Xiuhcóatl

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, donde la condición es que uno de los personajes tiene que ser un dragón. Jasc escribió que le gustaría ver cómo eran los dragones de mi tierra así que aquí va:

Llevaba días con una apatía tremenda, ni mis amigos, ni mis actividades y ni siquiera Tizoc, mi perrito faldero, lograban sacarme de ese estado. Ansiaba que «algo» sucediera que me hiciera reaccionar. Buscando un poco de dicha y también para no caer en depresión, comencé a hacer largos paseos al bosque cercano a mi hogar. Esperaba que el contacto con la naturaleza me distrajera un poco, pero ni eso parecía aliviarme.

Un día mientras estaba en el bosque sucedió algo sorprendente: De un paso a otro me vi fuera del idílico, fresco y siempre verde bosque nuboso, a una llanura de sequedad amarillenta. Desconcertada, miré hacia atrás y por un segundo vi la imagen del bosque diluyéndose hasta desaparecer en el aire. Eché de menos la sombra de los frondosos árboles cuando el sol cayó inclemente sobre mí y comencé a sentir calor. Mientras me despojaba de mi chaqueta me di cuenta que no estaba sola, en medio de charcos de sangre, yacían personas muertas. Mi corazón empezó a palpitar muy rápido y cuando de lejos me llegó el ruido de gritos y cosas chocando con violencia me sentí paralizada y sin saber qué hacer. Fue entonces cuando alguien me tómo con violencia por el cabello y me arrastró sin miramientos.

De nada sirvió retorcerme tratando de zafarme, ya que el brazo de mi asaltante, a quien no podía ver, desplegaba una fuerza de grúa. Sentí las piedras del suelo desgarrando mi espalda, y durante el arrastre pasé a un lado de aquellos cuerpos inmóviles, que miraban con ojos vacíos y desolados, como miran los muertos que ya no pueden contar su historia. Supe que no eran contemporáneos míos por la vestimenta: algunos apenas tenían un taparrabos sencillo, otros un mono de cuerpo entero de algodón. Tirados en el campo, había yelmos con formas de animales, lanzas, escudos redondos adornados con plumas de ave, también mazos de madera bordeados con puntas de filosa obsidiana; algunos de estos filos ya no estaban, se habían caído igual que se caen los dientes de la boca de un viejo. Identifiqué el creciente ruido como el de una batalla campal.

De repente mi captor soltó mi cabeza, que cayó fuerte contra el suelo, luego él se desplomó delante de mí, herido de muerte por una flecha. Me incorporé con dificultad y vi la vida escapándose de un cuerpo magnífico. Su boca se torció en un espasmo doloroso y la mueca quedó congelada para siempre.

Una flecha pasó rozándome la mejilla. A mi alrededor fuertes y feroces guerreros blandían aquellos mazos, destripando abdómenes y cortando cabezas con facilidad. El aire tenía un regusto a sangre. Yo estaba aterrorizada.

Una figura imponente se me acercó, el sol estaba detrás y a contraluz pude ver que del tocado de su cabeza salían plumas que ondeaban al capricho del viento, y de uno de sus brazos surgía algo que se movía de forma sinuosa, pero independiente del viento, parecido a una serpiente. Con voz apremiante y varonil me preguntó:

—¿¡Kampa tihuala!? ¿¡Tlen motokaz!? *

La lengua en la que había hablado me era desconocida, él repitió la pregunta y ahora parecía muy molesto. Hubiera querido entenderle. Una nube pasó y ocultó el sol y vi que era un guerrero de extraña tez azulada y ojos fieros. Una especie de reptil robusto color esmeralda aparecía enroscado en una de sus manos. No era una serpiente, pues a pesar de tener enormes colmillos curvados el hocico era demasiado alargado. Aquel reptil se estiró para mirarme, y yo retrocedí impresionada por sus ojos flamígeros.

Por detrás del guerrero, alguien se acercó amenazador, pero el se volvió y blandió al animal como si se tratase de un arma. De la boca del reptil salió fuego que vaporizó al enemigo al instante. Después ambos se volvieron hacia mí. Yo temblaba. El guerrero azul recitó otra frase ininteligible en voz alta y el dragón abrió su hocico de nuevo. Bajé la cabeza esperando la muerte. Solo que esta vez la criatura no lanzó fuego, sino niebla fría. El fragor de la batalla se fue atenuando hasta desaparecer y cuando la niebla se disipó me encontraba nuevamente en el bosque.

Si no hubiera sido por la herida de flecha en mi mejilla, hubiera pensado que todo había sido un sueño. Hasta el día de hoy no tengo explicación para lo que me pasó, pero cuando me siento aburrida, cuido mucho mis pensamientos y trato de no desear que suceda «algo» fuera de lo común, no me gustaría encontrarme nuevamente frente a frente con Xiuhcóatl, el dragón de fuego y su amo, el gran dios Huitzilopochtli.

Autor: Ana Laura Piera

Huitzilopochtli es uno de los dioses creadores en la cultura mexica y fue su guía para llegar al lugar donde fundaron la gran ciudad de Tenochtitlán.

El Macahuitl era una de las armas en el mundo prehispánico. Fue el arma principal de lucha cuerpo a cuerpo.

*¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu nombre? en náhuatl, (aproximado), si alguien puede hacer una traducción más exacta lo agradeceré.

Si me dejas algún comentario (que me encantaría) ponme tu nombre junto a él pues WordPress a veces los deja como anónimos. Gracias.

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El Cumpleaños – Microrrelato.

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Mi participación en el VadeReto de Octubre, que esta vez va con el tema de un «cumpleaños». Si te interesa participar busca el enlace al final del relato y te llevaré directamente al blog ACERVO DE LETRAS.

Una noche más de insomnio, la tercera ya. Otra vez aquellos susurros incesantes que no sabía yo de dónde venían o qué decían; frases y palabras que me llegaban diluidas en la noche. ¡De nada valía cerrar puertas y ventanas!

Quise distraerme y decidí aprovechar el tiempo avanzando en algunos proyectos. Abrí mi computadora. Los susurros dejaron de serlo para convertirse en voces de hombres y mujeres; jóvenes y viejos, que hablaban al unísono y yo seguía sin captar nada. Abrí la pestaña del sitio donde trabajaba en mi árbol genealógico e inmediatamente supe que había dado con el origen de aquel barullo. Las fotografías de mis parientes habían tomado vida y los rostros gesticulaban demostrando cariño, interés y desacuerdo mientras hablaban uno con otro, todos al mismo tiempo y ello, multiplicado por las dos ramas principales más las ramas subordinadas, resultaba un completo caos. Incluso los lugares con nombre, pero aun sin fotos, vibraban con violencia, como queriendo dar su opinión sobre algo.

—¡Basta! —grité.

Las caras color sepia parecieron fijarse por primera vez en mí y quedaron mudos.

—¿Pueden dejarme descansar?

—Es que nos dimos cuenta de que va a ser tu cumpleaños —dijo la bisabuela Madrona, su voz profunda y amable iba acompañada de un guiño.

—Y pensábamos sorprenderte con algo especial —dijo el tatarabuelo Ginés buscando con la mirada, más arriba, a mi bisabuelo Pablo, como buscando confirmación.

—Mi mejor regalo es tenerlos acá y saber un poquito más de ustedes, pero por favor, ¡bájenle al ruido!

Todos sonrieron y me miraron con cariño. Poder dormir es un lujo, pero sus miradas, en ese momento, fueron el mejor regalo de cumpleaños que pude recibir.

280 palabras.

Autor: Ana Piera

Participa en el VadeReto AQUÍ

Nota: Si gustas dejar algún comentario ponme tu nombre o tu blog. Últimamente WordPress me pone algunos comentarios como anónimos. Perdón por la lata.

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El Escape – Microrrelato

Con este relato participo en la convocatoria de «Escribir Jugando» desde el Blog de Lidia Castro. Condiciones: hacer un relato de no más de 100 palabras inspirados en la imagen, que incluyan el elemento del dado (demonio) y que incluya también algo sobre Urano.

Estoy en Urano, hermoso gigante de tono azulado. Sus satélites: Desdémona, Ariel, Ofelia… hacen que me perciba como el protagonista de una tragedia Shakespeariana. A pesar del frío y la inadecuada atmósfera, doy largos paseos. El demonio Azmodan se la pasa maldiciendo y profiriendo insultos, pero me agrada.

Pronto pasarán lista. Abro los ojos y Azmodan está en un rincón de la celda quejándose.

«Mañana será al Sol» le digo. Azmodán me recuerda que estoy en el pabellón de la muerte. A veces es un pesado. «Si no quieres acompañarme, no lo hagas, pero mañana será al Sol»

100 palabras

Amigos: WordPress me está poniendo algunos comentarios como «anónimos» por favor pongan su nombre para yo identificarlos. Muchas gracias y perdón la lata. Saludos.

Autor: Ana Laura Piera

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Nueva experiencia Airbnb – Microteatro

Mi participación para el reto del microteatro del mes de septiembre de la compañera Merche Soriano, quien desde su blog nos hace la siguiente propuesta: escribir una pieza de microteatro con el tema «vacaciones».

Escenario: el interior de un pequeño departamento de Airbnb.

Personajes:

Andrea (la huésped, española)

Marta (la anfitriona, argentina)

Pancho (mexicano)

(Indispensable que todos los personajes tengan el acento de su «país»)

Marta y Andrea entran a la estancia, Andrea lleva sus maletas.

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Marta (tablet en mano, con voz de anuncio): ¡Bienvenida a la nueva experiencia de Airbnb! Espero le guste el departamento y pase unas vacaciones inolvidables. Ya solo falta que me indique el tipo de familia que le voy a mandar.

Andrea (observando todo): El lugar es como lo describió en el anuncio, eso está bien. Pues mire, me gustaría un esposo e hijos africanos, algo exótico.

Marta (Checa en su tablet, pone cara de frustración): Siento no poder complacerla, los africanos tienen mucha demanda estos días, ¿alguna otra preferencia?

Andrea (decepcionada): Si no hay disponibilidad, mándeme un marido mexicano y omita los hijos.

Marta (Checando su tablet): El marido mexicano está disponible y usted está de suerte, pues es un experto en comida y bebida de su país.

Andrea: Pero si estamos en Argentina, me gustaría que supiera de gastronomía local, no tanto mexicana.

Marta: Si gusta le busco un argentino

Andrea (resignada): No se moleste, mándeme al mexicano.

En ese momento se escucha que tocan fuerte a la puerta.

Marta: Mire, gracias a nuestro «servicio express» su marido para las vacaciones ya se encuentra a la puerta.

Marta va y le abre a un hombre bajito, moreno, con un bigote a lo Emiliano Zapata, viene vestido muy festivo con los colores de la bandera de México, con sombrero mexicano y una botella de tequila en una mano y un six de cervezas Corona en la otra.

Pancho (al entrar, da un grito de mariachi que espanta a Andrea).

Marta (como dando explicaciones): Usted quería algo exótico, espero que sea de su agrado.

Pancho (Le da un beso en la mejilla a Andrea, su enorme bigote le hace cosquillas a la mujer que hace caras y se retuerce. Se dirige a la cocina y sirve tequila en tres caballitos y les da uno a cada una de las mujeres)

Andrea (aprensiva, mirando a Marta): No sé si prefiero mejor al argentino.

Marta: Lo siento, ya es tarde para hacer cambios. Disfrute de la nueva experiencia «Airbnb Family Included». ¡Felices vacaciones!

Autor: Ana Laura Piera.

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Lágrimas – Microrrelato.

Mi participación en Escribir Jugando del mes de Septiembre. Hay que hacer un relato inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado «Leo» y opcional algo relacionado con la goma de borrar. Yo he incluído el árbol que dio origen a este invento: el árbol del caucho, originario de América.

Ix Yatzil robó el tesoro, y tomando la forma de una tortuga carey se alejó de la isla nadando. En la noche, la constelación de Leo la guio hasta su hogar.

Al pisar la suave arena, la tortuga se transformó otra vez en Ix Yatzil, quien corrió a ofrecer el oro que salvaría a su gente.

Llegó tarde. Los hombres barbados no esperaron. Gruesas lágrimas brotan de sus ojos, como las lágrimas del árbol del caucho. La niña se derrumba y las figurillas de oro se desparraman en la arena ensangrentada, donde quedarán en el olvido.

97 palabras incluyendo título.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: «Ix» es un prefijo que usaban los mayas antes del nombre de una mujer. «Yatzil» en maya se traduce como «la cosa amada». Para hombres el prefijo que se usaba era «Ah». Así por ejemplo un hombre podía ser «Ah Balam» (Jaguar).

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Clic, clac. – Microrrelato

Mi participación en el reto conjunto del blog Acervo de Letras y el blog El Tintero de Oro. Las condiciones son: El reto consistirá en escribir un microrrelato de 250 palabras protagonizado por un escritor/a desesperado/a por su falta de inspiración que se encuentra un Tintero de Oro con un mensaje grabado: «pídeme un deseo y lo verás por escrito», aunque este contrato tiene una letra pequeña: «pero todo tiene un precio»

Y aquí va mi aporte:

Mi última novela tuvo notoriedad y la editorial exigía adelantos de la siguiente, pero la inspiración me eludía.

Con nostalgia saqué la caja que contenía un tintero y una vieja máquina de escribir que habían pertenecido a mi abuelo, un escritor de renombre que se había suicidado. El tintero era pequeño, de oro macizo. Lo acaricié imaginando las veces que el abuelo debió usarlo. Noté que se calentaba entre mis manos hasta un punto en que lo tuve que soltar. Se revelaron unas palabras sobre la superficie: «Pídeme un deseo y lo verás por escrito». Deseé tener una herramienta que escribiera por mí. «… Pero todo tiene un precio». El tintero bajó su temperatura y las palabras se desvanecieron.

«Vaya broma» —me dije, disgustada.

Por la noche, escuché un clic, clac, dentro de la caja. Como impulsadas por dedos invisibles, las teclas de la máquina de escribir se movían y golpeaban el viejo rodillo. Coloqué una de las cintas de tinta del abuelo y metí una hoja. ¡Al amanecer, el artefacto había terminado mi novela!

«Escribí» novelas, cuentos, ¡incluso una obra de teatro! ¡Solo éxitos! Mas no todo era bello: no había forma de que dejara de hacer ruido, y lo más extraño es que si yo salía de casa el clic, clac me acompañaba en mi cabeza.

Ahora vivo en el pabellón siquiátrico de un hospital, la máquina se quemó cuando prendí fuego a mi casa, pero su ruido es omnipresente, no hay escapatoria.

247 palabras.

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Autor: Ana Piera.

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El mito de la luna

Mi participación para el VadeReto de Agosto, donde la luna debe ser un personaje importante en el relato. Te invito a que entres al enlace para que visites el blog Acervo de Letras.

El Monolito de la diosa de la luna Coyolxauhqui. Su descubrimiento, durante la construcción del metro de la Ciudad de México, fue el preámbulo para la excavación masiva de lo que fue el Templo Mayor de los mexicas

La tarde era gris y soplaba un viento encanijado que revolvía el cabello de María, metiéndoselo en la boca y en los ojos, impidiéndole ver a sus muñecas. Su hermano Alonso pateaba piedras y conforme pasaba el tiempo lo hacía cada vez con más *muina, tanta que una de ellas voló con tal fuerza que acabó rompiendo la maceta de la monstera que reinaba en el patio.

—¡Alonso! —gritó María—. Mamá, te va a…

—¡No me importa! —interrumpió el niño—, y como para que no hubiera duda, se acercó a la malograda maceta y la pateó con furia, terminándola de quebrar y derramando parte de la tierra en las baldosas de piedra. En ese momento salió su madre acompañada de Fermín, el hombre que no era su marido y que a veces la acompañaba. Los niños odiaban esas visitas, pues era cuando tenían prohibido entrar a la casa hasta que Fermín se fuera.

—¡Por fin! —exclamó Alonso airado y se dirigió a su habitación.

María se quedó todavía un rato en el patio, mirando con pena la maceta y a la pobre Monstera, partida en pedazos y con las raíces a la intemperie. Le recordó la foto de Coyolxauhqui que venía en el libro que les había regalado el tío Sergio, que era arqueólogo, acerca de mitos mexicas.

—«Coatlicue, la madre de todos los dioses, se embarazó con una bola de plumas coloridas que cayó del cielo y se la guardó en el pecho. De ahí nacería Huitzilopochtli». Leyó María esa noche.

Alonso le lanzó una mirada de pocos amigos y estuvo a punto de decirle que lo más seguro era que Coatlicue se hubiera embarazado de otra forma, pero se calló. La niña siguió leyendo:

—«Los hijos de Coatlicue, encabezados por la diosa Coyolxauhqui se sintieron ofendidos por lo que consideraraban una deshonra y decidieron matarla». No entiendo, ¿qué hizo de malo Coatlicue?

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! —gritó Alonso y volvió la cara a la pared para ocultar sus mejillas húmedas de coraje.

Al otro día se encontraron con que su madre había salido temprano y los había dejado al cuidado de Valentina. La joven niñera les había calentado tamales y atole de vainilla y los niños se sentaron a la mesa gustosos.

—Leí que en el preciso momento en que sus hijos la iban a matar, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli. Él venía ya vestido como guerrero, equipado con sus armas y con ellas dio muerte a todos sus hermanos —dijo María con la boca llena de tamal.

—¿De qué hablas niña? —dijo Valentina, alarmada, sentándose también a la mesa con un café negro como sus ojos.

—Es del libro que el tito Sergio nos regaló —dijo María.

—Lo he visto, no lo lean, habla de cosas raras y tiene unos dibujos muy feos —advirtió Valentina. ¿Sabe su mamá que lo están leyendo? Ese libro no es apto para niños de su edad.

Por la noche María no encontró el libro y comenzó a llorar desconsolada.

—Te diré lo que sigue, pero calla esos berridos de una buena vez —le dijo Alonso—. Huitzilopochtli le cortó la cabeza a su hermana y arrojó su cuerpo desde lo alto, que al caer, quedó en pedazos. También mató a sus otros hermanos. Coyolxauhqui, entonces, se convirtió en la luna y sus hermanos en las estrellas del cielo. Así, la luna libra siempre una batalla contra el sol durante la noche y la pierde al amanecer.

—¿Y Huitzilopochtli? —preguntó María con los ojos muy abiertos.

—Él se convirtió en el dios del sol y de la guerra.

María fue hasta la ventana de la habitación y desplazó las cortinas para poder ver la luna, que estaba en su fase llena.

—Su madre Coatlicue se salvó, pero Coyolxauhqui no —dijo con pena. Pero es una suerte que la podamos ver ahí, colgada del cielo, como una gran perla. ¿Tú crees que papá la mira también desde el cielo? ¡Quizás él está ahí, viviendo sobre ella!

—¡Ya duérmete! —le dijo Alonso con brusquedad.

Cuando Alonso escuchó la respiración fuerte y rítmica de su hermana que le indicaba que esta dormía, se levantó de la cama y como había hecho antes María, descorrió las cortinas para observar a la luna. Ahí se quedó mucho… mucho rato.

Autor: Ana Laura Piera

*Muina: enojo (México)

Para saber más del mito de Coyolxauhqui y Huitzilopochtli clic AQUI

Nota: Pese a que suelen usarse como sinónimos, los aztecas y los mexicas no eran el mismo pueblo: los primeros eran los habitantes de la mítica Aztlán; los segundos, un grupo que se separó de ellos y que finalmente fundaron y ampliaron el imperio Mexica. Lo más correcto es llamarles mexicas.

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Lo que perdimos.

Mi participación en el «VadeReto» del mes de Julio: Hacer un relato inspirado en un tatuaje, contar la historia que nos sugiere.

imagen generada con IA

Hacía mucho que las tuberías vomitaban todo menos agua. Ahora eran guarida de insectos y por más que intentábamos ordeñarlas, solo obteníamos desencanto y más sed, una sed tortuosa y mortal. Pronto comenzó la «Guerra del Agua». Primero murieron los ancianos y los enfermos. Las familias se juntaron en clanes, y armándose con lo que pudieran, incursionaban en otras partes de la ciudad, apropiándose con violencia del preciado recurso. Los ricos se atrincheraron en sus mansiones, pero estaban solos, pues el gobierno hacía mucho que no mandaba.

Tenía yo once años y recuerdo cuando entramos a una casa de la cual se decía que había una gran reserva. Mis tíos entraron como huracán y con sus rifles y pistolas acabaron con casi todos. Solo quedaba otro niño de mi misma edad que apareció después, se había escondido al escuchar el estruendo de las balas y los gritos. Mi tío Néstor me habló con su mirada, pidiendo que me encargara de eso, y… lo hice. Luego corrí donde estaban todos ocupados vaciando una enorme alberca. Yo temblaba, pero me repetía como un mantra las palabras que desde chicos nos habían enseñado: «Había que hacer siempre lo necesario para sobrevivir».

Por lo que tuve que hacer en aquella casa, mi tío me tatuó una gran gota de agua en el brazo, y dentro de ella una calavera.

Cuando pensamos que ya, ahora sí, se había acabado toda el agua escondida y que todos moriríamos deshidratados, empezó a llover como nunca habíamos visto. Hubo inundaciones pavorosas y muy pronto casi todo quedó anegado. Ahí empezó la «Guerra por la Tierra». Incluso un pequeño pedacito donde poder pararse y vivir era considerado un tesoro.

Mi hijo César me está viendo en este momento con ojos demasiado cansados para alguien que tiene apenas diez años, le duele el brazo derecho donde le hice un tatuaje: una colina emergiendo del agua y dentro…sí, una calavera…

Autor: Ana Laura Piera.

322 palabras.

Pido disculpas por el tema, sé que a muchos les gusta leer solo cosas bonitas y positivas pero en esta ocasión los voy a contrariar.

Si quieres saber más de este reto y leer otras participaciones da clic AQUÍ

https://bloguers.net/literatura/lo-que-perdimos-cuento-corto-de-317-palabras/

El Sueño – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro, «Escribir Jugando» del mes de Julio. Consiste en hacer un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya el mineral «hematita» . Opcional, que aparezca en la historia algo relacionado con esta flor de cactus: Shadow cactus. (Yo no la incorporé en el micro).

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Un sueño se repetía:

Me veía dormido, con el pecho abierto. Un chamán danzaba enérgico alrededor mío y quería despertarme. Una noche lo logró y, dentro de mi ensoñación, abrí los ojos y sentí que colocó una piedra de hematita en el hueco de mi pecho. Entonces lo supe: el chamán era mi ancestro y me había despertado el corazón.

Al otro día visité a mis hijos, a quienes tenía muy abandonados desde el divorcio, y me acerqué a una organización para hacer voluntariado. Me prometí no volver a caer en el egoísmo y en la insensibilidad.

Autor: Ana Laura Piera

99 palabras con título incluído.

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Breve Historia de unas Vacaciones.

Imagen de Brigitte Werner en Pixabay

Cuando llegamos a Isla Partida, a Esteban le dio por creerse que estaba hecho de sol. Sacó de la maleta toda la ropa que pudo y se cubrió con ella de pies a cabeza, pues no quería «quemarme».

—Bonito momento has escogido para volverte loco, Esteban, en las únicas vacaciones que hemos tomado en años.

—No me hagas hablar, de mi boca podrían salir rayos que te derretirían como si fueras un helado.

—De acompañarme a la playa ya ni hablamos, ¿verdad?

Dejé el «bulto de ropa» en la habitación. «¡Desgraciado!, siempre tiene que amargarme todo. No le voy a creer este numerito.» —pensé con rabia.

Instalada en una tumbona y escuchando las olas del mar, recordé todas las veces que le había rogado a mi marido que saliéramos. Nunca quiso, siempre había un impedimento: que si los niños estaban chicos, que si mejor gastábamos en algo para la casa; hasta ahora que vino a regañadientes. Mientras daba los últimos sorbos a mi piña colada, sentí remordimiento. ¿Y si no fingía? Me levanté y fui directo a la habitación.

Sentí un gran alivio al verle ya sin tanto trapo encima y sentado en el sillón, pero su postura me indicó que no se encontraba «normal», su cuerpo mostraba rigidez y no se movía.

—La playa está deliciosa, Esteban, es una pena que te la estés perdiendo.

—¡No te acerques, podrías romperme!

—¿Romperte?

—Estoy hecho de cristal, no quisiera romperme en mil pedazos.

Comencé a preocuparme en serio cuando no quiso ir a la cama y se pasó toda la noche en el sillón, tieso como una estatua.

Al otro día seguía con eso de que era de cristal y decidí que era hora de cortar las vacaciones y regresar. Lo llevé con mucho cuidado hasta el estacionamiento, cada paso era una agonía y mi marido me miraba con unos ojos de terror que daban pena. Meterlo al auto fue de lo más difícil, pero al fin lo logré y emprendimos el regreso.

—No te preocupes Esteban, al llegar te llevo a ver a nuestro doctor de cabecera y a ver qué nos recomienda.

Después de varias horas de viaje y a unos cuantos kilómetros de nuestra ciudad, noté que su cuerpo se fue relajando de a poco. Al llegar a casa estaba «normal». Logró bajarse del auto por sí mismo y subir a nuestro departamento, donde fue directo a la nevera y sacó una cerveza, luego se sentó en su sillón favorito a ver futbol.

—¡Estoy curado! —exclamó el muy desgraciado.

Autor: Ana Laura Piera.

Publicada en Masticadores, revista digital.

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