Venganza.

Todo empezaba así: mi madre hablando en voz baja con mi padre, lanzando miradas duras hacia mí. Papá miraba al cielo, pidiendo paciencia, y luego, también me miraba, pero con amor y una sonrisa en los labios.

El sábado, cuando el olor del café recién hecho se colaba en los dormitorios anunciando el inicio del día, papá subía a mi habitación y se sentaba en el borde de la cama esperando paciente a que yo me despertara. Al abrir los ojos y verlo, la pieza final del misterio se completaba:

—¡Papá, no!

—¡Que sí! Por cierto, buenos días.

—Buenos días.

—Anda vístete. Tú decides: tu madre o yo.

—Que no quiero ir.

—Es necesario —decía hundiendo, cariñoso, su mano huesuda en los rizos salvajes de mi cabeza—. ¿Has visto el león melenudo que ruge al principio de algunas películas? Ya te pareces a él.

Mi madre, que había estado escuchando todo desde el pasillo y no confiaba mucho en la labor de convencimiento de su marido, entraba entonces para reforzar el argumento:

—Diana, ya es hora de que te veas más cuidada, más arreglada. Ve el ejemplo de tus primas. ¡Tan correctas ellas! Ya es hora de que te lleve yo al salón de belleza y dejes de ir a la barbería de tu padre. ¡No eres un chico, por Dios!

Yo cerraba los ojos y movía la selva que era mi cabeza de un lado a otro mientras apretaba los labios muy fuerte e imaginaba que ambos se rendían y se iba cada uno a hacer lo que sea que tuvieran que hacer un sábado por la mañana, dejándome en paz. Entonces papá soltaba algo como esto:

—Saliendo de tu corte te llevo a comer y luego vemos si encontramos la guitarra que quieres —decía mientras mi madre le lanzaba miradas de reproche que él pretendía no ver hasta que ella acababa por irse.

El ofrecimiento de papá hacía que yo me vistiera, aunque sin muchas ganas, y me dejara conducir hasta la barbería, donde Genaro ya me estaría esperando, con su mirada de viejo travieso y las tijeras en la mano. Me gustaban las pláticas que tenían papá y él sobre futbol o noticias. Los dos eran muy ocurrentes y se la pasaban riendo, y sobre todo, agradecía que Genaro no me hiciera preguntas estúpidas. Con todo, los chasquidos que hacían las tijeras mientras asesinaban mis rizos me resultaban casi insoportables. Todo el tiempo yo permanecía con los ojos cerrados, incapaz de mirar en lo que me estaba convirtiendo. No los abría siquiera cuando él tomaba un espejo y lo colocaba detrás de mí para que yo pudiera echar un vistazo. Yo me bajaba de la silla a ciegas y luego, de espaldas a cualquier espejo, buscaba a papá.

—Estás muy guapa Diana, de verdad te ves muy bien.

—Ajá

—Tu madre nos dejará de molestar por un rato. Anda, vamos a desayunar.

En el carro, mis manos explorarían a ciegas mi nuevo corte. Donde antes había rizos ahora no había mas que aire y ante ese desastre ineludible, me soltaría a llorar a moco tendido ante la mirada de pena de papá, que dejaba que yo soltara mi tristeza. Luego en el restaurante, seguiría con la lloradera, ahora sobre un sabroso plato de chilaquiles o de enchiladas. Y así, comiendo y a la vez llorando, aunque cada vez con menos intensidad, comprobaría como siempre, que «las penas con pan son menos».

—¡Espera abuela, que voy al baño! —Me interrumpió Daniel—. No vayas a seguir sin mí.

—¡Apúrale! —dijeron al unísono Cristina y Felipe.

Una vez que Daniel regresó, quise retomar el hilo de los recuerdos:

—¿A ver, dónde me quedé?

—En que el bisabuelo te llevaba a desayunar —contestó Cristina, la mayor de mis nietos, y con sus once años la más avispada de los tres.

—Es verdad. Pues luego de desayunar, papá me llevaría a buscar la guitarra que tanto deseaba, pero al ver el precio, me decía que mejor esperáramos a que la pusieran en oferta. Luego íbamos a uno de los almacenes más grandes y yo saldría de ahí con una o dos bolsas de ropa nueva. Y así era cada vez que mi madre quería que me cortara el cabello.

—¡Y ahora has vuelto a ser como el león ese que dijiste! —dijo riendo Felipe, el de en medio.

—¡Sí! ¡Como ese león o como Medusa y sus mil cabezas indomables! —contesté.

—¿Medusa? —preguntó Daniel el más pequeño.

—Medusa era un monstruo que tenía el pelo como la abuela, solo que en Medusa, en vez de rizos, eran serpientes. Ella volvía piedra a todo el que la mirara dijo Cristina con un aire conocedor, dejando a Daniel bastante impresionado.

Cuando esa tarde despedí a los chicos, pasé por el espejo del recibidor y me detuve a ver mi alocada testa, mis ahora blancos rizos, seguían igual de desafiantes que los de la niña descuidada y desarreglada que tanto molestaba a mi madre y a la que papá chantajeaba dulcemente para que se dejara cortarlos. Quizás alguna vez regrese de nuevo al pelo corto, cortísimo, un día que mis rizos me harten, pero mientras, vuelvo a los quince en venganza por las guitarras que no tuve.

Autor: Ana Laura Piera.

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Crecer.

Cuento corto.

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Al primer tijeretazo siento un escalofrío. El trozo de cabello rueda lentamente por el plástico protector hasta el piso esparciéndose como una flor deshojada en el viento. Diego me mira divertido mientras empuña la tijera y va asesinando lentamente los rizos que me han acompañado desde pequeña. Cierro los ojos con pesar mientras mi niñez y juventud se acumulan inertes a mis pies.

—No es para tanto —me dice Diego, siempre sonriendo.

Yo no le presto atención pues un recuerdo acapara mi mente: estoy acostada boca arriba sobre un prado magnífico, mi cabellera rojiza extendida como un manto de fuego sobre el verde intenso, mi piel de cera y mis pecas están bañadas por el sol matinal. Tengo chocolates en una mano y los voy echando de a poco en mi boca que se inunda con mareas dulcísimas de placer. La voz monótona del Director, como un intruso, interrumpe mi ensoñación:

«Si quiere dar clases en esta escuela tendrá que mejorar su aspecto. Usted se ve muy joven, los alumnos no la respetarán. Cambie de imagen, un buen corte de pelo y otro tipo de ropa le vendría bien. La veré de nuevo mañana y espero ver esos cambios o la plaza será de otra persona».

Mi cabeza se siente desnuda. Abro lentamente los ojos y veo a Diego sonriendo estúpidamente. —¿Y bien? ¿Qué opinas? Mi peluquero ha hecho un buen trabajo, pero no puedo evitar compararme con esos árboles podados de forma ridícula al capricho de la gente, en mí no hay ya ramas grandes donde poner un columpio y mecerme alocadamente con la brisa, ahora todo será echar raíces. La niña finalmente, se ha ausentado de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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