saber dónde se encontraba.

¿Se habrán equivocado los dioses?—se preguntó—. Quizás creían que había muerto ahogada, en cuyo caso iría al Tlallocan, reino de Tláloc, dios del agua. O quizás pensaban que había muerto de cualquier otra cosa y entonces tendría que hacer el temido viaje al Mictlán, donde viajaría por cuatro años, pasando retos y dificultades hasta alcanzar por fin la residencia de la pareja creadora de todos los dioses: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl quienes liberarían finalmente su alma. Esperaba de corazón que los dioses no fueran tan atolondrados y que no la mandaran donde no era.

Estaba atenta por si sentía llegar al perro que acompañaba a los muertos en su viaje al Mictlán y que solo aparecía si en vida, la persona había sido buena con los canes. De repente, como si alguien prendiera una lámpara, apareció una diminuta luz en medio de aquellas tinieblas y hacia allá se dirigió. Conforme se acercaba, aquel resplandor iba en aumento. Se encontró de frente con una ofrenda fuera de lo común: Estaba compuesta por flores amarillas, que reconoció como la tradicional flor de Cempasúchil. La luz provenía de unas «antorchas» muy pequeñitas de color blanco y con una llama insignificante, pero que en conjunto alumbraban bastante. Había también «estandartes» de vivos colores, alusivos a la muerte, hechos de un finísimo papel picado, desconocido para ella. Vió símbolos extraños: unos maderos cruzados, parecidos al nahui ollin, que representaba el eje del cual partían los rumbos del universo. Abundaba la comida y la bebida, algunas servidas en las familiares jícaras, pero otras estaban presentadas en formas tan raras que su idioma no tenía las palabras para describirlas.

¿Se encontraba acaso en su propia tumba? ¿Rodeada de sus ofrendas fúnebres? Parecía improbable dada la cantidad de cosas que no reconocía, además, no veía su cuerpo extendido, o un fardo funerario. Su corazón conoció un nuevo nivel de angustia cuando se dio cuenta de que todo a su alrededor le era ajeno: ni el mobiliario, ni el tipo de construcción, ni los adornos. ¿Y qué clase de magia era esa, que se veían imágenes de personas, como si estuvieran vivas? ¿Dónde se encontraba?

De repente escuchó pisadas suaves y el jadeo de un perro. Se alegró de ver por fin a un Xoloitzcuintle, un perro pelón con tan solo una mecha rebelde de pelo en la coronilla. Soltó un suspiro de alivio: prefería ir al Mictlán y pasar los cuatro años de penurias que asustada en un lugar tan extraño. El «Xolo» se le quedó mirando atenta e inteligentemente y comenzó a caminar hacia las oscuridad, por donde Nochipa había llegado. Daba unos cuantos pasos y luego se volvía hacia ella, parecía querer asegurarse de que lo seguía. «Me está guiando hacia el Mictlán» —pensó, pero estaba equivocada.

Ya no podía distinguir nada, solo escuchaba al perro, pero ese ruido reconfortante, combinación de pisadas y respiración, cesó de repente. Sintió pánico de haberse quedado sin su guía. «Estoy igual que al principio» —supuso desconsolada—.Luego, escuchó música: sonidos de flauta, tambores, y dulces cánticos de mujeres. El corazón se le llenó de regocijo al sentirse rodeada de muchos brazos femeninos que la elevaron y comenzó a vislumbrar finalmente la cálida luz del Sol del atardecer dándole la bienvenida.

Lejos de ahí un par de dioses discutían:

—¡Fue tu culpa!

—Me distraje un poco, pero ya pasó.

—¡Nochipa tuvo un atisbo del futuro!

—No lo entendió, no te preocupes.

—Ya no queda mucho futuro, ¿lo sabes, verdad?

—Claro que lo sé. Pero algo de nosotros, permanecerá por siempre…

Autor: Ana Laura Piera

Nota:

Antes de la conquista española, los mexicas y su imperio, que dominaba en gran parte de Mesoamérica, dedicaba todo un mes de celebraciones funerarias dedicadas a los muertos adultos y otro mes dedicado a los niños de tierna edad o no nacidos. Con la conquista, se da un sincretismo: se juntan las celebraciones prehispánicas con la celebración europea de «Todos los Santos» y se «acortan» las fechas, quedando el 1 y el 2 de noviembre, para celebrar a los que ya partieron.

Gran parte de las celebraciones que vemos hoy, tienen un trasfondo europeo: por ejemplo, el pan de muerto: en la época prehispánica no se conocía el trigo, sino el maíz. También las velas, las cruces cristianas, y otros elementos religiosos que trajeron los españoles. Lo que sí tiene un eco prehispánico son las ofrendas a los muertos, inspiradas en las ofrendas funerarias indígenas que se hacían posterior a la muerte y se repetían anualmente por cuatro años.

Por último, ese concepto de que el mexicano se «ríe» de la muerte, es erróneo. Cualquier mexicano al que se le muere su madre o algún familiar llorará y se sentirá triste. No nos reímos de la muerte, pero la incorporamos a la vida, y le hacemos sus fiestas y bromeamos con ella. Durante las celebraciones de difuntos, se cree que ellos «bajan» y conviven con nosotros. Se «alimentan» de las ofrendas que dejamos. No es tanto que «coman», sino que disfrutan de los olores de las viandas, (esencias volátiles, un poco como ellos) y de los colores vivos (elemento prehispánico) que los guía hacia los hogares de sus descendientes. Reflexión: Con cada persona que fallece, muchas otras quedan en el olvido, aquellas que eran recordadas por el fallecido, quizás ya no quede nadie más que las tenga en la memoria. Mientras recordemos a nuestros muertos, ellos seguirán viviendo.

Autor: Ana Laura Piera

Mi relato en Masticadores.

https://bloguers.net/literatura/el-viaje-de-nochipa-cuento-corto/

Xoloitzcuintle

Un perro entabla un diálogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de México. ¿De qué hablarán?

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX


La vida en la Ciudad de México es muy ajetreada: todos los días por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehículos y perros callejeros. Un día por la esquina de las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condición que no se advertía a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endémica de México, muy apreciada y con una estrecha relación con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y después se convirtió en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispánica con la imagen de una cabeza de serpiente. Esta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo están ocultos.

La serpiente de piedra olió al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en México a esta raza en particular), y se estremeció, pero no dijo nada. El animal empezó a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Así pasó un rato.

—¿No te molesta no poder ver? —preguntó al fin el “xolo”.

—No —dijo la serpiente—, me dejaron libre lo más importante, mi nariz. A través de ella puedo oler y así percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso —dijo refiriéndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlán, capital de los Mexicas.

—¿Hueles la ciudad? —preguntó el “xolo”.

—Sí. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte.

El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear también aquellos recuerdos.

—Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. Se refería a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que había estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra exactamente iguales a su interlocutora.

La serpiente suspiró. Fue un suspiro largo y nostálgico. Llevaba casi quinientos años «incrustada» de forma humillante en aquel edificio colonial.

—Si quieres —dijo el “xolo”—, te puedo liberar. Lo sabes bien.

—No, déjame un rato más aquí. Tengo la esperanza que un día caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, saborear con mi lengua su destrucción.

—No apostaría a eso —respondió el “xolo”—, pero bueno, es tu elección. Me voy. Regresaré después a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo seré quien te guíe. Ese día descansarás.

La serpiente suspiró nuevamente y luego calló. La gente que pasaba no advirtió que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacía se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza, llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufrió otra transformación: su cuerpo de perro cambió a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xólotl, el dios prehispánico del ocaso y de los espíritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, el inframundo.

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/xoloitzcuintle-relato-corto/