«Recuerdos» por Ana Laura Piera en Masticadores

Con mucho sigilo se deslizó dentro de la casa; deambuló de aquí para allá, y se sintió especialmente atraído por la calidez que emanaba de la cocina, calidez que abrió la llave a los recuerdos: Le vino a la mente el postre de higos en almíbar […]

Recuerdos por Ana Laura Piera

NECRONOMICÓN (Mi participación para «Escribir Jugando» Agosto 2021)

Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta. En tu creación debe aparecer el objeto del dado: torre.
Opcional: Que aparezca en la historia algo relacionado con la invención del papel. Pincha en la imagen para ir al blog de Lidia Castro que es quien lanza el desafío.

En contra del consejo de ministros, el Rey se aisló en la Torre del castillo. Quiso leer y hacer suyo todo el conocimiento encerrado en el Necronomicón. Lo encontraron casi sin respiración, hinchado, cubierto de llagas y pus; en su boca había trozos de papel arrancados al ejemplar y que al parecer, intentó devorar. La tinta maldita lo condenó a morir vomitando demonios y con la mirada perdida en oscuras visiones del infierno.

73 palabras.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

EL REGALO

El vendedor, olfateando su primera venta del día, gesticula dramáticamente mientras explica a su cliente por qué debe decidirse a comprar:

¡Mire que líneas! No me va a decir que no son perfectas, ahora, échele una miradita a las molduras, vea el detalle. Observe el interior, sienta la tela… ¡Ah! ¿Ve? ¡Pura calidad! Además cuenta con alarma, algo muy conveniente. Usted sabe que las apariencias engañan y que hasta lo más definitivo que hay en esta vida, puede no ser tan definitivo.

—Si, me lo llevo, envuélvanmelo para regalo —dice Justino Martínez muy convencido.

El vendedor, conocedor de su oficio, esconde la sorpresa que le causa tal petición y enseguida envía al mandadero para que compre lo necesario. Tardan un poco en dejarlo listo, después de todo es la primera vez que les piden algo así, muy pronto el color caoba del féretro, queda oculto detrás del papel de regalo, parece una barra de chocolate gigante con envoltorio rosa chillón. Terminan colocando un gran moño a juego.

—Súbanmelo a mi camioneta.

Y ahí va Justino, mientras maneja, va pensando: “¡Las cosas que me obligas a hacer Gloria! A ver si con esto se te acaban los achaques. Desde que nos casamos hemos hecho más visitas al hospital que a ningún otro lado. Que si te duele aquí, que si te duele allá. Que si ya vas a estirar la pata, ¡tanto dinero gastado en medicinas que no te curan! Primero pensé era mal de ojo; entonces te llevé con Doña Angustias para que te hiciera una buena limpia. Estuviste bien por un tiempo, pero ya estás otra vez con tus dolencias. Creo más bien que eres una mañosa. Con este regalito debes de reaccionar, ya verás”

Cuando ve llegar la camioneta de su marido, Gloria se emociona mucho. En vísperas de su cumpleaños, seguro que su marido le compró algo bueno, tal vez un mueble. Casi se muere de verdad cuando Justino le pide que quite la envoltura y se encuentra tan lúgubre regalo.

Mujer, tú siempre estás diciendo que ya te vas a morir y no sé que tanto, por eso decidí traerte esto, no te puedes quejar, es de lo mejorcito que hay, estarás muy a gusto aquí.

A la par que se recupera del disgusto, el inesperado regalo hace reaccionar a Gloria: la artritis se esfuma, ya no le da la migraña, la presión alta la deja en paz y su diabetes se controla de un día para otro. Tras la incomodidad inicial (no encontraban donde ponerlo), el féretro se hace útil e indispensable a los pies de la cama matrimonial que Gloria y Justino comparten desde hace veinte años. Los calzones de Justino y los pijamas mata pasiones de su mujer, encuentran un hogar dentro de él.

—¡Ay mujer! El día que te mueras voy a extrañar tanto el mueblecito, mira ¡que bueno nos ha salido!

Una noche en que no puede conciliar el sueño, a Justino se le ocurre intentar dormir dentro de la caja. Descarta la idea por descabellada y rara, pero cuando en sus noches comienza a abundar el insomnio, decide probar. Saca toda la ropa que guardan y se duerme muy tranquilito a los pies de Gloria. Esa noche, Justino sueña que está enterrado dentro del féretro, tres metros bajo tierra. No es una pesadilla sino un sueño apacible y tranquilo, siente su cuerpo suavemente arropado, como si estuviera dentro de un capullo de mariposa. Las preocupaciones y los afanes cotidianos se quedan lejos, muy lejos.

A la mañana siguiente despierta más descansado que nunca y reflexiona sobre si el morir se parece a su sueño. Gloria está histérica por el desorden dejado por su marido, pero eso no lo detiene y Justino repite la experiencia. Muy pronto no puede dormir en otro lado que no sea su “cajita” como cariñosamente la llama. Siempre sueña que está plácidamente… muerto. Está convencido que la muerte es como volver a una patria abandonada en el momento de nacer y olvidada con la primera bocanada de oxígeno que entra a los pulmones. Quizás no hay nada que temer de ella. Primero duerme con la tapa del ataúd abierta, pero con el tiempo se acostumbra a dormir con la tapa cerrada.

Pareces el conde raro ese que se convierte en vampiro. Estoy harta. Además, era mi regalo y el que lo usas eres tú. ¡No es justo! —se queja Gloria.

Un día la muerte acaba por seducir completamente a Justino y Gloria ya no lo puede despertar. En el velorio todos comentan la felicidad pintada en el rostro del difunto. Gloria a su vez lamenta muchísimo la pérdida de su regalo.

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

OLORES Y RECUERDOS

“A gato viejo, ratón tierno”, solía decir descaradamente mi padre. No había pasado ni un mes del suicidio de mamá y el viejo ya hacía de las suyas. Sin ella, sus correrías se volvieron aún más desvergonzadas. Creo que nunca tuvo la capacidad de amar a nadie y yo temía ser como él, pero tú me salvaste.

Una imagen interrumpió esa idea: un campo en primavera. El culpable era el aroma a tomillo que hervía junto con la carne. Rememoré cuando en alguno de nuestros viajes, fuimos a ver cómo hacían queso de forma artesanal en esa granja remota. Lo degustamos y nos dieron vino, ¡estabas tan contenta! Al final de ese día mágico, nuestros cuerpos se fundieron en una colisión exquisita.

El olor a orégano me golpeó la nariz ¿o fue acaso la mejorana? ¡Malditas hierbas!, ¡nunca las supe diferenciar!. Les tenía aversión pues me recordaban los jarabes caseros con que mi abuela pretendía curar cualquier gripe cuando era pequeño. Pero a ti sí te agradaban.

Los aromas me atrajeron al cazo donde hervía tu carne junto con las especias. No pude distinguir qué era qué. ¿Acaso parte de tus piernas?, ¿un pedazo de vientre?, tal vez un fragmento de tus pechos. La cocción te había transformado. Saqué un trozo, lo probé y se deshizo en mi boca inundándola con un sabor delicioso . Mi cuerpo se estremeció de emoción y sentí la urgencia de seguir comiendo. Te amé tanto, que busqué la manera de estar siempre juntos. Yo nunca sería mi padre.

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AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Otro cuento sobre olores:

EL DÍA QUE LOS CERROS SE LEVANTARON

Photo by Tiraya Adam on Unsplash

La gente siempre recordará ese día. El estruendo fue pavoroso y se escuchó hasta el fin del mundo. Previamente hubo señales que presagiaban que algo catastrófico estaba por suceder. El pulso de la Tierra, antes firme, se volvió como el de un anciano tembloroso; los animales salvajes no se dejaron ver por ningún lado y un prolongado eclipse de sol hizo que muchas personas pensaran que las tinieblas lo habían ahogado sin remedio. El viento no llevaba ya el canto de las aves, solo extraños presentimientos que llenaban de temor los corazones.

Como gigantes se levantaron. A su lado las poblaciones humanas parecían hormigueros y aunque las grandes masas de tierra no tenían la intención de herir a nadie, hubo muchísimos muertos y heridos. De los lomos de los cerros cayeron: casas, personas, vehículos, ganado y todo lo que los humanos solemos poner en ellos al creer que los conquistamos.

En medio del caos unos pocos las escucharon, aunque ninguno las entendió: palabras de pesar proferidas por los nobles monstruos al alejarse. Se fueron con los pies de tierra envueltos en una polvareda espesa mientras caminaban haciendo llanura. No se supo el porqué de aquel formidable éxodo, pero sin ellos nada fue igual. El paisaje se hizo monótono, el clima cambió, los ríos inundaron las poblaciones, los animales ya no tuvieron donde guarecerse y la gente quedó desnuda.

Desde entonces los niños y los viejos cantan melodías al amanecer para atraer a los cerros otra vez, pero el tiempo se vuelve un bien escaso. Si los ves, trátalos bien y diles que esta eterna espera nos está matando.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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CIBORG II – Microcuento

Foto de Unsplash

Adivinando que los malditos cíborgs acabarían por eliminar a todos, fingió ser uno. Imitar convincentemente su comportamiento no fue fácil, pero peor había sido esconder su propia humanidad. Solo tenía unos pocos, preciosos minutos de soledad cuando simulaba recargar baterías; mismos que aprovechaba en leer un libro que tenía escondido y que consideraba su tesoro; leyéndolo recordaba que no estaba hecho de metal y circuitos electrónicos, sino de piel, huesos y espíritu.

Un día el aullido de sirenas y el parpadeo frenético de luces le indicaron que había sido descubierto. La puerta del módulo de recarga fue sellada y ya no se volvería a abrir jamás. Se despojó lentamente de su piel de robot hasta quedar desnudo y luego, haciéndose un ovillo en el piso helado, se dispuso a leer hasta el final.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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ENCUENTRO EN EL MUELLE

foto de Jaime Moreno en Flickr

—Es un hombre que camina encorvado —me dijo mi primo—, aparece como a las dos de la madrugada, camina un poco por la playa y desaparece a la altura del viejo muelle. ¿No te da miedo verdad? Aquello me sonó a desafío y contesté: —Iré, estoy seguro que no hay nada. Ustedes acá en el pueblo creen cualquier cosa pero cuando vives en la ciudad, eso cambia. Mi primo sonrió divertido ante mis ínfulas citadinas y eso me molestó.

No había luna ni estrellas esa noche, la playa se había convertido en un lugar oscuro e irreconocible salvo por el ruido familiar del mar lamiendo la arena. Saqué mi pequeña linterna y apunté su diminuta luz amarillenta a las tinieblas que me envolvían, pero fue evidente que de poco me serviría.

Caminé en medio de la oscuridad con el mar a mi lado, pensé en quitarme los zapatos, pero los filosos guijarros y conchas marinas que adivinaba incrustados en la arena me disuadieron. Me remonté a mi infancia cuando de la mano del abuelo salíamos en la noche a admirar el fenómeno de bioluminiscencia que a veces hacía que las olas dejaran un rastro de luz verdosa sobre la arena. El haz de mi linterna se topó con un pez globo muerto, que bailaba a merced del suave oleaje. Me quedé observándolo con una fascinación mórbida que no sé explicar muy bien. Cuando alcé la vista, ahí estaba el sujeto, y supe casi de inmediato que no era un ser humano vivo, su cuerpo irradiaba también una luminosidad extraña e irregular, como una estrella exhausta a punto de apagarse.

Estaba frente a mí y su boca se curvaba en una mueca rara que pretendía ser un gesto amigable. Era un hombre entrado en años, llevaba los pantalones doblados a la altura de la rodilla y de su hombro colgaba una red de pesca. En una mano llevaba también una cubeta que parecía pesada a juzgar por la inclinación que provocaba en su cuerpo.

—¿Usted también va hacia el muelle? —me preguntó con una voz rasposa que me acabó de robar el aplomo. Hubiera querido echar a correr, pero la misma fascinación mostrada hacia el pez hizo que mi mente buscara las palabras para contestar, no fue fácil, mi lengua parecía haberse separado de mi cuerpo y haberme dejado abandonado y mudo ante las preguntas del fantasma. —Ehh… Ssí —mis palabras salieron de mí casi sin aliento. Reparé que el muelle al que se refería él, ya no estaba, eran solo unos cuantos pilotes de madera que quedaban como testigos silentes de la estructura que antaño existió en ese lugar.

—Vamos pues— dijo, y comenzó a caminar y yo lo seguí a pesar del martilleo furioso de mi corazón que protestaba ante tal insensatez. Noté con horror que sus pies descalzos no dejaban huellas. El hombre volvió a hablar con esa voz que ponía la piel de gallina: —No sé que me pasa que a veces veo el muelle roto amigo, ahora mismo me pasa algo raro, no siento el mar mojándome los pies. Creo que tengo que ir a ver al doctor. Mi cuerpo temblaba casi incontrolablemente y puedo jurar que estaba al borde del desmayo. —A veces siento que estoy atrapando algunos peces, pero al sacar mi red ya no están, escaparon, o nunca estuvieron ahí. No sé, imaginaciones mías tal vez. Sabe, lo que más me extraña es que nunca veo el sol. Hace mucho que no siento sus rayos sobre mi piel, solo esta negrura. ¡No se imagina usted cómo extraño el sol! En ese momento llegamos al muelle y el hombre desapareció ante mi vista. Me desplomé en la arena.

Mientras regresaba a mi auto, decidí que podía quitarme los zapatos, después de todo no hay nada como sentir el mar y la arena entre los dedos, aunque uno se lastime con los guijarros y si eso pasara, el dolor sería un recordatorio de que aún estoy vivo. Al otro día tomaría un buen baño de mar y sol, y por la noche regresaría a la playa, con suerte quizás podría ver la luminiscencia, aunque evitando el horario donde aquella pobre alma atormentada se aparece, por supuesto mi primo se iba a reír de mí. ¡Qué más daba! También pensé en regresar a vivir a mi pueblo costero y dejar la ciudad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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DULCE VENGANZA – Microcuento

El fantasma del joven Y. Briones decidió atormentar a sus padres castrantes y abandonadores; a sus desamorados hermanos; a la servidumbre de la hacienda, que le habían servido con asco y sin voluntad; y al cura cruel que tan malos ratos le hizo pasar. Dulce venganza…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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ADAPTACION -microcuento

foto de Unsplash

Publicado en los diarios de las principales ciudades del planeta:

«Esta semana empezaron a duplicarse los casos de bebés nacidos con cubrebocas incorporado. Se trata de un colgajo de piel en el mentón, lo suficientemente elástico que permite jalarlo hasta cubrir boca y nariz sin impedir la respiración. Funciona incluso mejor que un cubrebocas convencional. Los estudios hechos a los infantes con esta característica demuestran una eficacia del cien por ciento contra los virus de la familia coronaviridae y otros. Los casos se presentan a nivel mundial. Ante la ola de consternados padres llenando las salas de hospital pidiendo ayuda, la OMS recomienda NO retirarlo quirúrgicamente pues se trata de una adaptación de nuestra especie a las amenazas recientes por virus».

José cerró el periódico esperanzado. Quizás empezaran pronto a nacer seres humanos sin ojos ambiciosos, sin manos destructoras; con un cerebro más parecido al que tenían los humanos al inicio de nuestra historia en el mundo, cuando el Homo sapiens aún guardaba un equilibrio con la naturaleza y no depredaba su hogar. Si la naturaleza podía adaptarnos para sobrevivir a unos diminutos virus, quizás podría cambiarnos para sobrevivir a nosotros mismos.

Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

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MÚSICA- Microcuento

Suena la música favorita de mis muertos. «Ahora pongamos la de la abuela, ahora la del tío…» Se arremolinan las presencias, un perfume antiguo se pasea por el salón. Mucho después de que pare la música, ellos seguirán aquí, bailando.

Ana Laura Piera

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