El Mediador. Cuento Corto.

Mi participación en la convocatoria de El Tintero de Oro que este mes de octubre homenajea al escritor Miguel Delibes y su obra «El Camino». Condiciones: escribir un relato que no exceda las 900 palabras, ambientado en un medio rural o donde la naturaleza desempeñe un papel fundamental.

Ya eran mediados de junio y no llovía. Lorenzo Temich acercó un humeante pocillo de barro a sus labios y tras un sorbo paladeó con gusto su café negro. «Un pequeño placer ante las adversidades de la vida» —pensó. Su mirada traspasó la ventana, hacia el campo, donde cobijadas en la tierra seca, las semillas esperaban que del cielo les llegara la vida. Para empeorar las cosas, Facundo Cacahua, el «tiempero», quien se había encargado de mediar entre la divinidad del volcán, guardiana del agua, y los hombres, había muerto hacía tres meses y no se sabía quién sería su sucesor.

Lorenzo miró con disgusto los trastes sucios dejados por su hijo Fabián desde la noche anterior. Ya hablaría con él cuando regresara del campo.

En la plaza abarrotada del poblado, la viuda Soledad, que tenía fama de adivina, aseguraba haber visto el día anterior al mismísimo «Gregorio Chino Popocatépetl», y que este le había revelado quién sería el nuevo «tiempero».

—Se presentó como un anciano vestido de blanco, descalzo, con un sombrero de paja todo deshilachado. Ya ven que le gusta pasar desapercibido.

—¿Segura que era Él?

—¡Sí! Era el volcán en su forma humana, paseándose entre nosotros, como lo hace a veces. Me dijo que no llovería hasta que Fabián Temich lo visitara.

En ese momento se fueron a ver a Fabián, que andaba pastoreando vacas. Era apenas un joven de 17 años, juguetón, de rostro agradable y mirada melancólica. Le llamaron y él se acercó.

—¡Debe ser un error! —dijo sorprendido.

—El mismísimo volcán se lo dijo a Soledad.

—¡No puedo! ¡No quiero!

—¿Cómo que no quieres? ¡Necesitamos el agua! Tienes un deber, como lo tuvo antes Facundo Cacahua.

—¡Ni siquiera sé leer las nubes! Yo solo quiero cuidar a mis animales, busquen a otro.

Los de la comitiva dejaron escapar un bufido de disgusto casi al unísono. Mas ignorando la negativa de Fabián empezaron a pedirle cosas: «En mi parcela tengo semilla de haba, dile que no me olvide» «Yo tengo maíz, frijol y calabaza, si no llueve mis hijos se morirán de hambre»…

Cuando Fabián regresó a su hogar, lo esperaba Lorenzo, quien lo abrazó con fuerza.

—No te puedes negar mijo. Tienes un deber. ¡Ah! Y por muy «tiempero» que te vuelvas, no me andes dejando tus platos sin lavar.

Esa noche el joven no podía dormir por miedo a escuchar de verdad la voz de la montaña. Cuando al fin el cansancio lo venció, «Gregorio Chino Popocatépetl» se hizo presente en sus sueños, como una voz vieja, que conjuraba autoridad y ternura a la vez.

—Te necesito para que me visites y me lleves lo que necesito, como hacía Facundo.

—Debe haber alguien más digno.

—¡No me hagas enojar! A ver, necesito fruta, mezcal, mole, y tortillas. ¿Estás poniendo atención?

—Es que…

—No se te olviden las veladoras. También quiero tamales, pan dulce, flores y música.

—Pero…

—La ofrenda me la dejarás en la cueva. Solo tú entrarás y ahí hablaremos.

Fabián tenía miedo. El peso de la responsabilidad por las lluvias era demasiado. Si fracasaba, todos lo culparían. Dudaba entre aceptar ese destino o buscarse la vida en otro sitio. Hizo un hatillo con algo de ropa y pensó en escapar al amanecer. A las cinco de la mañana, todavía oscuro, escuchó ruido de personas afuera de su casa. Soledad y otras mujeres coordinaban la recepción de las ofrendas que llevaban los pobladores. Su padre, Lorenzo, servía café para todos. La esperanza era mucha. En ese momento sintió que al menos debía intentarlo.

Entre vítores y aplausos, salió el nuevo «tiempero» acompañado de un grupo de hombres, mujeres y tres mulas que cargaban lo más pesado. Su objetivo era subir al volcán, que majestuoso, presidía sobre el valle. Conforme ascendían, los pies se hundían en la ceniza suelta y los aires de la montaña la aventaban a los ojos, dificultando el avance.

Fabián iba recordando sus sueños de niño, mismos que nunca contó a nadie, cuando se veía asimismo arriba del volcán. ¿Sería que desde entonces Gregorio lo había escogido? ¿El volcán sería de fiar?

A seiscientos metros del cráter, divisaron la cueva. Cruces blancas y restos de ofrendas pasadas marcaban el sitio. La entrada era una rajadura angosta en la piedra. Fabián entró, y le fueron pasando todo.

Adentro de la cueva hacía calor y se oían ruidos extraños. Torpemente, encendió velas, acomodó la ofrenda y esperó. Una ráfaga de aire apagó las luces y en completa oscuridad sintió que una mano helada se posaba en su hombro y un escalofrío lo recorrió de arriba a abajo.

—Gracias por venir. A partir de ahora te visitaré más seguido. Te enseñaré a leer las nubes, a estorbar el granizo y a sanar dolencias. Afuera harás una oración a Dios nuestro Señor y a la Virgen, y luego me pedirás lluvia. Confía en mí.

Fabián hizo como Gregorio le pidió y al terminar la oración se escuchó un fuerte tronido. Alzaron la vista al cielo, que estaba azul y sin nubes. Inexplicablemente, empezó a llover con fuerza. Todos cayeron de rodillas, dando gracias.

El regreso se dificultó por la lluvia, pero a la gente no le importó. En cuanto a Fabián, ya no sentía miedo, estaba listo para abrazar sus nuevas responsabilidades aunque tendría que negociar con su padre, porque aquello de lavar trastes no se le daba muy bien.

899 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

En este relato aparece el nombre de Facundo Cacahua, si quieres leer una historia donde él fue el protagonista te dejo el enlace AQUÍ.

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Notas:

«Tiemperos», «graniceros» o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen es un sincretismo entre creencias pre-hispánicas y cristianismo. Esta tradición expresada en el relato, sigue viva hasta el día de hoy.

¿Qué conexión tiene la montaña con el clima? En gran parte de Mesoamérica se creía que las montañas «guardaban» todo lo necesario para la subsistencia: lluvias, semillas, vientos, aguas, manantiales, nubes, rayos, granizo etc.

«Gregorio Chino Popocatépetl, o cariñosamente: Don Goyo» es el nombre que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, (en lengua náhuatl: «el cerro que humea»), un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de México. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto

Si dejas tu comentario te pido que me pongas tu nombre o el de tu blog para ubicarte. A veces WordPress pone los comentarios como «anónimos». Gracias.

Frugívoro – Microrrelato.

Mi participación en el reto de octubre de Escribir Jugando. Condiciones: inspirarse en la carta, incluir el elemento del dado: «manzana» y opcional incluír algo relacionado con un violín. No más de cien palabras.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el forense.

—Masculino. Derrame cerebral. Químico de profesión. Toda su vida se alimentó de manzanas. Tomaba suplementos para lo demás.

—¡Inconcebible en un hombre de ciencia! ¡Pobre estúpido! ¿Me pone música por favor?

El lamento de un violín solitario inundó la fría morgue.

—Escalpelo… Gracias.

Tras un rato de cortes, mediciones y apuntes, se oyó la voz incrédula del asistente.

—¿Doctor, está usted viendo lo mismo que yo?

En la cavidad torácica, en vez de corazón, había una manzana enorme, amarillenta y ajada. Desde un orificio, un verde gusanillo, gordo y viejo, se asomaba curioso.

100 palabras.

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Autor: Ana Piera.

La Soledad de los Vencidos. – Cuento Corto.

Mi participación en el VadeReto del mes de septiembre, donde se nos propone explorar las distintas formas de soledad, escoger la que más nos inspire y construir un relato. La palabra «soledad» deberá estar incluída en el texto.

Toma de Tenochtitlan, autor desconocido.

Camaxtli sintió frío y se pegó por detrás al cuerpo de su hermana menor, Ameyalli, quien temblaba como un pajarillo asustado. El huipil de Ameyalli olía al humo de la ciudad prendida fuego y la cual habían tenido que atravesar para ponerse a salvo. El muchacho pasó su mano libre a ciegas por el rostro de ella, acarició con ternura su frente y al pasar por sus ojos, sus dedos se humedecieron con lágrimas. Más allá, en cuclillas, y asomado al barranco, estaba su abuelo Maxtla. Ahora parecía más viejo de lo que realmente era. Él hubiera preferido quedarse a morir en Tenochtitlán, pero algo le había impelido a intentar salvar a sus dos jóvenes nietos.

Horas antes, estremecidos luego de ver a sus padres morir flechados cuando tiraban piedras desde la azotea de su casa a los invasores, los chicos siguieron las instrucciones de Maxtla para intentar salir de la ciudad. Se habían escurrido como sombras entre las casas ahora desiertas de vida, las calles ensangrentadas y llenas de cadáveres, y los templos derruídos. La venganza se paseaba por las calles de Tenochtitlán y no respetaba a nada ni a nadie. Del cuello de Camaxtli pendía un dije con la imagen de la diosa protectora Cihuacóatl y cuando sentía que sus fuerzas estaban al límite lo envolvía con sus manos, aunque ya sin mucha fe, pues los dioses habían sido sacados de sus templos, arrojados desde lo alto y hechos añicos.

A duras penas lograron salir a una de las riberas del lago y abordaron una canoa cuyos ocupantes, guerreros mexicas, ya llevaban al menos un día muertos. Camuflados entre los cuerpos inertes, que ya hedían, y con la canoa a la deriva sobre el lago de Texcoco, lograron evadir la vigilancia que los hombres barbados ejercían desde los bergantines y también la de los feroces adversarios tlaxcaltecas y de otras etnias enemigas, que patrullaban en otras embarcaciones. En un momento dado, escucharon el silbido característico de una lluvia de flechas, que se clavaron en las carnes macilentas de los que ya no vivían. Los fugitivos encallaron en una orilla poco vigilada del lago. Salió primero Maxtla, y después de asegurarse que nadie los viera, ayudó a los muchachos a desembarcar. Haciendo un gran esfuerzo, pues no se habían alimentado bien los últimos días, caminaron muchas horas rumbo a la sierra y no pararon hasta llegar, al atardecer, a un lugar alto desde donde se podía ver agonizar a la capital del otrora poderoso imperio mexica.

Camaxtli reunió coraje para hacer la pregunta que venía bullendo en su corazón desde que se dieron cuenta que la ciudad, sitiada hacía más de ochenta días, ya estaba condenada.

—Abuelo, ¿por qué los dioses permitieron nuestra ruina? ¿Acaso no somos nada?—dijo con voz trémula mientras seguía abrazando a su hermana, que no decía nada, solo lloraba y tenía los ojos muy abiertos mirando al vacío.

Maxtla se levantó y se acercó al lugar donde sus nietos se encontraban, abrió la boca, parecía que iba a decir algo, pero no pudo, entonces bajó la cabeza y cayó al suelo, lamentándose como un animal herido. Mientras miraba a su abuelo llorar desconsoladamente en posición fetal, Camaxtli comprendió la magnitud de la soledad en la que se encontraban, el desamparo que sintió fue como un golpe en el pecho que por breves momentos le impidió respirar. Ya nada sería igual. Tomó su dije arrancándolo del cuello y se levantó hacia el despeñadero, ahí lo lanzó al vacío con todas sus fuerzas. Todo en lo que había creído se disipaba, como el humo de los incendios de su amada Tenochtitlán elevándose hacia el cielo.

Autor: Ana Piera.

El asedio de Tenochtitlán desde el lago de Texcoco es la batalla naval librada a más altitud de la historia antigua (2250 mts, snm.) y la primera en tierras continentales de América. El sentir de los vencidos quedó manifestado en poemas tristes sobre la conquista de la ciudad escritos en náhuatl, los puedes leer traducidos al español AQUÍ.

Entrada muy completa sobre la caída de Tenochtitlán

Trece bergantines y dieciséis mil canoas en el asedio a Tenochtitlán

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Atrapados en la Red – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto de El Tintero de Oro, Septiembre 2024. El tema es «las redes sociales». No debe sobrepasar las 250 palabras.

Quedé con un par de amigos en nuestra cafetería favorita. Mientras degustábamos lattes, Luis comentó:

—La gente nos vamos pareciendo más a los simios, ¿no se han dado cuenta? Las facciones se vuelven simiescas, los cuerpos se cubren de pelo y se van encorvando. Leí un artículo en Facebook sobre la Teoría de la «Involución». ¡La peli de El Planeta de Los Simios fue profética!

—¿Qué dices? —contestó Marco escandalizado—. Simios no, ¡cerdos! La comida hecha con carne de cerdo trae «algo» que está cambiando el ADN de todos, he visto varios videos al respecto en Instagram y TikTok. ¡Fíjense bien y lo verán!

—Yo sigo a Russo —dije—. El influencer de YouTube que dice que todos somos ángeles y que solo debemos tratar de buscar la vibración angelical. Si uno lo hace bien, nos saldrán alas, aureola y podremos volar, ¡seremos seres superiores!

Mis amigos intercambiaron una mirada burlona entre ellos y fingieron estar muy interesados en sus respectivas bebidas. Nos despedimos y cada uno se encaminó a sus asuntos. Luis se fue saltando sobre las mesas, aullando y balanceándose a la manera de los simios. Marco salió derribando cosas a su paso y chillando como un puerco. Y yo sentí salir de mi espalda las benditas alas y en mi cabeza la aureola y me elevé por sobre todos y salí volando. Lo raro es que nadie pareció darse cuenta. No importa, al final Russo tenía razón ¡Bendito YouTube!

246 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

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Sirena – Microrrelato.

Mi participación para el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» del mes de Septiembre. Condiciones: Escribir un microrrelato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el mineral: Ágata cornalina y opcional, que contenga algo sobre la orquídea Angel´s orchid.

—¿Te gusta el cuadro? Muestra una sirena, seres míticos marinos. Su canto atrapaba incautos. Tú eres muy joven y no conociste el mar. Perderlo es lo que nos tiene a todos viviendo bajo tierra, como ratas.

Ella le mostró una piscina de agua salada en la cual echó una cornalina y pétalos de orquídea. Un empujón bastó para que el desprevenido chico cayera al agua, la cual actuó como un ácido. La anciana se zambulló en medio de esa mancha roja y ominosa, emergiendo rejuvenecida y convertida en sirena por breves momentos. Al salir, sería nuevamente vieja, y… humana.

Autor: Ana Laura Piera.

100 palabras.

https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/que-seria-nosotros-sin-oceanos_17003

Más cuentos sobre sirenas:

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Misterio en la Aldea. Cuento Corto.

Mi participación en el reto lanzado por Cristina desde su blog Alianzara, donde nos propone crear un relato de no más de 900 palabras inspirados en la imagen.


A Juanjo le extrañó no oír a su padre gritándole para iniciar con las faenas del día: dar de comer a las gallinas, ordeñar a la vaca, recoger leña… Lo que sí escuchó fue una melodía de flauta cuyo sonido se iba alejando. «Quizás había algún juglar en la aldea», pensó. Se levantó de la cama y se asomó por la ventana. A esas horas de la madrugada, la luna creciente aún proporcionaba suficiente luz para ver, y lo que vio lo sorprendió mucho: hombres, mujeres y niños, salían a medio vestir y se unían a una gran fila de personas que caminaban siguiendo la música. Recorrió su hogar, buscando a sus padres. Sobre la mesa había dos infusiones a medio terminar y aún tibias, pero ni rastro de ellos. Salió a la calle seguido por su perro Roy.

Con trabajos los alcanzó. Al igual que los demás, con los ojos nublados, como los ciegos, seguían el sonido, que se desvanecía en el bosque. Por más que les gritó y les manoteó mientras Roy ladraba como loco, no logró que repararan en él.

El contingente de personas se internó muy profundo en el bosque, llegando frente a unas escaleras de piedra que el niño nunca había visto y las empezaron a subir. Roy se puso frente a Juanjo impidiéndole seguir y enseñándole los dientes. Un resplandor inexplicable, matizado por una niebla ligera, iluminaba el lugar que estaba al otro lado. «¡Madre! «¡Padre!» Sus gritos fueron en vano y los suyos se perdieron entre el gentío. Cuando la última persona del pueblo subió, la música, que se escuchaba ya muy lejana, cesó.

Se oyó un estruendo, como una máquina encendiéndose. Una enorme estructura en forma de plato se elevó lentamente sobre el bosque, girando sobre sí misma cada vez a más velocidad y generando un zumbido creciente que lo hizo taparse los oídos. De repente aquel plato desapareció en el cielo, y junto con él aquel raro resplandor. Juanjo temblaba, pero él y Roy subieron las escaleras y desde lo alto vieron un claro del bosque, donde la hierba aparecía aplastada en forma de círculo. No había rastro de las personas. Sin comprender lo sucedido, tenía la esperanza de verlos de nuevo en la aldea y regresaron.

La aldea estaba desierta. Parecía que solo Juanjo fuera inmune al efecto de la música. Conmocionado, recorrió algunos lugares: en la panadería, recogió pan recién hecho. En un establo bebió un poco de leche recién ordeñada. Así pasaron dos días en los que no les faltó nada, ni de comer ni de beber. El niño llegó a pensar que la vida sin adultos no estaba del todo mal, pero de noche, tenía pesadillas, de las que Roy lo sacaba dándole tiernos lengüetazos en las mejillas.

Atemorizada, llegó gente de otros pueblos para ver qué había pasado y se encontraron con el niño, quien narró el suceso con lujo de detalles aunque nadie le creyó. Llegó un abad y un hombre de parte del señor de aquellas tierras, el primero, perplejo de que tantas almas hubiesen desaparecido sin dejar rastro y temiendo que aquello fuese obra del demonio, y el segundo, enojado porque la fuerza de trabajo había menguado considerablemente. Ambos le acompañaron al bosque para corroborar su versión, pero no encontraron rastro ni de las escaleras ni del claro donde Juanjo vio la hierba aplastada.

Lo acusaron de mentiroso. El abad sugirió que Juanjo tenía algo que ver con la desaparición de todos y que era urgente hacerle un exorcismo. De momento se decidió azotarle públicamente hasta que confesara la verdad. Su pequeño cuerpo de diez años recibió cuatro azotes y luego lo dejaron en una celda. Además del dolor, estaba angustiado, pues no sabía qué le habían hecho a su perro.

Esa noche, Juanjo escuchó a Roy ladrando afuera de la cárcel y también la extraña melodía que se había llevado antes a todos. Los cerrojos de su prisión se abrieron espontáneamente y pudo salir. Esperaba ver más personas siguiendo la música, pero no fue así. Adolorido como estaba, decidió seguirla. Llegó al inicio de las escaleras de piedra. «¡Y ahora aparecen!», pensó con amargura. Roy se quedó atrás y esta vez no detuvo al niño. Juanjo subió, y al llegar a lo más alto vio, al otro lado, el mismo plato metálico, que estaba estático y flotando a centímetros del suelo. Tenía una puerta abierta por donde salía una luz muy blanca y diferente a la luz amarillenta de las velas que ellos usaban. El niño bajó las escaleras y se acercó. Una persona salió del interior, ¡era su madre!, aunque notó que, aunque parecía ella, algo tenía de extraño, pues se veía más alta y con los miembros desproporcionados, el iris azul de sus ojos ahora era negro y cubría toda la parte blanca del ojo. Juanjo miró hacia donde estaba Roy, quien después de hacer contacto visual con el niño, dio media vuelta y desapareció. Tambaleándose, Juanjo se acercó a su «madre» y esta le puso las manos sobre la espalda curándolo al instante de las heridas infligidas por los azotes. Lo abrazó con una ternura desconocida para él, y luego lo guio con delicadeza hacia el interior del plato. El sonido de la flauta cesó y fue remplazado por el zumbido que se fue incrementando de a poco…

893 palabras

Autor: Ana Laura Piera

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La Despedida – Microteatro

Mi participación en el reto del microteatro de Junio, de Merche Soriano, desde su blog «Literature & Fantasy». Consiste en hacer una obra con el tema «despedida alegre y feliz»

PERSONAJES:

Rosario, oficinista de mediana edad.

Voz masculina (nunca se ve el personaje, solo se oye su voz).

Escenario: El pasillo de un edificio de departamentos.

Llega Rosario, saca su llave y la introduce en la cerradura, se escucha una voz que dice:

Voz: —¡Ay! ¡Que me han picado el trasero!

Rosario: (Sorprendida y enojada): ¿Pero quién diablos eres? ¿Qué haces adentro de mi departamento? (Hace esfuerzos por abrir la puerta, pero no puede, empuja, patea, toca con los puños, nada). ¡Llamaré a la policía!

Voz: Por mi llama a quien quieras, la cosa es que no me puedo mover.

Rosario: ¡Sal, cabrón!

Voz: Rosario mira, no hay necesidad de tanta violencia verbal. ¿Cuál ha sido tu más grande preocupación últimamente?

Rosario: ¡Hijo de puta! ¿Cómo sabes mi nombre?

Voz: Sería fácil de averiguar, pero no tuve necesidad. Yo sé que te has preocupado mucho por esos granos que te salieron en el culo. ¿A que sí? (Rosario abre la boca y los ojos se le quieren salir de la sorpresa).

Rosario: ¡Shhhhhhh! Baja la voz que no quiero se enteren los vecinos. ¿Cómo es que sabes eso?

Voz: Bueno, lo sé porque yo soy esa preocupación. ¡Mucho gusto! La que sucede es que soy tan grande que mi masa ocupa cada rincón de tu departamento. ¡Si me vieras! ¡No queda un espacio libre aquí! Ya sé que te estarás preguntando cómo es posible. Ni yo mismo lo sé. El caso es que cuando desperté, en vez de encontrarme dentro de tu cabeza, estaba acá. ¿A que hoy te has sentido un poco menos preocupada?

Rosario se queda pensando y hace un gesto afirmativo.

—¿Y ahora cómo hago para recuperar mi departamento? ¿Llamo a una grúa?

Voz: No estoy seguro. ¡Es que dejaste que yo creciera desmesuradamente! Quizás si haces algo para que yo me vuelva pequeñito…

Rosario: Esto es una locura. (Se jala los pelos).

Voz: ¡Concéntrate! Necesito que pienses en cómo podrías hacerme empequeñecer. ¿Quizás sacar esa cita médica tanto tiempo postergada? Decídete pronto, necesito orinar y si lo hago en este estado ya te imaginarás como quedará tu departamento.

Rosario: (Apurada) ¡Veré si el doctor me puede recibir en este momento! (Saca su móvil y se cierra el telón).

Escena II

Regresa Rosario a su departamento, en la mano lleva una bolsa de medicinas. Mete la llave con mucho cuidado esperando escuchar algo, nada. Puede abrir normalmente. Se oye una voz muy aguda, como las que salen cuando aspiras helio, que le habla desde el piso.

Voz: ¡Bien hecho! Ahora ya puedo irme. ¡Qué alivio! Espero que ya no nos veamos. ¡Ah! Y no tengas sexo con vagos… ¡Adiós! ¡Adiós!

Rosario mira al suelo y sigue aquello que le ha hablado con la mirada y que ahora se va alejando. Suspira aliviada (un suspiro hondo, exagerado), y con una sonrisa amplia en el rostro mueve la mano en señal de «adiós». Entra de lleno en el departamento. (Ella ya no se ve, solo se escucha su voz).

—¡Hijo de puta! ¡Qué puto asco! ¡Mal parido!

SE CIERRA EL TELÓN, FIN DE LA OBRA.

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Autor: Ana Laura Piera.

El Pulso – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando» de Junio. Condiciones: inspirarte en la imagen que puedes ver dando clic aquí, incluído la imagen del dado (un hatillo), y opcional que aparezca algo relacionado con el brick de leche. Como siempre, no más de cien palabras.

En el hatillo dejado en su puerta había un bebé blanquísimo, en cuyos ojos azul oscuro titilaban estrellas y se asomaban constelaciones. Una mano diminuta sostenía un reloj sin manecillas.

Cargando al bebé, Nadia se fue a la cocina y bebió leche directamente del brick, el desconcierto la ponía hambrienta. Respecto al reloj aparentemente descompuesto, lo tiró al incinerador.

Nunca se sabría: el pulso dejó de enviar señales al espacio. El mundo se había librado de ser conquistado por una raza alienígena.

84 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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La Basílica – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás, «Escribir Jugando», del mes de mayo. Condiciones: No más de cien palabras, inspirarse en la carta, incluir el elemento «obsidiana» y opcional que aparezca algo relacionado con la flor del cactus: inner cleansing cactus. (Más detalles en el blog de Lidia, da clic AQUÍ)

La basílica subterránea estaba custodiada por ángeles de rostro severo que daban un aire siniestro al lugar. En medio de velas que buscaban rasgar la oscuridad, tres espadas vencidas, rendían culto a una victoriosa mujer de piedra.

Pensé que hubo un tiempo en que, buscando sustento, los hombres en conjunto derribaban animales con sus armas de punta de obsidiana, cuidándose entre todos. Pero este lugar me susurraba sobre muertes sin sentido, odio fratricida.

Salí dando tumbos buscando el aire y el sol. Me senté temblorosa junto a un cactus. Hay lugares que nos hacen llorar.

Autor: Ana Laura Piera

Número de palabras incluyendo el título: 97

Valle de Cuelgamuros, antes: Valle de los Caídos. San Lorenzo del Escorial, comunidad de Madrid, España.

Nota: La imagen de la carta me recordó vivamente la estética de la Basílica del Valle de los Caídos y por eso me inspiré en ese recuerdo. Durante la guerra civil española mi abuelo peleó del lado republicano y aunque él fue afortunado y pudo emigrar a México, otros no tuvieron esa suerte, muchos de sus compañeros acabaron enterrados en ese lugar.

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¿Jaque Mate? – Microcuento.

Mi participación en el reto de El Tintero de Oro. Tema: El enigma del tiempo. Límite de palabras: 250

—Lo asesinaron. Vi el cadáver en la morgue. Le seguía la pista porque financiaba actos de genocidio. Salí por un café y al regresar, el cadáver ya no estaba. Después, no encontré registros de su existencia.

Los ojillos color miel de Mara, su asistente, parpadearon a través de sus gafas de pasta.

—No me habías contado. Bueno, que ya no haya evidencia de su vida y que solo tú lo recuerdes nos habla de…

—¿Viajes en el tiempo? —interrumpió entusiasmado Arnold.

—¡No! De que has abusado de la marihuana —dijo Mara riendo—. Tu estado alterado de consciencia tiene sus ventajas.

—Muy graciosa —dijo, arqueando las cejas, arrugando más su frente de viejo.

—Si viajas en el tiempo y matas, digamos, a tu abuelo antes de que este conciba a tu padre, dejas de existir. ¿Cómo es que aún podrías viajar?

—Misterio. Y también, ¿por qué alguien querría hacer algo así? —especuló Arnold

—Quizás un nieto horrorizado por las acciones de su antepasado. Alguien que quiera alterar la historia. Si fueras Gould, y también pudieras viajar en el tiempo, ¿qué harías?

—Viajaría antes de mi asesinato y embarazaría a mi madre. ¡Jaque Mate!

Esa noche, Mara inició un expediente sobre Gould, estaría atenta por si regresaba. Miraba de reojo la fotografía de su hermano Ahmed, un joven médico que se había negado a abandonar a sus pacientes en un hospital en Rafah. Sacó la pistola cargada que guardaba en su mesita de noche. Suspiró, si era necesario, la usaría.

250 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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