El Viaje.

Mi participación en el VadeReto de Agosto. La premisa es escribir un relato con el tema: la playa.

Esta mañana, las olas lamen lento la arena dorada, y a ratos, con un poco más de impulso, alcanzan mis pies desnudos, relajándome, y abriendo la puerta a los recuerdos…

En la ruta iba aparentemente sola, nadie más sobre el camino. Lo cierto es que arriba había una procesión de vehículos voladores cuyos ocupantes se asomaban divertidos. La visión de una mujer mayor pedaleando en una anacrónica bicicleta sobre la carretera desierta, no era para menos. Quizás esas personas se burlaban o me veían como bicho raro, pero yo los compadecía, el cielo era tan amplio y, sin embargo, ellos tenían que constreñirse a rutas ya marcadas o les quitarían su licencia de volar. El resultado eran unas filas enormes de esas naves, en ambos sentidos, como largos gusanos arrastrándose lento. No había tanta libertad en el cielo, pero ya pocos querían regresar a la tierra y utilizar las carreteras, que se conservaban para emergencias, y para algunos testarudos como yo, que nunca quise aprender a manejar otra cosa.

De tanto en tanto, Dominga, mi fiel compañera, se asomaba de su canasta para otear con interés el camino por delante, y luego me miraba a mí, quizás asegurándose de que yo aún tenía fuerzas para llevarnos a las dos a donde fuera que íbamos. Yo la acariciaba, hundiendo mis dedos en la tibieza peluda de su cabeza hasta sentir su pequeño cráneo, y ella soltaba un maullido de satisfacción antes de regresar a su refugio debajo de las frazadas mientras yo sudaba la gota gorda. Pudimos haber tomado un transporte público que nos llevara más rápido, pero la idea del viaje en bicicleta, me sedujo. Necesitaba sentirme viva y libre, no pensar en el futuro y apreciar las pequeñas cosas, como el aire en mi cara, respirar aire limpio, y dejar que la naturaleza nos cobijara durante un tiempo. De día viajábamos y de noche acampábamos donde podíamos.

Cuando iniciamos el recorrido, tres semanas habían pasado desde mi última consulta médica. En un consultorio de asépticas paredes blancas, un androide-doctor de rostro inexpresivo me explicó que, de todas las enfermedades posibles, me había tocado la única que ha sobrevivido el paso de las épocas y que a pesar de los grandes avances en medicina, muchas veces sigue siendo incurable, como era mi caso. Me despedí asegurándole que pensaría sobre las opciones ofrecidas, siendo la mayoría, cuidados paliativos. Lo que realmente hice fue comprar la bicicleta en una tienda de antigüedades, equiparla, y empezar un recorrido para ir a conocer la playa al lado de Dominga. No estaba dispuesta a dejar que un cáncer insidioso me lo impidiera.

A veces tenía la sensación de que no teníamos prisa, pues nadie nos esperaba, entonces bajaba el ritmo de mi pedaleo, otras, sentía que debía apurarme, que el tiempo se me iba a acabar y que no alcanzaría a conocer la playa. También me llenaba de angustia pensar que si yo moría en el camino, ¿qué iba a ser de mi gata? La tenía desde que era un cachorro y ya había hecho arreglos para que una de mis amigas se quedara con ella tras mi partida. Para eso, Dominga y yo debíamos hacer juntas el viaje de regreso.

Estando ya muy cerca de nuestra meta, a Dominga le entró un desgano extraño y ya no quiso comer. Dejó de asomarse y permanecía oculta en su canasta. Hubo noches en que debí darle medicina para la fiebre. Quizás un bicho la había picado. Pedaleé con más ahínco, acortando la distancia lo más rápido que podía, pero a duras penas llegó viva a la clínica donde la revisaron y, una vez más, la modernidad nos fallaría a mi gata y a mí, pues ya nada la podía salvar.

Cumplir mi sueño mientras Dominga se me moría en los brazos fue una experiencia agridulce. Nada me había preparado para el encuentro con esa vasta extensión líquida, cuya superficie parecía ser la piel de un ser descomunal. «¡Llegamos Dominga! ¡La playa! ¡El mar!» El cuerpo se me quebró al sentir a Dominga partir. El mar se hizo uno con mis lágrimas. Se me debe de haber notado a leguas la pena, pues un hombre de barba blanca y velludos brazos se acercó y me ofreció ayuda. «Aquí está mi casa» dijo, señalando una casita blanca, tradicional, como las de antes, no las moles giratorias de cristal que tenemos hoy. Entre los dos enterramos a mi gata en su terreno aledaño a la playa. «Espere un momento» —dijo, y desapareció atrás de la casa y cuando regresó traía un ramito de flores recién cortadas para la tumba. Un calorcito arropó en ese momento a mi corazón.

«Me llamo Marcos»

«Soy Lorena» y luego le solté de sopetón: «Y también estoy por morirme».

Marcos no quiso que me fuera, ni yo quise dejarlo a él. La playa ha sido testigo de muchas tardes donde me he refugiado de la muerte acechante en sus labios y en sus brazos de mono. Una sola vez me preguntó si no quería seguir las instrucciones del doctor que me vio previamente, o si quería ver uno nuevo. Le dije que no quería ver a nadie, solo a él y respetó mi sentir. Le he pedido que ponga mis cenizas junto al cuerpo de Dominga, mirando al mar, y que mi bicicleta la regale a alguien que no tenga puestos los ojos en congestionadas autopistas aéreas. Me lo ha prometido. Yo ahora no evito soñar con otros caminos que pronto conoceré, y con suerte, Dominga me estará esperando.

Autor: Ana Laura Piera

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El Sabor del Poder.

Mi segunda participación para el VadeReto de Junio, con el tema: «La receta».

Es de madrugada y todas se están levantando. Yo estoy hecha trizas, no creo haber dormido más de tres horas. Recuerdo haber llegado ya muy avanzada la noche, después de un viaje de días caminando desde mi pueblo hasta Tenochtitlan. Me hicieron entrar en un recinto amplio, bien encalado y de techo alto, iluminado débilmente por unas antorchas. Ahí dormían muchas mujeres sobre petates. Yaotl, el hombre que me trajo, me explicó que eran las cocineras reales. Una vez que me indicó un lugar, me derrumbé ahí. Mi cansancio me hizo ignorar el dolor de mis pies ampollados y doloridos y caí en un sueño profundo.

Esta mañana, todo me es extraño: la prisa, la sofisticación de los aposentos, amplios y bien equipados, las personas tan solemnes.

—¿Así que tú eres la nueva?—. Aquella mujer mayor, de vientre abultado, que sonríe burlona y con un aire malintencionado mientras me pregunta, es Citlalli, la jefa de las cocineras y la amabilidad no parece ser su fuerte. —Yaotl me dijo que sabes cocinar. Debe ser verdad, si no, no te hubieran traído de tu pueblo apestoso para cocinar en la casa del gran Tlatoani Moctezuma. Veremos qué tan buena eres.

El envoltorio frente a mí se siente ominoso. Es un paño blanco de algodón con manchas de sangre fresca proveniente de lo que sea que se encuentra en el interior. Lo desenvuelvo con cuidado, consciente de que las miradas del personal de cocina están puestas en mis movimientos. Al deshacer el último nudo no puedo evitar dar un salto hacia atrás, lo que tengo frente a mí es un muslo humano ensangrentado, todavía con piel y vellos.

Escucho las risas y cuchicheos de los que apostaban por mi reacción. Citlalli se acerca y me dice de mal modo:

—¡Prepara un tlacatlaolli para el Tlatoani! ¡Ni se te ocurra probar nada o lo pagarás con tu vida!

Asiento atolondrada. A decir verdad, nunca he preparado el tlacatlaolli, pero sí sé lo que lleva: agua, maíz y carne. Tampoco he cocinado, ni he visto cocinar nunca carne humana, ¿qué tan difícil puede ser? Desde niña aprendí de mi madre el arte de la cocina y con el tiempo demostré que tenía una habilidad especial para ello. Cada vez que los militares mexicas pasaban por mi pueblo, mi madre y yo fuimos las encargadas de alimentarlos. Así me conoció Yaotl, un jefe militar quien sugirió que yo los acompañara para servir como cocinera del rey en la capital. Mi madre sabía que aquella «sugerencia» era en realidad una orden, y con los ojos arrasados de lágrimas me pidió que no me negara.

Con asco levanto el muslo para llevarlo a lavar y me sorprendo observando unos tatuajes que llaman mi atención. Mi mente retrocede a un día aciago, cuando trajeron los cuerpos de mi padre y de mi hermano mayor, asesinados mientras trabajaban la milpa.

—¿Quién los mató?—. Preguntaba mi madre entre lamentos.

—El «guerrero de los mil tatuajes» —dijo mi tío—. A ellos y a otros más. Ya se dio aviso a la guarnición mexica para que vengan a poner orden.

Mi madre y yo quedamos devastadas. Yo no podía imaginar la vida sin mi querido padre y sin mi hermano. El dolor de la orfandad mordió mi corazón y ya nunca lo soltó. Respecto al asesino, se sabía que era un guerrero de la etnia tarasca, fiero y hábil con las armas y que todo su cuerpo estaba decorado con tatuajes geométricos, los mismos que estaba yo viendo ahora en aquel pesado muslo, al que debía quitarle la piel y luego ponerlo a cocer en agua.

Una vez desollado, aviento la pieza a la olla, con ganas, todo resquemor me abandona, siento placer de ver la carne del asesino de mi familia cocerse furiosamente en la olla de barro. Mientras se cuece, en otro cazo pongo maíz cacahuacintle a cocerse por dos horas con agua y cal viva para que se ablande, poder retirarle la piel y las «cabecitas» de cada grano, lo cual es un proceso laborioso. Luego, se seguirá cociendo y cuando esté listo, el maíz «reventará», ese es el momento en el que ya se puede agregar a la carne, que para entonces debe estar muy blanda y desprendiéndose del hueso.

Uno de los mayordomos, de cara bondadosa, se me acerca. Sabe que soy nueva y quiere hacer plática:

—¿Sabes por qué han traído esta carne para que la prepares? —sin esperar respuesta continúa—. Este muslo es del guerrero Zuanga, capitán de un regimiento enemigo, responsable de muchas incursiones en territorio conquistado por nosotros. Lo capturaron vivo y anoche lo sacrificaron en el templo de Huitzilopochtli, su energía vital alimentará al Sol. El resto del cuerpo será cocinado y comido en casa del guerrero que lo capturó. Han mandado este muslo a nuestro gran Tlatoani como muestra de respeto, y ya que el sacrificado, una vez muerto, pertenece a la divinidad, a la fuente de toda vida, su ingestión es una fuente de la energía originaria, aquella que mantiene con vida al universo. Siéntete muy honrada de estar cocinando esta ofrenda para nuestro rey.

Lo veo alejarse mientras agrego sal y especias. No puedo dejar de pensar en la muerte de Zuanga y lo que eso significa para mí. Una idea se clava en mi mente: comer su carne. Sus acciones trastornaron mi vida y, sería justo que yo, al igual que Moctezuma, pudiera beneficiarme de su energía. Hay un problema, no se puede siquiera probar la comida que viene como ofrenda ritual para el soberano. Miro la carne que baila al ritmo del agua en la olla, hay partes que se han separado ya del hueso, ¿quién echará en falta un pedacito? Observo a mi alrededor, las otras cocineras se encuentran cada una trabajando en sus repectivos guisos, pero los ojos de Citlalli están fijos en mí y en mis movimientos. No será fácil.

El mayordomo que anteriormente me explicó sobre la muerte de Zuanga ha regresado. Le gusta conversar y parece que le agrado. Noto que mientras él platica conmigo, la jefa de cocineras se relaja y atiende otras cosas. El mayordomo se llama Tepiltzin y me platica que al gran Tlatoani se le ofrecen a diario unos trescientos platillos que se acomodarán en braseros para que estén calientes y listos para comer. Gallinas, faisanes, palomas, liebres, conejos, patos, venado, codornices, guajolote, perdices y otras aves, guisadas de diferentes maneras, componen el menú. Lo escucho con interes y le hago preguntas, lo distraigo, y de forma muy casual muevo con una cuchara la olla y sin que nadie se dé cuenta, aparto un buen trozo de carne que oculto tras unas jícaras. Noto mi corazón acelerado, casi no puedo creer lo que acabo de hacer.

Ha llegado el momento de integrar todo. Tepiltzin sonríe al constatar el grato olor que se desprende de la preparación. Tengo que confiar en mi habilidad para sazonar, pues ni siquiera el caldo pude probar.

A estas alturas la cocina se ha vuelto un hormiguero. Tepiltzin se pone a dar órdenes a diestra y siniestra, todo ha de salir perfecto. Un grupo de jóvenes muy agraciadas, sale para disponer los petates y esteras donde se ha de sentar el Tlatoani y sus invitados. Citlalli se asegura que a las mujeres que se pondrán a hacer tortillas en una esquina del comedor real, no les falte nada. Hay un problema con la cantidad de masa de maíz y sale a arreglarlo. Tepiltzin se disculpa conmigo, debe llevar las servilletas de manta nuevas y sin usar para la ceremonia del lavado de manos y también para que el rey se limpie los labios. Una vez usadas se desecharán y nadie las podrá volver a usar. Otras personas llevan la vajilla, de dos diferentes tipos de barro, así como copas de oro. Es el momento que aprovecho para tomar entre mis dedos a Zuanga y metérmelo en la boca. «¡Te capturé!», pienso. Lo mastico disimuladamente, pero con deleite. En verdad quedó muy bien. Sé de primera mano que no acabaré en desgracia por haber guisado mal el Tlacatlaolli.

Imagino que la fuerza de Zuanga ahora corre por mi cuerpo, me siento capaz de enfrentar todo y también me parece que he vengado a los míos. No puedo dejar de pensar que hoy probé lo mismo que comerá el gran Tlatoani Moctezuma, y eso no es poca cosa. Citlalli ha regresado a la cocina y me reprende por sonreír como una boba.

Autor: Ana Laura Piera.

Glosario:

Tenochtitlán: la capital del imperio mexica (mal llamado azteca).

Moctezuma: Moctezuma Xocoyotzin fue «huey tlatoani», (que significa: gran gobernante, gran orador) de México-Tenochtitlán y emperador del imperio mexica. Durante su reinado se dio el primer contacto entre una nación europea, la Corona de Castilla y naciones mesoamericanas. Su imperio fue conquistado por los españoles y tlaxcaltecas bajo el mando del capitán Hernán Cortes.

Petate: estera tejida de hojas de la palma llamada «palma de petate»

Tlacatlaolli: es el precursor del actual «pozole» que se come sobre todo en las fiestas de la Independencia de México. Se sigue haciendo con maíz cacahuacintle y carne de cerdo. Hay diferentes formas de prepararlo: rojo, verde, blanco.

Milpa: Sistema agrícola tradicional conformado por policultivo. La especie principal es el maíz, se acompaña de distintas especies de frijol, calabazas, chiles, tomates,

Huitzilopochtli: Deidad mexica de la guerra.

Jícaras: Cuencos de arcilla o elaborados a partir del fruto del jícaro

Notas:

¿Quiénes fueron los mexicas?

El imperio mexica floreció entre el 1345 y 1521 d.c. y su máxima extensión cubría la mayor parte del norte de Mesoamérica. El estado mexica estaba centrado alrededor de la expansión militar y del predominio político sobre otros pueblos.

Hacer juicios basados solo en el tema de la antropofagia RITUAL, y desde nuestro concepto moderno de moral y ética no es justo. Hay que considerar también otras cosas en las cuales los mexicas destacaron, algunos ejemplos:

Sistema de escritura que les permitió la administración de un Estado complejo.
Educación obligatoria.
Poesía, pintura, arte plumario, música.
Medición del tiempo mediante un calendario.
Sistema legal complejo con tribunales y jueces.
Arquitectura monumental.
Obras de ingeniería hidráulica, como acueductos.
Herbolaria y medicina.
El chocolate.
Joyería de alto nivel en oro y plata, filigranas.
Técnicas agrícolas novedosas como las «chinampas»
Fútbol al estilo mexica con el «juego de pelota»
Obtención de tinte rojo proveniente de insectos como la cochinilla.

Mi relato en la revista digital Masticadores.

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Florifagia II – Cuento Corto.

Ésta es mi propuesta para el VadeReto de Julio cuyo tema gira en torno a una receta de cocina.

Ella tenía ya algo de tiempo dedicándose a sus cultivos de flores. Era este un pasatiempo que había llegado a su vida sin querer. En una ocasión una malva había irrumpido la aridez de su jardín trasero con su espectacular belleza y deliciosas variaciones de violeta. En vez de cortarla, decidió conservarla y cuidarla. Descubrió que mirarla le traía paz y sentía que algo de la belleza de la flor pasaba a su ser maltrecho. Buscando más bienestar, a la malva siguieron crisantemos, rosas, lilas… aprendió a cultivarlas y luego se sorprendió creando recetas con ellas como ingrediente principal, tenía la esperanza de que al ingerir tanta belleza ésta la saturara y la transformara por completo.

Desde su niñez no había sido más que un ser feo por dentro y por fuera, una criatura maldita. Sabía de sobra que toda hermosura es efímera y la del mundo vegetal lo es aún más que la humana. Con todo, algo había de cierto en su teoría, y la belleza le duraba unos cuantos días: su piel marchita rejuvenecía y se ponía suave y tersa como pétalos de flores. Despedía también un aroma peculiar según el tipo de flor que hubiera comido; por ejemplo, el olor a rosas la metía en problemas: el viejo Augusto, el jardinero del rumbo, se sentía atraído por los efluvios de rosa que percibía en el aire e intentaba saltar la enorme verja de la casona inflamado por el deseo de encontrarse con la fuente de aquel olor embriagador. Invariablemente, unos gritos horripilantes lo despertaban del embrujo.

—¡Largo, largo! ¿No sabe que esto es propiedad privada? ¡Fuera! —El pobre hombre se alejaba corriendo, no sin antes hacer la señal de la cruz.

Como siempre, el efecto de las flores no duraba mucho y toda ella se empezaba a marchitar. Era hora de alimentarse otra vez.

Trabajó mucho intentando cultivar flores cuya belleza perdurara durante más tiempo, en sus recetas mezcló variedades, pero todo fue en vano. Un día, en medio de la frustración decidió dejar a un lado las tiernas flores para comer espinas y malas hierbas: lirios, adelfas, belladonas. Mientras se alimentaba escuchó una risa diabólica que flotaba en el ambiente. Intentó parar, pero aquello se volvió compulsión y mientras más comía, una rigidez espantosa empezó a invadirla, filosas espinas la recubrieron de pies a cabeza y sintió sus adentros fibrosos y secos. Quiso gritar, mas de su boca no salió ya ni un sonido. Esta vez el efecto no duró tan solo unas horas, duró semanas y fue lo más parecido a una muerte lenta y cruel.

Cuando el envenenamiento pasó y volvió a su fealdad de costumbre, aquella que la había acompañado desde su nacimiento y que se había exacerbado con la edad; destruyó los cultivos tanto de flores como de malas hierbas y ya nunca intentó ninguna receta floral para transformarse en otra cosa. Simplemente, se quedó con ella misma.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este cuento lo publiqué hace unos años, cuando apenas había «revivido» mi blog, y no mucha gente lo leyó, pero me pareció que encajaba para el reto y como mi inspiración no anda en su mejor momento lo estoy re-publicando. Si te gustó tengo otro relato con el mismo tema, lo puedes encontrar aquí https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/11/29/florifagia/

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Resurrección – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de Junio, con el temá «oráculo»

—¡Huiste niña! ¿Valió la pena?

—¿Me conoces?

Había entrado a la tienda de la adivina itinerante en busca de un remedio o una explicación a los extraños síntomas que venía experimentando. Aunque al entrar, deseé no haberlo hecho. Era un lugar oscuro y claustrofóbico. Comencé a sudar y por momentos sentí náuseas. Una anciana de mirada ladina y cabellos largos, blancos y desordenados, que asemejaba más una hechicera, parecía esperarme.

—Tú y yo ya nos conocemos, aunque no quieras recordarlo. Me llamo Maurila— dijo con voz rasposa.

Es la primera vez que te veo —respondí molesta, a mí no me iban a decir cosas que no eran. Me volví hacia la puerta para salir.

—Te llamas Laira, y sueñas que sales con mucha dificultad de la negrura, a tu alrededor solo hay muertos.

Tragué saliva, conocía mi nombre y el sueño recurrente que me estaba atormentando. Bueno, después de todo era una adivina, pero al parecer, sí era una de las buenas. Voltee para mirarla.

—No has querido enfrentar tu destino. Sentenció.

—¿De qué hablas? —dije, secándome la frente con el dorso de la mano.

—Hace dos años tres guerreros legendarios fueron despertados de entre los muertos para ayudar a salvar la ciudad de Fadonia, luego, solo dos regresaron a sus tumbas. Tú te negaste a volver a los brazos de la muerte y elegiste no recordar nada, pero nadie burla al destino, niña, nadie.

Casi de inmediato mi mente conjuró escenas que se me antojaban ajenas, a pesar de, en el fondo, saber que yo las había experimentado: la deliciosa, vivificante, sangre recién recolectada de guerreros vivos filtrándose en una tumba. Un cuerpo, no del todo consumido, abriéndose furioso paso a través de la tierra hasta emerger en medio de la noche fría. Presentir, temblando de placer, el cielo nocturno, pues desde unas cuencas oculares, casi vacías de tejido, no se podía ver gran cosa. Esa mujer, Maurila, frente a mis despojos, pronunciando un hechizo impronunciable que restauró mi cuerpo. Más tarde, una batalla que trajo el triunfo, días de alegría y celebraciones, y luego…

—Te fuiste, subiste a tu caballo dejando atrás tus insignias de guerrera y nadie supo de tu paradero —en su voz había reproche—. Nadie, excepto yo, que te he seguido de cerca. Mírate ahora, el tiempo extra que has tomado a la fuerza, tiene un costo, ya no puedes comer y estás casi en los huesos, apenas toleras beber agua, las fuerzas te abandonan, y, ¡esos sueños! Créeme, no tendrás paz hasta que regreses a donde perteneces.

—No quiero regresar —dije débilmente— ¡No soporto la desolación del sepulcro! La vida es demasiado preciosa. Me preguntaste si había valido la pena. ¡Sí! ¡Mil veces sí! Por sentir el aire y el calor del sol sobre mi piel, lo volvería a hacer. No quiero privarme de eso ni de todo lo que aún no he podido volver a experimentar.

—¡Debes hacerlo! De aquí a ocho años te volveré a despertar, pues Fadonia nuevamente necesitará toda la ayuda posible. Volverás a saborear la vida, será un periodo de gracia, unos días de plenitud, una dádiva negada a la mayoría, y luego…

—¡Regresaré a esa horrible tumba!

La mirada de Maurila ahora se había suavizado con una mezcla de lástima y ternura. Puso frente a mí un frasco de cristal con un líquido blancuzco dentro.

—Bébelo, te prometo que la transición será indolora. Yo me ocuparé de tu cuerpo.

—No… —mi voz sonó como el débil aullido de un animal moribundo.

—Si no lo haces, de todas maneras te alcanzará el destino, mas no habrá nadie que haga lo necesario para asegurar que puedas volver. Donde te pille la muerte, ahí quedarás y no podrás nunca más salvar a tu amada ciudad.

Durante un rato que se me antojó una eternidad miré el frasco, luego lo tomé con manos temblorosas, lo acerqué a mis labios.

—Prométeme algo —le supliqué—, entiérrame de nuevo en Fadonia. Busca un lugar alegre, al que nunca le falten las flores, donde me llegue el bullicio de la vida.

—Lo prometo —dijo Maurila—. No te preocupes, nos volveremos a ver. Los muertos no tienen consciencia del tiempo, aunque, lamentablemente, sí de su estado. Descansa. Confía en mí. Volverás a ver la luz de un nuevo día.

Bebí la pócima y me deslicé suavemente en la muerte, a la espera de mi siguiente resurrección.

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Autor: Ana Laura Piera.

La Despedida – Microteatro

Mi participación en el reto del microteatro de Junio, de Merche Soriano, desde su blog «Literature & Fantasy». Consiste en hacer una obra con el tema «despedida alegre y feliz»

PERSONAJES:

Rosario, oficinista de mediana edad.

Voz masculina (nunca se ve el personaje, solo se oye su voz).

Escenario: El pasillo de un edificio de departamentos.

Llega Rosario, saca su llave y la introduce en la cerradura, se escucha una voz que dice:

Voz: —¡Ay! ¡Que me han picado el trasero!

Rosario: (Sorprendida y enojada): ¿Pero quién diablos eres? ¿Qué haces adentro de mi departamento? (Hace esfuerzos por abrir la puerta, pero no puede, empuja, patea, toca con los puños, nada). ¡Llamaré a la policía!

Voz: Por mi llama a quien quieras, la cosa es que no me puedo mover.

Rosario: ¡Sal, cabrón!

Voz: Rosario mira, no hay necesidad de tanta violencia verbal. ¿Cuál ha sido tu más grande preocupación últimamente?

Rosario: ¡Hijo de puta! ¿Cómo sabes mi nombre?

Voz: Sería fácil de averiguar, pero no tuve necesidad. Yo sé que te has preocupado mucho por esos granos que te salieron en el culo. ¿A que sí? (Rosario abre la boca y los ojos se le quieren salir de la sorpresa).

Rosario: ¡Shhhhhhh! Baja la voz que no quiero se enteren los vecinos. ¿Cómo es que sabes eso?

Voz: Bueno, lo sé porque yo soy esa preocupación. ¡Mucho gusto! La que sucede es que soy tan grande que mi masa ocupa cada rincón de tu departamento. ¡Si me vieras! ¡No queda un espacio libre aquí! Ya sé que te estarás preguntando cómo es posible. Ni yo mismo lo sé. El caso es que cuando desperté, en vez de encontrarme dentro de tu cabeza, estaba acá. ¿A que hoy te has sentido un poco menos preocupada?

Rosario se queda pensando y hace un gesto afirmativo.

—¿Y ahora cómo hago para recuperar mi departamento? ¿Llamo a una grúa?

Voz: No estoy seguro. ¡Es que dejaste que yo creciera desmesuradamente! Quizás si haces algo para que yo me vuelva pequeñito…

Rosario: Esto es una locura. (Se jala los pelos).

Voz: ¡Concéntrate! Necesito que pienses en cómo podrías hacerme empequeñecer. ¿Quizás sacar esa cita médica tanto tiempo postergada? Decídete pronto, necesito orinar y si lo hago en este estado ya te imaginarás como quedará tu departamento.

Rosario: (Apurada) ¡Veré si el doctor me puede recibir en este momento! (Saca su móvil y se cierra el telón).

Escena II

Regresa Rosario a su departamento, en la mano lleva una bolsa de medicinas. Mete la llave con mucho cuidado esperando escuchar algo, nada. Puede abrir normalmente. Se oye una voz muy aguda, como las que salen cuando aspiras helio, que le habla desde el piso.

Voz: ¡Bien hecho! Ahora ya puedo irme. ¡Qué alivio! Espero que ya no nos veamos. ¡Ah! Y no tengas sexo con vagos… ¡Adiós! ¡Adiós!

Rosario mira al suelo y sigue aquello que le ha hablado con la mirada y que ahora se va alejando. Suspira aliviada (un suspiro hondo, exagerado), y con una sonrisa amplia en el rostro mueve la mano en señal de «adiós». Entra de lleno en el departamento. (Ella ya no se ve, solo se escucha su voz).

—¡Hijo de puta! ¡Qué puto asco! ¡Mal parido!

SE CIERRA EL TELÓN, FIN DE LA OBRA.

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Autor: Ana Laura Piera.

El Pulso – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» de Junio. Condiciones: inspirarte en la imagen que puedes ver dando clic aquí, incluído la imagen del dado (un hatillo), y opcional que aparezca algo relacionado con el brick de leche. Como siempre, no más de cien palabras.

En el hatillo dejado en su puerta había un bebé blanquísimo, en cuyos ojos azul oscuro titilaban estrellas y se asomaban constelaciones. Una mano diminuta sostenía un reloj sin manecillas.

Cargando al bebé, Nadia se fue a la cocina y bebió leche directamente del brick, el desconcierto la ponía hambrienta. Respecto al reloj aparentemente descompuesto, lo tiró al incinerador.

Nunca se sabría: el pulso dejó de enviar señales al espacio. El mundo se había librado de ser conquistado por una raza alienígena.

84 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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La Playa.

Ese día, la tarde irrumpió antes de tiempo y como consecuencia me quedé sin comer del platón de gajos de naranja que siempre nos ponía mi madre a media mañana, después de nadar y asolearnos.

La luz empezó a menguar y como no podía seguir nadando, me dio por caminar en la playa, hasta encontrarme con el cerro que dividía la bahía y que avanzaba dentro del mar, terminando en una mole rocosa con forma de animal. Mi hermano Pedro siempre le vio forma de rinoceronte, pero a mí se me figuraba más un elefante. A mamá no le gustaba que camináramos hasta ahí, era un lugar triste y peligroso, sobre todo si te daba por subirte al «lomo» del «animal», pues te podías caer a los peñascos filosos, bañados de espuma.

En lo alto, entre maleza y rocas, había muchas cruces que recordaban a los caídos y a los ahogados. Algunas eran recientes y se podía leer el nombre del difunto, otras estaban oxidadas e ilegibles, unas más aparecían dobladas por el viento y a punto de caerse. Mi abuelo nos contó que con el tiempo, la fuerza de los elementos acabó por vencer a las más antiguas, que desaparecieron, llevándose el recuerdo del muertito para siempre. Según él, debió haber muchas víctimas del mar a lo largo del tiempo, antes de que su padre construyera la casa de la playa, e incluso antes de que se usaran cruces para recordar a los desaparecidos.

En esa luz, cada vez más escasa, me pareció ver personas encaramadas en el cerro en lugares poco accesibles, cual cabras monteses. Aparecían y desaparecían, como los fotogramas de las viejas películas familiares que nos proyectaba el abuelo algunos domingos. Yo atribuí el fenómeno a esa luz rara. Hombres, mujeres y niños, de todas las edades, y a juzgar por la vestimenta, de todas las épocas, estaban sentados, con las rodillas junto al pecho, el pelo revuelto por el viento y los ojos fijos en el mar, como esperando algo. Nadie reparó en mí hasta que un joven indígena, de pelo largo y negro, desnudo excepto por un taparrabo, se volteó y me miró por unos segundos para luego regresar la mirada al agua.

Miré el camino que acababa de recorrer. A la altura de nuestra casa veraniega, un gentío hacía corro alrededor de algo que estaba sobre la playa. Sentí curiosidad y quise regresar a ver qué era. Ya una vez el océano había vomitado una serpiente marina muy larga, de color blancuzco y con un llamativo patrón de anillos negros. Mis hermanos y sus amigos, armados de palos e invadidos por una mezcla de horror y fascinación, la picaban y la movían, primero cautelosamente, después, sin respeto. No me dejaban verla más de cerca, y no fue hasta que mi padre vino por ella y se la llevó, no sé a dónde, que la gente se dispersó.

Di un último vistazo a las personas-cabras que ya habían dejado de desvanecerse. Pensé en lo que diría mi padre cuando le contara de ellas. Él era un hombre práctico y diría que las imaginé y, cuidando mi autoestima, le echaría la culpa a mi cansancio después de nadar y saltar olas, que ese día habían estado especialmente grandes.

Me dispuse a desandar mis pasos, apenas había avanzado un poco cuando algo que no podía ver, me impidió seguir. Intenté traspasar aquello varias veces y desde diferentes lugares sin lograrlo. Con mis manos golpeé fuerte aquella especie de dura pared invisible sin hacerle mella, tirarle patadas tampoco ayudó. Desesperada rompí en llanto y me derrumbé en la arena gritando «¡Ayuda!»

Entre lágrimas vi al indio joven bajar de su sitio en el cerro y acercarse a mí. Cuando llegó a mi lado, la luz se había mezclado con la oscuridad. Masculló algo en un lenguaje que no entendí mientras movía su cabeza de un lado a otro, como negando. Supuse que me pedía que ya no llorara. Me incorporé. Sus ojos negros me instaban a que lo siguiera, pero yo no quería. Lo que deseaba era regresar y ver qué era aquello que la gente veía con tanta atención en la playa, también quería comer frescos gajos de naranja, abrazar a mis padres y jugar con mis hermanos.

Al fin me di por vencida, quizá desde arriba alguien podría verme y vendrían por mí. El indio subió ágil, se veía que conocía el cerro y yo ya no podía ver casi nada. Me ayudó a sortear los lugares escabrosos tendiéndome una mano que era como una llanura enorme y árida donde se perdía mi mano de niña. Se sentó en el mismo lugar donde había estado antes y me señaló un sitio a su lado y ahí me senté. Los demás, como estatuas, nos habían seguido con la mirada sin decir nada. En esos momentos ya todo estaba envuelto en tinieblas y pensé que era muy tarde para que alguien pudiera verme o para bajar por mi cuenta. Con el corazón encogido decidí esperar al otro día.

Las piedras del lugar se me clavaron en las asentaderas y las malas hierbas arañaron mis piernas. Noté que una heladez desconocida se fue instalando en mí mientras escuchaba atemorizada los bramidos del mar. Ya no podía ver al indio en medio de esa noche espesa, pero sentí su mano áspera sobre mi espalda temblorosa en un vano intento por reconfortarme.

Y ahí me quedé… esperando, junto a todos los demás.

Autor: Ana Laura Piera.

Los amigos de «Masticadores» me hicieron favor de publicar mi relato, puedes verlo AQUÍ.

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El Asedio.

Mi participación en el VadeReto de Mayo.

Género: Terror. Protagonista: un animal. Tema: horror animal.

—Señora, ahí está otra vez ese animal del demonio.

A través de la puerta de cristal de la cocina, Estela se asomó al pequeño patio de servicio. Sobre el techo del cuarto donde dormía Jovita, su ayudante doméstica, había un bulto negro, erizado, con unos ojos amarillos relampagueantes que la miraban mientras profería un maullido prolongado, fuerte, ronco…

—Hiela la sangre patrona. Cada noche es lo mismo. Creo es una hembra, tiene los pechos abultados, como si estuviera amamantando.

—No hagas caso Jovita. Ya se cansará. No pasa nada.

—Pero…

—¡Que no pasa nada, no seas estúpida!

Jovita torció la boca en desagrado, menos mal que su patrona no se dio cuenta.

El viernes, mientras su empleada le hacía el desayuno, Estela le pidió que no se fuera a su pueblo, como lo hacía cada fin de semana.

—Mira, si te quedas te pago triple —le ofreció con un atisbo de esperanza en sus cansados ojos de vieja.

—Lo siento patrona, debo ir a ver a los míos. Además, me vendrá bien el descanso porque ese animal me tiene muy desvelada.

A las seis de la tarde, pesarosa, Estela vio partir a Jovita. Pensó que debió haberla obligado a quedarse. Quizás hubiera bastado amenazarla con despedirla. Después bajó a la cocina para prepararse un té de tila para los nervios mientras fuertes maullidos y bufidos le llegaban desde fuera.

—¡Vete! ¡Ya me tienes harta! —gritó Estela acercándose a la puerta, con la taza de agua caliente en una mano y la bolsita de té en la otra. Con un movimiento inesperado y violento, el felino saltó desde el techo del cuarto hacia el piso sin dejar de clavarle la mirada. Estela, respingó y dio un paso hacia atrás. Parte del agua caliente se derramó y le salpicó las piernas sacándole un grito. El animal maulló aún más fuerte y golpeó repetidamente el cristal, arañándolo. Asustada, Estela abandonó la cocina dejando el té a medio preparar.

Esa noche ya no cenó nada con tal de no bajar. Se despertaba a cada rato y aguzaba el oído. Fue solo hasta la madrugada que hubo paz.

El sábado por la mañana, desvelada y hambrienta, marcó a la cafetería del barrio y pidió un croissant y un latte. Mientras recibía la comida, sintió que algo pasaba, veloz, entre sus piernas. Miró hacia atrás y le pareció que una sombra oscura subía las escaleras.

—¿Vio eso? —le preguntó alarmada al repartidor, quien negó con la cabeza.

Intranquila decidió desayunar en el elegante comedor que no usaba mas que en contadas ocasiones. Del piso superior no se escuchaba ruido alguno. «Quizás lo imaginé» —pensó, y deseó con todas sus fuerzas que Jovita regresara anticipadamente.

Más tarde tuvo que subir a su habitación. Al entrar, un olor a amoniaco le confirmó sus sospechas, el animal se encontraba dentro de la casa y se había meado sobre su cama. Se le aceleró el corazón. Abrió el clóset y sacó un palo de golf de su difunto marido. Pensó en salirse, irse a un hotel, al menos hasta que llegara Jovita el lunes; sin embargo, la idea le chocaba. ¿Cómo iba a poder más esa bola de pelos que ella? No se iba a dejar correr tan fácil. Envalentonada y blandiendo el palo de golf, fue de cuarto en cuarto, moviendo, no sin dificultad, los pesados muebles, abriendo puertas y armarios, corriendo las gruesas cortinas, sin encontrar nada.

Conforme pasaban las horas del día y se instalaba la tarde, sintió que ya no podía más con la angustia. Buscó su móvil, pero estaba descargado, así que lo puso a cargar. Luego quiso marcar al número de Protección Civil por el teléfono fijo, pero el aparato que había funcionado bien en la mañana, ahora parecía muerto. Revisó la instalación y con horror encontró los cables mordisqueados. Sudó frío.

Aterrorizada, decidió encerrarse en otra habitación para estar a salvo y al menos poder echarse sobre una cama limpia. Tras revisar todo, puso llave a la puerta. Seguramente no pegaría un ojo, todo su ser estaba en alerta. Eran las nueve de la noche cuando escuchó maullidos furiosos, que por momentos parecían los gritos de un ser humano poseído por algún espíritu maligno. También oyó ruido de cosas estrellándose contra el piso. ¡Su vajilla de Limoges! ¡Sus copas de cristal de Bohemia! No podía creer que su casa estuviera bajo asedio. Desesperada, tomó el móvil a medio cargar y marcó un número.

—No sé si me recuerde, soy la señora de Farallón 24, lo llamé la semana pasada, el domingo. Le di una bolsa amarilla, y le pedí que la tirara en algún sitio lejos. ¿Se acuerda? ¿Sí? ¡Qué bien! Mire, necesito que regrese a donde la tiró y vea si me la puede traer de nuevo. ¿Qué? ¿No recuerda el lugar? ¡Haga memoria por favor! ¿Qué tenía la bolsa? Eran unos cachorros de gato, recién nacidos. Sí, estoy consciente de que no han de haber sobrevivido, pero aun así, quizás alguno este vivo. ¿Bueno? ¿Bueno?

¡El desgraciado taxista le había colgado! Fue entonces cuando una pata negra y peluda se asomó por debajo de la puerta. La memoria es extraña, en los momentos menos propicios nos recuerda cosas. Estela recordó cómo el domingo anterior, en un rincón del patio grande, había descubierto a la gata y a sus recién paridos hijos. De entre la camada, Estela había tomado a un cachorro blanco con manchitas negras. La mamá la dejó hacer, parecía bastante mansita. Mientras ella pensaba qué hacer con tantos gatos, la madre se dedicaba a lamer a sus pequeños con amorosos lengüetazos. Nada que ver con el engendro que ahora quería pasar por debajo de su puerta.

Vio con horror cómo, tras la pata, siguió parte del cuerpo. Parecía una mancha negra extendiéndose por el piso. ¡El palo de golf! Lo buscó sin encontrarlo. Se estremeció. La mancha se hacía más grande mientras la gata iba metiéndose a su cuarto en un movimiento imposible, aun para el flexible cuerpo de un felino. En poco tiempo estaba dentro, magnífica, incluso parecía más grande, como una pantera. Sus ojos amarillos estaban fijos en ella. Estela temblaba como una hoja, quiso gritar para que alguien la auxiliara, pero su garganta fue incapaz de articular sonido alguno. El animal maulló retándola, reclamándole por sus hijos. De nada sirve arrepentirse tarde por las malas decisiones. Se oyó un sonido de flecha rasgando el aire. Estela alcanzó a ver a la gata saltando sobre ella y cerró los ojos.

El lunes por la mañana Jovita se encontró una escena espeluznante, su patrona tirada sobre un charco de sangre, con cortes profundos en todo el cuerpo y la cara semi-devorada. No quiso averiguar si estaba muerta, que era lo más seguro. Se santiguó. No tenía que avisar a nadie, pues Estela no tenía familia. Jovita se fue directo a la policía.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato en la revista «Masticadores Sur»

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La Basílica – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás, «Escribir Jugando», del mes de mayo. Condiciones: No más de cien palabras, inspirarse en la carta, incluir el elemento «obsidiana» y opcional que aparezca algo relacionado con la flor del cactus: inner cleansing cactus. (Más detalles en el blog de Lidia, da clic AQUÍ)

La basílica subterránea estaba custodiada por ángeles de rostro severo que daban un aire siniestro al lugar. En medio de velas que buscaban rasgar la oscuridad, tres espadas vencidas, rendían culto a una victoriosa mujer de piedra.

Pensé que hubo un tiempo en que, buscando sustento, los hombres en conjunto derribaban animales con sus armas de punta de obsidiana, cuidándose entre todos. Pero este lugar me susurraba sobre muertes sin sentido, odio fratricida.

Salí dando tumbos buscando el aire y el sol. Me senté temblorosa junto a un cactus. Hay lugares que nos hacen llorar.

Autor: Ana Laura Piera

Número de palabras incluyendo el título: 97

Valle de Cuelgamuros, antes: Valle de los Caídos. San Lorenzo del Escorial, comunidad de Madrid, España.

Nota: La imagen de la carta me recordó vivamente la estética de la Basílica del Valle de los Caídos y por eso me inspiré en ese recuerdo. Durante la guerra civil española mi abuelo peleó del lado republicano y aunque él fue afortunado y pudo emigrar a México, otros no tuvieron esa suerte, muchos de sus compañeros acabaron enterrados en ese lugar.

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¿Jaque Mate? – Microcuento.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro. Tema: El enigma del tiempo. Límite de palabras: 250

—Lo asesinaron. Vi el cadáver en la morgue. Le seguía la pista porque financiaba actos de genocidio. Salí por un café y al regresar, el cadáver ya no estaba. Después, no encontré registros de su existencia.

Los ojillos color miel de Mara, su asistente, parpadearon a través de sus gafas de pasta.

—No me habías contado. Bueno, que ya no haya evidencia de su vida y que solo tú lo recuerdes nos habla de…

—¿Viajes en el tiempo? —interrumpió entusiasmado Arnold.

—¡No! De que has abusado de la marihuana —dijo Mara riendo—. Tu estado alterado de consciencia tiene sus ventajas.

—Muy graciosa —dijo, arqueando las cejas, arrugando más su frente de viejo.

—Si viajas en el tiempo y matas, digamos, a tu abuelo antes de que este conciba a tu padre, dejas de existir. ¿Cómo es que aún podrías viajar?

—Misterio. Y también, ¿por qué alguien querría hacer algo así? —especuló Arnold

—Quizás un nieto horrorizado por las acciones de su antepasado. Alguien que quiera alterar la historia. Si fueras Gould, y también pudieras viajar en el tiempo, ¿qué harías?

—Viajaría antes de mi asesinato y embarazaría a mi madre. ¡Jaque Mate!

Esa noche, Mara inició un expediente sobre Gould, estaría atenta por si regresaba. Miraba de reojo la fotografía de su hermano Ahmed, un joven médico que se había negado a abandonar a sus pacientes en un hospital en Rafah. Sacó la pistola cargada que guardaba en su mesita de noche. Suspiró, si era necesario, la usaría.

250 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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