Desde que Germán supo la noticia experimentó cinco noches seguidas de duermevela. Sus hermanos estaban contentísimos pero él sufría. De día se hacía el fuerte y en la maleta metía con resolución su pequeño calzón de baño color azul, visor acuático y aletas. «Mamá, papá, ahora sí me voy a meter al mar, lo prometo». Mas durante la noche soñaba que el océano lo tragaba de una enorme y oscura bocanada, y su inevitable caída hacia el fondo marino era observada por terroríficas criaturas. Se levantaba empapado, y con el corazón martillándole en el pecho extirpaba de la valija su equipo playero.
Llegó la fecha de la partida y sentado junto a la ventanilla —lugar disputado, pero que se le asignaba siempre a él pues era propenso a los vómitos—, miraba la algarabía de todos y se sentía en otro planeta. Su padre acostumbraba parar donde se avistaba el mar por primera vez y se tomaban la primera foto del viaje, entonces una mueca extraña se instalaba en su rostro al oír el bramido del monstruo, tan cercano ya… tan ineludible.
Al otro día muy temprano todos estarían chapoteando en la orilla de la playa mientras él, vestido con jeans, zapatos, camiseta de manga larga y embadurnada la cara de bloqueador solar, pasearía nervioso, con la boca seca, alrededor de la sombrilla familiar. Miraría a sus padres con resentimiento cuando éstos le preguntaran entre risas si ahora sí se metería al agua y el respondería tartamudeando: «Qu…qui…zás m…ma…ma…ña…na»
250 palabras
*La talasofobia es el terror incontrolable al océano, que nace de forma irracional y provoca ataques de pánico al acercarse al mar. No importa lo seguro que sea el entorno marítimo al que se aproxima, ya que una persona con talasofobia lo teme incluso en su imaginación. Es un miedo intenso y exagerado, que se puede disparar por muchísimas causas asociadas a las masas de agua grandes.
Imagen tomada de Unsplash En algún lugar lo había leído, o acaso fue el tema de una película, o tal vez un videojuego que jugó en casa de algún amigo; como haya sido, el caso es que la idea le retumbaba en el cerebro desde entonces. Era una idea loca, sucia, imposible, pero […]
Llegando a casa vio con desmayo una fila inquieta de seres fantásticos que querían entrar y hablar con ella. En cuanto la vieron se armó un barullo, y la ya de por sí desordenada fila comenzó a perder aún más la compostura: hubo codazos, mordiscos, arañazos y gritos. Todos querían entrar y ser atendidos. Ella los calmó con palabras suaves y prometió que hablaría con todos. Entró y cerró la puerta. Corrió a servirse un tequila que se tomó de un jalón y luego se dirigió al despacho, donde se dejó caer pesadamente en su sillón. Pidió a su ayudante que fuera dejando entrar, uno por uno, a los que esperaban afuera.
Un enorme perro de ojos rojos fue el primero. Era enorme y más que perro parecía un lobo. Se quedó un rato en el dintel de la puerta, con el negrísimo pelo erizado y enseñando sus temibles colmillos. Tenía una mirada aguda que revelaba una inteligencia superior. Se acercó cauteloso a una de las sillas y entonces sufrió una dramática transformación: en un parpadeo el perrazo se había convertido en un hombre de rasgos indígenas, tez del color del cobre y la misma mirada aguda y penetrante.
—Estoy muy molesto —dijo en voz baja, pero firme mientras tomaba asiento. La aprendiz de escritora pensó en lo bien que le vendría otro tequila, pero mejor comenzó a prestar atención a lo que decía el hombre. —Estoy frustrado con mi vida y tú eres la causante, me siento enfermo de no poder cumplir mi deseo y hacer mía a esa mujer. Ana recordaba el relato surgido de su pluma: el «nahual»(*) se transformaba todas las noches en un perro y escabulléndose entre las sombras, entraba en la habitación de la joven que él deseaba. —Sí, recuerdo tu cuento. —Podías haber omitido el detalle del romero y las tijeras que la madre de esa chica deja todas las noches bajo su lecho; de esa forma yo ya la hubiera hecho mía. Ahora estoy condenado por siempre a llegar tan cerca sin poder hacer nada. Te viste muy cruel. Ella recordaba aquel detalle: el romero y las tijeras en cruz impedían al «nahual» acercarse al objeto de su deseo. —Te prometo pensar en eso. Si lo reescribo, te dejaré el camino libre. —Espero que no me estés dando falsas esperanzas —dijo el «nahual», levantándose de la silla y regresando en un parpadeo a su forma perruna. Antes de irse le dirigió un gruñido amenazador.
Suspiró aliviada. ¿Quién seguiría ahora? Entró un hombre bien parecido, pero con mirada de loco —¿Los has visto? —Preguntó. Ella le miró con extrañeza —Si, mis dedos… No los encuentro… Estaban conmigo allá afuera y de repente se soltaron de mí. Los vi entrar a tu casa. Ana recordó al hombre: era el protagonista de un relato extraño, en donde el pobre se desarmaba a diario como un rompecabezas, y tenía que estar buscando sus partes perdidas. Sintió pena por él, en verdad lo había condenado a un destino demasiado triste. El hombre le enseñó las manos. En cada una había cinco huecos rosados en el lugar donde debían estar los dedos. —Mi asistente te ayudará a encontrarlos. —Es terrible ¿Por qué me obligaste a vivir en un relato donde a diario amanezco roto? Me siento muy desdichado. —Te entiendo, de verdad… —Ana sentía mucha pena por él y no sabía ni qué decir para consolarlo. —No lo creo —continuó el hombre—, no sabes lo que es amanecer sin oídos, o sin piernas, tener que andar buscando en la basura tus dedos o correr por toda la casa tratando de alcanzar un brazo o un ojo. Para colmo, escribiste que mi novia me dejaba. —Escucha, no prometo nada, pero veré que puedo hacer por ti —dijo su creadora. —Iré ahora a buscar mis dedos —dijo él, enfadado, yfrente a la puerta usó uno de sus codos para abrirla, y para cerrarla usó sus pies cerrándola con violencia y haciendo un ruido tan fuerte que Ana saltó en su silla.
El asistente ya estaba haciendo pasar al siguiente de la fila, pero Ana le hizo ademán de que esperara un poco. Se sentía abrumada, era como una madre oyendo los reclamos de sus hijos ¿No habría nadie afuera que estuviera un poquito agradecido con ella? Después de todo, les había dado la vida. Los había parido uno por uno y en cada parto había dejado un trozo de ella misma. Se asomó por la ventana y dio instrucciones a su asistente, este hizo pasar a una mujer de aspecto frágilaunque aún no era su turno. El descontento en la fila se hizo sentir y el pobre ayudante tuvo que salir a calmarloscomo pudo.
Esta vez la aprendiz de escritora tomó la iniciativa: —¿Eres la Mujer Pájaro verdad? Ella asintió y al mismo tiempo se volteó para mostrarle la espalda, de donde se asomaban, por unas aberturas de su blusa, un par de alas blancas, pequeñas, pero muy hermosas. —¡Qué lindas! —dijo Ana—, cualquiera desearía tener unas alas así y volar por los cielos; debes de haber visto cosas increíbles. La Mujer Pájaro esbozó una media sonrisa y luego preguntó —¿Recuerdas el final del relato? Ana recordaba no solo el final, sino todo el relato, pues era uno de sus favoritos: La mujer era un ama de casa común y corriente y un día perdía su voz humana y empezaba a piar como los pájaros. Le daban ganas de comer comida de aves y le crecían alas. Su familia no la pudo comprender y la hizo a un lado. Una noche, la mujer salió de casa y se fue a un cerro muy alto que miraba hacia el océano. Sus alas parecían estar ansiosas por volar y tras desnudarse se colocó a la orilla del precipicio. Al recordar el final, Ana se estremeció —¿Saltaste? La Mujer Pájaro la miró molesta —No escribiste si salté o no, simplemente me dejaste ahí a la orilla del abismo. Y ahí sigo, me quedé como en suspenso. —Yo siempre imaginé que habías saltado y volado. —Pero no lo escribiste, y si no está escrito, no pasó —dijo la mujer alada mirando a Ana con intensidad. —Lo haré, escribiré que tuviste el vuelo más glorioso de todos. —Una cosa más ¿Podrías escribir acerca de un hombre pájaro bien parecido? Me hace falta compañía. —Claro, lo que tú digas.
La mujer se fue bastante satisfecha, pero Ana se sentía desgraciada. De repente sintió deseos de no ver a nadie más: Aún faltaban varios fantasmas, un mago, una puta y su asesino, unos hermanos incestuosos etc. No, en verdad que no tenía ánimo para más reclamos. “Soy una aprendiz de escritora muy mediocre”, pensó. De repente escuchó una voz omnipresente que dijo: —Lo siento, estoy trabajando en otro final para tu historia, no te desanimes. Ahí supo que ella era también, el personaje de algún cuento.
Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla
Puedes leer los relatos mencionados en este cuento, te dejo los links:
Si te gustó compártelo. Si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido y muchas gracias por pasar.
(*) Nahual, (en náhuatl: nahualli, ‘oculto, escondido, disfraz’dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.
La angustia de la noche anterior casi se borra del todo al contemplar mi primer amanecer en este mundo: tres magníficos soles, como esferas incandescentes colgadas de un cielo de tintes violáceos, me han dado la bienvenida. De un mar lejano me llega un murmullo de olas, bramidos formidables atenuados por la distancia.
Mi nave se averió y me vi obligado a descender en este extraño planeta, estoy solo, lejos de los míos y, sin embargo, la belleza de este amanecer me da esperanza. Cuando se terminaba la provisión de oxígeno de mi traje espacial, decidí quitarme el casco protector. Aunque sabía que había una atmósfera no sabía si esta podía sostener mi vida. Estaba preparado a morir. Incluso había imaginado el ruido sordo que harían mis pulmones al estallar dentro de mí. Pero para mi sorpresa, me encontré con que podía respirar el aire de este mundo. Inhalo y exhalo un aire dulzón que me recuerda el olor de unos caramelos que nos daban como recompensa por portarnos bien cuando mis hermanos y yo éramos niños.
La fuerza que me dan estos recuerdos se ve opacada ante la visión de mi nave rota e inservible. Un lúgubre pensamiento invade mi mente: «Moriré solo en este lugar».
Me han despertado unas cosillas que flotan en el aire, rozaron mi rostro y me hicieron estornudar. Son transparentes y luminosas, de movimientos lentos y sincronizados; si me quedo quieto y cierro mis ojos, puedo pensar que son caricias, si, caricias de este mundo a mi cuerpo maltrecho, creo que me dicen que no desmaye, que todo estará bien.
Definitivamente dejé mi nave, nada puedo hacer con ella. Me alejo y lloro, no sé que será de mí. La incertidumbre duele, el miedo aprisiona mi corazón.
Te vi mirándome mientras te ocultabas detrás de un cerro transparente. ¿Acaso no ves que te puedo ver a través de él? Primero sentí temor y luego una inmensa alegría, ¡por fin! ¡Alguien! Fui corriendo a tu encuentro, pero cuando pensé alcanzarte habías desaparecido… ¿regresarás? ¿O eres acaso una mala broma de mi mente? Siento tu presencia muy cerca, a veces te veo, otras te adivino, unas más te huelo. Hueles al aire salobre que se respira a la orilla del mar.
No sé quién eres ¡vaya! Con esos tres ojos asomados en tu rostro y ese par de corazones latiendo furiosos dentro de tu pecho ni siquiera sé “qué” eres; solo sé que me buscas y yo te necesito. ¿Llegaré a conocerte? Ahora soy yo el que te sigue, busco tus huellas de siete dedos, necesito encontrarte.
Un nuevo amanecer nos sorprende sin saber a ciencia cierta dónde acabas tú y dónde empiezo yo. Poco a poco me vuelvo uno contigo, me integro feliz a tu ser, me acomodo en ti aunque siento que me faltan extremidades y sentidos para colmar tu ávido cuerpo, lleno de multiplicidades. Hoy ya no hay ayeres para mí, solo puedo pensar en mañanas contigo, mañanas que inician como hoy: con esos tres magníficos soles dorados como testigos de este abrazo infinito.