Aspirantes a monstruos.

Cuento corto.

El estruendo pavoroso de la explosión inundó de temor a los habitantes de Cerropliego. Nadie podía creer que se hubieran atrevido a lanzar misiles sobre la cercana estación nuclear de Penumbra IV. Tras el caos inicial las autoridades, que tardaron bastante en llegar, aseguraron que, a pesar de la destrucción no se había afectado el reactor y que no había indicios de radiación. La evacuación no era necesaria.

La guerra terminó poco después y la gente se tranquilizó y retomó el ritmo normal de sus vidas. Lo que había sido destruido fue reparado y se tomaron medidas para aumentar la seguridad, o eso se dijo.

Por esos días llegó un hombre que solo de verlo causó escalofríos: llevaba una máscara antinuclear e iba vestido con un traje de plástico anaranjado. Arrastraba con dificultad un maletín médico con ruedas. La gente lo siguió hasta la plaza central, donde abrió el maletín; este tenía múltiples divisiones y cada una contenía frascos, tubos y cajas de diferentes tamaños y colores. Sacó algo muy parecido a un control remoto de color amarillo chillón. Caminó hacia la gente con el aparato en la mano y, conforme se iba acercando a ellos, el artefacto pitó cada vez más fuerte y más agudo. El hombre se detuvo y caminó hacia atrás, los pitidos se espaciaron y atenuaron. El silencio en la plaza era sepulcral. Se quitó la máscara y enfrente de todos, se tragó una pastilla de yoduro de potasio. Gritó con una voz clara y segura, que traía remedios que no se encontraban en ningún otro lado.

—¡Eh, tú! —dijo señalando con su mano enguantada a un hombre que lo miraba con una mezcla de desconfianza y temor—. Mira, tengo un remedio para ese tercer ojo que te va saliendo —y sacó una crema que olía a alcanfor.
—¿Tercer ojo? —preguntó el hombre.
—¡Sí! ¡Justo ahí en medio de la frente! —el hombre se palpó el rostro con manos trémulas hasta que sintió una imperfección.
—¡Ay! ¡Es verdad!
—Dime, ¿has tenido dolores de cabeza recurrentes?
—Pues…sí.
—Es un síntoma inequívoco. Esas cosas son muy feas de ver, lo digo por experiencia. ¡La de cosas que vi después de Chernóbil! Había un pobre tipo que, cuando le conocí, ya le había salido uno. ¡Tenía hasta pestañas y todo! La gente le tenía miedo. Ten, esta crema detendrá su aparición —el hombre tomó la crema al tiempo que extendía unas monedas.

—¡Por acá tenemos a una chica a la que le está saliendo barba! —todos voltearon hacia donde él señalaba. La muchacha, avergonzada, se tocaba el rostro. Su madre clavó una mirada de águila en el rostro de la joven.
—Sí, ahí te está saliendo como una pelusilla —dijo la señora apesadumbrada—. ¡Esos del gobierno dijeron que no había radiación y seguro nos mintieron!
—Al gobierno le importa nada la salud de la gente, pero aquí estoy yo para ayudarlos —dijo, con un tubo de medicamento en la mano que la señora le arrebató ansiosa.
—Debe untárselo en el rostro tres veces al día, su belleza regresará. Se la daré a mitad de precio.
La mujer pagó y ambas se alejaron. La joven se embadurnaba la cara con el remedio y un olor metálico se extendió en la plaza.

Un hombre se llevó un tónico verduzco, pues le estaban creciendo pechos de mujer, a un niño le compraron una crema amarillenta, porque tenía una bolita en el cuello. Tres ancianos no compraron nada porque decían que estaban rejuveneciendo y no tenían problema con ello.
—¿Están seguros? Nunca se sabe con eso, podrían rejuvenecer incluso hasta la edad de la lactancia.

Un señor algo mayor se destapó un brazo, de inmediato se sintió un olor a mar; la piel se veía escamosa, como la de los peces. El vendedor se rascó la cabeza.
—Dime, seguro has sentido un sabor azufrado en la boca, y puede que zumbidos en los oídos, ¿verdad?
—¡Sí, sí, todo eso que usted dice! —dijo el hombre muy afligido.
El vendedor buscó en su maletín y preparó una jeringa con un líquido transparente que parecía agua.
—Esta primera dosis te la regalo, verás que la piel se te pone como piel de bebé, pero necesitarás cuatro dosis más. Ya sabes dónde encontrarme.

Muy pronto en el pueblo, todo el mundo hablaba del vendedor y sus remedios. Unos pocos dudaban y decían que era un charlatán, pero siempre había alguien que reforzaba su fama de bienhechor: «Pero si a mi prima se le estaban ya cayendo el cabello y las uñas y con los tónicos del “doctor” ahora está mucho mejor. Además, casi siempre da descuentos e incluso regala las primeras dosis».

En poco tiempo no hubo nadie que no le hubiera comprado algo. Una madrugada, alguien lo vio salir del pueblo con su maletín, que iba más ligero. El pánico cundió en todos, hubo quien lo fue a buscar, pero nadie sabía de su paradero.

Tras la partida del “doctor”, la desesperación se enseñoreó de los habitantes. Todos miraban apenados cómo sus “medicinas” se iban terminando, idearon métodos para extraer hasta lo último de tónicos, ungüentos y cremas. Los que usaban píldoras, las fueron espaciando para extender la duración del tratamiento. Como todos se sentían peor, nadie iba a trabajar. El hombre con el brazo escamoso, ahora sin inyecciones, aseguraba que el mal se había extendido en su cuerpo y recorría el pueblo lamentándose de su suerte.

Una tarde, llegó un circo. El director se sorprendió mucho al ver una fila de personas normales que querían formar parte del espectáculo. Entre ellos había una chica preciosa, de cutis perfecto, que aseguraba tener barba, un hombre que juraba tener un tercer ojo en la frente, otro que decía que tenía ya no dos, sino tres pechos de mujer, alguien afirmaba ser un hombre-pez y tambén había un trío de viejos que se comportaban como niños de cinco años.

Autor: Ana Laura Piera.

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4 comentarios en “Aspirantes a monstruos.

  1. Ana, quanta criatividade ! E claro, os efeitos da radiação se espalharam, fazendo com que surgisse um charçlatão que encheu o bolso e se mandou da cidade. Ainda bem, um circo chegou e na certa, tiveram trabalho garantdo…

    Gostei de ler!

    beijos, tudo de bom,chica

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    1. Obrigada, querida. A verdade é que as pessoas não estavam doentes; o charlatão as fez acreditar que estavam. Quando o circo chega, o diretor não entende por que eles querem participar se estão todos bem. Muito obrigada pelo seu comentário e pela visita. Um grande abraço.

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  2. Hola, Ana, muy bueno. El problema de la publicidad engañosa y los charlatanes de barrio que venden aire… A veces, me encantaría tener su labia, su poca vergüenza y su saber hacer, solo para vender mis libros y dejar de hacer caso al síndrome del impostor.

    Un abrazo. 🙂

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