El misterio de Aquetzalli – Cuento corto.

Relato para el reto Literautas: escribir un relato de ficción protagonizado por un ladrón que roba algo sin tener ni idea de lo que es.

—Es una belleza —dijo el hombre de ojos de serpiente. Sus manos hambrientas acariciaban la figura de cerámica con forma de mujer.

Quinientos años atrás, otras manos, más oscuras, también la habían tocado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—¡Casi se nos cae la tumba encima, patrón! Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas. Estábamos por regresar cuando sentí que me miraban por detrás. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Era un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado. Sus ojos reflejaban alivio de haber podido encontrar algo que agradara a su empleador.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa) vio salir de su vientre a su criatura. Gotas de sudor, como ríos, se deslizaban por su frente mientras intentaba jalar aire. El mundo se le desdibujaba, pero alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Así se hundió en los brazos de la muerte.

Las manos de su viudo, Mixtli (Nube) temblaron cuando recibió de un artesano la figura que había mandado hacer en honor a su compañera. Por un momento dejó de sentir la dureza de la arcilla y sintió la tibieza de una piel. Casi la tira de la impresión. «Es ella —pensó—. Renunció a los honores que le correspondían por haber muerto en el parto. Ahora está aquí. Decidió quedarse con nosotros».

Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Vicente, el miembro más nuevo del equipo de profanadores, hizo un brindis con voz pastosa. Luego, tratando de no caerse, derramó sin querer un chorro de cerveza sobre sus botas cubiertas de polvo. Nemesio lo miró con desdén, le dio un trago a su bebida y se limpió de mal modo la espuma que había quedado sobre su bigote descuidado.

—No sabes tomar, muchacho, tampoco trabajar. Anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras. A los muertos no les importa que les destrocen la cara, pero ¿sabes a quiénes sí les gusta el escándalo? ¡A la policía, estúpido!

—Oye, Nemesio, ¿es cierto que sentiste algo extraño en la tumba antes de ver la figura? —preguntó otro de los hombres.

—No quiero hablar de eso —dijo Nemesio y por un momento sus facciones se ensombrecieron.

Risas, gritos, maldiciones.

—¿A qué hora sale el patrón? ¡Queremos nuestro dinero!

En casa, de noche, Mixtli escuchaba complacido la respiración rítmica y tranquila de su hijo Coyoltzin (pequeño cascabel). Desde que montaron el modesto altar para Aquetzalli a un lado de los dioses principales, ambos se sintieron protegidos y en paz.

Al paso del tiempo, los cabellos de Mixtli se volvieron blancos.

—Hijo, cuando muera, quiero que pongas la efigie de tu madre en mi tumba. Ella y yo debemos caminar juntos a la tierra de los muertos.

Dentro de su oficina, el patrón sostenía una de las fotos que había enviado a futuros compradores. «Es bella, pero no deja de ser un montón de arcilla vieja. Cuesta creer la fortuna que nos caerá gracias a ella».

Los teléfonos no callaban. En medio del frenesí, algo le molestaba. Los vellos de su piel se erizaron sin motivo y el ambiente se puso opresivo. Le costaba respirar. De reojo percibió un resplandor rojizo envolviendo la escultura, volteó, pero no vio nada. «La mente me está jugando bromas pesadas». Mientras revisaba una oferta, sintió una presencia extraña detrás de él. Le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

Afuera, el alegre grupo de borrachos vio salir de la oficina una humareda densa con olor a copal, una resina aromática usada en ceremonias antiguas.

—¡Abran, idiotas! —ordenó Nemesio y los hombres entraron en tropel. Se encontraron al patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos.

Tras muchos días detenidos, enredados en trámites y aclaraciones que al final se resolvieron con sobornos; Nemesio y los suyos se encaminaron a sus hogares. Iban con los hombros caídos, el gesto triste y la boca llena de amargura por haberse quedado sin su recompensa. No lo sabían; de cerca los seguía «algo» que no podían ver.

Al final, Mixtli y Aquetzalli se dispusieron a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán, la tierra de los muertos.

Autor: Ana Laura Piera.


En la cosmovisión mesoamericana, el fallecimiento durante el parto no era considerado una tragedia común, sino un acto de valentía extrema. Las mujeres que perdían la vida dando a luz eran honradas como guerreras y elevadas a la categoría de divinidades conocidas como Cihuateteo.

Este relato se publicó en este blog el 13 de abril del 2021. Esta es una versión revisada y con múltiples cambios.

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Aquetzalli ( Agua Preciosa) – Cuento corto.

foto: INAH México

«Es una belleza” dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer. Quinientos años antes otras manos más obscuras también la habían acariciado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—Tuvimos peligro de derrumbes, patrón. Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas y nos estábamos regresando cuando sentí algo extraño, como cuando lo miran a uno por detrás, patrón. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado, al que se le leía en la cara el alivio por haber podido encontrar algo que valiese la pena.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa), murió honrosamente dando a luz. De su vientre condenado vio salir a su criatura. Con la vida en retirada, alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño y su cara se iluminó con una sonrisa. Así se hundió dulcemente en los brazos de la muerte.
Su afligido esposo, Mixtle (Nube Oscura), mandó a hacer una imagen que le recordara a su mujer. Cuando el artesano puso en manos de Mixtle la pequeña escultura, éste sintió que el espíritu de Aquetzalli se encontraba en ella y se lamentó de haberla encargado. Ella había renunciado al honor que se confería a todas las mujeres muertas de parto: convertirse en princesas celestes y acompañar a Tonatiuh (el dios sol), en su viaje desde el mediodía hasta el atardecer. Su espíritu decidió seguir junto a Mixtle y el bebé, viviendo en aquella efigie de cerámica.

Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Nemesio y su equipo de profanadores de tumbas esperaban la recompensa tomando cerveza y recordando detalles de la jornada. Nemesio señaló a Vicente, un chamaco larguirucho con cara de caballo.
—Mira Vicente, te tienes que calmar, anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras, no me importan los muertos, pero sí que atraigas la atención de alguna patrulla.
Todos rieron, y eufóricos por el alcohol lanzaron maldiciones por la tardanza del patrón, les urgía sentir el dinero en sus manos para gastárselo en putas y licor.

La presencia de Aquetzalli, llenó de paz a Mixtle y a su pequeño hijo Coyoltzin, (pequeño Cascabel), ambos sintieron que ella los protegía y atraía la suerte para su casa. Le hicieron un pequeño altar a un lado de los dioses principales. Cuando Mixtle se sintió próximo a morir, le pidió a Coyoltzin que su mujer fuera puesta en su tumba para acompañarlo en el largo camino al Mictlán, la tierra de los muertos.

El «hombre-serpiente» hizo llamadas, tomó fotos de Aquetzalli y las mandó a los posibles compradores. Como él esperaba, la figura llamó la atención inmediatamente, era una pieza excepcional. Se generó un interés tremendo alrededor de su posible compra. Llovieron las ofertas. En medio del frenesí, había algo que lo molestaba, una sensación extraña que no le permitió disfrutar el momento, se sentía observado. De reojo, le pareció ver que de la escultura emanaba una luz rojiza, pero al voltearse no vio nada fuera de lo común. Respiró aliviado, pero al poco rato le pareció que la pieza se había movido de sitio, descartó el pensamiento, seguramente no se había fijado bien donde la había colocado en un principio.

Afuera, el alegre grupo de borrachos olfateó un olor extraño. De la oficina del patrón salió un humo blanco y denso, se alarmaron pensando en un posible incendio, pero el humo olía a copal, una resina aromática usada por las culturas precolombinas y que era quemada en ceremonias. Los hombres entraron en tropel y se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos. Por la noche, uno a uno, los profanadores morirían en sus camas, al tiempo que Aquetzalli y Mixtle se dispondrían a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán.

Autor: Ana Laura Piera

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