Maestro Inesperado. Cuento corto.

Lo que una vieja máquina enseñó a un diseñador impaciente.

Tiempo de lectura: 5 minutos.

Mitch odiaba perder el tiempo, pero se le escapaba igual. Su impaciencia tenía un costo: a menudo reiniciaba proyectos con más frecuencia de la que los terminaba.

En una habitación con piso de fino parqué y bajo un techo de vigas visibles de madera, Mitch tenía frente a sí varias pantallas electrónicas y un teclado retroiluminado. Parecía un director de orquesta: diseñaba, tomaba llamadas, asistía a juntas por Zoom. Cada segundo contaba; trabajaba desde casa para evitar el tráfico, comía alimentos instantáneos y detestaba las llamadas sociales. Pero esa vez, quien lo llamaba era su jefe, Patrick.

—¡Mitch! Quería saber cómo te va en el nuevo departamento. Bueno, «nuevo» es un decir. Tengo entendido que el edificio es bastante antiguo el tono de Pat era un poco burlón. La llamada no era inocente; a veces hablaba solo para molestarlo.

—Hola, Pat. Sí, es un edificio viejo recién remodelado. Todo funciona bien. El cambio fue una pesadilla, hubiera preferido quedarme en el anterior, pero como sabes, harán una tienda departamental.

Patrick sonrió divertido, imaginando a Mitch furioso por la mudanza.

—¿Y pudiste domar a la «bestia italiana»?

Mitch había encontrado una vieja cafetera olvidada: una Pavoni Europiccola, máquina de espresso de los años 60, muy valorada por coleccionistas.

—No tengo tiempo para esas cosas, Pat. La guardé porque es de colección. Ni siquiera sé si funciona.

—Mitch, si alguien puede con ese reto, eres tú. Luego me cuentas. Ah, sobre la tablet: prefiero que no tengas prisa y nos entregues el prototipo bien depurado. ¡Hablamos!

La llamada incomodó a Mitch. Odiaba que opinaran sobre su trabajo y lamentaba haberle comentado a Pat sobre su hallazgo. Ahora no lo dejaría en paz. Esa misma noche decidió revisarla.

La Pavoni no desentonaba en la cocina reformada de Mitch; esta conservaba los gabinetes de madera originales, aunque pintados de color crema, y la encimera de granito en tonos oscuros. Bajo la luz led de una moderna luminaria de techo, le pareció un extractor de jugos glorificado; sin embargo, este modelo había revolucionado el café doméstico: miniaturizó la tecnología, empoderó al usuario y se convirtió en un ícono de diseño de su época. Mitch echó de menos una pantalla táctil. No tenía experiencia con artefactos analógicos y muy pocas veces hizo café. El Starbucks cercano cubría sus necesidades habituales de cafeína. Quizás debía investigar un poco, limpiar la máquina… pero tenía prisa. «¡Resultados!» «¿Qué tan difícil podía ser?«

La conectó a la corriente, activó el interruptor, puso agua en la caldera y, sin esperar la temperatura ideal, rellenó el portafiltro con un viejo café, descolorido y ya sin aroma, que estaba junto a la Pavoni cuando la encontró. El café se desbordaba. Para apisonar no utilizó el «tamper», sino que lo hizo con dos dedos, como untando mantequilla sobre un pan. Colocó el portafiltro, tomó la palanca y la bajó con decisión, esperando un chorro elegante de café con «crema».

Lo que ocurrió fue… un desastre.

El portafiltro mal sellado y la presión inestable lo hicieron salir disparado como un cohete. Mitch experimentó el momento como en cámara lenta: con los ojos muy abiertos por la sorpresa, lo vio elevarse, le pareció que hacía piruetas en el aire, esparciendo grumos y agua caliente por toda la cocina. Mitch terminó con café en el cabello, los ojos y la ropa empapada. Al final, la pieza cayó en picada, manchando el piso.

Mitch observó, molesto, a la cafetera, que liberaba vapor y goteaba, desafiante. Se imaginó a Pat observando la escena y riéndose de él. ¿Y si la tiraba a la basura? No, mejor venderla. ¿O intentarlo de nuevo? Mientras limpiaba, la miraba de reojo, cada vez con un poco más de respeto, aunque a regañadientes: su imponente palanca cromada, su caldera de latón manchada por el tiempo, montada sobre una base de acero inoxidable con acabado en negro. «Quizás deba ir con…» la palabra «calma» se le atoró en la cabeza; tan poco acostumbrado estaba a ella, que, al final, apenas pudo conjurarla.

Terminaba de fregar cuando su reloj inteligente vibró en su muñeca empapada, mostrando varias notificaciones. Respiró hondo y combatió la urgencia de revisarlas. Se obligó a terminar lo que hacía en la cocina. Cuando se marchaba, echó un vistazo a la cafetera. «Nos veremos otra vez».

Para el segundo intento, tenía un buen café en grano y un molino. Desconocía, sin embargo, la consistencia exacta que debía tener y lo molió grueso. Olvidó usar el «tamper». Tomó la palanca que creaba la presión, sintió el frío del metal en su mano. Presionó y esta bajó demasiado rápido. El resultado fue un brebaje aguado, de mal sabor y sin «crema». Se puso a limpiar malhumorado, con movimientos rápidos y torpes. «¡¡¡Ayyyyy!!!» Mitch se quemó el antebrazo con la caldera ardiente y que no contaba con un elemento aislante. Maldijo aquel diseño arcaico mientras miraba incrédulo un buen trozo de piel adherido a la caldera. Adolorido, corrió a buscar un ungüento para quemaduras. Mientras se curaba, decidió que no valía la pena el esfuerzo.

En los días que siguieron, se dedicó a afinar el proyecto de la tablet. Batallaba mucho con un código. Hizo lo impensable: decidió hacer algunas consultas técnicas; algo que desechó en un principio para ahorrar tiempo, pero que al final le ayudó a solucionar el problema.

Una segunda llamada de Pat comunicándole su deseo de probar uno de sus espressos, le hizo retomar la máquina otra vez. Decidió ver algunos tutoriales y videos sobre su uso. Compró una báscula digital.

Molió la cantidad exacta de café hasta que quedó con la consistencia de arena fina. Esta vez lo apisonó adecuadamente con el tamper. Luego de colocar el portafiltro tomó la palanca. No se apresuró como era su costumbre, la bajó lentamente, respetando la resistencia que presentaba el café. Este empezó a gotear, denso, sobre la taza. El ambiente se llenó de un fresco aroma con notas de frutos secos. Vio emocionado que se formaba la deseada «crema» color avellana. Le dio un sorbo y paladeó con calma el sedoso y agradable líquido. No pudo evitar un suspiro de satisfacción. Estaba muy bueno, el sabor se equilibraba entre lo amargo, lo dulce y lo ácido. Mucho mejor que sus cafés de cartón.

Estaba tan contento que, mientras lo bebía, se tomó unos minutos para curiosear por la ventana y saludar a sus vecinos. Le invadió una sensación de bienestar y calma. Reconoció que la prisa no era buena. Miró a la «bestia italiana» con nuevos ojos. Le había enseñado paciencia y se había convertido en «su maestro inesperado».

Pavonni Europiccola pre-millenium.

Autor: Ana Piera.

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44 comentarios en “Maestro Inesperado. Cuento corto.

  1. Hola, Ana:

    Me has puesto nerviosa con este personaje tuyo que por no detenerse a hacerlo bien, desparramaba el café o lo aguaba. ¡Qué poca paciencia la mía! 🤣🤣

    Muy bien representada la impaciencia en los intentos fallidos. Cuando al final, con calma, sigue todos los pasos precisos, consigue un buen café. Qué buen final, mirar por la ventana con una buena taza de café calentito. ¡Qué imagen más relajante y entrañable!

    Un saludo

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  2. Hola, Ana, pobre hombre la que lío, me imaginaba el filtro de café por ahí volando jajaja. Menos mal que luego con un toque de paciencia se consiguió tomar el café y hasta mirar por la ventana a los vecinos. ¡Santa paciencia!

    Un abrazo. 🤗

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  3. Estupendo, Ana. Un relato muy visual con una gran enseñanza final. Has dibujado muy bien la escena y la precipitación inicial del personaje para ir transformándola poco a poco en un momento de serenidad. Me ha encantado tu cuento.

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  4. ¡Hola Ana! Muy bueno. Lo primero que pensé es que Pat, qué malo! Jaja lo segundo y que pienso siempre es «la prisa es la asesina de la vida», así que tu relato ejemplifica perfecto este asunto. Recordé sin querer a una tía, ya fallecida, que (esto ya es extremoso) fue a dar al hospital (es en serio) por la rabieta que hizo cuando no pudo enhebrar su máquina de coser. Y lo último, pero no menos importante es… ¡Cómo se me antojó una rica tacita! Un gran abrazo Ana!

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    1. Hola Maty, gracias por leerlo y comentar. Yo soy bastante impaciente la verdad, y este relato tiene un poco de mi experiencia con una máquina de expresso que mi hijo me regaló. Tuve que aprender a usarla y en ese proceso, descubrí que es muy gratificante el «ritual» de hacer este tipo de preparaciones. Si llevas prisa, el resultado dejará mucho que desear. La anécdota de tu tía es buenísima. Mil gracias de nuevo Maty.

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  5. Hola Ana. Con este relato magistral pintas un escenario de contrastes –el parqué elegante y las vigas de madera frente a las pantallas electrónicas– donde Mitch, que desprecia las demoras y las “llamadas sociales”, se enfrenta al caos de sus intentos fallidos con la “bestia italiana”. Sus primeros esfuerzos, marcados por la prisa –usando café viejo, apisonando con los dedos, ignorando tutoriales–, resultan en desastres cómicos. Sin embargo, consigue un espresso perfecto, con una “crema” color avellana que despierta un suspiro de satisfacción. Este triunfo, transforma a la cafetera en un “maestro inesperado” que le enseña a frenar, a saborear el momento.

    La historia brilla por su humor ligero, su atmósfera doméstica y su mensaje sutil sobre la virtud de la calma.

    Felicidades por tu estupenda aportación, Ana.

    Un fuerte abrazo

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    1. Hola Marcos, intenté entrar a tu blog para leer tu relato del reto pero no me carga tu site, he estado visitando otros blogs sin problema. Pensé que podía ser mi navegador. Cambié a otro y me pasa igual. Intentaré más tarde. Espero que no tengas problemas con tu blog. Saludos.

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    2. Al final me dejó entrar, le di «me gusta» y traté de comentar y pues no me deja. Busqué tu publicación en blogers pero creo que aún no lo cuelgas. Estaré pendiente para comentarte ahí. Perdón la lata jejeje.

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  6. Es lo que tiene la artesanía, hacer una obra de arte te obliga a ejercitar la paciencia y a ser metódico. Aprendes sobre todo que las cosa tienen su tiempo. Y todo esto lo enseñas en tu relato que es además de una obra de arte, una parábola que enseña- Me ha gustado tanto que ahora me voy a tomar un café.

    Un saludo

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    1. Un café, qué rico. Me gustan los capuccinos y me los preparo en una máquina de espressos que tengo. Este relato habla un poco de mi forma de ser porque soy muy ansiosa, pero siempre que me hago café, las revoluciones bajan. Las prisas no son buenas. Mil gracias por pasarte y comentar.

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  7. ¡Excelente, Ana!

    Has logrado una maravillosa mixtura entre dos elementos importantísimos en nuestros días. La paciencia con los aparatos tecnológicos y el exquisito consejo de un buen café. He experimentado muchas veces ambas cosas, como el protagonista y, al final, paciencia y compañía son unos magníficos aliados.

    Muchas gracias por esta fábula tan realista que nos lleva a la reflexión. Y gracias por compartirlo para el VadeReto.

    Abrazo Grande.

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  8. Hola Ana, muy bueno tu relato, lo que sea puede volverse nuestro maestro, salvo que muchas veces desestimamos las enseñanzas de quienes no tienen título o un nombre para hacerlo, más allá que lo que tenemos que aprender para nosotros mismos y nuestra evolución generalmente está en los detalles que la vida nos manda. Abrazo más que grande

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    1. Es verdad el ritual del café espresso o bebidas basadas en él, así como el hacer matcha de forma tradicional japonesa, tienen algo, hacen que tu mente se concentre en algo apagando el ruido de afuera y si, resulta muy relajante. Gracias por pasarte. Abrazo de vuelta.

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    1. Hola Rebeca, lo que comentas es un punto interesante. Los gurús de la autoayuda siempre hablan de que los cambios vienen de uno mismo, pero en la realidad a veces son las cosas afuera de uno las que nos obligan un poco a cambiar y a repensar actitudes. No importa de donde venga ese «input», si logra resultados creo que es para celebrarse. Gracias por comentar.

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  9. Hola Ana

    Pues nos traes un muy divertido relato de la lucha de un ser humano con un aparato tecnológico. Hecho bastante común en la vida moderna donde la tecnología avanzada logra vencer en la lucha, casi siempre, a la pobre paciencia que acaba pisoteada y manchada. 😂🤣 Más aún cuando el individuo que lo intenta, como el protagonista, odia perder el tiempo, lo odia casi tanto como las bromas de su jefe.

    Debo confesar que no me gusta el café (¡ya sé, soy un bicho extraño que ama el té!), pero ver esa preciosa máquina antigua y darme ganas de preparar un café, fue todo uno. Aunque no me lo tome, me encanta jugar con la tecnología y las máquinas. Por lo que las luchas a brazo partido contra aparatos de todo tipo, aparecen frecuentemente en mis días. Y la paciencia suele convertir a los retos en «maestros inesperados» que nos deparan momentos de una felicidad indescriptible. ¿Verdad Mitch?

    Un abrazo fuerte, Ana.

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    1. Hola Marlen, sí en el relato Mitch a pesar de ser un «experto en tecnología» se topa con pared con lo analógico. Creo que nos identificamos por lo que dices, no estamos exentos de batallar con algo que nos supere. Yo lo veo incluso en gente de mi edad (55), que no quiere aprender a manejar sus apps bancarias o que no son capaces de reservarse y pagar un vuelo. Es lamentable porque nos guste o no, esto es una bola de nieve y no parará. No debemos quedarnos atrás. Sin embargo, hay que buscar tiempo para la relajación y ya que te gusta el te, la preparación ceremonial de matcha (japonés) es igual de relajante que hacer un espresso. Te mando abrazos.

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