El Cumpleaños – Microrrelato.

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Mi participación en el VadeReto de Octubre, que esta vez va con el tema de un «cumpleaños». Si te interesa participar busca el enlace al final del relato y te llevaré directamente al blog ACERVO DE LETRAS.

Una noche más de insomnio, la tercera ya. Otra vez aquellos susurros incesantes que no sabía yo de dónde venían o qué decían; frases y palabras que me llegaban diluidas en la noche. ¡De nada valía cerrar puertas y ventanas!

Quise distraerme y decidí aprovechar el tiempo avanzando en algunos proyectos. Abrí mi computadora. Los susurros dejaron de serlo para convertirse en voces de hombres y mujeres; jóvenes y viejos, que hablaban al unísono y yo seguía sin captar nada. Abrí la pestaña del sitio donde trabajaba en mi árbol genealógico e inmediatamente supe que había dado con el origen de aquel barullo. Las fotografías de mis parientes habían tomado vida y los rostros gesticulaban demostrando cariño, interés y desacuerdo mientras hablaban uno con otro, todos al mismo tiempo y ello, multiplicado por las dos ramas principales más las ramas subordinadas, resultaba un completo caos. Incluso los lugares con nombre, pero aun sin fotos, vibraban con violencia, como queriendo dar su opinión sobre algo.

—¡Basta! —grité.

Las caras color sepia parecieron fijarse por primera vez en mí y quedaron mudos.

—¿Pueden dejarme descansar?

—Es que nos dimos cuenta de que va a ser tu cumpleaños —dijo la bisabuela Madrona, su voz profunda y amable iba acompañada de un guiño.

—Y pensábamos sorprenderte con algo especial —dijo el tatarabuelo Ginés buscando con la mirada, más arriba, a mi bisabuelo Pablo, como buscando confirmación.

—Mi mejor regalo es tenerlos acá y saber un poquito más de ustedes, pero por favor, ¡bájenle al ruido!

Todos sonrieron y me miraron con cariño. Poder dormir es un lujo, pero sus miradas, en ese momento, fueron el mejor regalo de cumpleaños que pude recibir.

280 palabras.

Autor: Ana Piera

Participa en el VadeReto AQUÍ

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El Escape – Microrrelato

Con este relato participo en la convocatoria de «Escribir Jugando» desde el Blog de Lidia Castro. Condiciones: hacer un relato de no más de 100 palabras inspirados en la imagen, que incluyan el elemento del dado (demonio) y que incluya también algo sobre Urano.

Estoy en Urano, hermoso gigante de tono azulado. Sus satélites: Desdémona, Ariel, Ofelia… hacen que me perciba como el protagonista de una tragedia Shakespeariana. A pesar del frío y la inadecuada atmósfera, doy largos paseos. El demonio Azmodan se la pasa maldiciendo y profiriendo insultos, pero me agrada.

Pronto pasarán lista. Abro los ojos y Azmodan está en un rincón de la celda quejándose.

«Mañana será al Sol» le digo. Azmodán me recuerda que estoy en el pabellón de la muerte. A veces es un pesado. «Si no quieres acompañarme, no lo hagas, pero mañana será al Sol»

100 palabras

Amigos: WordPress me está poniendo algunos comentarios como «anónimos» por favor pongan su nombre para yo identificarlos. Muchas gracias y perdón la lata. Saludos.

Autor: Ana Laura Piera

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Lágrimas – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Septiembre. Hay que hacer un relato inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado «Leo» y opcional algo relacionado con la goma de borrar. Yo he incluído el árbol que dio origen a este invento: el árbol del caucho, originario de América.

Ix Yatzil robó el tesoro, y tomando la forma de una tortuga carey se alejó de la isla nadando. En la noche, la constelación de Leo la guio hasta su hogar.

Al pisar la suave arena, la tortuga se transformó otra vez en Ix Yatzil, quien corrió a ofrecer el oro que salvaría a su gente.

Llegó tarde. Los hombres barbados no esperaron. Gruesas lágrimas brotan de sus ojos, como las lágrimas del árbol del caucho. La niña se derrumba y las figurillas de oro se desparraman en la arena ensangrentada, donde quedarán en el olvido.

97 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: «Ix» es un prefijo que usaban los mayas antes del nombre de una mujer. «Yatzil» en maya se traduce como «la cosa amada». Para hombres el prefijo que se usaba era «Ah». Así por ejemplo un hombre podía ser «Ah Balam» (Jaguar).

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Clic, clac. – Microrrelato

Mi participación en el reto conjunto del blog Acervo de Letras y el blog El Tintero de Oro. Las condiciones son: El reto consistirá en escribir un microrrelato de 250 palabras protagonizado por un escritor/a desesperado/a por su falta de inspiración que se encuentra un Tintero de Oro con un mensaje grabado: «pídeme un deseo y lo verás por escrito», aunque este contrato tiene una letra pequeña: «pero todo tiene un precio»

Y aquí va mi aporte:

Mi última novela tuvo notoriedad y la editorial exigía adelantos de la siguiente, pero la inspiración me eludía.

Con nostalgia saqué la caja que contenía un tintero y una vieja máquina de escribir que habían pertenecido a mi abuelo, un escritor de renombre que se había suicidado. El tintero era pequeño, de oro macizo. Lo acaricié imaginando las veces que el abuelo debió usarlo. Noté que se calentaba entre mis manos hasta un punto en que lo tuve que soltar. Se revelaron unas palabras sobre la superficie: «Pídeme un deseo y lo verás por escrito». Deseé tener una herramienta que escribiera por mí. «… Pero todo tiene un precio». El tintero bajó su temperatura y las palabras se desvanecieron.

«Vaya broma» —me dije, disgustada.

Por la noche, escuché un clic, clac, dentro de la caja. Como impulsadas por dedos invisibles, las teclas de la máquina de escribir se movían y golpeaban el viejo rodillo. Coloqué una de las cintas de tinta del abuelo y metí una hoja. ¡Al amanecer, el artefacto había terminado mi novela!

«Escribí» novelas, cuentos, ¡incluso una obra de teatro! ¡Solo éxitos! Mas no todo era bello: no había forma de que dejara de hacer ruido, y lo más extraño es que si yo salía de casa el clic, clac me acompañaba en mi cabeza.

Ahora vivo en el pabellón siquiátrico de un hospital, la máquina se quemó cuando prendí fuego a mi casa, pero su ruido es omnipresente, no hay escapatoria.

247 palabras.

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Autor: Ana Piera.

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El mito de la luna

Mi participación para el VadeReto de Agosto, donde la luna debe ser un personaje importante en el relato. Te invito a que entres al enlace para que visites el blog Acervo de Letras.

El Monolito de la diosa de la luna Coyolxauhqui. Su descubrimiento, durante la construcción del metro de la Ciudad de México, fue el preámbulo para la excavación masiva de lo que fue el Templo Mayor de los mexicas

La tarde era gris y soplaba un viento encanijado que revolvía el cabello de María, metiéndoselo en la boca y en los ojos, impidiéndole ver a sus muñecas. Su hermano Alonso pateaba piedras y conforme pasaba el tiempo lo hacía cada vez con más *muina, tanta que una de ellas voló con tal fuerza que acabó rompiendo la maceta de la monstera que reinaba en el patio.

—¡Alonso! —gritó María—. Mamá, te va a…

—¡No me importa! —interrumpió el niño—, y como para que no hubiera duda, se acercó a la malograda maceta y la pateó con furia, terminándola de quebrar y derramando parte de la tierra en las baldosas de piedra. En ese momento salió su madre acompañada de Fermín, el hombre que no era su marido y que a veces la acompañaba. Los niños odiaban esas visitas, pues era cuando tenían prohibido entrar a la casa hasta que Fermín se fuera.

—¡Por fin! —exclamó Alonso airado y se dirigió a su habitación.

María se quedó todavía un rato en el patio, mirando con pena la maceta y a la pobre Monstera, partida en pedazos y con las raíces a la intemperie. Le recordó la foto de Coyolxauhqui que venía en el libro que les había regalado el tío Sergio, que era arqueólogo, acerca de mitos mexicas.

—«Coatlicue, la madre de todos los dioses, se embarazó con una bola de plumas coloridas que cayó del cielo y se la guardó en el pecho. De ahí nacería Huitzilopochtli». Leyó María esa noche.

Alonso le lanzó una mirada de pocos amigos y estuvo a punto de decirle que lo más seguro era que Coatlicue se hubiera embarazado de otra forma, pero se calló. La niña siguió leyendo:

—«Los hijos de Coatlicue, encabezados por la diosa Coyolxauhqui se sintieron ofendidos por lo que consideraraban una deshonra y decidieron matarla». No entiendo, ¿qué hizo de malo Coatlicue?

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! —gritó Alonso y volvió la cara a la pared para ocultar sus mejillas húmedas de coraje.

Al otro día se encontraron con que su madre había salido temprano y los había dejado al cuidado de Valentina. La joven niñera les había calentado tamales y atole de vainilla y los niños se sentaron a la mesa gustosos.

—Leí que en el preciso momento en que sus hijos la iban a matar, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli. Él venía ya vestido como guerrero, equipado con sus armas y con ellas dio muerte a todos sus hermanos —dijo María con la boca llena de tamal.

—¿De qué hablas niña? —dijo Valentina, alarmada, sentándose también a la mesa con un café negro como sus ojos.

—Es del libro que el tito Sergio nos regaló —dijo María.

—Lo he visto, no lo lean, habla de cosas raras y tiene unos dibujos muy feos —advirtió Valentina. ¿Sabe su mamá que lo están leyendo? Ese libro no es apto para niños de su edad.

Por la noche María no encontró el libro y comenzó a llorar desconsolada.

—Te diré lo que sigue, pero calla esos berridos de una buena vez —le dijo Alonso—. Huitzilopochtli le cortó la cabeza a su hermana y arrojó su cuerpo desde lo alto, que al caer, quedó en pedazos. También mató a sus otros hermanos. Coyolxauhqui, entonces, se convirtió en la luna y sus hermanos en las estrellas del cielo. Así, la luna libra siempre una batalla contra el sol durante la noche y la pierde al amanecer.

—¿Y Huitzilopochtli? —preguntó María con los ojos muy abiertos.

—Él se convirtió en el dios del sol y de la guerra.

María fue hasta la ventana de la habitación y desplazó las cortinas para poder ver la luna, que estaba en su fase llena.

—Su madre Coatlicue se salvó, pero Coyolxauhqui no —dijo con pena. Pero es una suerte que la podamos ver ahí, colgada del cielo, como una gran perla. ¿Tú crees que papá la mira también desde el cielo? ¡Quizás él está ahí, viviendo sobre ella!

—¡Ya duérmete! —le dijo Alonso con brusquedad.

Cuando Alonso escuchó la respiración fuerte y rítmica de su hermana que le indicaba que esta dormía, se levantó de la cama y como había hecho antes María, descorrió las cortinas para observar a la luna. Ahí se quedó mucho… mucho rato.

Autor: Ana Laura Piera

*Muina: enojo (México)

Para saber más del mito de Coyolxauhqui y Huitzilopochtli clic AQUI

Nota: Pese a que suelen usarse como sinónimos, los aztecas y los mexicas no eran el mismo pueblo: los primeros eran los habitantes de la mítica Aztlán; los segundos, un grupo que se separó de ellos y que finalmente fundaron y ampliaron el imperio Mexica. Lo más correcto es llamarles mexicas.

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Lo que perdimos.

Mi participación en el «VadeReto» del mes de Julio: Hacer un relato inspirado en un tatuaje, contar la historia que nos sugiere.

imagen generada con IA

Hacía mucho que las tuberías vomitaban todo menos agua. Ahora eran guarida de insectos y por más que intentábamos ordeñarlas, solo obteníamos desencanto y más sed, una sed tortuosa y mortal. Pronto comenzó la «Guerra del Agua». Primero murieron los ancianos y los enfermos. Las familias se juntaron en clanes, y armándose con lo que pudieran, incursionaban en otras partes de la ciudad, apropiándose con violencia del preciado recurso. Los ricos se atrincheraron en sus mansiones, pero estaban solos, pues el gobierno hacía mucho que no mandaba.

Tenía yo once años y recuerdo cuando entramos a una casa de la cual se decía que había una gran reserva. Mis tíos entraron como huracán y con sus rifles y pistolas acabaron con casi todos. Solo quedaba otro niño de mi misma edad que apareció después, se había escondido al escuchar el estruendo de las balas y los gritos. Mi tío Néstor me habló con su mirada, pidiendo que me encargara de eso, y… lo hice. Luego corrí donde estaban todos ocupados vaciando una enorme alberca. Yo temblaba, pero me repetía como un mantra las palabras que desde chicos nos habían enseñado: «Había que hacer siempre lo necesario para sobrevivir».

Por lo que tuve que hacer en aquella casa, mi tío me tatuó una gran gota de agua en el brazo, y dentro de ella una calavera.

Cuando pensamos que ya, ahora sí, se había acabado toda el agua escondida y que todos moriríamos deshidratados, empezó a llover como nunca habíamos visto. Hubo inundaciones pavorosas y muy pronto casi todo quedó anegado. Ahí empezó la «Guerra por la Tierra». Incluso un pequeño pedacito donde poder pararse y vivir era considerado un tesoro.

Mi hijo César me está viendo en este momento con ojos demasiado cansados para alguien que tiene apenas diez años, le duele el brazo derecho donde le hice un tatuaje: una colina emergiendo del agua y dentro…sí, una calavera…

Autor: Ana Laura Piera.

322 palabras.

Pido disculpas por el tema, sé que a muchos les gusta leer solo cosas bonitas y positivas pero en esta ocasión los voy a contrariar.

Si quieres saber más de este reto y leer otras participaciones da clic AQUÍ

https://bloguers.net/literatura/lo-que-perdimos-cuento-corto-de-317-palabras/

El Sueño – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro, «Escribir Jugando» del mes de Julio. Consiste en hacer un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el mineral «hematita» . Opcional, que aparezca en la historia algo relacionado con esta flor de cactus: Shadow cactus. (Yo no la incorporé en el micro).

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Un sueño se repetía:

Me veía dormido, con el pecho abierto. Un chamán danzaba enérgico alrededor mío y quería despertarme. Una noche lo logró y, dentro de mi ensoñación, abrí los ojos y sentí que colocó una piedra de hematita en el hueco de mi pecho. Entonces lo supe: el chamán era mi ancestro y me había despertado el corazón.

Al otro día visité a mis hijos, a quienes tenía muy abandonados desde el divorcio, y me acerqué a una organización para hacer voluntariado. Me prometí no volver a caer en el egoísmo y en la insensibilidad.

Autor: Ana Laura Piera

99 palabras con título incluído.

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Breve Historia de unas Vacaciones.

Imagen de Brigitte Werner en Pixabay

Cuando llegamos a Isla Partida, a Esteban le dio por creerse que estaba hecho de sol. Sacó de la maleta toda la ropa que pudo y se cubrió con ella de pies a cabeza, pues no quería «quemarme».

—Bonito momento has escogido para volverte loco, Esteban, en las únicas vacaciones que hemos tomado en años.

—No me hagas hablar, de mi boca podrían salir rayos que te derretirían como si fueras un helado.

—De acompañarme a la playa ya ni hablamos, ¿verdad?

Dejé el «bulto de ropa» en la habitación. «¡Desgraciado!, siempre tiene que amargarme todo. No le voy a creer este numerito.» —pensé con rabia.

Instalada en una tumbona y escuchando las olas del mar, recordé todas las veces que le había rogado a mi marido que saliéramos. Nunca quiso, siempre había un impedimento: que si los niños estaban chicos, que si mejor gastábamos en algo para la casa; hasta ahora que vino a regañadientes. Mientras daba los últimos sorbos a mi piña colada, sentí remordimiento. ¿Y si no fingía? Me levanté y fui directo a la habitación.

Sentí un gran alivio al verle ya sin tanto trapo encima y sentado en el sillón, pero su postura me indicó que no se encontraba «normal», su cuerpo mostraba rigidez y no se movía.

—La playa está deliciosa, Esteban, es una pena que te la estés perdiendo.

—¡No te acerques, podrías romperme!

—¿Romperte?

—Estoy hecho de cristal, no quisiera romperme en mil pedazos.

Comencé a preocuparme en serio cuando no quiso ir a la cama y se pasó toda la noche en el sillón, tieso como una estatua.

Al otro día seguía con eso de que era de cristal y decidí que era hora de cortar las vacaciones y regresar. Lo llevé con mucho cuidado hasta el estacionamiento, cada paso era una agonía y mi marido me miraba con unos ojos de terror que daban pena. Meterlo al auto fue de lo más difícil, pero al fin lo logré y emprendimos el regreso.

—No te preocupes Esteban, al llegar te llevo a ver a nuestro doctor de cabecera y a ver qué nos recomienda.

Después de varias horas de viaje y a unos cuantos kilómetros de nuestra ciudad, noté que su cuerpo se fue relajando de a poco. Al llegar a casa estaba «normal». Logró bajarse del auto por sí mismo y subir a nuestro departamento, donde fue directo a la nevera y sacó una cerveza, luego se sentó en su sillón favorito a ver futbol.

—¡Estoy curado! —exclamó el muy desgraciado.

Autor: Ana Laura Piera.

Publicada en Masticadores, revista digital.

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Malditas Pasiones.

Mi participación para el concurso de relatos «Desde Rusia con Amor», del blog «El Tinero de Oro» homenajeando a Ian Flemming, creador del célebre agente «James Bond». Condiciones: Escribir un relato de espías que no sobrepase las 900 palabras.

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Dax sonrió mientras echaba a la licuadora agua, una pizca de ceniza volcánica algo de tierra roja y una ranita partida a la mitad. Una vez servido en un vaso de cristal, esperó un poco a que las burbujas que se formaron en la superficie reventaran. Se liberó un olor que le recordó los pantanos de su hogar y el recuerdo del porqué de su ubicación actual le vino a la mente:

—Necesitamos un agente en la Tierra. Los terrícolas ya llegaron a Marte y nos preocupa su eventual expansión. Usted ha sido elegido. Entrará en la Oficina Mundial de Asuntos Espaciales Terrestres «OMAET» y se hará pasar por humano. Todo lo que averigüe nos lo comunicará. Con el tiempo veremos qué medidas tomar, nadie quiere que esta raza eche a perder la galaxia como lo ha hecho con su propio planeta.

Dax no puso objeción a su jefe y fue enviado en el primer transporte disponible. Llegó a su destino discretamente y le recibió otra compatriota, Lex, quien le dio papeles, instrucciones y las llaves de un departamento equipado en Nueva York, cerca de su flamante nuevo trabajo.

—¿Cómo lo llevas Lex?

—¿Te refieres a vivir aquí y convivir con ellos? No es difícil. Son predecibles. El lugar es diferente a lo que estamos acostumbrados, pero tiene su encanto. Eso sí, debo advertirte que hay costumbres que pueden resultar seductoras. Ten cuidado con ellas. Encontrarás la receta de un batido especial que a mí me ha ayudado a digerir mejor la comida. ¡Ah! Y esto es importante. —dijo Lex extendiéndole un maletín con píldoras—. No olvides tomarte dos diarias, son necesarias para que mantengas tu apariencia humana.

A Dax le agradó la Tierra. Pronto se volvió una persona popular en la «OMAET» y era invitado regular a todas las reuniones. De madrugada enviaba la información recopilada a su jefe mediante rayos «Koon» que le permitían la comunicación en tiempo real con su planeta.

—Nada nuevo —decía Dax—. Están ocupados con Marte y no se ponen de acuerdo sobre seguir la exploración espacial.

—No hay que confiarnos. La agente Lex cree que están a punto de perfeccionar el motor magnético, con el cual podrían viajar más rápido y más lejos.

—Jefe, no hay apuro. Ellos mismos son su peor enemigo.


—Estás demasiado callado. Dijo Denise Lasko mientras acariciaba el pelo rubio y ondulado de Dax.

—Pienso mucho en «esto» —dijo él con la mirada perdida.

—¿En qué? ¿Hacer el amor? —preguntó risueña, mientras admiraba el cuerpo atlético y las facciones casi perfectas de su compañero.

—Es simplemente maravilloso —dijo él por toda respuesta.

—Eres extraño. Me gusta tu sensibilidad y debo admitir que me gustas mucho.

Lo cierto es que Dax mantenía amoríos con varias mujeres a la vez. Su cuerpo humano le permitía interactuar con ellas de una forma impensable en su planeta natal. Se había aficionado tanto que pensaba en ello noche y día e incluso omitía cosas en sus informes de espionaje, pues no quería perturbar la vida que llevaba en la Tierra.

Una mañana, después de una juerga épica, despertó y se dio cuenta de que no se había tomado la dosis mínima para mantener su apariencia humana.

—¡Mierda! —dijo al ver a Shirley Matheson en su lecho. Por fortuna estaba dormida y ajena a la transformación de Dax. Él ahora tenía un tono de piel verdoso con algunas escamas. La cabeza había duplicado su tamaño y los ojos aparecían hundidos, la nariz era casi inexistente. El impresionante miembro entre sus piernas ya no estaba. Sabiendo que en pocas horas alcanzaría la transformación total, se encerró en el baño con sus píldoras, y rezó para que Shirley se fuera pronto.

—¡Vamos Dax! Sal, que necesito entrar.

—¡Olvídalo! Tengo una resaca tremenda. No paro de vomitar. Vete a tu casa.

Aliviado, escuchó el portazo y pensó que aquello había estado demasiado cerca.

Unas noches más tarde, su jefe le dio una noticia que le dejó helado:

—Estamos considerando una invasión.

—¿Pero por qué?

—Sus ya esporádicos informes no son confiables Dax. Hay información de Lex que sitúa a los humanos a punto de aprobar la iniciativa «Hades». Veo por su cara que no tiene idea de qué hablo. Ellos enviarán una misión a Europa, una de las lunas de Júpiter. Usted se ha dejado seducir por la vida terrestre, me decepciona. Regresará a casa y responderá ante una comisión que le juzgará.

Dax entró en una desesperación impropia de su raza. Decidió hacerle una visita a Lex.

—¡Estás echando a perder todo! —le dijo con amargura.

—¿Te has vuelto loco Dax? No podemos anteponer nuestros deseos al bien de la galaxia.

Su compañero se abalanzó sobre ella y con las manos en el cuello apretó hasta asfixiarla. Luego fue directo a la unidad de comunicación y envió un mensaje urgente:

«La información que envié no es fiable. Mi fuente se retractó. El agente Dax tiene razón. No hay motivo para una invasión. Favor de Reconsiderar. Aviso que tengo descompuesto el sistema de visualización y no me será posible enviar video hasta ser reparado».

Dax se deshizo del cadáver y luego se llevó la unidad de comunicación a su departamento.

Aún tendría algunas semanas más de placer.

871 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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La Ventana.

Mi participación para el VadeReto del mes de Junio: la directiva es que la protagonista pasiva sea una «ventana». Da clic en la imagen para visitar el blog Acervo de Letras, que tiene muchas cosas interesantes además de poder participar en los retos mensuales.

Cuando te mudas a otra parte, dejas un poco de ti en el lugar al que ya no llamarás “hogar”. Sin opciones, llegué a San Crisanto, que me recibió incompleto, además, sin sospechar la dura vida que me esperaba: soledad, calor infernal, mosquitos y un trabajo extenuante trabajando en la carretera transpeninsular. Mi único solaz era llegar por la noche a mi diminuto departamento y abrir la ventana para que la brisa marina me refrescara, curiosear hacia el exterior y fumarme dos cigarros antes de dormir.

Una noche especialmente calurosa, me di cuenta de que no estaba solo, advertí su presencia en una de las esquinas de mi vivienda. Fingí seguir dormido y sentí su desplazamiento mudo hacia el techo hasta colocarse encima de mí. Me asaltó su aliento, un olor como a flores mustias que me asqueó. Quise levantarme y huir, pero el miedo me había paralizado. Tras unos minutos aquella cosa se volvió a mover para desaparecer en la esquina por donde la vi por primera vez. Se trataba de una ventana, idéntica a la ventana de mi departamento, algo que no estaba ahí antes y que tenía la facultad de aparecer de improviso y trasladarse por las paredes.

Comencé a encontrármela cada vez que regresaba del trabajo. Con el tiempo sospeché que quizás lo que pretendía aquel ser era fundirse con la realidad. Algo se lo impedía y ahora estoy seguro de que era yo. Siempre que llegaba y desplazaba el vidrio de la ventana real, la otra se acercaba lo más que podía sin nunca alcanzarla.

Me planteé mudarme, pero parecía inofensiva y yo sentía un placer culposo de verla vagar sin lograr su cometido. Así pasaron unos meses.

La noche de mi desgracia percibí movimiento detrás de mí y volteé a tiempo de ver como el ente se colocaba en la pared opuesta, de frente a la anhelada realidad. La observé con la seguridad que me daban experiencias anteriores, nunca llegaría, estaba condenada a vagar por el departamento. Me sentí presa de un extraño frenesí y rompí a reír sin control. Ella también comenzó a reír, el sobrecogedor tono de su risa, desconocido hasta entonces, me heló la sangre. En un momento que jamás podré olvidar, vi con horror que aquella pesadilla, cual tren enloquecido, se iba acercando con ¡todo y pared hacia mí! Enmudecí y ahora la única risa que se escuchaba era la de ella. Yo no tenía escapatoria, lo único que podía hacer era tirarme por la ventana real, lo prefería a caer en las «fauces» de aquella extraña entidad, donde quién sabe qué locuras me atormentarían. La habitación se fue reduciendo con rapidez y lo último que percibí fueron mis ojos desorbitados reflejados en el ventanal maldito.

Con un grito gutural me aventé a la calle, donde no morí, no sé por qué razón. Nunca más salí del hospital; cuando mi cuerpo físico sanó, me trasladaron al pabellón de siquiatría. Aquí me han repetido hasta el cansancio que lo que experimenté nunca pasó y que esa ventana nunca existió, pero yo no estoy tan seguro.

A veces me quedo viendo a la nada, imaginando lo que ahora será el departamento de la ventana imaginaria.

Autor: Ana Laura Piera

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