Mutando por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico (Microcuento)

Imagen tomada de Unsplash / microcuento originalmente publicado en este blog.  

El azul de sus ojos se fundía con el azul del mar y todos los líquidos de los que estaba constituido su cuerpo clamaban por volverse agua salada. La luna llena se reflejaba titilante en las olas y el canto ronco y fuerte que producían con su eterno ir […]

Mutando por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

¡POR UNA CABEZA!

Ruinas de la antigua ciudad de Tulum (muralla) llamada en su tiempo Zama (amanecer), Quintana Roo, México

Na Balam Chan miró azorado el enorme objeto que se acababa de materializar frente a él en esa noche como boca de lobo. No había visto nunca algo así: tenía la forma de una jícara invertida y el color de las nubes nocturnas. Flotaba a escasos metros del suelo y de la base irradiaba una luz blanca, fría… lunar. Del susto al pobre hombre se le bajó la borrachera que se había puesto con balché.

La «jícara» no emitía ningún ruido que opacara el rumor de las olas rompiendo en la orilla de la playa y que llegaba a sus oídos después de atravesar la ciudad de Zama (hoy Tulum). Na Balam Chan había salido de Zama a media tarde antes de que se cerrara el acceso. Tuvo ganas de emborracharse lejos de las miradas indiscretas de su propia familia y de la élite que habitaba detrás de la blanca muralla de piedra caliza. Hay dolores que solo se pueden curar en soledad y él necesitaba llorar a su hijo, muerto en una escaramuza contra los de Chetumal. Su señor, el sumo sacerdote del culto a Chaac, le había conminado a que cambiara de semblante y se sintiera orgulloso y agradecido por la honrosa muerte de Ah Tok. Pero Na Balam Chan sentía más ganas de gritar su indignación, maldecir a los dioses y dar rienda suelta a su dolor. Por eso salió de la ciudad sabiendo que no podría regresar sino hasta el otro día cuando las puertas se abrieran nuevamente. Estaba preparado a pasar toda la noche en la selva, secretamente deseando que algún animal salvaje, quizás un jaguar, pusiera fin a su miseria; pero ante la extraña visión de aquella enorme «jícara» pensó que quizá las deidades, molestas con su actitud, habían venido a castigarle por ser tan débil. Se quedó esperando su destino, temblando incontrolablemente.

Dentro de la nave exploradora, dos tripulantes intercambiaron negras miradas de ojos parecidos a lágrimas enormes. Su programa de navegación había escogido esas coordenadas indicando que era una zona de ricos yacimientos minerales. Las formas de vida inteligentes aún no estarían en fase avanzada y sería muy fácil iniciar labores de extracción usándolos de mano de obra esclava. Pero el individuo que tenían enfrente tenía un cráneo alargado y proyectado hacia atrás…exactamente como el de ellos, y dudaron… Decidieron no perturbar nada y se abstuvieron de recoger un espécimen. Introdujeron una clave para descartar el planeta. No valía la pena trabarse en guerras innecesarias con posibles sociedades civilizadas. Así como llegaron, partieron para continuar su búsqueda.

Na Balam Chan vio la gran jícara esfumarse delante de sus ojos. Cayó al suelo maravillado. El alba lo encontraría esperando que la ciudad se abriera y lo acogiera de nuevo como a un hijo pródigo. Ya no lloraría, honraría la memoria de Ah Tok viviendo su propia vida cobijado tras las murallas de Zama. ¡Los dioses le habían dado una segunda oportunidad!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Definiciones:

Deformación craneana:

Práctica realizada por diferentes culturas del mundo. Entre los mayas, al nacer el niño o la niña, la madre recostaba a la criatura en una cuna compresora atando muy firmemente la cabeza, el abdomen y las piernas. Iniciando así con el proceso de la deformación craneana el cual era fundamental poner en práctica desde los primeros días de nacido el infante para aprovechar la plasticidad del cráneo. Hay diferentes teorías de porque se hacía, desde razones estéticas, sociales hasta religiosas. Culturas que lo practicaron:

Paracas, Nazcas e Incas en Perú.
Hunos, Alanos, y pueblos germánicos orientales
Tribus africanas
Tribus de Tahití, Samoa y Hawai
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Balché: bebida alcohólca ceremonial utilizada por los mayas, Sus ingredientes son la corteza del árbol balché, miel melipona, canela y anís.

Zama: Significa «Amanecer», hoy esta ciudad amurallada de la costa caribeña de México, en la Península de Yucatán es conocida como Tulum (muralla).

Jícara: recipiente de arcilla o bien elaborado a partir del fruto del jícaro. En su definición más antigua aparece como «vasija pequeña de loza» empleada para tomar chocolate.

Chaac: fue un importante dios del panteón maya, vinculado con el agua y sobre todo con la lluvia.

MAL DE AMORES

Microrrelato de máximo 75 palabras, basado en la carta (estrella), con la palabra del dado: (Olimpo) y que aparezca la flor de Bach: Agrimony.

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Alhena*, salió del consultorio con su frasquito de esencia de Agrimony para sanear emociones. Ocultó a la terapeuta algunos detalles: sustituyó a Urano** por un padre dominador llamado Fermín, omitió que era una estrella de la constelación de Géminis e inventó que actuó en el teatro Olimpo en México. No mintió sobre su mal de amores, pero sustituyó al mago por el tramoyista. ¿Encontraría a Thuban? enferma de pasión, tenía que consumar su amor.

74 palabras.

*Alhena es una estrella de la constelación de Géminis

**Urano es uno de los antiguos dioses en la mitología griega. Es el padre del cielo y los cuerpos celestes.

La continuación de este relato sobre Alhena y Thuban la puedes leer en esta entrada de 354 palabras titulada De Magos y Estrellas (cliquea sobre la imagen)

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LAS VACACIONES

Desde que Germán supo la noticia experimentó cinco noches seguidas de duermevela. Sus hermanos estaban contentísimos pero él sufría. De día se hacía el fuerte y en la maleta metía con resolución su pequeño calzón de baño color azul, visor acuático y aletas. «Mamá, papá, ahora sí me voy a meter al mar, lo prometo». Mas durante la noche soñaba que el océano lo tragaba de una enorme y oscura bocanada, y su inevitable caída hacia el fondo marino era observada por terroríficas criaturas. Se levantaba empapado, y con el corazón martillándole en el pecho extirpaba de la valija su equipo playero.

Llegó la fecha de la partida y sentado junto a la ventanilla —lugar disputado, pero que se le asignaba siempre a él pues era propenso a los vómitos—, miraba la algarabía de todos y se sentía en otro planeta. Su padre acostumbraba parar donde se avistaba el mar por primera vez y se tomaban la primera foto del viaje, entonces una mueca extraña se instalaba en su rostro al oír el bramido del monstruo, tan cercano ya… tan ineludible.

Al otro día muy temprano todos estarían chapoteando en la orilla de la playa mientras él, vestido con jeans, zapatos, camiseta de manga larga y embadurnada la cara de bloqueador solar, pasearía nervioso, con la boca seca, alrededor de la sombrilla familiar. Miraría a sus padres con resentimiento cuando éstos le preguntaran entre risas si ahora sí se metería al agua y el respondería tartamudeando: «Qu…qui…zás m…ma…ma…ña…na»

250 palabras

*La talasofobia es el terror incontrolable al océano, que nace de forma irracional y provoca ataques de pánico al acercarse al mar. No importa lo seguro que sea el entorno marítimo al que se aproxima, ya que una persona con talasofobia lo teme incluso en su imaginación. Es un miedo intenso y exagerado, que se puede disparar por muchísimas causas asociadas a las masas de agua grandes.

CEREBRO VS. CORAZÓN

Photo by David Matos on Unsplash

Ana miró compungida como el cuerpo de su amado padre desaparecía dentro de la ambulancia especial enviada por «Infinity Mind». Junto a ella, la Dra. Sonia Olmos, enfundada en su bata médica y tras unos lentes de pasta oscura que le daban un aire intelectual, trataba de calmarla: Le he dicho que todo está bien. ¿Que por qué él no le mencionó nada? Seguramente no quiso intranquilizarla. Yo le aseguro que él estaba cien por ciento convencido de esto. Piénselo, es maravilloso, tantos conocimientos y habilidades que en vez de pudrirse en una tumba seguirán al servicio de la humanidad y de la ciencia. ¿Que cuándo le verá de nuevo? Muy pronto, si acaso es cuestión de un par de meses…

Hacía apenas unas horas el famoso Dr. Israel Santiago había muerto. Su muerte devastó a Ana, su única hija. Mientras ella iniciaba los preparativos para el funeral, recibió una llamada extraña por parte de unos importantes laboratorios. Le pedían que no hiciera nada, ellos se harían cargo. Le enviaron un contrato firmado en vida por su padre donde había dado su autorización para que «Infinity Mind» dispusiera de su cuerpo. No habría ceremonia. No había tiempo. Era crucial iniciar con el protocolo que les permitiría retirar cuanto antes el cerebro del fallecido para conservarlo e implantarlo en un cuerpo artificial hecho a la medida. Todo era parte de un novedoso experimento del cual el doctor Santiago había querido ser voluntario. Sorprendida y lastimada -no entendía por qué su padre no le había hablado de esto-, dejó todo en manos de los laboratorios.

Tres meses más tarde se sentía muy nerviosa. Al fin, tras intercambiar muchas llamadas y mensajes con la Dra. Olmos, se había autorizado una visita a su padre. No sabía muy bien qué esperar.

Camino a la cita, recuerdos y reflexiones desfilaron frente a ella: La muerte inesperada de su madre, su padre que no se volvió a casar. La desilusión que le había causado a él que ella no siguiera sus pasos cuando decidió ser Historiadora. Las quejas medio en broma, medio en serio, acerca de que su única hija no le daba nietos siendo él tan niñero. El hecho de que a pesar de su célebre carrera como cirujano oncólogo siempre encontraba el tiempo para verla: preciosos momentos donde los dos leían, bebían cerveza y reían con los chistes y anécdotas que el doctor, al que no le faltaba la simpatía, solía contar.

La Dra. Olmos la condujo por asépticos pasillos flanqueados de consultorios, frías salas de espera, laboratorios y quirófanos. No vieron a nadie hasta que llegaron a una sala en particular. Aunque Ana había imaginado muchas veces el añorado reencuentro, nada la había preparado para la experiencia.

El doctor estaba sentado en uno de los sillones de aquella sala donde todo era blanco: paredes, muebles, luz neón, incluso la ropa que portaba irradiaba blancura. Lo reconoció inmediatamente, el parecido era asombroso: la misma altura, los ojos castaños, la nariz grande ¡hasta el vello de los brazos! Todo estaba fielmente reproducido en ese cuerpo artificial, todo menos su hermoso pelo ondulado que ya pintaba canas. En vez de él, había una carcasa transparente y detrás de ella el cerebro de su padre que nadaba en un líquido nutritivo.

Un «¡Hola!» demasiado casual la recibió. La voz, aunque parecida, no se escuchaba natural. Ella trató de no mirar demasiado aquel cerebro desnudo que la inquietaba.

—¿Papá?

El hombre sonrió. Nuevamente la sonrisa resultó familiar, pero un poco forzada.

—¿Cómo te sientes? — Ana formuló la pregunta con apenas un hilillo de voz.

—Excelente —dijo él con esa voz extraña y a la vez conocida, y calló.

La chica pensó que no solo era la voz. Darse cuenta de la falta de emotividad mostrada por su padre la lastimó profundamente. Sintió ganas de llorar.

La Dra. Olmos que había estado observando la escena desde una distancia prudente recibió una llamada y luego de atenderla se dirigió al doctor con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hay otro paciente doctor!—su voz temblaba de emoción.

—Más datos por favor…

—Paciente pediátrico con meduloblastoma. Un caso difícil. Ningún otro oncólogo lo ha querido tomar.

—Perfecto —dijo. Y el cerebro en el receptáculo pareció palpitar con más fuerza.

Ambos doctores salieron de la salita y dejaron a Ana sola. Su padre ni siquiera se despidió. La doctora regresó apresuradamente para indicarle que debía abandonar las instalaciones. Por la excitación se había olvidado de ella, que la disculpara. No, él no regresaría a casa, continuaría bajo escrutinio médico y realizando sus célebres operaciones cerebrales por las que era mundialmente conocido. ¿Que cuándo le volvería a ver? No había fecha. Ella debía mandarle una solicitud para checar agenda. La última palabra sobre verla o no la tendría el propio doctor. ¿Cambio de personalidad? podría ser, aún estaban estudiando los resultados del experimento…

Ana desanduvo el camino y llegó a la puerta de salida. Se imaginó un mundo donde nadie muriera, una muchedumbre de cuerpos coronados por una carcasa transparente, donde el cerebro se asomara, frío, distante y ajeno. Se estremeció. Volvió a pensar en su padre, recordó que el sistema límbico del cerebro era el responsable de las emociones, pero quizás no funcionaba tan bien estando en un cuerpo sintético. O tal vez, junto con el cerebro, quizás debieron preservar también… el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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AL ABRIGO DEL MAR.

La superficie del mar, con su movimiento ondulante y su color azul claro parecía la piel de un animal marino de dimensiones inconmensurables. Soplaba poca brisa y las olas acariciaban con gentileza la playa, dejando un rastro espumoso que se desvanecía en segundos. A pesar de la relativa calma no le fue fácil entrar en el agua, el chaleco salvavidas francamente le estorbaba. Carlota miraba desde la orilla con cierta aprensión, pero descansó cuando vio a su marido abandonarse al fin al arrullo de las olas.

Ella se quedó viendo sin ver. Sus ojos perdidos en el horizonte mientras desfilaban en su cabeza imágenes de un pasado que se antojaba un mero sueño. Bruno de 25 años, guapísimo, pidiéndola en matrimonio. Ella, muy diferente de la mujer de rostro cansado y ojos tristes que era ahora. Siempre había sido muy atractiva, pero la belleza viene con fecha de caducidad y su pérdida se acelera ante la ausencia crónica de alegrías. Recordó también aquel salón de tango en su natal Buenos Aires; donde ambos gustaban de pasar las noches de viernes ebrios de música y vino, para luego rematar en el lecho de casados donde Bruno le había hecho el amor infinidad de veces. Tantos recuerdos. ¿Habían sucedido realmente? ¿Había existido otra vida antes de ese suceso que marcó sus destinos para siempre?

Bruno se había puesto un equipo de esnórquel. Flotaba en medio de agua color turquesa, taladrada aquí y allá por rayos de luz. Vio hermosos peces pintados de arcoíris, otros menos llamativos, pero interesantes, como el banco de pececillos diminutos que lo envolvió de repente. Sus lomos plateados reflejaron la luz del mediodía y le pareció encontrarse en medio del resplandor de algún tesoro perdido. Observó pequeñas rayas que se esforzaban en esconderse en el vientre arenoso del lecho marino para no ser descubiertas. Su esfuerzo era vano pues nada tenían que temer del hombre que en aquel momento deseaba fervientemente dejar de ser carne, piel y huesos para convertirse en escamas, branquias, arena y agua. Dejar de ser Bruno Fernández y convertirse en parte del universo acuático de una vez y para siempre. Se ensimismó tanto que logró que se ausentara el tenaz recuerdo de aquel horrible día, cuando frente a la Plaza de Mayo quedó roto entre las ruedas de un camión que le robó la mitad de su cuerpo y la voluntad de vivir.

Tras un par de horas que a él le parecieron apenas unos cuantos minutos, su exploración se vio interrumpida por los gritos de su mujer que le urgía a acercarse a la orilla. Con pesar braceó hacia la playa hasta tocar el fondo con sus piernas muertas. Con sus brazos, y con movimientos torpes y lastimosos de su cuerpo logró salir. Lejos del cobijo del agua, Bruno fue otra vez, dolorosamente consciente de su condición de parapléjico. Carlota lo esperaba junto con dos desconocidos que amablemente se habían ofrecido a ayudar. Lo subieron a su silla de ruedas y lo trasladaron a la vereda del hotel que los llevaría a su habitación. Carlota no podía verlo, aunque lo intuía: de los ojos de Bruno manaban lágrimas que, como las rayas que viera, se camuflaban con las gotas saladas que chorreaban de su cabeza.

La noche escogida la playa estaba desierta, y ante la ausencia de luna parecía boca de lobo. El aviso de tormenta y mar agitado mantenía a casi todos los huéspedes en sus habitaciones, donde el bramido del mar rompiendo, ahora sí, furiosamente contra la orilla, les llegaba atenuado y podían fantasear con una noche tranquila. Nadie los vio, nadie fue testigo del cumplimiento de ese pacto nacido de horas interminables de desesperanza y cansancio: Ocultos en la cortina de agua que caía del cielo, una mujer empujó trabajosamente a un hombre en silla de ruedas por la playa, y cuando la silla ya no pudo avanzar, el hombre se dejó caer y la mujer lo arrastró con dificultad hacia el agua revuelta. Ambos se dejaron llevar por las olas, iban abrazados, despidiéndose de la vida, buscando el abrigo eterno del mar y el descanso del cuerpo y del alma.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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AQUETZALLI «Agua Preciosa»

foto: INAH México

«Es una belleza” dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer. Quinientos años antes otras manos más obscuras también la habían acariciado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—Tuvimos peligro de derrumbes, patrón. Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas y nos estábamos regresando cuando sentí algo extraño, como cuando lo miran a uno por detrás, patrón. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado, al que se le leía en la cara el alivio por haber podido encontrar algo que valiese la pena.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa), murió honrosamente dando a luz. De su vientre condenado vio salir a su criatura. Con la vida en retirada, alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño y su cara se iluminó con una sonrisa. Así se hundió dulcemente en los brazos de la muerte.
Su afligido esposo, Mixtle (Nube Oscura), mandó a hacer una imagen que le recordara a su mujer. Cuando el artesano puso en manos de Mixtle la pequeña escultura, éste sintió que el espíritu de Aquetzalli se encontraba en ella y se lamentó de haberla encargado. Ella había renunciado al honor que se confería a todas las mujeres muertas de parto: convertirse en princesas celestes y acompañar a Tonatiuh (el dios sol), en su viaje desde el mediodía hasta el atardecer. Su espíritu decidió seguir junto a Mixtle y el bebé, viviendo en aquella efigie de cerámica.

Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Nemesio y su equipo de profanadores de tumbas esperaban la recompensa tomando cerveza y recordando detalles de la jornada. Nemesio señaló a Vicente, un chamaco larguirucho con cara de caballo.
—Mira Vicente, te tienes que calmar, anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras, no me importan los muertos, pero sí que atraigas la atención de alguna patrulla.
Todos rieron, y eufóricos por el alcohol lanzaron maldiciones por la tardanza del patrón, les urgía sentir el dinero en sus manos para gastárselo en putas y licor.

La presencia de Aquetzalli, llenó de paz a Mixtle y a su pequeño hijo Coyoltzin, (pequeño Cascabel), ambos sintieron que ella los protegía y atraía la suerte para su casa. Le hicieron un pequeño altar a un lado de los dioses principales. Cuando Mixtle se sintió próximo a morir, le pidió a Coyoltzin que su mujer fuera puesta en su tumba para acompañarlo en el largo camino al Mictlán, la tierra de los muertos.

El «hombre-serpiente» hizo llamadas, tomó fotos de Aquetzalli y las mandó a los posibles compradores. Como él esperaba, la figura llamó la atención inmediatamente, era una pieza excepcional. Se generó un interés tremendo alrededor de su posible compra. Llovieron las ofertas. En medio del frenesí, había algo que lo molestaba, una sensación extraña que no le permitió disfrutar el momento, se sentía observado. De reojo, le pareció ver que de la escultura emanaba una luz rojiza, pero al voltearse no vio nada fuera de lo común. Respiró aliviado, pero al poco rato le pareció que la pieza se había movido de sitio, descartó el pensamiento, seguramente no se había fijado bien donde la había colocado en un principio.

Afuera, el alegre grupo de borrachos olfateó un olor extraño. De la oficina del patrón salió un humo blanco y denso, se alarmaron pensando en un posible incendio, pero el humo olía a copal, una resina aromática usada por las culturas precolombinas y que era quemada en ceremonias. Los hombres entraron en tropel y se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos. Por la noche, uno a uno, los profanadores morirían en sus camas, al tiempo que Aquetzalli y Mixtle se dispondrían a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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SUFRIMIENTO -Microcuento

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«El mundo es un pañuelo» dijo el dios y usó aquella bola redonda y azul para sonarse y secarse el sudor. Luego la lavó con fuerza y la exprimió deteniéndose justo antes de romperla. Tendida en el universo, la bola azul goteaba agua… ¿O acaso eran lágrimas?

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA MISIÓN – Microcuento

La misión espacial «Ferocity» (Ferocidad), enviada desde la Tierra, había encontrado un planeta habitable y seres sumidos en su Paleolítico particular.

—Nos espera un futuro grandioso —dijo el Líder Mundial. Les llevaremos la civilización, y a cambio, haremos buenos negocios.

Su mente conjuró imágenes de explotación, destrucción y muerte, pero de eso no dijo nada a la distinguida concurrencia.

Autor: Ana Laura Piera/ Tigrilla

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VENENO- Microcuento

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He soñado que, como las víboras, mis glándulas salivales lanzaban veneno. Abrí la boca y tan sólo con pensarlo aventé un chisguete transparente que cegó al vecino que me acosa. Hice una lista y fui por todos…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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