El último edicto.

Cuento corto fantástico sobre un rey, un mago y una rosa que se negó a morir.

Mi propuesta para el VadeReto de Enero, un relato que incluya a un rey y a un mago. El género deberá ser, preferentemente, fantasía.

El joven rey Edranor miró los decretos de esa mañana. La tinta en la que estaban escritos tenía un fulgor rojizo: «Que ninguna lámpara se apague durante la noche, pues la oscuridad se filtra en las almas débiles, propensas a violar la ley». «Que cada decreto se copie cuarenta veces y se repita otras tantas, para que la ley no se pierda en el viento». Tomó los pergaminos y los sopesó. Como de costumbre, tenían una carga mucho mayor de lo que uno supondría. Dejó escapar un hondo suspiro y los firmó.

El pueblo obedeció, aunque dormir con las luces encendidas era incómodo, pues estaba convencido de que el rey pensaba en su seguridad. Las repeticiones resultaban fastidiosas, pero qué se le iba a hacer. En cuanto a Edranor, se sentía desgraciado, cada palabra no era suya, sino del mago Esmedras, y él se sentía como una triste marioneta.

Siendo un pequeño príncipe, una noche apareció en su habitación un hechicero de rostro severo, ojos como brasas y una voz autoritaria que no admitía réplica: «¡Obedecerás! ¡Sin mí no eres nada! ¡Si no estoy, el mundo se derrumba!». El chico, impresionado, se sometió.

Con el tiempo, Edranor se preguntaba si realmente el mago era tan poderoso como decía. Esmedras, intuyendo las dudas, quiso hacer una demostración de su poder:

—Mira, príncipe insensato, observa esta rosa tan llena de vida y color; observa cómo bajo mi influjo pierde su fuerza —acto seguido, Esmedras tocó la rosa con uno de sus dedos puntiagudos y secos. La flor se marchitó hasta morir.

—¡Esto es solo una muy pequeña muestra de lo que soy capaz! —exclamó de forma dramática y desapareció en el aire.

Al día siguiente, sin embargo, Edranor vio que la rosa había revivido. De ser un lastimoso resto marchito, había recuperado su forma y lozanía. Las dudas se anidaron aún más en su corazón y un día decidió desobedecer a Esmedras. Coincidió que la reina, madre del príncipe, enfermó de muerte. El chiquillo pidió ayuda al mago, pero este se negó aduciendo que la desobediencia había causado la desgracia. Desde entonces, Edranor hacía sin chistar lo que Esmedras le dictaba, aunque día tras día crecía dentro de él el deseo de liberarse de su yugo.


Una noche, el rey Edranor se levantó del lecho empapado en sudor; tenía la piel erizada, como sucedía siempre que Esmedras andaba cerca. Un día antes, a punto de firmar uno de los edictos, sintió que ya era suficiente. En ese momento, el pesado pergamino había pasado a sentirse tan ligero como una pluma de ave.

La figura espigada del hechicero apareció en medio de un pasillo: su desordenada cabellera flotaba y sus ojos ardían como carbones. El rey temblaba, pero su hartazgo se impuso:

—¡Esmedras, ya no quiero ser tu títere! Si tanto quieres el control, gobierna tú. Al fin y al cabo, puedes hacerlo con tus poderes.

—¿Qué dices, insensato? —dijo el hechicero acercándose, mientras su rostro se desfiguraba por la furia.

—Te doy mi corona, ¡libérame! —le extendió con manos trémulas la corona de oro, símbolo de poder.

—No entiendes nada, Edranor. No puedo gobernar a golpes de magia, que puede ser inestable. Tú eres un instrumento útil para el fin de mantener todo en pie. Fíjate bien en lo que haces. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre cuando decidiste desobedecerme!

—¡Quizás no fui yo, ni tú! Quizás tu magia no podía salvarla. Tal vez no eres tan poderoso como dices —dijo titubeante, pero luego su voz adquirió firmeza—: Si tu magia no es confiable, ¡que gobierne mi voluntad!

Hizo ademán de volver a ceñirse la corona; esta le quemaba los dedos y se había vuelto tan pesada que estuvo a punto de tirarla. Por su mente pasó el recuerdo de su madre postrada y él llorando en silencio, cargado con una culpabilidad que lo había mantenido sumiso mucho tiempo. «Debo hacerlo, de ahora en adelante seré yo quien lleve las riendas de este reino, para bien o para mal» —con este pensamiento y haciendo un gran esfuerzo, bajó la corona hacia su cabeza. Esmedras se abalanzó para impedirlo lanzando un chillido de espanto, pero no pudo evitar que la joya reposara de nuevo sobre las sienes del rey. El cuerpo del mago se retorció como una sanguijuela mientras profería gritos horripilantes. Luego se desvaneció en medio de un humo denso y nauseabundo mientras regresaba a las bajas esferas del mundo de los magos mediocres. El silencio que siguió no fue de miedo; una honda sensación de bienestar y paz embargó al rey.

Al día siguiente, en su despacho, Edranor miró un edicto pendiente de Esmedras: «La desobediencia, aun la más leve, se castigará con la muerte, pues es la semilla de la rebelión».

Edranor golpeó la mesa con el puño y luego quemó los pergaminos en el fuego de la chimenea. De inmediato se sintió ligero, liberado del todo de la influencia de Esmedras. Nunca más volvió a sentirlo o a escucharlo.


En medio de la plaza, la gente aclamaba a su rey en el décimo aniversario de su coronación. Personas de todas las clases sociales le vitoreaban; atrás habían quedado los años en que sus decisiones parecían sacadas de un libro de hechizos absurdos. Todos recordaban cuando se les ordenó dormir con las luces encendidas, pero el rey había cancelado después esa orden tan extraña y otras más. Nuevas leyes, más sabias, habían emanado de él, ganándose el cariño y el respeto de todos. Con el tiempo se ganó el sobrenombre de «Edranor, el sabio».

Autor: Ana Laura Piera.

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28 comentarios en “El último edicto.

  1. ¡Hola Ana! Qué lindo que te ha quedado. Me he sentido en la escena, sobre todo en el momento de la desaparición del mago. Me ha gustado esa sensación de libertad y, por supuesto, tu forma de narrar que lo hacen así de especial. Linda manera de comenzar Enero, porque ya llega pronto otro 17 de diciembre y eso ningún mago ni rey en libertad lo van a poder impedir. Te mando muchos abrazos 🌹

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    1. Hola Maty, muchas gracias. Definitivo, no hay nada mejor que la libertad, y siempre hay quien nos la quiere quitar, manipulándonos de alguna manera y haciéndonos sentir culpables, pero al final todo lo oculto sale a la la luz. Gracias por tu visita y comentario. Abrazo fuerte.

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  2. Hola, Ana.

    Una fábula preciosa. A través de los personajes propuestos en el Reto nos transmites mensajes valiosos y preciados. A veces, la rebelión es necesaria, aunque las consecuencias puedan ser nefastas, pero obedecer a un tirano por miedo a su represión solo puede generar mucha más maldad.

    Felicidades. Gracias por aportarlo a nuestro VadeReto.

    Abrazo Grande.

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    1. Hola José, gracias por tu comentario. Creo que casi siempre hay alguien detrás del poder chantajeando, y moviendo los hilos de los que «dan la cara». Creo que esos no son mejores que su titiritero, habrá algunos decentes. Aquí quise que el prota se liberara y se volviera un rey justo, pero eso en estos tiempos es solo una fantasía jajaja.
      Por otro lado la liberación personal de cualquier cosa que nos chantajee es necesaria.
      Te dejo abrazos.

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  3. Qué buen relato, Ana. Una historia preciosa con aire de cuento clásico y un gran mensaje. Es el yugo del miedo lo que atenazaba al rey y al ahuyentarlo alcanza la calma. Me ha gustado muchísimo.

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  4. Creo que es posible que asi fuera en la vida real: Los Reyes de la antiguedad necesitaban al clero, es decir sacerdotes capaces de hablar con los dioses….. cuando el rey era lo suficientemente fuerte y queria zafarse de esos sacerdotes estos inventaban mil cosas, si por casualidad algo salia mal decian que era porque el rey no seguia el camino del bien.

    Ha sido una lucha desde tiempos inmemoriales…. a veces ganan los reyes otras los sacerdotes y otras… el pueblo

    muy buena simbolizacion de que esos magos eran realmente detestables

    muy buen vade reto cumpliendo a cabalidad la condicion del mago y el rey

    enhorabuna Ana, me gusto el relato

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  5. Saludos, Nuria. Has escrito un cuento clásico de liberación del yugo mágico y psicológico, donde veo ecos de “El rey Midas” (el peso de la corona), “El aprendiz de brujo” y fábulas sobre tiranía interna.

    La clave está en la duda razonable: la rosa que revive, la muerte de la madre que quizás no fue castigo mágico, y la revelación final de que el poder del mago era inestable y dependía del miedo del rey para existir.

    Buen uso de la culpa materna como motor de sumisión y un mensaje empoderador: la verdadera magia oscura es el miedo que nos hace creer que sin un “controlador” todo se derrumba.

    Un fuerte abrazo.

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  6. Hola Ana,

    Me parece un relato muy bonito. Incluso veo en el Rey Edranor y en el mago Esmedras un combate interno. Quizás ambos personajes conviven en la mente de una misma persona y Esmedras, la personalidad infantil y caprichosa, se desvanece cuando la credulidad, remordimiento, de Edranos desaparecen y se asientan su madurez y confianza. Me parece entender que es una metáfora del paso de niño a adulto. Pero, independientemente de lo que yo entienda, me parece un relato que he disfrutado leyéndolo.

    Un saludo

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  7. Hola Ana. Las fábulas enseñan cosas, lo hacen desde siempre. Sólo hay que saber escuchar: la libertad es lo más maravilloso que uno puede conseguir y vale la pena arriesgarse al castigo del villano para conseguirla. De la valentía del príncipe dependía no sólo su tranquilidad sino el bienestar de su pueblo. Buen consejo para los niños grandes: no te dejes manipular por los demás, sean magos, personas o medios de comunicación.

    ¡Buena lección! Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Marlen. Sí, la libertad es el más grande tesoro y hoy en día hay gente que se ha apropiado de esa palabra tan hermosa, cuando lo que menos quiere darte es libertad. Te mando un abrazo, gracias por dejar tu huella.

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