MALENA

Un viudo falta a su promesa.

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Cuando a Alfonso le entregaron las cenizas de su mujer tibias aún, soltó un suspiro nacido del alma. No tanto de pesar sino porque hasta hacía poco tiempo tenía la impresión de que ese momento no iba a llegar nunca y que primero se iba a morir él que Malena.

Malena llevó su largo matrimonio de treinta y cinco años con modos dictatoriales pero efectivos. Durante todo ese tiempo Alfonso simplemente se había limitado a orbitar a su alrededor. Hasta en sus últimos momentos lo tuvo por noventa días en jaque pensando en que ese día se moría y a la mera hora… No.

Malena, la de las manos frías y voz rasposa de fumadora empedernida. Invariablemente todas las mañanas se despertaba y le decía: «Poncho, mi café», y él, siempre obediente, corría a la cocina y le preparaba un expresso como a ella le gustaba: mezclado con un poco de azúcar y una rodaja de limón en el borde de la taza. También le había advertido que si ella se moría antes que él, no quería a ninguna mujer metida en su casa. «¡Prométemelo Poncho!», decía con vehemencia y él asentía con cara de perrito fiel.

Pasó un tiempo antes de que Alfonso se fijara en alguien más y entrándole el entusiasmo juvenil que da el amor, se olvidó de aquella promesa. Un buen día se encontró despertando con otra en la cama que había compartido con Malena.

Los dos amantes cruzaron miradas. Alfonso estaba embobado con el brillo de unos ojos verdes que habían visto pasar tan solo veintidós primaveras; en la maravilla que era la visión de su pelo largo y sexy desparramado en la almohada y en la cordillera perfecta que dibujaba su cuerpo en las sábanas. Empezó a sentir una erección.

La muchacha sonrió y le tocó con manos heladas, para luego, con voz rasposa decir: «Poncho, mi café».

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HISTORIA SECRETA DEL VIEJO DE ROJO

Lo que no sabíamos del buen «Santa»

(Historia no apta para menores de edad, esto no es un cuento infantil. Es una sátira Navideña)

Una fría mañana en el Polo, en vísperas del «Gran Viaje», Santa Claus se dio cuenta de que uno de sus preciados renos había desertado. El asunto le dolió en el alma, no tanto por el aprecio al animal sino porque el reno fugado era uno de los pocos que conocían su “historia secreta”. Ahora que los medios pagaban buen dinero por chismes de la farándula, temió que sus intimidades le dieran la vuelta al mundo. No estaba tan equivocado.

Conocí a Rodolfo en un bar de mala muerte en la ciudad rusa de Kirovsk, al norte del círculo Polar Ártico. Aceptó hablar conmigo a condición de no tomar fotos, pagar unas cuantas rondas de vodka y darle el dinero suficiente para viajar más al sur. «Un lugar calentito, donde pueda andar en pantalones cortos» —me dijo.

Desde su fuga había cambiado bastante; el hechizo con que Santa mantenía a todos los renos «apentontados» había desaparecido y frente a mí tenía a un enano negro. Se caracterizan por una barba de color negro azabache y una piel del color de la nieve más pura. De su antiguo estado como “Rodolfo el Reno” solo conservaba la nariz roja, aunque por el tufo a alcohol que despedía, pensé que más que por el frío, su «peculiar nariz» se debía a la infinidad de tragos que traía encima.
Olfateando una gran exclusiva, inicié la entrevista preguntándole si los renos de Santa eran todos enanos hechizados como lo había sido él.

—Mira, el grupo de renos del «Viejo de Rojo» —así le decimos todos los que lo conocemos en persona— fuimos una banda de enanos mal portados: fumadores, adictos al sexo y a las fiestas. Fuimos desterrados de nuestro reino y condenados a ser sus servidores, ese fue nuestro castigo.

Otra de las cuestiones que abordé era si Santa era un hechicero o tenía conocimientos sobre el tema; pregunta lógica dadas las circunstancias de sus ayudantes. En ese momento el camarero se hizo presente con las bebidas y traía también un típico pan aromático que Rodolfo rechazó con un gesto.

—No es hechicero, pero un ancestro de él sí lo fue y conserva un libro de artes oscuras que en su familia han venido conservando de generación en generación. Cuando vio que éramos demasiado rebeldes para ayudarlo, decidió lanzar un encantamiento que nos convirtió a todos en renos. Por cierto que el viejo vendió ese hechizo por muy buen dinero y próximamente va a salir en una serie épica de Netflix que va a opacar todo lo visto hasta ahora. ¡Imagínate, no serán efectos especiales sino algo real!

Hice una anotación mental para averiguar más sobre la dichosa serie. Ante la pregunta inevitable de cómo había logrado escapar y se encontraba ahora en Kirovsk contestó:

—Aproveché un descuido del viejo. En vísperas del «Gran Viaje», (la gira mundial anual repartiendo regalos), al pobre hombre le entraron unas ganas inmensas de platicar. Desde que su mujer lo dejó por “voyeur” —últimamente le gustaba mirar dentro de los iglús a horas inapropiadas de la noche; los esquimales casi lo linchan— al viejo le entró una nostalgia enfermiza y como siempre he sido yo su paño de lágrimas…

—¿Su paño de lágrimas? —interrumpí —¿Cómo podías platicar con él siendo tú un reno?

—El viejo me daba un bebedizo, mezclado con un poco de vodka y en cuestión de minutos el embrujo que hacía que yo fuera un animal, comenzaba a desaparecer hasta que dejaba de serlo. Entonces nos poníamos a platicar y a beber como cosacos, y él me confiaba sus cosas. La última vez que esto sucedió, decidí escaparme, y así en cuanto sentí que podía discernir entre derecha e izquierda, aproveché que el viejo había ido a hacer pis y me fugué.

Al ver que Rodolfo ya había terminado la ronda de vodkas, le hice una seña al camarero para que trajera otra. Decidí lanzarle una pregunta inofensiva y le pregunté cuál había sido el último gran disgusto de Santa.

—No estuve presente, pero seguro que cuando descubrió mi fuga debió ponerse como energúmeno. Pero bueno, si he de recordar algún otro momento, creo que jamás lo vi tan enojado como cuando Luis Miguel sacó su disco “Navidades”. Cuando escuchó “Santa Claus está en la Ciudad” se puso como loco, gritó que solo faltaba que el fulano sacara un sencillo titulado “Pimpón es un Muñeco” y que prefería mil veces a Raphael con “El Niño del Tambor”.

Sonreí. Venía ahora una pregunta que, dado el nivel de alcohol que Rodolfo ya traía en la sangre estaba seguro me respondería sin empacho.

—¿Cómo es Santa en la intimidad?

—Muy tierno y cariñoso… ¡Eh!¡No! ¡No pongas eso!

Decidí entonces pedirle que para entender mejor la personalidad de Santa me detallara lo que había en su mesita de noche y debajo de su cama. Medio atolondrado ya por los vodkas contestó:

— A ver, mesita de noche: viagra, una revista Play Boy del año del caldo, una tanga que usó un verano en la playa, cuando tenía 20 años. Un retrato de sus papás y hermanos jugando en la nieve; una foto de la Tierra tomada desde la Estación Espacial Internacional. Debajo de su cama: unos calzones olvidados tamaño “casa de campaña” de la Sra. Claus. Una noche de copas se quedaron ahí atorados y no han vuelto a ver la luz del sol. También hay unas trusas de hombre —seguro, segurísimo son de él—, unos patines de hielo, pues adora patinar, también una caja llena de fotos de niños de todo el mundo. ¡Ah! y su AB Shaper para bajar panza, que por cierto jamás ha vuelto a usar después de una breve sesión de 5 minutos.

—¿Y tú cómo sabes tanto?

Con voz pastosa de borracho y con la lengua ya estorbándole en la boca contestó:

—Ah, este… Bueno es que yo era personal de confianza, no sindicalizado. Mejor ya no sigas preguntando…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Esta historia la publiqué originalmente el 21 de Diciembre del 2006. Le he dado una «manita de gato» para actualizarla un poco.

VIAJE A MARTE

Un confortable viaje al Planeta Rojo. ¿Qué puede salir mal?

Spider70 era el nuevo transbordador de la poderosa empresa aeroespacial “Titán”. No era el primero, pero sí el más confortable y lujoso hasta el momento, especialmente fabricado para viajar a Marte por los privilegiados de la Tierra. En él no había espacio para obreros, granjeros o médicos. Solo la “Créme de la Créme”.

La nave surcaba la negrura del espacio a una velocidad de locos. Entre los afortunados pasajeros se incluían: un jeque árabe con intereses de sobreexplotar los ricos recursos marcianos; el dueño de una empresa tecnológica a nivel mundial, la única con permiso para vender tecnología a las colonias humanas que ahí se establecieran. El hijo del dictador de una pobre nación centroamericana, cuyo deseo era tomar un tour turístico llamado “Marte a sus Pies” que incluía visitas a los sitios más emblemáticos como el “Monte Olimpo” o el “Valles Marineris” entre otros; también a un archi millonario ruso que tenía interés de comprar un buen pedazo del planeta para establecer una casa de descanso porque la Tierra ya le quedaba pequeña. Todos estaban muy bien atendidos por una tripulación especialmente entrenada para satisfacer sus más mínimos deseos. Incluso había varios robots sexuales disponibles por si alguien quisiera satisfacer algún apetito en ese sentido.

Tocó el turno de André de pasar a ofrecer champaña y bocadillos a los pasajeros. Era un chico encantador, no pasaba de los 25 años. Detrás de su piel blanquísima y rasgos exóticos, sus genes escondían el secreto de su origen africano. Su madre era una emigrante de Mali, país asolado por extremistas y bandidos; en cuanto a su padre, era un obrero francés de la región de Lyon en Francia. Pasó con su charola junto a una mujer algo mayor, era la esposa del archi millonario ruso, y esta sin ningún pudor le dio una sonora nalgada en el trasero, enfrente de su esposo. Marido y mujer intercambiaron una mirada lujuriosa, la mujer dijo algo en ruso y ambos rieron. André sonrió tímidamente y continuó con su labor.

Cuando acabó, fue a sentarse a la estación designada para la tripulación, donde podría descansar un poco antes del siguiente servicio. Ahí se encontró con Akane, una linda japonesa quien se levantó al llegar André, pues ahora era su turno de ofrecer los postres. El joven no tendría compañía al menos unos cuantos minutos, mismos que aprovechó para con un rápido movimiento clandestino, activar un teclado biológico en su antebrazo y escribir una contraseña secreta. Su boca se curvó en una mueca extraña. En minutos la nave estallaría y sus restos vagarían por siempre cual fantasmas en el universo.

A pesar de ser el año 2070, la raza humana no había podido librarse de las injusticias, y las consecuencias que estas acarrean. El último pensamiento de André fue para su madre africana y para todos los migrantes en busca de una vida mejor en la Tierra.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: La riqueza en sí misma no es el problema, sino el uso que se le da. (Sobre todo cuando se ha acumulado excesivamente). Mientras escribía este relato me conflictuaba que André tomara esta decisión cargándose a sus compañeros de viaje, gente trabajadora como él, sirvientes de los más privilegiados. Hasta cierto punto es una decisión injustificable, irracional, nacida del resentimiento, como suelen ser los ataques de este tipo. Si te gustó compártelo, si detectas algún error indícamelo y por supuesto te agradezco mucho tu lectura.

EL HECHIZO

«RECREACIÓN» del cuadro «Ofelia» de John Everett Millais

El río que corría tranquilo cambió de ritmo repentinamente. Se observó una pequeña perturbación en el fluir del agua, un burbujeo que se fue haciendo cada vez más notorio. Después el agua se aquietó y la perturbación había tomado la forma de Marie, que aparecía transparente, líquida y en la misma posición en que la habían encontrado sin vida: semi-sumergida boca arriba, sus ojos mirando al cielo, sus ropas flotando como algas en el agua cristalina.

La hoguera que ardía frente a Isabeau, liberaba un humo negro y nauseabundo, como las cosas que se consumían en ella, pero faltaba el componente que haría toda la diferencia: unas gotas de su propia sangre.

«Marie, hermana eras un ser excepcional, en ti no solo había belleza física sino una hermosura interior que hacía que todos te amaran. Bernard te amó como nadie. ¿Sabes Marie?, a mí también me gustaba él. Envidiaba esos besos tan largos que se daban detrás de la casa. Pero ni él ni nadie reparó jamás en mí».

«¡Espíritus del agua, devuelvan a Marie!»

«Regresarás a casa. Mamá enjugará sus lágrimas en tu pelo y papá no se cansará de mirarte. Tendrás a Bernard y todo lo tuyo regresará a ti.
Se quedó callada unos instantes y luego añadió en tono más bajo: «También seguiré siendo una niña estúpida creciendo a la sombra del ser más perfecto»

Con una espina pinchó uno de sus dedos. Una perla rojísima brotó de él. Solo faltaba agregar al fuego un par de gotas rojas y Marie regresaría a la vida, pero la joven aprendiz de hechicera titubeó…

«No quiero volver a ser infeliz» — pensó.

Entonces tomó su dedo herido y lo metió a su boca, negando a la hoguera hambrienta la sangre vivificante. Las llamas se fueron apagando y la forma aparecida en el río se disipó lentamente. Isabeau miraba todo muy seria y muy triste, también se escuchó un llanto, el llanto de Marie al morir por segunda vez.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este cuento fue inspirado en el cuadro «Ofelia» de John Everett Millais. Si gustan ver el cuadro original: https://es.wikipedia.org/wiki/Ofelia_(Millais)

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E L L A

Mi participación en Concurso de Relatos XXIV edición: REBECA, de DAPHNE DU MAURIER

ELLA

Desde la cocina me llegaba el olor del café que preparaba mi hermano Antonio. Me levanté y el piso de madera crujió ante mi peso pues soy un hombre bastante corpulento. A ese ruido estaba más que acostumbrado, pero me hizo pensar en lo que estaba debajo de mí. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y apresuradamente me puse mis pantuflas y me dirigí a la cocina. Antonio estaba sentado en el pequeño desayunador y con una taza de café. Me serví yo también y me senté frente a él. Los dos nos miramos por un segundo, esperando que el otro hablara, para después esconder nuestra vista en el humo que despedían las bebidas.


—Habrá que quitar esa silla —dijo al fin.


La miré. Era una silla de desayunador común y corriente, muy usada, tanto, que en el asiento tenía la huella dejada por los cientos de veces que un enorme trasero se había sentado ahí. Me quedé pensando en cómo solemos deformar las cosas con el uso cotidiano: mis pantuflas por ejemplo, deformadas por mi pisada fuerte, los escalones que iban hacia el sótano, que de tanto subir y bajar lucían desgastados, esa silla…


Antonio se levantó con su taza y se fue. Yo me preparé unas tostadas con mermelada de higo casera. Ya solo quedaba un frasco y no habría más. Las manos que solían prepararla ya no existían. El sabor del higo, aunque dulce, en mi boca se hizo amargo. Dejé las tostadas a la mitad y me fui a vestir para iniciar mis labores en la vieja granja donde vivíamos.


Recuerdo que Antonio estaba alimentando a los animales y yo me subí al tractor. El ruido de la máquina me envolvió y lo agradecí, pues atenuaba un poco el estruendo de mis pensamientos.
Terminé de arar y decidí fumar un cigarrillo en la pequeña caballeriza donde teníamos a Falco, nuestro único caballo. Era un animal poco agraciado, pero muy noble. Se acercó confiado hacia mí y pegó su hocico en mi chaqueta, buscando los premios habituales: trozos de manzana o zanahoria que en ocasiones le llevaba.


—Lo siento Falco, hoy no hay nada—le dije.


Desde la caballeriza, vi a mi hermano salir de la casa con la silla del desayunador. La fue a poner en el lugar donde últimamente poníamos las cosas que nos hacían daño. De los dos, Antonio era el más calculador, el más pensante, en cuanto a mí, era el impulsivo. Fui yo quien había golpeado hasta matar y él quien había divisado un plan para ocultar el cuerpo en el congelador del sótano, ahora convertido en cripta. Como si pudiera asomarse a mis pensamientos Falco se alejó de mí, nervioso.
Afortunadamente poca gente nos visitaba. No teníamos familia. Ni Antonio ni yo nos habíamos querido casar nunca y menos tener hijos. No habría nadie que hiciera preguntas incómodas. Y si algo surgía siempre podíamos decir que estaba indispuesta.
Antonio se acercó a donde estaba yo.


—¿Tu ropa?
—La quemé como me dijiste.
—Bien.


Mi ropa había quedado empapada en su sangre. Cada golpe propinado le había machacado el rostro hasta dejarlo casi irreconocible. La ira venía desde muy dentro, una ira antigua, nacida de la impotencia. Se remontaba a las noches en que siendo niños, ella entraba a nuestro cuarto y se acostaba entre nosotros. Las caricias que nos hacía nos dejaban asqueados, pero no teníamos permitido llorar ni decir nada. Aquellas visitas nocturnas habían durado muchos años hasta que un día Antonio se le enfrentó y no la dejó entrar. Ese día sin embargo, el sufrimiento no terminó, pues como las cosas que se deforman con el uso, nuestros espíritus estaban quebrantados ya. Marcados de por vida.
Uno piensa que muerto el perro se acaba la rabia; pero su presencia estaba en todo. A veces me parecía verla pasar. De repente se escuchaban ruidos inexplicables en el sótano. En ocasiones, estando Antonio y yo en la cocina olíamos su perfume viejo. Por las noches nos daba miedo caer dormidos pues muchas veces la soñábamos.


Al final decidimos quemar la granja con todo dentro. Antonio volvió a poner lo colocado en el sótano en sus lugares habituales. Nos aseguramos que todo ardiera, incluso nuestros animales y… Falco. Perderlo ha sido lo más doloroso que he tenido que experimentar en mi vida adulta.
La granja ardía y Antonio y yo íbamos ya en el auto con rumbo desconocido. De repente un olor horrible a carne chamuscada impregnó todo. Antonio que iba manejando frenó violentamente. Nuestras miradas desoladas se cruzaron entre sí

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EL CIRCO

Cuento corto sobre amores imposibles.

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De todos los infames lugares donde ha estado nuestro circo, Santa Rosa ha sido el peor. Ahí el aire es puro polvo que se mete en la boca y cuando menos te das cuenta lo estás masticando. El calor es atroz y el trabajo que exige nuestro oficio hace que sudes todo el tiempo. Ha sido en Santa Rosa que me he descubierto en el cuerpo olores desconocidos y tan nauseabundos que poco ha faltado para desmayarme. Los animales sufren también y exigen agua todo el tiempo. Ricardo la ha pasado mal acarreándola de quién sabe dónde para mantenerlos frescos. Recuerdo que cuando Ricardo llegó al circo con sueños de ser payaso, mi padre, un matador de sueños nato, le dio empleo como cuidador de animales; ya que en su opinión, no tenía la gracia necesaria para ser un buen payaso y le recomendó que en sus tiempos libres practicara con los trapecistas, cosa que el pobre hombre jamás intentó. Por cierto, le pusimos de apodo «el chino», precisamente por tener el pelo demasiado lacio. Lo sé, son bromas que solo a los mexicanos nos hacen reír. En una ocasión me declaró su amor y yo lo mandé a la «chingada» como decimos acá. El «chino» nunca me agradó.

A pesar de ser un pueblo de mierda (o tal vez por eso), nuestro circo ha causado furor. Hacía mucho no teníamos tal aforo. Para alegría de mi padre y pesar de todos los demás, nos quedaremos una buena temporada. «Santa Rosa es una mina de oro», dice el viejo mientras se frota las manos pensando en las ganancias, y brinda con una cerveza tibia, aunque al acabársela disimule no sentir entre los dientes el inevitable polvo de este pueblo ingrato.

En una de nuestras funciones noté a un joven que me miraba con insistencia. Al principio pensé que mi número como domadora le había impresionado. Pero cuando lo volví a ver en la segunda y tercera función y luego al otro día en las dos primeras, ya no podía negar que aquello era bastante inusual y que definitivamente no eran los tigres y los leones lo que lo atraían. Antes de empezar la tercera función lo busqué entre el público que hacía fila y cuando nuestras miradas se encontraron, le hice señas que me siguiera. Caminé con prisa mal disimulada hasta detrás de uno de nuestros maltrechos tráileres y cuando me alcanzó nos fundimos en un beso que me dejó las piernas temblorosas y la mente tan distraída que aquella noche casi olvido sacar la cabeza de las apestosas fauces de un tigre de bengala.

Era tan perfecto como un ángel y en el colmo de la perfección su nombre era Gabriel. A veces, en vez de practicar con mis felinos, me iba con él a hacer exquisitos malabares boca a boca y locas acrobacias corporales. Fue «el chino» el que se dio cuenta de lo que pasaba un día que nos sorprendió haciendo un «triple mortal» en mi tráiler. A pesar de que la gente del circo es bastante unida, este hijo de puta le fue con el chisme a mi padre. Se armó un alboroto tremendo ya que, no es bien visto que la gente de circo tenga amoríos con los de «afuera». La idea es que ellos no entienden la vida del cirquero y es difícil que se adapten a las duras condiciones de vida e incomodidades que conlleva. Uno de «afuera» puede desestabilizar la vida del circo, cosa que mi padre no estaba dispuesto a arriesgar. Me exigió que no le viera más y no contento con eso, él mismo habló con Gabriel y le prohibió pararse en el circo a buscarme.

Nunca había sentido necesidad por nada o nadie excepto el circo mismo, pero cuando dejé de ver a Gabriel fue como si mi sangre no tuviera ya la fuerza para seguir corriendo por mis venas. Me tumbé en mi cama y no quise salir. No había nadie que me supliera y mi número era uno de los «fuertes». La gente se quejaba por no ver a la «Güerita de los Leones».

Pasaron los días y me repuse a medias, la vida en el circo te enseña a ser duro y uno aprende de todo: de los animales que viven lejos de su hábitat, de los extranjeros que viven lejos de sus familias, de los payasos que, envueltos en una gran pena aún saben salir a hacer reír. Volví a meter mi cabeza en las fauces de mis tigres y a pasar a mis leones por aros ardientes. Disimuladamente buscaba a mi ángel entre el público, aunque sin éxito, y supuse con tristeza que él me había empezado a olvidar. Afortunadamente los nutridos aplausos que recibía, me hacían sentir un poquito menos miserable.

Llegó el día en que nuestro circo por fin se despedía de Santa Rosa, yo tenía el corazón dividido, la parte que aún pensaba en Gabriel deseaba quedarse y la otra parte deseaba irse lo más lejos posible.
Los cirqueros recogieron todo: animales, carpas, escenografía, alistaron los tráileres. Pronto estábamos en movimiento alejándonos del pueblo. «El chino» me miraba con sonrisa de satisfacción. De repente, alguien gritó. Señalaban el camino recién recorrido, algo pasaba. Todos volteamos desde nuestros carros para ver una figura diminuta seguida por una nubecilla de polvo; eso fue al principio, luego se fue haciendo más visible. Aminoramos el paso, los elefantes barritaron, los monos aplaudieron. ¡Gabriel venía haciendo malabares sobre un monociclo!, vestía de blanco y traía dos alas pegadas a la espalda que se movían disparejas con el viento. Sonreí toda, ¿saben lo que es eso?, sentir TODO tu ser sonreír, desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie. Mi padre me miró aprobatoriamente y al «chino» no lo vimos más
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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EN TU MUNDO

La angustia de la noche anterior casi se borra del todo al contemplar mi primer amanecer en este mundo: tres magníficos soles, como esferas incandescentes colgadas de un cielo de tintes violáceos, me han dado la bienvenida. De un mar lejano me llega un murmullo de olas, bramidos formidables atenuados por la distancia.

Mi nave se averió y me vi obligado a descender en este extraño planeta, estoy solo, lejos de los míos y, sin embargo, la belleza de este amanecer me da esperanza. Cuando se terminaba la provisión de oxígeno de mi traje espacial, decidí quitarme el casco protector. Aunque sabía que había una atmósfera no sabía si esta podía sostener mi vida. Estaba preparado a morir. Incluso había imaginado el ruido sordo que harían mis pulmones al estallar dentro de mí. Pero para mi sorpresa, me encontré con que podía respirar el aire de este mundo. Inhalo y exhalo un aire dulzón que me recuerda el olor de unos caramelos que nos daban como recompensa por portarnos bien cuando mis hermanos y yo éramos niños.

La fuerza que me dan estos recuerdos se ve opacada ante la visión de mi nave rota e inservible. Un lúgubre pensamiento invade mi mente: «Moriré solo en este lugar».

Me han despertado unas cosillas que flotan en el aire, rozaron mi rostro y me hicieron estornudar. Son transparentes y luminosas, de movimientos lentos y sincronizados; si me quedo quieto y cierro mis ojos, puedo pensar que son caricias, si, caricias de este mundo a mi cuerpo maltrecho, creo que me dicen que no desmaye, que todo estará bien.

Definitivamente dejé mi nave, nada puedo hacer con ella. Me alejo y lloro, no sé que será de mí. La incertidumbre duele, el miedo aprisiona mi corazón.

Te vi mirándome mientras te ocultabas detrás de un cerro transparente. ¿Acaso no ves que te puedo ver a través de él? Primero sentí temor y luego una inmensa alegría, ¡por fin! ¡Alguien! Fui corriendo a tu encuentro, pero cuando pensé alcanzarte habías desaparecido… ¿regresarás? ¿O eres acaso una mala broma de mi mente? Siento tu presencia muy cerca, a veces te veo, otras te adivino, unas más te huelo. Hueles al aire salobre que se respira a la orilla del mar.

No sé quién eres ¡vaya! Con esos tres ojos asomados en tu rostro y ese par de corazones latiendo furiosos dentro de tu pecho ni siquiera sé “qué” eres; solo sé que me buscas y yo te necesito. ¿Llegaré a conocerte? Ahora soy yo el que te sigue, busco tus huellas de siete dedos, necesito encontrarte.

Un nuevo amanecer nos sorprende sin saber a ciencia cierta dónde acabas tú y dónde empiezo yo. Poco a poco me vuelvo uno contigo, me integro feliz a tu ser, me acomodo en ti aunque siento que me faltan extremidades y sentidos para colmar tu ávido cuerpo, lleno de multiplicidades. Hoy ya no hay ayeres para mí, solo puedo pensar en mañanas contigo, mañanas que inician como hoy: con esos tres magníficos soles dorados como testigos de este abrazo infinito.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

La Mujer Pájaro – Cuento Corto.

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Amanecí gorjeando, y no se trata de prosa poética. Amanecí gorjeando como un ave. No me di cuenta al principio; como siempre, yo comencé a repartir órdenes e instrucciones a diestra y siniestra: «¡Vístanse! ¡Ya es hora!»¡No dejen la ropa tirada!» «¿Se lavaron los dientes?» «¿Alfredo, vas a querer huevos tibios o fritos?» Pero la cara de absoluto asombro de mis hijas y esposo, así como la falta de respuesta a mis arengas me indicaron que algo andaba mal. Fue entonces cuando me escuché. De mi boca no salían palabras, sino gorjeos como los de los pájaros. Cerré los ojos pensando que en realidad aún no me había despertado y estaba inmersa en alguna especie de sueño extraño, causado quizá por la mala digestión de la lasaña de la cena anterior. Los abrí de nuevo, pero el sueño seguía. Miré a mi esposo y pronuncié su nombre, en mi mente dije «Alfredo», mas lo que se escuchó fue una voz de pájaro que hizo que me desmayara.

Traté de buscarle sentido a lo que me ocurría, en mi mente repasaba yo todas las posibilidades: desde alguna mala reacción a las pastillas para la dieta, hasta haber pescado algún extraño virus —ahora tan en boga— en la tienda de mascotas donde había ido con mis hijas por unas tortugas japonesas. Busqué una respuesta médica, pero los doctores que me examinaron, entre asombrados y divertidos, no encontraron ninguna explicación, y para mi desgracia, tampoco ninguna cura a mi problema. Me sentí devastada.

De alguna forma, junto con mi voz, también perdí mi autoridad. En casa, mis gorjeos solo lograban risitas y burlas. Comencé a usar un pequeño pizarrón donde escribía lo que quería decir y evitaba hablar. Mis labios se cerraron excepto para comer el alpiste que día con día se me iba antojando más por sobre cualquier otro alimento. Mi familia comenzó a avergonzarse de mí. Dejé de frecuentar a mis amistades y parientes y mi condición la mantuvimos en secreto por el bien de todos. Si alguien preguntaba, se le decía que sufría una afectación en la voz y que había enmudecido temporalmente. Yo aceptaba todo con resignación, de nada servía rebelarse, pero comencé a sentir cómo mi alma se iba saturando de tristeza.

Un día, cuando Alfredo vio que había traído del supermercado unos huesos de jibia, semillas de linaza y un libro sobre canarios, además del alpiste habitual, me increpó. Me amenazó con mandarme a un manicomio, luego su tono cambió y se hizo suplicante, deseaba con todas sus fuerzas que yo volviera a la normalidad. Me pidió hiciera un esfuerzo, él pensaba que el problema estaba en mi mente, traté de concentrarme y hablar como una persona, pero de mi boca solo salió un débil y triste gorjeo. Alfredo salió aventando la puerta y yo me derrumbé en la mesa llorando lágrimas mudas.

Las noté mientras me duchaba, dos protuberancias extrañas en mi espalda, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo. Entré en pánico, salí desnuda y chorreando agua hacia el espejo, me vi… Las vi. «Algo» me estaba creciendo. A partir de ese momento evité hacer el amor con Alfredo, no podía permitir que me viera sin ropa. También evité cualquier contacto físico con mis hijas por temor a que las descubrieran. Las protuberancias crecían día con día, no podía ignorar que se trataba de dos alas incipientes, me aislé de todos y de todo y me encerré en el cuarto de huéspedes.

Hoy una urgencia irracional me ha obligado a salir sin avisar en medio de la noche. El corazón se me quiere salir del pecho mientras me dirijo a toda prisa al Cerro de la Cruz. Subo con rapidez, como si mis pies conocieran la urgencia de mi alma y cooperaran gustosos. Por fin estoy en la cima, ¡qué bueno que no hay nadie!. Me desnudo al tiempo que veo el sol anunciarse en el horizonte, de mi garganta surge un canto de bienvenida para él, las notas son hermosas, dulces y tristes a la vez. Me acerco a la orilla del cerro, la que da al océano. Abajo, las filosas rocas son ahogadas sin misericordia en espuma de mar. Unas gaviotas revolotean sin prisa, prefiero mirarlas a ellas, las miro largamente, casi con envidia. En mi espalda siento un movimiento involuntario de mis jóvenes alas. Primero un aleteo tímido, luego un batir furioso, por momentos me levanto unos centímetros del suelo para volver a bajar. Ignoro si ya están listas, quizás les falte crecer. Delante de mí se extiende el cielo, sin límites ni fronteras. Las nubes no piden explicaciones, el viento no distingue entre aves o aviones. Me retiro de la orilla y retrocedo, tomo impulso…

790 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Relato participante en el concurso del blog El Tintero de Oro correspondiente a Junio 2024. Se homenajea al escritor Franz Kafka y su conocida obra La Metamorfosis. Se trata de escribir un relato cuyo protagonista despierte a un mundo o realidad que no acabe de entender.

Actualización: La Mujer Pájaro salió ganadora en el concurso, me siento muy honrada y muy feliz.

El audio anterior es un experimento con IA, donde ésta «analiza» mi texto, identifica puntos débiles y fuertes y en general habla sobre él en un ejercicio tipo podcast. En general me resulta interesante el resultado. Está hecho con la herramienta NotebookLM de Google. Hago la aclaración que mi relato es cien por ciento hecho por mí y que no fue generado por IA. Este «análisis» sí es hecho por IA y de ninguna manera sustituye un podcast hecho por profesionales ni pretende ser un análisis literario en toda regla. Repito que es un experimento.

https://bloguers.net/votar/AnaPiera68

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FLORIFAGIA II

Cuento corto, original.

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Ella tenía ya algo de tiempo dedicándose a sus cultivos de flores. Era este un pasatiempo que había llegado a su vida sin querer. En una ocasión una hermosa malva había irrumpido la aridez de su jardín trasero con su espectacular belleza y deliciosas variaciones de violeta; tal vez alguna semilla perdida había ido a parar en medio de aquel páramo. En vez de cortarla decidió conservarla y cuidarla. Descubrió que mirar la flor le traía paz y sentía que algo de la belleza de la flor pasaba a su ser maltrecho. A la malva siguieron crisantemos, rosas, lilas… aprendió a cultivarlas y luego se sorprendió comiéndolas con la esperanza de que aquella belleza la saturara y la transformara por completo.

En toda su vida no había sido más que un ser feo por dentro y por fuera, una criatura maldita. Sabía de sobra que toda belleza es efímera y la del mundo vegetal lo es aún más que la humana. Con todo, algo había de cierto en su teoría, y la belleza le duraba unos cuantos días: su piel marchita rejuvenecía y se ponía suave y tersa como pétalos de flores. Despedía también un aroma peculiar según el tipo de flor que hubiera comido; por ejemplo, el olor a rosas la metía en problemas. El viejo Augusto, el jardinero del rumbo, se sentía atraído por los efluvios de rosa que percibía en el aire e intentaba saltar la enorme verja de la casona inflamado por el deseo de encontrarse con la fuente de aquel olor embriagador. Invariablemente, unos gritos horripilantes lo despertaban del embrujo:

—¡Largo, largo! ¿No sabe que esto es propiedad privada? ¡Fuera! —El pobre hombre se alejaba corriendo, no sin antes hacer la señal de la cruz.

Como siempre, el efecto de las flores no duraba mucho y toda ella se empezaba a marchitar. Era hora de alimentarse otra vez…

Trabajó mucho intentando cultivar flores cuya belleza perdurara y fuera más profunda en el sentido de no solo transformar la carne, sino también el espíritu, pero sus esfuerzos fueron en vano. Un día, en medio de la frustración decidió dejar a un lado las tiernas flores para comer espinas, también comió malas hierbas: lirios, adelfas, belladonas. Mientras se alimentaba escuchó una risa diabólica que flotaba en el ambiente. Intentó parar, pero aquello se volvió compulsión y mientras más comía, una rigidez espantosa empezó a invadirla, filosas espinas la recubrieron de pies a cabeza y sintió sus adentros fibrosos y secos. Quiso gritar, mas de su boca no salió ya ni un sonido. Esta vez el efecto no duró tan solo unas horas, esta vez duró semanas y fue lo más parecido a una muerte lenta y cruel.

Cuando los efectos del envenenamiento pasaron, y volvió a su fealdad de costumbre, aquella que la había acompañado desde su nacimiento y que se había exacerbado con la edad; destruyó los cultivos de flores y malas hierbas y ya nunca intentó ninguna receta floral para transformarse en otra cosa. Simplemente se quedó con ella misma.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Tengo otro relato con el mismo tema, lo puedes encontrar aquí https://anapieraescritora.wordpress.com/2020/11/29/florifagia/

ESCRIBIR JUGANDO (DICIEMBRE)

Este es el microrrelato para el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» del mes de Diciembre: https://lidiacastronavas.wordpress.com/2020/12/01/escribir-jugando-diciembre-3/

Hay que hacer un cuento de no más de cien palabras inspirado en la carta y que incluya el objeto del dado (bosque/selva) y de forma opcional que esté también el Palacio de las Mareas (imagen más pequeña).

En su reflejo apenas se reconoció. De privilegiado príncipe nacido en el Castillo de las Mareas a rudo pirata con mala dentadura. La bruja abrió un portal y le indicó el camino. Se encontró en otra realidad de fértil suelo metálico donde crecía una selva exuberante. Una cruz señalaba dónde buscar lo perdido. La fuerza bruta sería inútil y tiró lejos su pala. Inspeccionando el lugar encontró un panel extraño. Presionó un botón y el piso metálico se abrió. Ahí estaban su juventud perdida, el amor de su madre y la ilusión. Se hizo con su tesoro y regresó.

99 palabras

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla