LUIS, MI ABUELO.

«Hay que recordar el vacío entre dos vidas cantando. Con el menor equipaje posible de recuerdos.» Benjamín Jarnés.

Amanece tímidamente sobre el mar y sobre la cubierta del buque de vapor “Sinaia”, Luis otea el horizonte con la esperanza de alcanzar a ver el puerto de Veracrúz. Hay muchas personas en cubierta que como él esperan ansiosos. Tras casi dieciocho días de viaje está emocionado y a la vez nervioso. A sus veinticuatro años siente que ha vivido ya demasiadas vidas y ahora tendrá que empezar otra. Los recuerdos se agolpan en su cabeza y por última vez los deja correr libres, cual caballos salvajes. No intentará suprimirlos, pues tiene la firme intención de que al bajarse del buque los deje en él, o mínimo, se queden archivados y olvidados en un rincón de su mente, de lo contrario teme que quizás no tenga la fuerza necesaria para continuar.

Buque de vapor Sinaia 1924-1946

Recuerda su infancia en el risueño pueblo de Guadix, un pueblo granadino a los pies de Sierra Nevada, con veranos cortos y cálidos e inviernos largos y demasiado fríos. En su familia, los hombres se habían dedicado siempre a reparar trenes y él mismo era un excelente mecánico ferroviario. De la mano del recuerdo le llega el olor a fierros engrasados: el olor de su taller.

Pueblo de Guadix, Granada, Andalucía, España. Photo by Jorge Segovia on Unsplash

En algún momento decidió dejar sus trenes y seguir los pasos de su hermano mayor Ginés en cuanto a política e ideas, y al estallar la Guerra Civil Española la vida los sorprende del lado perdedor. Ginés es apresado y condenado a muerte, pero la pena es conmutada por treinta años de prisión. Las lágrimas se agolpan en sus ojos y una gota salada resbala por su mejilla al recordar a su madre que perdió dos hijos de golpe.

Sus compañeros y amigos caídos en batalla, son los fantasmas que con más ahínco quisiera dejar sobre la cubierta del Sinaia; pero sospecha que siempre que mire su brazo izquierdo, chueco a consecuencia de una herida mal soldada, les recordará siempre.

mi abuelo (flecha) y algunos de sus compañeros

Perdido todo ya, logra pasarse a Francia y es recluido junto con muchos compatriotas: hombres, mujeres y niños en el campo de concentración de Argeles Sur Mer en la región del Rosellón en Francia. El infierno en la playa, pues las condiciones habían sido horribles: sin servicios, sin comida, sin un techo y a merced de los elementos. De esa etapa, nunca olvidará el viento, cortante como navaja afilada, la terrible humedad y los numerosos muertos en los primeros días de ese campamento infame. Una cosa era morir peleando y otra morir en esas circunstancias indignas.

refugiados españoles llegando al playón que se convertiría en campo de concentración en Argeles Sur Mer Francia.

El Sinaia, repleto de refugiados, zarpó del puerto francés de Sette el 25 de mayo de 1939 y al poderse contar entre sus pasajeros había logrado rehuir un destino incierto: unirse al ejército francés contra los nazis o regresar a España donde lo esperaba la muerte. ¡Había sobrevivido a tanto!, incluso a la travesía por mar que no estaba resultando fácil. Era un barco pensado para seiscientas cincuenta personas y estaba transportando mil quinientas noventa y nueve. Las condiciones eran de hacinamiento, la comida no abundaba y el estado anímico no era el mejor para nadie. Para distraerse había sabido hacerse útil en la cocina donde ofreció su ayuda. Ahí aprendió algunas cosas del oficio que estaba seguro le servirían de una u otra forma.

El Sinaia pasando por el estrecho de Gibraltar, para muchos, no volverian a estar tan cerca de España.

«¡Tierra! ¡Tierra! ¡México!», el grito cortó de tajo sus pensamientos y forzando un poco la vista tuvo el primer atisbo de su destino: las luces del puerto de Veracruz que recién despertaba a la vida cotidiana aunque ese día resultaría ser extraordinario.

Durante la travesía algunos pasajeros, intelectuales distinguidos, habían organizado un pequeño periódico donde gracias a un mimeógrafo se plasmaban las últimas noticias del mundo recibidas por radio y se organizaban conferencias para divulgar información básica sobre el país que les acogería. Luis no había sido indiferente a estos llamados para tratar de comprender a la nación que les recibía y a su gente. Pero nada lo había preparado para la bienvenida que el gobierno de México y los veracruzanos les tenían preparada: gritos de júbilo, aplausos, porras, mantas de bienvenida. El ambiente era festivo.

Llegada del Sinaia al puerto mexicano de Veracruz
Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

Tras ese cálido recibimiento, Luis se sintió sereno y confiado. Pasadas las once de la mañana, fue su turno de bajar del Sinaia a quien en silencio le dio las gracias, mientras ponía pie por primera vez en tierras mexicanas.

Nunca más regresaría a España.

Fin.

Esta entrada me resultó muy emotiva por contar la historia de mi abuelo a quien yo conocí de pequeña. Sus motivos, ideas políticas y elecciones tuvieron consecuencias para él y para mucha gente que se cruzó en su vida en esas circunstancias terribles. Soy consciente que en ambos bandos hubo pérdida de vidas humanas e historias desgarradoras.

En su futuro estaba casarse con una mexicana y tener cinco hijos, uno de los cuales murió en su infancia. Hizo su vida en México y siempre tuvo un reconocimiento especial para Lázaro Cárdenas el presidente Mexicano que les abrió las puertas del país. Nunca se acostumbró a las cosas picosas de su nueva tierra. En la familia aún preparamos los Pulpos en su Tinta que aprendió a hacer a bordo del Sinaia. Yo recuerdo vívidamente su brazo chueco. Como buen mecánico, una vez nos hizo un buggy.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

ROBOTS Y PERFECCIÓN

Hay que saciar el afán de cambio de las multitudes, pero este inspector de calidad no lo tiene nada fácil.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Z38A (conocido cariñosamente como “Sam”), se dirigió con pasos firmes y casi humanos al final de la línea de ensamblado, donde acababa de salir el prototipo del nuevo modelo Z38-B (aún sin ningún apodo o mote). Con toda la tecnología de que disponía, se avocó a revisar a fondo al que estaba destinado a ser su reemplazo. Sus delicados sensores, cámaras y microprocesadores encontraron todo perfecto. Solo faltaba que “SAM” tecleara un código de aprobación para que se iniciara formalmente la producción en serie; esto también haría que el flamante Z38B se activara.

El nuevo modelo era muy superior a su predecesor en todos los aspectos y se esperaba que en menos de un año todos los modelos anteriores (incluido SAM) fueran sustituidos y enviados al programa de reciclaje robótico de donde podían salir en diferentes formas, desde un perro-robot para entretener niños hasta sanitarios inteligentes.

En el panel destinado para ello, “SAM” tecleó un código, pero contrario a lo esperado la línea de producción no arrancó. “SAM” puso al Z38-B sobre una banda transportadora que lo llevaría a su destino final: ser reciclado. No lejos de ahí tres ingenieros humanos disfrutaban de café con donas cuando leyeron en sus monitores el código de rechazo tecleado por “SAM.”

—¡Otra vez!, esto no puede seguir así, hay que cambiar al proovedor del panel B5501 pues salió defectuoso —dijo uno de ellos haciendo una mueca de fastidio.

—Hace dos meses fue el panel B5502. ¿Qué diablos pasa con los componentes que ya no los hacen como deben? —dijo otro mientras se jalaba los cabellos por la desesperación.

—Afortunadamente tenemos a “SAM” en control de calidad, no cabe duda que los Z38-A son difíciles de suplir, pero hay que volver a intentarlo, la gente clama por un modelo nuevo y mejor.

Mientras tanto, “SAM” se conecta apresuradamente a su fuente de poder, todos sus sistemas internos vuelven poco a poco a la normalidad después de haber experimentado un caos interno que lo hizo descartar sin razón al Z38-B y que a su vez le causó un consumo excesivo de energía. Él no lo sabe, pero las debilidades humanas, como si de virus se tratase, han encontrado la forma de instalarse en su corazón de fibra de vidrio. Ya no hay perfección.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

FLORIFAGIA

Devorando flores

Photo by Sabina Tone on Unsplash

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era como si cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?, anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa, pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un colibrí descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nos fuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó este cuento puedes compartirlo o rebloguearlo. Sólo te pido darme crédito como su autora y si es posible mencionar este blog. ¡Gracias por leer!

Tengo otro cuento con la misma temática por si gustas pasar: https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/12/04/florifagia-ii/

https://bloguers.net/literatura/florifagia-devorando-flores/

ALIMENTANDO A LAS CARPAS

El discurso hueco de su padre le resultaba de lo más irritante y sin embargo, arrancaba lágrimas a los asistentes. Más de uno tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse los ojos y sonarse la nariz haciendo ruidos infames. El orador cautivaba a su audiencia y los sumía a todos en un estado de mortificación difícil de superar. A todos menos a él, que lo conocía y sabía de su propensión crónica al abandono. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había visto antes de esto? Tristemente no podía recordarlo.

Decidió dejar la ceremonia para caminar un poco y encontró un estanque. Le llamó la atención un pedazo de pan en el piso y lo recogió; alguien había estado antes alimentando a las carpas japonesas que vivían en él. Comenzó a aventarles migas de pan.

Photo by Quang Nguyen Vinh on Pexels.com

Observó fascinado cómo los peces, cual flechazos de fuego, se abalanzaban para ganar la recompensa. De repente oyó música de mariachi, escogida por su padre. Él hubiera preferido música clásica alegre, quizás Vivaldi. Echó un último vistazo al estanque, ahora tranquilo después del frenesí. Extrañamente sintió que debía regresar al ataúd y ser uno con su cuerpo una vez más. Una especie de despedida en medio del frío cobijo de la tierra. Sería por poco tiempo pues tenía pensado regresar a terminar de darle de comer a las carpas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Mutando. Microcuento.

Photo by Nsey Benajah on Unsplash

El azul de sus ojos se volvía uno con el del mar y todos los líquidos con los que estaba constituido su cuerpo clamaban por volverse agua salada. La luna llena se reflejaba titilante en las olas y el canto ronco y fuerte que estas producían con su eterno ir y venir acabó por hechizarla.

Levantándose de su lugar en la playa caminó lenta, pero inexorablemente a la inmensidad acuática. A esa hora de la madrugada la playa estaba desierta y no hubo nadie que fuera testigo de aquel hecho: primero el mar lamió sus blanquísimos pies, pero al probar el sabor de su carne ya no la soltó, jalándola por las piernas con fuerza, la devoró completamente sin que ella opusiera resistencia, pues todo su ser ansiaba fundirse con el océano. “Cuando mueres en el mar, lo salado se vuelve dulce”, alcanzó a pensar al tiempo que mutaba a ninfa marina.

Se alejó impulsándose con su enorme cola hacia las profundidades, mientras en su larga cabellera, extendida cual bandera, se enredaban pequeños peces, caracolas y estrellas de mar. Y ya nunca más volvió a pensar en su vida terrenal, y tampoco nadie jamás la extrañó.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/mutando-microrrelato/

Mas cuentos sobre sirenas:

ALCANZANDO EL CIELO

Un gran árbol dañado por una tormenta en Gales es transformado por el artista Simon O`Rourke. La base de la escultura es un árbol como cualquier otro pero al mirar hacia arriba se va transformando, mudando su corteza y eventualmente volviéndose como la piel de un brazo y termina con las arrugas propias de la palma de una mano y sus dedos.

El artista hizo una investigación y encontró que el área donde se encontraba el árbol era conocida como «Los Gigantes de Vyrnwy» de ahí decidió hacer una mano gigante, simbolizando estos seres y el último intento del árbol de alcanzar el cielo. Como que esta imagen podría inspirar una historia, ¿no crees?

El link al artículo está aquí:

EL ÁNGEL

Un ser celestial encuentra un motivo para no regresar al cielo.

Photo by cottonbro on Pexels.com

El ángel se deshizo rápidamente de toda la parafernalia angelical: alas, túnica, aureola, todo fue a dar a la basura. Y aunque no quería ser más un ángel decidió conservar la cuerda dorada con que anudaba su túnica. Se maldijo por ser tan débil y fue a sentarse a la orilla de la carretera.

Llamó la atención de Perla de inmediato y ¡cómo no!: un hombre hermoso, desnudo, salvo por un resplandor dorado en la cintura. La chica detuvo su auto compacto y bajó el vidrio para hablar con él. Pacientemente le explicó que si la policía lo veía, se lo llevaría preso por faltas a la moral. Le preguntó qué le había pasado y si lo podía llevar a algún lado, pero aquel ser parecía tan desorientado que tomó la decisión de llevarlo a su casa. Hizo todo lo que su madre siempre le había dicho que nunca hiciera, pero algo había en él que le transmitía tranquilidad.

Lo alojó en el cuarto extra que tenía su departamento y le dio algo de ropa de hombre que su ex pareja había olvidado recoger. Aunque no era la talla exacta, le sirvió. Aquella noche Perla no pudo evitarlo, se sentía atraída hacia aquel hombre misterioso. Entró a la habitación donde el ángel se encontraba adormilado y se deslizó en la cama. Él parecía completamente desconcertado ante los embates de besos y caricias de la muchacha, pero poco a poco comenzó a responder, primero torpemente y después con una pasión que él mismo no sabía que tenía; pero que encontró maravillosa.

Al otro día le despertó el delicioso olor a café que Perla preparaba en la cocina y de repente recordó la cuerda celestial que había conservado. Ahora sabía que nunca más la necesitaría pues había encontrado OTRO CIELO.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

IMAGENES Y MUSICA

CORRIDO DE JUAN CHARRASQUEADO

fotografìa por Ana Laura Piera

Caminando por la calle me encontré este disco de vinilo, viejo y roto. Me llamó la atención e imaginé mejores tiempos para él: quizás alguien solía ponerlo porque le gustaba, quizás el disco animó una que otra fiesta. Tal vez fue un regalo. Le tomé una foto pensando que podía ser buen material para inspirarme un cuento. Ya en casa me puse a investigar.

Resultó ser un disco de un “corrido” mexicano, “Juan Charrasqueado”. El corrido es un género musical mexicano, una narrativa popular que se puede cantar. El término “charrasqueado” se aplica a una persona que tiene una herida visible de arma blanca. Me dio curiosidad y encontré la canción en youtube, donde hay varias versiones. Una de las personas que cantó este corrido fue el cantante Jorge Negrete allá por los 40`s. Negrete fue la personificación del “charro” mexicano por excelencia. La palabra “charro” en México, significa lo mismo que “jinete”, aunque su origen es español y con otro significado completamente. Me encontré la versión de su nieto que “no canta mal las rancheras” (como decimos en México cuando alguien es bueno en lo que hace), por cierto su voz es muy parecida a la de su famoso abuelo.

Por ahora les dejo con la música y el cuento ya será después. Y pues si, ese disco roto y maltrecho ya inspiró esta entrada muy mexicana.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

y el abuelo famoso:

RECUERDOS – Microcuento

Photo by Henda Watani on Pexels.com

Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa. Deambuló de aquí para allá, pero le atrajo especialmente la calidez que emanaba de la cocina y que abrió la llave a los recuerdos:

Le vino a la mente el postre de higos en almíbar que le preparaba Isabel y que tanto le gustaba; la deliciosa sensación que dejaban en su cuerpo de hombre las caricias, como aleteos de paloma, que le prodigaba aquella maravillosa mujer. Recordó también cómo le gustaba perderse en esa mirada de un azul deslavado que a ratos se asemejaba más al gris. «Es que llegué tarde a la repartición de color», solía decir ella a manera de explicación y ambos reían.

Un fuerte ruido interrumpió su remembranza. De repente de todos lados le llovían golpes. Era Isabel, sus ojos azul-grisáceos relampagueando de furia y queriéndolo sacar a escobazos. Tuvo que hacer gala de toda su pericia y agilidad para poder huir.

«Esto de reencarnar en gato tiene sus ventajas» pensó, mientras se alejaba a toda prisa.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

DESEO – Microcuento

Cuando el deseo se hace insoportable sólo quieres llenarte de placer.

Photo by cottonbro on Pexels.com

Él todavía se encontraba sentado frente a su monitor de trabajo cuando la idea comenzó a gestarse en su cabeza. Sintió mariposas volando en su vientre solo de imaginar lo que haría al llegar. Una rápida mirada al reloj de la oficina le confirmó que la hora de salida se acercaba.

Durante el trayecto a casa no pudo evitar mojarse los labios en anticipación. Sus dedos temblaban de imaginar el primer contacto. En un cruce estuvo a punto de saltarse el semáforo por lo que tuvo que frenar de improviso y casi causa un accidente. Su ensoñación se vio interrumpida por los bocinazos de protesta y los insultos hacia su persona. Trató de concentrarse hasta llegar a su destino pero era difícil. El deseo lo dominaba.

Cuando por fin pudo bajarse del auto y abrir con manos temblorosas la puerta de su morada, la vio a lo lejos: Hermosa, erguida e imponente, esperándolo. Dejó caer sus cosas ahí mismo: portafolio, llaves y saco acabaron en el piso de madera. La urgencia ya era incontrolable. Buscó torpemente lo que necesitaba y con movimientos lentos y suaves la descorchó.

«Abrir una botella de vino es lo más parecido a tener sexo… sin sexo» pensó, mientras servía el rojo líquido en una copa y después mojaba su boca explotando de placer.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla