
Cerró los ojos tras pincharse el brazo; un cuarzo rosa rodó de su mano mientras el sofá desvencijado se hundía en un lecho de hojas. La envolvió una esencia de hayas en un claro luminoso.
Lo vio dormido y se acurrucó junto a él. Un fuerte olor animal se impuso. El musculoso cuerpo y su fuerte respiración le recordaron su peligrosidad.
En esa realidad sintética hallaba lo que no tenía afuera: aceptación, amor, paz.
Sintió al león desperezarse. El día había llegado. Siempre supo que terminaría devorada. Sería como disolverse en el sueño, nunca despertar.
100 palabras incluyendo título.
Autor: Ana Laura Piera
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