La Profecía – Microteatro.

Mi participación en el reto del Microteatro de Octubre, del blog Literature & Fantasy de Merche Soriano. Condiciones: los personajes serán un rey, una reina, un niño pequeño y dos personajes extras que uno decida.

Personajes:

El Rey

La Reina

Freddo. Joven Jefe de la guardia personal del rey.

Aradia. Hechicera.

Un bebé.

Escena Primera:

Una habitación palaciega. En una cama yace la reina agotada y delirante. Las sábanas están manchadas de sangre, el piso también. El rey se pasea nervioso, en la mano tiene un puñal ensangrentado, sus ropas también están salpicadas de rojo. Se abre una puerta y entra Freddo.

—¿Me llamó señor? (Freddo se queda viendo la escena, atónito, su mirada va de la reina, al rey, al puñal).

—Freddo, el heredero al trono nació muerto. Acabo de dar muerte al médico, sospecho que él hizo algo para que mi hijo se malograra. Ahora pienso que ese maldito debió ser un mago. Se lo han llevado ya. También he dispuesto que desaparezcan el cuerpecito del bebé. La reina no sabe lo que ha sucedido, ni debe saber.

—¿Qué?

—Estamos al borde de una rebelión por no haber un heredero. Necesito que me traigas un bebé esta misma noche. No me importa saber detalles, necesito un bebé para hoy mismo y contar con tu silencio para siempre.

—Haré como usted me lo pide señor. (Poniendo rodilla en tierra y llevándose la mano al corazón).

Escena Segunda:

Una casa humilde de pueblo, una mujer de unos 45 años, amamanta un recién nacido. Irrumpe Freddo con su espada desenvainada.

—¡Aradia!

La mujer se pone de espaldas protegiendo al bebé.

—¿Qué buscas Freddo?

—Al niño. ¡Sustituirá al bebé que les ha nacido muerto al rey y a la reina!

—¡No! —exclama Aradia.

—Sabes que te puedo hundir, eres una hechicera y en este reino las artes oscuras están prohibidas. No sé por qué razón no te he denunciado. Dame al niño, no causes problemas y vivirás. Además, él tendrá una mejor vida que la que tú puedas darle. ¡Mira que tener otro hijo a tu edad!

Le arrebata el bebé que empieza a llorar.

—Si hablas de esto con alguien —dice Freddo con el niño en brazos y actitud amenazante—, morirás tú y él también.

—Freddo ¿cómo puedes hacerme esto? ¡Soy tu madre! ¡Y este niño es tu hermano!

—¡Hace mucho renegué de todo parentesco contigo! Eres una vulgar hechicera. Te estaré vigilando, como lo he hecho desde el día que entré al servicio del rey. No interfieras con sus planes o acabarás colgada del muro —Freddo sale y deja a Aradia llorando.

—Hijo mío, ¿qué mal te hice para que hoy hagas esto? ¿Por qué tenías que llevarte a mi bebé para que crezca con extraños?

(Aradia deja de llorar y se pone rígida, con los miembros crispados, la luz cambia, la envuelve una neblina extraña y se oye su voz, pero con un timbre diferente, firme, profundo, ominoso).

—De aquí a 10 años, ese niño que te has llevado trastocará todo, destronará antes de tiempo al rey y se erigirá como un nuevo gobernante y yo estaré a su lado. La magia se volverá a permitir en el reino y nadie sufrirá por tener este tipo de dones. Se arrepentirán de esto y será muy tarde.

Se cierra el telón.

Autor: Ana Piera.

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Resurrección – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de Junio, con el temá «oráculo»

—¡Huiste niña! ¿Valió la pena?

—¿Me conoces?

Había entrado a la tienda de la adivina itinerante en busca de un remedio o una explicación a los extraños síntomas que venía experimentando. Aunque al entrar, deseé no haberlo hecho. Era un lugar oscuro y claustrofóbico. Comencé a sudar y por momentos sentí náuseas. Una anciana de mirada ladina y cabellos largos, blancos y desordenados, que asemejaba más una hechicera, parecía esperarme.

—Tú y yo ya nos conocemos, aunque no quieras recordarlo. Me llamo Maurila— dijo con voz rasposa.

Es la primera vez que te veo —respondí molesta, a mí no me iban a decir cosas que no eran. Me volví hacia la puerta para salir.

—Te llamas Laira, y sueñas que sales con mucha dificultad de la negrura, a tu alrededor solo hay muertos.

Tragué saliva, conocía mi nombre y el sueño recurrente que me estaba atormentando. Bueno, después de todo era una adivina, pero al parecer, sí era una de las buenas. Voltee para mirarla.

—No has querido enfrentar tu destino. Sentenció.

—¿De qué hablas? —dije, secándome la frente con el dorso de la mano.

—Hace dos años tres guerreros legendarios fueron despertados de entre los muertos para ayudar a salvar la ciudad de Fadonia, luego, solo dos regresaron a sus tumbas. Tú te negaste a volver a los brazos de la muerte y elegiste no recordar nada, pero nadie burla al destino, niña, nadie.

Casi de inmediato mi mente conjuró escenas que se me antojaban ajenas, a pesar de, en el fondo, saber que yo las había experimentado: la deliciosa, vivificante, sangre recién recolectada de guerreros vivos filtrándose en una tumba. Un cuerpo, no del todo consumido, abriéndose furioso paso a través de la tierra hasta emerger en medio de la noche fría. Presentir, temblando de placer, el cielo nocturno, pues desde unas cuencas oculares, casi vacías de tejido, no se podía ver gran cosa. Esa mujer, Maurila, frente a mis despojos, pronunciando un hechizo impronunciable que restauró mi cuerpo. Más tarde, una batalla que trajo el triunfo, días de alegría y celebraciones, y luego…

—Te fuiste, subiste a tu caballo dejando atrás tus insignias de guerrera y nadie supo de tu paradero —en su voz había reproche—. Nadie, excepto yo, que te he seguido de cerca. Mírate ahora, el tiempo extra que has tomado a la fuerza, tiene un costo, ya no puedes comer y estás casi en los huesos, apenas toleras beber agua, las fuerzas te abandonan, y, ¡esos sueños! Créeme, no tendrás paz hasta que regreses a donde perteneces.

—No quiero regresar —dije débilmente— ¡No soporto la desolación del sepulcro! La vida es demasiado preciosa. Me preguntaste si había valido la pena. ¡Sí! ¡Mil veces sí! Por sentir el aire y el calor del sol sobre mi piel, lo volvería a hacer. No quiero privarme de eso ni de todo lo que aún no he podido volver a experimentar.

—¡Debes hacerlo! De aquí a ocho años te volveré a despertar, pues Fadonia nuevamente necesitará toda la ayuda posible. Volverás a saborear la vida, será un periodo de gracia, unos días de plenitud, una dádiva negada a la mayoría, y luego…

—¡Regresaré a esa horrible tumba!

La mirada de Maurila ahora se había suavizado con una mezcla de lástima y ternura. Puso frente a mí un frasco de cristal con un líquido blancuzco dentro.

—Bébelo, te prometo que la transición será indolora. Yo me ocuparé de tu cuerpo.

—No… —mi voz sonó como el débil aullido de un animal moribundo.

—Si no lo haces, de todas maneras te alcanzará el destino, mas no habrá nadie que haga lo necesario para asegurar que puedas volver. Donde te pille la muerte, ahí quedarás y no podrás nunca más salvar a tu amada ciudad.

Durante un rato que se me antojó una eternidad miré el frasco, luego lo tomé con manos temblorosas, lo acerqué a mis labios.

—Prométeme algo —le supliqué—, entiérrame de nuevo en Fadonia. Busca un lugar alegre, al que nunca le falten las flores, donde me llegue el bullicio de la vida.

—Lo prometo —dijo Maurila—. No te preocupes, nos volveremos a ver. Los muertos no tienen consciencia del tiempo, aunque, lamentablemente, sí de su estado. Descansa. Confía en mí. Volverás a ver la luz de un nuevo día.

Bebí la pócima y me deslicé suavemente en la muerte, a la espera de mi siguiente resurrección.

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Autor: Ana Laura Piera.